2.2.16

Scott: el trágico mito del Polo Sur




El ser humano, desde sus primeros pasos en la historia del mundo, ha sabido sobreponerse a toda clase de avatares climáticos, y ha sido capaz de habitar prácticamente cualquier entorno, por muy cálido, frío, seco, lluvioso, duro o inestable fuese. 

Únicamente quedaron, y siguen quedando, como imposible, tierras mortíferas en exceso, hasta para el hombre, como son las altas montañas, ciertas áreas de los desiertos, y los dos Polos, el Norte y el Sur, en donde pese a que hay estaciones científicas y puede vivir gente, aunque sea temporalmente,  no son lugares donde se pueda poner uno a cultivar la tierra o a tomar el sol con un tinto de verano. 

Ambos polos son prácticamente los dos últimos lugares donde el hombre puso el pie, es decir, en los que más tardó en llegar: el Norte en 1909  (o eso se creyó en su momento) y el Sur en 1911. Ello nos retrotrae a ese mundo de la "Paz Armada" precedente a la Gran Guerra del 14; ese mundo donde Occidente (Europa y Estados Unidos)  aún estaba rampante, con sus excesos colonialistas e industriales, sus ansias bélicas y de supremacía, pero también con sus deseos de ciencia, progreso y evolución. 

El mundo se hacía cada vez más pequeño, África estaba dejando de ser un mapa en blanco y la época de las grandes exploraciones tocaba a su fin; únicamente quedaban, inalcanzables y completamente deshabitados, los mencionados polos, protegidos por muros de hielo.  Había que ponerse manos a la obra, pues todo era posible en la Belle Époque.

Respecto al Norte debe aclararse que hubo una disputa entre Cook y Peary, ambos exploradores estadounidenses y que afirmaron haber llegado al polo geográfico, uno en 1908 y  otro el año siguiente; ninguno con pruebas concluyentes, pero Peary tuvo mejor prensa y fama y fue declarado vencedor. Sin embargo, con el tiempo se ha demostrado que ambos mintieron y que no lograron su objetivo. Hubo que esperar hasta 1926, cuando Nobile, Amundsen y Ellsworth (italiano, noruego y estadounidense, respectivamente) llegaron en dirigible al lugar exacto. Los soviéticos lo alcanzaron por la superficie en 1948.

En cuanto al Polo Sur, un territorio bastante más helado, inhóspito, elevado y árido que el Norte, tiene una historia (o historias) bastante más hermosa, admirable y trágica. Hablemos de un tal Scott. 

Robert Falcon Scott nació el  6 de junio de 1868 en Plymouth, Inglaterra, hijo de un próspero cervecero,  en una familia de notable tradición militar. Él no iba a ser menos y con 13 años comenzó su carrera naval. La mar llama pronto.

Ya estuviera en África o el Caribe, Scott se mostró como un marino audaz e impulsivo, propio de su juventud. En 1887 conoció a Clements Markham, secretario de la Royal Geographical Society, algo que cambiaría su vida; Markham era habilidoso captando militares jóvenes para causas poco bélicas pero heroicas, como las expediciones.  Mientras tanto, seguiría ascendiendo en la Marina, con un expediente normal, estándar, ni mediocre ni demasiado brillante, aunque en 1888 ya era  un flamante alférez, y teniente de navío un año después. 

Los ascensos se iban sucediendo, y la vida iba transcurriendo, entre amores y viajes,  y dificultades económicas de su antaño próspera familia, pero en junio de 1899 se reencuentra con Markham en Londres. Éste, ya nombrado sir y presidente de la RGS, le informa de una inminente expedición a la Antártida. El teniente Scott, que veía en ese viaje una oportunidad de oro para asumir un mando, ganar prestigio personal y distinción social y monetaria, no duda en presentarse voluntario para liderar la empresa. Nunca había sentido interés por los polos, pero...

 Se puso en marcha la Expedición Discovery, en la cual unieron sus esfuerzos la Royal Society y la Royal Geographical Society, todo en pro de la ciencia y el ser humano, pero sobre todo del Reino Unido. Los expertos no eran unánimes para otorgarle el mando supremo a alguien como Scott, pues preferían que éste dirigiera sólo el barco y la empresa la liderase un científico, pero finalmente el apoyo de Markham fue decisivo; el marino fue ascendido a capitán de fragata y obtuvo plenos poderes en la expedición. 

