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27.5.14

Vidas perrunas

La pelota cruza el aire y aterriza sobre la tierra sucia salpicada de hierba, apenas botando un par de veces. Algo parecido a una liebre, una exhalación blanca disparada como un rayo, atrapa la esfera de goma.

Pero no es una liebre o un conejo, aunque lo parezca cuando corre. Cierto animal semejante a un can muerde y retuerce unos segundos la pelota, gruñendo de felicidad, y vuelve rauda a tu sitio, dejándotela interesadamente, o el palo, o una piña,  apremiando con un seco ladrido por si no te has sentido aludido. No queda otra que lanzarle lo que sea de nuevo a lo lejos.



 Renata en su hábitat natural.


Renata,  siete años, es blanca, blanquísima, con unas pocas motas irregulares de marrón canela, sobre todo en la cabeza.  Tan lechosa que en un primer momento la llamamos Nata, pero poco después tuvimos a bien añadirle un Re-  en pos de  algo más original, y desde luego, más castizo.  También es defectuosamente alargada y sinuosa, desde el morro hasta la cola. Mezcla curiosa de ratonero valenciano, Jack Russell terrier y algún elemento más inclasificable, vino al mundo en algún lugar del valle de Albaida, y de no ser porque nos la regalaron, ahora llevaría una existencia silvestre entre naranjos y acequias, llena de bichos y con la experiencia de varias camadas.
De mirada lánguida, tristona, sin embargo es alegre y activa. Su comportamiento y carácter denotan su raza, pese a su mestizaje, pues es fibrosa, atlética, incansable, y  como perro cazador (de roedores,  en su caso) posee un finísimo olfato y un afán de búsqueda hasta el final. No duda en zambullirse en marañas de matorrales si la pelota o el palo han caído ahí. Y como los ratoneros, que además de rastreadores son guardianes, ladra en demasía.

De la pureza de sangre de su "hermana" , que la observa a poca distancia esperando su turno, no hay duda. Pues Vilma, de  tres años, es yorkshire terrier, de padre y madre yorkie y más allá, suponemos.  Quizá por ello es más altiva,  celosa y posesiva que Renata. De denso y sedoso pelaje en varios tonos, dominando un marrón peluche y el gris,  y que precisa cuidadosos cepillados y constantes lavados, es algo más pequeña que aquella y también más tranquila y sedentaria. No obstante, es un perro de cojín, como la llamamos con sorna y cariño en casa. Como buen yorkshire, también tiene predisposición al ladrido, y , además, suele ser arisca con los demás perros y con la gente; básicamente prefiere sólo nuestra compañía. Uno de sus lugares predilectos en la calle es en un banco, a tu lado, ligeramente apoyada en ti, observando el panorama mientras husmea el aire. De su aparente altivez con los demás canes no hay nada aparte del ladrido inicial, pues pronto se achanta y busca tu cobijo, así como cuando escucha cualquier ruido estridente, aunque curiosamente lleva bastante mejor que Renata la tortura de los petardos; digo curiosamente porque Vilma es almeriense. 

  
Vilma con su cara de ewok tomando el sol.  



Este par de elementos son mis dos perrillas. Mis niñas, como digo a veces en un alarde de afectividad con algo de locura.  Tal para cual las dos, se toleran, se quieren, se odian y nos traen de cabeza a todos. En verdad  se complementan, y cuando una ataca a la otra, luego se perdonan y es la otra quien hace el bien a la una.  Por ejemplo, la mayor le suele quitar la cama y a veces la comida a la menor, pero luego le consigue la pelota de los lugares más difíciles y se la cede gustosa; Renata es por lo general más generosa, cálida y noble, y  Vilma más flamenca, acaparadora y egoísta. Aunque cuidado como oses molestar a la primera cuando está comiendo o descansando, o te llevarás una tarascada en forma de diente. Por otra parte, la segunda necesita siempre estar cerca tuya. Tales son las vidas felices de estos dos animales, sin más preocupaciones que comer, dormir, hacer sus necesidades, tomar el sol, pasear,  jugar y, por encima de todo, darte cariño, lealtad y amor, como sólo puede dártelo un perro, a su cánido modo.

Ya he escrito más de una vez sobre el perro, su circunstancia, su valor  y todo lo que aporta al género humano, para bien y para mal, y todo aquel que tenga perro/s o haya tenido, sabe perfectamente a lo que me refiero. 
 Renata Vilma son ya parte de mi vida, y lo seguirán siendo cuando ya no estén, como mi primera perrilla, la insustituible  Nisa. Al igual que ella, las otras dos se irán al cielo de los perros algún día y su recuerdo pervivirá por siempre.

El otro día cierto columnista escribió que pocas decisiones son más absurdas que comprar o adoptar a un perro, en el sentido de que, salvo accidente o enfermedad fatal, le sobrevivirás  y vas a verle morir, prácticamente entre tus brazos. Así, ¿es rentable emocionalmente? ¿compensa ese momento de extremo dolor en relación con los años de felicidad, cariño y compañía que te ha dado?

Mentiría si dijera que no compensa, pese a los malos tragos que he pasado y que pasaré. Insisto con lo de que quien nunca haya tenido perro no me entenderá, así como los que tienen o tuvieron sí. Pues, ¿cómo explicar esa sensación de cariño cuando acercan su hociquillo a tu cara, o a tu pecho, y te dan cálidos lametazos? ¿Esa compañía silenciosa, cuando saben perfectamente que estás enfadado o defraudado con algo o alguien, y se colocan a tu lado, sin molestar? ¿Cómo describir esa sensación cuando vuelves a casa después de semanas, de todo el día o incluso sólo de unas horas, y te reciben con mil carantoñas, excitadas y  llenas de felicidad? ¿O la alegría que les da saber que te estás cambiando y preparándote para irte a jugar con ellas al parque, cuando te escuchan abrir el armario? ¿Y las risas cuando, apenas has intercambiado una palabra con tu madre, ya saben que, maldición para ellas, vas a darle un baño y se esconden o lo intentan? ¿Ese optimismo que te transmiten, subiéndote el ánimo, cuando te das un paseo con ellas, y las ves felices abriendo naranjas, pero sobre todo felices contigo? ¿Ese momento de "qué bruja" cuando, regalonas, muestran la barriga para que se la acaricies?  ¿La tranquilidad cuando se posan encima tuya, e incluso se recuestan, con toda su pachorra, y sientes los latidos de su corazón? ¿O cuando se ponen a observarte silenciosamente, ya sea esperando su comida o su paseo? ¿Esa conexión tan fina, sutil, con sólo una palabra, un silbido e incluso un gesto?
















 
Siesta veraniega.





                                                     Ese hocico...


 Ciertamente, no entiendo cómo un perro puede ser tan noble, fiel, inteligente, cariñoso  y especial (es difícil de entender que tenga esas cualidades tan positivas, y no porque sea un mamífero emparentado con el lobo),  como tampoco comprendo que exista quien abandona, maltrata, tortura o mata a este bellísimo y extraordinario animal tan humanista.  A esas personas (por llamarlos de algún modo) les deseo la peor de las desgracias, con toda la acritud del mundo.

Un perro, ya sea macho o hembra, grande, mediano, pequeño o diminuto, con pedigrí, de pura raza o  mestizo/callejero/cortijero (para mí, los mejores),  es algo único. Y te hacen sentir único, verdaderamente. Siendo un tópico lo de su compañía preferible a la de la mayoría de humanos, es totalmente cierto. Sí, no siempre hay ganas de sacarlas, a veces son muy pesadas y causan más de un quebranto por comerse cosas del suelo o su  actitud con otros perros o con niños, pero la balanza está muy descompensada a su favor. 
Por todo ello, me reafirmo en lo de la rentabilidad emocional  y digo  "sí" a tener perros. Sé que su pérdida será un duro golpe irreparable, un desgarramiento más que momentáneo,  pero el bien que te hacen en el corazón compensa todo, aunque suene egoísta e interesado, pero no lo es.

Decisión absurda, ilógica, tonta. Puede. Pero yo ya no concibo mi vida sin perros.

22.10.13

Aquellos maravillosos años...que ya no volverán.

Todo ha pasado ya.  Ya se ha casado mi amigo. Un fin de semana inolvidable que me ha supuesto también un baño de nostalgia y un recuerdo insistente de lo vivido, lo pasado y lo rápido que, por desgracia, corre el tiempo.

También ha servido para reencontrarme con Murcia, esa ciudad tan especial para mí. No es que llevara tiempo sin verla pues he de pasar por ella cuando viajo de Valencia a Almería y viceversa, pero sí he podido contemplarla y sentirla mejor que otras veces. Además, pude recorrer de nuevo lugares muy significativos para mí y que hacía mucho, verdaderamente, que no veía, como mi colegio o la que fue mi casa, en mi barrio. Pero vayamos por partes.

La boda en sí fue una gran fiesta y rotunda, épica,  por muchas razones, pero también emotiva por lo importante del paso y lo significativo de esta amistad para muchos de nosotros. Como me temía, me imaginaba y sabía, pues soy muy sentimental para algunas cosas, tuve un momento de debilidad (o sinceridad, según se mire) y lloré en unos momentos de la fiesta. Eran lágrimas de felicidad por él, por el matrimonio y por la vida que se le presenta ahora, pero también eran de algo de pena por todos los momentos vividos y compartidos ( hace casi 20 años nos conocemos, mi gran amigo de la infancia y mi mejor amigo durante mucho tiempo), todo eso que ya no va a volver y lo rápido, repito, que pasa el tiempo. Para todo y para todos. 

Momentos vividos y compartidos que no son sólo exclusivos de él y yo. También extendibles al resto de la pandilla, grupo o como quiera llamarse, de los de siempre. Gran grupo de amigos de siempre, irrepetible y de quienes me fui paulatinamente alejando, por unos motivos muy concretos,  conforme fui haciendo la carrera.  Pero me pierdo de nuevo.  Esta es una entrada largamente pensada y meditada y me gustaría explicarme lo mejor posible.  Hablemos ahora de el barrio. Porque todos los de la "pandilla"  (si descartamos a las novias) son del mismo barrio.

