4.3.16

Se puede vivir sin Oscar


                                                                    Richard Burton, compuesto y sin Oscar.



Con la muy reciente ceremonia de entrega de los Premios Oscar (su edición número 88) y la estatuilla a Leonardo Di Caprio, que para sus fans ha sido una especie de liberación, una justicia divina, algo que se merecía sí o sí y ya, o premio o muerte, me ha dado por pensar y me acordé entonces de todos aquellos actores, directores, guionistas y compositores y todas aquellas actrices y guionistas, que se fueron de este mundo sin el preciado galardón. O ese grupo de olvidados y olvidadas, aún físicamente en Sunset Boulevard, pero que no parece vayan a tener tanta suerte como el protagonista de Titanic. 

Podrá discutirse sobre el prestigio o no de los Oscar, pero resulta innegable su trascendencia y el significado que con el paso del tiempo han ido adquiriendo, decadencias y decisiones inexplicables aparte. Tampoco se debe ser tan infantil como para despreciar a los actores y actrices que nunca lo han ganado pues, como se sabe y veremos ahora, son casi legión y en algunos casos se trata de auténticos mitos del celuloide, por lo que podría decirse que el que estén sin premio los distingue más aún. 

Como sabemos, la Academia del Cine de Hollywood ha tenido un criterio curioso a lo largo de la historia, claramente discutible en ciertas ocasiones; por ejemplo, que le dieran el Oscar a John Wayne por Valor de Ley en vez de por Centauros del Desierto, El Hombre Tranquilo y etcétera, o a Al Pacino por Esencia de Mujer, olvidando los tres Padrinos, El Precio del Poder Atrapado por su Pasado. O que Stanley Kubrick nunca obtuviera ninguno por mejor director. O Sergio Leone, nada de nada. Y  en esta última ceremonia, han premiado a Morricone por Los Odiosos Ocho en vez de por Hasta que llegó su hora, La Misión o Cinema Paradiso. El gran compositor Basil Poledouris murió en 2006 sin un triste premio.  La Academia suele obsequiar los papeles que implican un gran esfuerzo/cambio físico, aunque a veces se les va la olla y le dan la estatuilla a personajes tan complicados como el que hizo Penélope Cruz en Vicky Cristina Barcelona, pues aparecía, ¡oh cielos! de española impulsiva. Papelón shakesperiano

Siendo sincero, no me cae mal Di Caprio. Puestos a hablar de manías, ahí están Sean Penn o Nicolas Cage, a quienes no soporto, sobre todo al primero. Leo me parece un buen actor. Pero tampoco había que hacer un drama porque a los 41 años no tuviera todavía el Oscar; tiempo de sobra tiene (o tenía). Pero vivimos en una época dominada por lo instantáneo, por la inmediatez; todo ha de ser hoy, como muy tarde mañana. En fin. Pasemos ahora a ver las historias de unos cuantos grandes actores, de ayer y de hoy, todavía sin estatuilla. Y sólo actores; dejaremos actrices y directores para otro día, pues si no la entrada sería enorme. 



- Cary Grant (1904-1986). Galán de la época dorada de Hollywood, participó en comedias como La fiera de mi niña, Arsénico por compasión o Historias de Filadelfia, y en clásicos de Hitchcock como Con la muerte en los talones, Sospecha o Atrapa a un ladrón. Polivalente, también se desempeñaba bien en el cine bélico. Muy bien considerado, pero apenas nominado, sólo recibió el Oscar Honorífico en 1970, cuando ya estaba retirado. 

 - Richard Widmark (1914-2008). De presencia dura, granítica, pero con capacidad para emocionar. Muy versátil, destacó tanto en el cine negro, como en los dramas, el western, el cine bélico e incluso el de aventuras. Alguna nominación, ningún premio. Vencedores o vencidos, El Álamo, El beso de la muerte, El hombre de las pistolas de oro...

- Eli Wallach (1915-2014). Murió a los 98 años y en 2010 recibió el Oscar Honorífico, poco después de retirarse; su carrera es una de las más largas del cine, con más de seis décadas. Secundario habitual y polivalente,  es especialmente recordado por  Los siete magníficos y por su inolvidable Tuco de El bueno, el feo y el malo, aunque las nominaciones y los pocos premios se los llevara por Baby Doll o Vidas Rebeldes. Ya anciano apareció en El Padrino III o Mystic River. 

- Orson Welles (1915-1985). Director mítico y personalísimo donde los haya, lo cierto es que se desempeñó notablemente como actor, en Ciudadano Kane, El Tercer Hombre, Moby Dick, El largo y cálido verano, Campanadas a medianoche, Casino Royale...Nada. Su único medio Oscar corresponde al guión de Ciudadano Kane, escrito junto a Herman Mankiewicz, aunque en 1972 recibiría el Honorífico, cuando ya estaba casi fuera del cine y con mala salud. 

- Kirk Douglas (1916). Próximo al centenario, es uno de los grandes de la historia y por supuesto el mayor mito vivo. Sí, recibió el Oscar, pero se trata del Honorífico. Fue en 1996, y sonó a " señores académicos, Douglas tiene ya 80 años, hay que darle el premio que se nos va a ir ya sin ningún Oscar". Si bien desde los 70 bajó mucho su nivel y su acierto en la elección de películas, lo cierto es que la primera parte de su carrera está plagada de hitos: Senderos de gloria, Espartaco, Cautivos del Mal, El Gran Carnaval, El Loco del Pelo Rojo, El Ídolo de Barro, Brigada 21...Sin embargo, sólo fue nominado en tres ocasiones, acaso por su fuerte compromiso político.

- Robert Mitchum (1917-1997). Otro actor polivalente bregado en el cine negro, el western e incluso el de terror. También uno de los primeros antihéroes, a ello ayudaba su particular mirada somnolienta. Alcohólico y drogadicto, no tenía buena prensa, pero...¿acaso Hollywood es perfecto? Muy recordados sus papeles en El cabo del miedo, El Dorado o La hija de Ryan.

- Montgomery Clift (1920-1966). Prototipo de actor atormentado, derivado de su homosexualidad inconfesable, un accidente le hizo adicto a los tranquilizantes y murió joven.  Tal vez su mejor interpretación sea la de Vencedores o vencidos: el juicio de Nuremberg, aunque estuvo nominado hasta en cuatro ocasiones.

- Richard Burton (1925-1984). Uno de los más famosos de los "sin Oscar", sin duda es otro de los más grandes de la historia, aunque también fuera conocido por su alcoholismo o por su tormentoso matrimonio con Elizabeth Taylor (con quien actuó en Cleopatra), en el cual se dejó millones de libras en regalos. Interpretó personajes históricos y literarios y también frecuentó el cine bélico, el drama psicológico, e incluso se atrevió con la comedia gay.  De inquietudes intelectuales, el galés estuvo nominado hasta en siete ocasiones, pero nunca, en sus 58 años de vida, recibiría el preciado galardón. Cosas de la Academia.

- Richard Harris (1930-2002). Irlandés y bebedor, tuvo una carrera errática relanzada poco antes de morir, con Gladiator. Mucho antes había participado en Los cañones de Navarone, Rebelión a bordo, Un hombre llamado Caballo, Cromwell, Odio en las entrañas, Robin y Marian o Sin Perdón. 

