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25.6.15

10 bandas sonoras para no olvidar a James Horner




 La trágica muerte de James Horner en accidente de avioneta supone un duro golpe para su familia y amistades, pero también para sus seguidores en todo el mundo y en general para todos los que amamos la "música de cine". Sin ser el compositor más grande (de entre los que quedan vivos, ese honor sería tal vez para Ennio Morricone y John Williams) ,  pese a su irregularidad y sus etapas de menor popularidad (los 90 fueron su gran época) ha sido un artista versátil y de enorme categoría que ha entregado algunas de las mejores bandas sonoras del cine reciente y que particularmente supusieron y suponen mucho para mí. Acusado por sus detractores (que también son legión) de facilón y comercial, de  autoplagiarse  y de recurrir a las mismas melodías y motivos (cómo olvidarse de su mítico parabará, que cuenta incluso con página de Facebook) también es cierto que su música forma parte de alguno de los mejores momentos del cine.

Una verdadera pena dejar este mundo a los 61 años, y cuando aún podía entregar  trabajos más maduros; baste recordar que los citados Morricone y Williams compusieron Cinema Paradiso y La lista de Schindler, respectivamente, a esa misma edad. Sólo queda ya seguir recordando su música e intentar que no caiga en el olvido, como ocurre con otros maestros tempranamente fallecidos como Basil Poledouris. 
36 años de carrera dan para mucha y memorable música, y para más de una entrada, pero haré un esfuerzo y elegiré sus -para mí- 10 mejores e inovidables obras. Disfrutemos, una vez más, gracias a él.

Que la tierra le sea leve, James (1953-2015).


10- Apocalypto (Apocalypto, 2006). Mel Gibson realizó otra película histórica (o pseudo-histórica) tras La Pasión de Cristo  y  contó con Horner para la banda sonora, una década después de Braveheart.  Aunque no llega al nivel de ésta, tiene momentos impresionantes, a la par con el largometraje de Gibson, con piezas muy en la línea característica de su compositor, en este caso con el añadido de los recurrentes instrumentos indígenas y con la particularidad de la música, casi más propia del cine de terror. Pero con Horner te zambulles de lleno en la fascinante y misteriosa civilización maya.  Frenesí y clímax final:





9El nombre de la rosa (Le nom de la rose, 1986). La gran película de Jean-Jacques Annaud basada en el libro homónimo de Umberto Eco contó con una estupenda banda sonora de Horner, tan inquietante y oscura como la abadía medieval que visita el personaje de Sean Connery. Eran los 80 y el uso de sintetizadores  y aparatos electrónicos parecía inevitable, y hoy quizá se nota desfasado, aunque personalmente me encanta.  Además, Horner lo mezcló con temas corales e instrumentos más tradicionales, entregando una música misteriosa, sí, pero realmente bonita. 





8Willow  (Willow, 1988). Horner también compuso un buen número de bandas sonoras de películas infantiles, tales como Cariño, he encogido a los niños, Fievel, Rex, un dinosaurio en Nueva York, Jumanji, Casper, El Grinch... Aunque me quedo con la música de Willow, esa entrañable película de Ron Howard que tanto nos marcara a niños con tendencia por la fantasía, y cuya banda sonora es de las más conocidas de su autor.  Ya con sólo escuchar la mítica y hermosa fanfarria del tema principal, tan característica suya,  me transporto a la infancia. Gracias por todo, James Horner. 







7Leyendas de pasión (Legends of the fall, 1994).  Película dirigida por Edward Zwick y todo  un  culebrón ideal para ver en alguna tarde ociosa de invierno.  Pese a que tire de lo telenovelero y que Brad Pitt estuviera aún en su etapa de ídolo de carpetas , cuenta con un buen reparto, unas espectaculares escenas de exterior, una preciosa fotografía de John Toll y especialmente una bella e impresionante banda sonora de Horner, que ya desde el primer segundo te ambienta perfectamente en los años 10 del siglo XX. Pastelosa, romanticona y sobrecargada, sí; pero uno tiene su corazoncito. 





6- Tiempos de gloria  (Glory, 1989). Horner ya había colaborado antes de Leyendas de Pasión con Zwick. Se trata de esta muy correcta película basada en hechos reales, acerca de un regimiento de infantería de voluntarios de raza negra que lucharon en la Guerra Civil estadounidense (1861-1865) en las filas del ejército de la Unión. El emocionante tema principal es muy conocido, así como Charging Fort Wagner, un corte vibrante,  muy poderoso,  con claras influencias  del Carmina Burana. Epicidad máxima. 







