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25.6.15

10 bandas sonoras para no olvidar a James Horner




 La trágica muerte de James Horner en accidente de avioneta supone un duro golpe para su familia y amistades, pero también para sus seguidores en todo el mundo y en general para todos los que amamos la "música de cine". Sin ser el compositor más grande (de entre los que quedan vivos, ese honor sería tal vez para Ennio Morricone y John Williams) ,  pese a su irregularidad y sus etapas de menor popularidad (los 90 fueron su gran época) ha sido un artista versátil y de enorme categoría que ha entregado algunas de las mejores bandas sonoras del cine reciente y que particularmente supusieron y suponen mucho para mí. Acusado por sus detractores (que también son legión) de facilón y comercial, de  autoplagiarse  y de recurrir a las mismas melodías y motivos (cómo olvidarse de su mítico parabará, que cuenta incluso con página de Facebook) también es cierto que su música forma parte de alguno de los mejores momentos del cine.

Una verdadera pena dejar este mundo a los 61 años, y cuando aún podía entregar  trabajos más maduros; baste recordar que los citados Morricone y Williams compusieron Cinema Paradiso y La lista de Schindler, respectivamente, a esa misma edad. Sólo queda ya seguir recordando su música e intentar que no caiga en el olvido, como ocurre con otros maestros tempranamente fallecidos como Basil Poledouris. 
36 años de carrera dan para mucha y memorable música, y para más de una entrada, pero haré un esfuerzo y elegiré sus -para mí- 10 mejores e inovidables obras. Disfrutemos, una vez más, gracias a él.

Que la tierra le sea leve, James (1953-2015).


10- Apocalypto (Apocalypto, 2006). Mel Gibson realizó otra película histórica (o pseudo-histórica) tras La Pasión de Cristo  y  contó con Horner para la banda sonora, una década después de Braveheart.  Aunque no llega al nivel de ésta, tiene momentos impresionantes, a la par con el largometraje de Gibson, con piezas muy en la línea característica de su compositor, en este caso con el añadido de los recurrentes instrumentos indígenas y con la particularidad de la música, casi más propia del cine de terror. Pero con Horner te zambulles de lleno en la fascinante y misteriosa civilización maya.  Frenesí y clímax final:





9El nombre de la rosa (Le nom de la rose, 1986). La gran película de Jean-Jacques Annaud basada en el libro homónimo de Umberto Eco contó con una estupenda banda sonora de Horner, tan inquietante y oscura como la abadía medieval que visita el personaje de Sean Connery. Eran los 80 y el uso de sintetizadores  y aparatos electrónicos parecía inevitable, y hoy quizá se nota desfasado, aunque personalmente me encanta.  Además, Horner lo mezcló con temas corales e instrumentos más tradicionales, entregando una música misteriosa, sí, pero realmente bonita. 





8Willow  (Willow, 1988). Horner también compuso un buen número de bandas sonoras de películas infantiles, tales como Cariño, he encogido a los niños, Fievel, Rex, un dinosaurio en Nueva York, Jumanji, Casper, El Grinch... Aunque me quedo con la música de Willow, esa entrañable película de Ron Howard que tanto nos marcara a niños con tendencia por la fantasía, y cuya banda sonora es de las más conocidas de su autor.  Ya con sólo escuchar la mítica y hermosa fanfarria del tema principal, tan característica suya,  me transporto a la infancia. Gracias por todo, James Horner. 







7Leyendas de pasión (Legends of the fall, 1994).  Película dirigida por Edward Zwick y todo  un  culebrón ideal para ver en alguna tarde ociosa de invierno.  Pese a que tire de lo telenovelero y que Brad Pitt estuviera aún en su etapa de ídolo de carpetas , cuenta con un buen reparto, unas espectaculares escenas de exterior, una preciosa fotografía de John Toll y especialmente una bella e impresionante banda sonora de Horner, que ya desde el primer segundo te ambienta perfectamente en los años 10 del siglo XX. Pastelosa, romanticona y sobrecargada, sí; pero uno tiene su corazoncito. 





6- Tiempos de gloria  (Glory, 1989). Horner ya había colaborado antes de Leyendas de Pasión con Zwick. Se trata de esta muy correcta película basada en hechos reales, acerca de un regimiento de infantería de voluntarios de raza negra que lucharon en la Guerra Civil estadounidense (1861-1865) en las filas del ejército de la Unión. El emocionante tema principal es muy conocido, así como Charging Fort Wagner, un corte vibrante,  muy poderoso,  con claras influencias  del Carmina Burana. Epicidad máxima. 







5Avatar (Avatar, 2009). Estoy dentro del grupo de quienes consideran a la de James Cameron como una película pretenciosa, pastiche de varias y en general un tanto sobrevalorada pese a la belleza de sus imágenes. Más allá de esta muy particular consideración, la música compuesta por Horner es otra gloriosa banda sonora y uno de sus trabajos más grandes, nominado al Oscar.  Intensa, rotunda  y emocionante,  para mí supera a la película. Difícil no dejarse llevar por la enorme fuerza de esta canción, por ejemplo:






4- La máscara del Zorro (The mask of  Zorro, 1998). Una de esas películas (Martin Campbell) que, sin ser una maravilla, resultan muy entretenidas y con gancho. Puro cine de capa y espada,  en la cual hasta Banderas es creíble, aunque el mejor es el gran Anthony Hopkins. Cuestión aparte es su evocadora banda sonora repleta de influencias españolas y  criollas-latinas. Su  tema principal es una maravilla intensa, desgarrada,  con los habituales toques hornerianos, aunque personalmente tengo debilidad por esta pieza de la lección de esgrima:







3- Titanic (Titanic, 1997). Dejando a un lado la locura por Di Caprio (no he vuelto a sufrir en los cines esas bochornosas escenas de chavalas gritando con fervor...o las niñas de antes eran más impresionables o Jack fue realmente irrepetible),  o  la machacona canción de Celine Dion  (aún me recuerdo tocándola con la flauta en el colegio), o  la lluvia de premios, Titanic es un peliculón icónico de los 90 y marcó una época. Muchas de sus escenas aún impresionan, como la banda sonora del maestro James, caracterizada por su romanticismo , sus voces femeninas y sus tonos celtas. Por supuesto, se llevó también el Oscar (y la canción de Celine Dion, compuesta a medias por Horner, otro)  y es uno de los discos más vendidos de la historia. Indudablemente, no sólo es bella, también comunica y mucho. Aún emocionan canciones como ésta, que transmite toda la fuerza del transatlántico surcando el océano, o el precioso y evocador "himno al mar":





2- Krull (Krull, 1983). Uno de los primeros trabajos de Horner, y para muchos su obra maestra, el principio de todo.  Aquí puso música a una de esas aventuras,  tan habituales en los 80, basadas en una mezcla de fantasía y (por influencia de Star Wars)  epopeya espacial. La película tuvo escaso éxito, pero la banda sonora es espectacular, un poderoso vals verdaderamente glorioso, con notas a lo Strauss y desde luego anticipa lo que va a ser su compositor en las próximas décadas Escuchando Krull se entienden muchos temas de su carrera.

 




1- Braveheart  (Braveheart, 1995). Poco más puedo decir de esta película, a la cual le dedicara ya dos tochos hace tiempo. Mención muy especial para su música, con total sinceridad una de las bandas sonoras de mi vida, pues significa mucho para mí  y fue una de las más gratas compañías en las difíciles tardes y noches de la adolescencia.  Parte indisoluble de la excelencia de Braveheart, sin duda el largometraje de Mel Gibson no hubiera llegado tan lejos sin las piezas de Horner, que se fusionan perfectamente con las imágenes. Se quedó sin Oscar, que fue a parar a El cartero y Pablo Neruda.  Sus críticos, aunque reconocen su poder y belleza, la tildan de repetitiva y sobrecargada...¿y qué? Todas, todas sus canciones son apreciables, valen su peso y transmiten toda la emoción, la determinación y  la épica necesarias, desde el muy conocido tema principal, a los de las batallas, o a otros más intimistas como otra de mis debilidades, The princess pleads for Wallace´s lifeO ésta, indescriptible y que me sigue erizando la piel y humedeciendo los ojos como la primera vez:

-"Habéis sangrado con Wallace. Sangrad ahora conmigo."






 Gracias por tanto, eterno James Horner.