- Omar Sharif (1932-2015). Egipcio nacido en una familia cristiana, se convertiría luego al Islam. Interpretó a árabes, mexicanos, suizos, rusos, bárbaros, argentinos, mongoles... en una carrera irregular y especializada en películas de corte histórico, aunque también en papeles de galán. Sus mayores hitos son Lawrence de Arabia y sobre todo Doctor Zhivago, su personaje más recordado. Por ambos papeles casi gana el Oscar. 

- Peter O´Toole (1932-2013). Como Harris, irlandés y bebedor. De carrera con altibajos y progresivamente a peor, se recuerdan sus actuaciones en Becket, Lord Jim o El león en invierno, pero sobre todo su inolvidable interpretación en Lawrence de Arabia, el papel de su vida. En 2002 se le concedió el Honorífico, sin duda para restituirle. 

 -John Cazale (1935-1978). El recordado e inestable Fredo de El Padrino. Su temprana muerte con sólo 42 años debido a un cáncer de pulmón acabó bruscamente con una carrera prometedora, con sólo cinco películas (El Padrino I y II, La Conversación, El Cazador y Tarde de Perros) todas nominadas a la mejor película, y él siendo alabado por la crítica en sus roles de secundario.

- Harvey Keitel (1939). Confieso mi debilidad por este actor de físico peculiar y característica presencia, con habilidad para interpretar personajes ambiguos. Con 76 años y cada vez menos papeles parece improbable que reciba ya un Oscar, ni siquiera el de honor. Recordemos Malas Calles, Taxi Driver, Los Duelistas, El Piano o Teniente Corrupto. Sin olvidarse de su implicación en el cine independiente, siendo crucial en los inicios de la carrera de Tarantino (Reservoir Dogs y Pulp Fiction).

- Ian McKellen (1939). Actor inglés, de la estirpe de los grandes intérpretes británicos, habitual del teatro y del cine. Al contrario que Montgomery Clift, ha llevado a mucha honra su homosexualidad; son otros tiempos, por otra parte. Tiene una larga carrera, pero con 61 años alcanzó la fama mundial por su inolvidable Gandalf (nominado al Oscar) de la trilogía de El Señor de los Anillos y por el Magneto de X-Men. 

-Martin Sheen (1940). El padre del incorregible Charlie cuenta con una larga e irregular carrera. Hijo de español emigrado a EEUU, posiblemente su mejor época fueran los 70, con Malas Tierras y Apocalypse Now. Sólo por haber sobrevivido al infierno del rodaje en Filipinas merecería el Oscar (de hecho sufrió un ataque al corazón y recibió la extremaunción) y realmente su actuación como Willard fue magnífica. Más recientemente destacó en la televisión, con El Ala Oeste de la Casa Blanca, y en el cine con Infiltrados.

- Nick Nolte (1941). De los actores camaleónicos y de múltiples facetas, también es bastante autodestructivo aunque en los últimos años ha renacido después de dársele por perdido. Quizá su cúspide se halla en los 90, con El príncipe de las mareas, El cabo del miedo, La delgada línea roja o Aflicción.

- Harrison Ford (1942). Vale, no es uno de los diez o quince mejores actores de la historia. Pero otros con menos han rascado premio. Aparte, no se debe despreciar el indudable carisma que el de Chicago ha demostrado interpretando a dos iconos del cine como son Han Solo e Indiana Jones, ambos historia del celuloide y de la cultura popular. Además, tiene buenas interpretaciones, como en Único Testigo, para la cual fue nominado al Oscar. Con 73 años, es carne de premio honorífico. O no, nunca se sabe.

- Alan Rickman (1946-2016). Falleció hace poco, con lo que lamentablemente su elegante presencia británica ha dejado de verse en pantalla.  Habitual del teatro, no saltó al cine hasta los 40 años, apareciendo, si bien nunca de protagonista, sí de secundario de lujo (La jungla de cristal, Robin Hood, Sentido y Sensibilidad, Michael Collins, todas las de Harry Potter, Love Actually...). Una pena.

- Samuel L. Jackson (1948). El afroamericano lo mismo aparece en taquillazos palomiteros, que en películas de autor o en bodrios de serie B. Pero es con Quentin Tarantino con quien ha demostrado su valía; por su inolvidable Jules Winnfield de Pulp Fiction fue nominado al Oscar y otros premios, así como por Jackie Brown. Y en Los Odiosos Ocho está soberbio.

- Tom Wilkinson (1948). Otro estupendo actor inglés, activo desde los años 70, pero que alcanzó mucha más trascendencia recientemente, desde En el nombre del padre y, sobre todo, Full Monty. Secundario de lujo, versátil y solvente para hacer tanto de "bueno" como de "malo", ha sido nominado por Michael Clayton y En la Habitación. 

- Michael Keaton (1951). De esos actores a quienes les ha llegado el reconocimiento en su madurez. Por Birdman casi gana el Oscar, y vuelve a estar de moda con la premiada Spotlight. Competente, se recuerdan sus comerciales papeles en los Batman de Tim Burton o en Beetlejuice

- Liam Neeson (1952). Sí, en los últimos años se ha puesto a repartir ostias en el papel de "padre-tranquilo-a-quien-secuestran-a-la-hija-y-resulta-ser-un-Dios-de-la-CIA" y ya mira más la billetera que el guión, pero estamos ante un actor notable de larga carrera que no tuvo un rol protagonista hasta los 38 años y  cuyo mejor momento fue tal vez los años 90, y su cima, La Lista de Schindler. Se merecía el Oscar, pero en medio estaba el Tom Hanks de Philadelphia. Era 1993 y el SIDA estaba de moda, en el peor sentido del término.

- John Goodman (1952). Famoso sobre todo a partir de los 90, participó en películas infantiles como Los Picapiedra o Los Borrowers, pero ante todo es un gran secundario y un habitual de los hermanos Coen; tal vez su papel más recordado sea el tronchante Walter de El Gran Lebowski. Más recientementemente, se le ha visto en Argo. En otro orden de cosas, en otros tiempos era recordado por su aspecto obeso, pero el estadounidense ha perdido peso de manera espectacular. 

- John Malkovich (1953). Podrá decirse que en los últimos 15 años poco ha quedado de ese gran actor que tanto prometía en sus inicios, pero estamos ante un enorme intérprete con un toque muy característico, ayudado por su peculiar rostro.  Su mejor época se sitúa en esos 12 años entre 1984 y 1996, con películas como En un lugar del corazón (nominado), En la línea de fuego (nominado), Las amistades peligrosas, Mary Reilly o El Imperio del Sol. 

- Gary Sinise (1955). Ahora está más centrado en las series de televisión y no parece que ya vaya a recibir una estatuilla,  pero es otro estupendo actor para nada encasillado. Como tantos otros, su época dorada fueron los años 90, con De ratones y hombres, Apolo 13 y sobre todo, Forrest Gump; su Teniente Dan es una de las mejores interpretaciones de las últimas décadas. Rozó el Oscar.  

- Steve Buscemi (1957). Otro secundario habitual, de muy característico físico y dedicado a un tipo de personaje muy concreto. Bien considerado por los críticos, luego sin embargo nunca ha sido honrado como se merece. Quizá su mejor momento se encuentra en los 90 (Reservoir Dogs, Fargo, El Gran Lebowski) y recientemente se ha centrado en las series de televisión (Boardwalk Empire).

