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18.1.16

"Hombres buenos": un canto a la amistad y a la Razón




A estas alturas de la vida no voy a descubrir ni a Arturo Pérez-Reverte ni a sus libros;  me acompañan desde los 12 años, cuando empezara a leer el primero de sus Alatristes, saga a la que dedicara más de una entrada en este blog. Cautivado, fue cuestión de tiempo que abordase el resto de sus obras, así como sus peculiares artículos de opinión en prensa (también recopilados en varios libros). Siendo como soy fundamentalmente un lector de clásicos, o por lo menos de autores que murieron hace algunas décadas, Pérez-Reverte es prácticamente el único escritor vivo que leo asiduamente. 

Con todo, aún no he leído toda su obra y de los últimos 10 años, tengo pendientes (algún día serán míos)  El pintor de batallas, Un día de cólera o El tango de la guardia vieja, si bien me regalaron El asedio,   cuyo final me decepcionó, al igual que, admito, me dejó frío Cabo Trafalgar.  El cartagenero está especialmente activo el último sexenio y si añadimos el séptimo de Alatriste, va a libro por año. Hombres buenos, publicado en marzo de 2015, es el más nuevo. 

En él, basándose en el acontecimiento real que supuso la adquisición de la famosa Encyclopédie de los ilustrados franceses por parte de la Real Academia de la Lengua Española a finales del siglo XVIII, Pérez-Reverte construye un relato imaginario sobre cómo pudo ser esa hazaña, pues al París pre-revolucionario viajan dos académicos españoles, con la misión, casi clandestina (estaba prohibida en España y en Francia no era fácil de conseguir) de adquirir los 28 grandes tomos de la magna obra. 

Desde el primer momento la novela es un constante juego entre realidad y ficción, entre imaginación y veracidad. Pues paralelamente a la reconstrucción de Madrid y París en 1781 y su notable ambientación, un autor en primera persona constantemente notifica cómo investigó y cómo fue edificando su obra, ya fuera con la lectura de fuentes, con viajes in situ o con entrevistas a tal o cual amistad, por lo general personalidades reales: no en vano aparecen los académicos Francisco Rico, José Manuel Sánchez Ron,  Carmen Iglesias o Gregorio Salvador, e incluso el que fuera director, Víctor García de la Concha. Ese autor que nos habla de vez en cuando guarda un asombroso parecido con el propio Pérez-Reverte, por más que éste negase en una entrevista que fuera él; desde luego, el cartagenero juega con nosotros, pues cuando el narrador menciona como obras "suyas"  El enigma del Dei Gloria y La estocada se refiere claramente a  (estas sí son reales) La carta esférica y El maestro de esgrima, respectivamente. 

Este juego se mantiene también en los personajes ficticios, propiamente dichos. Los dos académicos protagonistas, el almirante don Pedro de Zárate y el bibliotecario don Hermógenes Molina, ambos sesentones y tan respetables como antagónicos, se prestan a toda clase de interpretaciones, pues el primero, marino, fatalista y escéptico, no deja de tener ciertos rasgos del propio Reverte y resulta evidente quién le cae más simpático.  La pareja de "académicos malos", por así decirlo, pues pondrán toda clase de trabas para que la Encyclopédie no llegue a Madrid, puede entenderse como una alegoría de las dos Españas: Manuel Higueruela es cerril, clerical y reaccionario, y Justo Sánchez Terrón es igual de radical pero en su vertiente más rompedora, progresista. Ambos se odian mutuamente pero se alían por necesidad. 

"Usted y yo, don Justo, estamos abocados a darnos noticias mutuas durante un par de siglos, por lo menos...Y no todas serán en papel impreso".


Francisco Vega del Sella, marqués de Oxinaga, el gentil y bien relacionado director de la Academia, es un obvio alter ego del mencionado García de la Concha, también asturiano y de buen talante. El peculiar abate Bringas, pese a que el autor lo presente de manera convincente como real (inventándose fuentes y una detallada biografía) , es un trasunto del abate Marchena (1768-1821). Y así con buena parte de los personajes ficticios. 

Pues también desfilan históricos, como el mismísimo rey Carlos III (1716-1788), el  conde de Aranda (1718-1798),  embajador en París, o los intelectuales Benjamin Franklin (1706-1790), Buffon (1707-1788) , D´Alembert (1717-1783)  Condorcet (1743-1794) Marat (1743-1793)  o el autor de Las amistades peligrosas, Choderlos de Laclos (1741-1803). Todos ellos se dan cita en el castizo y tímidamente ilustrado Madrid de los últimos años del reinado de Carlos y en el bullicioso, descocado y deslumbrante París de las Luces

El cartagenero conserva su buen hacer en la detallista recreación de ambientes y en la caracterización de personajes, uno de sus fuertes;  desde luego, el malvado Pascual Raposo tiene un perfil bastante revertiano, uno de esos hombres soeces, putañeros y de pasado turbio con algún trauma, tan habituales en su obra.  Lo sórdido de su lenguaje y los ambientes  barriobajeros donde se mueve contrastan con la exquisitez y elegancia del de los académicos.  Académicos que estarán ayudados por el arriba mencionado abate Bringas Ponzano, otro personaje típico de su autor, que dice cosas bastante serias pero revestido todo de humor y escatología, algo muy común en su narrativa.

Lo que hace aún más interesante a Hombres buenos son esas constantes alusiones al mundo y a la sociedad actuales, o a la historia de España, por medio de las conversaciones entre don Pedro y don Hermógenes (ateo, desencantado y soltero el uno, creyente, bonachón y viudo el otro) o los debates entre ilustrados en los cafés y salones del París de 1781. Muchos de sus párrafos son fácilmente interpretables a hoy día, y en cierto sentido, si el lector está familiarizado con los artículos que Pérez-Reverte publica desde 1993, puede sonarle a ya visto, pues algunos pasajes son idénticos a cuando el escritor saca el sable a paseo los domingos. 

"- Apatía y resignación, son las palabras nacionales- dice al cabo de un momento- Ganas de no complicarse la vida...A los españoles nos resulta cómodo ser menores de edad. Términos como tolerancia, razón, ciencia, naturaleza...nos pertuban la siesta. Es vergonzoso que, como si fuéramos caribes o negros, seamos los últimos en recibir las noticias y las luces públicas que ya están esparcidas por Europa.
- Estoy de acuerdo.
- Y encima, lo poco de dentro lo convertimos en arma arrojadiza, de discordia: tal autor es extremeño, aquél es andaluz, éste valenciano...Nos falta mucho para ser nación civilizada con espíritu de unidad, como las otras que con justo motivo nos hacen sombra...Creo que no es el mejor medio recordar siempre, como solemos, la patria de cada cual. Antes convendría sepultarla en el olvido, y que a ninguna persona de mérito se le considere otra cosa que española (...) No tenemos Erasmos, por no decir Voltaires. Lo más que llegamos es al padre Feijoo.
- Que ya es algo.
- Pero ni siquiera él renuncia a su fe católica o a su devoción monárquica. No hay en España pensadores o filósofos originales. La omnipresente religión impide florecer. No hay libertad...Cuanto llega de fuera se acepta con la punta de los dedos, para no quemarse".



Pero ello no quita interés, desde luego. Además, sin duda he disfrutado enormemente estos fragmentos, pues Hombres buenos ha llegado cuando tengo ya 30 años y mi pensamiento, mi experiencia, mi concepción del mundo y de la vida y mi idea de España y de su historia  son muy distintas a cuando era un quinceañero. He crecido con Pérez-Reverte, por así decirlo, y si él gasta ya 64 castañas, yo he ido madurando a su vera. 

La novela es muchas cosas y puede interpretarse de diversas maneras, así como se caracteriza por explotar temas habituales en la obra de este escritor, como son el honor, el pasado, la guerra o el estoicismo, pero desde mi modesto punto de vista, fundamentalmente el libro es un canto doble: 

Por un lado, a la amistad; la amistad entre los dos académicos protagonistas, los "hombres buenos", quienes si en Madrid no se habían tratado mucho, en el azaroso viaje se descubrirán mutuamente, pese a sus constantes discusiones intelectuales donde el clerical don Hermógenes suele escandalizarse. Viene a demostrar que la ideología o el pensamiento no es impedimento para hacer amistad con una persona.  Además, como tiene un cierto aire a road movie, a rito iniciático (Molina es inocente y torpe, mucho menos bragado que el marino), el sentimiento de hermanamiento es algo indisoluble. También hay más amistades, pues los académicos hacen buenas migas con el  fascinante y estrafalario  Bringas en su periplo parisino, y personalmente, al igual que los protagonistas, acabé cogiéndole cariño al abate.  

"- Alguna vez llegará el amanecer. Vendrá el nuevo día. Habrá hombres que le gocen, entornando los ojos, agradecidos, al recibir los primeros rayos del sol...pero los que hicimos posible ese amanecer ya no estaremos allí. Habremos sucumbido a la noche, o asistiremos al alba pálidos, exhaustos, deshechos por el combate.
 Cuando calla el abate, tras un largo silencio, suena la voz del almirante. 
- Le deseamos a usted ese amanecer, querido amigo. 
- Ah, no. Deséenme solo que, cuando llegue el momento de sostener mi fe, muera bien, sin que me avergüence del canto del gallo...Sin renegar de ella.
(...)
- Fue un honor ayudarles, señores -dice, seco. 
 Después vuelve la espalda y se aleja en la oscuridad hasta fundirse con ella, como una sombra trágica que llevara sobre los hombros el peso excesivo de la lucidez y de la vida". 



