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4.8.11

Mediterráneo


Siempre ha estado ahí. Lo he tenido muy presente desde el comienzo de mi vida. Pero últimamente me estoy reconciliando con él. Hablo de cierto mar. De nuestro mar. El Mediterráneo.

Pocos espacios naturales -¿ninguno?- están tan cargados de historia, literatura, mitología, simbología e importancia y tienen tanta trascendencia en la cultura e idiosincrasia de los países bañados por él. Desde los primeros pasos del hombre, cuando empezó a salir de las cuevas, pasando por la época antigua y clásica, con egipcios, fenicios, griegos y romanos, el Mare Nostrum, y continuando con las andanzas de los piratas, primero vikingos y luego berberiscos y turcos. El mar de los caballeros de Rodas y de Malta, de Lepanto, de Cartago, del Nilo y de Egipto, de Tierra Santa, de Tiro, de la Corona de Aragón, de Venecia, de Génova, de Marsella, de Ragusa, de Nápoles. Estambul, Alejandría, El Pireo, Ostia, Barcelona. Templos de mármol. Olivos, pinos y viñas. Las columnas de Hércules. Mar de múltiples dioses, casi tan antiguos como las mismas aguas. Mar preñado de mitos, leyendas y literatura. El mar de Ulises y la Odisea, de Jasón y los Argonautas, de la Eneida, del Minotauro, del Conde de Montecristo, de los Corsarios de Levante. Catalanes, sardos, almogávares, normandos y otomanos. En sus aguas han guerreado paganos, cristianos y musulmanes. Han pescado o navegado mil culturas. Siempre con la ayuda o bajo la ira del mistral, el levante, el lebeche, la tramontana, el siroco o el poniente. Ese mar al cual Fernand Braudel dedicó su monumental obra histórica. El mar "en el medio de las tierras", realmente una relativamente pequeña extensión de agua dentro del planeta, pero situada entre Europa, África y Asia, una de las zonas más importantes para la humanidad desde el comienzo de los tiempos, desde que el hombre es hombre (con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva).

¿Por qué me estoy reconciliando?. Bueno, nunca me he peleado con él. Yo nací en Almería capital (desde el mismo hospital donde abrí los ojos se contempla una preciosa vista de la bahía) y nunca he renegado de mi origen y de la cultura mediterránea. No es que me reconcilie, es que siempre lo estoy redescubriendo, siempre me sorprendo admirándolo de nuevo y sintiéndolo por los poros de la piel. Aun cuando me encante Castilla y lo castellano (algún día escribiré también sobre eso) y le tenga en muy alta consideración , es innegable que soy mediterráneo, me encanta el mar -o la mar-, nací en sus proximidades y lo llevo sintiendo desde mis primeros días, "quizá porque mi niñez / sigue jugando en tu playa...". Lo siento por Castilla, pero no tiene mar, "no puede ver el mar", como escribió otro catalán, Joan Maragall. Pero ésa es una de sus señas de identidad. Con mar Castilla no sería Castilla. En fin, el Mediterráneo.