Vayamos un momento a Berlín, agosto de 1899. VII Congreso de Geografía. Scott tiene la palabra:

- "Recientemente se han utilizado mucho los perros para los desplazamientos en el Ártico. Sin embargo, no se puede comparar lo que los hombres han realizado sin ellos con aquello para lo que éstos han podido servir. De hecho, sólo ha habido una expedición importante que haya utilizado perros en el Ártico, la de Peary a través de Groenlandia. Pero Peary estaría muerto sin los recursos locales y todos sus perros, menos uno, murieron de fatiga o fueron matados para que sirvieran de alimento a los otros. Éste es un sistema muy cruel". 

Fridtjof Nansen, reconocido explorador noruego,  se levanta y responde:

-" Yo he probado a viajar con y sin perros. En Groenlandia no tuve perros. Después, en el Ártico, los utilicé y considero que facilitan nuestra labor. Cierto que es cruel emplearlos, pero, ¿no es igualmente cruel exigir a los hombres un esfuerzo extenuante?"


Esta cuestión no es liviana, pues constituirá una de las peculiaridades que a la postre resultarán determinantes en los viajes de Scott. El británico se negó siempre a emplear perros en sus expediciones, por lo menos en las partes más duras y peligrosas. Hasta las últimas consecuencias se mantuvo fiel a la tradición de la Royal Navy y siempre exigirá a sus hombres que tiren ellos mismos de sus trineos. En su momento no fue comprendido por todo el mundo, y posteriormente Scott fue tildado de "sentimentalismo exagerado" por otros exploradores y autores. En nuestro mundo práctico y  descarnado, los idealistas, los animalistas, siempre han estado en minoría. 



Cierto es que los perros siberianos, de Alaska o de Groenlandia son unos animales formidables, fisiológicamente preparados y resistentes a condiciones climáticas muy duras; pero también es verdad, como pensaba Scott, que tampoco es justo llevarlos a una muerte casi segura, todo por capricho humano, por rivalidad entre exploradores y países. ¿Qué tienen que ver estos maravillosos mamíferos en las disputas patrióticas de los hombres?

Así, el 31 de julio de 1901 el barco Discovery zarpaba hacia la Antártida. Se trató de una expedición compuesta de hombres jóvenes,  con poca experiencia en estas lides, y escasamente entrenados,  que compensaban  con una aptitud encomiable y notables valentía y tenacidadTodo ello en un entorno altamente hostil y completamente desconocido (los últimos viajes británicos se habían dado en 1845) donde el severo clima era una de tantas preocupaciones. El navío atraca al pie del volcán Erebus y allí pasarán el invierno polar de 1902. En noviembre Scott, Wilson y Shackleton desembarcan y parten en dirección al Polo, tirando de sus propios trineos. Comenzaba la aventura...

En septiembre de 1904 la expedición regresó a Inglaterra, tres años después de su partida.  Se habían quedado a algunos cientos de kilómetros del polo, y  habían perdido algunos hombres y la totalidad de los perros que finalmente le fueron impuestos a Scott, razón por la cual la mayor parte de aquella travesía antártica se hizo con tracción humana, con notables proezas como las 700 millas recorridas en 59 días.  Pero habían sobrevivido a las mesetas heladas,  tormentas de nieve, ventiscas de hielo, caídas en grietas, congelaciones, escorbuto y desnutrición, y estaban de vuelta. Se efectuaron también importantes descubrimientos geológicos y de fauna, y  el relativo éxito sin los canes, reforzó la teoría de Scott de que era posible un viaje polar sin el empleo de animales.

El marino fue ascendido a capitán e invitado al castillo de Balmoral, para entrevistarse con el rey Eduardo VII. El monarca le nombró Comandante de la Real Orden Victoriana, y se convirtió en un personaje tremendamente famoso. Un héroe inglés. 