5Avatar (Avatar, 2009). Estoy dentro del grupo de quienes consideran a la de James Cameron como una película pretenciosa, pastiche de varias y en general un tanto sobrevalorada pese a la belleza de sus imágenes. Más allá de esta muy particular consideración, la música compuesta por Horner es otra gloriosa banda sonora y uno de sus trabajos más grandes, nominado al Oscar.  Intensa, rotunda  y emocionante,  para mí supera a la película. Difícil no dejarse llevar por la enorme fuerza de esta canción, por ejemplo:






4- La máscara del Zorro (The mask of  Zorro, 1998). Una de esas películas (Martin Campbell) que, sin ser una maravilla, resultan muy entretenidas y con gancho. Puro cine de capa y espada,  en la cual hasta Banderas es creíble, aunque el mejor es el gran Anthony Hopkins. Cuestión aparte es su evocadora banda sonora repleta de influencias españolas y  criollas-latinas. Su  tema principal es una maravilla intensa, desgarrada,  con los habituales toques hornerianos, aunque personalmente tengo debilidad por esta pieza de la lección de esgrima:







3- Titanic (Titanic, 1997). Dejando a un lado la locura por Di Caprio (no he vuelto a sufrir en los cines esas bochornosas escenas de chavalas gritando con fervor...o las niñas de antes eran más impresionables o Jack fue realmente irrepetible),  o  la machacona canción de Celine Dion  (aún me recuerdo tocándola con la flauta en el colegio), o  la lluvia de premios, Titanic es un peliculón icónico de los 90 y marcó una época. Muchas de sus escenas aún impresionan, como la banda sonora del maestro James, caracterizada por su romanticismo , sus voces femeninas y sus tonos celtas. Por supuesto, se llevó también el Oscar (y la canción de Celine Dion, compuesta a medias por Horner, otro)  y es uno de los discos más vendidos de la historia. Indudablemente, no sólo es bella, también comunica y mucho. Aún emocionan canciones como ésta, que transmite toda la fuerza del transatlántico surcando el océano, o el precioso y evocador "himno al mar":





2- Krull (Krull, 1983). Uno de los primeros trabajos de Horner, y para muchos su obra maestra, el principio de todo.  Aquí puso música a una de esas aventuras,  tan habituales en los 80, basadas en una mezcla de fantasía y (por influencia de Star Wars)  epopeya espacial. La película tuvo escaso éxito, pero la banda sonora es espectacular, un poderoso vals verdaderamente glorioso, con notas a lo Strauss y desde luego anticipa lo que va a ser su compositor en las próximas décadas Escuchando Krull se entienden muchos temas de su carrera.

 




1- Braveheart  (Braveheart, 1995). Poco más puedo decir de esta película, a la cual le dedicara ya dos tochos hace tiempo. Mención muy especial para su música, con total sinceridad una de las bandas sonoras de mi vida, pues significa mucho para mí  y fue una de las más gratas compañías en las difíciles tardes y noches de la adolescencia.  Parte indisoluble de la excelencia de Braveheart, sin duda el largometraje de Mel Gibson no hubiera llegado tan lejos sin las piezas de Horner, que se fusionan perfectamente con las imágenes. Se quedó sin Oscar, que fue a parar a El cartero y Pablo Neruda.  Sus críticos, aunque reconocen su poder y belleza, la tildan de repetitiva y sobrecargada...¿y qué? Todas, todas sus canciones son apreciables, valen su peso y transmiten toda la emoción, la determinación y  la épica necesarias, desde el muy conocido tema principal, a los de las batallas, o a otros más intimistas como otra de mis debilidades, The princess pleads for Wallace´s lifeO ésta, indescriptible y que me sigue erizando la piel y humedeciendo los ojos como la primera vez:

-"Habéis sangrado con Wallace. Sangrad ahora conmigo."






 Gracias por tanto, eterno James Horner.

