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7.10.15

Veinte y seis horas en la ciudad de los caballeros


 Si uno deja atrás Madrid y se dirige hacia el oeste, dejando a la derecha la impresionante mole de El Escorial y cruza la sierra de Guadarrama, aparece en esa inmensa y desolada estepa alta llamada Submeseta Norte. La antigua Castilla en toda su magnificiencia.

No demasiado lejos de las montañas, el viajero se topa, incrustada entre las rocas, con Ávila.

"Ávila de los Leales, "Ávila del Rey", "Ávila de los Caballeros" (su denominación oficial hasta 1877 fue ésta última), la insigne ciudad de Ávila, recibe al viajero en la soledad mesetaria bien protegida por sus extraordinarias y universales murallas. Una breve vista basta para comprender al momento el carácter y la historia de sus habitantes y de los castellanos en general. 

Dura, austera, recogida, fría...son los recurrentes adjetivos que se usan para hablar de ella. Aun a riesgo de parecer poco original, sin duda se ajustan como un guante a ella. Y no son negativos; para nada. Simplemente es la pura verdad, y lo que la hace única. 

Situada a unos respetables 1.134 metros de altura (la capital de provincia más elevada de España) lo primero que llama la atención es el aire, lógicamente más fresco que el de la costa o la llanura, pero también más puro. Sin duda, el frío, no por esperado deja de sorprender, pues estamos a  comienzos del otoño y cuando el viajero aún lleva el verano en la piel; pero de golpe se siente casi como en un invierno mediterráneo; entonces se pregunta a qué niveles de helada puede llegar un enero abulense, y lo difícil que debe haber sido la vida  desde tiempos prerromanos.  Después, una vez ha alcanzado algún punto elevado, percibe lo vacío, lo desangelado del paisaje. A él,  un hijo del sureste acostumbrado a las feraces huertas, a las alquerías,  a las pedanías  y a las naves industriales que rodean a las ciudades y a los pueblos de cierta importancia, le parece impresionante que, más allá de Ávila, de la ciudad vieja y de la nueva, no haya nada. Páramos, algún pequeño bosque, como mucho una casa grande, el surco de un río. Pero todo es ocre, indiferente, rotundo, sin demasiadas florituras. Como es esta vetusta y pequeña capital; pequeña, verdaderamente, pues, para hacerse una idea, sus 58.900 habitantes la sitúan no sólo a notable distancia de importantes ciudades más o menos antiguas y carentes de capitalidad, como Vigo (295.000), Elche (228.600) o Cartagena (216.400); también queda por debajo de notorios "pueblos grandes" como El Ejido (85.000) , Orihuela (83.000), Gandía (76.500) o Linares (60.300). Peculiaridades de España y de su historia y su evolución.  


Cuando se franquea alguna de las monumentales puertas de acceso a la muralla, algunas transitadas por automóviles,  se entra en el recoleto y delicioso casco histórico, bastante cuidado y de limpias calles, muchas peatonales.  "Azorín" dijo que Ávila era la ciudad  "más siglo XVI de España", y no le faltaba razón al ilustre alicantino. Pavimento empedrado, casas y palacetes del Quinientos, iglesias, conventos y ermitas aquí y allá, todo dominado por el denso caparazón de las murallas y sus casi 90 torres. Ciertamente, si no fuera por los letreros luminosos y el molesto ruido de los coches, el viajero podría imaginarse el tintineo de unos aceros esperándole en la siguiente esquina, o sorprenderse con algún hidalgo, pobre y orgulloso, con el coleto lleno de migas para hacer creer a la gente que come bien, como el amo de Lázaro.

O toparse incluso con algún monarca. La ciudad entró en decadencia conforme fue finalizando la Edad Moderna, pero durante toda la Edad Media, cuando en Ávila se escuchaban palabras como "mesnadas", "juros", "almogavarías" o "razias", la villa tenía una trascendencia pareja a la de Castilla, y era una plaza destacable para los reyes, que solían recurrir a ella en momentos difíciles (de ahí lo de "los Leales", "los Caballeros", "del Rey"). Además por su importancia era una ciudad de obligada visita para los monarcas, tanto en el Medievo como buena parte de la Edad Moderna.  No es raro encontrarse una placa en tal iglesia acerca de la primera misa de Felipe II como rey en Ávila, u otra en una casona aprovechada por Carlos V,  y etcétera. 

Como también es fácil toparse con motivos, recuadros  y recuerdos de Teresa de Jesús, Santa Teresa (1515-1582), no sólo por el 500 aniversario de su nacimiento (algo en lo cual se ha volcado la ciudad), sino porque su huella es reconocible en Ávila, dada la cantidad de conventos e instituciones que fundó la abulense más ilustre de todas, por encima de otros célebres hijos de la villa como "El Tostado" o  Sancho Dávila, el Rayo de la Guerra. 

Con el Siglo de las Luces entró Ávila en progresiva decandencia y ensimismamiento, como Castilla en sí. Pero esta ciudad posiblemente más que otras, pues resulta difícil encontrar vestigios y construcciones del 1700 en adelante. Levemente se planteó en el muy práctico XIX , que tantas murallas europeas se llevó por delante, derribar sus antiguas fortificaciones de base romana,  pero por suerte para la humanidad, ahí siguen, y ciertamente decir "son impresionantes" es poco. La decadencia que trajo el paso del tiempo a la villa no afectó a su recinto defensivo. Sólo se da cuenta de su magnitud y rotundidad amarillenta quien se acerca por fin a ellas y tiene la suerte de subir las empinadas escaleras y recorrer casi tres kilómetros por las alturas, sintiéndose un abulense de otros tiempos, espada en la mano o el cinto y ojo avizor al horizonte, mientras siente el frío estepario y grandioso en el rostro. 

Evidentemente, no todo son murallas en la "ciudad de las murallas", valga la redundancia. Eficazmente adosada a ellas se encuentra la oscura mole de la catedral, entre románica y gótica, uno de esos edificios que resultan ser más grandes por dentro que lo que uno cree por fuera. El sobrio y maravilloso interior le transporta al viajero a tiempos de antiguas misas, coronaciones y rezos por el triunfo en la batalla. También puede encontrarse fastuosos altares  y sepulcros platerescos, entre otras obras de arte, y en el claustro,  las lápidas de dos personalidades verdaderamente ilustres enterradas allí, y a quienes el viajero presenta sus respetos: don Claudio Sánchez Albornoz, intelectual con todas las letras, maestro de historiadores y político republicano, y don Adolfo Suárez, presidente del Gobierno y uno de los artífices de la Transición a la democracia (1975-1982). Una vez fuera de la catedral, pueden vislumbrarse y  visitarse un buen número de iglesias, monasterios y conventos, en un número bastante alto y sorprendente para una ciudad pequeña, cuyos campanarios resaltan aquí y allá; no en vano Ávila siempre ha sido "ciudad de cantos y de santos".  

Si uno consigue librarse de las tentaciones del chuletón, de las yemas de las monjas o del habitual merchandising turístico (más importante para Ávila que otras ciudades menos aisladas y más visitadas), y se adentra por los vericuetos del casco medieval-moderno, se sentirá en verdadera paz y alcanzará una tranquilidad que sólo se consigue al transitar por ciertos pueblos. Y es que Ávila, para ser una capital de provincia, es en ciertos rincones de solitarias calles como un pueblo; y esto no es una crítica o una burla, justo lo contrario: es un elogio.

Tras superar otra de las grandes puertas, esta vez en dirección extramuros, el incansable viajero cruzó la escueta vega del río Adaja y se acercó, obstinado, hasta Los Cuatro Postes. Es éste un antiguo humilladero con posible origen de culto celta o romano, que en época cristiana continuó siendo lugar de oraciones; así,  fue frecuentado por Santa Teresa. Construido sobre unos dificultosos peñascos, las cuatro columnas dóricas con sus arquitrabes formando un cuadrado sin techo rodean una gran cruz de granito. Desde el promontorio se obtiene una magnífica vista de la ciudad, compacta y bucólica en lontananza. Una vez se ha largado el autocar de los japoneses, el viajero contempla tranquilo y ensimismado el panorama. Pese a lo austero y desolado del paraje, o tal vez por ello, Los Cuatro Postes tienen un extraño poder de atracción, una magia algo oscura indescriptible y maravillosa. 


"Yo nací en Ávila, la vieja ciudad de las murallas, y creo que el silencio y el recogimiento casi místico de esta ciudad se me metieron en el alma nada más nacer".

 Así comienza Miguel Delibes La sombra del ciprés es alargada. Certero estuvo el gran escritor de Valladolid. El viajero no ha nacido en Ávila y, por contra, abrió los ojos muy al sur. Siempre se ha sentido muy almeriense y posteriormente, Murcia dividió su corazón, como bien sabe todo el que lo conoce. Pero también tiene desde hace bastante tiempo una querencia, una admiración, un gusto,  por Castilla y por todo lo castellano, por lo que en cierto modo se considera heredero de "Azorín", ese levantino mesetario.  No sabe si llega a tener el alma castellana, pero para él Ávila sin duda representa, con mayor rotundidad y dureza que otras, esta esencia, tan triste,  solemne y evocadora a la vez. ¡Si hasta las campanas suenan distintas a las del Sur o el Levante!