Por otro lado, un canto a la cultura, o si se prefiere, a la fuerza de la Razón, con mayúsculas, entendida ésta como la libertad del hombre para escoger la certeza y la cierta infabilidad de la ciencia frente a la imprecisión mistérica y oscura de la religión,  en esos tiempos de luces donde poco a poco, los intelectuales europeos, con los franceses a la cabeza, se estaban liberando de la cerrazón de mente y la negación de la realidad presente en el continente, donde en buena parte olía aún a feudalismo y a sacristía. Reverte siempre ha sido muy crítico con Trento y durante años ha repetido que fue a partir de ese concilio de mediados del siglo XVI, con la Contrarreforma,  donde todo se fastidió y España empezó la cuesta abajo, mientras los países protestantes emprendieron el ascenso.  Volviendo al libro,  es un hermoso alegato por todos aquellos hombres, de antes y ahora, que rompieron más de una lanza, a veces en vano, por que la razón triunfase sobre el misticismo y la tiranía. No debe confundirse el lector, pues no es un simple libelo anticlerical; de hecho, es una de las obras más compensadas y optimistas de Pérez-Reverte, pese a sus habituales dosis de ironía y mala leche, y desde luego, como siempre, reparte a diestra y a siniestra; no se libra nadie. También el de Cartagena rinde orgulloso homenaje a la RAE y hacia todo lo que representó y representa, y a todo lo que hizo y hace. Por último, el narrador se reconoce deudor de tres grandes de nuestras letras como son Cadalso, Jovellanos y Moratín, y la influencia de éstos es grande en el texto.  Pero, desde luego, con la mente puesta en los recientes atentados en París, Hombres buenos es un buen punto de partida para todos aquellos que se preguntaron entonces qué le debemos exactamente a Francia, o para reflexionar por qué España es así, siendo como somos un país que lleva desde la Ilustración en permanente conflicto entre atraso y modernidad (baste recordar el debate de los toros, que también aparece en la novela, por cierto). 

Sociedad, cultura, religión, ilustración, enciclopedias,  librerías, debates, tertulias, cafés, libertinaje, amor,  duelos y ambientes tan fascinantes como dispares,  todo se da la mano en un libro magnífico que muestra lo mejor de su autor, a quien se le empieza a notar la edad (y es un halago), con un estilo más evocador y profundo, más si cabe que ciertas novelas suyas precedentes.  Personalmente, de los de toda su obra, es uno de los que más he disfrutado y entra directamente en el Olimpo de los favoritos, junto a la serie de Alatriste y  a  La piel del tambor, El maestro de esgrima y La carta esférica (sin olvidarse de esa pequeña maravilla llamada La sombra del águila), por lo cual de nuevo me rindo ante don Arturo. Un libro intenso y con repartidas dosis de emoción, que mantiene en vilo hasta la última página de sus 583, por más que de antemano sepas buena parte del desenlace. Podría dar para una buena adaptación al cine, pero viendo la irregular suerte que han corrido las obras de Pérez-Reverte a este respecto, mejor seguir viendo a don Pedro y a don Hermógenes, a esos hombres buenos, dentro de sus adorados libros. 


"-¿Son esos libros tan valiosos como para morir por ellos? - pregunta. 
  El otro lo piensa un instante, o parece hacerlo.
- No es por ellos, sino por lo que tienen dentro- responde, al cabo. 
-Vaya...¿Y de qué se trata?
- De la Razón. Lo que hará que un día no existan hombres como usted".  

17.4.13

Cine: diez grandes momentos

Una nueva entrada de listas, aunque esta vez de mi propia cosecha y de cine.  Ahora se trata de diez escenas, de diez grandes momentos cinematográficos, ésos que suponen un estremecimiento, algo inolvidable y que permanece hasta mucho después de verlo. Como se dice vulgarmente, poner los pelos como escarpias. Prácticamente todas son de mis películas favoritas y un cierto número pertenecen a finales. Además, he apartado voluntariamente y en lo posible tanto las grandes escenas archiconocidas de películas tipo El Padrino Casablanca, por estar mucho más manidas, como aquellas en las que el diálogo predomina sobre la imagen. Probablemente me deje más de uno y más de dos momentazos, pero la tarea no es fácil, la verdad. 


1- Los ojos azules de Henry Fonda.

Esta escena pertenece a ésas vistas de niño, pero que, revisionadas años después se revelan como auténticos momentazos imborrables . En este caso, se trata de la llegada de Frank (Henry Fonda)  a  Sweet Water, el rancho del  irlandés McBain. Estamos hablando de C'era una volta il west  / Once upon a time in the west (1968) , una de tantas obras maestras del irrepetible e inimitable  Sergio Leone, traducida en España , en vez del lógico  "Érase una vez en el Oeste", con el dramático título de Hasta que llegó su hora. Para muchos el mejor western de todos los tiempos, es sin duda una obra muy personal y aunque es larga, lenta, densa y con poca acción, tiene un buen puñado de escenas antológicas e inolvidables, como los largos títulos de crédito iniciales (10 minutos) en la estación de La Calahorra  o la explicación de por qué el personaje de Charles Bronson toca la armónica. Todo ello acompañado y ayudado por los paisajes de Utah, de Almería y de Granada y de la mítica música del siempre mítico Ennio Morricone.  La película merece por sí sola una entrada, pero ahora me centraré en uno de sus grandes momentos.

Leone  ambientó el rancho en un punto entre Gérgal y Tabernas, poco resguardado de chicharras, matojos e implacables sol y viento almerienses. En él caza una especie de pájaros McBain junto a su hijo. Luego acude a la mesa delante de la casa, donde su hija prepara la comida de gala para recibir a su nueva mujer (Claudia Cardinale). Regaña a otro de sus hijos (tiene tres) por llegar tarde a recoger a su madrastra.  De repente las chicharras dejan de escucharse, las aves huyen asustadas mientras nos martillean  unos contundentes disparos  y van cayendo, uno a uno y rápidamente, McBain y todos sus hijos, tan pelirrojos como él. Pero el momento cumbre es cuando el hijo menor, Timmy,  hasta entonces en la casa, sale afuera al escuchar el estruendo...entonces, mediante unos magistrales movimientos de cámara, asistimos primero a cómo -desde los ojos del niño- saldríamos corriendo de la casa y veríamos el panorama, y luego al lento acercamiento de Frank y sus secuaces a la puerta del rancho. Andando poco a poco, saliendo de los matorrales, con sus guardapolvos moviéndose al sucio viento, mientras suenan los acordes de guitarra metálica de  Morricone. Luego vemos los ojos extraordinariamente azules de Frank  (Fonda, hasta entonces un habitual en los papeles de "bueno", nunca fue tan malvado), que se muestran fríos e implacables ante el pobre niño, quien no espera piedad ante la falsa sonrisa del asaltante. Interpelado por uno de sus hombres sobre qué harán con el pequeño, sólo escupe de mala gana y murmura "Ya que has pronunciado mi nombre..."  sacando el arma.  Suenan unas campanas de muerte y el pistolón de Frank aniquila a Timmy.  Muy, muy  pocas escenas me han marcado más, la verdad.


2- Arturo volverá...

El rey Arturo, Ginebra, Excalibur, Perceval, Merlín, Camelot, Morgana, Gallahad, Lancelot, el Grial...la leyenda artúrica me ha fascinado y hasta obsesionado desde pequeño, y no sé si se debe a  Merlín el Encantador (Disney), a alguna lectura, o  a  Excalibur, o quizá  a todo junto. Excalibur (1981), de John Boorman, ha sido considerada casi unánimemente desde siempre como la adaptación cinematográfica más fiel al mito artúrico, y la vez una de las más personales.  Verdaderamente ya el comienzo de la película del director británico es impresionante, cuando  lo poderoso de las imágenes se une a la música de Richard Wagner, metiéndote de lleno en The Dark Ages, es decir, cuando de Inglaterra se fueron los romanos , desembarcaron los bárbaros y comenzó el tránsito a la Edad Media.  Boorman se basó principalmente en La muerte de Arturo de Mallory (1485)  para su obra, aunque eliminó prácticamente el significado cristiano del Grial y de casi toda la película, quizá para darle un tono más céltico-pagano-legendario en vez de literario o histórico.  Eso, unido a las relucientes armaduras renacentistas, los paisajes de Irlanda, algunos detalles  horteras ochenteros y la música de Wagner y Orff  (el famoso Carmina Burana) hacen de Excalibur una película difícil de olvidar, por lo menos para mí. Tiene varios "momentos cumbre", pero la gloria definitiva está reservada en su grandioso final.

En la última batalla y ante un atardecer rojo como la sangre, Arturo consigue matar a su hijo  Mordred (fruto de un hechizado incesto con su hermana Morgana), pero queda herido de muerte. Ya sólo acompañado del fiel Perceval, y para asegurar el futuro de los hombres, ordena a aquel que tire su espada Excalibur  a las aguas, devolviéndosela a la Dama del Lago. Perceval duda una vez y regresa junto a Arturo, y tras la insistencia moribunda de éste,  desciende de nuevo al lago y la arroja por fin, saliendo y desapareciendo mágica y decisivamente la mano de la dama mientras suena la contundente música de Wagner (El funeral de Sigfrido). Cuando Perceval regresa junto  a donde está Arturo, éste ya no se encuentra allí. Grita desesperadamente su nombre, y al fin lo ve, a bordo de un navío y acompañado de las reinas hadas, rumbo a Avalon. Según la leyenda, allí sería curado y estaría en guardia para cuando Inglaterra necesitara su ayuda...Arturo parte a la "isla de las manzanas" en un nuevo amanecer; de hecho lo último que vemos es el barco inundado por el sol. Imágenes y música, contundentes por igual en un grandioso final que forma parte de ese cine que ya no se hace y que estremece de una forma indescriptible el cuello.