9.10.12

Braveheart. Escocia por siempre (y II)


 (Continuación)

Y una guerra implica batallas, tarde o temprano. En Braveheart vemos dos, la de Stirling (también conocida históricamente, por el decisivo papel de un puente sobre el río, la del Puente de Stirling, aunque dicho puente no se vea en la película por ninguna parte), que supuso una sorprendente victoria escocesa y  tuvo lugar el 11 de septiembre de 1297, y la de Falkirk, acaecida el 22 de agosto de 1298  y  ganada por los ingleses.  
Aquí, en las batallas, es donde Mel Gibson se muestra más a sus anchas, con abundancia de sangre, amputación de miembros, dolor,  heroísmo y machadas, junto con algún detalle humorístico, como la memorable escena de las huestes de Wallace enseñando el trasero, desafiando a los ingleses o cuando el viejo Campbell, padre de Hamish,  se lamenta por "desperdiciar un buen whisky" para curarse una tremenda herida de guerra.

La responsabilidad del actor como director en esta película, así como en las posteriores  La Pasión de Cristo (2004)  Apocalypto (2006) unida a su colaboración en El patriota (2000) -donde también masacraba ingleses, aunque en la Guerra de Independencia de Estados Unidos-   confirmaron a Gibson como hombre de truculenta  acción y épica histórica y le crearon fama de sanguinario. 

Lo sangriento de las escenas impresionaron en su momento, así como la cantidad de gente luchando en pantalla. Antes aludí a la utilización de los sistemas informáticos en los largometrajes. Realmente, Braveheart está en la línea de grandes películas clásicas en forma de epopeya, en esos años 50, 60 y 70 con enorme profusión de extras, armamento y escenas panorámicas de escenarios, todo ello real, contante y sonante.  De hecho, Mel Gibson reconoció su admiración por Espartaco (la de Kubrick, por supuesto, de 1960) . 
Y su largometraje es, casi con total seguridad, la última gran superproducción donde no se utilizó ordenador alguno, ello en una época condenada a dejar paso a otra (Toy Story se estrenó ese mismo año, recordemos). Su mérito, valor y trascendencia es mayor aún por ello,  creo. En la película de Gibson todos los soldados y caballos escoceses o ingleses son reales, y en ocasiones la pantalla se llena de gente, manchas de sangre y tierra. Además, resultó notable la cantidad de fallos encontrados en las imágenes, en el sentido de relojes de pulsera en las muñecas de gente del siglo XIII, algún coche de refilón, un bidón por allí, un borrón sangriento en el cristal de la cámara, etc...Consecuencias de hacer cine al modo clásico. 

En las batallas la cantidad de primeros planos de Wallace/Gibson vuelve a incrementarse, como es natural, y más cuando le vemos aparecer en traje de batalla, con una especie de kilt, un espadón descomunal  y la cara pintada de azul. Protecciones, para qué.
Es posible que Gibson se viera influenciado por esa película simbólica de los 80, Highlander (Los Inmortales), con temática escocesa en parte de la historia y del metraje, para idear el curioso atuendo de Wallace. 
Desde luego, el típico kilt, mal llamada falda escocesa, no se haría popular hasta bien entrada la Edad Moderna (hablamos de finales del siglo XVI) y eso entre la gente de las Tierras Altas, como bien se puede ver en esa  extraordinaria película basada en otro personaje escocés real y semilegendario, en este caso a principios de 1700, Rob Roy, también de 1995. Una película muy recomendable, más adulta y en ciertos aspectos superior a Braveheart, protagonizada por un gran Liam Neeson como el íntegro Robert Roy MacGregor enfrentado al pérfido Archibald Cunningham; otro magnífico malo inglés éste, interpretado por un excelente Tim Roth nominado al Oscar, por cierto.
En cuanto a la gigantesca espada, parece más un mandoble de lansquenete alemán de los siglos XVI-XVII que un claymore  característico de Escocia -el cual tampoco era un abrecartas, por otra parte- o  la espada que Wallace llevara y  sin duda era grande.
Y lo de pintarse la cara de azul, u otro color, con tintes vegetales,  era más bien asunto de sus lejanos antepasados tardoantiguos los pictos (al parecer "picto" hace referencia, en latín, a "pintado" o "tatuado"), pueblo de tribus celtas de la Edad del Hierro, y que parecen haberse puesto de moda, como puede verse en varias películas recientes de romanos ambientadas en Britania (El rey Arturo, La última legión, Centurión) , como si sólo en esta isla se le hubiera plantado cara al Imperio Romano.
Como vemos,  aunque plagado de licencias históricas y anacronismos,  Gibson estaba creando uno de los iconos del cine moderno. 