Llega el momento de partir y presuroso y nervioso como mediterráneo, aunque obligado por el horario,  debe marcharse por el camino de hierro en dirección a la bulliciosa Madrid. Ha sido una estancia breve pero intensa, y desea regresar pronto y volver a sentir esa atracción de difícil explicación por la helada estepa, por la piedra de larga memoria, por los páramos desolados, por los horizontes interminables. 


Allí, entre las frías y desnudas  rocas se quedan sus calles vacías, sus rotundas murallas, su bella catedral y  sus enigmáticos Cuatro Postes. Allí,  permanece todo azotado por la ventisca castellana. Así pasen quince siglos más. En la vetusta Ávila, en Ávila de los Caballeros, en la austera ciudad de los leales, el tiempo se ha detenido. Y no sólo eso. Transcurre más despacio. 


7.7.15

La increíble odisea de Francisco de Cuéllar en Irlanda


          Costa norte de Irlanda.


 A finales de septiembre del año de Nuestro Señor de 1589 desembarcaba en Dunquerque un capitán español con una camisa por toda vestimenta y posesión. Medio cojo y maltrecho, se llamaba Francisco de Cuéllar y estaba vivo de puro milagro, después de haber superado toda clase de avatares tras el naufragio de la "Grande y Felicissima Armada" (la Armada Invencible) en las costas de Irlanda, siendo perseguido y apaleado como una alimaña por los ingleses en el norte de la verde isla.

Casi acaba sus días allí, pero estaba vivo y coleando y pardiez que iba a contar su historia, escribiendo un memorial a su rey,  Felipe II. La misiva ("Carta de uno que fue en la Armada de Ingalaterra y cuenta la jornada")  fechada en Amberes el 4 de octubre de 1589, no sólo es un extraordinario relato de primerísima mano acerca del heroísmo, la lucha por la vida, las  desgracias, las creencias religiosas  y la crueldad;  también es una valiosa fuente sobre las peculiaridades de Irlanda a finales del siglo XVI, e incluso sobre las relaciones entre seres humanos, que poco o nada han cambiado desde el amanecer del hombre. 

Mucho se ha escrito y debatido sobre cuál fue la mayor causa del desastre -que no derrota- de la Gran Armada que el tonante Felipe II enviara a Flandes para embarcar a los tercios con el objetivo último de invadir la hereje isla y derrocar a la reina Isabel: el tamaño de los navíos, los errores del comandante en jefe, el duque de Medina Sidonia,  la falta de pericia de los mandos castellanos (la misteriosa muerte del mítico Álvaro de Bazán unos meses antes supuso un duro golpe), la destreza (y la potra)  de los ingleses o, una de las más convincentes, la desigual calidad de los 120 barcos españoles junto al temporal que dispersó  a dichos galeones, urcas, naos y carabelas. Por mucho que se lamentara amargamente el rey ("yo envíe a mis naves a luchar contra los hombres, no contra  los elementos") bien es cierto que la responsabilidad de mandar la arriesgada expedición en verano fue en gran parte suya, aunque en su honor debe decirse, como afirma Geoffrey Parker, que demostró estoicismo y  no buscó chivos expiatorios. 

Teorías y confabulaciones aparte (cómo hubiera cambiado la historia de Europa de haber triunfado la empresa y etcétera, aunque poco se habla del vergonzoso gatillazo inglés de la Contraarmada en La Coruña y Lisboa al año siguiente, o de las nulas consecuencias para la Monarquía Hispánica de la "derrota" de 1588), lo cierto es que el fracaso de la Armada dejó a los miles de hombres embarcados abandonados a su suerte, en otra historia española tantas veces repetida. Además, bloqueados en el Canal de la Mancha por los ingleses, Medina Sidonia tomó la decisión de volver a la Península bordeando Escocia e Irlanda, con el plus de peligrosidad que ello suponía, primero por el largo viaje y segundo por la probabilidad de tormentas, con el añadido del tremendo frío del Atlántico Norte. Un tercio  de los navíos españoles  se perdieron o se hundieron en las procelosas aguas del océano y más de 15.000 hombres dejaron este mundo, ya fuera por el clima, las enfermedades, el hambre o la mar. Una reducida cifra de soldados sobrevivió a los naufragios frente a las costas de Irlanda. Entre ellos se encontraba Francisco de Cuéllar, capitán del San Pedro, de 24 cañones.



Poco se sabe de su origen y de su vida. Por los datos que se pueden leer en diversos documentos, habría nacido entre 1560 y 1564 en algún lugar de Castilla,  posiblemente en el triángulo entre Segovia, León y Extremadura,  a juzgar de ciertas expresiones  escritas suyas. En 1581 tiene su debut bélico en Portugal, y luego lo tenemos batiéndose el cobre en importantes batallas como la de la Isla Terceira (la Tercera) en 1583,  y en varios viajes a las Indias, llegando hasta Brasil y al remoto cabo de Hornos. En 1588 ya era pues, pese a su relativa juventud, un soldado no precisamente novato, tan abundante en estos tiempos fascinantes y violentos; también eran frecuentes los militares bravos, levantiscos, de lengua fácil y pendencieros,  y de Cuéllar no fue una excepción, pues de hecho estuvo a punto de ser ahorcado en el transcurso  de las operaciones de la Gran Armada, por, al parecer, desobedecer órdenes en medio de los combates en Calais, en una acusación contradictoria. La posterior desbandandada de los barcos y la intervención de un auditor le salvaron del patíbulo.

Como milagrosamente salvaría de nuevo la vida en el Atlántico. Un espantoso temporal, con "la mar por cielo" quebró su navíoterminó de hundirlo y lo encaminó a la vorágine marina en una turba de agua salada y  madera.  De pura intervención divina pudo pensar que salvó la vida, pues de Cuéllar, como la mayoría de embarcados, no sabía nadar, pero se agarró a un pedazo del galeón y alcanzó la orilla.  Nuestro capitán se encontraba maltrecho, ensangrentado  y ahíto de agua, pero vivo, besando la arena irlandesa. Apenas pudo reponerse, pues ingleses e irlandeses (a éstos se refiere de Cuéllar como "salvajes", tal vez porque le recordaban a los indígenas del Cono Sur) estaban al quite de los naufragados y se echan encima, a rematar a los heridos que conseguían salir del mar y a robarles los ropajes y  las alhajas. Al parecer, tan lleno de sangre y desnudo estaba Francisco, que lo tomaron por muerto, y por suerte para él, de nuevo, no le tocaron. 

Vomitado por la mar, el desdichado capitán había vuelto a la vida, pero comenzaban sus penalidades. Duro fue el panorama de ver a cientos y cientos de cadáveres de compatriotas tirados en la playa, en cueros y bañados por un agua rojiza.  Como duro era  sentir el intenso frío, en el cuerpo y en el corazón,  tanto por las bajas temperaturas como por  saberse abandonado en tierra hostil. Irlanda era por entonces una isla aún más bella que en la actualidad, pero también más inhóspita, pobre y rudimentaria, con la cruel añadidura de un ejército de ocupación: el inglés. 

Con los huesos entumecidos y el cuerpo hecho un escombro, de Cuéllar vio que anochecía y se cobijó en un cañaveral, cuando se le acercó otro castellano, también medio desnudo, incapaz de hablar por la impresión y las heridas. El temporal fue amainando, pero no así el dolor y el hambre de los dos infelices. En esto se acercaron un par de irlandeses armados, quienes,  en un detalle de humanidad "se dolieron de vernos, y sin hablarnos palabra cortaron muchos juncos y heno, nos cubrieron muy bien y luego se fueron á la marina á descorchar y romper arcas, y lo que hallaban, á lo cual acudieron más de 2.000 salvajes y ingleses que había en algunos presidios por allí cerca" . Poderoso caballero es Don Dinero y poderosa es la codicia del hombre, en general, pues si los ingleses se mostraron avariciosos e implacables con los naufragados enemigos españoles, los procederes de la guerra en gran parte de la historia del mundo indican que si en las costas de España hubieran encallado navíos anglosajones  los lugareños no les hubieran recibido precisamente con un azumbre de vino y una pierna de cordero.

Cuidadosamente ocultos, de Cuéllar y su compañero pasan media noche más mal que bien, cuando despierta al capitán un estruendo de ingleses a caballo terminando de destrozar los galeones. Francisco repara en que su pobre paisano ha muerto y decide abandonar la bahía, no sin pesadumbre al contemplar por última vez los cientos de cuerpos insepultos siendo pasto de lobos y cuervos. Nuestro sobreviviente corre tierra adentro en busca de algún monasterio, pues en tales circunstancias lo mejor era acogerse a sagrado. Cuando topa con una iglesia, la encuentra dañada y quemada, viendo  dentro de ella con horror a 12 españoles ahorcados, por los ingleses, presumiblemente, pues en su calidad de invasores y protestantes no distinguían entre irlandeses y castellanos, ambos católicos. Además, como pudo ver el capitán y así lo atestigua, los herejes fueron derribando las iglesias de los isleños,  convirtiéndolas en "abrevaderos de vacas y puercos". Sin rumbo, se refugia en un bosque donde se encuentra con una vieja pastora  (el capitán se refiere siempre a los irlandeses como "salvajes", aunque más bien el salvaje parecería él, a juzgar por las precarias vestimentas que llevaba) que le reconoce, diciéndole "tú España" (sic), y entendiéndose entre palabras sueltas y gestos, la anciana le conmina a huir de allí pues los ingleses andan cerca, ocupados en degollar españoles. 