El barrio no es otro que El Carmen, barrio con personalidad y  de los más famosos de Murcia, situado entre el río y la vía del tren. Un barrio con vida,  popular, de gente trabajadora y con familias totalmente normales, llanas; también un barrio difícil en ciertos aspectos y ciertas zonas.  A esta  populosa "pequeña ciudad" a  sólo un puente del centro,  de calles sucias y niños malhablados llegué en enero de 1995, con 9 años,  recién llegado de la provincia de  Jaén (Linares);  en él estuve hasta el verano de 2004. Casi diez años dan para mucho, entre otras cosas, no sólo para hacer buenos amigos, también para llegar a enamorarse de una ciudad. 
Mi historia de amor con Murcia no fue a primera vista, fue poco a poco (de hecho al principio odiaba su fiesta grande, el Bando, y con los años acabé vistiéndome de huertano y cantando La Parranda). Yo soy muy de Almería, la tengo siempre presente y la llevo siempre por delante, pero si hay una ciudad, si hay una tierra que haya podido rivalizar con ella en mi corazón, esa es Murcia. De hecho, como reconozco sin sonrojo, en ciertas ocasiones he llegado a sentirme más murciano que almeriense, y siempre que tengo ocasión defiendo a Murcia y a los murcianos.

Murcia y Almería, Almería y Murcia; entre ellas hay una cierta rivalidad aunque en el fondo se parezca más al hermanamiento pues son dos tierras cercanas no sólo en lo geográfico. Es llegar, ya sea en coche o en tren, al feraz valle del Segura, tan distinto de las áridas tierras circundantes, y la alegría y el regocijo van subiendo en mí. Esa calima somnolienta que se percibe a lo lejos en la huerta los días de calor (y los veranos son eternos en Murcia; también se plantea si existe el otoño allí), la frondosidad de las tierras verdes y los cientos de casitas entre el monte de la Cresta del Gallo y la urbe,  la torre de su catedral siempre dominante, siempre nítida sobre la masa de edificios, imperturbable (aunque desde hace unos pocos años ya no es la única torre alta de la ciudad), o ese ambiente inconfundible del centro, con esas calles estrechas, profundas y llenas de gente que se abren a plazas más repletas de gente aún (sensación que pude disfrutar el otro día)  son evocaciones de mi Murcia querida. 

Era cuestión de poco tiempo, pues un niño es una esponja,  que se me acabase pegando el acento, con esas terminaciones en "-ico/a" y sobre todo ese "acho" tan característico, tan  áspero y que tantos usos tiene, y del cual es tan difícil desprenderse. Unos años me costó y alguna vez se me sigue escapando. Además, unas cuantas veces me han tomado, al escucharme en otras partes de España, por un murciano, lo cual no me molesta en absoluto, si bien digo rápidamente que soy almeriense. Esto tiene relación con otra cuestión, la de lo parecido del acento almeriense y el murciano, pero ni todos los almerienses son tan murcianistas como yo ni todos los murcianos son tan almeriensistas como otros, como bien sé. 

También recorrí en soledad  el que fue mi barrio (creo que nunca ha dejado de serlo), por calles como el Paseo de Corvera, la Alameda de Capuchinos, Goya o la plaza del Pintor Pedro Flores, ese inolvidable jardín de parte de mi infancia. Contemplé, después de muchos años y a través de las vallas mi colegio entre mediados de los 90 y 1999, el colegio público Félix Rodríguez de la Fuente (para todo el barrio y media ciudad, el Félix, o dicho con acento murciano, elfelih), con ese gran patio donde cuando no había pelotas de cuero jugábamos con "pelotas" de papel de aluminio, o donde tomábamos chocolate caliente disfrazados en Carnaval. Aquí evidentemente conocí a mi amigo (ya hoy un marido hecho y derecho, lo que es la vida), además desde mi primera casa aquí se veía su balcón al otro lado de la calle,  y por esto y otras evocaciones y otros tantos recuerdos de esos años pasados y de otros amigos y compañeros, me volví a emocionar un poco. 


 El Félix (Elfelih). Aquí comenzó todo...


Al instituto, también público y fronterizo con otra zona difícil, el Mariano Baquero Goyanes (a.k.a. el Baquero) no me acerqué, pero es tanto o más importante pues allí me hice adolescente (con todo lo malo y bueno que conlleva) y conocí a otros componentes de la pandilla. 

Esta "pandilla" de la que tanto hablo ahora, estaba y está formada por chicos de este barrio de El Carmen, todos niños de familias muy normales, de casas perfectamente normales de matrimonios con dos o tres hijos, donde nunca faltó la comida en el plato ni ropa en invierno pero donde tampoco manaba el dinero a espuertas y a veces eran necesarios los equilibrios (por lo menos en la mía, al principio) , aunque casas felices al fin y al cabo.  Chicos de barrio, de enseñanza pública (y a mucha honra) y bocata en el recreo,  poco atentos a modas o caprichos y poco acostumbrados a derroches. Chicos cuyas casas se situaban por tres o cuatro calles cercanas entre sí. Chicos que compartían unos gustos parecidos, unas mismas inquietudes y el poco éxito con las chicas (y llegaron las novias; no es que llegaran tarde, pero en algunos casos se produjo a alturas que en otras personas corresponde a cuando se han tenido varias relaciones o  se llevan unos cuantos años con el novio o novia). Como en el fondo sólo nos teníamos a nosotros mismos, de ahí, entre otras cosas, radica la fuerza de la unión. Unión que se ha mantenido pese a los años y las parejas. 

Aunque no puedo decir lo mismo de mí. Un nuevo traslado por trabajo de mi padre en 2004, esta vez a Valencia, nos obligaba a dejar Murcia, con todo lo que eso significaba. Este traslado supuso un pequeño gran trauma para mí y para mi madre y quizá debiera haberlo afrontado con mayor madurez, y además haber pensado más en mis padres. Pero el caso es que un año después volvía a Murcia, esta vez solo y para hacer la carrera allí. Un capricho, verdaderamente.

Regresaba a Murcia por lo fusionado que me encontraba con la ciudad y con la tierra, pero fundamentalmente, por ellos, por los amigos.  Por esa gran unión de años, esas alegrías y esas vivencias. Necesitaba volver. 
Paradójicamente, mi retorno a la ciudad acabaría alejándome paulatinamente de esa pandilla de barrio. Vine por ellos para acabar desprendiéndome del grupo, ya fuera consciente o inconscientemente.  Al principio todo fue normal, como siempre, pero a partir del tercer año de carrera fue decisivo. ¿Las causas? No son otras que la influencia de la vida universitaria (mi descalabro traumático de 2008 es triste símbolo de esto) ,  el irme a vivir a un piso en el barrio universitario  y que con los compañeros y compañeras de la Facultad estaba disfrutando de nuevas vivencias y experiencias (y algunos de los cuales se estaban convirtiendo ya en buenos amigos, amistades que aún conservo). No es algo de lo que me arrepienta exactamente, entre otras cosas porque tampoco sirve de nada,  pero sí es algo que lamento, y mucho. Pude haberlo hecho mejor, sin duda. Tanto es así que cuando llegó la graduación en 2010, nadie del grupo del barrio estuvo allí. Tampoco les avisé, aunque les echase en falta. Pero a esas alturas no tenía ya mucho derecho a exigir o reclamar nada. 


Completé 14 años ya en Murcia, pasaron más años,   llegaron más cambios de ciudad, como mi ansiado retorno a Almería, llegaría también mi primera novia, y cada vez el contacto con ellos fue menor, muy reducido. No es que se perdiese por completo pero ya no era ni de lejos como antes. Poco a poco y tristemente me había convertido como en un extraño, ya no era ese niño, ese muchacho del Carmen. He llegado a sentir sincera pena por ello en ciertos momentos, aunque no lo demostrase demasiado.

Y llega la primavera de 2013 con el notición de que mi amigo de la infancia se me casa.  La boda y este fin de semana en Murcia  ha servido para darme cuenta de una vez, como él me dijo, "que el tiempo pasa, pero lo importante permanece". Pueden pasar muchos años, muchos traslados y alejamientos, pero los amigos de verdad siempre estarán ahí. Por más que sean amigos poco efusivos en ciertas ocasiones y poco dados a alharacas y  ostentaciones cantosas de amistad que a la gente suele gustarle (también debe decirse que muchas de estas ostentaciones suelen ser falsas o  endebles en un buen número de casos), pero ellos son así, simplemente y como debe ser.  Por otra parte, nunca me han reprochado nada  y  cuando están de verdad ahí, lo están. Porque lo sé. 

Y nada más. Entre todo eso y mi negro futuro, admito mi maltrecho estado de ánimo por si no se desprende lo suficiente de estas palabras. Todo está escrito con esos ataques de sinceridad (en una de mis contradicciones, pues lo mismo puedo ser reservado que desmesuradamente sincero) que me llevan a escribir (y me ayuda, o me ayudaba cuando escribía más) sin omitir detalles  porque siento también que debo dejar ciertas cosas por escrito, pues aunque siempre fui, o soy más de hechos (o lo era) también me tranquiliza publicar estos parrafones, aunque no me lea nadie o casi nadie o esto pase desapercibido. Eso no me importa. 

En fin. Aquellos maravillosos años...que ya no volverán. Yo, tan nostálgico, sentimental  y mi insistencia con los recuerdos, con esas evocaciones de un tiempo muchas veces idealizado. En el fondo sigo siendo (o quisiera seguir siendo) ese niño bajito y tímido que cuando no leía se pasaba las horas muertas en chándal por los concurridos jardines del barrio, o iba a casa de su buen amigo de enfrente a jugar al Atmosfear, a veces  a  merendar y  hablar de sus cosas a su habitación, aunque en esos años 90 nuestra vida fuera más fácil que la de ahora y no nos preocupásemos de la ropa, de las mujeres, del dinero o del futuro, que todavía se veía por suerte muy lejano.  También sigo siendo (o quisiera seguir siendo, por un tiempo al menos) ese adolescente tarugo en los estudios, repetidor reincidente en el instituto que era feliz compartiendo horas y días de su vida con la pandilla en ratos, risas,  viajes y fiestas...



"El tiempo pasa, pero lo importante permanece". Muchas gracias a tí, por todo. Y muchas gracias a todos, por todo.