3- "Habéis sangrado con Wallace...sangrad ahora conmigo".

  No puedo resistirme a no poner otra vez este momentazo de esta mítica película. Como ya hablé largo y tendido sobre ella en dos entradas, únicamente copiaré y pegaré lo de su final, cuando ya han ejecutado a William Wallace y todo parece haber terminado. Pero no, porque una voz en off nos dice lo que efectivamente se hizo con el cuerpo del héroe y los acontecimientos posteriores. Luego vemos otro campo de batalla, donde en teoría el rey de Escocia iba a rendir pleitesía al inglés.  Estamos en Bannockburn, en junio de 1314. 

Requerido por un repelente noble escocés, quien le apremia a acabar de una vez con la ceremonia, Robert titubea, mirando de reojo a sus súdbitos, y se detiene. Lleva en el antebrazo el viejo pañuelo de Murron del que Wallace nunca se separó. Lo saca y manosea, como intentando leer algo. Había admirado al Guardián de Escocia hasta el final, y se había odiado a sí mismo por traicionarlo.  Una vez liberado de la influencia de su pragmático y leproso padre, parece comprender, por fin. Y se arma del valor y de la convicción que hasta entonces le faltaban.   Vuelve a  mirar a  las huestes de Wallace. Desharrapados, maltrechos, pero dignos. Están Stephen el Irlandés, y Hamish, el leal y recio amigo de William, e incluso el padre de Murron. Ahí están, expectantes, con poco ánimo de rendición, observándolo de reojo.   Mientras, suena una flauta en el viento (
Sons of Scotland) y unos tambores lejanos,  pero Robert se marcha con su caballo, en compañía de ese noble.  Vacila de nuevo,  se detiene, dice "alto"  y se vuelve hacia sus mesnadas, contemplándolas, y les ordena con voz trémula, como suplicando:

-"Habéis sangrado con Wallace...sangrad ahora conmigo".
 

Hamish aún conserva la gigantesca espada de su amigo y, eufórico,   la arroja con fuerza hacia el campo de batalla, recordándole una vez más. Ésta se clava decididamente en la tierra, mientras las gaitas suenan de forma atronadora.  los guerreros gritan "WALLACE, WALLACE" y Robert desenfunda su espada, poniendo los ojos en blanco, inyectándolos hacia el enemigo, y por su parte los escoceses cargan corriendo, una vez más, dispuestos a todo, ante el asombro de los petulantes ingleses. Una nueva voz en off, pero esta vez es la del propio Wallace:

-"En el año de Nuestro Señor, 1314, patriotas de Escocia, hambrientos y en inferioridad, cargaron sobre los campos de Bannockburn. Lucharon como poetas guerreros...lucharon como escoceses...y ganaron su libertad". 

(...)

Ante este soberbio, impresionante y vibrante final, no cabe añadir nada más. Se me sigue erizando el cuello cuando lo veo y cuando escucho  el certero discurso de Bruce y la evocadora narración de Wallace/Gibson desde el más allá, y me sigue emocionando como desde la primera vez. Sí, en la historia del cine hay muchos finales, y algunos extraordinarios; comparados con éste, habrá finales más trágicos, más felices, más románticos, más profundos, más lacrimógenos, más aleccionadores...pero no hay finales como éste, donde te vuelves a sentir como entre los guerreros escoceses de  Sir William Wallace, y por quien te dan ganas de levantarte del sillón y correr contra el enemigo, a luchar por todo; por tu amor, por tu familia, por tus amigos, por tu tierra, por tus ideales y convicciones, por tu vida, por tu libertad


4-¡Indio, tú ya conoces el juego! ”

De nuevo una película de Sergio Leone. En este caso se trata de La muerte tenía un precio (Per qualche dollaro in più, 1965), la segunda de la llamada “Trilogía del dólar”, es decir, entre Por un puñado de dólares (1964) y El bueno, el feo y el malo (1966) . Siendo ésta última la que me inclinó en el gusto por el spaghetti western, con los años he ido apreciando incluso más La muerte tenía un precio, no sé si por sus historias tan tormentosas , el atractivo de sus actores (Lee Van Cleef aquí es un personaje más benévolo y a la vez desgraciado, y siempre he tenido debilidad por Gian María Volontè) o la calidad de su banda sonora (Ennio Morricone siempre es una garantía, pero aquí se vuelve a salir). Y por supuesto, de sus decorados y escenarios de Almería, toda una constante de Leone y del spaghetti western.

En el duelo final de esta película, el coronel Mortimer (Van Cleef) quien se ha aliado con “El Manco” (Clint Eastwood) para dar caza al bandido “El Indio” (Volontè) logra cercar a éste en un pequeño poblacho. Realmente Mortimer tiene cuentas más personales con el bandido porque “El Indio” provocó el suicidio de su hija al violarla después de matar al marido de ésta.
Despachados los demás secuaces de la banda y acorralado “El Indio” en una pequeña plazuela redonda (lugar que aún existe prácticamente intacto en Los Albaricoques, Níjar) , éste recurre a su reloj de cadena con música, método que suele usar para matar (cuando acaba la melodía dispara sin piedad) y que a Mortimer le recuerda a su hija pues era el de ella, aunque él mismo lleve otro con la misma foto. El bandido es verdaderamente un hombre cruel pero a la vez martirizado por los recuerdos, pues suele tener malos sueños con la chica que prefirió morir antes que yacer con él.
Aún así, parece en su salsa cuando abre el relojillo, suena la melodía y le dice a Mortimer que, cuando acabe la música, coja el revólver si puede (está en el suelo) y dispare. La cara del coronel es un poema pues su hija vuelve a estar muy presente y la impotencia y la amargura se unen a la dificultad del duelo (Si “El Indio” ya de por sí es un tremendo tirador, ¿cómo coger la pistola antes de que le dispare?).
La melodía se acaba, pero lo que no se espera ninguno de los dos es que “El Manco” aparezca de repente con otro reloj (el de Mortimer, quien cae en la cuenta) cuya música alarga la del de “El Indio”.
Apuntado el bandido por la escopeta de Clint Eastwood, éste dice al coronel “Te has descuidado, viejo” y le alcanza otro revólver. “El Manco” anuncia a los dos duelistas las reglas habituales de “El Indio” (“¡ Indio, tú ya conoces el juego!”) mientras suena uno de los temas más míticos de Morricone (La resa dei conti) y se sienta a esperar el desenlace.
Verdaderamente el bandido se ha visto superado como nunca, pues jamás nadie, cuando sacaba el reloj, le había contrarrestado con otro. Por eso se ve ahora bastante bloqueado, mientras en la mirada de Mortimer sólo hay tristeza vengativa. Venganza que consigue cuando acaba la música al disparar de muerte a “El Indio”.

Cuando el coronel arranca el reloj de la mano del bandido, comprende “El Manco” los motivos familiares de su socio. De hecho, éste rechaza por completo la gran cantidad de dinero de la recompensa por “El Indio” y su banda, pues en el fondo no eran los dólares el principal motivo.
Y así, se va, mientras suena una melancólica música, ante un atardecer de ésos tan habituales, tan de postal, en mi Almería. Una figura solitaria y triste, a caballo, emprendiendo otro camino.

(Así debiera haber finalizado la película, y ésta es una opinión personal. Pues aún no ha acabado, ya que queda vivo uno de la banda, aunque es despachado sin problemas por Clint Eastwood mientras éste contaba los muertos. El coronel se vuelve y le pregunta si todo va bien, y el joven dice “No me salía la cuenta, viejo”. Es un buen final, simpático, aunque según mi muy particular opinión hubiera quedado más bello el otro, más melancólico y evocador. Debe ser que soy un triste.)




5- Cerrar la puerta a John Wayne.

  John Wayne, John Ford, el Oeste, el cine...qué más cabe añadir de esa combinación. El director del parche en el ojo es uno de los “Grandes”, con máyusculas, de la historia del cine, y con verdadera razón. Principalmente debe su fama a westerns, género del cual es el mayor tótem desde siempre, aunque en su larga carrera de más de 50 años hay bastantes películas que no son del Oeste, como Las uvas de la ira, Qué verde era mi valle, El hombre tranquilo o Mogambo.
Junto a su gran amigo John Wayne realizarían una veintena de películas, tanto westerns como de otros géneros y subgéneros. En buena parte de estos largometrajes, el gran Duke solía interpretar individuos fronterizos, de dudoso pasado y poco recomendable presente, mal vistos por la sociedad o por el pueblo, prácticamente perdedores de la vida. La película a la cual pertenece este momentazo no es una excepción en este sentido. Se trata de Centauros del desierto (The Searchers, 1956).

