El lunes por la noche pudimos asistir al último capítulo de la segunda temporada de Isabel, en la 1 de TVE. Así, ya en enero de 1492, se nos mostró la entrega de las llaves de Granada por Boabdil a los Reyes Católicos, en una emocionante y bella escena claramente inspirada (era un calco) en el célebre cuadro de Francisco Pradilla (1882) sobre la rendición de la ciudad. Tantos anhelos, tantas esperanzas en ese momento de las llaves, por fin el triunfo total llegaba después de más de 700 años de Reconquista...Granada era cristiana.
Aunque el capítulo no acabó ahí, pues luego se versó sobre la consiguiente expulsión de los judíos, la reorganización del reino y todo lo relativo al viaje de Colón, la escena de Granada era claramente la más importante y el final rotundo de estas dos temporadas de serie, desde que comenzaran con la infancia y adolescencia de Isabel, hacia el año 1461. Pese a las dificultades económicas y las incertidumbres, el éxito (tanto en audiencia, como en crítica y en premios) de la serie ha sido tal que en poco tiempo tendremos una nueva temporada, ya centrada en los primeros años en América, las relaciones con el Papa Borgia, la figura de Cisneros, los asuntos de Italia o los matrimonios de los hijos de los reyes.
Ya comenté por aquí hace tiempo la larga espera hasta ver la serie y, en su momento, no me decepcionó, acostumbrado como está uno al bajo nivel de las producciones españolas y más si son de tipo histórico (Toledo, Hispania, Eboli, ¡ejem!). Isabel, vuelvo a repetir, se elevó y se eleva por encima de todas por su cuidada ambientación (aunque a veces abusa de los efectos digitales, notándose demasiado) , el buen gusto, la cierta calidad de sus diálogos, el uso de un lenguaje correcto con pocas licencias actuales, lo notable del trabajo de un buen número de actores y actrices y, también, porque enseña historia y divierte a quien hasta ese momento la tuviera recluida y arrinconada en los libros. Ya dije hace más de un año, con los capítulos más exitosos, que en una librería ví a una mujer preguntar por "algún libro de Isabel la Católica".
Y sí, la ambientación es en general buena, con predominio de las escenas de interior sobre las de exterior, el uso de las fortalezas castellanas que aún quedan en pie y un hasta cierto punto lujoso vestuario, rico en detalles. La música además acompaña, aunque quizá se echa en falta alguna composición de la época y más de un villancico o un romance cantado. Los diálogos son rotundos, atrayentes y de calidad, huyendo de la chabacanería habitual, usándose como digo un lenguaje más o menos parecido al de finales del siglo XV en Castilla, pero con ciertas y lógicas licencias, para agilizar las conversaciones y hacerlas más atractivas para el espectador medio, aunque un historiador o un filólogo quedaría completamente feliz si los personajes de Isabel hablasen como se puede leer en Fernando del Pulgar, Juan del Encina, Hernando de Talavera o en cualquiera de los muchos documentos firmados por los reyes.
También son buenas la mayor parte de las interpretaciones, destacando Fernando (Rodolfo Sancho), el marqués de Villena (Ginés García Millán, éste de la primera temporada), el arzobispo Carrillo (Pedro Casablanc) , Chacón (Ramón Madaula), fray Hernando (Lluís Soler), el Muley Hacén (Roberto Enríquez) e incluso la propia Isabel (pese a mis reservas iniciales, me ha acabado sorprendiendo Michelle Jenner).
Por contra, siendo más frío y crítico, la serie también tiene sus defectos.
Uno de los más notorios es la narración acelerada de los acontecimientos en ciertos pasajes de la serie, pues los años se nos muestran volando, un paso del tiempo que no se refleja adecuadamente en el envejecimiento, al menos aparente, de los personajes principales (de esto también adolecía Los Tudor). Michelle Jenner (27 años) interpreta a Isabel desde que ésta tiene 16 años, en 1467. Hasta 1492, ya una mujer de 41 años, su aspecto físico es prácticamente el mismo, con la única diferencia de cubrir su larga melena castaña, cuando realmente Isabel a esa edad debía notársele mucho el paso del tiempo, teniendo en cuenta la esperanza de vida por aquellos entonces, y más con la vida itinerante que siempre tuvo y que también tuvo Fernando de Aragón. El actor que interpreta a éste, Rodolfo Sancho (38 años, algo que se nota muy mucho en contraposición a Jenner) también presenta prácticamente la misma apariencia siempre, y eso teniendo en cuenta que cuando se casó, en 1469, tenía sólo... ¡17 años! (era un año menor que Isabel). Eso sí, la barba que no falte. Prácticamente todos los personajes principales la lucen, aun cuando en esta época lo normal entre nobles y personalidades era ir afeitado, y el vello capilar quedaba para el vulgo, ciertos religiosos, eremitas, o artistas. Fernando, el Gran Capitán, Colón, Chacón, Cárdenas, Beltrán de la Cueva, etc, todos, llevan barbita ; y en los retratos y testimonios de la época podemos ver que no la presentaban, pero en pantalla siempre queda más romántico.
En el bando contrario, los nazaríes cuentan con la enorme suerte y ventaja de vivir en la Alhambra (se abrió de nuevo después de muchos años para las cámaras) , y en cuanto a su representación -interpretaciones de los actores aparte- es realista, pero adolece un tanto de ese filoarabismo dominante, que tiene a idealizar demasiado a los árabes y musulmanes, en la línea del romanticismo del siglo XIX. Aunque la verdad, siempre me parecieron atractivas figuras como la del Mulay Hassan (o Muley Hacén), padre de Boabdil y antepenúltimo emir de Granada, quien eligió ser enterrado en el lugar más alto y más alejado de las personas: en el mayor pico de Sierra Nevada, que se llama así (Mulhacén) en su honor.
Más defectos o aspectos a mejorar, y no quiero ser exhaustivo, serían también las confusas escenas de acción y el desaprovechamiento del paisaje castellano, tan rotundo en su grandeza. Desde la Cordillera Cantábrica a Sierra Morena hay extensos campos, dorados, legendarios, sencillos pero grandiosos, perfectos para ser filmados. Además, en la serie exponen como muy fácil y casi instantáneo el viajar por ejemplo de Burgos a Toledo, de allí a Zaragoza, o a Sevilla, y de allí a Sintra, para luego llegar hasta Barcelona pasando por Segovia, cuando hay cientos y cientos de kilómetros, accidentes naturales, inclemencias del tiempo y asaltadores de caminos. Por otra parte, al ser una serie española se notan las lógicas limitaciones de presupuesto, y tanto cuando se emplean los efectos por ordenador se nota demasiado (por ejemplo una Sevilla bastante irreal que parece sacada del Age of Empires) como en las luchas entre hombres, que se suelen limitar a pequeñísimos grupos, una cabalgada y dos espadazos.
Por último, un detalle que quizá haya gente le parezca sin importancia, pero para mí si la tiene y lo he ido constatando capítulo a capítulo. En la serie, aun siendo fidedigna y correcta en mayor o menor medida en cuanto a rigor histórico, nadie dice, ni en voz alta ni en voz baja, la palabra maldita: España. No sé si por llevar la corrección política al máximo, o porque Isabel es un producto mayormente catalán, en cuanto a dirección, guionistas, producción y demás (aunque pese a ello, han sido vetados para rodar en Barcelona, tal vez por ser una serie de historia verídica de España) o por otra razón, pero se han cuidado muy mucho de que nadie lo diga. Así, abusan del Castilla, del Aragón y de la Península. Aclaremos, los Reyes Católicos nunca se llamaron a sí mismos ni dentro de sus reinos "Reyes de España", aunque curiosamente en Europa sí se les conocia así...pero de ahí a desterrar de la serie el término, cuando era habitualmente usado entre las gentes y en los escritos, media un trecho. Vamos, con total seguridad a Fernando no le dijeron "Majestad, habéis conseguido unificar la Península" , como se vio en el capítulo. Por cierto, cuando Cristóbal Colón llegó en 1492 al actual país de República Dominicana, llamó a la isla "La Española" (la "Hispaniola" de los piratas ingleses). Le bautizó como La Española, no La Castellana o La Peninsular.
Aún así y expuesto todo lo anterior, Isabel es una estupenda serie, que acerca, divierte e instruye al público en general sobre las características y vicisitudes de una época irrepetible y crucial en la Historia de España. Una época injustamente olvidada y denostada por haber sido exaltadas sus virtudes (que las tuvo, indudablemente) y minimizadas sus sombras (que también las tuvo) por el régimen dictatorial de Franco. Pero ahora, muchos años después, vuelve a la actualidad en la mejor de las formas. Por centrarme en sus dos figuras principales, refleja muy bien, por un lado, la personalidad mujeriega, calculadora, sagaz y astuta de todo un Fernando II de Aragón, verdadero inspirador de "El Príncipe" de Maquiavelo, y las lógicas rencillas y tensiones que tuvo con los castellanos y con su propia mujer la reina, pues él en Castilla pintaba menos. Por otro, la figura sufridora, virtuosa y religiosa (pero religiosa como era lo habitual) y la vez rígida y poderosa de Isabel I de Castilla. Por cierto, que en la serie se da una imagen de Isabel más suavizada e idealizada de carácter a como fue en realidad, descargando el peso de las decisiones más polémicas (como la expulsión de los judíos, acto que es necesario entenderlo en su contexto, pues, por ejemplo, Inglaterra la había efectuado ya en 1290, y Francia en el siglo XIV, o la Inquisición) en figuras malvadas por antonomasia como fray Tomás de Torquemada.