31.12.11

Tempus fugit...Adiós, 2011

Tempus fugit, como dice la famosa sentencia latina. Otro año que se va rápidamente, tal cual diría un pesimista. Un nuevo año empieza y se nos presenta ante nosotros, que diría un optimista. Creo no equivocarme si digo que lo correcto es lo de que "el tiempo vuela". Ésa es una realidad innegable y alguna vez he oído que si el tiempo pasa rápido ante tí, es que eres feliz. Por tanto, si los días y los meses se arrastran lenta y desesperadamente, tienes riesgo de padecer una depresión de caballo. No sé, es posible. Para mí, aproximadamente desde 2003 o 2004, el tiempo pasa fugazmente; no sé exactamente el motivo, pero, sin despreciar los años precedentes a esa fecha, coincidentes con mi niñez y adolescencia, esta última casi década ha sido enormemente feliz en mi vida. Aunque ha habido de todo. Variada, abundante en muchas sensaciones, altibajos y gente pasando ante mí como un tiovivo o un descenso rápido de un río. El río de la vida.

Pero dejémonos de décadas y hablemos de lo estipulado hoy: de este año 2011 al cual le quedan horas. Podría llenar y llenar el hueco en blanco hablando de política y actualidad, pero para eso están los periódicos y los programas especiales de televisión. Así pues, me centraré en mis experiencias, mis vivencias personales en este año agonizante.

Un año que comenzó bastante tristemente por un mazazo en la familia, mazazo intuido y previsible y confirmado cinco meses más tarde, en ese mayo del cual ya hablé en su momento. Como ya escribí sobre ello, rehuso hacerlo de nuevo. Pero no te olvido, allá donde estés, en el lugar donde van las personas buenas.

Personas, personas y personas. Muchas personas en el río de la vida de mis más de veinticinco años. La verdad es que este año viene confirmando lo experimentado en 2010; en comparación con los años precedentes, especialmente a partir de 2005, me voy quedando más solo cada vez. Dicho sin ningún ánimo de lástima o compasión. Lo de "más solo" es una forma de hablar, desde luego. Pero la verdad es esa. Unas veces de forma voluntaria y otras veces verdaderamente involuntaria. En fin. Con todo, sigo teniendo a gente a mi lado, desde luego. Sólo me cabe desearle lo mejor a esas otras personas.
Podría decirse que estoy volviendo a la etapa de coyote o lobo estepario (por cierto, hablando de animales, este año me ha traído otra hermana perruna, ya tengo dos) si no fuera porque este 2011 contiene un importantísimo cambio en mi vida. Harían falta muchas entradas para explicar todo lo que ha supuesto este cambio provocado por esa persona maravillosa, y los sentimientos están demasiado a flor de piel como para escribir correctamente, por tanto es mejor dejarlo ahí. Dejémoslo, como ya dije, en que tengo el corazón contento y los colores para pintar el lienzo de mi vida.

Por lo demás, este 2011 ha supuesto un feliz retorno al terruño, después de 24 años; quién sabe si definitivo o no. Es pronto para decirlo. Sobre todo, porque aún no estoy dando palos al agua, para mi desgracia. Es lo único que me falta. Cuando lo esté, ya será otra cosa. En Almería soy, pese a las limitaciones de mi patria chica, enormemente feliz , pero me ha quedado un deje errante en el pensamiento y el espíritu, y mi afán viajero y de ver mundo sigue intacto. Debo aclarar esto y escribir sobre la idea de ser provinciano o no.

Digo aclarar porque, para mi asombro e incomprensión, sigue habiendo gente ávida de mis "pensamientos", sentencias, relatos y sandeces. Sigo contando con seguidores (y seguidoras. M., además de mi paisana y de mi alma cortada a la medida, es mi lectora VIP) bastante fieles y recomendables, e incluso últimamente va aumentando la parroquia. La verdad, me ruborizáis. Mil millones de gracias de nuevo. Eres/sois mi fuerza muchas veces.

Y poco más. Otro año se ha ido volando. Siento sacar la vena pesimista, pero yo soy así. He de escribir también sobre esto. Soy pesimista, pero eso no quiere decir ver las cosas siempre desde el lado negativo, con nubarrones y amargura. No. Ser pesimista, en contraposición al optimismo a veces exagerado y distorsionador de la realidad, implica ver las cosas con realismo, templanza y tranquilidad. Una tranquilidad estoica no exenta de fatalismo típicamente español , un pesimismo que considero da más regalos y premios que el optimismo, porque si las cosas salen bien, te llevas una agradable sorpresa. Considero ese pesimismo la opción más correcta. Yo no puedo ser de otra forma.

Bien, año 2011. Se acabó. Fugaz, como tus inmediatos predecesores. Muchas gracias por todo. O maldito seas, según se mire. Pero creo que tengo más cosas para agradecértelas en vez de odiarte. Hasta siempre.

Bienvenido , 2012. Eres una total y completa incógnita.

Feliz Año a todo el mundo.


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Dejadme que ponga por aquí también "Fantasia on a theme" (Fantasía sobre un tema de Thomas Tallis) del compositor inglés Ralph Vaughan Williams, una de mis melodías favoritas. Una joya de principios del siglo XX basada en la música renacentista, utilizada en varias ocasiones en largometrajes, como "Master and Commander", o series de televisión como "Los Tudor". Preciosa de verdad.

Por los que están y los que se fueron.

http://www.youtube.com/watch?v=oS8Sd8amxcU&feature=fvst


7.9.11

El verano del amor

Sí, soy yo. Vuelvo a aparecer por aquí. Tras prácticamente un mes. Buena parte de ese mes comprende un agosto inolvidable, el mejor de mi vida, de momento. Y cuán distintas -para bien. No pueden ser mejores- son las cosas para mí desde entonces.

El destino. El azar. Designios inescrutables. Alguien jugando a los dados. ¿Somos amos de nuestro destino?. Parezco Iker Jiménez, lo dejaré, tranquilos. Quién sabe. La maravillosa coincidencia de dos navegantes (gracias al oceáno virtual) en una calurosa noche de julio vino a unir los avatares de dos personas, alejadas en el tiempo y el espacio. O no tanto. De forma inesperada, como inesperada fue la inmediata conexión casi al instante, eso a lo que anglosajonamente denominamos feeling. Tantas cosas en común, además... Y vaya con el feeling. Curiosamente, entre dos paisanos. Ah, la vida pueder ser maravillosa en ocasiones.

Así tuve la inmensa suerte de encontrarte. Y como una especie de ciclón benigno, de repente hiciste desaparecer todos mis problemas, tristezas y preocupaciones, o al menos relegarlos a un segundo o tercer plano. Además, el verano se presentaba muy distinto y algo triste por ser el primero sin un familiar muy querido, y se convirtió en un verano único. No me olvidé de ese acontecimiento de primeros de mayo, evidentemente. Pero sí me lo hizo más llevadero. Y me alegraste la vida. Con tu sonrisa, tu simpatía y forma de ser y tu gracejo almeriense me cautivaste. Algo en teoría complicado, estando tan lejos en la distancia. Pero así ocurrió. No sé realmente qué te hice yo, pero nos pasábamos horas y horas, trasnochando como monjes o hackers, hablando, riendo, hablando y hablando, conectando. Mucho. Tanto que surgió algo más fuerte. Luego llegó el móvil, hablar por él y los mensajes por doquier. Más fuerte. Aún me pellizco, como si no me creyese todavía la realidad. Porque ni de lejos imaginaba lo que estaba por llegar. De lejos, lo mejor que me ha pasado.

Y aún faltaba lo mejor, desde luego. El verse. Encontrarse cara a cara. El ansia podía con nosotros, ¿recuerdas?. Al final llegó el momento. Puerta de Purchena. Plaza mítica de la ciudad donde las haya. Y preciosa. Ilusión. Nervios. Espectación. Dudas (por mí). Nervios. Llega el momento. Me acerco a la única estrella de la plaza. Y todo fue perfecto. Paseo de Almería abajo y tras unos quince minutos de rigor, dejamos hablar y actuar al corazón.
Y desde entonces fuimos los reyes de Almería esas noches, paseando de la mano, entrelazando los sentimientos por entre las oscuras calles del casco viejo, dándonos besos furtivos y robados (otros no tan robados) a cada poco, a cada recodo de antiguas calles las cuales, si antes ya estaban en mi corazón por ser de mi ciudad, ahora estaban más dentro aún y se me harían más inolvidables: Tiendas, Ricardos, Real, Mariana, Lope de Vega, Navarro Rodrigo, Reyes Católicos, el propio Paseo, Trajano, Plaza San Pedro. A cada recodo, escondiéndonos de la gente y de las miradas como colegiales. Andando atontados. Tomando granizados, como aquel glorioso, eterno e inolvidable de limón de la primera noche. Y dándonos besos con sabor a helado prebiótico. Pero no sólo tomamos helados. En la plaza Vieja del Ayuntamiento degustamos un combinado caribeño (Mojito le llaman) con la banda sonora de fondo, muy típica y estereotípica, de estampa cañí, de un cante flamenco. ¿O eran danzantes balcánicos aquel día? Me fijé más en tus ojos, desde luego. Situados enfrente uno del otro, la luz de las velas iluminaba aún más unos ojos ya de por sí brillantes. Subimos a la Alcazaba, soberbio castillo islámico símbolo de nuestra ciudad, cuando ya el sol se ocultaba tras la mole de la montaña, y nos sentimos reyes de nuevo, en nuestro interior. Reyes sin tesoro ni título alguno, por supuesto. Podría ser el de Reyes Felices, en cualquier caso. No nos hacía falta nadie más. La ciudad, negra y reluciente a nuestros pies, nos hacía enmudecer en su humilde ofrenda. Tú, yo y la ciudad. Nada más. Todo era posible. Al fondo, en su nuevo emplazamiento, la Feria brillaba como una supernova. Feria a donde fuimos y cumplimos con los rituales de rigor, como la degustación de vino de Cariñena. Vino dulce, grato al paladar . Aunque más dulce que tú conmigo no hay nada...