En el final de la película, asistimos al retorno de estos centauros, quienes regresan victoriosos después de haber cumplido su misión (encontrar y recuperar a la sobrina de Ethan, el personaje de Wayne, raptada por los indios). Así, mientras éstos se acercan a caballo a la granja de la familia y suena una canción cantada a coro, Ethan trae en brazos a su sobrina. En principio nadie le agradece nada, prácticamente ni le miran. De hecho van entrando en la casa y la parejita oficial de la película, tan enamorados ellos, pasan al lado de Wayne como si no estuviera. Éste se queda parado cerca de la puerta, exhausto, y dudando si entrar o no. Sabe que sobra en la escena feliz, y, desamparado como siempre, se encamina (con los muy característicos andares del mítico Duke) hacia la soledad del ventoso desierto. Ford, tan maestro él, hace coincidir el final de la canción mientras la puerta se cierra y aparece el THE END y el logotipo de la Warner.
En el fondo todos le cerramos la puerta a John Wayne, como siempre. Y sin agradecerle nada, tampoco. Pero a él poco le importa, porque es un coloso.  Qué grande es el cine.

 

6- La madre de Conan.

  Aquí se trata, más que de un momento lírico o especialmente bello y delicado, de uno brutal, descarnado, de una fuerza distinta. Prácticamente como todos los de esta película (Conan el bárbaro/Conan the barbarian, 1982) de John Milius. Éste adaptó los relatos de R.E. Howard, y ayudado en el guión por Oliver Stone, alumbró un largometraje tan peculiar como duro y truculento, con escasos diálogos y que ya deja muy claras sus intenciones desde el prólogo, con la frase de Nietzsche “Todo lo que no te mata te hace más fuerte” y la advertencia del padre de Conan a su hijo de que no confíe en nadie, ni hombre, mujer o animal, sólo en su espada.
Es una película peculiar además porque combinó actores consagrados como James Earl Jones y Max von Sydow con otros que no eran ni intérpretes; una curiosa mezcla de bailarinas, surfistas, jugadores de fútbol americano y culturistas. Entre ellos, un Arnold Schwarzenegger de 34 primaveras, quien, aunque ya había participado en más de una película, sería en ésta donde alcanzaría la fama. Realmente, aunque fue nominado al Razzie de ese año como peor actor, resultó un bárbaro perfecto tanto por su físico como porque tuvo que hablar poco.
Conan , por cierto, fue rodada casi en su totalidad en España (Segovia, Cuenca, Almería). Especialmente en Almería: en Tabernas, las salinas de Cabo de Gata, la propia capital y la sierra de Gádor; además se aprovecharon decorados existentes de spaghetti westerns, pero esa es otra historia.
Mención aparte merece la legendaria banda sonora del tristemente fallecido Basil Poledouris. Una composición que para muchos (expertos y no expertos, grupo éste donde me incluyo) perfectamente forma parte de los 10 mejores soundtracks de la historia del cine. Muy pocas veces una banda sonora ha sonado tan poderosa, épica, mística y a la vez tan clásica como romántica y desgarradora a la vez. Y no mereció ni una triste nominación al Oscar.
En fin, pero vayamos ya con el momentazo pues se me nota demasiado lo que me encanta esta película.

Estamos al principio de la misma, cuando a la aldea del pequeño Conan (interpretado por un Jorge Sanz de 13 años) llegan los despiadados “señores del acero” a caballo por las montañas. Arrasan el poblado y el padre de Conan cae, tras luchar bravamente, despezado por los perros de la guerra. Ya sólo quedan vivos el niño y su madre (encarnada por la malograda Nadiuska), quienes son cercados por los jefes guerreros. Entre ellos, Tulsa Doom (Earl Jones). Sin una sola palabra, asistimos a largas miradas y lentos movimientos mientras suena la música de Poledouris. Conan, agarrado a su madre, temeroso lógicamente ante lo que puede pasar. Su madre, guerrera hasta el final, empuña una espada. Como cree ver en Tulsa Doom un atisbo de clemencia, pues le da la espalda, baja la guardia. Craso error, pues el temible “señor del acero” le decapita sin más contemplaciones. Esto no lo vemos, pero lo adivinamos al notar caer su cabello y la mirada del pobre Conan, aún agarrado a su madre. Brutal. Huérfano tan tempranamente y vendido como esclavo, así comienza el cimmerio su paso a la realidad de la dura vida, su pérdida de la inocencia y el definitivo convencimiento de que sólo habrá de confiar en la espada, como le dijera su padre.

 

7- Heather.

Si hay alguien que echa de menos en esta lista tan personal algún momentazo romántico, aquí llega. En este caso pertenece a esa joya ochentera llamada Highlander -en España Los inmortales- (1986). Película que, curiosamente, tuvo mucho más éxito en la por entonces poderosa y boyante industria del videoclub que en su estreno en los cines. Sin ser un largometraje verdaderamente genial y redondo, tiene diversos puntos destacables como su historia, la belleza de muchas de sus imágenes, algún secundario como Connery y desde luego, una banda sonora aderezada por las canciones de Queen, verdaderamente ellos unos auténticos inmortales. 

La escena en cuestión nos introduce de lleno en la relación del protagonista, Connor McLeod (Christopher Lambert, en uno de sus escasos buenos papeles) con Heather, escocesa como él y su primer y verdadero amor. McLeod, melancólico, evoca en la actualidad su romance en el lejano siglo XVI en las Tierras Altas de Escocia. No haciendo caso de los consejos de su mentor Ramírez sobre los sufrimientos que acarrea enamorarse de una mortal, el highlander se establece con ella en una cabaña.   Todo parece ir bien mientras la salud y los años son clementes con Heather, acompañada del feliz inmortal, pero el paso del tiempo afecta a los que no pueden vivir eternamente. Uno de los momentos cumbre es cuando Connor llama a su amada, y cuando parece que siguen los dos jóvenes, aparece una anciana con los cabellos de plata, subiendo trabajosamente por la hierba con una oveja en los brazos. Freddie Mercury, Brian May y compañía hacen el resto con su Who wants to live forever?, aunque el momento más sensible y estremecedor llega poco después, con la agonía de Heather en la cama. Ésta le pregunta a Connor por qué no ha envejecido, y el desdichado inmortal simplemente dice:

-"Porque te quiero tanto como el primer día que nos conocimos".

Poco después y tras hacerle prometer que de ahí en adelante, el día se su cumpleaños encendería una vela siempre, Heather pregunta a Connor dónde están, y mientras éste responde "En las montañas...en tu tierra...en tu querida tierra...pronto saldrá el sol...y no hace frío...llevas la zamarra de oveja, y las botas que yo te hice..." la mujer muere en los brazos de McLeod. El highlander emprende así el desgraciado caminar en su vida de inmortalidad, condenado a ver morir a todas las personas que amaba. No sé por qué me sigue tocando la fibra siempre que veo esta escena, pero es así. 
 



8- El funeral de Bryan. 
 
De nuevo saco otro gran momento de otra película a la cual le dediqué una entrada hace bastante tiempo. Como de Barry Lyndon (1975) de Stanley Kubrick ya hablé a fondo y me enrollo bastante, me centraré en uno de sus momentazos, en este caso el de la muerte y funeral de Bryan, el primer y único hijo de Redmond Barry con Lady Lyndon.

El pequeño yace en su lecho de muerte tras haberse caído de un caballo (regalo de su padre) montado a escondidas, y está acompañado de sus padres. Éstos, rotos, hace mucho tiempo dejaron de ser una pareja feliz por las infidelidades y las malas maneras de él, y verdaderamente Bryan era lo único que les hacía verdaderamente felices. El niño le pide a su padre que le cuente otra vez “la historia del fuerte” (típicos relatos de guerra, pues Barry estuvo en la de los Siete Años) y luego les hace prometer a sus progenitores que no se pelearán más, con voz moribunda y ante el llanto de ellos.

Acto seguido, vemos su cortejo fúnebre, un carrito tirado por ovejas (minutos antes se había visto en su cumpleaños) seguido por los afligidos padres y demás familia y amigos, mientras el reverendo va orando (“El señor es mi pastor...por verdes prados...” etc) y suena de forma atronadora la Sarabande de Haëndel, uno de los temas más utilizados en la película. Esta escena, por su fuerza y estilo, también forma parte de ese tipo de cine que ya no se hace, como repetitivamente digo una y otra vez.



9- Payaso hasta el final. 

 Roberto Benigni es un personaje peculiar. Para unos, el italiano es un genio de la comedia ligera y para otros un bufón sin puñetera gracia. En ese aspecto no puedo opinar porque la única película suya que he visto es la archiconocida La vida es bella (La vita è bella, 1997). Pero qué película. Todo un canto a la vida y al optimismo y a poner siempre buena cara ante las adversidades, por muy malas sean éstas (en este caso, el Holocausto judío).
He llegado a leer que su película supone una falta de respeto a las víctimas y a todo su sufrimiento inhumano (porque lo fue de verdad), pero no veo nada de eso; es más, admiraría la habilidad de Benigni para hacer humor de un asunto donde no se puede sacar prácticamente nada de risa o sonrisa.