Pero, en suma, fueron dos monarcas excelsos, dos figuras irremplazables, con sus luces y sus sombras, que con su unión (matrimonial y de reinos) y con sus acciones y decisiones cambiaron para siempre el destino de una España que salía de la Edad Media y de la Reconquista, erigiéndola en una de las monarquías más poderosas del mundo y expandiéndose además por un nuevo continente: las Indias (América). España, o la Monarquía Hispánica, con Castilla, Aragón y demás reinos y posesiones, iba a cambiar el mapa de Europa y de los vips del continente no iba a salir, con altibajos, hasta 1815.
Larga vida a los Reyes Católicos. Y muy bien por Isabel.
- Lo mejor: la ambientación, el cierto rigor histórico, el buen gusto en general, el trabajo de los actores y las actrices, los diálogos de calidad, y la enseñanza que de la Historia de España efectúa, con ciertos acontecimientos y personajes muy bien recreados.
- Lo peor: el uso chapucero del ordenador, la narración apresurada sin correspondencia con el envejecimiento de los personajes y a veces con confusión de los acontecimientos, las escenas de acción, la banda sonora rimbombante y demasiado fuerte y solemne en ocasiones donde los momentos no lo son tanto, y la corrección política (omisión de "España").
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30.9.12
...E Isabel llegó
Sí, al fin, y después de innumerables retrasos y trabas motivadas por la situación económica, llegó por fin a las pantallas Isabel, una de las mayores apuestas de Televisión Española por la ficción de calidad y verdaderamente el primer intento de acercar la historia de los Reyes Católicos al público en general desde las denostadas (las más de las veces con razón) películas de los años 40 y 50, en plena posguerra.
De hecho ya hablé de esta serie cuando supuestamente estaba a punto de ser estrenada, y no miento si reafirmo que es una de las producciones españolas más aguardadas por mí. Primero por mi pasión declarada a la época de los Reyes Católicos y segundo porque, al realizar la serie TVE, ésto suele suponer sinónimo de calidad y cierto nivel (salvo contadas excepciones).
Y realmente no me ha decepcionado. No es perfecta, pero qué demonios, quién soy yo para juzgar, censurar y criticar despiadadamente. Seamos indulgentes. La serie es muy disfrutable, tanto por vestuario, música o por escenarios, tanto interiores como exteriores, especialmente éstos, al aprovechar la grandeza del paisaje castellano, prácticamente inalterable en ciertas partes desde hace siglos. Y desde luego el guión, con un lenguaje y unas expresiones que no chirrían demasiado, en el sentido de no poner en boca de personajes de 1465 expresiones del siglo XXI, ha estado a la altura. Es muy de agradecer el cuidado puesto en todo.
Hablando de personajes, la citada época de los Reyes Católicos (la serie se centra en la figura de la reina Isabel, y comienza en su infancia y juventud. Ignoro hasta dónde quieren llegar, aunque por desgracia quedó suspendido el rodaje de la segunda temporada por las dificultades económicas) , la época de los Reyes Católicos, como digo, es abundante en personalidades no sólo importantes para la historia de España, también muy interesantes, como Juan Pacheco, el tremendo marqués de Villena, o Beltrán de la Cueva, la polémica mano derecha del rey, o el poderoso arzobispo de Toledo , Alfonso Carrillo, o un Diego Hurtado de Mendoza, marqués de Santillana y todo un mecenas de las artes, incluso la reina Juana de Portugal o el propio rey Enrique IV de Castilla, quien pasó a la posteridad con el denigrante apodo de "El Impotente".
Pero por muy notorios personajes históricos que fueran, toda buena serie o película necesita un buen elenco actoral. Y aquí queda claro una vez más que no estamos ante una serie de Antena 3 o Telecinco (otras como La Sexta no hacen series, pero si hicieran, no estarían interesados en realizar una de este pasado tan despreciable, casposo, reaccionario y fascista) . Aunque cuando me enteré de que Isabel iba a ser interpretada por Michelle Jenner (Los hombres de Paco) , verdaderamente temí que el papel de su marido y primo Fernando fuera para el novio de Jenner en dicha serie, el infame Hugo Silva (con experiencia en series históricas, pues "interpretó" a Antonio Pérez en la irregular Éboli) . De hecho el rumor fue bastante fuerte. Por suerte recayó en el más solvente Rodolfo Sancho, quien por cierto tiene 11 años más que la protagonista de Isabel, cuando en la realidad la Católica era un año mayor que Fernando de Aragón. De momento y pese a mis reservas iniciales, Jenner está bastante correcta; lo de menos es su semejanza física o no . Ya veremos cómo evolucionan pero, visto lo visto, la serie no es del estilo de las exitosas españoladas actuales en el sentido de interpretaciones pobres y del montón. Destacan otros actores realizando un intensísimo papel, especialmente un gran Ginés García Millán (el marqués de Villena) , al parecer el malo de la historia.
Otras interpretaciones son más justitas, como "Guille" de Los Serrano (a mí siempre va a parecer "Guille") quien interpreta a Alfonso el Inocente, hermano de Isabel, realmente un niño manipulado por las facciones de nobles contrarios a las relajadas costumbres y a la peculiar personalidad de Enrique IV, a quien llega a usurparle el trono (mediante la "farsa de Ávila", uno de los grandes momentos del capítulo del otro día).
Otras, siendo buenas, vienen condicionadas por las licencias de los guionistas (alguna se han de tomar, si es en beneficio del interés y de la calidad, y aunque también introduzcan tramas de intrigas, asesinatos o corruptelas), como la de Sergio Peris Mencheta (sí, el de Al salir de clase) en el papel de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán. El gran hombre de armas entró como paje del infante Alfonso, pero ¡cuando era un niño, pues tenía la misma edad que él! (ambos nacieron en 1453). Sin duda se le ha querido asignar a Fernández de Córdoba un papel como de guardaespaldas, como de firme mano derecha que ya es un mozo hecho y derecho cuando llega a la corte castellana, pero...si no me falla la Wikipedia, Peris Mencheta tiene ya 37 tacos. El futuro Gran Capitán realmente entró al servicio de Alfonso con sólo 11 años. ¡Ejem!
Pero seamos indulgentes. Sin ir más lejos, en la aclamada, muy recomendable y casi sobresaliente Los Tudor se tomaban bastantes licencias en cuanto edades y físico. Enrique VIII -interpretado por Jonathan Rhys Meyers- cuando se casó con Ana Bolena, por ejemplo, contaba ya con 42 años. Incluso algunas actrices que actuaban como sus sucesivas mujeres, eran mayores que el protagonista. Y fue el mismo actor (quien cuando se rodó la serie tenía 30 años) para todas las edades y épocas del rey, tanto en el comienzo de la serie (un Enrique de 18 años) como para el final, con la muerte del monarca (Enrique VIII falleció con 55).
Y de eso se trataba, para mí. Que Isabel se pareciese más, y en cierto modo imitara, a Los Tudor que a Eboli, Hispania o Águila Roja (sí, ésta no es histórica, pero vaya atracos y abusos a la historia se cometen aquí). Reconociendo las lógicas diferencias -por presupuesto- entre la producción británica y la española, se agradece que, muy de vez en cuando, los españoles se tomen algo en serio su rica historia y su interesantísimo pasado y, sin caer en maniqueísmos, cuestiones de Leyenda Negra y relajaciones para contentar a ciertos colectivos, realicen un trabajo más que digno para producir una obra recomendable.
No sé si será su objetivo el de acercar al público general (y a los jóvenes en particular) la vieja y apasionante historia de España, algo de lo que mucha gente no sabe apenas nada o desconoce gran cantidad de aspectos, aunque parezca mentira, pero puede ser un efecto secundario más que positivo. De momento la serie está consiguiendo muy buenos datos de audiencia y, aunque ha de competir con algunos productos estrella de otras cadenas, me alegro mucho de que así sea. Hace pocos días, escuché en una librería a una mujer preguntar por "algún libro de Isabel la Católica" . No sé si eso me agrada o no, porque es muy típico de España obsesionarnos con algo que ha tenido audiencia en la tele, pero, viéndolo por el lado positivo, si la serie va a servir para que la gente lea, se interese y aprenda aspectos del crucial período de los Reyes Católicos y de historia de nuestro país, bienvenido sea.
Y bienvenida sea Isabel.
De hecho ya hablé de esta serie cuando supuestamente estaba a punto de ser estrenada, y no miento si reafirmo que es una de las producciones españolas más aguardadas por mí. Primero por mi pasión declarada a la época de los Reyes Católicos y segundo porque, al realizar la serie TVE, ésto suele suponer sinónimo de calidad y cierto nivel (salvo contadas excepciones).
Y realmente no me ha decepcionado. No es perfecta, pero qué demonios, quién soy yo para juzgar, censurar y criticar despiadadamente. Seamos indulgentes. La serie es muy disfrutable, tanto por vestuario, música o por escenarios, tanto interiores como exteriores, especialmente éstos, al aprovechar la grandeza del paisaje castellano, prácticamente inalterable en ciertas partes desde hace siglos. Y desde luego el guión, con un lenguaje y unas expresiones que no chirrían demasiado, en el sentido de no poner en boca de personajes de 1465 expresiones del siglo XXI, ha estado a la altura. Es muy de agradecer el cuidado puesto en todo.