Con todo, siendo verano, llega un momento que la ciudad se te queda pequeña por lo cual la playa se convierte en la mejor opción. Y más si hablamos de Almería, señores (y señoras). Tras ir a las Salinas del Cabo, nos escapamos en un par de ocasiones, como en una película, en coche, a dos escenarios casi vírgenes, míticos, maravillosos. Los Genoveses y la Isleta del Moro, sin más pertrechos que la sombrilla y una toalla y más víveres que algo de picoteo, bebida y café frío. El resto lo pusimos nosotros. Esos días permanecen como un sueño en mí. Aún recuerdo los besos con sabor a sal, empapados de Mediterráneo, los prolongados baños en las cristalinas aguas agarrados como moluscos a la piedra, el aroma a piel tostada por el sol de agosto y rozada por el viento de levante, las "siestas" en la sombra y esos momentos que jamás se olvidan y que no tienen ni diálogo ni música. Sólo esa persona y el paisaje, la naturaleza, ausente, de fondo. Ya sea la inmensidad de la media luna de Genoveses, con su morrón pétreo y sus pinares o el peñasco con el pueblecito pesquero de la Isleta. Aunque el escenario ayude, lo importante es la persona. Yo nunca había tenido tantas ganas de cuidar y mimar a una persona. Ganas de esa persona. De estar con esa persona tan especial y única. Ensimismamiento al contemplarla. Enamorarse, lo llaman. Enamorarse. Quizá me haya enamorado alguna vez. Pero de esta forma, no. No de este modo y de esta fuerza. Sin ánimo de despertar compasión en nadie, sí he de reconocer mi desdicha en cuanto a amoríos se trata. Hasta ahora. Debía de llegar el momento. Encima, donde nací. Contigo. Sólo tú. Y que nada más importe.

La desdicha en cuanto a amores implica que, cuando llega el primero, el de verdad, las sensaciones experimentadas sean, en gran parte, nuevas y extraordinarias para mí. Y así ha sido. Ciertamente parecíamos quinceañeros, (¿y qué?) y lo cierto es que esta felicidad me ha rejuvenecido y me ha reconciliado con las personas. Los múltiples paseos, las conversaciones y las miradas bien pueden confirmarlo. Las noches en el coche también pueden hablar de eso. Noches de verano con el murmullo de las olas de fondo. Sólo el cielo sobre nosotros. Nada más. Vaya un verano, Fernandito. El verano del amor.

Así que se me avecina un otoño (y un año) extraordinario, lo nunca visto. Sólo faltan cuestiones de índole académica y comenzar proyectos de formación laboral para la felicidad completa o al menos en camino: en mi Almería, intentando ser algo por fin y con la compañía, la ayuda y el goce de una persona maravillosa que ha cambiado mi vida. Además, saca lo mejor de mí y me reconduce. Porque si, cuando nos íbamos conociendo los momentos y los sentimientos me hicieron pensar que, tras unas cuantas tormentas y naufragios, podía haber encontrado mi faro, al poco de nuestro primer encuentro me di cuenta realmente de que así era: eres mi faro, mi luz.

TAMNP.

4.8.11

Mediterráneo


Siempre ha estado ahí. Lo he tenido muy presente desde el comienzo de mi vida. Pero últimamente me estoy reconciliando con él. Hablo de cierto mar. De nuestro mar. El Mediterráneo.

Pocos espacios naturales -¿ninguno?- están tan cargados de historia, literatura, mitología, simbología e importancia y tienen tanta trascendencia en la cultura e idiosincrasia de los países bañados por él. Desde los primeros pasos del hombre, cuando empezó a salir de las cuevas, pasando por la época antigua y clásica, con egipcios, fenicios, griegos y romanos, el Mare Nostrum, y continuando con las andanzas de los piratas, primero vikingos y luego berberiscos y turcos. El mar de los caballeros de Rodas y de Malta, de Lepanto, de Cartago, del Nilo y de Egipto, de Tierra Santa, de Tiro, de la Corona de Aragón, de Venecia, de Génova, de Marsella, de Ragusa, de Nápoles. Estambul, Alejandría, El Pireo, Ostia, Barcelona. Templos de mármol. Olivos, pinos y viñas. Las columnas de Hércules. Mar de múltiples dioses, casi tan antiguos como las mismas aguas. Mar preñado de mitos, leyendas y literatura. El mar de Ulises y la Odisea, de Jasón y los Argonautas, de la Eneida, del Minotauro, del Conde de Montecristo, de los Corsarios de Levante. Catalanes, sardos, almogávares, normandos y otomanos. En sus aguas han guerreado paganos, cristianos y musulmanes. Han pescado o navegado mil culturas. Siempre con la ayuda o bajo la ira del mistral, el levante, el lebeche, la tramontana, el siroco o el poniente. Ese mar al cual Fernand Braudel dedicó su monumental obra histórica. El mar "en el medio de las tierras", realmente una relativamente pequeña extensión de agua dentro del planeta, pero situada entre Europa, África y Asia, una de las zonas más importantes para la humanidad desde el comienzo de los tiempos, desde que el hombre es hombre (con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva).

¿Por qué me estoy reconciliando?. Bueno, nunca me he peleado con él. Yo nací en Almería capital (desde el mismo hospital donde abrí los ojos se contempla una preciosa vista de la bahía) y nunca he renegado de mi origen y de la cultura mediterránea. No es que me reconcilie, es que siempre lo estoy redescubriendo, siempre me sorprendo admirándolo de nuevo y sintiéndolo por los poros de la piel. Aun cuando me encante Castilla y lo castellano (algún día escribiré también sobre eso) y le tenga en muy alta consideración , es innegable que soy mediterráneo, me encanta el mar -o la mar-, nací en sus proximidades y lo llevo sintiendo desde mis primeros días, "quizá porque mi niñez / sigue jugando en tu playa...". Lo siento por Castilla, pero no tiene mar, "no puede ver el mar", como escribió otro catalán, Joan Maragall. Pero ésa es una de sus señas de identidad. Con mar Castilla no sería Castilla. En fin, el Mediterráneo.

¿Lugares en concreto? Infinitos, prácticamente. Centrándome en España, podría empezar por los de mi tierra, con sus atardeceres eternos, sus recodos rocosos y sus aguas limpias y vírgenes. Las Salinas del Cabo, Las Sirenas, San José, Mónsul, Genoveses, La Isleta del Moro (lugar simbólico de parte de mis recuerdos familiares. Cuando veas la Isleta, puedes morir tranquilo), Aguamarga, Los Muertos, Terreros, El Playazo, Mojácar. Incluso la de El Zapillo, con su arena sucia y sus desconchados edificios. Todas son especiales. Sobrepasa Adra y Castell de Ferro y alcanzarás Salobreña, Motril y Almuñécar, lugares subtropicales de caña de azúcar y chirimoyas y de ciertas evocaciones familiares para mí. Contempla las cuevas de Nerja y sus preciosas playas con las casas pegadas a los acantilados. Luego Málaga y la Costa del Sol, ya algo en sí, como concepto, más desvirtuado. Volvamos a Almería. Sigue más arriba, al norte, y detente en la cálida Murcia de mi corazón, en la bonita Águilas, las rocas y acantilados de Mazarrón, Cartagena (verdadero puerto antiquísimo, trimilenario), el airoso Cabo de Palos o el Mar Menor ( a mí me gusta más bañarme en el Mayor. Soy de agua fría). Aunque aquí ya empiece a masificarse la cosa, sigue siendo el Mediterráneo. Como más al norte, en la provincia de Alicante, donde, Santapolas y Torreviejas aparte, siguen quedando reductos casi vírgenes como la Isla de Tabarca, un lugar donde merece la pena detenerse un buen tiempo. Toda la vida . La ciudad de Alicante, hermosa si vienes desde el mar, con el Benacantil y su castillo de Santa Bárbara dominándola. Quitando los desmanes urbanísticos de la propia Alicante o Benidorm, siguen quedando lugares extraordinarios como la preciosa Altea y sus casas blancas encaramadas y calles estrechas, o Calpe y su Peñón de Ifach. Bañarse a la sombra de sus más de 300 metros de pura roca no se olvida fácilmente. Desde aquí se ve Ibiza. Las Baleares, islas que aún nos pertenecen, aunque los alemanes y los ingleses se las quieran anexionar. Normal que deseen esas cinco perlas llamadas Mallorca, Menorca, Ibiza, Formentera y Cabrera. Ya en tierra de naranjos y arrozales, tenemos tierras colonizadas desde muy pronto, con núcleos como Denia, Gandía, Cullera y Valencia, con sus ventosos arenales contiguos a la Albufera y esa luz irreal tan bien reflejada por Sorolla. En la Costa del Azahar se encuentra Peñíscola, otro de mis lugares favoritos. Subir al castillo del Papa Luna, contemplar el casco antiguo blanco en el espolón y el mar y luego bañarte en sus claras aguas, en esa linda y recta playa donde se rodó El Cid hace 50 años es otra experiencia impagable. Más aún si degustas una paella aireado con la brisa del mar y mirando al azul profundo de las aguas.

Pero no sólo de arroces bien hechos o no y restaurantes se vive. Mis mejores recuerdos playeros son los de bocadillo de sobrasada, melocotón o sandía enterrada en la orilla y la mejor de las compañías. Una barbacoa. Murmullo de gente. O ir cargado de arena hasta en el carné de identidad, tras bañarte con un poniente de narices. O cuando una maldita medusa te hacía una caricia, o un simpático erizo te dejaba un recuerdo bien dentro de la carne. Recorrer espigones y rocas por arriba andando y por abajo, buceando. Bañarte al atardecer, o en la noche serena. Hogueras. Recuerdos más íntimos. Olor a salitre, alga y pescado. Fritura de plancha flotando por las terrazas. Calles iluminadas de noche. Castillos en el aire, ya sean de fuegos artificiales o no. Reflejos en el agua. Recuerdos que se quedan pegados al corazón como la sal al cuerpo.