¿Lugares en concreto? Infinitos, prácticamente. Centrándome en España, podría empezar por los de mi tierra, con sus atardeceres eternos, sus recodos rocosos y sus aguas limpias y vírgenes. Las Salinas del Cabo, Las Sirenas, San José, Mónsul, Genoveses, La Isleta del Moro (lugar simbólico de parte de mis recuerdos familiares. Cuando veas la Isleta, puedes morir tranquilo), Aguamarga, Los Muertos, Terreros, El Playazo, Mojácar. Incluso la de El Zapillo, con su arena sucia y sus desconchados edificios. Todas son especiales. Sobrepasa Adra y Castell de Ferro y alcanzarás Salobreña, Motril y Almuñécar, lugares subtropicales de caña de azúcar y chirimoyas y de ciertas evocaciones familiares para mí. Contempla las cuevas de Nerja y sus preciosas playas con las casas pegadas a los acantilados. Luego Málaga y la Costa del Sol, ya algo en sí, como concepto, más desvirtuado. Volvamos a Almería. Sigue más arriba, al norte, y detente en la cálida Murcia de mi corazón, en la bonita Águilas, las rocas y acantilados de Mazarrón, Cartagena (verdadero puerto antiquísimo, trimilenario), el airoso Cabo de Palos o el Mar Menor ( a mí me gusta más bañarme en el Mayor. Soy de agua fría). Aunque aquí ya empiece a masificarse la cosa, sigue siendo el Mediterráneo. Como más al norte, en la provincia de Alicante, donde, Santapolas y Torreviejas aparte, siguen quedando reductos casi vírgenes como la Isla de Tabarca, un lugar donde merece la pena detenerse un buen tiempo. Toda la vida . La ciudad de Alicante, hermosa si vienes desde el mar, con el Benacantil y su castillo de Santa Bárbara dominándola. Quitando los desmanes urbanísticos de la propia Alicante o Benidorm, siguen quedando lugares extraordinarios como la preciosa Altea y sus casas blancas encaramadas y calles estrechas, o Calpe y su Peñón de Ifach. Bañarse a la sombra de sus más de 300 metros de pura roca no se olvida fácilmente. Desde aquí se ve Ibiza. Las Baleares, islas que aún nos pertenecen, aunque los alemanes y los ingleses se las quieran anexionar. Normal que deseen esas cinco perlas llamadas Mallorca, Menorca, Ibiza, Formentera y Cabrera. Ya en tierra de naranjos y arrozales, tenemos tierras colonizadas desde muy pronto, con núcleos como Denia, Gandía, Cullera y Valencia, con sus ventosos arenales contiguos a la Albufera y esa luz irreal tan bien reflejada por Sorolla. En la Costa del Azahar se encuentra Peñíscola, otro de mis lugares favoritos. Subir al castillo del Papa Luna, contemplar el casco antiguo blanco en el espolón y el mar y luego bañarte en sus claras aguas, en esa linda y recta playa donde se rodó El Cid hace 50 años es otra experiencia impagable. Más aún si degustas una paella aireado con la brisa del mar y mirando al azul profundo de las aguas.

Pero no sólo de arroces bien hechos o no y restaurantes se vive. Mis mejores recuerdos playeros son los de bocadillo de sobrasada, melocotón o sandía enterrada en la orilla y la mejor de las compañías. Una barbacoa. Murmullo de gente. O ir cargado de arena hasta en el carné de identidad, tras bañarte con un poniente de narices. O cuando una maldita medusa te hacía una caricia, o un simpático erizo te dejaba un recuerdo bien dentro de la carne. Recorrer espigones y rocas por arriba andando y por abajo, buceando. Bañarte al atardecer, o en la noche serena. Hogueras. Recuerdos más íntimos. Olor a salitre, alga y pescado. Fritura de plancha flotando por las terrazas. Calles iluminadas de noche. Castillos en el aire, ya sean de fuegos artificiales o no. Reflejos en el agua. Recuerdos que se quedan pegados al corazón como la sal al cuerpo.

Pueblos pesqueros, turísticos o los dos a la vez, lugares de barcas, fuertes vientos, jabegotes y lonjas. Casitas blancas. Caldero de pescado y marisco a la plancha. Lugares antiquísimos y peculiares. De aquí y de allá. El sitio siempre parece el mismo. Ya sea La Isleta, Corfú, Rodas, Jávea, Orán, Cadaqués, Sorrento, Taormina o Castelnuovo. Que los españoles mediterráneos tenemos muchas más cosas en común con italianos, griegos, turcos o argelinos del mismo mar que, por ejemplo con ingleses o la mayoría de los franceses es bien sabido, pero es que si me apuras, también hay diferencia con vascos o gallegos. Se da uno cuenta nada más ver las casas, el modo de ser y de vida, la cultura popular y la luz o el paisaje, conformadores de un carácter y de una idiosincrasia peculiar. Aunque existan urbes mediterráneas feas y descuidadas, y a veces deteste ciertas cosas del carácter de sus gentes y su forma de ser, bien es cierto que todo va incluido en el paquete. Nada es perfecto. Pero bien lo vale . Y las cuatro estaciones del año, desde luego. Ay, el Mediterráneo.