Hablando de personajes, la citada época de los Reyes Católicos (la serie se centra en la figura de la reina Isabel, y comienza en su infancia y juventud. Ignoro hasta dónde quieren llegar, aunque por desgracia quedó suspendido el rodaje de la segunda temporada por las dificultades económicas) , la época de los Reyes Católicos, como digo, es abundante en personalidades no sólo importantes para la historia de España, también muy interesantes, como Juan Pacheco, el tremendo marqués de Villena, o Beltrán de la Cueva, la polémica mano derecha del rey, o el poderoso arzobispo de Toledo , Alfonso Carrillo, o un Diego Hurtado de Mendoza, marqués de Santillana y todo un mecenas de las artes, incluso la reina Juana de Portugal o el propio rey Enrique IV de Castilla, quien pasó a la posteridad con el denigrante apodo de "El Impotente".
Pero por muy notorios personajes históricos que fueran, toda buena serie o película necesita un buen elenco actoral. Y aquí queda claro una vez más que no estamos ante una serie de Antena 3 o Telecinco (otras como La Sexta no hacen series, pero si hicieran, no estarían interesados en realizar una de este pasado tan despreciable, casposo, reaccionario y fascista) . Aunque cuando me enteré de que Isabel iba a ser interpretada por Michelle Jenner (Los hombres de Paco) , verdaderamente temí que el papel de su marido y primo Fernando fuera para el novio de Jenner en dicha serie, el infame Hugo Silva (con experiencia en series históricas, pues "interpretó" a Antonio Pérez en la irregular Éboli) . De hecho el rumor fue bastante fuerte. Por suerte recayó en el más solvente Rodolfo Sancho, quien por cierto tiene 11 años más que la protagonista de Isabel, cuando en la realidad la Católica era un año mayor que Fernando de Aragón. De momento y pese a mis reservas iniciales, Jenner está bastante correcta; lo de menos es su semejanza física o no . Ya veremos cómo evolucionan pero, visto lo visto, la serie no es del estilo de las exitosas españoladas actuales en el sentido de interpretaciones pobres y del montón. Destacan otros actores realizando un intensísimo papel, especialmente un gran Ginés García Millán (el marqués de Villena) , al parecer el malo de la historia.
Otras interpretaciones son más justitas, como "Guille" de Los Serrano (a mí siempre va a parecer "Guille") quien interpreta a Alfonso el Inocente, hermano de Isabel, realmente un niño manipulado por las facciones de nobles contrarios a las relajadas costumbres y a la peculiar personalidad de Enrique IV, a quien llega a usurparle el trono (mediante la "farsa de Ávila", uno de los grandes momentos del capítulo del otro día).
Otras, siendo buenas, vienen condicionadas por las licencias de los guionistas (alguna se han de tomar, si es en beneficio del interés y de la calidad, y aunque también introduzcan tramas de intrigas, asesinatos o corruptelas), como la de Sergio Peris Mencheta (sí, el de Al salir de clase) en el papel de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán. El gran hombre de armas entró como paje del infante Alfonso, pero ¡cuando era un niño, pues tenía la misma edad que él! (ambos nacieron en 1453). Sin duda se le ha querido asignar a Fernández de Córdoba un papel como de guardaespaldas, como de firme mano derecha que ya es un mozo hecho y derecho cuando llega a la corte castellana, pero...si no me falla la Wikipedia, Peris Mencheta tiene ya 37 tacos. El futuro Gran Capitán realmente entró al servicio de Alfonso con sólo 11 años. ¡Ejem!
Pero seamos indulgentes. Sin ir más lejos, en la aclamada, muy recomendable y casi sobresaliente Los Tudor se tomaban bastantes licencias en cuanto edades y físico. Enrique VIII -interpretado por Jonathan Rhys Meyers- cuando se casó con Ana Bolena, por ejemplo, contaba ya con 42 años. Incluso algunas actrices que actuaban como sus sucesivas mujeres, eran mayores que el protagonista. Y fue el mismo actor (quien cuando se rodó la serie tenía 30 años) para todas las edades y épocas del rey, tanto en el comienzo de la serie (un Enrique de 18 años) como para el final, con la muerte del monarca (Enrique VIII falleció con 55).
Y de eso se trataba, para mí. Que Isabel se pareciese más, y en cierto modo imitara, a Los Tudor que a Eboli, Hispania o Águila Roja (sí, ésta no es histórica, pero vaya atracos y abusos a la historia se cometen aquí). Reconociendo las lógicas diferencias -por presupuesto- entre la producción británica y la española, se agradece que, muy de vez en cuando, los españoles se tomen algo en serio su rica historia y su interesantísimo pasado y, sin caer en maniqueísmos, cuestiones de Leyenda Negra y relajaciones para contentar a ciertos colectivos, realicen un trabajo más que digno para producir una obra recomendable.
No sé si será su objetivo el de acercar al público general (y a los jóvenes en particular) la vieja y apasionante historia de España, algo de lo que mucha gente no sabe apenas nada o desconoce gran cantidad de aspectos, aunque parezca mentira, pero puede ser un efecto secundario más que positivo. De momento la serie está consiguiendo muy buenos datos de audiencia y, aunque ha de competir con algunos productos estrella de otras cadenas, me alegro mucho de que así sea. Hace pocos días, escuché en una librería a una mujer preguntar por "algún libro de Isabel la Católica" . No sé si eso me agrada o no, porque es muy típico de España obsesionarnos con algo que ha tenido audiencia en la tele, pero, viéndolo por el lado positivo, si la serie va a servir para que la gente lea, se interese y aprenda aspectos del crucial período de los Reyes Católicos y de historia de nuestro país, bienvenido sea.
Y bienvenida sea Isabel.
23.1.12
Granada, por todo el mundo nombrada
Hace pocos días escribía aquí sobre la toma de Granada, el fin de la Reconquista y las manifestaciones de una pequeña parte de la sociedad. Todo ello con el "¿Qu´es de tí, desconsolado?" de Juan del Encina de fondo:
"¡O Granada noblecida,
por todo el mundo nombrada!..."
Pues bien, este fin de semana he podido disfrutar de las maravillas y bondades de tan famosa ciudad; ¿qué voy a decir yo de Granada?
Evidentemente, no es lo mismo dejar Granada a la fuerza y prácticamente en soledad, como Boabdil, que acudir a ella con todas las ganas del mundo y la mejor de las compañías.
Hace pocas horas he llegado de ella, y uno tiene aún la sensación del frenesí y de los ríos de vida y de gente, de los acusados contrastes, de la innegable variedad y multiculturalidad y de la imperecedera belleza de la urbe, plácidamente abrigada además bajo las majestuosas alturas de Sierra Nevada.
Mi M. y yo llegamos en tren, desde luego. En tren se contemplan bastantes aspectos del paisaje que se escapan por otros medios de transporte. Subiendo desde Almería, como digo, se recorre el feraz y estrecho valle del Andarax, verdadero oasis entre las yermas tierras de la provincia, y se alcanzan las tierras altas de la misma, entre los picos nevados de los Filabres (blancos éstos a veces) y de Sierra Nevada (blancos siempre, cómo no). Ya dije en otra ocasión que en las estaciones y apeaderos de esta zona, como Fiñana, tengo la sensación de estar en un spaghetti western, con la típica escena de bajarse del tren y que te arrojen la maleta. Una vez en la provincia granadina se otea el castillo de La Calahorra, todo un búnker renacentista en medio de la estepa del Marquesado de Zenete, y se llega al polvoriento pueblo de Guadix (digo polvoriento no por criticar, sino porque de pequeño siempre me pareció así....y así se ha quedado para mí) y sus curiosas casas-cueva, aún habitadas la mayoría e incluso rehabilitadas otras.
Tras dejar estas frías y desoladas tierras, siempre con la enorme mole de la sierra muy presente, se llega por fin a la Vega de Granada, auténtica orgía vegetal y de agua, y poco a poco llegas a la ciudad misma. La ciudad soñada.
Granada, merecedora verdaderamente de la capitalidad de la "Andalucía Oriental", es decir, las provincias de Granada, Jaén y Almería, esa región no oficial pero muy palpable dentro de Andalucía (más bien debería estar fuera de ella, para no rendir pleitesía a Sevilla) , forma parte de las maravillas de nuestro país. Ha sido prácticamente desde siempre un destino turístico de primer nivel, ya desde la Edad Moderna y especialmente a partir del Romanticismo del siglo XIX (los franceses tienen infinidad de frases y citas sobre ella, desde Chateaubriand a Dumas pasando por Hugo, Merimée o Bizet) . Además, el desarrollo de los deportes de invierno en Sierra Nevada en la segunda mitad del siglo XX acrecentó aún más el turismo (aunque los granadinos ya esquiaban en los años 20). Pero hablábamos de la maravilla de Granada. Acaso es la ciudad más bella de España; para no ser tan tajantes y excluyentes incluyámosla entre unas tres. Entre esas tres, que no voy a decir cuáles son, no está para mí Sevilla, la tan publicitada y aclamada Sevilla. Desde luego soy muy anti-sevillano, pero Granada le gana por goleada. Sí.