El italiano encarnó a Guido, un judío bastante peculiar y pícaro en el buen sentido de la palabra, quien se casa después de enamorarse y tiene un hijo, Giosué. Todo ello en la bonita ciudad de Arezzo en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. Pronto sería enviado a un campo de concentración junto a su hijo y allí padecería como todo judío, gitano o deportado en esos terribles años. Aunque aquí no se esperan escenas duras y trágicas como las de La lista de Schindler, por ejemplo, pero se deja entrever. Al fin y al cabo, no deja de ser una comedia, como queda demostrado en la genial escena donde Guido se ofrece para traducir al italiano el discurso del oficial nazi sobre las reglas y normas del campo de trabajo. No tiene ni idea de alemán, pero lo hace, como todo a partir de esta parte, para disimularle al máximo a Giosué dónde están realmente.

Y así queda demostrado en el para mí gran momento: los aliados están cerca y los nazis ya se saben perdedores de la guerra, así que aceleran el exterminio de prisioneros. Un alemán encuentra a Guido con su hijo, y se dispone a ejecutarle, aunque el personaje de Benigni le suplica que lo haga en otro sitio, para que el pequeño no vea la tremenda escena. Giosué se dispone a esconderse, pues según su padre el premio final está cerca. Como ve a su hijo algo temeroso, Guido le guiña el ojo, tranquilizándole, aunque sabe que va al paredón. Desde siempre me he estremecido con ese gesto. Sea un bufonada o no, es un payaso hasta el final, con todas sus consecuencias, y así es como se despide para siempre de su hijo. Verdaderamente es una escena muy emotiva.
Cuando Giosué sale de su escondite, a la mañana siguiente, los soldados aliados ya han entrado en el campo de concentración, y de hecho lo primero que ve el niño es un tanque, tal y como le prometió su padre. Sólo muchos años después Giosué comprenderá dónde estuvo realmente y todo el sufrimiento padecido por su padre, quien le engañó con la mejor de las intenciones. La vida puede ser bella, sí.


10- "Agradecemos sus palabras, pero éste es un tercio español"

Sorprende que haya incluido en esta lista una película española, con lo enemigo que soy del cine patrio (aunque hay unas cuantas obras maestras, más de antes que actualmente, todo sea dicho), y además, de una película simplemente correcta pese a unas cuantas virtudes. La adaptación que de la serie de novelas de Pérez-Reverte sobre el capitán Alatriste se hizo en 2006 tuvo, quizás, como principal fallo condensar varios libros en una sola película, condenando a la misma a un ajetreo frenético por querer mostrar todo y a la vez dejarse cosas en el tintero. Con todo, en aspectos como vestuario, ambientación o diálogos resulta estupenda, y el  gringo Viggo Mortensen resulta un gran Alatriste pese a sus evidentes dificultades en hablar un correcto castellano aún esforzándose  bastante. Hubo gente que llegó a afirmar que parecía un Diego Alatriste salido de un derrame cerebral o algo así. Mala fe aparte, incluyo un momentazo de esta película no sólo porque los libros de Alatriste sean muy importantes para mí;  además porque las escenas finales de dicha película son realmente extraordinarias e inexistentes en el cine español. 
Estamos en Rocroi, Francia,  el 19 de mayo de 1643. Los despojos de los viejos tercios españoles languidecen tras más de cinco horas de combate frente a las tropas (y la artillería y la caballería) francesas del duque de Enghien. Éste cree conveniente, por la tenaz y empecinada resistencia de los tercios (un escritor francés les llamó "murallas humanas") negociar una rendición honrosa. 
Y  a eso va  un maltrecho Diego Alatriste, acompañado de otros viejos camaradas con mucha mili  como Sebastián Copons o el propio Íñigo Balboa. Así, tras escuchar el parlamento del reluciente emisario francés, los seis españoles se quedan callados hasta que, después de sostener a un moribundo Copons,  habla Alatriste:

"Decidle al señor duque de Enghien que agradecemos sus palabras... pero éste es un tercio español". 

Así, sin más. Aquí no se rinde ni Dios.  Resignados, andrajosos,  hastiados,  pero dignos y orgullosos hasta el final, como siempre se los imaginó Pérez-Reverte y como realmente fueron los tercios españoles, verdaderamente invencibles en un buen número de batallas entre 1495 y 1643. Historia gloriosa de España, sin más, pues también tenemos historia vergonzosa, y  descartemos estúpidas acusaciones de fascismo o radicalismo por enaltecer el pasado de tu país, como si Franco hubiera combatido en San Quintín, Nördlingen o Pavía. Considerando además, toda la parte trágica y desgraciada del asunto: la gran cantidad de muertos y damnificados por las campañas de la Monarquía Hispánica en Europa pese a las consecutivas victorias (aunque desde luego son espectaculares las mínimas bajas de los tercios en muchas batallas) , y las malas condiciones del ejército español, las cuales se fueron acentuando cuanto más lejos quedaba la época de los Austrias Mayores. 

Todo ello queda reflejado tanto en los desencantados libros de Pérez-Reverte como en la película de Díaz Yanes. A los segundos de decir "no" a la rendición, Copons, tras decirle a Balboa que cuente lo que fueron,  cae muerto y Alatriste se coloca en vanguardia, como veterano, para afrontar la última carga de su última batalla. Ordena a Íñigo que se coloque detrás, más a salvo, mientras ya suenan los bellos acordes fúnebres de "La madrugá" de la Semana Santa de Sevilla. Una parte del público criticó la utilización de la pieza para estos momentos, pero a mí realmente me gustó, y eso teniendo en cuenta lo poco amigo de lo sevillano que soy.  Verdaderamente son unos hermosos y trágicos minutos, el ver agonizar a los últimos tercios viejos, supervivientes de tantas victorias y tantas machadas, y al ver las imágenes uno tiene la certeza de que una época está acabando y viene otra mucho peor para España y los españoles. 

Por desgracia, pese a que este enorme final, enaltecedor de la historia española aunque también cargado de pesimismo, crítica y desencanto, no suele ser para nada habitual en el cine español. Uno no está acostumbrado a estas maravillas.  Por eso me sorprendió y me encantó en su momento, y por eso he incluido este momentazo pese a ser de una película no del todo redonda. 


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Y nada más. Hubiera acompañado cada escena o escenas de su correspondiente enlace en Youtube, pero no todos están, por desgracia. Por último, compruebo que ciertos momentazos me han quedado bastante más largos que otros y que, pese a ser de cine,  aprovecho la mínima ocasión tanto para hablar de Almería como para polemizar sobre historia y política. Si es que no aprendo...

30.11.11

Libros

Entre los modestos y dignos metros cuadrados de mi habitación, como posesión material más preciada, tengo una biblioteca. Mi biblioteca -debe y puede llamarse así- consta de 310 volúmenes. A mí me parecen pocos e insuficientes, verdaderamente escasos. Gente habrá de mi opinión, como también otras personas considerarán que tengo demasiados, una exageración de libros.

Sean muchos o pocos, hay varios tipos de libros. Entre los míos, en puridad, de esos 310, 224 son, digamos, de literatura y obras de historia. Por tanto 86 corresponden a diccionarios, enciclopedias, atlas y manuales de historia (creo que se puede y debe distinguir entre obras de historia, tipo La trata de esclavos o Casacas rojas, y manuales más encaminados al estudio, válidos para prepararse un examen, por ejemplo, como La época medieval. Historia de España. Además me refiero a libros, no a fotocopias de manuales. Eso es otro asunto), manuales de historia, como digo, e incluso una ajada Biblia de 1969, una Nácar-Colunga familiar con páginas casi transparentes. Apenas me he leído nunca algo de la Biblia, salvo algunos pasajes y la parte referente a la Pasión de Cristo, cuando hace años me gustaba leerla en Semana Santa, creo que para comparar con los pasos y enterarme mejor de los acontecimientos. ¿Dónde se podría ubicar una Biblia?. ¿Literatura, obra histórica y de historia, por sus abundantes referencias? ¿Un poco de todo?. De todas formas, creo conveniente tener una a mano, aunque sea agnóstico, por su importancia y trascendencia desde hace siglos y siglos. Es un libro, al fin y al cabo. Libro. Uno de los objetos (en realidad, es mucho más que un objeto) más valiosos e importantes de la historia de la humanidad.

¿Qué puedo decir yo de los libros, en esta época ingrata de tabletas y digibooks? Me han acompañado desde que sé leer, han estado conmigo en las sucesivas habitaciones en otros tantos lugares a lo largo de mi vida, y siempre me he sentido como protegido entre filas y filas de ellos, ya sea sobre estanterías o sobre la mesa. Han estado siempre a mano cuando necesitaba evadirme un rato, tanto desde antes de tener ordenador como después. O cuando simplemente quería leer un buen tiempo, disfrutando enormemente. O un ratito (que a veces se convertía en trasnoche) antes de dormir. He sido siempre el lector de la familia, hasta tal punto de parecer a veces un aislado del mundo, un solitario; principalmente ello me viene de mi abuelo materno y, en menor medida, de mi madre.

Volvamos a los más de 300 libros encaramados a las paredes de mi cuarto. No sé si se podría decir que es una biblioteca variada, dada mi inclinación por los grandes y medianos clásicos; prácticamente no tengo ningún título posterior a 1945, a excepción de tres o cuatro, algunos libros de historia y de las obras de Pérez Reverte o Delibes. Soy un clásico, también para los libros, en este sentido. En cuanto a la temática, si echas un vistazo rápido a mis hileras, pronto te darás cuenta de mis gustos históricos, aventureros y de títulos muy conocidos. Aunque a mí me siguen faltando muchísimos, y siempre que voy a una librería, encuentro 20 libros más para sumar a los fondos. Vuelvo a repetir que tengo pocos libros, para mí. Seré totalmente feliz y hablaré con propiedad cuando ronde o supere el millar.