De Cuéllar decide volverse a la costa, en cuyas rocas se habían estrellado los galeones, en busca de algún compatriota y de comida, pues ya han pasado casi tres días desde el naufragio. Efectivamente encuentra a dos soldados, heridos y completamente desnudos, escapados de los ingleses. Éstos le cuentan al capitán las penurias y castigos que habían padecido cien compañeros suyos a manos de los enemigos. Francisco decide acercarse al cementerio de la playa para intentar conseguir algo de comida y bebida. Allí vuelve a contemplar los cuerpos inertes que el mar, incansable, sigue expulsando a la tierra. De Cuéllar, reconociendo a algunos amigos, determina enterrarlos y darle sepultura, aunque sea precaria.  Es difícil no conmoverse al imaginarse el panorama que los tres desgraciados, medio desnudos y medio muertos de hambre y frío, calados hasta los huesos y tan lejos de casa, vieron. 

En ello estaban cuando se les acercó un gran grupo de irlandeses, y con ellos se entendieron por gestos (si los españoles poco hablaban el inglés, aún menos el gaélico, y lo mismo puede decirse de los irlandeses respecto del castellano), diciéndoles que estaban protegiendo los cuerpos de sus compañeros de los cuervos, e intentando comer el bizcocho rescatado de los galeones. Algunos hiberneses trataron entonces de maltratar y desnudar (otra vez) a de Cuéllar, pero parece se impuso el buen corazón de uno de los líderes, y los tres españoles marcharon junto a los isleños. 

El supuesto cabecilla acompañó un trecho al trío de naúfragos  y les encomendó dirigirse a su población, a la cual él llegaría pronto, pero más tarde. Descalzos y doloridos, el capitán en particular tenía una herida en la pierna de larga curación, que muchas dificultades le trajo. No pudiendo seguir la marcha de sus dos compañeros, más desnudos y con más frío que él, se fue quedando atrás. Así vislumbró a lo lejos unas casillas de paja, pero en el bosque previo le salieron al paso un viejo irlandés acompañado de su hija, más un inglés y un francés. Extraña compañía esta. El inglés tomó la iniciativa y le lanzó cuchilladas  a nuestro capitán, quien, armado con un simple palo, fue herido en la pierna derecha. Hubiera muerto si no fuera porque al parecer intervinieron la hija y su padre el salvaje, quienes a pesar de todo volvieron a desvalijar al pobre Francisco. La joven irlandesa se apiadó del español y consiguió que los tres hombres le dejaran en paz, si bien robado y desangrado en el bosque. Con todo, la buena familia (dice el capitán que la hermosa joven era "amiga" del inglés)  envió a un muchacho para que le curase la herida de la pierna con un emplasto de hierbas y le diese algo de comida (manteca, leche y pan de avena). 

Algo más restablecido, informaron a de Cuéllar sobre la existencia de un "gran señor salvaje" con tierras y amigo del rey de España (por tanto rebelde y enemigo de los ingleses), quien estaba recogiendo y ayudando a los soldados naufragados; éstos eran ya ochenta. Ilusionado, con renovadas ganas de vender cara su vida y provisto y armado de su palo, el intrépido capitán tomó de nuevo el camino, en busca de ese gran señor, quien tal vez fuera el que le había socorrido en la playa. Se considera que de Cuéllar dio con su barco en la costa de Donegal, al septentrión de la hoy República de Irlanda, y su odisea le llevó por amplias zonas del Ulster, en la actual Irlanda del Norte. 

                       La playa donde se considera naufragó Francisco de Cuéllar. Donegal, Eire.


Esa misma noche y siguiendo las indicaciones de sus benefactores, de Cuéllar llegó a unas chozas donde fue bien recibido, y donde pudo interactuar más o menos bien, pues uno de los lugareños hablaba latín.  Francisco, sin ser culto, no era ningún patán iletrado; de hecho, en una frase reconoce que su increíble narración parece sacada de un libro de caballerías. Así pues, conversaron largamente y el capitán fue de nuevo curado y repuesto gracias a  la rústica gastronomía hibernesa. Al día siguiente y provisto de un caballo y de un joven guía, retoma el camino en busca del gran señor. Se entera que los irlandeses se refieren a los españoles como "España" y a los ingleses como "sasana" (¿tal vez una reminiscencia de  "saxon" ?). Estos sasanas se contaban por miles por toda la isla y buscaban sin cesar a los castellanos, y en su calidad de honorables ingleses venían hostigando a los irlandeses desde hace cientos de años. 

Como un presagio de lo que luego sería el dividido Ulster, la pareja se topó con un grupo de salvajes, pero luteranos, que intentaron por todos los medios matar a de Cuéllar. El buen muchacho les convenció que el español se trataba de un prisionero de su amo, pero a pesar de todo estos irlandeses protestantes le dieron una paliza y desnudaron (otra vez) al pobre capitán. Lo dejaron "en carnes, como nací", y el temeroso mozo decidió volverse a su choza. Una vez más, Francisco de Cuéllar hizo acoplo de su enorme valor y capacidad de supervivencia, y con la ayuda del muchacho se hizo un "traje" con helechos y una estera vieja. Una vez solo, en pos de la vida, que ahora era ese señor protector de españoles, y esquivando a los ingleses, la muerte, recorre los ventosos y solitarios senderos repletos de piedras y fango.

Poco a poco llegó a un lago a cuya orilla se esparcía una aldea de treinta chozas. Anochecía y el villorrio parecía despoblado, y se dispuso a buscar algún lugar donde tumbarse a descansar.  Unos sacos de avena le parecieron recomendables , e iba a acostarse cuando en la oscuridad se acercaron tres figuras medio desnudas que primero se le antojaron diablos, pero una vez disipado el miedo, comprobó con alegría que eran tan desgraciados y españoles  como él. Nuestro Francisco, tras escuchar sus penalidades y armado de más esperanzas que ellos, les informó de la cercanía de las tierras de ese deseado gran señor, de las cuales distaban sólo tres o cuatro leguas. Además los tres soldados se animaron doblemente pues se enteraron de que se encontraban ante el capitán Cuéllar, quien creían ahogado. Tras una frugal cena de moras y berros, el pequeño grupo se escondió, enterrándose en paja, con la intención de descansar. Al menos durante unas horas lo consiguieron, pero pasado ese tiempo, comprobaron que el poblacho no estaba deshabitado pues un buen número de irlandeses fueron llegando...

Con el lógico temor por la experiencia de tantos infortunios y palos recibidos, los españoles sospecharon que podían tratarse de luteranos (y si no lo eran, tampoco nadie les aseguraba su amistad) , no se movieron un ápice de su escondite vegetal y allí permanecieron, sin apenas respirar, mientras el pueblo trabajaba y hacía vida. Cuando llegó la noche se decidieron a salir, bien abrigados con paja y heno para protegerse de la fría luna hibernesa, y emprendieron una nueva huida apresuradamente. 

La suerte volvió a favorecer al afortunado capitán Cuéllar, pues tras superar los peñascos de la incertidumbre llegaron a otro poblacho de mejor gente donde los irlandeses les acogieron con hospitalidad, aunque quizá lo más correcto sería decir con misericordia. Los españoles bien pudieron sentir una euforia revestida de infinito agradecimiento cuando vieron a aquellos extraños y rudos campesinos reunidos en clanes (es fácil imaginárselos como los escoceses e irlandeses de Braveheart, especialmente Stephen el loco), movidos por la caridad cristiana, en particular católica, y hospedando a esos sucios  forasteros recién llegados; de Cuéllar reconoce con vergüenza que su propio aspecto, con el cuerpo rodeado por la miserable estera y lleno de paja, movía forzosamente a la lástima. Allí se encuentran con al menos, 70 compatriotas, también en regular estado.

Al fin habían llegado al pueblo de ese gran señor, que el capitán refiere como "Ruerque" o "Ruerge", un "muy buen cristiano y enemigo de herejes", quien no es otro que Brian O´Rourke, reconocido rebelde irlandés.  Tal señor se encontraba fuera de sus tierras,  Leitrim, pues en esos momentos guerreaba en otro territorio contra los ingleses. Los salvajes le dan a Cuéllar  "una mala manta vieja, llena de piojos", con la cual por lo menos pudo cubrirse. Estos irlandeses también le informan de que en la costa había una nao española que estaba recogiendo a los supervivientes, y el capitán y 20 compañeros se dirigen prestos en su busca. 