- Gary Oldman (1958). Aunque estuvo por fin nominado en 2011, nadie daría un duro hoy por él en los Oscar. Tal vez su momento cumbre fue en 1992 con el Drácula de Coppola, cuando a su calidad como actor se unió su consideración como sex-symbol. Sin duda es un gran actor históricamente despreciado en los premios, con ninguna nominación durante décadas. Recientemente ha interpretado al inspector Gordon en los Batman de Nolan. 

- Viggo Mortensen (1958). Un tipo peculiar, alejado del estrellato,  que escoge cuidadosamente los papeles y no se mete en el típico taquillazo, a excepción de la trilogía de El Señor de los Anillos. Ya siempre será Aragorn, aunque se ha mostrado solvente en Promesas del Este, por la cual estuvo nominado, Una historia de violencia o The Road. En España fue un buen Alatriste pese a su forzadísimo castellano.  

- Tim Roth (1961). Británico, especializado en personajes malvados o, por lo menos, dudosos, maquiavélicos.  Ha tenido una carrera con altibajos. Con Tarantino alcanzó la fama mundial (Reservoir Dogs, Pulp Fiction) y con él ha vuelto en Los Odiosos Ocho, aunque su primera nominación llegó en el drama de época Rob Roy, donde realmente estaba de Oscar, pero el premio fue para Kevin Spacey (Sospechosos Habituales).

- Brad Pitt (1963). Fuera de su consideración como sex-symbol e ídolo carpetero en los 90, de las películas con Clooney y más recientemente, de apóstol del glamour y del postureo por su millonario matrimonio con Angelina Jolie, debe reconocerse que Pitt es un buen actor con, realmente, magníficas actuaciones. Kalifornia, Seven, Doce Monos, Sleepers, El club de la lucha, Snatch, Troya, Babel...Con 52 años, tiene 11 más que Di Caprio...

- Johnny Depp (1963). Su carrera parece haberse ido al garete entre sus excesos con el alcohol y las drogas y sus problemas matrimoniales,  pero es un actor bastante camaleónico y nominado hasta en tres ocasiones. Habitual de Tim Burton, también se ha desempeñado en papeles de mafioso, de pirado, de policía, de atracador de bancos y hasta de pirata.

- Paul Giamatti (1967). Secundario de lujo, su apariencia bonachona no le impide interpretar papeles ambiguos. Actor solvente, ha destacado en Entre copas, Cinderella Man o El Ilusionista.

- Josh Brolin (1968). Hijo del actor James Brolin, apareció con 16 años en Los Goonies, aunque sus mejores papeles vinieron rozando los 40, como Milk, No es país para viejos, American Gangster...

- Edward Norton (1969). En la actualidad parece que ha conocido mejores épocas, pero este actor es polifacético como pocos. Especialista en papeles de tipos desconcertantes y con habilidad para encarnar el bien o el mal, posiblemente su momento fueron los años 90. Cómo olvidarse de Las dos caras de la verdad o de American History X...

- Joaquin Phoenix (1974). El hermano del malogrado River (1970-1993) se hizo mayor con Gladiator , su primera nominación al Oscar, como actor de reparto en el papel del cruel emperador Cómodo. Luego ha sido nominado en dos ocasiones por En la cuerda floja y The Master y cuenta con notables actuaciones en La noche es nuestra, Her o El Bosque. Pero ningún premio "grande" para un actor competente que pertenece al tipo de estrella comprometida, pues es vegano y apoya las causas animalistas, en pro de la naturaleza y anticonsumistas. 

- Tom Hardy (1977). De la clase de actor que por su físico "parece un pedazo de carne que no sabe actuar", pero luego ha resultado que sí, y muy bien. De moda sobre todo los últimos 5 o 6 años, ha sido nominado al Oscar por su fantástico papel en El Renacido. Si el año pasado premiaron a alguien como Eddie Redmayne, no veo por qué no a Hardy, que ya lleva algunas buenas interpretaciones.



Así que...¿se puede vivir sin Oscar o no?

22.2.16

Semana de cine: "El Renacido" y "Deadpool"

La semana pasada pude disfrutar en el cine de dos películas de muy reciente estreno; es lo que tiene volver a tener una vida social activa. Pero dejemos este último tema para otro momento y hablemos de esos dos films: El RenacidoDeadpool, cada uno muy particular en su peculiar y respectivo estilo y desde luego con ningún aspecto en común.


El Renacido (The Revenant), del mexicano Alejandro G. Iñárritu, cuenta la historia de Hugh Glass, un trampero y explorador que sobrevive milagrosamente al brutal ataque de un oso, para emprender luego la venganza contra quien le abandonó. La película se basa levemente en una novela, a su vez inspirada en hechos reales (por cierto ya es el segundo largometraje sobre la vida de Glass).  Ambientada en el helado y salvaje interior de los Estados Unidos en 1820, se trata del clásico relato del hombre y la naturaleza y la lucha por la supervivencia, no sólo del ser humano, también del resto de los animales.

Como película brutal y cruda funciona muy bien, pues las escenas violentas se muestran con un nivel de detalle pocas veces visto (casi parece que te estén arrancando la piel a ti) y los animales recreados informáticamente son bastante reales. Si a ello le sumas una fotografía bellísima, que se recrea en los espectaculares paisajes norteamericanos, que capta hasta las minúsculas partículas de hielo y que prácticamente te hace sentir hasta el aroma a pino y sangre, es un largometraje muy disfrutable visualmente.

El problema radica, creo, en su duración, 156 minutos; tal vez con veinte o veinticinco minutos menos la película hubiera quedado más redonda, pues llega un momento que se empieza a hacer reiterativa y ligeramente eterna. A ello no ayuda cuando Iñárritu se pone en plan Terrence Malick y se recrea con escenas oníricas y pretendidamente trascendentales, en la línea de El Nuevo MundoEl Árbol de la Vida  del citado director; un deleite si eres devoto de ese ascético estilo de cine, pero una ligera molestia si te van las emociones más fuertes y directas.

En cuanto al reparto, constituye otro de los aciertos del film. La aclamada y premiada (a falta del Oscar, que sabremos en breve) actuación de Leonardo Di Caprio resulta bastante correcta, teniendo en cuenta además que se trata del tipo de papel que suele ser ampliamente recompensado en forma de estatuilla: dolorosos, extenuantes, de lucha por la vida y donde se nota que han rodado en plena naturaleza. Probablemente le acaben dando el Oscar, tal vez por injusticia respecto a otros años, aunque particularmente en  El Renacido me parece bastante más creíble y notable la actuación de un irreconocible y excelente Tom Hardy encarnando a un tipo duro, miserable pero realista y pragmático, muy de su tiempo.

En resumen, El Renacido  es una película evidentemente recomendable, si te gustan las películas descarnadas, de "hombre contra naturaleza" con regusto a western y a indigenismo y donde el paisaje devora al ser humano. Una obra de arte algo larga de más y donde se echa de menos cierta emoción.


Lo mejor:

- La fotografía de Emmanuel Lubezki.

- Los paisajes naturales.

- El trío protagonista: Di Caprio-Hardy-Gleeson, sobre todo el segundo.

- Las escenas de acción, de una tensión y una crudeza extraordinarias.

- Los movimientos de cámara.

