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21.9.15

La triste historia del "Mozart del fútbol"



Con el pulso que una parte de los catalanes está manteniendo con el gobierno central vuelve a resaltarse el papel que adquieran los deportistas de esa región  y el mayor o menor grado de implicación con el procés; hay de todo, desde los que intentan pasar desapercibidos y no mojarse a los que se declaran muy favorables, pasando por los que dicen algún "pero" e intentan salirse de la pretendida unidad de opinión. Huelga decir quiénes son considerados como "héroes" y quiénes no, obviándose además la inconveniencia y la peligrosidad de mezclar deporte y política, ya sea a diestra o a siniestra, y  la notable hipocresía que hay en todo este asunto.

Digo todo esto por el Caso Piqué  (realmente son varios) y porque me he puesto a reflexionar de nuevo sobre la relación, en ocasiones intensa, entre la política y la situación exterior y el deporte, pero en concreto el fútbol, verdadero juego de masas con gran éxito en el siglo XX,  pero que ha adquirido una desaforada dimensión especialmente después de la II Guerra Mundial, sobre todo a partir de los años 60. 

Pero, obviando esta época nuestra de heroicos deportistas cuyo compromiso viene dado por la cantidad de dinero que reciban, hoy quería hablar de un personaje en concreto, que vivió en una época muy particular, donde implicarse en según qué cosas no resultaba tan gratuito como ahora, pues no se saldaba con una simple y sonora pitada.  Hablemos de uno de mis ídolos:  Matthias Sindelar. 

Matěj Šindelář nació el 10 de febrero de 1903 en Kozlov, pequeño pueblo situado en la actual República Checa, país que por entonces formaba parte del variado y decadente Imperio Austrohúngaro. Era miembro de una humilde familia morava de religión católica.  Su padre, un herrero, emigró a Viena en 1906 en busca de mejores condiciones de trabajo y de vida para los suyos. En la gran capital e instalados en un barrio industrial,  sería donde el pequeño Matěj comenzaría a jugar al fútbol con otros chicos de muy diversa procedencia.

Poco después de la I Guerra Mundial (en la cual murió su padre),  arrancaría el checo su carrera profesional, siendo muy joven, ya con el nombre de Matthias Sindelar. Primero en el Hertha  y luego en el  Austria Viena  (éste y el Rapid son los dos clubes más exitosos del país).  El hijo del herrero destacó muy pronto por sus goles y su habilidad regateadora, siendo apodado Der Papierene ("El hombre de papel") dado su ligereza y físico enclenque; no era de baja estatura, pero sí nada corpulento. En los años 20 y 30, Sindelar se convirtió en toda una estrella en su país, realizando incluso anuncios publicitarios (de yogures, por ejemplo) o apareciendo en películas  y fue tentado por varios equipos ingleses, pero él nunca quiso dejar su club ni su país. Recordemos que ser jugador de fútbol no estaba tan sobredimensionado en estos tiempos y los sueldos eran mucho más corrientes que en la actualidad. De hecho, no han sido pocos los grandes jugadores que, tras una vida profesional exitosa, han fallecido en la miseria porque después de dejar la competición a una edad muy lejana de la jubilación habitual para un trabajador  (muy pocas veces un futbolista, al igual que ahora, se retiraba con más de 36 años) no encontraron un trabajo o un buen negocio que les garantizase una madurez y una vejez con el dinero suficiente para no pasar apuros.

Aunque ganó una liga y cinco copas con el Austria Viena,  sería a nivel internacional donde Sindelar alcanzaría aún más trascendencia. Debutó con 23 años con la selección de su país  y pronto iba a convertirse en el líder y capitán de uno de los mejores combinados, si no el mejor, que ha tenido Austria, el Wunderteam ("Equipo Maravilla") entrenado por Hugo Meisl. Si hablamos  de deporte en este país, destaca histórica y actualmente en los de invierno, pues por ejemplo en fútbol hace tiempo perdió su sitio (sólo ha estado en 7 mundiales  con una última presencia en 1998, y en cuanto a Eurocopas sólo ha acudido en 2008 y porque era anfitriona, aunque la semana pasada consiguió clasificarse para Francia 2016), pero hubo una época, en estos años 30, en la cual Austria asombró al mundo. 