La ciudad cumple sobradamente mis requisitos de ciudad casi perfecta y adorada para vivir, a saber: exagerada carga de historia, probada monumentalidad, cierto pulso humano (yo llamo pulso a las ciudades con gentío para todo. No es que me guste demasiado el gentío, pero da alegría en ocasiones), calles estrechas y empinadas, naturaleza latente y un clima fresco, o por lo menos con inviernos largos y fríos. Desde luego en Granada hace bastante calor en verano, y la playa no queda muy cerca, pero eso de llevar abrigo, bufanda y guantes y respirar aire helado me encanta.
Granada, siendo más pequeña que Murcia, por ejemplo, tiene más vida. Ambas son ciudades universitarias, pero la población estudiantil posee mayor carga en la primera. No ya sólo por tradición (se fundó en 1531) sino además porque el polo turístico que ha sido Granada desde siempre ha supuesto en los últimos años una venida en masa de los Erasmus. Así, si ya de por sí la ciudad tenía probado ambiente fiestero universitario, últimamente se ha incrementado aún más. Ése es para mí uno de los aspectos negativos de Granada. Vas a ella buscando monumentos, historia e imágenes inolvidables, y parece que si no estás con una caña en la mano y tomando tapas, o de cubateo, no disfrutas de la ciudad. Es una estúpida sensación y para nada es la mía, pero yo no soy de ésos que acuden a ella como en peregrinación a sus famosas discotecas o sus bulliciosas y aturdidoras zonas de tapeo. Tal vez hubo una época en mi vida que sí me hubiera gustado eso -aunque yo nunca he dejado de ser un amante de la historia y de los monumentos, y a Granada siempre la he tenido muy presente- pero ese tiempo ya pasó. Así que fui a ella con mi novia, buscando momentos únicos, estampas inmortales, intimista tranquilidad y preciosos paseos.
Y vaya con los paseos. Mi imagen favorita de la ciudad, sin despreciar a otras, es la de la Plaza Nueva en adelante, pasando por la Chancillería, adentrándote en la diminuta carrera del Darro (Sinceramente considero que hay muy pocas calles, prácticamente ninguna, más bonita; no sólo la calle en sí, también el entorno y la naturaleza) , con la iglesia de Santa Ana y San Gil al lado, el murmullo y el frescor del río que brota helado de la montaña, la hojarasca y el verdor alrededor de él, las preciosas y viejas casitas, el melancólico Paseo de los Tristes (para nada melancólico ni triste esta vez) y los farallones y tajos de la colina de la Alhambra sobre él. La perenne y majestuosa Alhambra, protegida por la inmensidad blanca de Sierra Nevada.
Realmente no sabes qué estampa de la Alhambra es la mejor, si desde el Darro, ascendiendo por la empinada cuesta desde la Plaza Nueva entre fríos y alegres arroyos, desde ella misma, desde el mirador de San Nicolás en el Albayzín o desde tu corazón. Así de simple.
Pero sería injusto reducir Granada sólo a la Alhambra. De todas formas no hace falta que lo diga yo. Resulta sobrecogedora la inmensidad de la catedral de Granada, primera renacentista de España, una mole inmensa (te sientes realmente diminuto a su lado) testigo del poder de la Iglesia a lo largo de la historia. Historia que se puede prácticamente oler en la vecina Capilla Real, donde están enterrados los Reyes Católicos, la desgraciada Juana la Loca y su marido Felipe el Hermoso, además del infante Miguel, primogénito de la hija mayor de los Reyes, Isabel (de haber sobrevivido, este futuro rey hubiera unido las coronas de España y Portugal y se hubieran alejado los Habsburgo. Pero ni él ni su madre vivieron lo suficiente). Son impresionantes y sobrios los sepulcros reales, de blanco impoluto y belleza contenida renacentista. Una vez desciendes las escaleras debajo de las esculturas, te encuentras con algo que no recordaba yo de mi visita a los 8 años de edad: los estrechos ataúdes de plomo que contienen los regios restos. Impresiona, la verdad. Yo los contemplo con cierto sentimiento, porque admiro sobremanera sus figuras, sus logros y su época. Resulta irónico que compartan el mismo lugar para el descanso eterno Fernando el Católico (de quien por cierto se cumplen hoy justamente 496 años de su muerte) y Felipe el Hermoso, con lo que se odiaron e incomodaron mutuamente. Con todo, el corazón del yerno flamenco reposa en Bélgica.
La Capilla Real es un lugar único y bello, si se puede llamar bello a un lugar de muerte y que acoge a muertos. Pero está cargado de historia y simbolismo. Los propios monarcas quisieron ser enterrados allí, en vez del ya preparado de San Juan de los Reyes en Toledo, por la importancia y la trascendencia de la toma de Granada y de la conclusión de la Reconquista. Desde luego hoy día, con el maniqueísmo existente, no se dejaría edificar con tanta proliferación de águilas de San Juan y yugos y flechas (todas de su época, ojo) , que campean sobriamente en las paredes y esquinas, tanto dentro como fuera del edificio.
Desde luego se nota la importancia de la figura conjunta de mis admirados Reyes Católicos y de su época en la ciudad, empezando por el escudo, siguiendo por los edificios religiosos y continuando por los nombres de calles y plazas, o incluso en las rejas y puertas. Y la preponderancia de su nieto, mi reverenciado Carlos I, no es desdeñable; su enorme palacio (cuadrado por fuera, redondo perfecto por dentro) sobre la Alhambra, construido a raíz de su luna de miel en Andalucía , el cual nunca utilizó, resulta inseparable del conjunto nazarí; por aquí y por allá hay emblemas y recordatorios suyos, y la fundación de su universidad vino por iniciativa suya; el águila bicéfala de su escudo de armas constituye el símbolo de la misma, mal que le pese a la importante comunidad perroflaútica de Granada.
Sí, es verdaderamente importante este dato. En la ciudad resulta notoria la abundancia de alternativos, hippies, pseudo-hippies con i-phone, tipos raros, bohemios, buscavidas y demás gente de esa calaña, que junto a los erasmus y a los inmigrantes (especialmente musulmanes) le dan a Granada un marcado carácter multicultural, demasiado "alternativo" para mi gusto. Hay mucha variedad y mucha gente. Naturales, foráneos y visitantes. No incluyo a los que por tomarse un té perfumado en la calle Elvira ya se creen que están adentrándose en la cultura musulmana y van de árabes, pero desde luego hay de todo, verdaderamente muchísimo. Los kebabs por ejemplo, son diferentes y deliciosos, cual quiera que sea el país de origen de este alimento. Desde luego el servido en la Plaza Nueva por un moro simpático y rechoncho, con modales de buen anfitrión, estaba estupendo. A mi M. le encantó. En otras zonas, según sople el viento de tal o cual sitio, el aroma a maría es bien notorio. Tanto que empiezas a pensar que la floresta de la colina de la Alhambra tiene esas plantas.
Pero Granada es muy contradictoria. De tan apabullante y vigorosa te aturde en ocasiones, pero si te lo tomas con calma te das cuenta de la variedad de postales. Si recorres el Albayzín o el Realejo, con sus calles empinadas hasta la exageración, sus callejones escalerados y sus casas blancas u ocres y antiguas, unido al olor a romero y tomillo, parece que estás en un pueblo alpujarreño. Sin embargo, sólo unos metros más abajo el bullicio de la Gran Vía, de Reyes Católicos, de Elvira o de Recogidas te devuelve al mundanal ruido. Desde San Nicolás contemplas la Alhambra y el Albayzín, y un poquito más allá la Catedral. Todo muy antiguo y recoleto, de otra época. Pero extiendes la vista y la neblina del resto de la ciudad y de la Vega, y vuelves a la populosa y desmañada urbe del presente. ¿Y con qué Granada te quedas? ¿Con la tradicional y católica, de ultrarrecargadas iglesias barrocas, adoradas Vírgenes populares y Cristos con exvotos incluidos? ¿Con la alternativa-estudiantil-bohemia, de porro, litrona y graffiti? ¿Con la burguesa del ensanche, de amplias avenidas y señoriales edificios decimonónicos? ¿Con los paseos matutinos, con los del atardecer o con los nocturnos? ¿Con la musulmana de teterías, cachimbas y restaurantes? ¿Con la caótica de turistas venidos de cualquier parte del globo? ¿Con la cristiana que tiene ecos y memoria de 1492? ¿Con la de caña y tapa a 1.50 o 2 euros? ¿Con la gitanesca del Sacromonte y de mujeres en la puerta de la Catedral pidiéndote la mano para leértela, con muy malas mañas?
No sé. Son muchas y casi todas recomendables. Me quedaré sólo con algunas, desde luego. Pero muy adentro en el corazón, como siempre. Granada, desde pequeño, la he tenido en mente y como tal, un tanto idealizada, aunque sea un lugar poco necesitado de idealización. No era mi primera visita. Pero ha sido con ésta, la tercera, cuando más he disfrutado. No sólo por el recorrido de la ciudad (con mi orientación y un plano en la mano soy el más feliz del mundo), además por la compañía; no sólo la novia, además, mis primos. Pero especialmente mi M.; sin ella no hubiera sido lo mismo. Me acompaña en mi implacable recorrido, me sigue el paso y descubrimos juntos lugares inesperados. Entre otras muchas cosas, claro. Dos días pueden dar para mucho. Todos aquellos inolvidables e indelebles momentos vividos en Granada estarán ahí por siempre.