Pueblos pesqueros, turísticos o los dos a la vez, lugares de barcas, fuertes vientos, jabegotes y lonjas. Casitas blancas. Caldero de pescado y marisco a la plancha. Lugares antiquísimos y peculiares. De aquí y de allá. El sitio siempre parece el mismo. Ya sea La Isleta, Corfú, Rodas, Jávea, Orán, Cadaqués, Sorrento, Taormina o Castelnuovo. Que los españoles mediterráneos tenemos muchas más cosas en común con italianos, griegos, turcos o argelinos del mismo mar que, por ejemplo con ingleses o la mayoría de los franceses es bien sabido, pero es que si me apuras, también hay diferencia con vascos o gallegos. Se da uno cuenta nada más ver las casas, el modo de ser y de vida, la cultura popular y la luz o el paisaje, conformadores de un carácter y de una idiosincrasia peculiar. Aunque existan urbes mediterráneas feas y descuidadas, y a veces deteste ciertas cosas del carácter de sus gentes y su forma de ser, bien es cierto que todo va incluido en el paquete. Nada es perfecto. Pero bien lo vale . Y las cuatro estaciones del año, desde luego. Ay, el Mediterráneo.

Una de las cosas por las que sigue mereciendo la pena vivir (y aún se puede hacer, pese a que nos estemos cargando el ecosistema) para mí, es sumergirme en el agua, abrir los ojos sintiendo el picor de la sal en las córneas y volver a salir tras ese bautismo. Darme la vuelta y contemplar las cortinas rocosas, los pinos, las casitas blancas o alguna torre de cemento incluso; aún así, en esos cristales y edificios se refleja la luz de la mañana o del atardecer, y sigue siendo bello y único. O adentrarse poco a poco en sus tranquilas aguas. Y notando el olor a salitre, a mar, a más de seis mil años de avatares. No hay palabras.

Nací en el Mediterráneo.

2.7.11

Miscelánea

- El colectivo homosexual normalizará su situación y será considerado igual al resto del mundo, cuando deje de hacer ostentación chabacana en el Día del Orgullo Gay. Hasta ese entonces, nada nuevo bajo el sol. Reinas, osos peludos y copias de Cristiano Ronaldo bailando, cantando y desfasando con dinero público por donde ellos (y ellas) quieran, a la hora que sea, porque ellos (y ellas) lo valen, y porque sí. Todo en un país, España, que no es Irán o Cuba, en lo relativo a los homosexuales, pero objeta algo (ojo, yo no estoy en contra de ellos. Cada uno es como es. Estoy en contra de esa ostentación) y te pasarán por la quilla.

- Buenos capítulos anoche en Los Tudor. Enorme serie. Los británicos, bien lo valen. Aquí en España no sólo es que nos avergoncemos de nuestra Historia, la despreciemos y optemos por otras vías, no. Encima, un programa tan apropiado como Supervivientes le superó holgadamente en audiencia. Y la noche anterior, el especial necrófago de Ylenia arrasó. En fin. España se merece su televisión.

- ¿De qué sirven ahora los lamentos de los políticos socialistas respecto a Bildu y sus procederes? No se mostraban tan contrariados cuando actuaron de mamporreros de la causa de la izquierda abertzale, preparándolo todo para la penetración y dar al traste con todo el trabajo de la Policía. Así nos va.

- Bueno. Si todo va según lo previsto, más pronto que tarde estaré volviendo al sur. Un nuevo comienzo en el comienzo, por así decirlo. Hay ganas e ilusión.

- Es duro, pero cada vez me doy más cuenta de lo cándido que he sido en múltiples ocasiones durante mucho tiempo. A ver si me percato y aprendo de una vez.

17.6.11

La bóveda eterna


Me encanta viajar. Visitar lugares, pueblos y ciudades. Tengo todavía pendiente una gran ruta por España, desde luego, cuando el dinero sea mi amigo. Aunque fuera de nuestro país, existe una urbe que tengo muy presente. Y más desde que fui en 2005, cuando incluso nos pilló encima todo el fregao del fallecimiento y las exequias del Papa, que ya es casualidad. Hablo, claro está, de la ciudad de Roma, la cual la tengo siempre muy presente como digo, pero que ahora, con el visionado de Los Borgia en Cuatro y un par de asuntos más ha vuelto con fuerza a mi pensamiento y mi corazón. Quién viviera allí...

Desde luego Roma no necesita presentación. Todo lo que dijera aquí de poco serviría. Es una de esas ciudades inmortales (la auténtica Ciudad Eterna, desde luego) mediante las cuales te sientes un poco más orgulloso de ser humano, por así decirlo. Roma es antigüedad, arte, humanidad, historia, todo a toneladas, vida y frenesí, plazas y calles repletas de gente y vías atestadas de tráfico, donde para cruzar de un lado a otro has de tirarte realmente a los coches. Más de tres millones de personas, no siempre del todo civilizadas. Roma es caótica y puede llegar a ser bastante sucia y desordenada. Al fin y al cabo, es la ciudad del Anfiteatro Flavio y del Circo. Pan y circo. El circo de hoy es el fútbol. No soy demasiado futbolero, pero uno de mis equipos del alma es la Roma (Associazione Sportiva Roma) , un club con escasos títulos en su octogenaria historia, un claro ejemplo de una institución con más sentimiento que éxitos. Desde luego no todos los equipos tienen en el escudo a la loba capitolina y visten los colores de la ciudad, el rojo granate y el naranja dorado.
En fin. Roma siempre ha estado ahí. Desde Rómulo y Remo, los Césares, las catacumbas paleocristianas, las invasiones bárbaras, las brumas altomedievales, Miguel Ángel , los Papas pomposos y a veces lascivos del XVI y XVII, el refinamiento neoclasicista y la Unificación de Italia. Los famosos y ajados adoquines de sus calles simbolizan a la perfección el corrido de la urbe. Aunque actualmente se parezca poco a esa ciudad de película italiana de los 50 y 60, tipo La dolce vita; la globalización hace que actualmente Roma sea, curas, cardenales, madamas depredadoras y trattorias aparte, también pakistaníes que te intentan vender un paraguas cuando caen cuatro gotas, puestos de negros vendiendo baratijas en las cercanías de la columnata de Bernini en el Vaticano o chinos quienes, fieles a su carácter, te hacen de todo, como regentar restaurantes supuestamente italianos donde te sirven una pizza bastante discutible. Al menos los propios italianos se siguen ocupando de sus insuperables gelati...qué mejor lugar para tomarte uno de stracciatella que la Fontana di Trevi.

Es francamente imposible quedarse con un solo lugar de Roma. Si hay ciudades con un monumento que justifica casi por sí solo su visita, Roma tiene varios. Muchos. ¿Con cuál me quedaría? ¿Las ruinas del Foro, preñado de historia y política? ¿El maltrecho Coliseo, símbolo de la crueldad humana, con sus gladiadores de charol haciéndose fotos con los turistas? ¿El monte del Capitolio, antiquísimo y renacentista, con su escalinata de Miguel Ángel y su Marco Aurelio de bronce a caballo? ¿Las iglesias barrocamente barrocas, como Il Gesù , Sant´Ignazio o San Luigi dei Francesi, cuando Roma era Caput mundi? ¿La espectacularidad gigantesca de la basílica del Vaticano, o la más pequeñas y coquetas de Santa Maria Maggiore y San Juan de Letrán? (San Giovanni in Laterano, qué bonito es el idioma italiano, desde luego) ¿La Piazza Navona y sus fuentes de Bernini? Pues no. Me quedo con el Panteón. El Panteón de Agripa. Por cierto, siempre me ha gustado nominarlo de esa forma, en vez de "de Roma", por ejemplo, acaso por más sonora (aunque Agripa no moviese un dedo por él) y para diferenciarlo de otros como el de París, aunque el romano fuera el primero de todos y desde luego no necesite otro nombre en su título para hacerlo peculiar.

Tampoco voy a aburrir ahora con una entrada sobre Arte, primeramente porque hay gente que sabe mucho más que yo y segundo, porque me voy a centrar en las sensaciones e impresiones de este Monumento, con mayúsculas. Ya me quedé prendado de él cuando estudié Historia del Arte en mi último año de Bachillerato, por lo cual mis deseos de contemplarlo in situ eran infinitas. Y no me decepcionó, desde luego.



Una de las pocas cosas que hago muy bien es orientarme siempre en todos los sitios y no perderme nunca realizando las rutas. Supongo que tendrá algo que ver mi gusto por los mapas y planos. Y desde luego, para contemplar el Panteón la jugada me salió redonda; veníamos desde el Tíber y, aproximándonos a la Piazza della Rotonda, tuve a bien escoger una callejuela estrecha que desembocaba en el extremo norte de la plaza, así que nos encontramos de sopetón, y sorprendidos por la visión, entre el gentío, el calor y el murmullo humano, con la mole. Sus ocho enormes columnas mirándote descansadamente desde hace siglos y siglos, y la inscripción M.AGRIPPA.L.F.COS.TERTIVM.FECIT (básicamente que Agripa lo hizo, es decir, ni una palabra de Apolodoro de Damasco, probable arquitecto) campeando de forma rotunda como sólo los rótulos de los antiguos romanos saben imponerse. Agripa fue, por cierto, general y colaborador del emperador Augusto (27 a.C-14 d.C) y el templo actual data de la época de Adriano (117-138 d.C), cuando se reconstruyó el templo destruido, levantado en los años del tal Agripa.

Bueno. Ya de por sí impresiona ver el exterior, y es cuando se te vienen a la cabeza muchas preguntas, como cuántos siglos lleva ahí, qué demonios le echaban al hormigón los romanos, cómo levantaban más de cuarenta metros -encima hueco por dentro- y cómo ha aguantado (y sigue aguantando) el templo las inclemencias climáticas, los terremotos, los avatares históricos, varias invasiones y sacos y alguna guerra mundial de por medio. Impresiona también flanquear la sobriedad de la entrada y sus enormes puertas.