Y vaya si lo hizo. Con un fútbol ofensivo protagonizaron sonoras goleadas ante escuadras consideradas de solera en ese momento, como Escocia, Yugoslavia o  Alemania, obtuvieron victorias contra potencias del calibre de Italia, Francia y  Hungría  y estuvieron invictos 14 partidos. Llegó el Mundial de 1930 en Uruguay, el primero de la historia, y al igual que muchas selecciones europeas que renunciaron a viajar al Cono Sur por lo costoso y lejano del trayecto, Austria no acudió. Pero 4 años después, la Copa del Mundo se celebró en Italia y allí sí estuvo el Wunderteam de Sindelar, ya considerado el mejor delantero centro del mundo.

                                         "Wunderteam" austríaco. Sindelar es el cuarto desde la derecha. 



Matthias, que fue apodado por los periodistas extranjeros "el Mozart del fútbol" por su nacionalidad y su virtuosismo, lideró a esa magnífica selección austríaca, temida por europeos y americanos. Parecía que Sindelar se iba a romper en cualquier momento, pero ahí estaba, corriendo como un rayo y marcando goles con facilidad. Finalizaron en cuarto lugar al perder contra Italia, y probablemente hubieran llegado más lejos de no ser por los descarados favores del árbitro hacia el equipo anfitrión; no en vano se considera este Mundial de 1934 como el más fraudulento de todos, con los partidos jugados bajo la atenta mirada de Benito Mussolini en el palco, presencia que intimidaba hasta a los propios jugadores italianos.  El Duce, muy futbolero él, consiguió per coglioni que su Italia fuera campeona, en medio de las tenues y  estériles protestas  de las selecciones perjudicadas.  Eran otros tiempos. 

Der Papierene era ya todo un ídolo de masas en su país, y Matthias no podía ser más feliz: aclamado por todos, disfrutaba haciendo lo que más le gustaba y  había encontrado también el amor , con una italiana de religión judía, y es difícil imaginar algo mejor. Pero la desgracia comenzó a planear sobre sus cabezas y por cuestiones ajenas al deporte.

Marzo de 1938. Ante la pasividad de las principales potencias europeas, la Alemania de Hitler se anexiona Austria con escandalosa facilidad y con la ayuda de los nazis austríacos: el Anschluss ("Unión"), tras una invasión y un plebiscito controlado totalmente por la Wehrmacht mediante el cual el país centroeuropeo, una triste sombra del antiguo Imperio Habsburgo, pasaba a llamarse Ostmark ("Marca del Este"), un protectorado alemán. Todo iba a cambiar. 

Para empezar, en el deporte. Hitler, al igual que Mussolini, se había cerciorado de la importancia a nivel internacional que estaba cobrando el deporte y en particular el fútbol y, para hacer extensible el poderío alemán al mundo y resarcirse de las derrotas en las Olimpiadas de 1936,  tuvo la brillante idea de hacer acudir a Alemania  al Mundial de ese año con un combinado de los mejores jugadores germanos y gran parte del temido Wunderteam, a quienes quería reclutar por la fuerza.

Para "festejarlo", el 3 de abril de ese año se celebró en el Prater de Viena (estadio de numerosas finales y partidos míticos, entre ellos, el del triunfo de España en la Euro de 2008) un partido entre las selecciones de Austria y Alemania, a modo de despedida y bienvenida al Reich de la primera. Pese a que los jugadores austríacos habían recibido la consigna de dejarse ganar, y lo sensato era hacerlo, o al menos un empate amistoso,  el experimentado Wunderteam (que además jugó con los colores rojo y blanco de la bandera nacional, en vez del uniforme tradicional blanco y negro, similar al alemán) dominó claramente el encuentro y falló numerosas ocasiones a propósito. Cuando quedaban 20 minutos para el final, los austríacos apretaron el acelerador y marcaron dos goles, uno de Sesta y el otro, de Sindelar. Quién si no. 
"El hombre de papel", lejos de amilanarse o de hacer el saludo brazo en alto, festejó alegre y jocosamente, con un bailecito,  el gol delante del palco nazi, para ira germana. Ahí estaba el vals del orgullo de Austria, el viejo y culto imperio, imponiéndose a los advenedizos  y  dementes  nazis. 