Una de las cosas por las que sigue mereciendo la pena vivir (y aún se puede hacer, pese a que nos estemos cargando el ecosistema) para mí, es sumergirme en el agua, abrir los ojos sintiendo el picor de la sal en las córneas y volver a salir tras ese bautismo. Darme la vuelta y contemplar las cortinas rocosas, los pinos, las casitas blancas o alguna torre de cemento incluso; aún así, en esos cristales y edificios se refleja la luz de la mañana o del atardecer, y sigue siendo bello y único. O adentrarse poco a poco en sus tranquilas aguas. Y notando el olor a salitre, a mar, a más de seis mil años de avatares. No hay palabras.

Nací en el Mediterráneo.

17.6.11

La bóveda eterna


Me encanta viajar. Visitar lugares, pueblos y ciudades. Tengo todavía pendiente una gran ruta por España, desde luego, cuando el dinero sea mi amigo. Aunque fuera de nuestro país, existe una urbe que tengo muy presente. Y más desde que fui en 2005, cuando incluso nos pilló encima todo el fregao del fallecimiento y las exequias del Papa, que ya es casualidad. Hablo, claro está, de la ciudad de Roma, la cual la tengo siempre muy presente como digo, pero que ahora, con el visionado de Los Borgia en Cuatro y un par de asuntos más ha vuelto con fuerza a mi pensamiento y mi corazón. Quién viviera allí...

Desde luego Roma no necesita presentación. Todo lo que dijera aquí de poco serviría. Es una de esas ciudades inmortales (la auténtica Ciudad Eterna, desde luego) mediante las cuales te sientes un poco más orgulloso de ser humano, por así decirlo. Roma es antigüedad, arte, humanidad, historia, todo a toneladas, vida y frenesí, plazas y calles repletas de gente y vías atestadas de tráfico, donde para cruzar de un lado a otro has de tirarte realmente a los coches. Más de tres millones de personas, no siempre del todo civilizadas. Roma es caótica y puede llegar a ser bastante sucia y desordenada. Al fin y al cabo, es la ciudad del Anfiteatro Flavio y del Circo. Pan y circo. El circo de hoy es el fútbol. No soy demasiado futbolero, pero uno de mis equipos del alma es la Roma (Associazione Sportiva Roma) , un club con escasos títulos en su octogenaria historia, un claro ejemplo de una institución con más sentimiento que éxitos. Desde luego no todos los equipos tienen en el escudo a la loba capitolina y visten los colores de la ciudad, el rojo granate y el naranja dorado.
En fin. Roma siempre ha estado ahí. Desde Rómulo y Remo, los Césares, las catacumbas paleocristianas, las invasiones bárbaras, las brumas altomedievales, Miguel Ángel , los Papas pomposos y a veces lascivos del XVI y XVII, el refinamiento neoclasicista y la Unificación de Italia. Los famosos y ajados adoquines de sus calles simbolizan a la perfección el corrido de la urbe. Aunque actualmente se parezca poco a esa ciudad de película italiana de los 50 y 60, tipo La dolce vita; la globalización hace que actualmente Roma sea, curas, cardenales, madamas depredadoras y trattorias aparte, también pakistaníes que te intentan vender un paraguas cuando caen cuatro gotas, puestos de negros vendiendo baratijas en las cercanías de la columnata de Bernini en el Vaticano o chinos quienes, fieles a su carácter, te hacen de todo, como regentar restaurantes supuestamente italianos donde te sirven una pizza bastante discutible. Al menos los propios italianos se siguen ocupando de sus insuperables gelati...qué mejor lugar para tomarte uno de stracciatella que la Fontana di Trevi.