Scott había conseguido el ansiado ascenso social e ingresó en la élite de su época, codeándose con reyes, nobles y magnates. Se casó con Kathleen Bruce, una conocida escultora, mientras proseguía su carrera de marino alternándola con conferencias y recepciones.  Pero no había olvidado el Polo Sur; en 1906 se mostraba receptivo ante un hipotético nuevo viaje

Más aún cuando Ernest Shackleton (otro  hombre a quien el destino le tenía reservadas grandes proezas antárticas), uno de sus compañeros de la Discovery, y que hubo de regresar antes por motivos de salud, quiso emprender otra expedición con él al mando.  Scott, acaso llevado por delirios de grandeza, le exigió que no transitase por las tierras antárticas descubiertas por su empresa; las consideraba como suyas. La intransigencia y egoísmo de Scott a este respecto siempre han sido muy criticadas; además, la relación entre los dos amigos empeoró, pues pese a las promesas de Shackleton, la fuerza de las circunstancias le obligó a recorrer terreno "prohibido". Ello unido al éxito de la llamada Expedición Nimrod (1908-1909), en la cual Shackleton (quien tampoco quiso emplear perros, aunque sí poneys de Manchuria, que murieron) y sus hombres alcanzaron el récord de llegar a sólo 170 kilómetros del Polo Sur Geográfico, recorrieron por primera vez la Gran Meseta Antártica y dieron con el Polo Sur Magnético, acabó distanciando al anglo-irlandés de Scott. Éste nunca se lo perdonó. 

Con todo, Shackleton tampoco había pisado el verdadero Polo Sur, por lo que Robert Falcon renovó sus ánimos. Para cuando regresó su antiguo camarada, ya se estaba preparando una nueva empresa británica, si bien hubieron de vencerse ciertas dificultades. Básicamente, porque la situación europea de 1909-1910 no es como la de una década antes. Del continente llegan rumores de guerra y la Royal Navy prefiere rearmarse y construir acorazados en vez de enviar expediciones. Las instituciones científicas tienen poco crédito entre los financieros, si bien, por otra parte, la patriótica opinión pública reclama hazañas. Reclama héroes. 

Scott, inquieto y obsesionado, publica sus planes en el Times. Se abre una suscripción nacional y subvenciones oficiales completan la financiación.  Así, la empresa, con objetivos mayormente científicos, puede organizarse, si bien a condición de moderarse el presupuesto. Arranca  la Expedición Terra Nova. 

En un viejo y pintoresco ballenero escocés, el Terra Nova, se embarcan 65 hombres, 50 de ellos proporcionados por la Royal Navy, 17 poneys y 30 perros, si bien éstos no deben desempeñar el trabajo principal, y 3 vehículos a motor. Parten de Cardiff en julio de 1910  y  Scott se subirá al barco en África del Sur, despidiéndose de su mujer y de su hijo..

Previo paso por Australia y Nueva Zelanda, los británicos esperan desembarcar en la Antártida. Pero no contaban con un acontecimiento inesperado. En Melbourne, en octubre,  reciben mediante un telegrama la noticia de que Roald Amundsen notorio explorador noruego, también se ha lanzado a la carrera por la conquista del Polo. 

                                                        El Terra Nova entre el hielo antártico.



Este asunto no estuvo exento de polémica pues Amundsen se había distinguido por sus viajes en el Ártico y desde el primer momento ambicionaba pisar el Polo Norte de una vez. Y hacia allí, aparentemente, se dirigía, si bien empleando la ruta del estrecho de Bering, entre Alaska y Rusia Como en 1909 aún no estaba abierto el canal de Panamá, parecía lógico que desde Europa al extremo noreste de América hubiera que doblar el mítico cabo de Hornos. 

Pero no. En septiembre de ese año se hace público el doble anuncio de Cook y Peary (que, aunque luego se reveló como un embuste, en su momento todo el mundo creyó que habían llegado al Polo Norte) y el noruego cambia de planes. El verdadero propósito de Amundsen pasa a ser el de arrebatarle a Scott el honor de ser el primer hombre en llegar al Polo. Máxime en una época de difíciles relaciones entre Noruega y Reino Unido.  Así, en junio de 1910 se hace a la mar en el Fram, el navío del gran Nansen, su compatriota, quien también le asesoró y aconsejó. Y secretamente vira la proa hacia la Antártida. 