Sindelar, pese a que ya contaba con 35 años, era aún un excelente jugador y  su sola presencia podía impresionar a los rivales; había disputado 43 partidos con Austria, marcando la estupenda cifra de 26 goles.  Por ello, pese a su actuación en el partido de hermanamiento con los nazis, no dejaron éstos de hacerle ofertas , amistosas y no tanto, para que acudiese al Mundial en las filas del equipo alemán. 

Mas el capitán distaba mucho de aceptar aquello. Totalmente contrario a la ideología racista y pangermana de los nacionalsocialistas, se negó en repetidas veces, alegando ficticias lesiones de rodilla, mientras seguía jugando con su equipo y con otros amigos. Si Austria, ya clasificada para el Mundial, había  además perdido su independencia como nación, él no iba a defender los colores de Alemania y menos a los nazis, quienes incluso  habían expulsado a los trabajadores judíos de su club vienés.

Otros compañeros del Wunderteam, ya fuera por ideología, por presión o por simple pragmatismo, sí se integraron en ese combinado austro-alemán que pretendía arrasar en Francia...pero lo cierto es que ese Mundial de 1938 supuso un fracaso para Alemania, pues cayó en la primera fase y aún hoy sigue siendo la peor posición de la selección teutona en los mundiales. 

Mientras, Sindelar, ya forzosamente retirado,   seguía con su vida en Viena, pues pese al ambiente crecientemente adverso, también se negó a abandonar el país. Nada colaborador con los alemanes ni con el partido de éstos, tampoco renunció a mostrarse en público con amigos judíos, a quienes seguía ayudando, lo que le convirtió en alguien despreciable para los nazis. Éstos empezaron a odiarle, pronto se pasó a los hechos y el futbolista comenzó a ser vigilado paso por paso. Él y su familia. La Gestapo y sus informes entraban en escena. 

Algunos compañeros judíos de Sindelar intuyeron el peligro  a finales de 1938 con la hostilidad nazi en aumento, y  por ello huyeron a Suiza.  Sindi  ya no podía; era de todo menos alguien anónimo, y si ya era controlado al máximo por la policía, por si fuera poco se le prohibió salir de Austria. La situación se tornó insostenible, dramática y asfixiante para él y para su novia Camilla. Su país ya no era el mismo. No había escapatoria. 

El 23 de enero de 1939 el futbolista apareció sin vida en su domicilio vienés, junto a su pareja.  Matthias aún no había cumplido los 36 años, mientras ella entró en un coma irreversible.  Por  la disposición de los cuerpos y el panorama de la casa todo parecía indicar  un suicidio, acaso efectuado por la inhalación voluntaria de monóxido de carbono, pues no se halló defecto alguno en la estufa. Los amigos de Sindelar lograron convencer a las autoridades nazis de que había sido un accidente, pues no se permitían los funerales públicos de suicidas. Los alemanes aceptaron, en parte porque tampoco deseaban un homenaje numeroso del pueblo al no haber exequias;  Matthias era un ídolo para esa parte de Austria que no quería unir su destino al del Partido Nacionalsocialista. Aún así, cerca de 20.000 personas asistieron al funeral de Der Papierene. Del hijo del herrero. Del enclenque y digno  austríaco que había preferido perecer  a continuar con una existencia sin ilusiones ni esperanza. 