Fondos formados por varios procedimientos: compra, regalo, donación...siempre es bueno el momento para hacerse con un libro. Puede hacerme enormemente feliz encontrar estupendos libros de segunda mano al irrisorio precio de 1, 2 o 3 euros. Ya sea en librerías de viejo o en mercadillos benéficos. Los busco incansablemente, porque siempre es mejor un libro en una estantería o sobre la mesita de noche que en la basura o en la hoguera. Y desde luego siempre procuro recoger aquellos libros que languidecen llenos de polvo en algún rincón familiar, rehabilitándolos.

No es la mía una biblioteca desordenada, caótica y con libros formando torretas como en algunas librerías; aunque verdaderamente aún me quede algo de espacio y no tenga tantos libros como para empezar a acumularlos en el suelo, esos centenares de volúmenes bien podrían llevar al caos. Pero no. Yo los distribuyo con un cierto orden: por ejemplo en la esquina superior izquierda de la estantería principal, tengo algunos clásicos españoles de Espasa Calpe y ciertos libros de historia de España del siglo XX pertenecientes a mi culto abuelo; más al centro, novelas históricas como El samurai, Soberano, Las mujeres del Rey Católico o Los Borgia. Más allá, libros infantiles y juveniles estilo El Barco de Vapor y, pegados a la pared, clásicos del XIX como Ivanhoe, Moby Dick , La Narración de Arthur Gordon Pym y varios de Julio Verne, los cuales me acompañaron en mi niñez, cómo no, a instancias de mi abuelo. En el estante de abajo, más clásicos españoles, si bien de otras editoriales, además de los Quijotes (4 o 5), y, con espacio preferente, buena parte de las obras de Arturo Pérez Reverte, destacando el amarillo ligeramente ocre de la saga de Alatriste. A continuación tengo las joyas de la corona, tres grandes tomos blancos de la colección Cátedra Avrea correspondientes a Todo Sherlock Holmes, Los Tres Mosqueteros-Veinte Años Después y El Vizconde de Bragelonne. Pegados a ellos, en edición más modesta, grandes clásicos como El Conde de Montecristo, Crimen y Castigo, Los Hermanos Karamazov, La Reina Margot, La Isla del Tesoro, Madame Bovary, Nuestra Señora de París o Drácula. Debajo, a un lado de la mesa tengo enciclopedias históricas, atlas y mapas, otra de mis pasiones desde bien pequeño: la geografía; podía pasarme las horas muertas recorriendo en el sillón o en la silla ríos, montañas, pueblos, fronteras de provincia, capitales, pueblos, aldeas y megalópolis. Enfrente, en la otra pared, otros tres estantes. Aquí expongo obras históricas del calibre de La conquista de México, La trata de esclavos, El Imperio Español, La Guerra Civil Española (todas de Hugh Thomas. ¿Quién me lo descubrió? Mi abuelo, nuevamente) , El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en tiempos de Felipe II de Braudel, Carlos V y sus banqueros, de Ramón Carande, y otras. Más arriba quedan los tomitos de El señor de los anillos, El Hobbit y El Silmarillion.
Es la mía una biblioteca normalita, sin lujos o libros excesivamente caros, pero sí desde luego bien cuidados. Guardo como oro en paño las obras completas de Blasco Ibáñez, en tres tomos y con finísimo papel frágil hasta para mirarlo, editadas en 1949. O una gran crónica de la II Guerra Mundial, de las Selecciones del Reader´s Digest, en tres grandes tomos, de 1965. Observo con una sonrisa un ejemplar firmado por José María Aznar, y nunca dejo de hojear o comenzar de nuevo la edición del IV Centenario de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, un excelente libro (me refiero a la edición. La obra en sí no necesita presentación, desde luego, y yo soy indigno de poder escribir sobre ella) de la Real Academia Española, con cientos y cientos de anotaciones del gran sabio Francisco Rico, muy útiles para poder comprender mejor la obra, su contexto, su significado y su importancia. Muy recomendable. También están los dos tomos ilustrados, ya mencionados en otras entradas, de la trilogía de Los Mosqueteros, o la serie de los Episodios Nacionales de Galdós dedicada a la Guerra de la Independencia. Hay libros más modestos y pequeños, pero con grandes evocaciones, como el libro de las milicias del rey de España que me regaló un profesor de la carrera, todos aquellos libros que pertenecieron a mi abuelo y todavía parecen desprender su aura, y otros, los cuales me fueron regalados y algunos llevan hasta dedicatoria, algo muy apreciado y valorado por mí. Otros van relacionados a momentos concretos de mi vida: cuando tengo ante mí El Hobbit, siempre me acordaré de mi operación de apendicitis y de su ayuda en mi semana ingresado en el hospital, en 1998.

Tras esta detallada y tediosa descripción de mi biblioteca, pasaremos ahora a las sensaciones. Las sensaciones que me transmite a mí un libro. Pasar un rato, o cinco horas, con uno. Sin preocuparte por la batería o la nitidez y el brillo de la pantalla. Tocarlo, deslizar los dedos por el papel o el lomo, el ruido de una página al pasar, el olor a nuevo o a viejo, el aroma a guardado, a cerrado, a décadas de quietud. Olores de épocas pasadas. Libros con carga sentimental. Hojas y hojas. Muchos tipos de letra, unas más duras y menos fáciles de leer, especialmente si son antiguos, otras más agradables y sensibles a la vista. Papeles de color blanco impoluto o amarillento, ya sea grueso y sonoro, rugoso o liso, frágil y blanquecino, ligero y nervioso. Contemplar los grabados, ilustraciones o mapas, si los lleva. El peso de un libro en la mano, el brazo o en el regazo. Llevarte un ejemplar a la cama, o en el tren, o a la playa, a un patio. ¿Y el olor a papel nuevo de muchas librerías? En el otro extremo, el aroma a hojas ajadas de viejas y caóticas tiendas. Yo, con mi habitual querencia por oficios pasados o sin futuro, siempre he querido ser librero. Vivir entre, por y de los libros. Un sueño. Pero... ¿ser librero en una época donde no dejan de cerrar librerías y el libro tal y como lo hemos conocido siempre está condenado a desaparecer?. Mal asunto.
La presencia física tan palpable de un libro de papel es algo que la frialdad de las tabletas y de los libros electrónicos no pueden imitar o igualar, con toda su perfección de máquina y su rapidez. Pasar una página de un digi-book, tan rápido y silencioso, no se puede comparar con tocar y sentir en las yemas de los dedos las características de papel, y su ruido caracteristico. Como digo en mi pequeña presentación en el perfil del blog, pienso seguir siendo fiel al libro, tal y como lo venimos conociendo desde hace 400 años. Esta bravata es totalmente sincera, como también reconozco el realismo obligado acorde con los tiempos; más temprano que tarde el soporte electrónico se acabará imponiendo sobre el orgánico. Principalmente por la disminución considerable del precio en elaborar uno, por la rapidez en elaborarlo y distribuirlo y porque (en teoría) al hacer y distribuir libros electrónicos, no precisamos de árboles para ello. Desde luego hace 400, 300 o 500 años no tenían este problema, pero siglos de industrialización y crecimiento han ido dando al traste con los ecosistemas, y tal vez se vaya al limbo la naturaleza de este mundo antes que el ser humano. Al tiempo. No me gustan los libros electrónicos, desde luego, pero supongo serán necesarios dentro de no mucho. Han dicho por ahí que es un avance comparable al de la imprenta sobre los códices y papiros. Tal vez. Como otras tantas cosas de nuestros tecnológicos y globalizados tiempos, no me seduce. Habrá que acatarlo, si bien pienso seguir comprando hasta el final libros tradicionales, hasta cuando no se fabriquen, y después, compraré los viejos. Por supuesto, no pienso tirar a la basura ni uno. Antes me bato en duelo. Ya me imagino en 2040 o 2050 como un viejo buscador de libros de papel, acumulándolos en mi casa, sintiéndome protegido entre ellos, a expensas de un mundo que quizá no me guste en absoluto.