Scott lógicamente se enfurece. Lo que en un principio iba a ser una expedición científica y de exploración, pasa a ser una frenética competición.  El 7 de enero de 1911 Scott y sus hombres amarran en la bahía de McMurdo, mismo lugar que la Discovery. Una semana después Amundsen y los suyos hacen lo propio en la bahía de las Ballenas. Ambos lugares se encuentran al borde de la plataforma de Ross, un enorme campo de hielo del tamaño de España, que forma parte de la ruta entre el mar y el Polo, y que las precedentes expediciones habían dilucidado como el camino más corto hacia el deseado trofeo. No en vano la Antártida es un continente mayor que Europa, el de mayor altura del mundo y por tanto de temperaturas mucho más severas que las del Polo Norte. 

                                                      Una de las muchas maravillas antárticas.




Scott, según lo establecido, divide su expedición en varios grupos: uno, el de los científicos que realizarán estudios geofísicos y de ciencias naturales; otro, el que avanzará hacia el Polo Sur; y por último, el que se quedará en el navío. Poco antes del comienzo de la misma, los hombres del Terra Nova, liderados por Victor Campbell, se acercaron al Fram, donde británicos y noruegos se entrevistaron, y se comunicaron y compararon sus proyectos; Amundsen incluso ofreció ayuda en forma de perros, pero los ingleses los rechazaron amablemente.  Corteses pero desconfiados, rivales al fin y al cabo. Después se separan y se preparan para invernar. 

 Explorador comiendo habichuelas cocidas "Heinz". La publicidad era importante en estas expediciones, pues el capital disponible era en su mayoría privado. Y las marcas proveían de víveres y utensilios a militares, marineros y científicos.




Amundsen, con ocho compañeros y 116 perros groenlandeses en Framheim, una base construida sobre la barrera de Ross. Saldrá  el 20 de octubre de 1911.  Scott permanecerá en la citada McMurdo hasta el 13 de septiembre de ese año, hasta que el tiempo sea más suave. Mientras tanto, es el momento de los científicos. Y son habituales los ratos de asueto y de fascinación ante un continente desconocido que siempre había sido Terra Incognita. Pero después...comienza la cuenta atrás. 








Dos simpáticas imágenes que ilustran bien sobre el carácter científico y optimista de la expedición Terra Nova: en la de arriba, el propio Scott observa a unos pingüinos, los cuales no parecen inquietarse ante el,  posiblemente, primer humano que contemplan; en la de abajo, uno de los perros, cuidadosamente reservados por los británicos, escucha con asombro el gramófono, uno de los muchos objetos que los exploradores habían traído para sus ratos de ocio.




El plan británico consistía en recorrer casi 2.900 kilómetros, un homérico viaje de ida y vuelta, principalmente con tracción humana y máquinas, pues los perros llegarían sólo hasta el glaciar Blackmore (una de las puertas montañosas de la meseta antártica, tras superar la barrera de Ross)  para después regresar al campamento base, donde se hacía la tranquila labor científica.  Scott  espera emplear unos 140 días en total, llegada al Polo incluida, y concibe su plan según un sistema de una pirámide de equipos de apoyo que irán regresando a medida que el avance progrese, quedando un único y reducido grupo para pisar el Polo. 

Poneys de Siberia. Bien preparados para el frío, pero no tanto para el feroz clima antártico ni la constante exposición al aire libre.  Su sudor se convirtió en costras de hielo y supuso el fin para estos hermosos animales.



Pero, ay. Tanto los vehículos mecanizados, que se estropean pronto, como los poneys, que no soportan las duras tormentas y el polvo de nieve en el glaciar Blackmore el 10 de diciembre de 1911,  suponen dos lastras que retrasan a los británicos, quienes, en efecto, no tienen más remedio que tirar de sus propios pertrechos por el hielo.  Scott, con gran pesar, se ve obligado a sacrificar a los pobres animales, guardando su carne para las próximas semanas. 