Pero una vez más de Cuéllar se muestra favorecido por una suerte increíble, o divina, pues a causa de la herida de su pierna no consigue alcanzar el barco, barco que zarpa y naufraga al poco de su partida, repitiéndose el drama de las semanas anteriores: los españoles que no murieron tragados por el mar, lo hicieron pasados a cuchillo por los ingleses. Pobres infelices. 

El capitán se encaminó nuevamente por las verdes praderas, cuando se encontró con un sacerdote católico que iba disfrazado para despistar a los ingleses. Cuéllar volvió a tirar de su limitado latín y el cura quedó tan complacido que incluso el español pudo comer de las provisiones que el irlandés traía. Éste también le habló de otro líder de clanes y enemigo declarado de la reina Isabel, quien acaudillaba un magnífico castillo; todo un señor feudal, orgulloso e independiente, de esta isla a caballo entre la Edad Media y la Moderna, el cual se aparecía a los ojos de Francisco como una nueva etapa en su frenética peripecia de acorralado. El capitán obedeció al cura, que se quedó atrás, y Cuéllar conoció más adelante a un recio herrero con quien trabajó a la fuerza, durante más de una semana,  como una especie de esclavo. Mas el sacerdote estuvo providencial y rescató al español de las manos del irlandés (ya se sabe el poder de los clérigos sobre el pueblo)  y le encaminó, esta vez sí, a las tierras de ese gran señor. 

Esta vez se trata de MacClancy/MacGlanahie ("Manglana"  para Cuéllar), quien al igual que O´Rourke se distingue por su rebeldía frente al invasor inglés y por su indulgencia respecto de los españoles. Allí el capitán se reencuentra con hasta 10 compatriotas rescatados del océano. Los irlandeses se compadecen del salvaje Francisco, con sus vestimentas pajizas y su salud mermada, y le procuran una especie de manta, al modo del traje típico de la isla. Entre ellos estuvo tres meses plácidamente, estando en buenos tratos con la hermosa mujer del tal MacGlanahie, y también hubo espacio para el humor, cuando las pelirrojas y pálidas isleñas tomaron al latino Cuéllar por un gitano y le pidieron que les leyese la mano. 

Sobre las afinidades entre irlandeses y españoles también se ha escrito mucho, y no sólo en relación con sus alianzas contra Inglaterra, en las cuales les unían especialmente su catolicisimo y su hostilidad al inglés. Pero algunos escritores viajeros han querido ver en el hibernés a un pueblo más similar en carácter al ibérico en comparación con el anglosajón, e incluso consideran al irlandés como el más mediterráneo del norte de Europa. Teorías y realidades aparte, lo cierto es que Francisco de Cuéllar disfrutó por vez primera de manera prolongada en su estancia en la Isla Esmeralda. Además, pudo conocer a sus habitantes con cierta profundidad, y en su carta deja interesantes observaciones sobre sus viviendas, siempre chozas de paja y barro; sobre su gastronomía, por ejemplo, que sólo comían una vez al día y era por la noche, y bebían leche agria en vez de agua, aunque a  él le parecía la mejor del mundo, o que la carne cocida la consumían sin salar; o sobre su sociedad, que da una imagen de un pueblo de melenudos pobre y sufridor acostumbrado a la dureza del clima y del suelo y al hostigamiento de los ingleses; también deja entrever que, pese a su catolicismo, no hay mucha presencia de la ley ("en este reino no hay justicia ni razón, y así hace cada uno lo que quiere")  y que los clanes suelen pelearse entre ellos. Arcaicos y  anárquicos, o no, lo cierto es, y así lo reconoce Cuéllar con gratitud,  que los irlandeses trataron a los españoles como si fueran de su familia. 

Pero tras estos meses de reposo, llegaron noticias de la inminente llegada del gobernador inglés de Dublín, ya bien enterado de la resistente presencia de los españoles en la isla. Con cerca de dos millares de soldados se encaminaba a las tierras de "Manglana". Éste, temeroso, decidió abandonar la fortaleza con su gente para huir a las montañas,  lugares más remotos y por tanto más seguros. El gran señor les invitó a irse con ellos, pero hablar de la soldadesca española en esta época es hacerlo de épica; Cuéllar estaba cansado de interpretar el papel de zorro perseguido por los ingleses, y decidió adoptar el de león.

Junto a nueve paisanos, pensó en  "todos los trabajos pasados, el que nos venía y que para no vernos en más era mejor acabar de una vez honradamente, y pues teníamos buena ocasión no habia que andar huyendo por montañas y bosques desnudos, descalzos y con tan grandes fríos como hacía, y pues el salvaje sentía tanto desmamparar su castillo",  determinó que  "alegremente nos metiésemos los nueve españoles que allí estábamos, en él, y le defendiésemos hasta, morir, lo cual podíamos hacer muy bien".  Puestos a morir, mejor haciéndolo matando ingleses que siendo degollado por éstos.    

La recia fortaleza se ha identificado como las ruinas del castillo de Rosclogher, al sur del lago Melvin, en Donegal, República de Irlanda. Efectivamente las pantanosas aguas del lago proporcionaban protección frente al invasor, y la construcción sólo era accesible por una lengua de tierra. Cuéllar pidió a MacGlanahie víveres, pólvora  y algunas armas, entre ellas, seis arcabuces y otros tantos mosquetes. Con todo, la desigualdad numérica era enorme (puede hacerse una idea quien haya visto la película Templario, la cual, aunque esté ambientada en la Edad Media, transmite lo que es un castillo acosado por una masa muy superior) y a poco que el ejército inglés quisiera mojarse y apretase con fuerza, la casa de "Manglana" no tardaría en caer. Llegados los soldados de la reina Isabel, no dudaron en poner en práctica la guerra psicológica, atronando con sus trompetas y  ahorcando delante de los sitiados a dos españoles, prisioneros desde hacía tiempo, además de lanzar proyectiles. Pero en ese noviembre de 1588 Cuéllar y sus compañeros aguantaron durante 17 días, hasta que un insistente temporal de lluvia y nieve hizo a todas luces imposible el asedio inglés. Derrotado el ejército hereje, tomó el camino de "Duplín". 

Victoriosos los españoles, regresó de las montañas MacGlanahie. Éste, muy contento con sus amigos llegados del mar, estaba tan encantado con ellos que les  colmó de regalos e  incluso ofreció a Cuéllar casarse con su propia hermana, pero nuestro español lo rechazó amablemente; estaba cansado de la vida a salto de mata y sólo deseaba regresar, vía Escocia, a casa.  El experimentado capitán desconfiaba de tanta amistad, y junto a la resistencia de "Manglana" a dejarles marchar, le motivaron a escaparse del castillo una mañana, temprano, junto a cuatro compañeros cuando casi comenzaba el Nuevo Año. De nuevo retoma Cuéllar la senda solitaria, ventosa e incierta, y tras veinte días encuentra otros poblados de chozas donde los lugareños ya no se sorprenden de su presencia, pues le cuentan y le muestran los restos de otros náufragos españoles. 

Más adelante llega a las tierras de un cierto príncipe Ocan ( O´ Cahan), otro salvaje que señoreaba un puerto importante, pero quien, para desgracia de Cuéllar, colaboraba con los ingleses. Mucho se guardó el capitán de la presencia del tal Ocan, y parece que prefirió las compañías femeninas, pues "había unas mozas muy hermosas, con las cuales yo tenía mucha amistad, y entraba en sus casas algunos ratos á conversación y parlar". Conquistador Cuéllar, que sin duda disfrutó de interesantes pláticas (¿en latín?)  con las Isoldas de turno. No todo en Irlanda consistió, para su suerte,  en ser perseguido como un pobre perro. Éste y otros hechos parecen estar relacionados con la historia de los "irlandeses negros", gentes de pelo moreno que serían descendientes de los españoles de la Armada. También otros cuentos relacionan el origen del cultivo de la patata, vital en la historia de Irlanda, al ser traída ésta por los naúfragos.

Volvamos a de Cuéllar, quien no pensaba en patatas precisamente en aquellos momentos, pues los ingleses también se amancebaban con sus amigas y a punto estuvieron de agarrarlo. Vemos de nuevo al capitán como un Rambo, saltando barrancos y metiéndose en espesos zarzales para despistar a los sabuesos de la reina. Tras varias vicisitudes y la ayuda de otra familia irlandesa, Francisco acaba bajo la protección de un benévolo y camuflado obispo católico, identificado como el obispo de Derry (Londonderry), quien había acogido a otros doce españoles con la intención de hacerlos pasar a Escocia, por aquel entonces  católica y aliada de Felipe II. 

Tras otro calamitoso y naufragado viaje en una barca (una pinaza) de varios días recorriendo Setelanda (las islas Shetland) y la costa escocesa, los maltrechos españoles llegaban a Edimburgo, donde estuvieron seis meses viviendo como mendigos, hasta que se hicieron notar y  por mediación del duque de Parma, avisado en Flandes, se pagó un rescate y un mercader escocés navegó hasta Dunquerque. Allí de Cuéllar y sus compañeros estuvieron de nuevo a punto de no contarlo, pues la flota holandesa no los recibió precisamente bien. Pero el capitán, maltrecho y en camisa, estaba a salvo, y por su vida iba a relatar su historia. 