11.5.15

El corazón de las tinieblas según Coppola


Con la reciente concesión del Premio Princesa de Asturias (los primeros de la heredera Leonor) de las Artes  a Francis Ford Coppola, supongo es buen momento para recordar al gran director norteamericano, con toda justicia uno de los mejores y más importantes de los últimos 45 años y desde luego uno de los pocos genios vivos representantes y simbólicos del inolvidable cine que se hacía en los 70, por más que a sus 76 años lleve demasiado tiempo sin entregar una película verdaderamente grande (la última podría ser, con reservas,  Drácula de Bram Stoker, de 1992) y esté más implicado en sus vinos de Napa Valley. 

Mas en concreto, hoy quería realizar mi aportación-homenaje centrado en su otro gran largometraje aparte de las dos primeras partes de El Padrino (la tercera es una extraordinaria película, pero no llega a romper el techo como sus hermanas mayores). Hablo, desde luego, de Apocalypse Now (1979),   desde su rodaje un film mítico y de culto  y  el cual, con el estreno en 2001 de una versión con 50 minutos de escenas descartadas en su momento (Apocalypse Now Redux) para hacerla más accesible,  adquirió mayores dimensiones a todos los niveles, aunque hay opiniones encontradas entre la crítica y el público. 

Debo confesar que cuando la vi por primera vez se me hizo algo pesada y desconcertante de más; de ese tipo que dices "vaya rayada pretenciosa...".  Pero ciertas películas, como los libros, precisan de una o varias revisiones, ya sea en determinado momento o bajo peculiares circunstancias, o con el transcurso del tiempo. Y, en efecto, eso me ocurrió con Apocalypse Now. Habré visto ya unas cinco veces los 202 minutos de Redux y me sigue maravillando y fascinando tanto como desde que, ignorante de mí, empecé a mirarla con otros ojos. 

El film de Coppola tiene su génesis en la gran novela corta de Joseph Conrad El corazón de las tinieblas (Heart of Darkness, 1899), un libro que por su trasfondo y sus connotaciones (colonialismo, salvajismo, un blanco que es adorado como un dios por las tribus en las profundidades de la selva africana, etc) ya había intentado ser adaptado al cine por otro genio, Orson Welles. Pero tras varios años de indecisiones e imposibilidades, hacia 1975 y aprovechándose de un guión escrito entre él y su amigo,  el belicoso John Milius (luego director de El león del desierto o Conan el bárbaro) , de ingentes cantidades de dinero por los éxitos precedentes, y del prestigio de los Padrinos, se procedió a la recreación de El corazón de las tinieblas, si bien, siguiendo a Milius,  el Congo era ahora Vietnam y el momento no es 1900, sino finales de la década de los 60.

"Mi película no trata sobre la guerra de Vietnam...es Vietnam".

Con esta lapidaria frase presentó Coppola Apocalypse Now en el Festival de Cannes de 1979. Puede parecer pretenciosa y en efecto lo era, pero también era rigurosamente cierta.  Pues si la película es poderosamente fascinante, tenebrosa , exagerada y sórdida, las circunstancias bajo las que se rodó y finalizó fueron similares. 

El rodaje comenzó en marzo de 1976, en las islas Filipinas, cuando hacía apenas un año que el conflicto de Vietnam había finalizado. Inicialmente se habían programado 15 o 16 semanas para grabar; esos 100 días se acabaron convirtiendo en año y pico. ¿La causa?  Más bien causas...

Tifones que destrozaban los decorados y las infraestructuras. Clima pegajoso y opresivo que inundaba de fiebre al equipo.  Colaboración del ejército filipino, pero sujeta a la guerra civil que por entonces afectaba al país (los militares se llevaban los helicópteros sin previo aviso, pues eran necesarios para combatir). Dinero a espuertas que permitía que el alcohol y la droga rulase por  actores, directores y operarios. Renuncias (ni Steve McQueen, ni Jack Nicholson ni Robert Redford estaban dispuestos a ir a rodar a la jungla) y descartes de reparto con caras nuevas, como el papel del protagonista, el capitán Willard (el Marlow del libro de Conrad), que pasó de Harvey Keitel al más desconocido Martin Sheen.  Egos inmensos, como el de Marlon Brando, quien se presentó rapado y tremendamente obeso, provocando cambios en la película pese a su breve pero estelar aparición, y que entre otras cosas exigió, aparte de un desaforado sueldo, no compartir plano con Dennis Hopper...

La tónica era el desquiciamento general y un día a día dionisíaco en medio de las profundidades de la selva, las más de las veces marcado por los excesos: al comienzo de la película aparece el capitán Willard en estado de embriaguez,  rompiendo un espejo y cortándose la mano; una escena poderosa y lisérgica (la música ayuda) en la cual Martin Sheen resulta muy creíble...básicamente porque Coppola le emborrachó a propósito; además, la sangre que se ve es la del propio Sheen.  Días después, no se sabe si por las drogas , el clima asfixiante o el ambiente, al actor le dio un infarto, tan grave que  recibió la extremaunción (por suerte se recuperó, desde luego en EEUU, para luego regresar a Asia).  La marihuana y el ácido no eran un problema para el ya fallecido Dennis Hopper (conocido por sus excesos), quien interpreta a un pirado y salía puesto de todo a escena. Otras veces Brando, ebrio, era incapaz de recordar sus frases. Puestos a desbarrar, también se incluyó  el salvaje sacrificio real de una vaca.   Luego,  el propio Coppola poniendo en peligro su matrimonio al liarse con una de las "conejitas" Playboy que salen en la película, pese a que su mujer (y sus hijos) estaban  por allí...

Con todas estas anécdotas (junto a otras que quizá nunca se sepan) parecía imposible que se llevara a buen puerto la película; de hecho se antojaba más factible que todo el equipo volviera trastornado del rodaje, como si de verdad hubieran ido al Vietnam (si es que no se quedaba alguno allí, claro).  Supuso toda una pesadillesca prueba al límite para todos los que pasaron 400 días en Filipinas, como también fue larga la labor de retoque y post-producción, de casi dos años.   Pero lo cierto es que el producto por fin vio la luz, está ahí y entró en la historia del cine desde su estreno; tuvo una buena recaudación, que compensó en parte la ruina del presupuesto del rodaje, disparado;  en cuanto a premios, entre otros, recibió la Palma de Oro de Cannes y dos Oscar (de ocho nominaciones).

La trama es conocida, pero no desvelo nada importante por si alguien aún no la ha visto: en plena guerra de Vietnam (1969)  se le encarga al capitán Benjamin Willard (Sheen), un hombre ya de por sí con problemas, la misión de remontar el río Mekong desde Saigón a bordo de una pequeña embarcación con la ayuda de 4 hombres,  y entrar en las profundidades de Camboya, donde su compatriota  el coronel Walter E. Kurtz (Brando), una antigua gloria, ha renegado de todo y de todos,  y ha perdido aparentemente el juicio, con sus actuaciones y  "métodos" . Willard debe eliminarlo, aunque progresivamente, entre el ambiente circundante, las experiencias de la guerra  y  las lecturas sobre el coronel  se denota cada vez más fascinado por (y comprensivo con)  Kurtz, pese a que tarde bastante en llegar a él.  Mientras, cada estación, cada parada en el estrambótico viaje río arriba es más dantesca que la anterior...Varios actores tienen papeles menos importantes, como el ya citado Dennis Hopper, Harrison Ford o un chaval de 15 años llamado Larry Fishburne (luego Laurence Fishburne, el Morfeo de Matrix). Robert Duvall aparece poco y al principio, pero su genial interpretación (para mí superior a la de Brando) del excéntrico y surfista teniente coronel Kilgore, con, entre otros momentos, el famoso "monólogo" del napalm, es uno de los aspectos que perduran de la película:



Como también son icónicas y  eternas multitud de escenas, caso de la primera aparición de Kurtz entre tinieblas; la plantación francesa, una reliquia que parece vivir en otro tiempo;  la mítica secuencia de los helicópteros de Kilgore (la 9ª de Caballería) arrasando a los charlies mientras suena Wagner en sus cintas a todo volumen, y otras escenas que omito para no destripar la película. Ya el comienzo es magnífico, con el ataque químico sobre la selva mientras suena The Doors (The end) y el consiguiente plano de las hélices fundiéndose con el ventilador de la habitación donde languidece Willard:



Pero, fundamentalmente, si Apocalypse Now fascina y maravilla, es por varios motivos: tanto por la opresiva atmósfera que transmite la certeza de que esa maldita  y alegórica selva es la perdición absoluta, y a esto ayuda tanto los sublimes planos del barco remontando en soledad el río, como la extraordinaria fotografía de Vittorio Storaro (ganadora del Oscar) que te sumergen en el crepúsculo paradisíaco y alienante de la jungla, o cuando juega de manera soberbia con la luz y la oscuridad;  maravilla, además, por cuestiones auditivas,  pues es justo señalar  el envolvente y contundente sonido, editado por Walter Murch (también obsequiado con el Oscar) , y  la música que compusieron entre Francis y su padre Carmine, unas melodías oníricas que abstraen aún más en el corazón de las tinieblas. Desde luego, también es destacable  el magnífico guión que no deja de incidir en el escaso sentido de la guerra, en el militarismo y el intervencionismo de EEUU,  en la pérdida de la juventud, en el tormento y el descenso a los infiernos, lo que está bien y lo que está mal, el deber y el honor, y la carga del colonialismo tanto en el caso de los franceses en Indochina como con el propio paralelismo de los yanquis en Vietnam, una de las guerras más justamente impopulares de la historia (desde luego, hasta los más acérrimos anti-americanos reconocen, o deberían hacerlo, la capacidad de los estadounidenses para dispararse a su propio pie y criticar y entonar mil veces el mea culpa...en esto poco se parecen a ingleses y  franceses). Por último y por supuesto, también son muy meritorias las actuaciones de todo el plantel de actores, muy creíbles en su delirio, aunque es difícil distinguir cuándo estaban bajo la influencia de las sustancias ingeridas y cuándo no.

El Apocalipsis, el infierno de Coppola, o, para ser más original,  el corazón de las tinieblas según Coppola,  es por méritos propios  una de las obras más personales, peculiares e inquietamente atractivas de toda la historia del cine. Verla, escucharla y sentirla supone toda una experiencia desconcertante, hipnótica, alucinante,  que te zambulle en las profundidades de lo peor del ser humano. Casi con total seguridad, nunca se volverá a hacer una película de estas características y bajo esas particulares circunstancias. Una maldita obra maestra que, verdaderamente, fue Vietnam. Es Vietnam.


-"El horror...el horror"...

13.4.15

De autocares, trenes y diligencias



Llevo 10 años siendo un hombre a una maleta pegado. Quienes me conocen saben los motivos.  Siempre de aquí para allá, por el levante español (el otro día llegué a leer que emplear este término , aun sin decir "español", suena arcaico  y  es franquista...manda huevos), a caballo entre Valencia y Almería pasando por Murcia.

A caballo es un decir, claro. Desde hace mucho tiempo estos hermosos animales no se utilizan como medios de transporte en España, a no ser que seas un Alba o un Bertín Osborne de la vida. Pero, viendo el panorama actual de las comunicaciones por la zona donde me muevo, pienso con frecuencia en la conveniencia de volver a utilizar las diligencias para recorrer medias distancias, especialmente en mi tierra de nacimiento, pues no hay mucha diferencia con nuestros días. 

Sí, suena exagerado. Pero voy a explicarme. Hace una semana viajé de Almería a Murcia. En ocasiones ese trayecto se realiza en coche, pero las circunstancias no siempre lo permiten, así que ese día tocó en autocar, única alternativa posible ante la ausencia de tren entre estas dos ciudades. Dos ciudades y dos tierras tan próximas, tanto geográficamente como en muchos aspectos, sin comunicación por vía férrea, es una más de las contradiciones y desigualdades de España, donde hay autonomías con todas sus capitales disfrutando de AVEs (aunque sus provincias permanezcan yermas), mientras en otras existen regiones con añejas deficiencias, en las cuales puede hablarse de una situación similar a la de las primeras décadas del siglo XX. Es bien sabido, y si es necesario lo repito de nuevo, el atraso endémico de Almería  en cuanto al transporte ferroviario: sin conexión directa con las vecinas Málaga y  Murcia,  no hay vía electrificada y  para llegar a la cercana Granada se necesitan dos horas y veinte minutos;  un simple viaje a Sevilla emplea  46 minutos más que hace 12 años. ¿Modernidad?

El autocar. Siendo mi padre ferroviario, en mi familia estamos desde siempre habituados al tren, y yo no iba a ser menos, pues lo prefiero mil veces frente al autocar (medio respetable pero al que tengo poco aprecio), e incluso en ocasiones respecto al coche, si hablamos de desplazamientos no excesivamente largos (aunque para mí ir en tren es un placer). Comparando el tren con el autocar, en el primero aparte de una mayor  seguridad y comodidad al viajar -no hay mareos-,  al  sentarte y con el pasajero que te toque de vecino,  puedes levantarte perfectamente y estirar las piernas, por no hablar del encanto del paisaje contemplado desde la ventana, el cual aún tiene un ligero componente de romanticismo pese a las velocidades que se puedan alcanzar. 

Así, un decidido trenófilo se veía obligado de nuevo a tomar un autocar para cubrir los 220 kilómetros. El viaje comenzó de madrugada y en principio iba a durar más de 4 horas, así que me preparé con estoica resignación para el auto crucis. Pronto comenzaron los volantazos, traqueteos y tránsitos por carreteras no precisamente inauguradas ayer; de hecho la ruta nos llevó por lugares como Benahadux, Rioja, Tabernas o Sorbas, pueblos muy bonitos pero alejados del camino de la huerta del Segura. La negrura de la noche junto a la tétrica luz del techo hacía imposible la lectura (si el mareo me hubiera permitido leer es otra cuestión), así que, como tampoco podía dormir, me encasqueté los auriculares y me dispuse a escuchar la vibrante y genial banda sonora de "Interstellar" y me dejé llevar por los acordes de Hans Zimmer. 

Con la música a todo volumen, así sería el recorrido que, entre la  contundente melodía, los bandazos  del autobús y la oscuridad del panorama salpicado de luces rojas y amarillentas, por un momento me creí Matthew McConaughey en uno de sus emocionantes viajes por el espacio. Clavado al asiento, abrumado por la banda sonora y las naúseas, tuve un momento entre épico y crítico, al borde del desquiciamiento...

Un rato después, la noche llegaba a su fin y  aparecieron las primeras luces del día, tímidas y difusas. Contemplé una playa y reconocí un cartel de Mojácar, aunque en un primer momento había pensado que me encontraba en otra dimensión. Pero no, seguía en la Tierra. Sensaciones que se fueron tranquilizando cuando cruzamos la frontera y llegamos a Puerto Lumbreras y  Lorca y enfilamos la parte final del valle del Guadalentín. Cuatro horas y cuarto después de haber salido de Almería, llegaba a Murcia. Bocanada de aire fresco.

Lo grave no es la existencia de autocares. Por supuesto deben seguir circulando; son básicos para mucha gente, especialmente la de pueblos pequeños y remotos. Lo grave, y hasta indignante y vergonzoso, es que dos provincias vecinas que suman entre las dos más de 2.100.000 habitantes sólo tengan comunicación por carretera. No sólo entre ellas, tampoco entre dos capitales importantes como Murcia y Granada hay conexión directa por ferrocarril, a no ser que a usted no le importe aventurarse en un extenuante y rocambolesco viaje de más de ocho horas (si se estudian bien los horarios, si no, pueden ser más) con transbordos y paso por Madrid o Alcázar de San Juan incluidos. Basta contemplar un mapa del país y percatarse de la enorme zona en blanco existente en la mayor parte de las provincias de Granada, Jaén, Albacete, Murcia y Almería. Ese blanco, ese vacío, como otros de España,  es una de nuestras vergüenzas nacionales. 