Apenas te he abandonado y ya quiero regresar a tí. O Granada noblecida/ por todo el mundo nombrada. Ay. Volveré...
5.1.12
¿Qu´es de tí, desconsolado?
¿Qu´es de ti, desconsolado?
¿Qu´es de ti, rey de Granada?
¿Qu´es de tu tierra y tus moros?
¿Dónde tienes tu morada?
Reniega ya de Mahoma
y de su seta malvada,
que bivir en tal locura
es una burla burlada.
Torna, tórnate, buen rey,
a nuestra ley consagrada,
porque si perdiste el reyno
tengas ellalma cobrada;
de tales reyes vencido
onrra te deve ser dada.
¡O Granada noblecida,
por todo el mundo nombrada!,
hasta aquí fueste cattiva
y agora ya libertada.
Perdióte el rey don Rodrigo
por su dicha desdichada;
ganóte el rey don Fernando
con ventura prosperada,
la reyna doña Ysabel
, la más temida y amada,
ella con sus oraciones
y él con mucha gente armada.
Según Dios haze sus hechos
la defensa era escusada,
que donde Él pone su mano
lo impossible es quasi nada.
(en castellano de la época)
+++++
Así versa esta conocida y hermosa cantata titulada tal y como se llama ésta entrada de hoy. Su autor es Juan del Encina (1468-1529) , prolífico poeta-músico castellano, verdaderamente un trovador, quien compuso un respetable número de romances, cantatas, villancicos y églogas. Vivió en una época para mí especialmente irrepetible, a caballo entre el siglo XV y el XVI, y entre otros acontecimientos, claro está, conoció el fin de la Reconquista y el Descubrimiento de América. Precisamente a la toma de Granada está dedicada la mencionada y bella composición (por cierto ahí va un enlace: http://www.youtube.com/watch?v=EjwEEhIWY-U ). Para mí es verdaderamen te preciosa, con ese aura de romance renacentista tan agradable, y con sólo escucharla unos segundos te traslada a esa época irrepetible. Por momentos pareces estar contemplando la entrega de las llaves de Granada, alguna escena palaciega, los cortesanos bailando madrigales o una misa en la catedral. Una composición que ha sobrevivido a lo largo de los siglos, y en nuestra época se ha usado incluso en largometrajes, anuncios y promociones, como en el Cuarto Centenario de El Quijote en 2005.
El desconsolado de la canción no es otro sino Muhammad XII, Boabdil el Chico para los castellanos y último rey nazarí (y por ende, musulmán) de Granada. Dejando de lado la conocida leyenda sin confirmar del "llora como mujer lo que no supiste defender como hombre" supuestamente espetado por Isabel de Castilla, al granadino le cupo la gloria y la desgracia a la vez al pasar a la historia como último monarca musulmán de España, acabando los españoles (castellanos y aragoneses, desde luego. Ésto es importante) con 781 años de presencia islámica en la Península, culminando la Reconquista.
Reconquista que los de siempre se empeñan en criticarla y vilipendiarla ("insidiosa" la motejó un periodista histórico de "El País". Español, sí) con notable mala uva, incultura y pobreza de espíritu. Ya escribí una vez sobre la posibilidad de que los musulmanes no hubieran conseguido ser expulsados de nuestro país, tal y como planteaba el suplemento de "El Mundo". Esos juegos de historia ficción plantean muchas posibilidades. Yo desde luego no envidio en absoluto una posible resistencia histórica de los musulmanes en España, con la consiguiente evolución en nación islámica. Para nada. Y admiro profundamente a los españoles que tomaron ciudades y comarcas y avanzaron hacia el sur, no siempre con la mejor de las fortunas. Y me encanta la Reconquista. Sí señor. Entre otras cosas porque, y entre otros acontecimientos históricos, somos como somos, y vivimos cómo vivimos gracias a ella.
Y ello desde unos planteamientos moderados; siendo honesto, la misma legitimidad tenían los árabes invasores en 711 para quedarse en la Península, que los visigodos llegados a la misma 300 años antes. Prácticamente la misma. Debe reconocerse la inmensa cantidad de movimientos, invasiones y migraciones de las razas y pueblos del planeta desde los mismos comienzos de la historia de la humanidad. No creo que exista prácticamente ningún pueblo que haya vivido en el mismo sitio desde su nacimiento. Tenemos en Europa el caso de Inglaterra, un país hecho a base de invasiones, primero romanos y celtas, luego anglos, jutos, sajones y demás pueblos bárbaros, luego normandos...y a su vez Albión más tarde aportaría su granito de arena en la formación de los Estados Unidos, verdadera nación de emigrantes.
En cuanto a Hispania en 711, podían darse en principio los supuestos para convertirse en un bastión del imparable avance musulmán desde Arabia pasando por África. Los bárbaros habían invadido la Península en varias oleadas desde el 410 aprovechando que Roma ni estaba, ni se le esperaba. Finalmente son los visigodos, unos setenta años después, quienes se acaban imponiendo sobre otros pueblos y tribus, si bien pervivieron algunos como los suevos (en Galicia) durante algún tiempo. Ahora comienza la España visigoda, periodo en el cual los bárbaros llegaron a asimilarse con los hispanorromanos, llegando a convertirse al catolicismo desde su cristiano-arrianismo (Conversión de Recaredo, 589). Yo no considero, como Sánchez Albornoz y otros, que España surgiese como nación en ese momento, y que en 711 fuera un ente de fuerte concepción nacional. No se daban unos supuestos tan definitivos. Pero sí pienso que ese componente de catolicismo, unido al sustrato hispanorromano (consecuencia de siglos de profunda romanización) y ahora godo, le dio una mayor fortaleza que otros pueblos invadidos en otros momentos de la historia. Ahí radica, considero firme y humildemente, la diferencia de la legitimidad entre hispanogodos y musulmanes.
Como también pienso, al deducirlo de lecturas y estudios, que no debía ser fácil establecer un reino musulmán cruzando el Mediterráneo, en otro continente distinto a Asia y África, esa Europa que aún no era Europa y que muy pronto iba a ser llamada Cristiandad. Con ese nombre tan rotundo y definitorio iba a existir siglos y siglos. Un continente muy romanizado en parte y fuertemente cristianizado. Bien es cierto que en Numidia o Libia había habido presencia romana e importantes componentes cristianos y luego bárbaros, pero ya fuera por menor resistencia u otras circunstancias, el Magreb cayó para siempre en la zona de influencia musulmana, para su desgracia (sólo hay que contemplar el posterior devenir histórico de esa zona y compararla con Europa, especialmente a partir del siglo XVIII).
En cuanto a la Reconquista en sí, no voy a explayarme más porque no era éste el asunto. Sin duda, en ella tuvo buena importancia el Camino de Santiago, por ejemplo, verdadero revitalizador económico del norte de España, unido a los diferentes acontecimientos políticos e históricos y a la multitud de reyes de muy diversos reinos y confesiones, todo lo cual da para un buen número de entradas. Dejémoslo que me conozco.
Volviendo a la toma de Granada, el 2 de enero de cumplieron 520 años de los hechos. Un hecho enormemente festejado en su época, no ya sólo por los propios castellanos, sino además también por el resto de la Cristiandad, un tanto decaída por la conquista de Constantinopla por los turcos en 1453, y por tanto de la pérdida del Asia Menor y Grecia. El Islam era un peligro muy real y cercano, y desde luego bien se vio a partir de 1492, tanto en el Mediterráneo como en el este de Europa, con los turcos llegando varias veces a las puertas de ciudades como Viena. A nivel hispánico, se culminaba como todo el mundo sabe con la Reconquista borrosamente comenzada en aquella mítica escaramuza de Covadonga en 718, y más nítidamente continuada a partir del siglo XI, con la expansión de Castilla y la reconquista de poblaciones importantes como Toledo en 1085. Castilla por un lado y Aragón por otro, e incluso expandiéndose por el Mediterráneo, fueron ganándole terreno al Islam. Aquí no voy a entrar tampoco en las conveniencias y los intereses más o menos políticos o más o menos patriótico-nacionales que motivaron la unión dinástica con el matrimonio de Fernando e Isabel, pero ello también forma parte de nuestra historia. Quién sabe lo que hubiera pasado si no se llega a producir tal unión. Con todo, el 2 de enero de 1492, los dos reinos de España, Castilla y Aragón, correligionarios, habían restaurado la unidad de 711.
Volvemos a 2011. Volvemos a los de siempre. Estas cosas son las que me dejan desconsolado de verdad. Como cada 2 de enero y desde hace más de treinta años, unos grupúsculos o bandas de gente, españoles (andalusíes, supongo, para ellos mismos) intentan reventar la conmemoración de la toma de Granada. ¿El motivo? Celebrar la fecha de la capitulación de la ciudad, para ellos una exaltación del cristianismo y del fascismo español y una ofensa para las otras religiones, especialmente la musulmana. Poco importa que el acto en sí no tenga mucho más desarrollo aparte de una ceremonia en la soberbia Capilla Real de la Catedral de Granada, en la cual se ondea el pendón de Castilla, se aclaman los nombres de Isabel y Fernando, los Reyes Católicos, y toque una banda de música. Tal exhibición de odio medieval y fascista (al fin y al cabo los Reyes Católicos tenían como símbolo el yugo y las flechas, como sabemos inventado por Franco) contra Al-Andalus y los musulmanes debe ser extirpado de raíz de la actual sociedad granadina y española, piensan estos grupitos. Amparados y con el pretexto de la libertad de expresión, que como sabemos da patente de corso para todo, exhiben sin vergüenza (me refiero a que pueden decir lo que quieran, pero lo dicen sin la vergüenza que a mí me daría falsear tanto la historia) un odio al país que es el suyo y les da de comer, entre otros nimios asuntos. Cada 2 de enero pues, tenemos manifa de pancartitas y declaraciones.