Su famosa carta cayó en el olvido, en un largo olvido,  hasta que en 1884 un militar e  historiador, Cesáreo Fernández Duro, la rescató de las profundidades de la Biblioteca de la Real Academia de la Historia. Aún hoy sorprende por su viveza y por la fuerza del testimonio; aun si se es un incrédulo, es difícil no dejarse llevar por la admiración y el asombro, pero también por la pena,  la compasión o la reflexión acerca de la clásica historia española de unos hombres abandonados a su suerte por el orgullo de un rey enfrentado a una reina aún más maquiavélica. 

Con todo, siendo poco conocido de Cuéllar y su historia en España, no lo es en Irlanda donde incluso es posible seguir las huellas de sus  frenéticos pasos por el norte de la isla, como atestiguan las placas y carteles indicativos. Noble, admirable y agradecido pueblo el irlandés. 

 "De Cúellar Trail" en el norte de Irlanda.


No les salió gratis a los señores irlandeses la ayuda prestada al capitán y a sus desgraciados compatriotas. Brian O´Rourke fue ahorcado y descuartizado en Londres, en 1590, a los 50 años, por traición; entre sus delitos estaba el haber socorrido a los españoles, y se mostró altivo y digno en el cadalso.  MacGlanahie fue finalmente apresado por el lord gobernador de Irlanda, siendo decapitado (tal vez por su alta alcurnia)  en 1591. 

En cuanto al heroico e  intrépido Francisco de Cuéllar, una vez se hubo restablecido de las secuelas de su invierno irlandés, se dejó llevar de nuevo por los vientos de la guerra, y en 1590 ya correteaba por Flandes  y  el norte de Francia a las órdenes de Alejandro Farnesio, duque de Parma. Siempre capitán de infantería,  llegó hasta Saboya y Nápoles, donde se encontraba en 1600. Inquieto y misterioso, en los años siguientes lo tenemos de nuevo en las Indias, y por lo visto cruzó el océano un par de veces cuidando de los galeones cargados de plata. Ya cuarentón, aparece residiendo en Madrid en 1604, pero en 1607 se pierde su pista, pues presumiblemente quería volver al Nuevo Mundo.  Mas no se sabe cuándo y dónde murió y en qué lugar reposan sus restos. 

Es fácil dejarse llevar por el corazón e imaginar, o creer, aunque no tenga ninguna base,  que Cuéllar regresó, en mejores condiciones y guiado por vientos más benévolos, a las brumas de Irlanda, donde en compañía de los campesinos sin leyes  y las  hermosas, simpáticas y parlanchinas mujeres, vivió libremente, bebió en honor de San Patricio, trabajó la tierra y la defendió de los invasores herejes.  Por qué no...  




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Para saber más y mejor:

- Cuéllar, Francisco de: "Carta de uno que fue en la Armada de Ingalaterra y cuenta la jornada", Real Academia de la Historia, Madrid.
- Fernández Duro, Cesáreo:  "Los náufragos de la armada española en Irlanda (1588)", Boletín de la RAH, Madrid, 1890.  
- Girón Pascual, Rafael: "El capitán Francisco de Cuéllar antes y después de la jornada de Inglaterra" (págs 1051-1059). Universidad de Granada. Actas de la XI Reunión Científica de la Fundación Española de Historia Moderna, 2010.  
- Parker, Geoffrey: Felipe II, la biografía definitiva,  Planeta, 2010.  

27.3.15

La historia del hombre que iba en busca de canela y descubrió el Amazonas (y II)

 (Viene de la entrada anterior)

Gonzalo Pizarro nunca supo qué pasó para que Orellana nunca regresara. Esperaron el tiempo convenido y más aún, hasta que faltó el alimento y desesperados, tuvieron que merendarse los caballos y los perros. Luego se decidieron a construir un barco y navegaron por el Napo hasta que encontraron un lugar donde pudieron comer y descansar. En esas desconcertantes soledades comprendieron que sus compañeros ya no volverían y, no atreviéndose a ir río abajo, emprendieron el camino, al menos más conocido, de Quito. 



Fue este uno de los más tristes viajes de la historia de los españoles en América. A la desazón de sentirse abandonados, se unió la perdición de avanzar por la espesura de la vegetación, sin guías ni caminos. Las lluvias tropicales hicieron su aparición con fuerza, estropeándoles los calzados y las ropas, que se pudrían, pues llovía mucho.  Tanto que el sol apenas se veía durante días, mientras se abrían paso por la selva a golpe de espada.  Los mosquitos, los reptiles y las fieras los atacaban continuamente en ese infernal regreso a los Andes.  Los tres millares de porteadores indios murieron, así como buena parte de los hombres de Pizarro. Unos ochenta españoles medio desnudos entraron en Quito después de casi dos años de su partida, descalzos y en lamentable estado físico y mental. 
Una vez descansó y se hubo restablecido, Gonzalo, lleno de amargura, protestó y reclamó ante la Corona (algo habitual en estas circunstancias) por el comportamiento de Orellana, aunque nunca más volvió a verlo; además tenía otras preocupaciones, pues al poco de llegar se enteró del asesinato de su hermano Francisco y de la guerra que había estallado entre conquistadores.


Mientras, el tuerto de Trujillo y  los 40 sobrevivientes, liberados y felices, viraron hacia el norte y atracaron 15 días después en la colonia española de Nueva Cádiz, en la isla de Cubagua, frente a las costas de Venezuela. Unos regresaron a Perú, pero Orellana no tenía tiempo que perder, así que éste y sus hombres más leales saltaron a Santo Domingo y luego a Castilla, previo paso por Portugal. Llegaron a Valladolid en mayo de 1543, trayendo buenas nuevas al rey.  Atención al mensaje del secretario del Consejo de Indias a  Cobos, supersecretario real, por su estilo simple y claro, tan característico de estos tiempos fascinantes:

"Uno ha venido del Perú, que ha salido por un río abajo, que ha navegado por mil ochocientas leguas y salió al cabo de Sant Agustín, y porque son términos los que ha traído en su viaje que sin cansancio no los entenderá V.S, no los digo, pues tan presto ha de ser su venida".


Fue recibido en la Corte, aunque no por Carlos V, de guerra en Francia, sino por su hijo, el futuro Felipe II, quien con 16 años ya asumía el papel de regente. El relato de Orellana, basado en las notas de fray Gaspar, se leyó ampliamente con asombro, y muchas veces con incredulidad. Gonzalo Pizarro había enviado emisarios que defiendesen su causa, pero el príncipe Felipe aceptó la versión de Orellana, primero por los testimonios favorables a él y por los escritos del capellán, y segundo porque se había descubierto un territorio enorme con muchas posibilidades de exploración, conquista y enriquecimiento, y no convenía pecar de lentos, pues franceses y portugueses ya merodeaban por el Brasil hace años.

Así pues, en febrero de 1544 y tras largas deliberaciones, Orellana recibió al fin una capitulación de la Corona "para el descubrimiento y población de dicha tierra, que hemos mandado llamar Nueva Andaluçía". No se sabe por qué y quién eligió tal nombre.  Ésta comprendería los territorios desde el estuario del Amazonas, donde se fundaría una ciudad, y muchos kilómetros adentro, donde se asentaría otra. O se dejaron llevar por el optimismo, pues eso podía ser una quimera, o se querían quitar de en medio al extremeño. 
Orellana marcharía como adelantado, gobernador y capitán general e iría convenientemente acompañado, tanto de soldados como de religiosos. Se debía de conquistar y colonizar tierras, mas respetando los límites del Tratado de Tordesillas firmado con Portugal, aunque el Amazonas se encontrase dentro de la zona española. Básicamente se debía de avanzar hacia el oeste. 
Por último  también se dejó claro, en virtud de las Leyes Nuevas de Indias de 1542, que no se maltrataría ni esclavizaría a los indios ni se haría guerra contra ellos, a no ser que fuera en defensa propia; el rey enviaba a los castellanos únicamente a evangelizarlos y a enseñarles

Orellana pasó meses preparando la nueva expedición, descubriendo que en Sevilla no había mucha gente dispuesta a ir al Amazonas. Tuvo que reclutar a portugueses y, falto de dinero, también a genoveses, quienes normalmente no tenían problemas con la banca. Parece que el extremeño veía incompleta su vida y quería perpetuarse, así que en noviembre de 1544 se casó, con la sevillana Ana de Ayala, quien aceptó ir con él a Nueva Andalucía, no se sabe si de luna de miel, y "una o dos cuñadas" (!). Esto dio mala fama a Orellana. 