Si algún o alguna almeriense, o foráneo o foránea, no se ha montado nunca en un tren en Almería con  dirección a Madrid o a Valencia, hágalo, por favor, y dése cuenta del camelo de la presunta modernidad de nuestro país. Para llegar a la capital de España, a  564 kilómetros, necesitará en torno a siete horas,  no del todo mal si uno es benévolo.  Pero  para acercarse a la ciudad del Turia, a sólo 446, se convertirá en un viaje al pasado, pues precisará ocho  y media, si no ocurre algún imprevisto (la última vez rondamos las diez horas; recordemos que en coche se emplean unas cuatro). Todo ello saliendo de la preciosa y triste estación de Almería en un viejo Talgo, con apenas dos vagones y sin cafetería, pues posteriormente en lugares con más tráfico y en los transbordos se le van añadiendo coches, y recorriendo un territorio hermoso, pero con desesperantes tramos de 30 kilómetros por hora y  con estaciones desiertas y desconcertantes donde,  si bajara, en mi mente de western, me echarían la bolsa de equipaje al andén  y  saldría algún tipo con sombrero al son de la música de Morricone.  Pero quedémonos con las ocho horas y media -como mínimo-  entre las ciudades de Valencia y Almería. 

Hubo un tiempo, durante un siglo,  que Granada y Almería (a través de Guadix)  tuvieron tren con Murcia y de allí a Valencia y Barcelona, el famoso ferrocarril del Almanzora, tomado por los emigrantes que, intentando huir de la pobreza de su tierra de ramblas, almendros  y esparto llegaban a Cataluña, donde incluso otros saltaban a Europa. También se usaba para transportar mercancías de las comarcas canteras.  Pero ese tren fue suprimido, en una sabia y maravillosa decisión, por el gobierno socialista de Felipe González en 1984. Los avatares políticos trajeron nuevos rostros a las presidencias pero, ninguno de los partidos de variado signo -a diestra, a siniestra, al centro-  restauraron la vía férrea que conectaba parte del sureste, para vergüenza de esta España que presume de moderna y bien comunicada, donde tener AVE es la panacea y el hecho que te sube al carro. Ahora toda ciudad, incluso cualquier pueblo, importante o no, debe tener ese "tren del futuro"  y por supuesto con una flipante y bien pagada estación más grande que la villa, y  a la cual bautizar con el nombre de algún hijo ilustre de la tierra, preferentemente escritor o artista. Todo eso es lo que importa, lo de menos es el coste y la rentabilidad.  Desde hace años es o alta velocidad o nada, y puede darse el caso de ciertas provincias con peculiares circunstancias, como el pasar de no tener ni un puñetero tren  a disfrutar directamente de un AVE, como el que teóricamente está en construcción y unirá Almería con Murcia.

No es esa la cuestión tampoco. Por supuesto que las líneas de alta velocidad son necesarias  y recomendables. Pero... ¿Por qué tenemos que seguir siendo ese país de contrastes, derroches  y excesos? ¿No aprendemos de las lecciones? Nos hacemos los europeos aplicados, y luego países con economía superior a la nuestra como Alemania o Reino Unido no se empican en la alta velocidad ferroviaria, pues conocen sus contras.  No creo que aquí sean mayoría quienes exijan los novísimos y caros trenes a más de 300 kilómetros por hora para trayectos pequeños y medios.  Con un simple y moderno regional, más lento pero más barato, tanto para los constructores como los usuarios,  y rentable, a nivel viajero y mercantil,  quedaría todo solucionado, y no lo digo yo en plan tertuliano, lo dice mi padre, los ferroviarios y la gente que sí sabe.  Pero verdaderamente un tren de este tipo cubriría los 220 kilómetros de marras en dos horas y media, quizá algo menos.  Resultaría cómodo y sería muy utilizado por la población circundante, y también por los turistas que llegan a mesnadas en busca de las afamadas playas, la buena vida y los pueblos con encanto del interior, pues también volvería a unir la zona de Guadix-Baza con Murcia. 

Pero no, somos españoles. Un país que siempre llega tarde a todo y donde pasamos del atraso a la modernidad como a impulsos eyaculadores, de repente y sin pensar en las consecuencias, creyéndonos los reyes del mambo cuando sí, somos maravillosos, pero bastante patéticos. Tanto los responsables y los políticos de sonrisita falsa y aplausos con las manos al cielo en los mitines como los que se creen y hacen suyas las palabras que los otros sueltan y las decisiones que toman. Luego, por supuesto, somos los primeros en pedir explicaciones por el derroche y en hacernos los inocentes sin mácula, manipulados como buenos salvajes por nuestros dirigentes. Lo cual es cierto, pero no del todo.

País de fantoches. 

29.1.15

100 razones que hacen que la vida merezca la pena


 Por supuesto que la vida merece la pena, pese a todo lo canalla y cruel que es, pero hay que disfrutarla, pues es corta y puede acabarse en cualquier momento.  Aunque tal vez sería difícil explicarlo todo por escrito, pero hoy, a la manera de revistas digitales como Jot Down (desde luego, sin la carga y el postureo hipster de aquella),  me apetecía transmitir, a modo de curiosidad y aunque a nadie le interese, mis 1oo razones simbólicas por las que uno puede seguir teniendo ganas de vivir y le hacen la existencia más agradable o disfrutable; intento evitar las más evidentes y recurrentes, y  probablemente me deje unas cuantas en el tintero. Ahí van, y por supuesto el número no indica el orden o mayor y menor importancia:



1- El sol en invierno.

2- Leer cualquier clásico. 

3- El sabor de un buen café.

4- Poder desahogarse.

5- Las bravas del Bonillo.

6- Murcia en las calles entre la plaza de la Catedral y la de Santo Domingo. 



7- Una palmada en el hombro y/o un abrazo de un amigo.

8- La totalidad de la discografía de Led Zeppelin.

9-  Indiana Jones.

10- Las panorámicas y el aire que se respira en (y desde) la Isleta del Moro. 

11- Este final. La película entera. Y su banda sonora.

12- Ennio Morricone.

13- La elegancia decadente (o la decadencia elegante) de El Gatopardo, tanto la  del libro como la de la película.

14- Clint Eastwood. 

15- Las partes menos turísticas de los lugares muy turísticos.

16- Encontrarte en la romana Piazza della Rotonda con la mole del Panteón de Agripa. Y entrar en él.

17- Los doblajes de Constantino Romero.

18- Dejarte llevar por la voz de Dumas en El conde de Montecristo y la trilogía de Los mosqueteros.

19- El olor a tierra mojada que deja la lluvia.

20- La ópera.

21- Las dos Castillas. 

22- Hans Zimmer.

23- Al Pacino y Robert de Niro hasta hace 20 años. 

24-  El principio de una relación. 

25- El lametón de un perro.  Su amor inquebrantable. 

26- El Danubio Azul. Los vals. 

 27- Un baño en el Mediterráneo, ante un eterno atardecer.

28- Los Simpson, en su etapa gloriosa (temporadas 2-10).

29- La estampa señorial del Madrid del XIX.

30- Un tinto de verano bien hecho.  

31- La atmósfera, el ambiente,  de El Padrino I y II.

32- El olor y el tacto de las páginas de un libro.

33- Claudia Cardinale. 

Claudia Cardinale, 1965.



34-  Freddie Mercury.

35- El tacto y el aroma de la piel de una mujer.

36-  Andar sin prisas por la Plaza Nueva,  la Carrera del Darro y el Paseo de los Tristes, a la sombra de la Alhambra. 

37- Los pueblos perdidos. 

38- Una conversación con tu abuela o tu abuelo, mientras tengas la suerte de que sigan vivos, claro.

39-  300 años de música clásica.

40- La banda sonora compuesta por Basil Poledouris para Conan el bárbaro (1982). 

41- El chocolate, en sus múltiples formas , colores y estados.

42- El queso. De cualquier lugar, olor y sabor.

43- Las patatas, en cualquiera de sus preparaciones y presentaciones.

44- La sensación de satisfacción.

45-  Toledo.

46-  El tema de Lara.

47- El cine de Sergio Leone.

48- La leche. De vaca, de cabra, caliente o fría.  

49-  La gastronomía tradicional. Especialmente la de las madres y abuelas. 

50- Franco Battiato cantando con Alice esta canción

51-  Tener hermanos. Aunque con uno es suficiente. 

52- La música de los 80. 

53- El western. 

54- El Impresionismo y en general toda la pintura del siglo XIX. 

55- La comida italiana.

56- El Barroco. Ya sea pintado, construido o esculpido.

 "El rapto de Proserpina". Gian Lorenzo Bernini, 1621-1622, Roma.

 


57- Desayunar churros.

58- Los dos himnos de Irlanda cantados por su equipo de rugby y por el público de Dublín, ante Inglaterra.

59- El helado de turrón.