- Por suerte los tiempos donde se lastimaban o mataban animales de manera gratuita en el cine han pasado, por obra y gracia de la informática. Los mamíferos generados por ordenador son verdaderamente espectaculares y parecen bastante auténticos.


Lo peor:

- Duración demasiado larga.

- Escenas etéreas y diálogos que eternizan la película. "Momentos Malick".

- Cierta falta de emocionalidad. No transmite tanto como debería.








En cuanto a  Deadpool, está dirigida por casi un debutante, Tim Miller,  y se trata de la adaptación, no la primera pero sí donde por fin se le da el papel protagonista, del cómic del mismo nombre, creado allá por 1991.

Dichos tebeos no me los he leído pero prometo hacerlo algún día, pues el personaje me ha cautivado, qué demonios, me ha excitado, y todo gracias a la película, un maldito disfrute de principio a fin.

Gamberra, intrascendente, autoparódica, soez, exagerada, descacharrante, genial, deslumbrante, barata, estúpida, ligera,  poderosa...se podrían decir muchos calificativos sobre una película bastante valiente y no apta para todo tipo de público que dispara con bala ya que es como si Marvel se criticara a sí misma y al modo de hacer películas de superhéroes. Recalco lo de que no es apta para todo tipo de público, no ya sólo porque no sea algo para ir a ver con tu hijo, es que además no a todos los adultos puede hacerle gracia frases como "mi infancia fue porno con payasos" , por sólo citar un ejemplo. 

Desde luego Deadpool es el más antihéroe de los superhéroes, y es imposible no caer rendido ante él. Y desde luego ante otro de los puntos fuertes, la actuación de un excelente Ryan Reynolds en el que creo que va a ser uno de los papeles por el que será recordado siempre. Aquí se resarce del indigno papel que le asignaron como el mismo en  Lobezno: Orígenes  y desde luego se su patinazo como otro superhéroe en Linterna Verde. Ya siempre será el desgraciado e irreverente Wade Wilson.

No te la tomes muy en serio (o sí) y prepárate para pasar unos estupendos 106 minutos en el cine (pocas veces me he reído más en una sala) en la que ya es una de las mejores películas de superhéroes de todos los tiempos; sería un error compararla con los Batman de Nolan, con Watchmen, con las de X-Men o con las de Los Vengadores; esto es otro nivel, otra liga; ni siquiera es el mismo deporte. ¡Chimichangas!


Lo mejor:

- Las constantes chanzas y constantes golpes irónicos, escatológicos, crueles y pasados de rosca, por obra y gracia del notable guión.

- El endiablado ritmo, que apenas se da un respiro. Correctísima duración.

- El increíble Ryan Reynolds. Como actor nunca ha sido de mis predilectos, pero aquí se sale. El resto de actores y actrices son bastante más desconocidos, pero no desentonan en una película donde el auténtico protagonista es Deadpool.

- La valentía de autoparodiarse sin compasión, desde los títulos de crédito iniciales. Ni el propio Reynolds queda libre.

- Las escenas de acción, verdaderamente espectaculares y que se recrean en todos los detalles, no escatimando en sangre o en mutilaciones.


Lo peor:

- Sinceramente, nada. No le veo defectos a esta película que no es exactamente una película al uso. Pasé uno de las más gratos ratos empleados en un cine de mi vida. Personalmente, no me gustaría que se hiciesen más largometrajes en plan saga, pues creo que podría ir a peor. Como mucho una más.




2.2.16

Scott: el trágico mito del Polo Sur




El ser humano, desde sus primeros pasos en la historia del mundo, ha sabido sobreponerse a toda clase de avatares climáticos, y ha sido capaz de habitar prácticamente cualquier entorno, por muy cálido, frío, seco, lluvioso, duro o inestable fuese. 

Únicamente quedaron, y siguen quedando, como imposible, tierras mortíferas en exceso, hasta para el hombre, como son las altas montañas, ciertas áreas de los desiertos, y los dos Polos, el Norte y el Sur, en donde pese a que hay estaciones científicas y puede vivir gente, aunque sea temporalmente,  no son lugares donde se pueda poner uno a cultivar la tierra o a tomar el sol con un tinto de verano. 

Ambos polos son prácticamente los dos últimos lugares donde el hombre puso el pie, es decir, en los que más tardó en llegar: el Norte en 1909  (o eso se creyó en su momento) y el Sur en 1911. Ello nos retrotrae a ese mundo de la "Paz Armada" precedente a la Gran Guerra del 14; ese mundo donde Occidente (Europa y Estados Unidos)  aún estaba rampante, con sus excesos colonialistas e industriales, sus ansias bélicas y de supremacía, pero también con sus deseos de ciencia, progreso y evolución. 

El mundo se hacía cada vez más pequeño, África estaba dejando de ser un mapa en blanco y la época de las grandes exploraciones tocaba a su fin; únicamente quedaban, inalcanzables y completamente deshabitados, los mencionados polos, protegidos por muros de hielo.  Había que ponerse manos a la obra, pues todo era posible en la Belle Époque.

Respecto al Norte debe aclararse que hubo una disputa entre Cook y Peary, ambos exploradores estadounidenses y que afirmaron haber llegado al polo geográfico, uno en 1908 y  otro el año siguiente; ninguno con pruebas concluyentes, pero Peary tuvo mejor prensa y fama y fue declarado vencedor. Sin embargo, con el tiempo se ha demostrado que ambos mintieron y que no lograron su objetivo. Hubo que esperar hasta 1926, cuando Nobile, Amundsen y Ellsworth (italiano, noruego y estadounidense, respectivamente) llegaron en dirigible al lugar exacto. Los soviéticos lo alcanzaron por la superficie en 1948.

En cuanto al Polo Sur, un territorio bastante más helado, inhóspito, elevado y árido que el Norte, tiene una historia (o historias) bastante más hermosa, admirable y trágica. Hablemos de un tal Scott. 

Robert Falcon Scott nació el  6 de junio de 1868 en Plymouth, Inglaterra, hijo de un próspero cervecero,  en una familia de notable tradición militar. Él no iba a ser menos y con 13 años comenzó su carrera naval. La mar llama pronto.

Ya estuviera en África o el Caribe, Scott se mostró como un marino audaz e impulsivo, propio de su juventud. En 1887 conoció a Clements Markham, secretario de la Royal Geographical Society, algo que cambiaría su vida; Markham era habilidoso captando militares jóvenes para causas poco bélicas pero heroicas, como las expediciones.  Mientras tanto, seguiría ascendiendo en la Marina, con un expediente normal, estándar, ni mediocre ni demasiado brillante, aunque en 1888 ya era  un flamante alférez, y teniente de navío un año después. 

Los ascensos se iban sucediendo, y la vida iba transcurriendo, entre amores y viajes,  y dificultades económicas de su antaño próspera familia, pero en junio de 1899 se reencuentra con Markham en Londres. Éste, ya nombrado sir y presidente de la RGS, le informa de una inminente expedición a la Antártida. El teniente Scott, que veía en ese viaje una oportunidad de oro para asumir un mando, ganar prestigio personal y distinción social y monetaria, no duda en presentarse voluntario para liderar la empresa. Nunca había sentido interés por los polos, pero...