Con todo,  dadas las extrañas circunstancias de la muerte y  la destrucción de los documentos del caso, no se averiguó del todo (y no se ha averiguado) si Sindelar se quitó la vida o se la quitaron, pues no faltaron en su momento rumores sobre el sabotaje de la estufa de su casa por parte de los nazis, o incluso un envenenamiento por parte de éstos.  Ocho meses después de su entierro, estallaba el Apocalipsis de la II Guerra Mundial, muchos amigos de Sindelar fueron enviados a los campos de concentración y una parte de Europa iba a quedar devastada.  La pesadilla hitleriana fue finalmente derrotada, como es sabido, en 1945. 

Austria, tras una difícil posguerra (¿alguna no lo es?), estuvo ocupada por los ejércitos aliados hasta 1955, año en el que recuperó la plena independencia.  Progresivamente se erigió como uno de los países más prósperos y con mejor nivel de vida de Europa y del mundo. En cuanto a su selección, volvió a un Mundial en 1954 (el primero que ganó precisamente Alemania) alcanzando un tercer puesto,  superando al Wunderteam de 1934. Sigue siendo su mayor hazaña. Pero el país centroeuropeo no ha olvidado a su otro Mozart. En 1998 fue elegido el mejor futbolista nacional de todos los tiempos, y en 2000, el mejor deportista austríaco del siglo XX. En la nación de los grandes esquiadores y los deportes de montaña (Austria es sexta en la clasificación histórica de los Juegos de Invierno, con más de 200 medallas,  y  líder con diferencia del Campeonato de esquí alpino) y de míticos pilotos de carreras como Niki Lauda, el rey es un jugador de fútbol que no levantó muchos títulos: Der Papierene. Y sin duda no es únicamente por su extraordinaria calidad con el balón y sus goles; también se debe al gran valor que demostró en unos tiempos tan adversos, bailando un vals por la libertad frente al III Reich. Por eso Austria lo sigue recordando y honrando casi 80 años después de su muerte; no en vano su tumba en el cementerio de Viena es de las más visitadas del país.

Así fue la extraordinaria y triste historia de Sindelar, ese pequeño gran héroe que no salvó ninguna vida pero hizo felices a otras muchas, exhibiendo una firmeza de espíritu que,  a la postre, le costaría la suya.

In memoriam. 


17.11.14

"La marcha Radetzky" o el declive de un imperio






 Tan válido es el conocido dicho atribuido a Sócrates ("Sólo sé que no sé nada") como que existe un auténtico mar de libros, nuevos y antiguos, y que es necesaria más de una vida para leerlos todos. Pues  hace un año,  en uno de mis frecuentes paseos por alguna de las cuatro librerías "París-Valencia" de la capital valenciana, me topé, en la zona de rebajados/descatalogados/segunda mano (gracias a la cual  estoy incrementando ampliamente mi biblioteca) con un libro misterioso (por desconocido) e  interesante (por el título): La marcha Radetzky.

Ah, vaya,  me digo. Como la famosa  pieza de Strauss. Concierto de Viena, música clásica, pompa y ceremonia, elegancia y empaque austríaco, poderío imperial. Suena bien (y nunca mejor dicho). En la portada (edición de Edhasa) una pintura de un oficial de caballería, con el animal encabritado. ¿Acaso será una novela de guerra y de esplendor cortesano? Al dorso leo la  "sinopsis": A través del ejemplo de la familia Trotta, vinculada al emperador Francisco José de manera casi legendaria, Joseph Roth describe la decadencia austrohúngara y las condiciones sociales de su país. La novela narra la historia de tres generaciones: el fundador de la dinastía salva la vida al joven emperador durante la batalla de Solferino, su hijo se convierte en fiel servidor y funcionario del monarca y el nieto hará carrera en el ejército, abrumado por el peso de su apellido...Bien, pienso.  Me atraen los dramáticos relatos de familias entremezclados con los acontecimientos históricos. Veamos el autor: Joseph Roth. Ignorante de mí, no me dice nada, excepto que debe ser judío; sé de otro Roth novelista, de nombre Philip, pero actual. Por fortuna,  en el dorso leo que este Joseph nació en Galitzia (provincia austrohúngara, hoy  parte de Ucrania y Polonia) en 1894  y murió en París en 1939, a donde se había exiliado a causa del nazismo, etc.  Muy interesante, pues me percato en primer lugar, que escribió en el periodo de entreguerras (y probablemente condicionado por la guerra mundial); en segundo, que abandonó su país por el ascenso al poder de Hitler; en tercero, que es centroeuropeo (por lo que escribe de unas tierras próximas a él  en espacio y tiempo) y en cuarto,  falleció con sólo 45  años. 