Se reparte la carga en tres trineos y comienza la penosa ascensión, con cuatro hombres por trineo. Tardan once días en escalar el enorme glaciar, por entre peligrosas hendiduras y cañadas. Scott despide al último equipo de apoyo, que inicia el regreso al campamento base, y elige a los cuatro hombres que van a acompañarle para tocar y pisar la gloria: Edward Wilson, zoólogo y veterano de la Expedición Discovery; Lawrence Oates, capitán de dragones de la British Army;  Henry Bowers, teniente de la Royal Navy;  y  el galés Edgar Evans, oficial de la Royal Navy, quien también estuvo en la Discovery. 

Comienza entonces una de las mayores, más hermosas y  tremendamente crueles epopeyas protagonizadas por un pequeño grupo de hombres en la historia de la humanidad. 
Gesta admirable, la de este quinteto de británicos, guiados por su proverbial determinación, dejándose el cuerpo y el alma en estos páramos congelados, en un acto que tendría mucho de patriotismo y de superación personal, pero también era en pro de la humanidad. 





Los reposados y felices tiempos en el campamento base quedan ya lejos, y todo se ha convertido ya en una carrera frenética, de puro y desquiciado músculo,  donde es todo o nada. Y quién sabe dónde estará ya Amundsen. El 9 de enero de 1912  Scott y los suyos alcanzan los 88º 23´ 5´´, la latitud en la cual Shackleton hubo de dar media vuelta en 1909, y continúan, espoleados por la ilusión y también por el frío ventoso que funde los huesos. Cegados por el reflejo del sol en la nieve infinita, una semana después distinguen algo. Bowers, el primero. Es...una bandera negra atada a un patín de trineo. Están a sólo 24 kilómetros del Polo y el noruego se les ha adelantado. 

El duro golpe no los hace desfallecer. Van a cumplir con su deber. Con su objetivo. Con su misión. Un día después, el 17 de enero,  extenuados, por fin alcanzan el ansiado premio. Y vuelven a recibir otra bofetada del destino, al contemplar la bandera noruega plantada por Amundsen. Los nórdicos, corteses, han dejado una tienda y algunos suministros, pero también una carta, fechada nada menos que en el 15 de diciembre de 1911,  del líder para Scott:

"Querido comandante Scott: como usted será probablemente el primero en llegar aquí después de nosotros, ¿puedo pedirle que envíe la carta adjunta al rey Haakon VII? Si los equipos que hemos dejado en la tienda pueden servirle de alguna utilidad, no dude en tomarlos. Con mis mejores votos, le deseo un feliz regreso. Sinceramente suyo. 

Roald Amundsen". 

  
Como dijo Stefan Zweig, lo grandioso, lo inconcebible para la humanidad, ha sucedido. Pues el Polo, inanimado desde hace milenios, jamás contemplado por la mirada humana, tal vez nunca, había sido descubierto dos veces en el transcurso de una molécula de tiempo, en treinta días. Sin duda increíble, sí. Pero Scott y sus hombres no están en esos instantes de humor para pensamientos o declaraciones solemnes, o parrafadas intelectuales. Se trataba de llegar el primero. Ser segundos no significa nada. O realmente, sí. Significa derrota. El sabor de la derrota en sus labios resecos recubiertos de escarcha, con los pelos llenos de hielo. Amarga y fría derrota. 


 La foto que debería haber sido la de la victoria se convierte en la de la derrota, aunque los británicos hubieran logrado su objetivo. Pero las caras de los cinco,  cansadas, endurecidas y decepcionadas, lo dicen todo. 



Scott planta, qué remedio, su bandera, la Union Jack. Cortésmente se guarda la carta de Amundsen, para entregarla. No por esperada, la victoria del noruego que engañó a todos, deja de ser menos decepcionante. Y así lo deja ver el inglés en su diario, donde anotó todo fielmente:

"Todo el trabajo, todas las angustias, todas las privaciones, ¿para qué? Nada más que por un sueño que ahora se ha derrumbado. Aquí no hay nada que ver. Nada que se diferencie de la atroz monotonía de los últimos días. Dios mío, este lugar es horrible". 