Los libros siempre han estado ahí, para mí. Entre ellos me siento mejor que en el más inexpugnable de los castillos. Siempre están ahí cuando los necesites, y no piden nada a cambio, sólo algo de cuidado y consideración. Cuando algo me ha fallado, o el ambiente estaba enrarecido, o había guerra en mi interior, o no tenía otra cosa para hacer, o en la calle tronaba o, simplemente y por mi propia voluntad, me he abstraído con uno. Siempre es bueno el momento para reírse de la mandíbula de Carlos V o de su costumbre de beber cerveza helada como desayuno, comprender por qué se podía tardar tanto si el mistral se ponía orgulloso en un simple viaje en barco de Marsella a Argel, cómo podía haber tanta miseria en las calles de las ciudades españolas en el Siglo de Oro pese a los metales preciosos americanos, qué pasó día a día en el último año de Franco, renegar del género humano al enterarse cómo transportaban los negreros a los esclavos africanos y les echaban pimienta en sus llagas de látigo , maravillarse del Antiguo Egipto recorriendo Menfis con Ramsés II o Pazair, seguir a Ulises en su eterno e inmortal retorno a casa, contemplar a salvo la épica pugna de troyanos y aqueos, escuchar las conversaciones hilarantes o trascendentales entre Alonso Quijano y Sancho Panza, contemplar esa Castilla fría y austera, grande en su miseria de la mano de Delibes, admirarse del enamorado verso renacentista de Garcilaso, meterse en alguna complicada trama de misterio con Coy, con Jaime Astarloa, con una tabla de Flandes o una piel del tambor sevillana de por medio. Nunca serás un cobarde para batirte en duelo por una mala mirada si se tercia, si tienes a tu lado a Diego Alatriste y Tenorio. Con él irás al infierno, si es preciso, como Íñigo Balboa. Ni cobardía, cansancio o tristeza nublarán tu mente si tienes unos amigos como Athos, Porthos, Aramis y D´Artagnan; no hay personajes más buenos, humanos y adorables, no hay maldad ninguna en estos tres mosqueteros (que en realidad son cuatro) pendencieros, borrachines y fanfarrones. Viajando por ellos por la campiña francesa o recorriendo el París del XVII amarás a Francia y a los altivos gabachos, pensarás como si no hubiera mañana y te emocionarás cuando las cosas se pongan feas de verdad. Diversión fácil y sin demasiadas pretensiones, pero inmortal y entreteniendo sin cesar desde hace más de 160 años a personas de todas las edades, razas y épocas; y como han dicho innumerables veces, Dumas ha enseñado más historia y conminado a muchos a amarla más que muchos historiadores y manuales. Más esfuerzo de concentración requieren los sesudos y complicados dramas rusos de Dostoievski o la famosísima distopía de Orwell, 1984. Recorrerás la estepa castellana y reconquistarás Valencia formando parte de una de las mesnadas de El Cid. Conocerás cómo era de peculiar y arcaica España hace 90 años de la mano de Brenan. Volverás a la niñez con Silver y Hawkins en su isla del tesoro, no querrás ir nunca a Transilvania tras conocer a un tal conde Drácula con sólo leer las cartas y diarios de los protagonistas, se te quitarán las ganas de meterte como polizón en un navío después de leer a Poe, y te encantará aun más el siglo XIX (como me ha pasado a mí) si te has empapado de los viajes y personajes de Verne, de la largamente mencionada en otra entrada Regenta o de las tramas de crimen, intriga y problemas sin resolver de Sherlock Holmes. Siempre será un buen momento para tomar el tren de las 11:13 para Winchester en Paddington junto a Holmes y Watson, aunque realmente sea siempre el maniático detective quien se entere el primero y casi el único de la copla. Son éstas unas aventuras a veces serias, pero te pondrás más serio, trágico y desengañado de la humanidad con la desgraciada historia de Edmond Dantès, y personajes como el vengativo conde o los odiosos Danglars y Fernando, y lugares como el castillo de If, la isla de Montecristo, la Roma de los bandoleros o el París del ensanche decimonónico nunca se irán ya de tu mente y tu corazón...

Ratos inolvidables, casi tan palpables como las páginas de un libro. Muchos compañeros, amoríos, amigos y enemigos: el profesor Lidenbrock, Ahab, el señorito Iván, Phileas Fogg, El Nini, Lázaro de Tormes, El Cautivo de Berbería, Pablos, Moriarty, Fermín de Pas, Caderousse, Rochefort, Pepita Jiménez, Long Silver, Maritornes, Gabriel Araceli, Gualterio Malatesta, Kurtz, Mina Harker, Azarías, Rinconete y Cortadillo, Milady, Gandalf, el capitán García, el Golem, Tánger Soto, Irene Adler, Axel, Macarena Bruner, Eddard, Angélica de Alquézar, Raskólnikov, Mercedes, Dúvia, el padre Quart, el pirata Garrapata, el capitán Nemo, Penélope, Héctor, Aragorn, Aquiles, Ana Ozores, doña Jimena, el Ciego del Lazarillo, Minaya Alvar Fáñez, Cipión y Berganza...¿muchos?. Pocos. Me falta un océano, aún. Y he excluído a los personajes históricos, los cuales en algunas ocasiones puedes sentir muy cercanos. Reales, irreales, imaginarios o históricos, todos, todos ellos hace tiempo saltaron de las simples páginas de papel y perduraron mucho más que sus padres.

Miles de personajes y miles de momentos inmortales con toda clase de emociones. Muchas gracias, de todo corazón. Pocos placeres hay comparables a abrir un libro y empezarlo, continuarlo o finalizarlo. Leer es vivir.

1.10.11

Esperando a Alatriste

Sí, ya sé que queda casi un mes. Concretamente, 26 días. Pero, dado que ahora disfruto de Internet muy de cuando en cuando y que felizmente no dispongo de tanto tiempo para navegar y/o escribir parrafadas , hablaré hoy de la gran novedad literaria española del año.

Como digo, y sabrán ya muchos (y muchas, no me pillarás, Bibiana, como diría él), el 27 de octubre sale a la luz la séptima entrega de las aventuras del capitán Alatriste, El puente de los asesinos, ambientada en la Venecia del siglo XVII, lógica continuación de las correrías de nuestros inolvidables héroes y antihéroes por Italia, tras Corsarios de Levante.

¿Qué puedo decir yo de Alatriste, y de nuevo de Pérez-Reverte? ¿Realmente importan mis insignificantes opiniones? Bueno. El fenómeno Alatriste apareció en 1996, cuando su autor, en buena hora, tuvo la feliz idea de publicar una serie de libros, una suerte de novelas entre la novela histórica y la novela de aventuras de capa y espada con gotas de picaresca y realismo, muy típicamente española. Con ellas mi admirado y nunca bien ponderado señor Pérez -Reverte pretendía acercar la historia española a la gente en general y a la juventud en particular, mediante un estilo narrativo atrayente y unas aventuras que mantuviesen en vilo a los lectores, muy en la línea, por ejemplo, de Dumas. Centró además las novelas en una época muy preciada para él, la del Siglo de Oro, ambientada la serie entre 1620 y 1643, cuando España aún se creía, se consideraba y se sabía Imperio y las potencias europeas lo sabían perfectamente, pero a la vez era un gigante con pies de barro donde la economía empezaba a hacer aguas, la miseria inundaba las calles y comenzaba a derrumbarse el poderío de los Austrias. Todo ello aderezado con el atractivo de ese Siglo de Oro irrepetible en lo cultural, con unos tales Cervantes, Lope de Vega, Calderón, Velázquez, Quiñones de Benavente...la España de El Quijote, del entremés, del corral de comedias, de los pícaros y de los tercios. Esa España la cual el propio Pérez-Reverte "odia y ama" según sus propias palabras.

La primera entrega apareció en 1996, y cayó en mis manos unas Navidades, las del 98, creo. Ése y El club Dumas (propiedad de mi abuelo) fueron mi aproximación al escritor cartagenero. Así que pronto caí en sus redes, atrapado por su forma de escribir y su amor a la historia de España y a la novela de capa y espada. Luego fueron apareciendo Limpieza de Sangre (1997), El sol de Breda (1998), El oro del rey (2000), El caballero del jubón amarillo (2003) y Corsarios de Levante (2006). Por razones inexplicables, no pude leerme El caballero... hasta hace pocos meses y hace un mes, Corsarios. Pero me he actualizado rápidamente. Las novelas ya publicadas suponen todo un fresco del siglo XVII español, pero no sólo centradas en España, ya que el Sol de Breda está ambientada en Flandes y Corsarios de Levante, en ese mar Mediterráneo que tanto ama el autor, desde Berbería a Turquía pasando por Nápoles. Las otras novelas de la serie se quedan en ese Madrid peligroso y oscuro de espadachines, curas, daifas, corruptos y pícaros, con alguna salida esporádica de la Villa y Corte.

El protagonista absoluto es evidentemente el capitán Diego Alatriste y Tenorio, veterano de mil correrías y varias guerras, un personaje fatalista y estoico, muy en la línea española, que se gana la vida como espadachín y matarife. Pérez-Reverte lo hace amigo de Quevedo y otros personajes ilustres de la época, y su punto de vista predomina en las primeras entregas de la serie. Porque a partir de El caballero...se va imponiendo la visión de Íñigo Balboa, el otro gran protagonista, un mozalbete cuyo padre fue amigo de Alatriste y que al morir aquel en Flandes, deja su Oñate natal y se va a vivir a Madrid con el capitán. Así, vamos asistiendo a cómo se va haciendo mayor Íñigo, como va aprendiendo a pensar y experimentar, recibe las primeras cuchilladas de la vida, y sus primeros amores y además, como cambia su punto de vista del capitán, hasta entonces un semidiós. Ya en El caballero del jubón amarillo Alatriste aparece como un personaje no tan modélico y honorable, mucho más oscuro y pendenciero, borrachín atormentado por sus demonios interiores, cansado verdaderamente de vivir y va buscando la muerte no ya a cada esquina, sino a cada paso. Con todo, ambos siguen permaneciendo juntos espalda con espalda aun cuando las diferencias entre ellos comienzan a ser muy grandes. Íñigo además comienza a tornarse, cosas de la edad, como un joven algo fanfarrón y altivo, que desoye los consejos de un denostado Alatriste. La verdad , para mí, Iñigo Balboa nunca me ha gustado demasiado. Siempre he preferido al propio Alatriste o a Sebastián Copons, su silencioso compadre. Pero aquí me ocurre como en otro de mis libros favoritos, la insuperable trilogía de los Mosqueteros, ya que, aun gustándome mucho D´Artagnan, mi personaje favorito era y es el taciturno y experimentado Athos.