Es francamente imposible quedarse con un solo lugar de Roma. Si hay ciudades con un monumento que justifica casi por sí solo su visita, Roma tiene varios. Muchos. ¿Con cuál me quedaría? ¿Las ruinas del Foro, preñado de historia y política? ¿El maltrecho Coliseo, símbolo de la crueldad humana, con sus gladiadores de charol haciéndose fotos con los turistas? ¿El monte del Capitolio, antiquísimo y renacentista, con su escalinata de Miguel Ángel y su Marco Aurelio de bronce a caballo? ¿Las iglesias barrocamente barrocas, como Il Gesù , Sant´Ignazio o San Luigi dei Francesi, cuando Roma era Caput mundi? ¿La espectacularidad gigantesca de la basílica del Vaticano, o la más pequeñas y coquetas de Santa Maria Maggiore y San Juan de Letrán? (San Giovanni in Laterano, qué bonito es el idioma italiano, desde luego) ¿La Piazza Navona y sus fuentes de Bernini? Pues no. Me quedo con el Panteón. El Panteón de Agripa. Por cierto, siempre me ha gustado nominarlo de esa forma, en vez de "de Roma", por ejemplo, acaso por más sonora (aunque Agripa no moviese un dedo por él) y para diferenciarlo de otros como el de París, aunque el romano fuera el primero de todos y desde luego no necesite otro nombre en su título para hacerlo peculiar.

Tampoco voy a aburrir ahora con una entrada sobre Arte, primeramente porque hay gente que sabe mucho más que yo y segundo, porque me voy a centrar en las sensaciones e impresiones de este Monumento, con mayúsculas. Ya me quedé prendado de él cuando estudié Historia del Arte en mi último año de Bachillerato, por lo cual mis deseos de contemplarlo in situ eran infinitas. Y no me decepcionó, desde luego.



Una de las pocas cosas que hago muy bien es orientarme siempre en todos los sitios y no perderme nunca realizando las rutas. Supongo que tendrá algo que ver mi gusto por los mapas y planos. Y desde luego, para contemplar el Panteón la jugada me salió redonda; veníamos desde el Tíber y, aproximándonos a la Piazza della Rotonda, tuve a bien escoger una callejuela estrecha que desembocaba en el extremo norte de la plaza, así que nos encontramos de sopetón, y sorprendidos por la visión, entre el gentío, el calor y el murmullo humano, con la mole. Sus ocho enormes columnas mirándote descansadamente desde hace siglos y siglos, y la inscripción M.AGRIPPA.L.F.COS.TERTIVM.FECIT (básicamente que Agripa lo hizo, es decir, ni una palabra de Apolodoro de Damasco, probable arquitecto) campeando de forma rotunda como sólo los rótulos de los antiguos romanos saben imponerse. Agripa fue, por cierto, general y colaborador del emperador Augusto (27 a.C-14 d.C) y el templo actual data de la época de Adriano (117-138 d.C), cuando se reconstruyó el templo destruido, levantado en los años del tal Agripa.

Bueno. Ya de por sí impresiona ver el exterior, y es cuando se te vienen a la cabeza muchas preguntas, como cuántos siglos lleva ahí, qué demonios le echaban al hormigón los romanos, cómo levantaban más de cuarenta metros -encima hueco por dentro- y cómo ha aguantado (y sigue aguantando) el templo las inclemencias climáticas, los terremotos, los avatares históricos, varias invasiones y sacos y alguna guerra mundial de por medio. Impresiona también flanquear la sobriedad de la entrada y sus enormes puertas.