Tremendas palabras que ilustran muy bien cómo se sintió el británico y cómo se debieron sentir sus hombres. No era un novato en estas lides, pero fundamentalmente era un marino, valeroso y tenaz; un puro hombre de mar. Amundsen, que nunca comprendió la debilidad de sus rivales por no querer emplear perros, recorrió los 2.900 kilómetros en sólo 97 días, un viaje notablemente rápido; el 25 de enero ya estaba en Framheim.  Escandinavo y bragado en ambientes gélidos, en su equipo se encontraba un campeón de esquí, y los canes los llevaron casi en volandas buena parte del trayecto, si bien sobrevivieron pocos animales. Además, la expedición Amundsen fue básicamente competitiva, es decir, ir, llegar al Polo y volver; nada de exploraciones científicas y biológicas, nada de retrasos, nada de sentimentalismos.  Todo directo al grano. 


Pero habíamos dejado a Scott gravemente tocado ante su diario. Escribirá una frase fatalmente profética: "Me espanta el regreso". 
Aunque desilusionados, aún tienen fuerzas y los británicos reemprenden el camino de vuelta con cierto brío. Las primeras semanas discurren bien y con cierta rapidez, mientras el viento, la congelación y la desnutrición les respetan. Pero a medida que la Antártida comience a hacer de nuevo acto de presencia, pronto se darán cuenta de que  su suerte está echada y realizan un viaje a ninguna parte. 

          Bowers tomó esta foto de sus cuatro compañeros en el regreso del Polo Sur, lo que viene a demostrar la notable presencia de ánimo de los británicos, mientras sus cuerpos aguantaron.  




Los pies se hunden cada vez más en la nieve inclemente, la temperatura supera los 30º bajo cero y los trineos pesan como auténticas rocas. Evans, que había sufrido varias caídas, una de ellas en la cabeza, empeora drásticamente. Para cuando la expedición alcanza el glaciar Blackmore, el 7 de febrero, estaba delirando moribundo. El considerado más fuerte del grupo fallece el día 17, justo cuando habían encontrado la carne congelada de los poneys muertos hacía meses, un vital aporte calórico para los desnutridos y entumecidos cuerpos de los británicos. 

La heroica expedición Terra Nova estuvo plagada de hazañas; como la de Wilson, el científico, quien aunque sentía la muerte en la nuca, no dejó de arrastrar 16 kilos de "piedras raras", como si ya no llevara suficiente carga. Nobles, dementes y humanistas exploradores. 

Han conseguido bajar de las alturas y ya están de regreso en la plataforma de Ross, pero el calvario blanco continúa, con casi 700 kilómetros por delante.  El hielo deja la piel en carne viva, la comida escasea y en los depósitos dejados anteriormente en la ida poco encuentran que les alivie. Para colmo, Oates tiene los pies congelados y una vieja herida con gangrena. Pronto no podrá caminar, sintiéndose una carga para sus compañeros. Se desencadena una fortísima ventisca y han de acampar, cobijándose dentro de las finas paredes de la tienda. Duermen un poco, si esa es la palabra. 

El 17 de marzo es el 32 cumpleaños de Oates. Éste sabe que sus compañeros no le van a dejar atrás. Así que esa mañana pronuncia unas palabras que se hicieron célebres:

-" Quiero salir un poco. Tal vez me quede un rato ahí afuera". 


Y ante el silencio aterrorizado de sus débiles amigos, Lawrence J.  Oates, del cuerpo de dragones de Inniskilling, fue como un poeta guerrero al encuentro de la muerte, desapareciendo en el viento blanco y cortante. 



"A very gallant gentleman", de John Charles Dollman (1914). El tributo del artista al heroico gesto de Oates. 


¿Qué podían hacer sus compañeros ahora? Seguir y seguir, continuar hasta que sus extenuados cuerpos sobrevivieran. Hasta el último aliento. Con los ojos cerrados por la ventolera, medio dormidos, deambulan como zombies por el gélido desierto. Pero el 20 de marzo un nuevo y brutal temporal en contra les obliga a hacer una nueva parada. Será la última.

Pese a que durante una semana los valientes exploradores intentarán una y otra vez hacerle frente a los elementos, ya no podrán moverse de allí. Y están a sólo 120 kilómetros de sus compañeros del campamento base, por lo que la impotencia duele tanto como los miembros inertes.  Cobijados en las finas paredes de la tienda, con el cielo oscureciéndose, ya sólo les queda morir de la manera más digna posible. Acurrucados en sus sacos de dormir, juntos y en silencio, con el páramo helado como testigo mudo de sus horribles sufrimientos, aguardan la hora final.