 Se puso en marcha la Expedición Discovery, en la cual unieron sus esfuerzos la Royal Society y la Royal Geographical Society, todo en pro de la ciencia y el ser humano, pero sobre todo del Reino Unido. Los expertos no eran unánimes para otorgarle el mando supremo a alguien como Scott, pues preferían que éste dirigiera sólo el barco y la empresa la liderase un científico, pero finalmente el apoyo de Markham fue decisivo; el marino fue ascendido a capitán de fragata y obtuvo plenos poderes en la expedición. 

Vayamos un momento a Berlín, agosto de 1899. VII Congreso de Geografía. Scott tiene la palabra:

- "Recientemente se han utilizado mucho los perros para los desplazamientos en el Ártico. Sin embargo, no se puede comparar lo que los hombres han realizado sin ellos con aquello para lo que éstos han podido servir. De hecho, sólo ha habido una expedición importante que haya utilizado perros en el Ártico, la de Peary a través de Groenlandia. Pero Peary estaría muerto sin los recursos locales y todos sus perros, menos uno, murieron de fatiga o fueron matados para que sirvieran de alimento a los otros. Éste es un sistema muy cruel". 

Fridtjof Nansen, reconocido explorador noruego,  se levanta y responde:

-" Yo he probado a viajar con y sin perros. En Groenlandia no tuve perros. Después, en el Ártico, los utilicé y considero que facilitan nuestra labor. Cierto que es cruel emplearlos, pero, ¿no es igualmente cruel exigir a los hombres un esfuerzo extenuante?"


Esta cuestión no es liviana, pues constituirá una de las peculiaridades que a la postre resultarán determinantes en los viajes de Scott. El británico se negó siempre a emplear perros en sus expediciones, por lo menos en las partes más duras y peligrosas. Hasta las últimas consecuencias se mantuvo fiel a la tradición de la Royal Navy y siempre exigirá a sus hombres que tiren ellos mismos de sus trineos. En su momento no fue comprendido por todo el mundo, y posteriormente Scott fue tildado de "sentimentalismo exagerado" por otros exploradores y autores. En nuestro mundo práctico y  descarnado, los idealistas, los animalistas, siempre han estado en minoría. 



Cierto es que los perros siberianos, de Alaska o de Groenlandia son unos animales formidables, fisiológicamente preparados y resistentes a condiciones climáticas muy duras; pero también es verdad, como pensaba Scott, que tampoco es justo llevarlos a una muerte casi segura, todo por capricho humano, por rivalidad entre exploradores y países. ¿Qué tienen que ver estos maravillosos mamíferos en las disputas patrióticas de los hombres?

Así, el 31 de julio de 1901 el barco Discovery zarpaba hacia la Antártida. Se trató de una expedición compuesta de hombres jóvenes,  con poca experiencia en estas lides, y escasamente entrenados,  que compensaban  con una aptitud encomiable y notables valentía y tenacidadTodo ello en un entorno altamente hostil y completamente desconocido (los últimos viajes británicos se habían dado en 1845) donde el severo clima era una de tantas preocupaciones. El navío atraca al pie del volcán Erebus y allí pasarán el invierno polar de 1902. En noviembre Scott, Wilson y Shackleton desembarcan y parten en dirección al Polo, tirando de sus propios trineos. Comenzaba la aventura...

En septiembre de 1904 la expedición regresó a Inglaterra, tres años después de su partida.  Se habían quedado a algunos cientos de kilómetros del polo, y  habían perdido algunos hombres y la totalidad de los perros que finalmente le fueron impuestos a Scott, razón por la cual la mayor parte de aquella travesía antártica se hizo con tracción humana, con notables proezas como las 700 millas recorridas en 59 días.  Pero habían sobrevivido a las mesetas heladas,  tormentas de nieve, ventiscas de hielo, caídas en grietas, congelaciones, escorbuto y desnutrición, y estaban de vuelta. Se efectuaron también importantes descubrimientos geológicos y de fauna, y  el relativo éxito sin los canes, reforzó la teoría de Scott de que era posible un viaje polar sin el empleo de animales.

El marino fue ascendido a capitán e invitado al castillo de Balmoral, para entrevistarse con el rey Eduardo VII. El monarca le nombró Comandante de la Real Orden Victoriana, y se convirtió en un personaje tremendamente famoso. Un héroe inglés. 



Scott había conseguido el ansiado ascenso social e ingresó en la élite de su época, codeándose con reyes, nobles y magnates. Se casó con Kathleen Bruce, una conocida escultora, mientras proseguía su carrera de marino alternándola con conferencias y recepciones.  Pero no había olvidado el Polo Sur; en 1906 se mostraba receptivo ante un hipotético nuevo viaje

Más aún cuando Ernest Shackleton (otro  hombre a quien el destino le tenía reservadas grandes proezas antárticas), uno de sus compañeros de la Discovery, y que hubo de regresar antes por motivos de salud, quiso emprender otra expedición con él al mando.  Scott, acaso llevado por delirios de grandeza, le exigió que no transitase por las tierras antárticas descubiertas por su empresa; las consideraba como suyas. La intransigencia y egoísmo de Scott a este respecto siempre han sido muy criticadas; además, la relación entre los dos amigos empeoró, pues pese a las promesas de Shackleton, la fuerza de las circunstancias le obligó a recorrer terreno "prohibido". Ello unido al éxito de la llamada Expedición Nimrod (1908-1909), en la cual Shackleton (quien tampoco quiso emplear perros, aunque sí poneys de Manchuria, que murieron) y sus hombres alcanzaron el récord de llegar a sólo 170 kilómetros del Polo Sur Geográfico, recorrieron por primera vez la Gran Meseta Antártica y dieron con el Polo Sur Magnético, acabó distanciando al anglo-irlandés de Scott. Éste nunca se lo perdonó. 

Con todo, Shackleton tampoco había pisado el verdadero Polo Sur, por lo que Robert Falcon renovó sus ánimos. Para cuando regresó su antiguo camarada, ya se estaba preparando una nueva empresa británica, si bien hubieron de vencerse ciertas dificultades. Básicamente, porque la situación europea de 1909-1910 no es como la de una década antes. Del continente llegan rumores de guerra y la Royal Navy prefiere rearmarse y construir acorazados en vez de enviar expediciones. Las instituciones científicas tienen poco crédito entre los financieros, si bien, por otra parte, la patriótica opinión pública reclama hazañas. Reclama héroes. 

Scott, inquieto y obsesionado, publica sus planes en el Times. Se abre una suscripción nacional y subvenciones oficiales completan la financiación.  Así, la empresa, con objetivos mayormente científicos, puede organizarse, si bien a condición de moderarse el presupuesto. Arranca  la Expedición Terra Nova. 

En un viejo y pintoresco ballenero escocés, el Terra Nova, se embarcan 65 hombres, 50 de ellos proporcionados por la Royal Navy, 17 poneys y 30 perros, si bien éstos no deben desempeñar el trabajo principal, y 3 vehículos a motor. Parten de Cardiff en julio de 1910  y  Scott se subirá al barco en África del Sur, despidiéndose de su mujer y de su hijo..

Previo paso por Australia y Nueva Zelanda, los británicos esperan desembarcar en la Antártida. Pero no contaban con un acontecimiento inesperado. En Melbourne, en octubre,  reciben mediante un telegrama la noticia de que Roald Amundsen notorio explorador noruego, también se ha lanzado a la carrera por la conquista del Polo. 

                                                        El Terra Nova entre el hielo antártico.