60- Always on my mind. La versión de Elvis Presley. 

61-  Himnos guerreros como La Marsellesa, el de México y el de Uruguay.

62- Mantenerse pegado a la butaca del cine

63- Las películas de Berlanga.


64- Los abrigos. Y  las bufandas.

65- Las manzanas. El zumo de naranja. Las mandarinas. Los higos. Y las uvas. 

66- La obra de Alfons Mucha. 






















"La luna y las estrellas". Alfons Mucha, 1902.

 

67- La fotografía y el vestuario de Barry Lyndon. En realidad, toda la película.

68-  El final de Excalibur (1981).

69-  La opiniones de Arturo Pérez-Reverte.

70-  More than a feeling, de Boston.

71-  El frío. 

72-  Burt Lancaster.

73- El pan. Comerlo solo o con algo. Y su olor.

74- Los artículos de David Gistau.

75- Un cielo limpio,  lleno de estrellas, lejos de la ciudad.

76- Los grillos en las noches de verano. 

77- Cuando John Wayne se va, y se cierra la puerta,  en Centauros del Desierto.

78- Jennifer Lawrence en El lado bueno de las cosas.

79- La niebla.

80- Los jardines y parques viejos, sin remodelar ni modernizar.

81- Percibir un perfume, un olor,  que te transporta a una persona o a un momento del pasado.

82- Hablar de todo y de nada con los amigos. 

83- Astérix y Obélix. Y  Tintín. Y  Mortadelo y Filemón.

84-  Saborear una cerveza, especialmente en compañía. 

85-  Los pasodobles. Sobre todo este . O este. O este otro.

86-  Contemplar (y tocar, si es posible) lugares y objetos  que son historia.

87-  Reírse con El hombre tranquilo.

88- Made in Japan, de Deep Purple. Entero.

89- Las conversaciones de El Nota y Walter en El gran Lebowski.

90- El torrente musical power-metalero de Rhapsody (of Fire).

91- El olor a azahar.

92- Tener una buena amiga con la que tener complicidad.

93- Reservoir Dogs  Pulp Fiction. 

94- Las fotografías en blanco y negro.

95- Ver nevar.

96- El cine "clásico", con escenas como ésta.  

97- Daniel Day-Lewis sobreactuando.

98-  Correr bajo la lluvia. 

99-  Las palabras antiguas que ya no se usan (o apenas) , como "pardiez", "antediluviano" , "alcoba", "prístino", "jícara" , "petimetre", "bellaco" o "acémila". 

100- El cielo de Almería.  

20.11.14

"Interstellar": una sublime y emocionante odisea





La he visto hace escasas horas, y me ha impresionado tan hondamente que debo escribir sobre ella. Hablo de  Interstellar, la última película de Christopher Nolan, en boca de todo el mundo desde su estreno hace dos semanas.

Tenía mis reservas. Primero por la lectura previa de algunas críticas, y segundo porque tengo una opinión neutra del  inglés. Quiero decir que me parece un director estupendo y he disfrutado mucho con Memento, Batman Begins, El truco final o El caballero oscuro, pero por otra parte  considero que últimamente tiene tendencias demasiado grandilocuentes y alargadoras  y a la vez cerebrales; acabé hasta las narices de Origen, aparte de enterarme de la mitad (o de la mitad de la mitad).  La tercera de Batman no la he visto, pero en la segunda vi ciertos aspectos muy pretenciosos que la alejaban de Begins y del espíritu del Hombre Murciélago.

Por todo ello temía encontrarme con una especie de rayada exacerbada, larga  y ruidosa, y de ciencia ficción por añadidura. Nada más lejos de la realidad. Interstellar es una preciosa  y espectacular "ópera espacial"  donde se combina la frialdad y la exactitud de la ciencia con la emotividad y la capacidad épica del ser humano. 

Tras esta definición algo prepotente por mi parte podría decir que hacía mucho tiempo que una película no me dejaba sin pestañear apenas (ni con la espalda tan pegada al asiento). Es todo una sucesión de deslumbrantes imágenes acompañadas, ya sea de la ensordecedora  y extraordinaria música de Hans Zimmer o del silencio más absoluto, y de un planteamiento de ideas y cuestiones que te alteran, te dan que pensar, te preguntas a tí mismo o te incitan a saber más. 

El argumento (calma,  no desvelo nada) es aparentemente sencillo. En un futuro próximo, la vida en nuestro planeta parece tener los días contados, por lo que un grupo de astronautas despegan y se lanzan en búsqueda de otros sistemas para salvar a la humanidad. Los lideran un piloto llamado Cooper (un estupendo Matthew McConaughey), un hombre familiar, y una científica, Amelia (correcta Anne Hathaway). En el reparto de la película también figuran el mítico Michael Caine y Matt Damon, entre otros.

Ante este aterrador panorama en La Tierra, Nolan desarrolla su (para mí) obra más redonda hasta la fecha. Es curioso cómo un británico puede realizar largometrajes tan del gusto estadounidense, e Interstellar no es una excepción, aunque por suerte, pese a sus inicios tan de americanada, va evolucionando hacia una dimensión y un significado más  universal. 

Las influencias de (y los homenajes a)  2001: una odisea del espacio  (Stanley Kubrick, 1968) son tan notorias como declaradas e innegables, así como de Encuentros en la tercera fase (Steven Spielberg, 1977). Según he leído, también las tiene de Solaris (Andrei Tarkovsky, 1972), película soviética de culto que he de ver, así como de otros largometrajes de menos alcance y prestigio. 2001  fue un peliculón innovador y rompedor en su momento, aún lo sigue siendo, y sigue asombrando; además es uno de esos largometrajes que, si no eres ducho en ciencia ni ciencia ficción como es mi caso, puedes perderte un tanto y es necesario visionarla varias veces o leer sobre ella para enterarte de todo. 2001 es mítica ,  confusa, rigurosa e imborrable,  pero bastante fría y desprovista de empatía (dicho sin ánimo de crítica) y como decía al principio, en Interstellar tenemos por una parte la gelidez de la ciencia y del espacio exterior con la emoción del ser humano. Con los sentimientos. Con la cercanía.

No es necesario que se sea un experto en ciencia y astronomía (es más, estos científicos les encontrarán "peros" y baches en contraposición a  alguien profano en ello, y por supuesto los tiene, aunque al parecer la opinión de científicos y astrofísicos está siendo positiva en general, como la del conocido Neil deGrasse Tyson, quien entre otras conclusiones, dice que en la película se vive la experiencia de la relatividad del tiempo de Einstein como nunca en el cine) para entender el argumento y lo que pasa, aunque lógicamente no todo se puede seguir y comprender, pero incluso yo,  que soy un ignorante en estas materias, y  confieso no leer mucho sobre ellas porque me pongo  a pensar demasiado y  algo neurótico,  me he sentido en todo momento integrado,  sugestionado y maravillado por lo que muestra Nolan. Incluso cuando me he perdido, he sentido emoción, pues es necesario perderse para encontrarse.

Los efectos especiales, pese a lo que podría esperarse,  no serían rotundamente los mejores de la historia (los de 2001 parecen fascinar aún más, acaso porque apenas envejecen, o los de la reciente Gravity pueden ser superiores), pero son extraordinarios y realmente contiene fotogramas de enorme belleza que te mantienen sin cerrar los ojos, sintiendo que cada parpadeo es un error. La ambientación en el interior de las naves es otro punto fuerte, así como la combinación en el guión de drama y humor mezcladas con emotividad.

Cuestión aparte es el sonido. Al parecer hay gente que se ha quejado de lo ensordecedor de la música y del propio sonido de la película. Reconozco que es verdaderamente atronadora, pero para mí eso es otro acierto, pues te clava al sillón como lo haría un viaje espacial y te sumerge de lleno en Interstellar. Como también lo hace el silencio total en otras ocasiones. Y la banda sonora compuesta por el genio Hans Zimmer...son palabras mayores. El maestro alemán ha creado otro hito y aunque también en la música la sombra de 2001 era muy alargada (a ver quién no recuerda la intro de  Así habló Zaratustra de  Richard Strauss, homenajeada también en Interstellar), para esta película tenemos una composición superlativa, tanto en los fragmentos más intimistas y evocadores como en los más poderosos y contundentes (con esa percusión, ese bajo  y ese órgano glorioso, apocalíptico) que, además de ponerte los pelos de punta  y quedarse grabada en tu mente,  realzan  la magnitud de las imágenes y del vuelo espacial, haciéndote sentir insignificante (lo que realmente somos).