 

 La última fotografía de Robert Scott. Apenas puede abrir los ojos y su rostro parece una máscara. Lejos de su familia y de su hogar; lejos de los viejos tiempos de la Marina y de las recepciones con el rey. Lejos de la gloria.


Medio en penumbra cada vez más ausente y al borde de la demencia, Scott desentumece los dedos y agarra por última vez el lápiz para escribir en su diario. Es en sus últimos momentos cuando surge de nuevo su excepcional figura, dejando para la eternidad unas cartas escritas en un emocionante estilo, viniendo de alguien moribundo.  Viendo las fotografías de Scott en sus buenos tiempos, nadie diría que estamos ante un hombre de su calibre: estático, impoluto,  expresión firme, labios apretados, de mirada clara aunque algo impasible; el típico inglés flemático y tenaz.
Escribe a su mujer, a sus amigos, a su nación...a la humanidad, en suma. Para con su esposa, a quien ruega que cuide de su hijo y le eduque bien,  se muestra tremendo y sincero:

 "Cuánto podría contarte de este viaje. Y cuánto mejor fue emprenderlo, en lugar de quedarme sentado en casa, disfrutando de una excesiva comodidad".

 

Luego tacha "mi esposa" para poner "viuda". El británico garabatea los últimos párrafos de su vida, en los cuales también hay un intento de explicar por qué la expedición pudo fracasar, aun sin tener la certeza de que encontrasen sus papeles. Pero no hay ni críticas hacia nadie, ni a sus compañeros, ni rencores o explosiones de odio. Se muestra humilde en sus declaraciones para la posteridad:

 "No sé si he sido un gran explorador, pero nuestro fin será testimonio de que en nuestra raza aún no han desaparecido ni el espíritu del valor, ni la fuerza para resistir el sufrimiento". 


También escribe para su mejor amigo; las palabras que transmite son extrapolables a las de cualquier persona con su amistad predilecta:

"En toda mi vida no he encontrado a otro hombre al que haya querido y admirado tanto como a usted, aunque nunca pude demostrarle lo que su amistad significaba para mí, pues usted tenía mucho que dar, y yo nada". 

Además escribe para las familias de sus compañeros, consolándolas como puede. Las garras de la Parca se están cerrando sobre nuestros infelices, los dedos apenas le responden, y Scott , a sus 43 años bruscamente cortados, sólo tiene tiempo ya para dirigirse a su nación, Gran Bretaña. Se muestra orgulloso,  tranquilo y estoico, pese a las bofetadas del clima y del destino, que ha empañado su gesta y truncado su vida y la de sus compañeros. Su última frase fue:

"Nos aferraremos hasta el final, pero nos estamos debilitando, y el final no puede estar lejos. Es una pena, pero no creo que pueda escribir más. R. Scott. ¡Por el amor de Dios, ocupaos de nuestra gente!"


Se considera que Scott murió un día después de escribirla, el 29 de marzo de 1912. 


Mientras tanto, en el campamento base de McMurdo, sus compañeros de la expedición polar, mientras realizan las labores científicas,  aguardan su llegada, primero ilusionados, luego inquietos y finalmente deprimidos. Se lanzaron varias misiones en su busca, pero la fuerza de las ventiscas les hizo volverse forzosamente, una y otra vez, hasta que cuando hubo pasado el invierno polar,  el 12 de noviembre, fueron encontrados sus cadáveres congelados, metidos en los sacos de dormir. Todo en razonable estado de conservación, incluidos los  útiles, las películas de fotografías  y los diarios de Scott. 

El cuerpo de Oates no fue encontrado, y los británicos se lamentaron amargamente cuando comprobaron lo cerca que habían estado de sus abandonados compañeros. Una vez recogieron los documentos y pertrechos, cubrieron con nieve y hielo la tienda, erigiendo una pequeña montaña coronada por una cruz hecha con esquíes. 



                                                  Sepulcro de Scott, Bowers y Wilson.