Y ya dentro...no hay palabras. En primer lugar porque te quedas sin habla, y en segundo porque, si hay palabras, ninguna es adecuada para el interior. Cualquiera se queda corta frente a la inmensidad. El Panteón es, en puridad, un templo dedicado a las siete divinidades de la mitología romana, es decir, el Sol, la Luna, y Júpiter, Saturno, Urano, Venus y Marte, por lo que la construcción del mismo edificio, su forma, quiere rememorar, simbolizar, el cielo. Una bóveda celestial. El espacio infinito, el Universo. Te sientes realmente pequeño e insignificante bajo los casetones y la ventana central de 9 metros de diámetro, arriba del todo, desprendiendo luz asemejándose al Sol. La máxima altura supera los 43 metros. Para hacernos una idea, es ligeramente mayor que la del Vaticano, si bien ésta queda acojonantemente suspendida en el aire, aunque fuera construida 1.500 años después del Panteón. Caminas por su pulido suelo y apenas reparas en las tumbas de Rafael Sanzio o los reyes Víctor Manuel II y Humberto I. O que fue transformada en iglesia en la Alta Edad Media y por eso, probablemente, se salvó. Cállate y contempla, necio.
Tus pasos retumban en el silencioso interior, como tantos millones y millones de pasos que han surcado su suelo desde su construcción. Cuando regresas a la plaza y te vuelves a bañar en el murmullo y en los gelati, es como si volvieras de otro lugar muy lejos de allí.

El Panteón de Agripa. No parece ni humano. Monumento inmortal de una ciudad eterna, por los siglos de los siglos.

24.5.11

"La Novela"


"La heroica ciudad dormía la siesta. El viento Sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el Norte. En las calles no había más ruido que el rumor estridente de los remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles que iban de arroyo en arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina revolando y persiguiéndose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire envuelve en sus pliegues invisibles. Cual turbas de pilluelos, aquellas migajas de la basura, aquellas sobras de todo se juntaban en un montón, parábanse como dormidas un momento y brincaban de nuevo sobresaltadas, dispersándose, trepando unas por las paredes hasta los cristales temblorosos de los faroles, otras hasta los carteles de papel mal pegado a las esquinas, y había pluma que llegaba a un tercer piso, y arenilla que se incrustaba para días, o para años, en la vidriera de un escaparate, agarrada a un plomo.
Vetusta, la muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo, hacía la digestión del cocido y de la olla podrida, y descansaba oyendo entre sueños el monótono y familiar zumbido de la campana de coro, que retumbaba allá en lo alto de la esbelta torre en la Santa Basílica."
(...)


Éste es el comienzo de una novela, la cual podríamos poner en mayúscula, por su importancia en la literatura española y  europea. Del siglo XIX, cómo no.

El siglo XIX....en varias ocasiones he hablado ya aquí sobre mi especial querencia por este siglo. Aunque sea un amante del Renacimiento, del Dieciséis, del Diecisiete y aun del Dieciocho español y mundial, desde pequeño me ha atraído bastante este trágico, heroico, triste, revolucionario, novelesco y hermoso siglo. No sé si se debe a influencias lectoras (El conde de Montecristo, los libros de Julio Verne, los protagonizados por Sherlock Holmes), históricas (la época victoriana, las Guerras Napoleónicas, la Restauración Española, las unificaciones nacionales como la alemana o italiana), pictóricas (los impresionistas) o cinematográficas (el Salvaje Oeste, Jack el Destripador, y muchas más). O una suma de todo. Me encanta el ambiente descrito y mostrado de las ciudades (aunque fuera algo oscuro, con escasa luz), el estilo de la gente al vestir y actuar (elegantes damas y afectados caballeros), los carros de caballos, los viajes en tren, la pompa y circunstancia, el espíritu de las jóvenes naciones. Europa todavía a la cabeza. Si puede ser con música de Schubert, Chopin, Verdi o Strauss, mejor que mejor. Tenemos todo eso en la parte esplendorosa. En el reverso, la pobreza absoluta de la mayoría de la gente y mil enfermedades, aberraciones como el trabajo infantil en las minas y telares o la esclavitud de los negros africanos vinculada a la colonización europea, la escasa libertad política, la marginación de la mujer...En fin. Todo tiene su lado bueno y su lado malo, por desgracia. No todo iba a ser bailes de salón, té a las cinco, periódico y billar y cortejo de señoritas en el parque.

El siglo XIX. Precisamente de la época de la Restauración Monárquica española (uno de mis periodos favoritos) data esta insuperable novela realista. Hablo por supuesto de La Regenta, de Leopoldo Alas, más conocido como Clarín (1852-1901). En ella el autor -con claras influencias de Flaubert aunque como veremos  realiza sus propias aportaciones-  compone un fresco no sólo de la ciudad (Vetusta, es decir, Oviedo) a tratar, una ciudad de provincias extrapolable a las de toda España, sino también un gran retrato de sus habitantes, esto es de la sociedad, de sus miserias, traumas, ideologías, modo de actuar, etc. Desde luego el autor se despacha totalmente de ambos entes, y sin piedad.

Me compré el libro cuando contaba con 15 años y mi única referencia consistía en la serie de televisión  de 1995  protagonizada por una lozana Aitana Sánchez Gijón, que vi a medias. Bien, he de reconocer me lo leí más mal que bien. Apenas capté la esencia. Denso era el libro y denso sigue siendo ahora, muy al modo decimonónico, y es ahora, diez años después, cuando me lo he leído totalmente y más lo he disfrutado, entrando, rápidamente, en ese selecto club de las obras favoritas del que escribe. Coincidiendo, (y esto me ha pasado ya más de una vez. Cuando programan en la televisión una película que desee o recuerde. Qué cosas), cuando estaba concluyéndolo, con la emisión en la 1 de la serie. Y la verdad que ésta forma parte de esa rara y honrosa excepción de producciones españolas dignas de elogio, la mayor parte de las cuales son realizadas siempre por TVE y relacionadas con obras literarias como Don Quijote, Fortunata y Jacinta, Los Pazos de Ulloa, Los Gozos y las Sombras, Cañas y Barro, etc, etc. Todo eso ya no se hace, por desgracia, y se estilan más chapuzas como Hispania, Piratas, Éboli o la que está en preparación de Isabel la Católica, de la cual tengo dudas. En fin. Se puede decir que la mencionada serie está a la altura prácticamente del libro.

El argumento de la novela es sencillo. Ana Ozores es una mujer de 27 años, hermosa y débil a partes iguales, casada con un hombre mucho mayor que ella, Víctor Quintanar, ex regente (presidente) de la Audiencia de la ciudad. La vacuidad del matrimonio de conveniencia, más paternalista que pasional, lleva a la regenta a estimular su vida planteándose una disyuntiva entre dos pretendientes: don Álvaro Mesía, veterano y altivo galán local, y don Fermín de Pas, un clérigo, provisor de la Diócesis de Vetusta y Magistral de la Catedral, un hombre atractivo y ambicioso a partes iguales. Los dos hombres poderosos en su ámbito respectivo. Dos hombres en pugna por la conquista de Ana. La frágil regenta es la presa, mientras la ciudad entera aguarda espectante el resultado de la lucha.

Ése es el trío protagonista, aunque dos de ellos tienen más fuerza: Ana Ozores es neurótica, frágil, nerviosa, insegura, depresiva, con anhelos y sueños nunca cumplidos, con crisis de espiritualidad y utilizada por todos y todas. Desprovista bien temprano de su madre, no del todo bien atendida por el padre y mal tratada por sus tías, desde entonces se verá falta de afectividad y cariño. Pronto cae, como una parte de la ciudad lo desea, en las redes del Magistral. De Pas, el todopoderoso y manipulador hombre de Dios, quien controla hasta al mismísimo Obispo y sólo teme a su madre, la cual le ha labrado el destino al hijo. El Magistral, hombre atrayente, atlético y objeto de toda clase de habladurías, vive subyugado a su madre, aunque la pasión que sentirá por la Regenta hará que se vaya desligando de ella y prácticamente estalle. Fermín de Pas (interpretado muy bien en la serie por Carmelo Gómez) es un personaje bastante interesante y complejo. Nunca llega a tener verdadera vocación de religioso. Se va viendo su evolución, sus objetivos, sus miedos y pensamientos conforme avance el libro. Al principio ve a la regenta como una más de sus presas (en una época en la que los confesores todavía tenían mucha influencia sobre la gente pudiente), luego pasarán a ser "amigos del alma" y el Magistral querrá convertirla en una especie de beata para que nadie la toque y así poder amarla castamente, hasta que el clérigo no podrá disimular más su amor. Es uno de los grandes personajes de la literatura española y personalmente, uno de mis favoritos de todos los tiempos. En cuanto a Mesía, es un tipo de personaje más visto, ya que es un Tenorio, un Donjuán, un dandy jefe del Partido Liberal, cuyo único objetivo es embaucar y seducir. En cuanto a cómo piensa, es más plano y menos complejo que los otros dos. Sólo ve a la regenta como un triunfo más en su hoja de servicios, y no llegamos a saber si llega a enamorarse de la protagonista.

Detrás de este triunvirato, tenemos toda una galería (unos 150) de personajes secundarios, unos más testimoniales, otros más importantes para la trama. De todos ellos se sirve Clarín para realizar su implacable sátira de una sociedad anquilosada y aburrida, hipócrita y con falta de principios. No ya sólo que critique a la Iglesia, es que reparte a todos los niveles; el marido de Ana es un cincuentón cándido y relajado, no se entera de nada y ama el teatro y la caza. Los notables de la ciudad se pasan el día en el Casino hablando de política o despotricando de los vetustenses, como el mismo Mesía, Vegallana, Orgaz, Foja, Guimarán o Ronzal. La nobleza es un grupo aburrido y ávido de nuevas sensaciones, como los marqueses. Las mujeres, si no son ya ancianas, en cuyo caso suelen ser respetables y piadosas como doña Petronila , son descocadas, manipuladoras y provocativas, como Obdulia Fandiño o Visitación Olías; la una saltando de cama en cama y la otra tiranizando a su marido, además de incitar a Mesía a que conquiste a Ana. Los clérigos rivalizan entre sí y hay dos bandos enfrentados, uno el de los pro-Magistral y otro el de los anti-Magistral. La propia madre de De Pas tiene un negocio de cirios que ha arruinado a otros vecinos, como Barinaga. Las criadas forman parte del juego de sus amos. Hay pocos personajes realmente positivos. Una de las excepciones, aparte del Obispo, es Tomás Crespo, amigo del matrimonio protagonista, por cuyas ideas sobre la naturaleza y el evolucionismo es tildado de tipo extraño, un freak. Sin embargo demostrará más humanidad que el resto de vetustenses en el trágico final.