Decía antes que es de esas películas que te hacen pensar, durante y mucho después de la película,  en el sentido de... ¿dónde estamos? ¿a dónde vamos? ¿qué futuro nos espera, especialmente a nuestros descendientes? ¿habría posibilidad de establecer vida más allá de nuestra galaxia? ¿cómo de altruista es el ser humano?  Y así. 

No quiero decir nada más de la trama, así que dejo al amable lector (o a la amable lectora)  que vaya y disfrute como lo he hecho yo (es una de esas películas que deben verse y escucharse en un cine) y si ya lo ha hecho, puede tener mi misma opinión, o por supuesto otra peor o mucho peor. Pues  no todo el mundo pensará igual de 169 minutos de  extraordinaria odisea  por el espacio, sobre el paso del tiempo  y hacia algo más grande que los sentimientos, pero sin duda es una experiencia apabullante. Y en ocasiones se hace necesario  desprenderse de toda lógica científica y dejarse llevar por el corazón. 


La película de Kubrick  marcó un hito, aunque los críticos y buena parte del público la machacaron en su momento. Sigue siendo difícil de entender y digerir.  Los tiempos, como la humanidad, van cambiando, y ya estamos en 2014.  No sé si estaremos ante la 2001 de nuestra época, pero bien pudiera ser. No es perfecta y tiene sus fallos, pero Interstellar es puro espectáculo y un emocionante e hipnótico viaje más allá de las estrellas,  del tiempo y de la mente.

 
"No entres dócilmente en la tranquila noche.
 Rabia, rabia contra la agonía de la luz".

17.10.14

Mejor la música. Doce bandas sonoras superiores a su película

Dentro de mis peculiares gustos cinematográficos, de los cuales ya he dado cuenta aquí en alguna que otra ocasión, me considero un buen aficionado a la "música de películas", esto es, a las bandas sonoras originales; raro es el día que no escucho varios soundtracks a todo volumen (para lamento de mi madre) o que no silbo insistente y aleatoriamente unos cuantos.   Me atrevería a afirmar que dicha obsesión arranca con dos maestros clave: Ennio Morricone y John Williams. Fueron estos dos compositores los que encendieron en mí esa llama, independientemente de mis gustos peliculeros. Posteriormente descubriría a otros grandes como Miklós Rózsa, Dimitri Tiomkin o Nino Rota (más antiguos), y  a  Basil Poledouris, James Horner  o  Hans Zimmer (más modernos estos). 

Una banda sonora de una película como tal, es importante y como es bien sabido, para potenciar las emociones de las imágenes expuestas, y es un complemento indispensable. Sin duda hay largometrajes que necesitan más una gran música que otras, y yo llego al extremo de no considerar del todo redonda a una película si no tiene una buena banda sonora. 

Y yo quería llegar más allá. Pues también hay casos, a mi modesto entender y siempre desde mi particular punto de vista, de películas que resultan inferiores a su banda sonora. Composiciones que llegan a trascender más que el propio largometraje y exceden el simple ámbito cinematográfico.  Así como tenemos ejemplos de banda sonora acorde con su película, al mismo nivel, como las de  Ben-Hur, Hasta que llegó su hora,  El Padrino,  Barry Lyndon, La Misión, La lista de Schindler o Braveheart, tenemos unos cuantos casos de música a la que, por desgracia o por suerte (o porque era imposible), su película se quedó atrás:

(Nota: quedan excluidas bandas sonoras formadas por una recopilación de canciones de variados estilos e incluso distintas épocas, tipo Pulp Fiction, y  aquellas donde la música de la película no es original, es  "clásica", por ejemplo  2001: Una odisea del espacio)



- El Álamo (The Alamo). Dimitri Tiomkin, 1960.  El mítico actor John Wayne dirigió algunas películas, como es el caso de ésta  sobre la épica resistencia de los texanos frente a los mexicanos en la misión española de  San Antonio de Béjar, en 1836; un relato repetido  machaconamente por los estadounidenses, al fin y al cabo una nación con una corta historia. Es El Álamo una correcta película,  entre el western, el cine bélico y el histórico, con secuencias impresionantes y un estupendo reparto, encabezado por el propio Wayne y  Richard Widmark como los archiconocidos héroes Davy Crockett y Jim Bowie, respectivamente. Pero, para mi gusto, tiende a ser irregular y se hace algo larga ( The Duke fue mucho mejor actor que director; además en sus películas tendía a mostrar su ideología, en su caso conservadora,  y  en esta no fue una excepción). En cuanto a la banda sonora, estuvo compuesta por el ruso-estadounidense Dimitri Tiomkin, y eso son palabras mayores.  Autor de la música de innumerables westerns y otras películas muy conocidas como Qué bello es vivir  o Gigante, para El Álamo aportaría sus características melodías y composiciones, tan enérgicas. Buena muestra es el fatalista  tema principal, parecido al que idease para Río Bravo un año antes,  con esas trompetas (que luego Morricone llevaría al paroxismo) y ese aire de "luchar hasta morir".    Aunque seguramente  la canción más famosa de la banda sonora de la película de Wayne sea la hermosa y evocadora The green leaves of summer, tan melancólica como trascendental. Poco más cabe añadir, ya sea en su versión instrumental o con letra, cantada


- Doctor Zhivago (Doctor Zhivago). Maurice Jarre, 1965.  Del peliculón de David Lean (adaptación de la novela de Boris Pasternak)   lo fácil es decir que se trata de una colosal producción de las de antes, cuando se gastaban no sólo ingentes cantidades de dinero, además se usaban enormes decorados y se empleaban miles y miles de extras humanos. Verdaderamente es una kilométrica película de más de tres horas,  en la línea del grandilocuente estilo del director británico, donde se suceden los minutos y no ocurre gran cosa. Ritmo pausado, lento. Poco diálogo. Trama extraña y difícil de seguir, si es que la hay.    El director se apoya en la intensa mirada de Omar Sharif y en la belleza de Julie Christie, y contiene imágenes inolvidables, pero, para mi gusto, la inmortalidad la alcanza la música que Jarre (quien repetía con Lean después de Lawrence de Arabia) compuso para la película. La melodía principal es una de esas canciones que  forman parte de la historia del cine y de las que te sumergen en una tierra y una época; la pieza llamada  At the student cafe  posiblemente se recuerde mejor en España por ser la del famoso anuncio de lotería,  y luego está...el muy conocido "tema de Lara" , una composición realmente eterna, en el mejor sentido de la palabra: a ver quién no ha estado enamorado y al escucharlo no le ha recordado a su amor, a esa sensación, o a la nostalgia por uno pasado...

- Agáchate, maldito (Giú la testa). Ennio Morricone, 1971. El último spaguetti western del inolvidable Sergio Leone y la penúltima colaboración del maestro romano con su paisano se acoge a división de opiniones; para unos es una película al mismo nivel de las grandes de Leone, para otros está un escalón (o dos) por debajo. Yo personalmente estoy en el segundo grupo, primero porque era imposible igualar a la "Trilogía del dólar", a  Hasta que llegó su hora y  a  Érase una vez en América, y segundo porque Agáchate maldito me parece confusa, irregular, con muchos detalles inexplicables y sin el gancho de otros "spaghettis". Leone además la hizo a regañadientes (no quería volver a dirigir westerns por el fracaso americano de Hasta que llegó su hora) y se nota bastante. La música es otro cantar, tratándose de Morricone. Aquí el genio italiano se aleja de las trompetas y los acordes metálicos de otras películas de Leone y realiza una composición más elegante, como más delicada. En el  tema principal  el maestro cuenta, como en muchas obras suyas, con la inestimable colaboración de la etérea voz de Edda Dell´Orso.   Verdaderamente uno se siente en otra realidad, como volando (a partir de 1:30).  