Victor Campbell tomó el mando de la triste expedición, que abandonó la Antártida en enero de 1913. Antes de irse plantaron en la isla del campamento otra cruz, pero ésta grande y de madera, elaborada por los carpinteros del barco, donde grabaron los nombres de los caídos y una línea de un poema de Alfred Tennyson:

"To strive, to seek, to find, and not to yield".

(Esforzarse, buscar, encontrar y no ceder)


En junio de 1913 el Terra Nova atracaba en Cardiff y sus compatriotas  se enteraron de la tragedia.  Scott fue elevado a la categoría de héroe nacional. En un país tan mitómano como el inglés, el explorador no merecía menos. A Kathleen Scott se le distinguió como viuda de un Caballero Comandante de la Orden del Baño, y los supervivientes fueron honrados con medallas y distinciones. Tampoco las familias de los héroes muertos quedaron olvidadas, si bien fueron recompensadas de manera desigual. Paradójicamente, Amundsen no fue aclamado unánimente como ganador absoluto, y el británico brilló con su atractiva aura de héroe maldito. Tal vez el noruego no estuvo tan bien considerado, pese a que se reconoció su hazaña, primero porque no transmitía tanto como Scott, y segundo por su maniobra secreta, engañando a todos.  Durante los 50 años siguientes, Scott fue una leyenda intocable. 

Pero  toda figura histórica se acaba cuestionando por  sucesivos autores y el peso del tiempo, y ciertos historiadores defenestraron al marino británico de su Olimpo, criticando su mala planificación, sus fallos en el viaje, su debilidad respecto los perros y su inoperancia, en términos bastante duros; además lo acusan de cubrir con retórica (en su diario) los errores cometidos.

En las últimas décadas, sin embargo, ha proliferado el revisionismo de otros autores, que tienden hacia un juicio más ecuánime, y si bien critican algunos aspectos, por otra parte reconocen el enorme mérito, el inquebrantable estoicismo, la gran capacidad de sufrimiento y el indudable heroísmo de un grupo de valientes temerarios que se lanzaron a la conquista del Polo, enfrentándose a los brutales elementos del tiempo con su simple cuerpo como escudo  y la única tracción de sus piernas. 

Hoy día sabemos que a la Expedición Terra Nova le perjudicaron gravemente tanto el demencial esfuerzo físico, como la congelación de las articulaciones y un tiempo más riguroso de lo normal (50 grados bajo cero por las noches) con numerosas ocasiones de ventiscas en contra. También la dieta, pues el déficit de vitamina C , en una época donde no se le daba importancia, fue determinante para el atroz escorbuto sufrido, así como la desnutrición derivada de las caminatas sobre la nieve, que precisaron más proteínas de las que desgraciadamente había. Por último, los pertrechos y ropa de abrigo, que no eran de tan buena calidad como la de Amundsen y sus hombres. Todos estos factores no dependían de Scott, como puede verse. Como tampoco era culpa suya que la expedición de los noruegos fuera mucho más profesional, en todos los sentidos. Los ingleses, en contrapunto, eran prácticamente unos amateurs románticos luchando contra la Antártida por el honor y la gloria. 
  

Al victorioso, práctico y  taimado Amundsen  no le importó emplear (y masacrar) a sus perros para su empresa tampoco tuvo mayores problemas para alimentarse con su carne cuando hubo necesidad de comida (de hecho un integrante de su expedición se distinguió por su habilidad para cocinarla).  El íntegro y sentimental Scott, en cambio, fiel a sus principios hasta el final, llevó a los glaciares el heroísmo, el afán de superación y la capacidad sobrehumana hasta más allá del límite, alcanzando la muerte en medio de la nada blanca y helada, lugar donde reposa su cuerpo y el de sus compañeros, en la profundidad de la plataforma Ross,  después de un siglo de nieves y ventiscas.  Fue el segundo en llegar al Polo Sur, sí. Pero por algo  su nombre sigue sonando tan fuerte como una tormenta  antártica, más intensamente que el del primero, Amundsen. 

Y el de Edward Wilson (1872-1912).
Y el de Edgar Evans (1876-1912). 
Y el de Henry Bowers (1883-1912).
Y el de Lawrence Oates (1880-1912).  

Robert Falcon Scott (1868-1912), uno de los fracasados más gloriosos de la historia. 

En su memoria.