Este asunto no estuvo exento de polémica pues Amundsen se había distinguido por sus viajes en el Ártico y desde el primer momento ambicionaba pisar el Polo Norte de una vez. Y hacia allí, aparentemente, se dirigía, si bien empleando la ruta del estrecho de Bering, entre Alaska y Rusia Como en 1909 aún no estaba abierto el canal de Panamá, parecía lógico que desde Europa al extremo noreste de América hubiera que doblar el mítico cabo de Hornos. 

Pero no. En septiembre de ese año se hace público el doble anuncio de Cook y Peary (que, aunque luego se reveló como un embuste, en su momento todo el mundo creyó que habían llegado al Polo Norte) y el noruego cambia de planes. El verdadero propósito de Amundsen pasa a ser el de arrebatarle a Scott el honor de ser el primer hombre en llegar al Polo. Máxime en una época de difíciles relaciones entre Noruega y Reino Unido.  Así, en junio de 1910 se hace a la mar en el Fram, el navío del gran Nansen, su compatriota, quien también le asesoró y aconsejó. Y secretamente vira la proa hacia la Antártida. 

Scott lógicamente se enfurece. Lo que en un principio iba a ser una expedición científica y de exploración, pasa a ser una frenética competición.  El 7 de enero de 1911 Scott y sus hombres amarran en la bahía de McMurdo, mismo lugar que la Discovery. Una semana después Amundsen y los suyos hacen lo propio en la bahía de las Ballenas. Ambos lugares se encuentran al borde de la plataforma de Ross, un enorme campo de hielo del tamaño de España, que forma parte de la ruta entre el mar y el Polo, y que las precedentes expediciones habían dilucidado como el camino más corto hacia el deseado trofeo. No en vano la Antártida es un continente mayor que Europa, el de mayor altura del mundo y por tanto de temperaturas mucho más severas que las del Polo Norte. 

                                                      Una de las muchas maravillas antárticas.




Scott, según lo establecido, divide su expedición en varios grupos: uno, el de los científicos que realizarán estudios geofísicos y de ciencias naturales; otro, el que avanzará hacia el Polo Sur; y por último, el que se quedará en el navío. Poco antes del comienzo de la misma, los hombres del Terra Nova, liderados por Victor Campbell, se acercaron al Fram, donde británicos y noruegos se entrevistaron, y se comunicaron y compararon sus proyectos; Amundsen incluso ofreció ayuda en forma de perros, pero los ingleses los rechazaron amablemente.  Corteses pero desconfiados, rivales al fin y al cabo. Después se separan y se preparan para invernar. 

 Explorador comiendo habichuelas cocidas "Heinz". La publicidad era importante en estas expediciones, pues el capital disponible era en su mayoría privado. Y las marcas proveían de víveres y utensilios a militares, marineros y científicos.




Amundsen, con ocho compañeros y 116 perros groenlandeses en Framheim, una base construida sobre la barrera de Ross. Saldrá  el 20 de octubre de 1911.  Scott permanecerá en la citada McMurdo hasta el 13 de septiembre de ese año, hasta que el tiempo sea más suave. Mientras tanto, es el momento de los científicos. Y son habituales los ratos de asueto y de fascinación ante un continente desconocido que siempre había sido Terra Incognita. Pero después...comienza la cuenta atrás. 








Dos simpáticas imágenes que ilustran bien sobre el carácter científico y optimista de la expedición Terra Nova: en la de arriba, el propio Scott observa a unos pingüinos, los cuales no parecen inquietarse ante el,  posiblemente, primer humano que contemplan; en la de abajo, uno de los perros, cuidadosamente reservados por los británicos, escucha con asombro el gramófono, uno de los muchos objetos que los exploradores habían traído para sus ratos de ocio.




El plan británico consistía en recorrer casi 2.900 kilómetros, un homérico viaje de ida y vuelta, principalmente con tracción humana y máquinas, pues los perros llegarían sólo hasta el glaciar Blackmore (una de las puertas montañosas de la meseta antártica, tras superar la barrera de Ross)  para después regresar al campamento base, donde se hacía la tranquila labor científica.  Scott  espera emplear unos 140 días en total, llegada al Polo incluida, y concibe su plan según un sistema de una pirámide de equipos de apoyo que irán regresando a medida que el avance progrese, quedando un único y reducido grupo para pisar el Polo. 

Poneys de Siberia. Bien preparados para el frío, pero no tanto para el feroz clima antártico ni la constante exposición al aire libre.  Su sudor se convirtió en costras de hielo y supuso el fin para estos hermosos animales.



Pero, ay. Tanto los vehículos mecanizados, que se estropean pronto, como los poneys, que no soportan las duras tormentas y el polvo de nieve en el glaciar Blackmore el 10 de diciembre de 1911,  suponen dos lastras que retrasan a los británicos, quienes, en efecto, no tienen más remedio que tirar de sus propios pertrechos por el hielo.  Scott, con gran pesar, se ve obligado a sacrificar a los pobres animales, guardando su carne para las próximas semanas. 



Se reparte la carga en tres trineos y comienza la penosa ascensión, con cuatro hombres por trineo. Tardan once días en escalar el enorme glaciar, por entre peligrosas hendiduras y cañadas. Scott despide al último equipo de apoyo, que inicia el regreso al campamento base, y elige a los cuatro hombres que van a acompañarle para tocar y pisar la gloria: Edward Wilson, zoólogo y veterano de la Expedición Discovery; Lawrence Oates, capitán de dragones de la British Army;  Henry Bowers, teniente de la Royal Navy;  y  el galés Edgar Evans, oficial de la Royal Navy, quien también estuvo en la Discovery. 

Comienza entonces una de las mayores, más hermosas y  tremendamente crueles epopeyas protagonizadas por un pequeño grupo de hombres en la historia de la humanidad. 
Gesta admirable, la de este quinteto de británicos, guiados por su proverbial determinación, dejándose el cuerpo y el alma en estos páramos congelados, en un acto que tendría mucho de patriotismo y de superación personal, pero también era en pro de la humanidad. 





Los reposados y felices tiempos en el campamento base quedan ya lejos, y todo se ha convertido ya en una carrera frenética, de puro y desquiciado músculo,  donde es todo o nada. Y quién sabe dónde estará ya Amundsen. El 9 de enero de 1912  Scott y los suyos alcanzan los 88º 23´ 5´´, la latitud en la cual Shackleton hubo de dar media vuelta en 1909, y continúan, espoleados por la ilusión y también por el frío ventoso que funde los huesos. Cegados por el reflejo del sol en la nieve infinita, una semana después distinguen algo. Bowers, el primero. Es...una bandera negra atada a un patín de trineo. Están a sólo 24 kilómetros del Polo y el noruego se les ha adelantado. 

El duro golpe no los hace desfallecer. Van a cumplir con su deber. Con su objetivo. Con su misión. Un día después, el 17 de enero,  extenuados, por fin alcanzan el ansiado premio. Y vuelven a recibir otra bofetada del destino, al contemplar la bandera noruega plantada por Amundsen. Los nórdicos, corteses, han dejado una tienda y algunos suministros, pero también una carta, fechada nada menos que en el 15 de diciembre de 1911,  del líder para Scott:

"Querido comandante Scott: como usted será probablemente el primero en llegar aquí después de nosotros, ¿puedo pedirle que envíe la carta adjunta al rey Haakon VII? Si los equipos que hemos dejado en la tienda pueden servirle de alguna utilidad, no dude en tomarlos. Con mis mejores votos, le deseo un feliz regreso. Sinceramente suyo. 