- Novecento (Novecento). Ennio Morricone, 1976. Conocida película de Bernardo Bertolucci, destacado miembro de la gauche divine (o izquierda caviar) tan típicamente europea. Film emblemático que pasará a la posteridad,  entre otras cosas, por ser uno de los mayores ejemplos de cine histórico en su versión más maniquea; aquí los ricos, los conservadores (quienes algunos abrazan el fascismo) y capitalistas,  son malvados y depravados por el mero hecho de ser "de derechas", mientras que "los de abajo", el pueblo, y por tanto los comunistas, son buenos, perfectos e irreprochables sólo por ser "de izquierdas". Supuestamente es una crónica de buena parte del siglo XX italiano (arranca en 1901 con la muerte de Verdi) centrada en la amistad de un terrateniente y un campesino  y  el director  aprovecha para homenajear al Partido Comunista Italiano y para ensalzar a unos y poner a caer de un burro a otros, sin explicar gran cosa y  simplificando de un modo infantil  las ideologías. No es mi intención quitar mérito a la Resistenza italiana, pero Bertolucci les hizo un flaco favor con este panfleto.  El montaje original es verdaderamente eterno (5 horas y cuarto) así que se comercializó otra, de todos modos larguísima (205 minutos), embrollada y confusa.  Con un reparto estelar al alcance de muy pocas películas, contiene personajes  desagradablemente  grotescos como el que interpreta el bueno de Donald Sutherland y escenas de dudoso gusto protagonizadas por él, o aquella que retrata al de un ya sesentón  Burt Lancaster (¡¡Burt Lancaster!!) como un pederasta,  o cuando una puta masturba simultáneamente a Depardieu y De Niro.  Una pena,  porque la fotografía es preciosa y los primeros 50 minutos son realmente bellos; pero a partir de ahí la cosa empieza a desmadrarse. Por fortuna, Morricone compuso otro de sus hitos en forma de banda sonora, y aunque Bertolucci no la emplee demasiado en su Novecento, podemos seguir alterándonos con su "Romanzo" (el tema principal) , auténtica elegía emocional in crescendo,  que por sí sola expresa mejor que la película  las ansias de resurgir de una parte de la sociedad, oprimida y pobre. 

- Carros de fuego (Chariots of fire). Vangelis, 1981. Posiblemente el ejemplo más famoso y el que admita menos discusiones, pues muy pocas películas están tan supeditadas a su banda sonora.  No toda, pero la gente tiende, en cuanto escucha la conocidísima melodía, a relacionarla con "Carros de fuego" (a veces como una canción propia) sin saber, o sin acordarse, que se trata de la música de una película. Y es hasta lógico, pues la del anglo-escocés Hugh Hudson sobre dos corredores británicos (uno judío y el otro cristiano)  que participaron en los JJOO de 1924 rivalizando entre sí, se caracterizó, aparte de por algo tendenciosa (en favor de los ingleses, por supuesto),   por una formalidad, una corrección y contención tan elevada, tan british,  que resultó fría y transmitió poco, desde mi punto de mi vista. Lo más memorable es prácticamente la famosa  escena inicial de los atletas corriendo por la playa mientras suena la melodía de Vangelis. El genio griego, amigo de los sintetizadores y modernizador de la música, compuso una  banda sonora  icónica de los 80  que no sólo se llevaría el Oscar, además perduraría en el tiempo y se convertiría en un símbolo del esfuerzo, del olimpismo y del deporte en general.  


- Conan el bárbaro (Conan the Barbarian). Basil Poledouris, 1982. La primera adaptación al cine de los relatos fantásticos de Robert E. Howard es una de esas películas que, sin llegar a ser de mis favoritas, la disfruto y  nunca me canso de ver. Dirigida por John Milius, se caracteriza por su brutalidad y crudeza, tanto por  las imágenes como por el guión, y actualmente nadie haría un largometraje así, a no ser que no le importe que le tilden de reaccionario o nazi. Con un meritorio diseño de producción y rodada íntegramente en España (Madrid, Segovia, Cuenca y Almería) resulta muy entretenida y espectacular,  aunque por otra parte tiene ciertos detalles horteras de los 80  y en cuanto al reparto, Schwarzenegger resulta un Conan perfecto, básicamente porque no tiene que hablar mucho; pero sólo participaron dos actores profesionales (los veteranos Max Von Sydow y James Earl Jones) y el resto es un circo de culturistas, jugadores de fútbol americano, surfistas y bailarinas, con lo que la "calidad" interpretativa se nota. En cuanto a la música, el encargado fue finalmente el greco-norteamericano Basil Poledouris, ese infravalorado genio  -autor, entre otras, de Los señores del acero,  la maravilla de La caza del Octubre Rojo o Robocop-  y que para Conan el bárbaro compondría una banda sonora de corte clásico,  sobrecogedora, épica, operística, y a la vez intimista, sugestionadora como pocas, casi onírica, zambulléndote de lleno en Aquilonia, la legendaria tierra imaginaria. No pocos expertos (los de verdad, no yo) suelen nominar a la música de Poledouris como una de las 10 mejores de toda la historia del cine. Ya el comienzo es extraordinario, Prologue/Anvil of Crom, con esa voz del otro mundo,  esos poderosos tambores y cuernos y la belleza de los violines; tenemos "música de batalla" con Riddle of Steel/Riders of Doom y Battle of the Mounds, absolutamente intimidatorias  y gloriosas,  pero también melodías sobre la amistad y la aventura, entrañables,  como  Theology/Civilization , alegres y rotundos himnos de desparrame como The Orgy,  hipnóticas y tremendas como  Gift of Fury, hermosas elegías de esperanza como  The Search , románticas como Love Theme o la desgarradora  The Funeral Pyre (a ver quién ha olvidado esa frase de "Él es Conan. No llorará. Yo lloro por él".), y espirituales finales que se proyectan hacia la eternidad como  Orphans of Doom/The Awakening Poledouris falleció en 2006, pero nunca caerá en el olvido.  


- Cinema Paradiso (Cinema Paradiso). Ennio Morricone, 1988. La película de Giuseppe Tornatore y su banda sonora es otro de esos ejemplos donde la segunda ha igualado e incluso superado la fama de la primera. Siendo Cinema Paradiso buena y recomendable, para decantarse, si hiciera falta, por la película o la banda sonora, basta contemplar unas imágenes o unos minutos de ella sin escuchar su música,  silenciándola o imaginándose otra; es un ejercicio difícil, pues en nuestra mente el concepto de Cinema Paradiso va unido a la melodía de Morricone, pero creo que haciendo un esfuerzo puede realizarse;  como también creo que sin su banda sonora, la cinta de Tornatore pasaría a ser una simpática y hasta entrañable película costumbrista sobre un pueblecito italiano.  Eso sí,  sin la carga emocional y sin las indescriptibles sensaciones que transmite la música de Morricone, con sus punzantes leitmotivs. Imposibles  de olvidar el  tema principal, el nostálgico Childhood and Manhood  o ese maravilloso Finale (Morricone y sus "finales" que te llegan al alma). Música que nos gustaría fuese la de nuestra vida, sin duda.

- 1492: La conquista del paraíso (1492: The Conquest of Paradise). Vangelis, 1992. Ese año, además de los numerosos fastos y acontecimientos por el V Centenario del Descubrimiento de América (o Encuentro para otros), se estrenó de manera oportuna una nueva película sobre Cristóbal Colón, esta vez dirigida por el británico Ridley Scott. Para variar, supuso un nuevo ejemplo de Leyenda Negra antiespañola, ya palpable en las escenas iniciales, con esas antorchas y hogueras  destacando sobre una tierra bárbara y oscura (es posible que Peter Jackson se inspirara en esta  Castilla para su Mordor de El Señor de los Anillos). De la película se desprende que Colón realizó su viaje y descubrió América a pesar de que los españoles eran unos animales de bellota.   Desde luego, no soy tan sectario como para desechar una película por su tendencia o ideología, pero con esta me pasa como con Novecento: se me hace larga, aburrida y confusa, añadiendo tramas sin ningún fundamento como el flirteo entre Isabel la Católica (Sigourney Weaver) y Cristóbal Colón (Gerard Depardieu), y etcétera. Una desgracia, porque el reparto es bueno (el francés es un gran actor, o Fernando Rey) y contiene algunas imágenes de gran belleza y emoción. Con todo, fue un desastre de crítica, taquilla y público. Vangelis, que repetía  con Ridley Scott tras Blade Runner, compuso otra enorme banda sonora, en su línea: sintetizadores, tono solemne, potentes y épicos coros y un vibrante piano, en el reconocible tema principal , extraordinario y que para mi gusto, casa bastante bien con las imágenes de las carabelas surcando el mar, por más que la vanguardista música del griego y su gusto por la electrónica parezca anacrónica en una película histórica, para muchos críticos. Siendo honesto, ciertamente otros temas, como éste, aunque hermosos, están en un tono más "Blade Runner" o incluso chill out, por así decirlo, y se ajustan peor a un largometraje como 1492. Personalmente prefiero al Vangelis de otros cortes como Hispañola