Y ya dentro...no hay palabras. En primer lugar porque te quedas sin habla, y en segundo porque, si hay palabras, ninguna es adecuada para el interior. Cualquiera se queda corta frente a la inmensidad. El Panteón es, en puridad, un templo dedicado a las siete divinidades de la mitología romana, es decir, el Sol, la Luna, y Júpiter, Saturno, Urano, Venus y Marte, por lo que la construcción del mismo edificio, su forma, quiere rememorar, simbolizar, el cielo. Una bóveda celestial. El espacio infinito, el Universo. Te sientes realmente pequeño e insignificante bajo los casetones y la ventana central de 9 metros de diámetro, arriba del todo, desprendiendo luz asemejándose al Sol. La máxima altura supera los 43 metros. Para hacernos una idea, es ligeramente mayor que la del Vaticano, si bien ésta queda acojonantemente suspendida en el aire, aunque fuera construida 1.500 años después del Panteón. Caminas por su pulido suelo y apenas reparas en las tumbas de Rafael Sanzio o los reyes Víctor Manuel II y Humberto I. O que fue transformada en iglesia en la Alta Edad Media y por eso, probablemente, se salvó. Cállate y contempla, necio.
Tus pasos retumban en el silencioso interior, como tantos millones y millones de pasos que han surcado su suelo desde su construcción. Cuando regresas a la plaza y te vuelves a bañar en el murmullo y en los gelati, es como si volvieras de otro lugar muy lejos de allí.

El Panteón de Agripa. No parece ni humano. Monumento inmortal de una ciudad eterna, por los siglos de los siglos.

7.4.11

Sangre, arena.... y semen


Bueno, pues ya ha terminado en Cuatro la primera temporada de Spartacus: Blood and Sand. Actualmente no hay continuación por la grave enfermedad del actor protagonista, por lo que se procedió a realizar una precuela (Gods of the Arena). Deseándole una pronta recuperación y toda la salud del mundo al galés Andy Whitfield, procederé ahora a despotricar un poco contra la serie.

Sí, despotricar. Lo siento por los fans (y las fans) de la serie. Desde luego no me parece la peor serie del mundo, de hecho tiene aspectos positivos, pero no me entusiasma tanto como a algunas personas, las cuales me la recomendaron fervientemente. No me llega a convencer del todo.

Al principio creía que sería una mezcla entre Gladiator, Roma y 300, o algo parecido. Nada más lejos de la realidad. Se asimila a la película de los espartanos, cierto, en su estética de combates a cámara lenta (aunque en esta serie son bastante menos realistas, con decapitaciones de serie B, y mucho más fantasiosos e irreales, si cabe) sangre a borbotones (aunque la proporción entre Spartacus y 300 sea de 20 litros a 1 o 2 de líquido) y proliferación de hercúleos torsos depilados (si bien resulta más filogay la de los gladiadores en comparación con la de los valientes de Leónidas) .Pero ahí se acaban las similitudes.

Desde luego 300 no fue tampoco una película histórica al uso (tampoco se las daba de histórica, desde luego). Basada en un cómic, interpretaba la historia de la heroica batalla de las Termópilas y de Esparta a su manera, y predominaba la fantasía en gran parte de las escenas. Pero tenía algo, como el lenguaje, las frases, las interpretaciones de los personajes y sus miradas, su determinación, la voz del narrador, incluso la música, etc, que provocaba que te implicases con los protagonistas, padecieses sus penurias, te emocionases incluso (por no hablar de Gladiator...) Roma era una serie violenta y para adultos, no fue nada del otro mundo, pero tenía algo más de guión (aunque también abundaba el lenguaje chabacano y las escenas subidas de tono, continuamente) y suficiente historia interior. En Spartacus resulta complicado ver más allá de los cubos de sangre, las amputaciones físicas y las declaraciones de machito de guimnasio. Hay una historia de personajes, hay un trasfondo; pero no es fácil verlo, por lo menos para mí. Acaba uno (yo, por lo menos. No sé el resto de la gente) saturado del lenguaje soez y patibulario, totalmente extemporáneo (cierto que no es una serie histórica, que es fantástica-erótica, pero...sigue sin gustarme esa tendencia de hacer pensar y actuar a personajes antiguos como si fueran actuales), de la pobreza del guión (la mayoría de las veces) y de las muy gratuitas escenas de sexo explícito que la mayoría de las veces no aportan nada.