Aunque para aquel entonces, el de Trujillo estaba en boca de todos por contratar a más marineros extranjeros, ahora alemanes y flamencos, incluso ingleses, indignando a los castellanos, quienes por otra parte no parecían implicarse demasiado con la empresa, empezando por la Corona, que no consintió en dotar de cañones a los barcos, pese a las peticiones de Orellana, quien sabía que los indios guerreros no se amedrentaban ante las espadas y las ballestas, toda vez que los arcabuces eran lentos y no siempre respondían.   De hecho la expedición estuvo a punto de cancelarse.   La polémica le rodeaba, pues cuando por fin partieron los cuatro buques con más de 400 hombres a bordo, en mayo de 1545,  al parecer llevaban poca agua potable y la popa de su nave iba llena de mujeres. Orellana el libertino. 

En Tenerife se demoraron dos meses y en las islas de Cabo Verde otro tanto, donde,  además de un barco, perdieron a un centenar de los tripulantes por una epidemia, seguramente por el agua corrupta.
No parecía un buen presagio, pero las órdenes del extremeño fueron tajantes,  y cuando por fin cruzaron el océano en noviembre, otro buque con 70 almas se perdió, llegando ya sólo dos al estuario del Amazonas.   

Orellana, acaso alterado por el trópico y fascinado por el gran río y el paraíso selvático del interior, hizo caso omiso de los ruegos de descanso y mandó remontar el Amazonas, ahora sí. Pronto faltaron los alimentos y se hubo de recurrir a los caballos y perros, muriendo medio centenar de marineros más. También se hundió otra carabela a causa de las corrientes, por lo que tuvieron que refugiarse en una isla donde fueron bien recibidos por los indios. Como en otros tiempos, se construyó un bergantín donde marcharon río arriba Orellana, su mujer y algunos hombres más, dejando al resto en la isla. Este último grupo acabó haciéndose otro barco y fueron en busca de su líder, en vano, pues no vieron ni rastro.  Una noche quedaron atrapados en un manglar y  enloquecieron a causa de los mosquitos, pero  supieron sobreponerse,  encontraron alimentos  y  salieron al ancho océano, atracando en las conocidas y tranquilas costas de Venezuela. Allí se les unieron Ana de Ayala y 25 supervivientes. 

La mujer relató que Orellana, después de meses perdido en el marasmo selvático y aquejado de una enfermedad, abandonó el proyecto de la Nueva Andalucía y se puso a buscar oro y plata como un poseso. Pero había labores más urgentes, pues el metal precioso no saciaba el hambre; en esa empresa vital estaban cuando les cayeron encima contingentes de indios, que les asaetearon como a tapires, perdiendo a buena parte de su gente.

Entre ellos, el propio Orellana, que moriría poco después, no se sabe si por las heridas, o aquejado de la fiebre del  "infierno verde", en noviembre de 1546, a  los  35 años. Su fiel y valiente mujer lo haría enterrar bajo un árbol, a la orilla de ese río de ríos al que su marido dio a conocer a la Cristiandad, capitaneando el primer descenso conocido desde las cercanías de los Andes. Así acabó sus días el tuerto de Trujillo y allí dormiría el sueño eterno.  Sus huesos se fundirían pues con el lecho y las aguas del Amazonas, la corriente que le daría longeva fama, perpetuándose en la historia. 

Actualmente es fácil adoptar la postura indigenista y ecologista, y argumentar que de qué ha servido el "descubrimiento" del río y de la selva amazónica, cuando por todos son conocidos los pros y las contras, sobre todo las contras, de la expansión del "hombre blanco" y "mestizo"  y del "progreso", la cual ha dado al traste con un buen número de ecosistemas y espacios naturales, y ha integrado, no siempre con su consentimiento, a los indígenas en el mundo contemporáneo. Sí. Probablemente tenga razón esa postura, como también es cierto que, si ahondamos en esos supuestos donde todo es relativo y devaluable,  la historia de la humanidad no vale un pimiento, y deberemos poner fin a nuestra vida para acabar con esta farsa.

Farsa o acontecimiento del que renegar, o no, lo cierto es que el Amazonas siempre ha existido, desde el principio de los tiempos. Y en una época fascinante y excesiva, cuando el mundo era más amplio y todavía existían tierras  para buscar un nuevo horizonte y donde el habitante no conocía nada del visitante (y viceversa), Francisco de Orellana y un puñado de locos castellanos, tan valientes como codiciosos, se atrevieron a descender por un enorme  y voraz río luchando por su vida, empleando ocho meses en salir de un "infierno verde", en cruzar un reino paradisíaco e inhóspito donde los reyes eran aún los árboles  y sus siervos, hombres y animales desconocidos. Una odisea desde el corazón de las tinieblas.



Para saber más y mejor:

-  Carvajal, Gaspar de:  Descubrimiento del Río de las Amazonas, 1542.

-  Thomas, Hugh:  El imperio español de Carlos V, 2010. 

23.3.15

La historia del hombre que iba en busca de canela y descubrió el Amazonas (I)





El Amazonas. Paranaguazú,  Río Mar, Marañón o Solimôes para diversos pueblos indígenas.   Tradicionalmente se ha considerado como el segundo río más largo del mundo,  después del Nilo (6.700 km), aunque recientes investigaciones han averiguado una mayor longitud de la estimada, pues al parecer nace no muy lejos de Cuzco, Perú, en el Nevado Mismi, a  5.000 metros de altura; por tanto, pese a  discusiones y debates,  estaríamos hablando de más de 7.000 kilómetros de corriente hasta su desembocadura en el Océano Atlántico. 

Donde no hay dudas es en su caudal, el mayor del planeta (no en vano aporta la quinta parte de agua dulce de la Tierra)  y superior al de los doce ríos más largos del mundo...juntos (Nilo, Yangtsé, Mississippi-Missouri, Yenisei, Amarillo, Obi, Mekong, Congo, Amur, Lena, MacKenzie y Níger). Su enorme cuenca hidrográfica roza los 7  millones de kilómetros cuadrados, por lo cual toda Europa si exceptuamos Rusia, cabría dentro. 

De la magnitud del Amazonas también debe decirse que en su estuario, donde existe una isla tan grande como Suiza, hay una distancia de 350 kilómetros entre las riberas; que con las crecidas su cauce puede ensancharse hasta los 50 kilómetros;  que en algunos tramos alcanza los 300 metros de profundidad; que es posible llegar en barcos de más de 9.000 toneladas hasta la ciudad de Iquitos, a  3.300 kilómetros de distancia del Atlántico;   o que el agua es dulce hasta más de 400 kilómetros mar adentro, algo aún más impresionante si se tiene en cuenta que las corrientes en esta zona del océano se dirigen hacia la orilla. 

Sirva toda esta barahúnda de datos, fríos como son los números, pero muy elocuentes, para comprender las dimensiones legendarias del Amazonas, el "río de la humanidad" como se ha llamado alguna vez. Hablar del Amazonas es hacerlo también de la selva amazónica, uno de los últimos reductos de la naturaleza pura y virgen de nuestro planeta, acaso el más importante, pues aquello de "pulmón verde" queda totalmente justificado en este caso: la Amazonía actúa como un enorme limpiador de aire mundial, succionando más cantidad de CO2 del que emite, aunque recientes investigaciones revelan que absorbe la mitad que hace 25 años. Muy preocupantes datos acerca del gran y postrero paraíso natural de la Tierra, donde hay miles de especies animales y vegetales aún sin catalogar, y donde aún existen comunidades y tribus de humanos que han tenido y tienen poco o ningún contacto con el hombre moderno. Un lugar, pese a décadas y décadas de industrialización y contaminación, con regiones aún inhóspitas donde la naturaleza aún tiene la última palabra, y donde no basta ir con todos nuestros adelantos y comodidades; baste recordar que el televisivo Jesús Calleja, tan aventurero él, estuvo a punto de no contarlo hace un par de años en una de sus "expediciones". 

Debería ser labor de todos los gobiernos implicarse y poner cartas en el asunto para evitar que también el Amazonas se vaya al garete, pero ya se sabe que si no hay dinero de por medio, nada se hará. Únicamente cuando ya sea demasiado tarde. Así es el ser humano. 

Y ahora hagamos el esfuerzo y retrocedamos unos siglos, porque hablar del Amazonas, es hacerlo, desde la óptica occidental y española en particular, del hombre que lideró el primer descenso conocido por el inmenso río. Volvamos a esos tiempos fascinantes y excesivos de aventuras, exploraciones, codicia, descubrimientos, pasión, vida y muerte. Volvamos  a los tiempos de Francisco de Orellana. 

Orellana no era alguien sedentario que esperase sentado la llegada de la fortuna. Había nacido en torno a 1511 en Trujillo, y  era pariente no lejano de Francisco Pizarro y por tanto también de Hernán Cortés. Hidalgo empobrecido, su horizonte era tan prometedor como contemplar las piaras de cerdos y las encinas en lontananza, y eso para alguien tan ansioso como un conquistador de los primeros tiempos era desesperante. Con 16 años ya está en Sevilla con la intención de embarcar hacia las Indias. No sobraban en puerto hombres arrojados y poco después ya lo tenemos en Nicaragua. Luego se enroló en la empresa de su primo, el mayor de los Pizarro,  quien en su tercer viaje al Perú (1530)  acabaría disputándole el reino inca a Atahualpa. Fue en esa guerra de conquista donde Orellana perdería un ojo, y además se distinguió por su valor y fiereza, tanto en la batalla, como con sus propios compatriotas, pues hizo quemar a dos españoles acusados de sodomía, a quienes también confiscó sus bienes. 