- La momia (The Mummy). Jerry Goldsmith, 1999. Vaya por delante que la de Stephen Sommers no me parece una mala película.  Entretenida, atractiva,  simpática y con un buen reparto (El  O´Connell de Brendan Fraser  pierde con Indiana Jones,  pero no se queda muy atrás en comparación con otros "imitadores"),  aunque en conjunto algo estereotipada y ligera, recuperó en parte a las películas de aventuras de siempre adornada esta vez de unos asombrosos efectos especiales (a los cuales lógicamente hoy día se les nota el paso del tiempo, si bien muy poco) y de una banda sonora superior. Compuesta por uno de los grandes, Jerry Goldsmith (El planeta de los simios, Patton, El viento y el león,  La profecía, Alien, Desafío Total), se trata de una obra extremadamente épica que se da pocos respiros; te sumerge en la arena, en las pirámides y en el Antiguo Egipto. El norteamericano, discípulo de Miklós Rózsa,  lo tenía complicado, pues si de aventuras y guerra en el desierto hablamos, la sombra de Jarre y su Lawrence de Arabia es tan alargada como legendaria; Goldsmith compuso una banda sonora con entidad propia caracterizada por su gran epicidad, ya palpable al  comienzo, y en temas frenéticos como Night Boarders, que dejan sin aliento; otros te transportan a  las arenas y también hay una hermosísima conclusión,  The Sand Volcano, con ese romántico cierre para la posteridad.

- Alejandro Magno (Alexander). Vangelis, 2004. Después de una década alejado de las grandes producciones cinematográficas, el peculiar compositor griego regresaba a los focos poniéndole la música a una nueva película sobre uno de los grandes mitos helenos y de la historia, Alejandro Magno. En este caso coproducción internacional,  dirigida por el estadounidense Oliver Stone y con un reparto repleto de  estrellas y caras conocidas, resultó un fracaso de taquilla (en contraste con la morterada de billetes que costó)  y de crítica. Larga, eterna (170 minutos en los cines, 214 el montaje completo...), insípida, quiere decir mucho y se queda en nada, adoleciendo además de flagrantes faltas a la historia...y con ciertas peculiaridades, como ver a un Alejandro con un cabello oxigenado algo hortera (Colin Farrell es bastante moreno), o esa desconcertante relación entre el protagonista y su madre (no sé si porque  Angelina Jolie sólo es un año mayor que Farrell). Me atrevería a decir que lo único que me gustó es el espectacular y emocionante fragmento de la batalla de Gaugamela. Así, Vangelis compuso una banda sonora muy superior al despropósito de Stone, una obra bastante variada de ritmos  y sonidos, con las características de su música, y con influencias balcánicas y orientales. La increíble fuerza y la grandiosidad mítica se encuentran en canciones como Titans  Drums of Gaugamela, o la emoción en breves cortes como  Young Alexander  y en otras  más poderosas y épicas como Across the mountains , pero también tenemos tonalidades relajantes y étnicas en composiciones como cuando la expedición de Alejandro permanece en Babilonia y otras más new age pero igualmente bellas y sugestivas como  Roxane´s Veil. Evangelos Odysseas  Papastanasiou, Vangelis,  nos regala  todo un "viaje musical" tan variado y grandioso como la epopeya alejandrina. 

- El rey Arturo (King Arthur). Hans Zimmer, 2004.  Los estadounidenses, siempre prestos a desmiticar leyendas y relatos siempre que no sean los suyos, abordaron la artúrica intentando darle una apariencia de solidez histórica, de peplum fiel a los acontecimientos reales. Peplum, porque situaron el origen de la leyenda del rey Arturo y sus caballeros en la Antigüedad Tardía, poco antes de la caída de Roma y cuando los sajones llegaron a Britania. El resultado, dirigido por Antoine Fuqua (un afroamericano especializado en videoclips y en cine policíaco...vaya), fue una película espectacular visualmente, pero completamente vacía de contenido, con unos garrafales patinazos históricos (¿El Papa de Roma dueño de Europa, que concede tierras en Britania y decide cuando regresan las tropas? y etc) unos personajes más planos que los de un videojuego y unas interpretaciones por parte de los actores tirando a deficiente. La emoción y la fuerza  inexistentes en la película las iba a aportar la banda sonora compuesta por el gran Hans Zimmer, reconocido por sus poderosas melodías fecundas en tambores, coros  y acordes graves. El alemán, quien ya se había acercado al "cine de romanos" en Gladiator, no decepcionó a sus incondicionales y entregó un disco con sólo seis canciones instrumentales, pero largas (en torno a 60 minutos de duración en total). Aunque hay muchos fragmentos emotivos y dulcemente celtas, epicidad exacerbada hay por todos lados, por lo que no a todos los oídos puede gustarle esta banda sonora. Aunque también tenemos una preciosa canción interpretada por Moya Brennan, que recuerda un tanto la que también compusiera Zimmer para  Gladiator (Now we are free). Pero la que nos zambulle de verdad (mejor no escuchar al narrador de la película)  en esa incierta y tremenda época  es el primer tema instrumental, Woad to ruin, una magnífica pieza en la línea más poderosa del alemán, repleta de leitmotivs grandiosos, subidas y bajadas musicales y potentes voces, que te hace sentir como cabalgando entre los hombres de Arturo. Del mismo tono son  Do you think I´m a saxon, pura batalla con atronadores tambores donde parece que tienes a los sajones encima, o Budget meeting, largas composiciones que dejan sin aliento; percusión, viento y coro al servicio de la épica made in Zimmer.  Pero también temas más intimistas y emocionales aunque igualmente grandiosos,  como Hold the ice o All of them, la canción que cierra la banda sonora y la película. En definitiva, otra enorme obra del maestro alemán, verdaderamente una delicia escuchar en casa a todo volumen.

- Piratas del Caribe: en el fin del mundo (Pirates of the Caribbean: at world´s end). Hans Zimmer, 2007. La tercera entrega de la saga de Piratas del Caribe decepcionó enormemente a quienes nos habíamos entusiasmado desde La maldición de la Perla Negra. A su director, Gore Verbinski, se le fue la olla por completo en este larguísimo (169 minutos) despropósito donde Jack Sparrow llega a cargar y aburrir y donde se suceden las secuencias con profusión de efectos especiales y personajes desaprovechados. Curiosamente, en esta primera trilogía de los piratas se ha dado, en relación con la banda sonora, el caso de que conforme han ido las películas a peor, la música ha subido de nivel; en La perla negra era la menos elaborada y poco original (además de autoría diversa y con sospechas de plagio), en El cofre del hombre muerto la espectacularidad y disfrute de la película iba parejo a su banda sonora, y  En el fin del mundo nos encontramos (para mi gusto) con la mejor música de la saga. El genio alemán, para la tercera, se dedicó a desarrollar temas de la primera y sobre todo de la segunda, e innovó creando nuevos. Ya el comienzo es vibrante con esos tonos orientales (la película empieza en Singapur); en  At Wit´s End el alemán nos regala uno de los maravillosos leitmotivs de En el fin del mundo, un precioso y variado tema romántico mientras la Perla se adentra por los mares helados. Luego, cortes magníficos como Up is Down, auténtica música de aventuras y de capa y espada al son de una jiga, o vibrantes homenajes de Zimmer al Morricone metálico de Hasta que llegó su hora, pasando por emocionantes  himnos épicos que hace que sientas como tuya la causa de los piratas.  Y aún más: los fans del alemán y los que nunca se contentan con las dosis de épica y heroísmo, tenemos otro largo momentazo , donde realmente te dan ganas de agarrar un sable y batirte con quien sea por tu vida y tu causa por entre las velas. Como conclusión, dos canciones extraordinarias cargadas de lirismo, emoción y romanticismo, lo más bello de la (por entonces) trilogía: One Day y Drink Up Me Hearties la segunda es un espectacular resumen de la música de las tres y supone un broche glorioso que debería haber sido el definitivo.