 Joseph Roth (Brody, Galitzia, Imperio Austrohúngaro,  1894- París, 1939). Austríaco a todos los efectos, presenció primero el desastre de la I Guerra Mundial y el fin de Austria-Hungría luego.  De biografía confusa, vivió y trabajó primero en Viena  y luego en Alemania. Su mujer padecía esquizofrenia y hubo de ser internada en un psiquiátrico. Como judío huyó de Alemania dejando a su familia al poco de llegar Hitler al poder,  y se exilió en Francia. Los nazis quemaron sus libros y asesinaron a su mujer,  pues  según sus leyes eugenésicas era "enferma mental".  Falleció  alcoholizado y en la miseria pocos meses antes de que estallara la II Guerra Mundial.
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Con todos estos interesantes datos y la breve reseña del libro, cada vez me interesaba más. Además, de un tiempo a esta parte me he venido interesando por Viena, Austria, los Habsburgo y el Imperio Austrohúngaro como nunca lo había hecho previamente. Tradicionalmente he leído y me he obsesionado más con Inglaterra, Alemania, Italia e incluso Francia. Austria y Austria-Hungría  (en toda su variada composición) han estado ahí siempre, pero, no sé si por simple ceguera, por los planes de estudio (a muchos efectos, el Imperio Austrohúngaro es Europa del Este) o porque siempre me habían llamado más esos países aludidos más cercanos (y no sólo geográficamente) al ámbito español.  

 Curiosamente, desde pequeño he sentido una cierta fascinación por la preciosa Praga y Bohemia-Checoslovaquia, integrantes en su momento del Imperio Austrohúngaro. Pero, como decía, últimamente contemplo a Austria como un país maravilloso, hermoso,  elegante y culturalmente rico como pocos, y con una historia realmente interesante y crucial en la historia de Europa y donde no es oro todo lo que reluce.  No siempre fue todo al ritmo del "Danubio Azul" . Aunque, para qué engañarnos, en cuanto te adentras un poco y lees sobre el esplendoroso pero declinante Imperio Austrohúngaro ,  quedas pese a todo deslumbrado, y quisieras vivir como dentro de un lieder de Schubert, una melodía de Brahms, un  vals de los Strauss, una sinfonía de Mahler o Smetana,  de un café o un baile vienés o de un cuadro de Klimt o Mucha. El irresistible encanto de la decadencia, supongo.

Por último, sentí curiosidad de leer el comienzo:

"Los Trotta no eran de antiguo linaje. El fundador de la dinastía había obtenido el título de noble después de la batalla de Solferino. Era esloveno. Fue nombrado señor de Sipolje, ya qye así se llamaba el lugar donde era oriundo. El destino le había escogido para una hazaña especial. Pero él procuró que los tiempos venideros se olvidaran de su persona.

En la batalla de Solferino se hallaba como teniente de infantería al mando de una sección. El combate se prolongaba desde hacía media hora. Trotta veía, a tres pasos frente a él, las blancas espaldas de sus soldados. La primera fila de la sección estaba rodilla en tierra; la segunda, a pie firme detrás. Todos estaban contentos y seguros de la victoria. Habían comido bien y se les había repartido aguardiente, en honor y a cuenta del emperador, quien desde el día anterior se hallaba en el frente..."