También era famoso por ser uno de los conquistadores más exitosos en lo relativo a la economía y las tierras, y sus beneficios monetarios iban en constante alza. Pero siempre pueden ir a más, sobre todo si tenemos en cuenta que estamos en las tierras de El Dorado y de otros "reinos"  legendarios, donde el oro es tan abundante como las hojas de los árboles y los reyes se cubren el cuerpo con polvo áureo.  Durante cientos de años bastó una palabra, Dorado,  para encender el ánimo de hombres de diversas naciones en pos de un sueño, tan maravilloso como materialista. Muchos indígenas supieron darse cuenta  con picaresca  que, a poco que estimulasen la codicia de los españoles con unas piezas de metal precioso como cebo  junto a unos testimonios más o menos fantasiosos  que sonasen verídicos,  podían fascinar y  alejar a los conquistadores, por un tiempo al menos, de sus dominios, en busca del ansiado oro. 

Éste es un factor importante en el éxito de las asombrosas empresas españolas de exploración y conquista en las Indias y en los océanos; al elemento "por cojones", tan ibérico, se une el propio afán de superación, tanto personal como nacional (pues franceses, ingleses y portugueses ya estaban reclamando su porción de pastel en la carrera americana) , pero también la codicia y el ansia de riqueza para salir de la miseria. La búsqueda de oro, fundamentalmente, y  también de plata, piedras preciosas y joyas, supuso un acicate considerable, en ocasiones el principal, y a la vez la mayor causa de perdición. Si los castellanos hubieran tenido la certeza, o hubieran recibido abundantes noticias de, por ejemplo, un Reino Dorado en la Antártida, por supuesto más de una expedición se habría lanzado hacia allá, y probablemente la cruz y la bandera castellana se hubiera plantado en el Polo Sur, aunque fuera sólo un viaje de ida. 

Y así, en cuanto Orellana escuchó historias  sobre el País de la Canela, conocido tanto por el árbol canelo de donde se extrae la especia como por el oro contante y sonante, se puso manos a la obra para acudir presto a esa interesante tierra, aunque en lo que menos pensase sería en el condimento que le echamos a las natillas. 

Con todo, la iniciativa correspondió a Gonzalo Pizarro, nombrado gobernador de Quito  por su hermano mayor, Francisco, el conquistador de Perú. En febrero de 1541 se marchó de  la hoy capital ecuatoriana con casi dos centenares de españoles y más de un millar de porteadores indígenas, además de un buen número de bestias de carga, perros de guerra y cerdos. Cruzaron las altas cimas andinas, por encima de los 5.000 metros, muriéndose de frío más de 100 indios, y descendieron camino de la llanura.  La expedición había abandonado la seguridad y el aire limpio de la cordillera, internándose en la  agobiante y densa selva amazónica.

Pizarro se encaminó hacia el este, dando con un caudaloso y zigzagueante río, el Napo (afluente del Amazonas, pero eso aún no se sabía), por aquel entonces Río de la Canela, pues téoricamente se encontraban ya en tierras de ese árbol, y allí se establecieron tranquilamente y sin problemas  unas semanas, en el lugar de Quema, a centenares de kilómetros  de los Andes.  Fue a finales de marzo cuando se unió Orellana, alcanzando la posición de Gonzalo. En principio se había asociado para este viaje con el menor de los Pizarro (casi de su misma edad e igual o más ambicioso que él), pero Orellana, como capitán general, había sido requerido por Francisco para pacificar y reconstruir ciudades como Puerto Viejo y Santiago de Guayaquil (actual Guayaquil). En relación con todo esto se daba la circunstancia que, en esta época, en virtud de los descubrimientos y conquistas precedentes, ya se comenzaba a querer averiguar la distancia entre el Perú y el "mar del norte" (el Océano Atlántico).

Orellana entró en Quema con menos de 25 castellanos, medio muertos de hambre y pobremente equipados. Dado que este lugar se encontraba en una apacible sabana, los recién llegados se quedaron descansando mientras Pizarro marchó a buscar tierras fértiles y alimentos,  que empezaban a escasear. Tras unas entrevistas poco diplomáticas con los caciques indios de las tierras vecinas, Gonzalo averiguó que más hacia el este existían pueblos de "gente vestida". En el camino encontró algunos canelos y, en efecto, asentamientos de indios tapados con ropajes, a quienes quitó cierto número de canoas, toda vez que parecía claro que lo más conveniente era adentrarse en el río en busca de nuevas tierras. 

Pizarro mandó construir un bergantín que acompañase a las canoas donde irían los pertrechos, armas y víveres. Aunque Orellana no estaba de acuerdo, era el segundo de a bordo y enseguida se puso a cooperar en la construcción del barco, para el cual, en plena selva, se usaron buenas maderas, lianas (para las cuerdas), resina y hierro.
El nuevo bergantín San Pedro fue botado y comenzó a navegar, llegando a la confluencia del Napo con el Coca. Una parte de la expedición, así como los enfermos y la mayoría de los víveres quedaron en la embarcación, mientras Pizarro, Orellana, el resto de españoles  e indios y los caballos siguieron por tierra sin perder de vista el turbulento Napo. La maleza era espesa e inquietante y se encontraban pocos víveres.  40 días de escaso éxito y cientos de kilómetros de camino después, apenas quedaban alimentos. 



Orellana,  que tenía ya un buen dominio del quechua, informó a Gonzalo Pizarro acerca de que los guías indios le habían dicho que la siguiente región era realmente extensa además de deshabitada, y sin víveres hasta llegar hasta un "gran río", el Marañón, que no quedaba demasiado lejos. 
El de Trujillo se ofreció al menor de los Pizarro para ir en el bergantín para buscar esos alimentos de los que hablaban los indígenas, mientras el resto de la expedición se quedaría en la confluencia del Napo y el Coca. Gonzalo confiaba en Orellana, pues aparte de pariente y amigo se había mostrado leal tanto con él como con sus hermanos Francisco y Hernando en la empresa peruana.  Así pues, Pizarro se quedaría en dicha confluencia, mientras Orellana  y unos 60 hombres (capellán incluido)  marcharían en el San Pedro más diez canoas amarradas, con la condición de regresar en dos semanas. Pero nunca lo harían.

Cargados con los ropajes, los jergones, las armas, las municiones y algo de alimentos, la emprendieron río abajo a finales de año  y al segundo día todo estuvo a punto de irse al garete cuando el bergantín chocó contra un enorme tronco caído en el río, aunque por suerte la ribera estaba cerca y pudo arreglarse. El Napo era ya a estas alturas un poderoso cauce de más de mil metros de ancho, cuyas rápidas aguas llevaban a Orellana y compañía mediante etapas de 100-120 kilómetros diarios; un primitivo rafting por territorios completamente desconocidos. Pasados tres días, no vieron ningún asentamiento y la comida empezaba a escasear, cayendo además en la cuenta que debían estar ya muy alejados de la posición de Gonzalo Pizarro, por lo cual la preocupación pasó a ser cómo remontar la tremenda corriente contra la que habían de remar. 

Fray Gaspar de Carvajal, el capellán y cronista de la expedición, dejó escrito que desde el primer momento estaba clara la disyuntiva de  elegir entre dos opciones: una, al parecer la mayoritaria,  era continuar dejándose llevar por el río, y la otra era tratar de ir contra el Napo en busca de Pizarro, algo que se consideraba una muerte segura pues el San Pedro no era ningún galeón construido en los astilleros.  Volver por tierra parecía otro suicidio, dada la densidad de la selva y el desconocimiento del terreno. 

Por tanto, continuaron, sin tener ni idea de lo que se encontrarían en el siguiente meandro. Imaginaban que el río acabaría llegando al mar, pero nadie sabía cuándo ni dónde. Lo maravilloso y lo terrible de estos tiempos de mapas precarios y con zonas en blanco,  cuando aún faltaban siglos para el satélite y el GPS, y la naturaleza conservaba todo su poder.

Pronto no quedó nada más que un poco de maíz, y llegó el momento de cocer cuero, el cual, para darle más sabor, se sazonó con hierbas de la zona, pero nadie sabía cuáles eran comestibles,  y algunos sufrieron intoxicaciones y alucinaciones, quedando "sin seso" , como se decía entonces. La precaria dieta al menos contaba con cantidades ilimitadas de agua, ya fuera del río o de la lluvia.  El vino era celosamente guardado por el capellán para poder celebrar misa.

Poco después del día de Año Nuevo de 1542, los españoles escucharon a lo lejos el tam-tam de unos tambores, algo bueno o malo, según se mirase. Después de varias semanas sin ver nada,  por fin toparon con cuatro canoas llenas de indios, y poco después pararon en un poblado.  Orellana se dirigió en quechua al consejo de ancianos, para tranquilizarlos a todos y mostrar sus buenas y pacíficas intenciones. El jefe quiso saber de qué tenían necesidad, y el extremeño sólo pidió comida. 