Unas dos docenas de andalucistas trasnochados, los de la bandera de Andalucía con la estrella roja, ésos, se dedican a berrear con el clásico apoyo de algún profesor arabista pasado de vueltas. Incluso no hay muchos musulmanes entre ellos, ya sea porque tienen más idea o se hacen los cómodos al ver que siempre hay sandios que dan la cara por ellos. Se dedican a despotricar contra la puta Castilla que tuvo a mal venir desde arriba y expulsar a los moros de Al-Andalus, con toda la refinada cultura existente en aquella España de entonces, que éramos el asombro del orbe, oiga. Hacíamos Alhambras, Mezquitas y Medina-azaharas, y los castellanos eran unos meapilas fachas de los cuales olíamos su sobaco y sus partes pudendas, por sucios de no lavarse, desde que venían por Toledo. ¿No?
Éstas cosas me alteran mucho, y son una de tantas que me llevan a despotricar de mi propio país y querer autoexiliarse. Esos andalucistas folklóricos tan simpáticos y sinceros. En vez de achacar el atraso de Andalucía a dos siglos de caciquismo conservador y a treinta años de socialismo reciente, lo relacionan con la "invasión" de Castilla/España. Pero ahí siguen tan agusto con sus cañitas y sus tapas, su flamenquito y su filoarabismo. Aducen y documentan incluso una supuesta genealogía con sus apellidos, declarándose descendientes de musulmanes de los tiempos de Abderramán III o Almanzor. Increíble. Como buenos progresistas de bien empapados de la Alianza de Civilizaciones y de las Tres Culturas, odian a la maldita España. Pero, con un masoquismo digno de mártires, siguen aguantando año a año y siguen viviendo en este país, muy a su pesar suyo. No se van a sus admirados países árabes (lugares que deberían conocer de primera mano) sino que permanecen con las odiadas comodidades y adelantos de la vida occidental. Estos andalucistas o andalusíes siguen intentando vender esa mítica y estereotipada imagen de la España musulmana (Al-Andalus, Al-Andalus, nada de decir "España" o "Castilla") similar a la romántica del XIX y que aún se ve en Canal Sur, por ejemplo, con las típicas postales en movimiento de la mora con cabello como el azabache esperando a su amado en un estanque aromatizado con jazmín y azahar, o el califa culto y refinado escribiendo poemas con una paloma en la mano. Cosas de ésas, ya sabéis. Como también debéis saber que prácticamente todo se lo debemos a los musulmanes (como si los musulmanes no hubieran aprovechado numerosos aspectos e infraestructura de los romanos). Yo reconozco la importancia en España de los islámicos, y uno de los motivos por los que España es tan especial y tan maravillosa es por ellos. Pero de eso a lo otro hay un trecho. Por favor.
Por eso me parece tan indecente. No sé si ignoran, o lo desconocen de verdad, o si lo saben pero tergiversan, que gracias a la toma de la ciudad ella y su pueblo están incorporadas a Occidente, con todo lo que ello significa. La civilización occidental, no es asunto baladí. Otra cosa es la crisis cultural de nuestra civilización desde hace tiempo, pero como he dicho antes, basta comparar la evolución desde 1492 de la nuestra y de la islámica y especialmente en la actualidad, para ver sutiles y notables diferencias. Yo no la envidio. Habrá gente que sí; la habrá, seguro. Hay gente pa tó, como dijo el torero. A esos andalucistas deberían darle la independencia y que siguieran el camino de Boabdil, así experimentaban la muslim way of life en alguna de sus atractivas variantes: la iraní, la sudanesa, la siria, la egipcia, la argelina, la marroquí, la afgana...ahí, con viento fresco. Quién sabe si volverían a la sucia y oscura Castilla. Aquí estaremos para acogerlos de nuevo.
El desconsolado de la canción no es otro sino Muhammad XII, Boabdil el Chico para los castellanos y último rey nazarí (y por ende, musulmán) de Granada. Dejando de lado la conocida leyenda sin confirmar del "llora como mujer lo que no supiste defender como hombre" supuestamente espetado por Isabel de Castilla, al granadino le cupo la gloria y la desgracia a la vez al pasar a la historia como último monarca musulmán de España, acabando los españoles (castellanos y aragoneses, desde luego. Ésto es importante) con 781 años de presencia islámica en la Península, culminando la Reconquista.
Reconquista que los de siempre se empeñan en criticarla y vilipendiarla ("insidiosa" la motejó un periodista histórico de "El País". Español, sí) con notable mala uva, incultura y pobreza de espíritu. Ya escribí una vez sobre la posibilidad de que los musulmanes no hubieran conseguido ser expulsados de nuestro país, tal y como planteaba el suplemento de "El Mundo". Esos juegos de historia ficción plantean muchas posibilidades. Yo desde luego no envidio en absoluto una posible resistencia histórica de los musulmanes en España, con la consiguiente evolución en nación islámica. Para nada. Y admiro profundamente a los españoles que tomaron ciudades y comarcas y avanzaron hacia el sur, no siempre con la mejor de las fortunas. Y me encanta la Reconquista. Sí señor. Entre otras cosas porque, y entre otros acontecimientos históricos, somos como somos, y vivimos cómo vivimos gracias a ella.
Y ello desde unos planteamientos moderados; siendo honesto, la misma legitimidad tenían los árabes invasores en 711 para quedarse en la Península, que los visigodos llegados a la misma 300 años antes. Prácticamente la misma. Debe reconocerse la inmensa cantidad de movimientos, invasiones y migraciones de las razas y pueblos del planeta desde los mismos comienzos de la historia de la humanidad. No creo que exista prácticamente ningún pueblo que haya vivido en el mismo sitio desde su nacimiento. Tenemos en Europa el caso de Inglaterra, un país hecho a base de invasiones, primero romanos y celtas, luego anglos, jutos, sajones y demás pueblos bárbaros, luego normandos...y a su vez Albión más tarde aportaría su granito de arena en la formación de los Estados Unidos, verdadera nación de emigrantes.
En cuanto a Hispania en 711, podían darse en principio los supuestos para convertirse en un bastión del imparable avance musulmán desde Arabia pasando por África. Los bárbaros habían invadido la Península en varias oleadas desde el 410 aprovechando que Roma ni estaba, ni se le esperaba. Finalmente son los visigodos, unos setenta años después, quienes se acaban imponiendo sobre otros pueblos y tribus, si bien pervivieron algunos como los suevos (en Galicia) durante algún tiempo. Ahora comienza la España visigoda, periodo en el cual los bárbaros llegaron a asimilarse con los hispanorromanos, llegando a convertirse al catolicismo desde su cristiano-arrianismo (Conversión de Recaredo, 589). Yo no considero, como Sánchez Albornoz y otros, que España surgiese como nación en ese momento, y que en 711 fuera un ente de fuerte concepción nacional. No se daban unos supuestos tan definitivos. Pero sí pienso que ese componente de catolicismo, unido al sustrato hispanorromano (consecuencia de siglos de profunda romanización) y ahora godo, le dio una mayor fortaleza que otros pueblos invadidos en otros momentos de la historia. Ahí radica, considero firme y humildemente, la diferencia de la legitimidad entre hispanogodos y musulmanes.
Como también pienso, al deducirlo de lecturas y estudios, que no debía ser fácil establecer un reino musulmán cruzando el Mediterráneo, en otro continente distinto a Asia y África, esa Europa que aún no era Europa y que muy pronto iba a ser llamada Cristiandad. Con ese nombre tan rotundo y definitorio iba a existir siglos y siglos. Un continente muy romanizado en parte y fuertemente cristianizado. Bien es cierto que en Numidia o Libia había habido presencia romana e importantes componentes cristianos y luego bárbaros, pero ya fuera por menor resistencia u otras circunstancias, el Magreb cayó para siempre en la zona de influencia musulmana, para su desgracia (sólo hay que contemplar el posterior devenir histórico de esa zona y compararla con Europa, especialmente a partir del siglo XVIII).
En cuanto a la Reconquista en sí, no voy a explayarme más porque no era éste el asunto. Sin duda, en ella tuvo buena importancia el Camino de Santiago, por ejemplo, verdadero revitalizador económico del norte de España, unido a los diferentes acontecimientos políticos e históricos y a la multitud de reyes de muy diversos reinos y confesiones, todo lo cual da para un buen número de entradas. Dejémoslo que me conozco.