Magnífico. En apenas dos párrafos nos introduce en la historia del libro con varios datos cruciales en el mismo : la familia protagonista no era de rancio abolengo, además de no ser austríaca propiamente dicha (algo por otra parte frecuente en el  plurinacional imperio) y la fortuna de la dinastía vino dada por un hecho fortuito relacionado con el emperador, aunque no siempre los Trotta querrán ser protagonistas. Decidido, sin más, me lo llevé felizmente a casa. Con casi 580 páginas, no tardé demasiado en acabarlo (en ocasiones libros de tamaño similar e incluso inferior me han resultado más ásperos), y ha sido al leérmelo por segunda vez cuando he decidido  compartir mis impresiones.


La marcha Radetzky (Radetzkymarsch, 1932) es una estupenda novela acerca de la decadencia y del cambio de los tiempos; en este sentido se asemeja a la maravillosa El Gatopardo de Lampedusa, si bien en el libro del siciliano la prosa es más detallista y evocadora. Roth, no sé si por su origen o porque quiso imprimirle rigidez y seriedad  imperial a su novela,  es más conciso y austero, aunque contenga bellos pasajes que te  sugestionan a su modo y te transportan a un tiempo y a un lugar; desde luego, caracteriza perfectamente a los personajes protagonistas, que son generalmente fríos y nada partidarios a mostrar sus emociones, tal vez para mostrar las características de los Trotta, que son extrapolables a las del resto de habitantes del Imperio y a las de su época en general. Un ejemplo:

"El hijo no lloró. Nadie lloró por el muerto. Todo fue frío y solemne. No se pronunciaron palabras junto a la tumba. Al lado del suboficial de la gendarmería reposó el  mayor barón de Trotta y Sipolje, Caballero de la Verdad. Se cubrió la tumba con una sencilla lápida militar en la que se grabaron, con letras pequeñas y negras , además de su nombre, rango y regimiento, su noble sobrenombre: "El héroe de Solferino". Poca cosa más quedó del muerto que esta piedra, una gloria olvidada, y su retrato. De la misma manera anda un campesino en primavera por los campos, y más tarde, en verano, la huella de sus pasos queda cubierta por la bendición del trigo, que ondea donde él sembrara".

Pese a ser, en principio,  una novela histórica (aunque es mucho más que eso),  las referencias cronológicas, topográficas  y de acontecimientos son casi nulas. El emperador Francisco José participa como personaje en el libro, pero quien no tenga algunas nociones de historia o al menos un manual (o internet) a mano puede perderse, pues nada se dice que la batalla de Solferino tuvo lugar en junio de 1859 ni los porqués o consecuencias de la misma,   del Compromiso Austrohúngaro (reconocimiento de la importancia de Hungría) de 1867,   cuando comienza la Gran Guerra  o que el emperador falleció en 1916. 

 
Roth prefiere centrarse en la descripción de ambientes, en las calles,  dentro de las casas y los cuarteles o en la recreación de atmósferas; por ejemplo, cómo te sumerge fantásticamente en el clima respirado en la confusa  región de Galitzia (la natal del autor, recordemos) , pantanosa y en medio de la nada,   más cerca de los rusos que de Viena, "en cuyos extremos se oía ya quizá el silbido del viento siberiano". Unas tierras de frontera  anodinas, donde los militares allí destinados, demasiado ociosos, malgastan su vida en alcohol y juego. Un lugar decadente que se convierte en el particular descenso a los infiernos de uno de los Trotta.