Porque esa imagen de fieros, pintarrajeados y desprotegidos escoceses, sin armadura alguna,  casi como berserkers vikingos, gritando y luchando como posesos frente a los fuertemente pertrechados ingleses, impresionó  en su momento, por mucho que las tácticas utilizadas fueran poco fidedignas a la historia y se simplificara un tanto la logística de los escoceses en contraposición a los de los ingleses.  Pero, Gibson, una vez más y por mor de la espectacularidad, se toma más licencias. Con todo, la batalla del Puente de Stirling, por ejemplo, fue una gran victoria escocesa y conseguida con gran mérito, puesto que se enfrentaron cerca de 13.000 ingleses (y de ellos, bastante más de un millar a caballo) contra menos de 2.500 escoceses (y apenas 300 a caballo, aunque también contaban con arqueros). Fue aquí, en una colina cerca de ese puente, donde en 1869 se erigió el colosal monumento en forma de torre a Wallace, 70 metros de piedra en gótico victoriano como homenaje.

Claro que, sin un guión con sustancia, sin una historia interesante, sin una fotografía correcta y sin una banda sonora que sustentase todo ello, todo podría haber quedado en "película del montón". 
Pero no. Pocas veces, por no decir ninguna,  un largometraje de 177 minutos ha tenido un ritmo  tan continuado, poderoso y sin decaer ni unos segundos. El actor y director yanqui resultó ser un formidable transmisor de historias, sorprendiendo nuevamente. 
Y además, te sientes uno más entre los escoceses y la piel se te eriza con el famoso e imitado discurso de la libertad de Wallace, por más que el concepto de Gibson de la libertad, el mismo que el nuestro, fuera sensiblemente distinto al de los hombres del siglo XIII.   También disfrutas, en cierto modo, con las certeras y crueles frases de Eduardo  y en cuanto a la espléndida fotografía de John Toll, ganadora del Oscar,   saca a relucir, no sólo a  los hijos de Escocia, también los extraordinarios paisajes naturales de la antigua y brumosa Caledonia y de la verde Irlanda (las batallas fueron rodadas en la isla), con sus puros cielos, o la densidad y oscuridad de los ambientes de interior, especialmente en los castillos. 

Y la banda sonora...James Horner, el irregular y repetitivo (acusado por sus detractores, y con cierta razón,  de encontrar una melodía y repetirla en sus composiciones hasta la saciedad, o abusar de sus famosos recursos y tics) James Horner, responsable de otros soundtracks como El nombre de la rosa, Willow, Tiempos de gloria o Leyendas de pasión  y en la cima de su carrera, aquí maravilló y fascinó absolutamente con una obra mayor, de una cierta tristeza y melancolía pero también con rotundas sinfonías heroicas, recurriendo a gaitas, flautas, tambores y coros de voces femeninas.
Si la película arrasó en taquilla y  se llevó 5 Oscars (mejor película, director, sonido, fotografía y maquillaje) de 10 nominaciones, fue un crimen que no se llevase el de b.s.o.  -lo ganó Luis Bacalov por su bonita composición para El cartero y Pablo Neruda-. Horner también estaba nominado ese año por Apolo 13, y consiguió el premio dos años después por su trabajo en Titanic; el transatlántico arrasó con casi todo a su paso, y contó mucho el efecto Celine Dion, aunque mucha gente consideró entonces que, siendo la de esa película una buena banda sonora, se le dió el premio a James Horner como "recompensa" por lo de Braveheart.

La banda sonora de Braveheart fue mi primer CD original, dentro de mi pequeña colección de compactos (Internet pronto barrería con todo). Ese disco y sus recargadas canciones épicas en ocasiones, e intimistas y románticas en otras, pero siempre vibrantes,  me han sido de gran ayuda en un buen número de tardes y noches en mi difícil época del instituto. 

Continuando con la película en sí, la victoria de Stirling permite las correrías de Wallace y sus hombres por el norte de Inglaterra, provocando la ira del rey Eduardo. Además, nuestro héroe es nombrado Sir en una especie de Cortes (efectivamente, en la historia real William fue elevado a Guardián de Escocia, algo así como un regente para velar por el trono vacío) y las cosas parecen ir mejor que nunca.
Pero Eduardo I no estaba de brazos cruzados. De hecho, en la siguiente batalla, Falkirk, Longshanks acude en persona para dirigir al ejército con su propia mano. Así, pudo ver la notoria superioridad de los arqueros galeses (con flechas de fuego) y la caballería pesada inglesa sobre las tropas de Escocia  y cómo los nobles escoceses, convenientemente comprados  a cambio de  títulos y tierras, dejaron solo a William antes de que comenzara la batalla.  
La  derrota es severa -realmente la caballería escocesa se retiró y los efectivos ingleses eran muy superiores en número-  y Wallace queda maltrecho, como todos sus guerreros. A duras penas consigue escapar, no sin antes descubrir, con profundo dolor, a Robert Bruce luchando entre las filas enemigas. William confiaba plenamente en éste y su engaño supone un duro golpe, como comprobamos al ver su cara de desolación.
Enterado de la traición y retirado a las montañas, se dedica a  ajustar cuentas uno a uno con los principales nobles  como vemos en unas impresionantes escenas de vendetta.   