Pero es la óptica de Balboa la del lector. Y Balboa/Pérez-Reverte, además de narrar y describir, inserta discursos y opiniones de Íñigo sobre la España de la época, de las cuales la mayor parte son extrapolables a la nuestra. Ahí se reconoce muy bien al Pérez- Reverte articulista de Patente de Corso , cuando da caña a todo Cristo y se muestra tan equidistante de todo y todos, amando y odiando a España verdaderamente. Opiniones en su mayor parte políticamente incorrectas en nuestros cándidos días de buenas y optimistas ideas. Aunque los pijoprogres quieran encuadrarlo, con el aura de tolerancia propia del progresismo, en la extrema derecha, todo el mundo que lea mínimamente a don Arturo conoce su tendencia política.

Otro de los puntos fuertes de las novelas es su lenguaje, ya que, aún siendo en ocasiones algo más grosero (típicamente de su autor) , es totalmente contemporáneo de la época tratada, el Siglo de Oro. Es esa una gran virtud en nuestros días, cuando aclamadas y vendidísimas novelas históricas adolecen de un lenguaje totalmente actual. Ya no sólo que piensen como en el siglo XXI, aunque la novela esté ambientada en el siglo XIII. Es que hablan como hoy día. En Alatriste no. Los personajes, los diálogos, los tacos y las narraciones son muy de época, muy de su época. Pérez-Reverte conoce muy bien y admira profundamente a los autores del Siglo de Oro y su serie de Alatriste es un homenaje a todo ello. Además intenta difundir su importancia en el lenguaje castellano (algo reconocido por los expertos lingüistas, quienes se lo agradecen al autor) junto con la historia de España, de ahí sus repetidos intentos por difundir los heroicos hechos de los tercios y las victorias navales en el Mediterráneo y el Atlántico.

Pero no todo es luz, gloria y victoria. No son éstos unos libros pro-imperiales donde no hay crítica, como los escritos hace 100 o 50 años. Pérez-Reverte siempre ha luchado contra todo eso, para "quitarle la camisa azul" (por el franquismo y su mal uso propagandístico), como él mismo dice, a todos aquellos personajes españoles que realizaron machadas y proezas. A esos personajes y sus respectivas épocas. La España de Alatriste es, con todo, grande en su gloria y en su miseria. Así, si en la serie de aventuras se nos cuentan las victorias aplastantes del ejército español, también nos cuentan algunas derrotas, los malos procederes de los nobles y mandamases, la mala distribución del dinero y la riqueza, el excesivo poder de una porción del clero, la absoluta miseria de buena parte del pueblo llano y la crueldad de la gente en general. Pese a todo, los teatros se llenaban y las ciudades bullían de literatura. Y hay más antihéroes que héroes. Es un mundo de antihéroes, de cuchilladas en las calles oscuras, y de personajes estoicos que aguantan lo que haya que aguantar. Porque es lo que hay. No hay otra salida. Silencios cortantes y miradas largas, muy de spaguetti-western. Esto quedó bien reflejado en la película de 2006, película en general bastante buena cuyo mayor fallo fue condensar todos los libros en una película. Pero es bastante aceptable (sobre todo considerando cómo suelen cagarla con las adaptaciones de Pérez-Reverte. Y el final me gustó mucho, cuando van cayendo uno por uno los últimos soldados de Rocroi al compás de la Madrugá sevillana. Yo sí lo vi apropiado) con un muy correcto Viggo Mortensen pese a su dificultad para hablar bien castellano. De todas formas, Diego Alatriste habla más con el acero y la mirada que con la voz.

Por último, la descripción de ambientes. Pérez-Reverte nos traslada a toda una época irrepetible. Contemplamos el Madrid de los corrales de comedias, la Sevilla de los malandrines con su jerga indescifrable, el Nápoles de los españoles ("Ver Nápoles y morir") , la Berbería de los presidios, el enfangado Flandes de la victoria de Breda. Nos maravillamos ante las ciudades. Sentimos el sol darnos en el cogote, los callejones ensombrecidos y peligrosos, el resonar de los pasos sobre la piedra, el tintineo del acero, el aroma del cuero, el salitre de la mar, la sangre derramada, propia y ajena...hasta podemos oler el sudor en los duelos y en las calles atestadas de gente. Una experiencia inolvidable, ya me marcó cuando era más pequeño, significó mucho para mí y resulta inseparable de esos buenos ratos en soledad haciendo volar la imaginación. Hoy día sigue siendo una opción muy recomendable, por supuesto.

Pues eso. Esperando con ansia el 27 de octubre. Para volver junto al capitán y a Íñigo. A ese lugar de la mente y del corazón, a luchar por todo.

-Desnudemos los aceros.
-Mierda de Cristo.
-No queda sino batirnos...


Muchísimas gracias, de todo corazón, d. Arturo. Con toda humildad, para usted
.

11.4.11

Un año de...

Sí, el tiempo pasa realmente fugaz. Hace hoy justamente un año comenzaba "a surcar aguas mejores". Iniciaba mi andadura por este mundo virtual de escrituras sin papel ni tinta, con mucha incertidumbre, vergüenza y nervios ante lo desconocido, ante algo que nunca antes había hecho: publicar lo escrito. En este mundo global de la actualidad es mucho más fácil que se lean tus pensamientos y declaraciones si lo comparamos con hace.....15 años, no hace falta irse más lejos.

Este blog servía un poco, al principio, o ése era su cometido, como de vía de escape, como ventana, como medio de expresión de una persona discreta (yo) poco acostumbrada a llamar la atención, a manifestarse, a dar la nota, más allá de la familia o del pequeño grupo de amigos. Y bueno, desde luego un método fácil sin hacer mucho ruido es escribir. Superar esa vergüenza inicial a que todo el mundo lea lo escrito por tí, y tener conciencia por tanto de lo que ello implica; y dar rienda suelta a las emociones y pasiones para utilizar el repertorio estilístico plenamente y escribir con cierta libertad, sin miedo (porque aquí he dicho cosas de las cuales, algunas, no diría en voz alta o no se lo he dicho/diría a familiares o amigos. Y de un modo que, ni se lo diría a ellos, ni lo sabría expresar hablándolo) . Superando eso todo lo demás ha venido, como se dice, rodado.

74 entradas no son pocas. Así, he tratado muy variados temas, ya fueran de Historia (de España en particular, mi pasión, y muy en concreto de Historia Moderna; los peñazos de Carlos V dan fe de ello) , de Literatura, de Cine o de rabiosa actualidad, ya fuera política, sociedad o incluso televisión. Asimismo, otros temas más íntimos como sensaciones, pensamientos profundos o sentimientos. Dedicatorias. O experiencias vividas.

Mi mayor sorpresa, desde luego, y alegría a la vez, ha sido la de recibir desde el principio toda clase de alabanzas y buenas críticas (en ocasiones, de personas totalmente inesperadas) hacia mi modo de escribir (¿qué? ¿quién me creo?), hacia cómo planteo los temas, cómo los presento. Con lo vergonzoso que puedo llegar a ser... Humildemente, y salvando las distancias, debe notárseme alguna influencia del maestro intocable, del gran d. Arturo Pérez-Reverte. Soy totalmente deudor suyo. Leerme prácticamente toda su obra (incluidos por supuesto sus artículos dominicales) desde los 12 años bien puede tener que ver. O haber leído mucho, en general, en mi vida, desde pequeño. Ya sean clásicos de la literatura, obras más recientes o prensa escrita. Sinceramente y de todo corazón, no me lo esperaba, pero así es. Yo no esperaba tanta repercusión. Por muy poca que sea, porque al fin y al cabo mi influencia es felizmente nula, es infinitamente más de lo esperado. Desde el principio he contado con la fiel lectura de mi amiga famosa, sincera examinadora como digo. Bien pronto se hizo seguidora. Poco a poco, para alborozo mío, la nómina de seguidores fue ampliándose, y , asombrosamente, puedo decir con orgullo (y cierto acojone) que se me lee (demonios, ni que fuera yo un escritor de verdad. Calma...) ...no, digamos mejor que se me ha leído alguna vez a ambos lados del Atlántico, en dos continentes. Tierras tan dispares como México, Venezuela, Argentina, República Dominicana, Perú, Colombia, EEUU, Costa Rica, Canadá, Dinamarca, Turquía, Reino Unido, Bélgica, Uruguay, Francia, y muy variados rincones de nuestra España..... verdaderamente sorprendente. Sorprendente que en todos esos lugares tengan la muy discutible costumbre o decisión de leer este blog. Bien es cierto que en ocasiones depende de los servidores y de los enlaces, y de las fotografías encontradas en el buscador. Pero es igual. Como si son ocho u ochenta. Yo no escribo para nadie en concreto, la verdad. Pero ahí está la gente. Gente impagable de los cuales la inmensa mayoría nunca conoceré en persona o tendré noticia alguna. Por otra parte, más allá de estas remotas visitas, más cerca de casa se encuentra ese pequeño grupo de fieles. Aunque fueran una persona ya me harían feliz. Bueno, pues son varias. Para mi asombro, son varias.

A toda esa gente, amiga, conocida o desconocida, muchas gracias de todo corazón por vuestra infinita indulgencia. GRACIAS. Verdaderamente no soy nadie. Pero todos vosotros me hacéis sentir, interiormente, como si fuera alguien.