Sexo explícito. Es fácil tildarme de mojigato. E injusto. Más que nada porque no lo soy. Bueno, desde luego la serie da lo que promete, esto es, sangre y espectáculos en la arena, aunque para ser honestos en el título deberían haber incluido "y sexo", o "y carne" , o algo así. "Semen", mejor. Totalmente. Con rigurosos planos de genitales masculinos rasurados y femeninos (con toda la pelouse...entonces exclamo "oh, vaya, Ilithia no lo lleva depilado...¡lo sabía! . Esto es vital para la trama. Ya puedo dormir tranquilo") y todo lo demás. Y por supuesto sudorosas y detallistas escenas en el ajo. La serie pretende ir de transgresora, desde luego, creyendo que por mostrar esas escenas (o incluso escenas homosexuales de sodomización) más transgresora es, aunque se queda en tópico, en lo fácil. Y de provocadora, y se queda en parodia. Algo hortera. De hecho, más que de 300, queda más cerca del horterismo carnavalesco de películas como la polémica Calígula, protagonizada por unos decadentes Peter O´Toole (antiguamente Lawrence de Arabia) y Malcolm McDowell (protagonista de La naranja mecánica) en el año 1979. Semi-pornografía de mascarada. La ambientación en la lasciva Roma (si bien el ludus de los gladiadores se sitúa en Capua, la cual, en la serie, más que en una fértil llanura de Campania parece que se encuentre en los Andes o en el Himalaya) es el único pretexto para enseñar kilos y apéndices de carne, así porque sí. A mí me aburre, personalmente. Pero soy yo. Si te basta con una serie que sean toneladas de eso, con alguna pequeña historia dramática por ahí y alguna frase memorable entre tanta polla, coño, joder, puta, pollas de Júpiter, por los putos cielos, mantén tu polla pegada a tu cuerpo, ¿con qué polla te vas a tirar mi cadáver?, por las pollas de los dioses, quiero sentir tu polla dentro de mí, etc, etc, pues te encantará Spartacus. Y lo respeto, conste en acta. Para gustos, colores.

Pero lo siento. Para mí los diálogos son una estafa la mayoría de las ocasiones y a veces resulta complicado encontrarle seriedad o emoción a lo que dicen o a las tramas. Si ves a un maromo casi afirmando "La polla me llega hasta el Vesubio, qué macho soy", pues luego es difícil creerse si sufre, si padece o si está enamorado de tal esclava. Hay que hacer un gran esfuerzo para implicarse. Seres musculados al máximo que sólo saben hacer dos cosas, ambas relacionadas con la carne: o seccionarla o introducirla en otro cuerpo. Cierto que hay personajes menos patibularios y menos machos alfa como el propio Espartaco o su amigo Varro (de los escasos personajes positivos, amables, de la serie). Pero para mí han destrozado a Espartaco. Deberían haber dejado en paz al esclavo rebelde. Cierto que los responsables de la serie no buscaban una fiel recreación histórica al estilo de Yo, Claudio, por ejemplo. Supongo que su intención era acercar al público y a la juventud el personaje del tracio rebelado contra Roma, pero apostando por lo más exitoso, obvio y fácil. Músculos, sangre y sexo, con poco guión, trasfondo y verosimilitud. Decorados irreales de cartón piedra o de ordenador (Capua parece sacada de algún juego tipo Total War o Age of Empires) con un cielo ocre de nubes veloces todo el tiempo.