Volviendo a la toma de Granada, el 2 de enero de cumplieron 520 años de los hechos. Un hecho enormemente festejado en su época, no ya sólo por los propios castellanos, sino además también por el resto de la Cristiandad, un tanto decaída por la conquista de Constantinopla por los turcos en 1453, y por tanto de la pérdida del Asia Menor y Grecia. El Islam era un peligro muy real y cercano, y desde luego bien se vio a partir de 1492, tanto en el Mediterráneo como en el este de Europa, con los turcos llegando varias veces a las puertas de ciudades como Viena. A nivel hispánico, se culminaba como todo el mundo sabe con la Reconquista borrosamente comenzada en aquella mítica escaramuza de Covadonga en 718, y más nítidamente continuada a partir del siglo XI, con la expansión de Castilla y la reconquista de poblaciones importantes como Toledo en 1085. Castilla por un lado y Aragón por otro, e incluso expandiéndose por el Mediterráneo, fueron ganándole terreno al Islam. Aquí no voy a entrar tampoco en las conveniencias y los intereses más o menos políticos o más o menos patriótico-nacionales que motivaron la unión dinástica con el matrimonio de Fernando e Isabel, pero ello también forma parte de nuestra historia. Quién sabe lo que hubiera pasado si no se llega a producir tal unión. Con todo, el 2 de enero de 1492, los dos reinos de España, Castilla y Aragón, correligionarios, habían restaurado la unidad de 711.

Volvemos a 2011. Volvemos a los de siempre. Estas cosas son las que me dejan desconsolado de verdad. Como cada 2 de enero y desde hace más de treinta años, unos grupúsculos o bandas de gente, españoles (andalusíes, supongo, para ellos mismos) intentan reventar la conmemoración de la toma de Granada. ¿El motivo? Celebrar la fecha de la capitulación de la ciudad, para ellos una exaltación del cristianismo y del fascismo español y una ofensa para las otras religiones, especialmente la musulmana. Poco importa que el acto en sí no tenga mucho más desarrollo aparte de una ceremonia en la soberbia Capilla Real de la Catedral de Granada, en la cual se ondea el pendón de Castilla, se aclaman los nombres de Isabel y Fernando, los Reyes Católicos, y toque una banda de música. Tal exhibición de odio medieval y fascista (al fin y al cabo los Reyes Católicos tenían como símbolo el yugo y las flechas, como sabemos inventado por Franco) contra Al-Andalus y los musulmanes debe ser extirpado de raíz de la actual sociedad granadina y española, piensan estos grupitos. Amparados y con el pretexto de la libertad de expresión, que como sabemos da patente de corso para todo, exhiben sin vergüenza (me refiero a que pueden decir lo que quieran, pero lo dicen sin la vergüenza que a mí me daría falsear tanto la historia) un odio al país que es el suyo y les da de comer, entre otros nimios asuntos. Cada 2 de enero pues, tenemos manifa de pancartitas y declaraciones.
Unas dos docenas de andalucistas trasnochados, los de la bandera de Andalucía con la estrella roja, ésos, se dedican a berrear con el clásico apoyo de algún profesor arabista pasado de vueltas. Incluso no hay muchos musulmanes entre ellos, ya sea porque tienen más idea o se hacen los cómodos al ver que siempre hay sandios que dan la cara por ellos. Se dedican a despotricar contra la puta Castilla que tuvo a mal venir desde arriba y expulsar a los moros de Al-Andalus, con toda la refinada cultura existente en aquella España de entonces, que éramos el asombro del orbe, oiga. Hacíamos Alhambras, Mezquitas y Medina-azaharas, y los castellanos eran unos meapilas fachas de los cuales olíamos su sobaco y sus partes pudendas, por sucios de no lavarse, desde que venían por Toledo. ¿No?
Éstas cosas me alteran mucho, y son una de tantas que me llevan a despotricar de mi propio país y querer autoexiliarse. Esos andalucistas folklóricos tan simpáticos y sinceros. En vez de achacar el atraso de Andalucía a dos siglos de caciquismo conservador y a treinta años de socialismo reciente, lo relacionan con la "invasión" de Castilla/España. Pero ahí siguen tan agusto con sus cañitas y sus tapas, su flamenquito y su filoarabismo. Aducen y documentan incluso una supuesta genealogía con sus apellidos, declarándose descendientes de musulmanes de los tiempos de Abderramán III o Almanzor. Increíble. Como buenos progresistas de bien empapados de la Alianza de Civilizaciones y de las Tres Culturas, odian a la maldita España. Pero, con un masoquismo digno de mártires, siguen aguantando año a año y siguen viviendo en este país, muy a su pesar suyo. No se van a sus admirados países árabes (lugares que deberían conocer de primera mano) sino que permanecen con las odiadas comodidades y adelantos de la vida occidental. Estos andalucistas o andalusíes siguen intentando vender esa mítica y estereotipada imagen de la España musulmana (Al-Andalus, Al-Andalus, nada de decir "España" o "Castilla") similar a la romántica del XIX y que aún se ve en Canal Sur, por ejemplo, con las típicas postales en movimiento de la mora con cabello como el azabache esperando a su amado en un estanque aromatizado con jazmín y azahar, o el califa culto y refinado escribiendo poemas con una paloma en la mano. Cosas de ésas, ya sabéis. Como también debéis saber que prácticamente todo se lo debemos a los musulmanes (como si los musulmanes no hubieran aprovechado numerosos aspectos e infraestructura de los romanos). Yo reconozco la importancia en España de los islámicos, y uno de los motivos por los que España es tan especial y tan maravillosa es por ellos. Pero de eso a lo otro hay un trecho. Por favor.
Por eso me parece tan indecente. No sé si ignoran, o lo desconocen de verdad, o si lo saben pero tergiversan, que gracias a la toma de la ciudad ella y su pueblo están incorporadas a Occidente, con todo lo que ello significa. La civilización occidental, no es asunto baladí. Otra cosa es la crisis cultural de nuestra civilización desde hace tiempo, pero como he dicho antes, basta comparar la evolución desde 1492 de la nuestra y de la islámica y especialmente en la actualidad, para ver sutiles y notables diferencias. Yo no la envidio. Habrá gente que sí; la habrá, seguro. Hay gente pa tó, como dijo el torero. A esos andalucistas deberían darle la independencia y que siguieran el camino de Boabdil, así experimentaban la muslim way of life en alguna de sus atractivas variantes: la iraní, la sudanesa, la siria, la egipcia, la argelina, la marroquí, la afgana...ahí, con viento fresco. Quién sabe si volverían a la sucia y oscura Castilla. Aquí estaremos para acogerlos de nuevo.
24.2.11
Un tal Carlos (parte I)

Hoy, lo siento, voy a ser oportunista al máximo, ya que hoy, 24 de febrero, es el "cumpleaños" de cierto personaje histórico de relevancia. Relevancia no sólo española, sino europea y aun mundial, aunque en los últimos años se haya ido rebajando esa relevancia, debido a las nuevas corrientes de la historia y a los nuevos tiempos de cultura, política y pensamiento. El Imperio Hispánico ya no se lleva. Es injusto, porque por los años del franquismo parece que Carlos y Felipe eran falangistas, fusilaban a gente por sus ideas, cantaban el Cara al Sol e ilegalizaron el PCE, entre otras cosas. Pero ellos, estos reyes y las gentes del Siglo de Oro, no tienen ni mucho menos la culpa de esta burda utilización. Son hijos de su tiempo y nada más.
Este personaje, de un tiempo a esta parte, se ha convertido en uno de mis predilectos, junto a Juan de Austria, Garcilaso de la Vega, Blas de Lezo o Cosme Churruca. Estoy hablando de Carlos de Gante, más conocido con el rimbombante "Carlos I de España y V de Alemania", por decir sus títulos de forma simplificada. Se me podrá achacar fácilmente de imperialista al gustarme tanto un personaje como el sacro emperador germánico, al estilo de los juntaletras del franquismo, y de cómodo y facilón al preferir esa época esplendorosa, cuando España era temida y respetada de verdad, (esta vez de verdad) pero nada más lejos de la realidad.He leído varias biografías y estudios modernos, como los de Fernández Álvarez, Brandi, Lynch o Thomas. Y no todo e
n Carlos ni en su vida fue oro, pompa y magnifiencia, éxitos y reverencias. Ni por supuesto en su política o en los múltiples reinos que, con una suerte tremenda, por los avatares del destino le tocó gobernar.Carlos nació hace justamente hoy 511 años en el Palacio de la Casa del Príncipe (Prinsenhof) de Gante, hijo de Juana de Castilla ( hija de los Reyes Católicos), luego llamada La Loca, y Felipe de Habsburgo (hijo del Emperador Maximiliano I y María de Borgoña), apodado El Hermoso (curioso este Carlos: una madre loca y un padre hermoso), el duque de Borgoña. Por lo tanto ya su mismo nacimiento era la culminación de las ambiciosas políticas matrimoniales a las que se prestaron ciertas monarquías de la época, de las cuales las más beneficiadas fueron los Trastámara y los Habsburgo. Carlos estaba destinado a las mayores glorias, pese a que su nacimiento no fuera precisamente demasiado glamouroso: en el baño, de forma apresurada, procediendo su madre sin ayuda de nadie. Banalidades aparte, ciertamente ese niño era fruto de un matrimonio bien pensado en cuanto a territorios y dignidades: de un lado, la Corona de Aragón (con Nápoles y Sicilia) y la Corona de Castilla (con las islas Canarias y los nuevos territorios descubiertos en las Indias, de los cuales aún no se tenía conciencia plena de la magnitud en cuanto a tamaño. Navarra sería anexionada en 1512). De otro lado, los territorios patrimoniales de los Habsburgo y Borgoña (múltiples ducados y condados, como la misma Borgoña, Brabante, Luxemburgo, Artois, Charolais, Flandes, Hainaut, Tirol, Estiria...) además del enchufe para optar a Emperador ya que Maximiliano es su abuelo paterno. Pero, en principio, no era Carlos el primero en la línea sucesoria. El azar y la fortuna fueron dándole esa oportunidad.