Roald Amundsen". 

  
Como dijo Stefan Zweig, lo grandioso, lo inconcebible para la humanidad, ha sucedido. Pues el Polo, inanimado desde hace milenios, jamás contemplado por la mirada humana, tal vez nunca, había sido descubierto dos veces en el transcurso de una molécula de tiempo, en treinta días. Sin duda increíble, sí. Pero Scott y sus hombres no están en esos instantes de humor para pensamientos o declaraciones solemnes, o parrafadas intelectuales. Se trataba de llegar el primero. Ser segundos no significa nada. O realmente, sí. Significa derrota. El sabor de la derrota en sus labios resecos recubiertos de escarcha, con los pelos llenos de hielo. Amarga y fría derrota. 


 La foto que debería haber sido la de la victoria se convierte en la de la derrota, aunque los británicos hubieran logrado su objetivo. Pero las caras de los cinco,  cansadas, endurecidas y decepcionadas, lo dicen todo. 



Scott planta, qué remedio, su bandera, la Union Jack. Cortésmente se guarda la carta de Amundsen, para entregarla. No por esperada, la victoria del noruego que engañó a todos, deja de ser menos decepcionante. Y así lo deja ver el inglés en su diario, donde anotó todo fielmente:

"Todo el trabajo, todas las angustias, todas las privaciones, ¿para qué? Nada más que por un sueño que ahora se ha derrumbado. Aquí no hay nada que ver. Nada que se diferencie de la atroz monotonía de los últimos días. Dios mío, este lugar es horrible". 

Tremendas palabras que ilustran muy bien cómo se sintió el británico y cómo se debieron sentir sus hombres. No era un novato en estas lides, pero fundamentalmente era un marino, valeroso y tenaz; un puro hombre de mar. Amundsen, que nunca comprendió la debilidad de sus rivales por no querer emplear perros, recorrió los 2.900 kilómetros en sólo 97 días, un viaje notablemente rápido; el 25 de enero ya estaba en Framheim.  Escandinavo y bragado en ambientes gélidos, en su equipo se encontraba un campeón de esquí, y los canes los llevaron casi en volandas buena parte del trayecto, si bien sobrevivieron pocos animales. Además, la expedición Amundsen fue básicamente competitiva, es decir, ir, llegar al Polo y volver; nada de exploraciones científicas y biológicas, nada de retrasos, nada de sentimentalismos.  Todo directo al grano. 


Pero habíamos dejado a Scott gravemente tocado ante su diario. Escribirá una frase fatalmente profética: "Me espanta el regreso". 
Aunque desilusionados, aún tienen fuerzas y los británicos reemprenden el camino de vuelta con cierto brío. Las primeras semanas discurren bien y con cierta rapidez, mientras el viento, la congelación y la desnutrición les respetan. Pero a medida que la Antártida comience a hacer de nuevo acto de presencia, pronto se darán cuenta de que  su suerte está echada y realizan un viaje a ninguna parte. 

          Bowers tomó esta foto de sus cuatro compañeros en el regreso del Polo Sur, lo que viene a demostrar la notable presencia de ánimo de los británicos, mientras sus cuerpos aguantaron.  




Los pies se hunden cada vez más en la nieve inclemente, la temperatura supera los 30º bajo cero y los trineos pesan como auténticas rocas. Evans, que había sufrido varias caídas, una de ellas en la cabeza, empeora drásticamente. Para cuando la expedición alcanza el glaciar Blackmore, el 7 de febrero, estaba delirando moribundo. El considerado más fuerte del grupo fallece el día 17, justo cuando habían encontrado la carne congelada de los poneys muertos hacía meses, un vital aporte calórico para los desnutridos y entumecidos cuerpos de los británicos. 

La heroica expedición Terra Nova estuvo plagada de hazañas; como la de Wilson, el científico, quien aunque sentía la muerte en la nuca, no dejó de arrastrar 16 kilos de "piedras raras", como si ya no llevara suficiente carga. Nobles, dementes y humanistas exploradores. 

Han conseguido bajar de las alturas y ya están de regreso en la plataforma de Ross, pero el calvario blanco continúa, con casi 700 kilómetros por delante.  El hielo deja la piel en carne viva, la comida escasea y en los depósitos dejados anteriormente en la ida poco encuentran que les alivie. Para colmo, Oates tiene los pies congelados y una vieja herida con gangrena. Pronto no podrá caminar, sintiéndose una carga para sus compañeros. Se desencadena una fortísima ventisca y han de acampar, cobijándose dentro de las finas paredes de la tienda. Duermen un poco, si esa es la palabra. 

El 17 de marzo es el 32 cumpleaños de Oates. Éste sabe que sus compañeros no le van a dejar atrás. Así que esa mañana pronuncia unas palabras que se hicieron célebres:

-" Quiero salir un poco. Tal vez me quede un rato ahí afuera". 


Y ante el silencio aterrorizado de sus débiles amigos, Lawrence J.  Oates, del cuerpo de dragones de Inniskilling, fue como un poeta guerrero al encuentro de la muerte, desapareciendo en el viento blanco y cortante. 



"A very gallant gentleman", de John Charles Dollman (1914). El tributo del artista al heroico gesto de Oates. 


¿Qué podían hacer sus compañeros ahora? Seguir y seguir, continuar hasta que sus extenuados cuerpos sobrevivieran. Hasta el último aliento. Con los ojos cerrados por la ventolera, medio dormidos, deambulan como zombies por el gélido desierto. Pero el 20 de marzo un nuevo y brutal temporal en contra les obliga a hacer una nueva parada. Será la última.

Pese a que durante una semana los valientes exploradores intentarán una y otra vez hacerle frente a los elementos, ya no podrán moverse de allí. Y están a sólo 120 kilómetros de sus compañeros del campamento base, por lo que la impotencia duele tanto como los miembros inertes.  Cobijados en las finas paredes de la tienda, con el cielo oscureciéndose, ya sólo les queda morir de la manera más digna posible. Acurrucados en sus sacos de dormir, juntos y en silencio, con el páramo helado como testigo mudo de sus horribles sufrimientos, aguardan la hora final.




 

 La última fotografía de Robert Scott. Apenas puede abrir los ojos y su rostro parece una máscara. Lejos de su familia y de su hogar; lejos de los viejos tiempos de la Marina y de las recepciones con el rey. Lejos de la gloria.


Medio en penumbra cada vez más ausente y al borde de la demencia, Scott desentumece los dedos y agarra por última vez el lápiz para escribir en su diario. Es en sus últimos momentos cuando surge de nuevo su excepcional figura, dejando para la eternidad unas cartas escritas en un emocionante estilo, viniendo de alguien moribundo.  Viendo las fotografías de Scott en sus buenos tiempos, nadie diría que estamos ante un hombre de su calibre: estático, impoluto,  expresión firme, labios apretados, de mirada clara aunque algo impasible; el típico inglés flemático y tenaz.
Escribe a su mujer, a sus amigos, a su nación...a la humanidad, en suma. Para con su esposa, a quien ruega que cuide de su hijo y le eduque bien,  se muestra tremendo y sincero:

 "Cuánto podría contarte de este viaje. Y cuánto mejor fue emprenderlo, en lugar de quedarme sentado en casa, disfrutando de una excesiva comodidad".