Intentando dejar a un lado el lenguaje soez (la abundancia del palabro polla es increíble, insisto con ello. La verdad, no soy un purista que abogue por el lenguaje limpio, ni se escandalice por hablar zafiamente. Ahí está el ejemplo de las películas de Tarantino, de Scorsese o de Al Pacino, las cuales me encantan. Ahí puede quedar bien. Pero en Spartacus queda fuera de lugar, atemporal y se hace muy, muy repetitivo, haciendo quedar por académicos de la lengua a los mafiosos de Nueva York, Los Angeles o Miami, ya que éstos saben decir algo más que polla), intentando dejar a un lado el lenguaje soez, como digo, algunas actuaciones de actores son bastante buenas, como el propio protagonista, quien no suele hablar al estilo de sus hormonados compañeros y en ocasiones produce verdadera tristeza. También destacan, a ratos, Batiato por su maldad disfrazada de honestidad, Doctore por su rectitud, serenidad y disciplina o Ilithia por su atractiva perversión casi diabólica. Del resto, poco más. La actriz que fue Xena, la princesa guerrera (Lucy Lawless) se pasa toda la serie hablando de pollas, coños y tirándose a Crixo (el galo rival de Espartaco) , quien da totalmente el pego de actor porno.
Si bien, siendo honestos, es plausible la mejora de la serie según avanzan los capítulos (porque he visto la temporada entera, para realizar una crítica completa) aunque con algunos altibajos, pero sí. En mi opinión, cuando abandonan un poco ese lenguaje monotemático y esas escenas repetitivas y se centran en las traiciones, convicciones y decisiones de los personajes, acelerándose los acontecimientos (precisamente en el último capítulo, y es una verdadera orgía, esta vez de sangre) y se realizan discursos más serios, es cuando la serie alcanza entonces sus mejores momentos. Aún así, le falta algo y le sobra también algo.

Pan (carne) y circo. Pelín hortera. Pornografía reconvertida en serie. Si querían una porno, no hacía falta disfrazarla de serie pseudo-histórica-dramática-gore, ¿Pero todo junto?. Serie sobrevalorada, en mi opinión. La apreciarás si te basta con sangre y vísceras a saco, camboya a mansalva y diálogos de presidio o guimnasio. Si buscas algo más elaborado, con buen gusto (se pueden decir cosas buenas y malas de Spartacus. Pero no que tenga buen gusto) con un poco más de trasfondo, emoción y contenido, más allá de las alcobas romanas, igual no te gusta, o no te gusta tanto, o te aburre un poco.

Supongo que la solución podría ser no tomársela en serio y desprenderla del rigor exigible. Contemplarla como puro entretenimiento, como sea, similar al de los patricios romanos. Entretenimiento básico (muy primario) y simple. Tan primario y simple que lleva a preguntarme si seguimos sin bajar del árbol o sin salir de la cueva. ¿Éste es el entretenimiento preferido, el único? ¿Sangre y sexo?. Pero, ay, ¿si no te llega a entretener? ¿Si llega a aburrir? ¿Si no te cuenta mucho más aparte de que Fulano dé estopa a mujeres y hombres (a cada colectivo de un modo distinto) o Mengana sea una pervertida diabólica?

Así que ya podéis tildarme de mojigato, pureta, pelmazo o excesivamente exigente. No está del todo mal la serie, repito. Pero prefiero las mencionadas 300, Yo, Claudio o Gladiator (cada una en su estilo, y bien diferentes) y algunas películas más antiguas. Personalmente me sigo quedando con esa maravilla de hace 51 años llamada Espartaco, de Stanley Kubrick y protagonizada por Kirk Douglas, Peter Ustinov, Laurence Olivier, Charles Laughton, Jean Simmons y Tony Curtis, entre otros. Una película bastante política, con alguna que otra apología del comunismo, pero un prodigio en muchos sentidos. Ambientación, diálogos y profundidad de personajes, por ejemplo. Enorme película. Una de las mejores de la historia del cine.