Por una vez fue un feliz encuentro entre culturas, y los castellanos disfrutaron de todo un banquete en medio de la selva; el menú consistió en un surtido de carnes, bastantes clases de pescado, maíz, yuca y batatas. 
Después de la sobremesa tocaba hablar de temas más serios, y  Orellana, fiel a Pizarro hasta el final, dejó claro que pretendía remontar la corriente para reunirse con Gonzalo, aunque fuera difícil. Pero la mayoría de los 50 españoles se negaron, pues lo contemplaban como una muerte segura, viendo, por un lado,  la endiablada fuerza del Napo, las lluvias y las características del San Pedro, y por otro, la oscuridad de la jungla. Tampoco querían parecer unos traidores, y se mostraron dispuestos a obedecer a su capitán, siempre que fuera una alternativa donde la vida fuera una opción. Por último, muchos dejaron sus ideas por escrito, que consistían en declarar que estaban realmente lejos del lugar del gobernador Pizarro y hacia él no podía llegarse ni por tierra ni por agua. 

Firmaron el documento y el 5 de enero de 1542, un acorralado Orellana llamó al escribano Isásaga para declarar que, en contra de su voluntad, la expedición seguiría río abajo, sin olvidarse de Pizarro y los demás, por si aún los alcanzaban, pues tampoco era del todo descartable que éstos construyesen otro navío. Esta escena ante notario, en medio de las soledades de la selva, a miles de kilómetros de la civilización europea, bien puede ser una de las más peculiares y sorprendentes de la aventura española en América. 

Después de tomar posesión de ese pueblo en nombre del rey Carlos, de bautizarlo como Victoria, y de descansar holgada y tranquilamente (demasiado al parecer de Carvajal) la expedición partió el 2 de febrero, Napo abajo. Las aguas, turbulentas y oscuras, dejaban poco margen para la maniobra, y cayeron en una zona infestada de mosquitos; si el aire picaba, el río estaba infestado de caimanes y pirañas.  Poco después, un simpático cacique les visitó, trayendo algunos manjares como tortugas y papagayos. El 11 de febrero los españoles desembocaban en el Amazonas propiamente dicho, ese "gran río" o "Marañón" del que hablaban los indios; en aquel momento era sólo el río grande. No se encontraban muy lejos de la actual ciudad peruana de Iquitos. 

Las siguientes paradas fueron igualmente pacíficas, y en un lugar recibieron de nuevo tortugas, también perdices, y  platos nuevos como manatí o gato asado. Orellana, en calidad  de capitán versado en quechua, soltó un parlamento a los indios, tan habitual en estas circunstancias, en el cual les dijo que los españoles eran cristianos y vasallos del "emperador de los cristianos, gran rey de España, y se llamaba Don Carlos, nuestro señor", y añadió que "éramos hijos del Sol". Esto último pareció agradar a los indígenas, mientras se preguntaban quién sería el tal Carlos. 

A estas alturas el San Pedro estaba maltrecho y el extremeño mandó construir otra embarcación. Materia prima no faltaba, y en algo más de un mes estuvo terminado el bergantín, con todo el mundo manos a la obra, dirigidos por el carpintero Diego Mexía.
Ya era mayo cuando los dos barcos de la expedición  navegaban prestos por el río, cada vez más enorme. Se ensanchó de tal manera que no hubo manera de atracar, pues además las riberas o eran muy inestables o demasiado altas, y se durmió muy poco. Como las paradas eran  imposibles, comenzó a faltar comida que manducar. Cierto día se pudo abatir un buitre con la  ballesta y pescar en el agua un enorme pez, que supo a gloria. Pero a partir de ese momento sólo se comió maíz tostado con hierbas. 

El 12 de ese mes, en cierto punto apareció de repente una escuadra de canoas repletas de guerreros indígenas. Por desgracia no toda la expedición consistió en españoles e indios tocándose el rostro al son de la música de La misión, y Orellana hizo preparar los arcabuces, pero con tanta humedad éstos habían quedado inutilizados; así, se recurrió a las ballestas y las espadas, produciéndose un confuso enfrentamiento donde más de 20 castellanos cayeron al agua en una lluvia de lanzas y flechas. Orellana y  su segundo Alonso de Robles reaccionaron, y junto a otro grupo asaltaron un poblado al borde del río para llevarse víveres, contraatacaron y pudieron embarcar de nuevo, pese al acoso constante de los guerreros. 

Algo más abajo llegaron a la región de Omagua, donde fueron bien recibidos pese a que ya  la lengua quechua, un seguro de vida, no les sirviese de nada pues se trataba de otras etnias y culturas. La expedición pudo contemplar ídolos gigantes y excelentes piezas de alfarería. Además, los indios acogieron a los extranjeros en sus casas, como si fuera lo habitual, pese a que nunca habían visto a un hombre "occidental"; el ser humano puede ser maravilloso. 

Pero debían continuar dejándose llevar por la contundente melodía del río, y vieron asombrados grandes poblados donde la gente vivía en cabañas en los árboles, a salvo del agua. No siempre se detenían, y unas veces eran recibidos a flechazos, otras conseguían comida de buen grado , y en algunas ocasiones los indígenas simplemente huían de su vista. Así llegaron a lo que hoy es la ciudad brasileña de Manaos, donde el Amazonas recibe a uno de sus principales afluentes, un enorme río de aguas oscuras, "negras como tinta", que asombró y desconcertó a los expedicionarios. Lo bautizaron como Negro, el nombre que aún lleva una de las corrientes más caudalosas del planeta (para hacerse una idea, contiene más líquido  que el Mississippi y el Nilo juntos). 

                           El  llamado "Encuentro de las Aguas", de los ríos Negro y Amazonas.


El viaje continuaba tras el aporte del río Negro, y esta vez dieron con poblados variopintos, uno donde había  torreones  y templos dedicados al Sol , y otro donde, por señas, supuestamente entendieron de los indios que los hombres eran tributarios de las mujeres y que una "gran señora"  mandaba sobre toda la región. No tardaron  en comprobar si era verdad o mentira, porque en otra gran confluencia, en este caso la del Amazonas juntándose con el Madeira (un "arroyo" de 3.000 kilómetros), los españoles fueron atacados sin cuartel con flechas y dardos, en ambos casos envenenados, que dejaban seco a un infeliz  en pocos minutos. Fue en esta batalla donde también se vieron frente a diez mujeres desnudas, altas, de piel blanca y cabeza grande, el origen de que el  "río grande" acabara conociéndose como "de las amazonas" (aunque durante un tiempo se llamó "de Orellana" o "Marañón"),  pues el capitán y otros testigos afirmaron que se habían enfrentado a guerreras féminas, como las del mito griego, y al igual que Colón o Cortés décadas atrás. 
Más allá del típico recurso a los clásicos grecolatinos, nunca se supo, y tal vez nunca sabremos, si realmente los españoles se enfrentaron a mujeres guerreras o simplemente se trató de hombres con el cabello largo. 


Más adelante Orellana y sus amigos supervivientes se dieron cuenta que el río empezaba a tener corrientes y comprendieron que ya no estaban lejos del mar. Además la vegetación fue aligerándose y ante la abundancia de islas, estaba claro que ya se encontraban en el enorme estuario del Amazonas; la inmensa corriente volvía inútiles las anclas, arrastrándolos,  despertándose en otro recodo distinto al del descanso. Así, un bergantín quedó dañado por un tronco mientras el otro quedó varado, donde fueron atacados por más indios. Tras rechazarlos, arribaron a una playa donde repararon los barcos, usando las mantas como velas. En cuanto a la comida, sólo pudieron echarse al estómago las pocas caracolas y cangrejos que pudieron recoger, aquejados de dolores, cansancio, hambre y fiebres. 


Y al fin, el mar. No es fácil imaginarse la sensación de euforia que debieron experimentar los españoles, después de meses y meses navegando por un río de aguas procelosas y traicioneras, en medio de una selva tan maravillosa como oscura y demencial, donde por las noches sentían clavados en ellos  los ojos, los alaridos y los cantos de miles de animales desconocidos, como desconocida era la tierra circundante. Sí, en no pocas ocasiones disfrutaron de la hospitalidad de las tribus indígenas, pero en otras hubieron de luchar por su vida a bordo de ese desquiciado crucero,  cuando no era el agua misma la que los engullía, donde no se  sabía qué deparaba el próximo meandro del río.

Pero al fin, el mar. 244 días después de separarse del campamento de Pizarro, un 26 de agosto de 1542, Orellana y sus hombres sintieron en el rostro la brisa marina,  con el vapor selvático impregnado en cada poro de su piel desde enero.  Ya estaban saliendo de ese "infierno verde" al que se refirieron otros viajeros y cronistas. Habían perdido a 14 hombres, pero el mar del norte (el Atlántico) se abría ante ellos, saliendo por las bocas de  la Mar Dulce que ya  hubiera descubierto Vicente Yáñez Pinzón en el año 1500.


Por cierto, ¿qué había sido de Gonzalo Pizarro, a casi 4.000 kilómetros de distancia? 

(Continuará)