Antes, se encontraban príncipes como Juan ( conocido por su querencia por el lecho conyugal) o Isabel, primogénitos de los Reyes Católicos, o Miguel, hijo de esta Isabel. Sus prematuras muertes (1497, 1498 y 1500) fueron configurando los acontecimientos. Los padres de Carlos se habían casado en 1496, y con estos tres inesperados golpes, Juana es confirmada como heredera de Castilla y Aragón. Pero en noviembre de 1504 muere Isabel la Católica, con lo que Castilla queda descabezada. Fernando intenta controlar la situación, nombrando a Juana reina. El marido de ésta ya había puesto sus ojos en la Península. Posteriormente se acuerda el gobierno conjunto de los tres, pero pronto desembarcaría en España Felipe. Enseguida quedó de manifiesto el odio existente entre Fernando y Felipe. El Hermoso contaba con el apoyo de la nobleza castellana, quien veía al Católico como un aragonés demasiado astuto y advenedizo, por lo que Fernando procede a retirarse discretamente a sus territorios en 1506. El flamenco es proclamado rey de Castilla en las Cortes de Valladolid en julio de ese año. Su mujer Juana empezaba a perder la cabeza, acaso por las infidelidades de su amado Felipe, quien en modo alguno correspondía a su mujer. Tiempos difíciles en Castilla.
Poco duraría como rey ya que en septiembre fallece en circunstancias extrañas
(enfriamiento por beber agua helada después de hacer ejercicio, peste, fiebres...) que hicieron sospechar de asesinato por parte de Fernando. Lo cierto es que a la muerte de Felipe, y con Juana recorriendo el reino con el féretro, por la noche, de su finado marido (por cierto: el cuadro de Francisco Pradilla adjuntado ahí me parece uno de los más impresionantes del Arte español de todos los tiempos.), la regencia de Castilla es asignada a un viejo (y tan viejo) conocido, el austero y competente cardenal Cisneros, siendo llamado Fernando posteriormente. Éste no había perdido el tiempo y ya en 1505 se había casado con Germana de Foix, para obtener un heredero. Infructuosamente, por cierto; de nada sirvieron los brebajes de testículos de toro. Pero estamos en 1506 y, con Juana incapacitada y recluida, los dos veteranos hombres de Estado aguardan a la mayoría de edad de nuestro Carlos. Cisneros con más fe que Fernando, ya que el Católico tenía mayor afinidad con el hermano de su nieto, llamado también precisamente Fernando, nacido en 1503 en Alcalá y educado como castellano.Carlos permanecía ajeno a todo esto. Había nacido en Gante y, alejado de sus padres, llevó hasta los 18 años una educación como flamenco, como príncipe borgoñón, con su tía Margarita de Austria. La Corte de Flandes le marcó de por vida, con su ceremonial (como el Toisón de Oro, importado a España) y sus maneras, en su carácter y procederes. Llamado como uno de sus bisabuelos, el legendario Carlos el Temerario (muerto en batalla, en
Nancy, 1477) tenía preferencia por espadas, rodelas, armaduras y correrías con campesinas. Participando en justas y leyendo libros de caballerías, mostraba más interés en todo ello que en los estudios, pese a los esfuerzos de sus preceptores Guillermo de Croy, señor de Chièvres (quien incluso dormía en la misma habitación con él) y Adriano de Utrecht. Hablaba fundamentalmente francés y el castellano hubo de aprenderlo con los años; cuando desembarcó en 1517 apenas lo entendía.En 1515 fue nombrado Señor de los Países Bajos. Pero el verdadero momento llegaría en enero de 1516, con la muerte de su abuelo Fernando. El Católico, quien hasta el último momento mostró su preferencia por Fernando el castellano. Con todo, nombró en su testamento como heredero (aunque nominalmente era "Gobernador y Administrador de los Reinos"; la reina, pese a estar incapacitada por su locura, seguía siendo Juana) a Carlos. Mientras el de Gante llegase, el regente sería de nuevo Cisneros. Pero Carlos, o mejor dicho su caterva de flamencos, tenía poco tiempo, por lo que se plantea la idea de proclamarse rey a mediados de marzo. De hecho en Bruselas se cantó "El rey Fernando ha muerto. ¡¡¡Vivo es el rey, vivo es el rey!!!". Informados el Consejo de Castilla y Cisneros, éste le responde en abril con la nueva titulación, esto es, Juana Reina y Carlos Rey. En Navarra fue reconocido en mayo, encontrando en Aragón mayores resistencias.
Así, el viaje a España no se produjo hasta septiembre del año siguiente. A finales de mes, tras un largo y dificultoso trayecto de más de 20 días, la comitiva desembarcaba, a causa de un temporal, en Tazones, cerca de Villaviciosa, Asturias. Unos exóticos flamencos en barco no debieron de agradar demasiado a los lugareños, ya que los atacaron, considerándolos piratas. Carlos era ya por entonces un joven de mediana estatura (para la época. Era más bien bajito.), paliducho y rubio, con la nariz picuda y una exagerada barbilla, con la mandíbula trastocada, por lo que dificultaba su modo de hablar y de comer. De expresión bobalicona, no demasiado agraciado, al contrario que su hermoso padre. El anciano Cisneros, de 81 años, partió de Valladolid para recibirlo, pero el regente falleció en un pueblo de Burgos sin que Carlos hiciera gran cosa por apresurarse en ir a por él. En Tordesillas se entrevistó brevemente con su madre, a quien apenas había visto en su vida y quien ya no saldría de su triste prisión hasta su muerte con 76 años. La madr
e del futuro emperador confinada y sola. Las contradiciones de la vida.A partir de ahora comienza la frenética actividad de Carlos (como una premonición de su vida; pocos reyes ha habido tan móviles como Carlos V) y los flamencos, básicamente la de "tomar el dinero y correr", ya fuera por Castilla o Aragón, y haciendo caso omiso de las peticiones de las Cortes, como aprender castellano, no sacar oro, plata y caballos de Castilla o dejar de colocar a flamencos en los puestos gubernamentales o eclesiásticos importantes. Ese mismo 1518 procedió a sacar a su hermano Fernando de Castilla, ya que empezaba a contar con demasiados apoyos entre la nobleza. El buen Fernando, más castellano que él, fue mandado a Flandes y posteriormente sería rey en Viena, alejado de España. Carlos, además, conoció a la segunda mujer de su abuelo materno, Germana, de 29 años. La sintonía fue tal que pronto surgió el amor entre ambos; (desde luego la industria del corazón hubiera tenido un filón con esto) con todo, la relación entre Carlos y su abuelastra (¿qué escandaloso, no?) no duró demasiado, ya que Germana se casó con el duque de Calabria y ejerció como virreina de Valencia. Con el único objetivo de recaudar fondos, el clima de oposición fue creciendo en ese par de años de 1518-1520 ya que la codicia de los flamencos se hizo proverbial y caló en el imaginario de la gente del pueblo.
En enero de 1519 fallecía su abuelo Maximiliano, y tras seis meses de negociaciones en los que mucho influyeron los dineros de los banqueros alemanes Fugger y Welser (quienes bien exigirían luego que se les devolviese el favor), y en las que se impuso a su gran rival Francisco de Francia, Carlos era elegido Rey de Romanos en Frankfurt; esto significaba que en la práctica, era el futuro Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico ; lo que faltaba, pensarían muchos: un rey que ostentaba ya las coronas de Castilla, Aragón y los Habsburgo se hacía dueño de media Europa más y se constituía en cabeza de la Cristiandad. A todo esto, un tal Hernán Cortés estaba conquistando el decadente Imperio Azteca en México en su nombre. Y en septiembre de 1519 , tras el consentimiento de Carlos, parte de Sanlúcar la expedición del portugués Fernando de Magallanes con el objetivo de circunnavegar el globo, una de las mayores hazañas de la historia. ¿Es posible mejor momento histórico, al menos en territorios y poderío? . Ajeno a todo esto, como siempre, Carlos en este momento necesita guita. Así que, en marzo de 1520, tomando más dinero y dejando a Adriano de Utrecht como regente, tomó el camino de Compostela para convocar Cortes allí y luego en La Coruña se subió a un barco, rumbo a Alemania con el objetivo de asumir la imperial corona en Aquisgrán, como Carlomagno.
Pero sus súdbitos españoles, en concreto los castellanos, no estaban tan contentos y no participaban de la algarabía de Carlos y sus flamencos. De hecho se estaban empezando a levantar para enfrentarse abiertamente a ese fulano flamenco que no conocían de nada, que recluía a su madre y expulsaba a su hermano, o colocaba como obispos de Toledo a amigos de 20 años además de llevarse maravedíes y maravedíes para la "causa imperial". Carlos se iba a enfrentar por vez primera a todo lo que suponía reinar y gobernar, y lo que acarreaba el mal gobierno. Comenzaban las Comunidades.
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