Me ha encantado La Regenta, repito de nuevo. No ya sólo por esta gran galería de personajes, y el retrato de una ciudad ya atacada desde la primera frase del libro, sino por la mordacidad de las frases y pensamientos; las situaciones provocativas (la escena del Magistral y su criada Teresina en relación con un bizcocho mojado en chocolate me sorprendió realmente, por su carga erótica en el puritano siglo XIX) que le acarrearon numerosos problemas al autor; el profundo estudio psicológico de los personajes principales, especialmente Ana y el Magistral (vemos cómo se alegran, consumen, ambicionan, desesperan,etc) el realismo y el naturalismo de las situaciones; la crítica a la sociedad y a la falsedad e hipocresía de sus gentes, hacen que, de no ser por algunos pasajes verdaderamente más densos, la obra pudiera pasar por una actual.

La Novela, sin duda.

16.4.11

Semana de Pasión

Siempre viene bien volver a la tierra de uno. Y más en ocasiones señaladas. En mi caso, la Almería varias veces aludida en este lugar, y en Semana Santa. Siempre hay ganas de ir, aunque dadas las circunstancias familiares, apetece más que otras veces, especialmente porque puede ser la última tal y como ahora la habíamos conocido.

Es curioso mi caso (aunque no soy el único; y es más, existen casos aún más contradictorios que el mío, ya que yo nunca he desfilado en una procesión, por ejemplo) , al ser totalmente agnóstico y profundamente laico desde hace mucho tiempo, pero sin embargo un entusiasta de la Semana Santa. La imaginería, el ceremonial,la música, el aroma a incienso...esos y otros aspectos me encantan y me traen hermosos recuerdos. No creo en Dios, pero siempre me ha encantado recrear diversos acontecimientos cristianos, especialmente los de la Pasión de Jesucristo. ¿Sanguinario? No lo creo.

Creo más bien que se debe a mi tradicionalismo, a mi respeto por las costumbres y por la cultura de nuestros pueblos, nuestras gentes. Así, no como carne a partir del Jueves Santo y todos los viernes de cuaresma. Yo y toda mi familia, desde luego. Somos así. Tradiciones. Mal que le pese a muchos, la mayor parte de nuestra cultura queda influenciada y regida por la religión cristiana. Y circunscrita. Por eso quedan fuera de lugar (pienso) ciertas iniciativas de antirreligiosos combativos, como esa asociación de Madrid, la cual planeaba una procesión atea (sic) el mismo Jueves Santo. ¿No hay otro día, para empezar, verdad? En fin.

Y nada más. Disfrutad también todos vosotros de esta Semana. Quien pueda y quien no, que al menos le sea más llevadera. Ya sea viendo imágenes sangrientas de madera tallada, tocando el tambor o en la playa.

Hasta pronto.

11.4.11

Un año de...

Sí, el tiempo pasa realmente fugaz. Hace hoy justamente un año comenzaba "a surcar aguas mejores". Iniciaba mi andadura por este mundo virtual de escrituras sin papel ni tinta, con mucha incertidumbre, vergüenza y nervios ante lo desconocido, ante algo que nunca antes había hecho: publicar lo escrito. En este mundo global de la actualidad es mucho más fácil que se lean tus pensamientos y declaraciones si lo comparamos con hace.....15 años, no hace falta irse más lejos.

Este blog servía un poco, al principio, o ése era su cometido, como de vía de escape, como ventana, como medio de expresión de una persona discreta (yo) poco acostumbrada a llamar la atención, a manifestarse, a dar la nota, más allá de la familia o del pequeño grupo de amigos. Y bueno, desde luego un método fácil sin hacer mucho ruido es escribir. Superar esa vergüenza inicial a que todo el mundo lea lo escrito por tí, y tener conciencia por tanto de lo que ello implica; y dar rienda suelta a las emociones y pasiones para utilizar el repertorio estilístico plenamente y escribir con cierta libertad, sin miedo (porque aquí he dicho cosas de las cuales, algunas, no diría en voz alta o no se lo he dicho/diría a familiares o amigos. Y de un modo que, ni se lo diría a ellos, ni lo sabría expresar hablándolo) . Superando eso todo lo demás ha venido, como se dice, rodado.

74 entradas no son pocas. Así, he tratado muy variados temas, ya fueran de Historia (de España en particular, mi pasión, y muy en concreto de Historia Moderna; los peñazos de Carlos V dan fe de ello) , de Literatura, de Cine o de rabiosa actualidad, ya fuera política, sociedad o incluso televisión. Asimismo, otros temas más íntimos como sensaciones, pensamientos profundos o sentimientos. Dedicatorias. O experiencias vividas.

Mi mayor sorpresa, desde luego, y alegría a la vez, ha sido la de recibir desde el principio toda clase de alabanzas y buenas críticas (en ocasiones, de personas totalmente inesperadas) hacia mi modo de escribir (¿qué? ¿quién me creo?), hacia cómo planteo los temas, cómo los presento. Con lo vergonzoso que puedo llegar a ser... Humildemente, y salvando las distancias, debe notárseme alguna influencia del maestro intocable, del gran d. Arturo Pérez-Reverte. Soy totalmente deudor suyo. Leerme prácticamente toda su obra (incluidos por supuesto sus artículos dominicales) desde los 12 años bien puede tener que ver. O haber leído mucho, en general, en mi vida, desde pequeño. Ya sean clásicos de la literatura, obras más recientes o prensa escrita. Sinceramente y de todo corazón, no me lo esperaba, pero así es. Yo no esperaba tanta repercusión. Por muy poca que sea, porque al fin y al cabo mi influencia es felizmente nula, es infinitamente más de lo esperado. Desde el principio he contado con la fiel lectura de mi amiga famosa, sincera examinadora como digo. Bien pronto se hizo seguidora. Poco a poco, para alborozo mío, la nómina de seguidores fue ampliándose, y , asombrosamente, puedo decir con orgullo (y cierto acojone) que se me lee (demonios, ni que fuera yo un escritor de verdad. Calma...) ...no, digamos mejor que se me ha leído alguna vez a ambos lados del Atlántico, en dos continentes. Tierras tan dispares como México, Venezuela, Argentina, República Dominicana, Perú, Colombia, EEUU, Costa Rica, Canadá, Dinamarca, Turquía, Reino Unido, Bélgica, Uruguay, Francia, y muy variados rincones de nuestra España..... verdaderamente sorprendente. Sorprendente que en todos esos lugares tengan la muy discutible costumbre o decisión de leer este blog. Bien es cierto que en ocasiones depende de los servidores y de los enlaces, y de las fotografías encontradas en el buscador. Pero es igual. Como si son ocho u ochenta. Yo no escribo para nadie en concreto, la verdad. Pero ahí está la gente. Gente impagable de los cuales la inmensa mayoría nunca conoceré en persona o tendré noticia alguna. Por otra parte, más allá de estas remotas visitas, más cerca de casa se encuentra ese pequeño grupo de fieles. Aunque fueran una persona ya me harían feliz. Bueno, pues son varias. Para mi asombro, son varias.

A toda esa gente, amiga, conocida o desconocida, muchas gracias de todo corazón por vuestra infinita indulgencia. GRACIAS. Verdaderamente no soy nadie. Pero todos vosotros me hacéis sentir, interiormente, como si fuera alguien.

5.4.11

5 de abril

El 5 de abril es un día normalito. Un día primaveral, de los que si vives en ciertas partes de España es posible que te provoque los primeros sofocos solares. Un día y una fecha normales, con pocos acontecimientos históricos reseñables como la victoria de Alejandro Nevski frente a los teutónicos en el Lago Peipus en 1242, la decapitación de Danton en 1794 o las elecciones municipales en España en 1931 las cuales acabarían trayendo la II República. Gracias, por cierto, a Wikipedia (no por traer la República, sino por facilitarme las efemérides).

Un día normal, ya digo. Pero hay otro aniversario de índole más individual. Para algunas personas que tienen la suerte (como yo) de tener a esta persona por amiga, no es un día del todo normal, por lo menos para mí, ya que no todos los días alguien cercano cumple años.

¿Qué más puedo decir de la susodicha?. Quien lea más o menos asiduamente este blog (ella misma es lectora VIP del sitio -siendo puristas sería VIR, Very Important Reader- , y mi mayor y mejor crítica) sabe a quién me refiero, aunque la inmensa mayoría no la conozca personalmente. En fin, es mi amiga y eso es lo único que importa.

Prácticamente 6 años ya que nos conocemos....un lejano y cercano septiembre de 2005...el tiempo pasa verdaderamente fugaz, diantre. Con ella he vivido algunos de los mejores momentos ligados a mi experiencia universitaria, dentro y fuera de la universidad . Ha habido otros y muchos memorables con otras personas, por supuesto, pero hoy nos ceñimos a la aludida.

Dentro y fuera de las clases, como digo. Cinco años de carrera dan para mucho. Tantos y tantos momentos que, como ya dije en otra ocasión, resulta imposible condensarlos en una entrada o entradas. Quedan mejor colocados en el interior de cada uno. Aunque una de las épocas más felices que recuerdo es la de mi primer año en un piso, cuando pasábamos tantas tardes juntos estudiando nada de nada o venía a verme como si fuera el doctor que visita al enfermo. Y por supuesto, cuando yo iba a su piso, y he ido. Veces, veces y veces. Desde que empezamos a ser amigos hasta uno de los últimos momentos, cuando preparamos asuntos de la graduación, hechos unos manojos de nervios. O infinitos momentos de hablar. Y en la calle....cuántas tardes en terrazas, o con un granizado o café, o con unas tapas...Risas. O en simples paseos.
O en clase, atendiendo al profesor. Cuántos momentos de complicidad, de afirmaciones, de bromas, de cotilleos, o de garabatos en un folio (casualmente, mis peores apuntes están relacionados con las ocasiones que nos sentamos juntos. Menos mal que no fueron muchas) ....por cierto, hablando de rayajos, aún recuerdo cómo la graciosa de mi amiga me pintarrajeó el brazo a boli implacablemente, mientras yo estaba en la luna de Valencia. Medieval de España, era, me parece. Siempre fui un cándido. Ocurrió en 2º.Tempus fugit...