 

Luego tacha "mi esposa" para poner "viuda". El británico garabatea los últimos párrafos de su vida, en los cuales también hay un intento de explicar por qué la expedición pudo fracasar, aun sin tener la certeza de que encontrasen sus papeles. Pero no hay ni críticas hacia nadie, ni a sus compañeros, ni rencores o explosiones de odio. Se muestra humilde en sus declaraciones para la posteridad:

 "No sé si he sido un gran explorador, pero nuestro fin será testimonio de que en nuestra raza aún no han desaparecido ni el espíritu del valor, ni la fuerza para resistir el sufrimiento". 


También escribe para su mejor amigo; las palabras que transmite son extrapolables a las de cualquier persona con su amistad predilecta:

"En toda mi vida no he encontrado a otro hombre al que haya querido y admirado tanto como a usted, aunque nunca pude demostrarle lo que su amistad significaba para mí, pues usted tenía mucho que dar, y yo nada". 

Además escribe para las familias de sus compañeros, consolándolas como puede. Las garras de la Parca se están cerrando sobre nuestros infelices, los dedos apenas le responden, y Scott , a sus 43 años bruscamente cortados, sólo tiene tiempo ya para dirigirse a su nación, Gran Bretaña. Se muestra orgulloso,  tranquilo y estoico, pese a las bofetadas del clima y del destino, que ha empañado su gesta y truncado su vida y la de sus compañeros. Su última frase fue:

"Nos aferraremos hasta el final, pero nos estamos debilitando, y el final no puede estar lejos. Es una pena, pero no creo que pueda escribir más. R. Scott. ¡Por el amor de Dios, ocupaos de nuestra gente!"


Se considera que Scott murió un día después de escribirla, el 29 de marzo de 1912. 


Mientras tanto, en el campamento base de McMurdo, sus compañeros de la expedición polar, mientras realizan las labores científicas,  aguardan su llegada, primero ilusionados, luego inquietos y finalmente deprimidos. Se lanzaron varias misiones en su busca, pero la fuerza de las ventiscas les hizo volverse forzosamente, una y otra vez, hasta que cuando hubo pasado el invierno polar,  el 12 de noviembre, fueron encontrados sus cadáveres congelados, metidos en los sacos de dormir. Todo en razonable estado de conservación, incluidos los  útiles, las películas de fotografías  y los diarios de Scott. 

El cuerpo de Oates no fue encontrado, y los británicos se lamentaron amargamente cuando comprobaron lo cerca que habían estado de sus abandonados compañeros. Una vez recogieron los documentos y pertrechos, cubrieron con nieve y hielo la tienda, erigiendo una pequeña montaña coronada por una cruz hecha con esquíes. 



                                                  Sepulcro de Scott, Bowers y Wilson.



Victor Campbell tomó el mando de la triste expedición, que abandonó la Antártida en enero de 1913. Antes de irse plantaron en la isla del campamento otra cruz, pero ésta grande y de madera, elaborada por los carpinteros del barco, donde grabaron los nombres de los caídos y una línea de un poema de Alfred Tennyson:

"To strive, to seek, to find, and not to yield".

(Esforzarse, buscar, encontrar y no ceder)


En junio de 1913 el Terra Nova atracaba en Cardiff y sus compatriotas  se enteraron de la tragedia.  Scott fue elevado a la categoría de héroe nacional. En un país tan mitómano como el inglés, el explorador no merecía menos. A Kathleen Scott se le distinguió como viuda de un Caballero Comandante de la Orden del Baño, y los supervivientes fueron honrados con medallas y distinciones. Tampoco las familias de los héroes muertos quedaron olvidadas, si bien fueron recompensadas de manera desigual. Paradójicamente, Amundsen no fue aclamado unánimente como ganador absoluto, y el británico brilló con su atractiva aura de héroe maldito. Tal vez el noruego no estuvo tan bien considerado, pese a que se reconoció su hazaña, primero porque no transmitía tanto como Scott, y segundo por su maniobra secreta, engañando a todos.  Durante los 50 años siguientes, Scott fue una leyenda intocable. 

Pero  toda figura histórica se acaba cuestionando por  sucesivos autores y el peso del tiempo, y ciertos historiadores defenestraron al marino británico de su Olimpo, criticando su mala planificación, sus fallos en el viaje, su debilidad respecto los perros y su inoperancia, en términos bastante duros; además lo acusan de cubrir con retórica (en su diario) los errores cometidos.

En las últimas décadas, sin embargo, ha proliferado el revisionismo de otros autores, que tienden hacia un juicio más ecuánime, y si bien critican algunos aspectos, por otra parte reconocen el enorme mérito, el inquebrantable estoicismo, la gran capacidad de sufrimiento y el indudable heroísmo de un grupo de valientes temerarios que se lanzaron a la conquista del Polo, enfrentándose a los brutales elementos del tiempo con su simple cuerpo como escudo  y la única tracción de sus piernas. 

Hoy día sabemos que a la Expedición Terra Nova le perjudicaron gravemente tanto el demencial esfuerzo físico, como la congelación de las articulaciones y un tiempo más riguroso de lo normal (50 grados bajo cero por las noches) con numerosas ocasiones de ventiscas en contra. También la dieta, pues el déficit de vitamina C , en una época donde no se le daba importancia, fue determinante para el atroz escorbuto sufrido, así como la desnutrición derivada de las caminatas sobre la nieve, que precisaron más proteínas de las que desgraciadamente había. Por último, los pertrechos y ropa de abrigo, que no eran de tan buena calidad como la de Amundsen y sus hombres. Todos estos factores no dependían de Scott, como puede verse. Como tampoco era culpa suya que la expedición de los noruegos fuera mucho más profesional, en todos los sentidos. Los ingleses, en contrapunto, eran prácticamente unos amateurs románticos luchando contra la Antártida por el honor y la gloria. 
  

Al victorioso, práctico y  taimado Amundsen  no le importó emplear (y masacrar) a sus perros para su empresa tampoco tuvo mayores problemas para alimentarse con su carne cuando hubo necesidad de comida (de hecho un integrante de su expedición se distinguió por su habilidad para cocinarla).  El íntegro y sentimental Scott, en cambio, fiel a sus principios hasta el final, llevó a los glaciares el heroísmo, el afán de superación y la capacidad sobrehumana hasta más allá del límite, alcanzando la muerte en medio de la nada blanca y helada, lugar donde reposa su cuerpo y el de sus compañeros, en la profundidad de la plataforma Ross,  después de un siglo de nieves y ventiscas.  Fue el segundo en llegar al Polo Sur, sí. Pero por algo  su nombre sigue sonando tan fuerte como una tormenta  antártica, más intensamente que el del primero, Amundsen. 

Y el de Edward Wilson (1872-1912).
Y el de Edgar Evans (1876-1912). 
Y el de Henry Bowers (1883-1912).
Y el de Lawrence Oates (1880-1912).  

Robert Falcon Scott (1868-1912), uno de los fracasados más gloriosos de la historia. 

En su memoria. 




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Para saber más y mejor:



- Imbert, Bertrand. El gran desafío de los polos, 1990.

 - Zweig, Stefan. Momentos estelares de la humanidad, 1927.