En el dorso del libro te advierte del relato de tres generaciones Trotta, y efectivamente así es, pese a los escasos datos suministrados de edades y años transcurridos. Primero tenemos a  Joseph, quien como hemos dicho, siendo teniente salva la vida al joven emperador en Solferino. Por ello es condecorado,  ascendido a capitán y nombrado barón (Joseph Trotta von Sipolje). Su padre es gendarme y son de familia campesina eslovena, así que tal brusco cambio de estatus supone la primera prueba para él, quien de pronto forma parte de la aristocracia, en un mundo ajeno a él,  obligado "a avanzar sobre un suelo resbaladizo metido en unas botas que no eran las suyas, perseguido por el secreteo de los demás y siempre recibido con recelo". Esto lo empieza a alejar de su padre, una característica que curiosamente van a tener los tres Trotta protagonistas del libro.  Por otra parte, cuando Joseph lee en un libro para niños su heroica historia tergiversada para bien, lo considera una farsa y protesta (en vano) ante el mismo emperador, simbolizando con ésto que no pocos aspectos del Imperio fueron eso: apariencia, ilusionismo, distorsión de la realidad.  Franz, el hijo de Joseph, se encaminará hacia una carrera de leyes, pues el padre no querrá que sea militar; tampoco le dejará ser terrateniente, por lo que se convertirá en funcionario y tendrá un trabajo monótono y tranquilo (jefe de distrito en una ciudad de Moravia). Con su hijo, Carl Joseph, tendrá una relación gélida, cuadriculada y distante en sus breves encuentros:

"-¿Qué significa subordinación?
  - Subordinación es  la obediencia ciega- recitaba Carl Joseph- que todo subordinado debe prestar a sus jefes y a todo inferior...
  - ¡Espera!...- interrumpió el padre y corrigió- así como todo inferior a su superior. 
Y continuó Carl Joseph:
 - ...cuando...
 - ...en cuanto- corrigió el viejo.
 - ...en cuanto éste toma el mando. 
Carl Joseph respiró aliviado. Daban las doce". 

Una relación con pocos resquicios para el afecto, pese a que el padre adore a su hijo.  Carl Joseph resulta ser el Trotta más vulnerable y débil de carácter, y el que menos podrá influir en su destino.  La mayor parte del libro es la dedicada a él, acaso por coincidir cronológicamente con Roth y porque al nieto del héroe de Solferino se le echa encima la  Gran Guerra cuando es joven y el honor familiar pesa demasiado. El tercer Trotta intenta en vano ser como su abuelo, pero entre otras cosas, los tiempos no son los mismos. Estamos en los años 10 del siglo XX y la decadencia es  tan palpable como la edad.   Una decadencia que el autor relaciona metafóricamente con la persona de Francisco José I:

"El emperador era viejo. Era el emperador más viejo del mundo. A su alrededor rondaba la muerte, trazando círculos y círculos, segando y segando. El campo ya estaba vacío y solamente quedaba el emperador, como una última espiga de plata olvidada. Esperaba, sus ojos claros y duros miraban perdidos desde hacía muchos años en una inmensa lejanía. Su cráneo estaba calvo como un curvado desierto. Las arrugas de su cara eran matorrales donde se escondían los lustros. Flaco el cuerpo y caídas las espaldas (...). Sus ojos irradiaban una artificial benevolencia, parecían ver a todos los que miraban al emperador y saludar a todos los que le saludaban. Pero en realidad, las imágenes pasaban sin que él las viera, y sus ojos observaban únicamente aquella suave y delicada línea que marca el límite entre la vida y la muerte, junto al horizonte (...). Veía como el sol se ponía en su imperio, pero nada decía. Sabía que él moriría antes de que desapareciera su imperio". 


Una figura que se veneraba casi de manera religiosa, cabeza visible de un imperio hiperburocratizado lleno de funcionarios y también de militares. Como no podía ser de otra forma, por la trama de la novela van apareciendo gentes con esos oficios, y también políticos y artistas de muy diversa procedencia; tal era el carácter plurinacional del cada vez más bloqueado imperio, no sólo austríacos: húngaros, bohemios, alemanes, rusos, eslavos, rutenos, polacos...un conglomerado bajo la corona imperial que algún día estallaría en mil pedazos, pero, o no se supo hacer nada para remediarlo, o no se quiso. En la novela también vemos revueltas de obreros y asociaciones de separatistas. ¿Qué podían hacer Carl Joseph o su padre, tan en su mundo?  Tal vez lo fácil, lo único posible era  obedecer, cumplir órdenes  hasta el final. Hasta 1914.