Ahora mi amiga ya no tiene que atender al profesor, muy al contrario; la profesora va a ser ella. Tablas no le faltan y vocación tampoco. Quizá es demasiada buena persona para este mundo de cafres, pero con su desparpajo innato y sus gotas de prontos (ella sabe lo que digo) va a ser una profesora de órdago. Profesora guapa, honrada, buena e implacable, a su modo. Además, puede matar con la mirada. Así que ojito. La gente se dará pronto cuenta que tiene a una gran profesora. Yo ya lo sé.

Y cuando ocurra todo eso y pasen los años yo espero seguir estando cerca de ella, aunque vivamos en sitios muy distantes, cada uno haya hecho su vida, las circunstancias hayan cambiado y ya no seamos simples estudiantes. Por cerca me refiero a seguir siendo buenos amigos. Seguir teniendo esa complicidad, esa sinceridad y esa proximidad y estar en los buenos y en los malos momentos. Los dos como los grandes amigos que siempre hemos sido, con nuestras bronquillas y mejores situaciones, siempre, aunque no nos veamos en meses y podamos estar sin hablar más de tres semanas. No cortar la cuerda. Y espero seguir considerándola una persona bastante importante en mi vida (hay otras, cierto. Y más importantes. Pero no son manchegas, eso cuenta mucho), porque lo es.

Feliz cumpleaños, amiga.

26.3.11

Recuerdos de letras

Todo se une a veces. Cuestiones familiares, junto con otros asuntos y unido a que, mismamente, ayer fueran las Fiestas de Letras de la que siempre será mi facultad han hecho mella en mí. Fiestas de Letras...

Por un lado no quise ir, cierto, pero por otro mentiría si dijese que una parte de mí no quería estar ayer en la Merced. Son cinco años y demasiados recuerdos, todos muy felices por cierto. Recuerdos de rostros muy apreciados, pañuelo, algarabía, compras apresuradas, convivencia, risas y desfase. Y no un día, sino tres. Tardes de pub lleno hasta la bandera, tarde eterna con esa irrealidad mítica de ensoñación que desprenden los días etílicos. Recorrer las calles del centro con unas copas de más, durante el día, es una experiencia única, creedme. Es uno de mis mejores recuerdos, de hecho. De mis años despreocupados.
Tengo algunos recuerdos imborrables de esos días: el desayuno con emoción y nerviosismo; el carro de la compra por la calle; la elaboración de la sangría y el primer trago; algunas fotos; risas imperecederas; que el colega de la comisión (o de la clase. A veces pertenecía a los dos sitios) te cuele en el garito o te ponga de gorra todas las copas que sean; el agobio de los pubs; la ducha del jueves noche justo antes de salir por última vez, y la cena posterior....Alegría.

Por otra parte, la falsedad de la gente (no toda, cierto. No generalizo) y el hecho de que haya un antes y un después del 23 de octubre de 2008, con mis errores pasados me llevan a no darle tanta importancia al hecho y a tomármelo con filosofía, como si fuera un día más sin más valor. O desprovisto de ese aroma a leyenda y día memorable. Es decir, claro que es un día memorable para la gente. Pero yo me he buscado la conversión de día memorable a día excesivo y relacionado íntimamente con lo del antes y el después. No puedo dejar de entonar el mea culpa. Cosas que pasan. No hay otra. La Losa, como yo lo llamo.

Pese a todo concebirlo como simple día normal es difícil, desde luego. Son muchos recuerdos, sean buenos, malos, falseados, etílicos o equivocados.


Supongo que todo llega a su fin. Pero qué fines a veces, maldita sea.

21.3.11

Diez horas en tren

Acabo de volver de Almería. Unos días fuera por motivos algo familiares, los cuales me han servido para alejarme un tiempo de la vorágine de pólvora, riadas de gente y estruendo de las Fallas. Bueno.

Para regresar a Valencia opté por tomar el tren. No sé si por haber cogido trenes desde pequeño , pero soy bastante anti-autocares, y desde luego prefiero mil veces el viaje en ferrocarril. Aunque el viaje sea largo, me entretengo con libros, música o la misma contemplación del paisaje. Pero, como mucha gente sabe, entre Almería (y Granada) y Murcia hay un gran vacío en cuanto a vías se refiere, desde hace muchos años y en ciertas zonas desde siempre.

Que en la España del AVE, tan mediático y pomposo, sigan existiendo zonas tan yermas si de comunicaciones hablamos, es bochornoso. Pero para qué se va a protestar. Que Almería, uno de los principales puertos españoles en cuanto a pasajeros (el 6º) y mercancías, y un buen aeropuerto en una zona de creciente ocupación turística, carezca de una vía rápida a Málaga, Cartagena y Valencia más allá de la autovía, es inexplicable. En ese sentido Almería sigue estando como en los años 20 del siglo XX. Si uno contempla un mapa de España de tendido ferroviario, observará el amplio territorio en blanco existente entre la mayor parte de la provincia de Almería, la de Murcia, la de Albacete y la de Jaén. Ello quiere decir que, un viaje en tren entre Valencia y Almería (distantes 472 km. Por carretera se suele tardar cuatro horas y poco más) por ejemplo, se traduce en un recorrido por media España, con parada y fonda en Alcázar de San Juan, Ciudad Real, a casi 450 km de Almería.

Así que bueno. Ya he tomado ese tren (el Arco) otras veces. De Almería, la triste estación de Almería, con menos trenes que en Mongolia, se sale a las 7:36 de la mañana. La expedición se reduce a un viejo vagón y medio,con cuatro pasajeros (de verdad) por supuesto sin cafetería ni nada por el estilo, ni megafonía que anuncie las estaciones donde para. Esto unido a lo agreste del paisaje (se recorre el valle del río Nacimiento, encajado entre Sierra Nevada y la Sierra de los Filabres) hace que te sientas como en un western (de hecho algunas estaciones han salido en diversas películas) ya que, si te bajas en algún apeadero, lo haces en completa soledad y en un silencio total. Sólo falta que te tiren la bolsa de equipaje y el tren se marche echando humo.

Y despacito, hacia arriba, arriba y lejos. Siguiendo la antigua vía entre Almería y Linares (más de 120 años construida) se pasa por el polvoriento pueblo de Guadix con sus casas-cueva, los yermos llanos del Marquesado con las montañas cubiertas de nieve y posteriormente el tren se adentra en la provincia de Jaén, con sus lacónicos y repetitivos olivos. Millares y millares. Un olivo, otro, otro, otro, otro...hasta donde alcanza la vista y más allá. En torno a las 11:15 se llega a Linares, antaño una estación de cierta importancia por sus minas y su emplazamiento en un nudo de comunicaciones entre Sevilla y Madrid. El pueblo es un buen lugar en el cual viví felizmente cerca de 9 años. La estación ha perdido tráfico, pero este tren de Almería se ha de detener un cierto tiempo, casi 40 minutos. ¿La causa? Esperar a los vagones procedentes de Sevilla, Málaga y Córdoba y proceder al ensamblamiento de composiciones. El tren crece. Minutos y minutos que dan para mucho. Hasta para que un melillense de mi edad me cuente su vida de trapicheos, tráfico de drogas, causas con la justicia y situaciones de frontera marroquí, su hijo pequeño y su deseo de empezar una nueva vida lejos de allí. Sobre las 12 de la mañana, de nuevo en marcha. Jaén es una provincia agreste y despoblada, pero de mayor verdor y frondosidad que Almería. Y desde luego se ve el agua correr. Ahora se cruzan los impresionantes tajos y pendientes del desfiladero de Despeñaperros, de tantas evocaciones bandoleras.

Al paso de Sierra Morena, poco a poco el paisaje va mutando y se va mesetizando. Si antes sólo veías olivos y ese verde oscuro unido al fuerte aroma a almazara, ahora sólo ves interminables llanuras ocres increíblemente planas, con cepas, cepas, cepas, cepas...recorremos Valdepeñas, tierra de vinos. Mudela, Almuradiel, Valdepeñas, Manzanares, Alcázar de San Juan. Molinos de viento. Provincia de Ciudad Real. No es el peor lugar de España, ni mucho menos, pero evidentemente, si vas de Almería a Levante y Cataluña (o viceversa) no es necesario recorrerse media Mancha. Así que a Alcázar de San Juan, todo un nudo de comunicaciones a menos de 150 km de Madrid, se llega sobre las 13:30 de la tarde, si no hay retrasos. Aquí de nuevo hay que unir piezas y se espera al tren de Extremadura. Por la procedencia de pasajeros y cuestiones de la vida, este tren por tanto fue muy utilizado por los emigrantes del sur hacia Cataluña en el franquismo. Éste y la línea de Granada-Lorca-Murcia-Valencia, cuando existía. Pero bueno, ésa es otra historia. Una vez ensamblado, de nuevo en marcha a las dos de la tarde. Ahora, por esa Mancha dividida en las cuatro provincias de Toledo, Ciudad Real, Cuenca y Albacete. Llanuras interminables con cultivos que mi inexperto ojo de hombre de ciudad no sabe identificar. Lugares de gente muy querida para mí. Socuéllamos, Villarrobledo, La Gineta, Albacete, Almansa...típico paisaje mesetario, de planicies sólo interrumpidas por árboles solitarios o en pequeños grupos, aunque ya nos vamos acercando, al menos, al Mediterráneo y la ruta natural que debería ser la empleada. Por eso ya prácticamente es un paseo cuando rebasas Almansa y Fuente la Higuera (como hicieron los felipistas en la Guerra de Sucesión del siglo XVIII) y alcanzas Játiva/ Xátiva (sin quemarla, claro) y la huerta valenciana.

Así que son más de las 17:00 cuando llegas a la Estación del Norte de la ciudad de Valencia. Oficialmente la hora de llegada es la de 16:50, pero oficiosamente se suele llegar a las cinco muy pasadas, y media prácticamente. Y no acaba aquí la eterna comitiva. Se continúa a Barcelona, llegando sobre las 21:00.

Pero yo, ya me bajo, felizmente. Casi diez horas en el tren, como quien dice.
España sigue siendo muy peculiar y en muchos aspectos las cosas no han cambiado.