Johann Strauss (padre) compuso su célebre Marcha Radetzky en 1848 , en honor de Johann Josef  Wenzel  Radetzky (1766-1858), veteranísimo militar del Imperio Austríaco, quien con casi 83 años dirigió personalmente  las victorias de su ejército en Italia y falleció en activo, con 91, siendo gobernador del Reino de Lombardía-Venecia.  Acaso Roth, con ironía, o con cierto deje pesimista (o ambas),  la eligió para titular su novela, pues en ella hay de todo menos de los gloriosos tiempos del anciano mariscal, por más que la Marcha aparezca en algunas ocasiones  en el libro.

Gran parte de la fuerza del libro radica en cómo evoca a ese mundo en sepia anterior a la Gran Guerra, esa Europa poderosa y anquilosada, resplandeciente y miserable, industrial y retrógrada, revolucionaria y  puritana; una época, la de 1850-1914,  pese a todo particularmente fascinante para mí. En cierta parte el autor explica cómo se reaccionaba ante la muerte en esta era de la Paz Armada, unas costumbres que la vorágine de la Primera Guerra Mundial iba a barrer:

"En aquel tiempo, antes de la gran guerra, cuando sucedían las cosas que aquí se cuentan, todavía tenía sentido que un hombre viviera o muriera. Cuando alguien desaparecía de la faz de la tierra, no era sustituido inmediatamente por otro, para que se olvidara al muerto, sino que quedaba un vacío donde él antes había estado, y los que habían sido testigos de su muerte  callaban en cuanto percibían el hueco que había dejado (...). Todo cuanto crecía necesitaba mucho tiempo para crecer, y también era necesario mucho tiempo para olvidar todo lo que desaparecía. Pero todo lo que había existido dejaba sus huellas y en aquel tiempo se vivía de los recuerdos de la misma forma que hoy se vive de la capacidad para olvidar rápida y profundamente."


Novela seria y melancólica, que desprende aroma a café vienés,  sabe a  soda y aguardiente eslavo  y cigarrillo alemán,  suena como  un taconazo marcial, como una triste composición de piano o violín y se siente como un parque en otoño, con esas hojas secas  crujientes bajo los pies. O como cuando la lluvia golpea los cristales de la ventana en una habitación repleta de muebles antiguos. 
Pero es sobre todo una novela,  aparte de  la decadencia de un imperio ,  de los cambios, y el inclemente paso del tiempo. Unas transformaciones que durante décadas mucha gente se resistió a aceptar, o simplemente unos se percataron y otros no, o porque otros aguardaban una guerra, que sería el final de todo. 
Novela, también, de hombres. Hombres protagonistas en un mundo de hombres (intencionadamente, apenas aparecen mujeres en el libro), quienes, pese a toda su disciplina y firmeza, adolecen de una  brutal falta de sentimientos, y de falta de cariño y amor, también. Por sus silencios entre ellos quedan retratados, y la falta de afectividad les debilita a ellos y al lector.

El tono, entre sobrio y triste,  del libro, se complementa con algunas escenas humorísticas, especialmente relacionadas con la vejez del emperador (quien falleció en noviembre de 1916 con 86 años tras un reinado de 68) y sus intentos erróneos por ser más útil de lo que era. No quiero desvelar más aspectos de la trama, pero en los últimos capítulos  Joseph Roth muestra que, mientras se va apagando la vida de Francisco José, lo va haciendo la del Imperio Austrohúngaro y la propia estrella de la familia Trotta, unidas irremediablemente, para bien y para mal. 
El epílogo contiene una frase magnífica que sintetiza estupendamente una de las principales ideas de la novela:

"Me habría gustado mencionar- dijo el alcalde- que el señor de Trotta no podía sobrevivir al emperador. ¿No le parece a usted, señor doctor?
-No sé- replicó el doctor Skowronek-. Yo creo que ninguno de los dos era capaz de sobrevivir a Austria".