Ésas imágenes siempre me han encantado, así como la mencionada de la ceremonia de William como sir.  También son magníficas las escenas de Eduardo I y su hijo, el futuro Eduardo II (rey de 1307 a 1327), quien es presentado en la película como un joven indolente y de virilidad dudosa, rehuyendo las labores conyugales con su esposa, Isabel de Francia.

Aquí sí hay base histórica puesto que Eduardo II tuvo relaciones con hombres y se rodeó de favoritos en la corte, aunque Gibson por razones obvias lo hace más adulto a como por cronología fue , pues nació en 1284 y no se casó hasta 1308.  Su padre Eduardo I  había tenido con Leonor de Castilla la respetable cifra de 15 hijos, aunque sólo 5  llegaron a la edad adulta, y de ellos sólo uno, por desgracia para la época, fue  varón. Ése era Eduardo II.  Aunque  Eduardo I se casó por segunda vez con Margarita de Francia en 1299 y tuvo tres nuevos vástagos, su sucesor ya iba a ser su  tocayo, pese a las reservas de Longshanks respecto a él.
Fueron ciertas sus sospechas sobre la fiabilidad viril del futuro rey, así como los empeños del padre en alejar a los colaboradores cercanos de su hijo, algo parecido a como se ve en la película, cuando el Zanquilargo "destituye" a un tal Philip, consejero real, en una memorable escena. 

La cima de las licencias históricas tomadas por Gibson se vislumbra cuando introduce una relación amorosa entre Wallace y la princesa Isabel de Francia, quien, mandada por el hábil Eduardo I como señuelo para capturar al líder guerrero,  se queda prendada de los ideales de éste, traiciona a su suegro y tiene un affaire con el Guardián de Escocia. Históricamente, la susodicha Isabel llegó a Inglaterra muerto ya Wallace, pero Gibson, una vez más, idea esta trama con efectistas y románticas ideas, tanto como para ridiculizar de nuevo a los ingleses -aunque, siendo sinceros, qué mujer en su sano juicio no prefería la compañía de un aguerrido highlander  versado en artes amatorias, en vez de la de un relamido principito inglés con ningún interés en el sexo opuesto- , como para volver a ver amor en la película; no todo iba a ser sangre, guerra y dolor.

Verdaderamente,  en contraposición al férreo reinado de Eduardo I, la época de Eduardo II en el trono se caracterizó por  el escándalo, a causa de sus relaciones homosexuales con otros nobles advenedizos -aunque engendró cuatro hijos con su mujer- la relajación de costumbres, las insumiciones de la nobleza y las traiciones por parte de su propia esposa Isabel, quien es retratada en la película de un modo bastante más positivo a como fue en realidad. Esta Isabel, aliada con su amante Roger Mortimer (los amores de altos vuelos abundaban en Inglaterra, se ve) se constituyó en ariete de la revuelta que le derrocaría en 1327. Según un mito de la historia popular inglesa, su inmediata muerte no fue plácida ya que se produciría con un hierro candente introducido en el recto y más allá,  destrozándole por dentro, no dejando así señales exteriores en su cuerpo que delatasen el asesinato. Probablemente falleció en  cautiverio, debido a la mala salud derivada de su enclenque constitución.

Definitivamente, el culmen de las famosas "licencias históricas de Mel Gibson" (aunque siempre responsabilizo a Gibson como director, pero habría que investigar qué culpa tiene Randall Wallace como guionista en todo ello)  se alcanza cuando, a consecuencia de los amores entre William y la loba francesa, ésta queda encinta y la dicha Isabel  lo confiesa a un paralizado y mudo (por una serie de ataques apopléticos que lo fueron inmovilizando)  Eduardo I, quien está ya confinado en una especie de lecho de muerte cuando los nobles escoceses engañan a Wallace en una encerrona y éste es encarcelado para ser  juzgado y ejecutado. Verdaderamente Longshanks murió dos años más tarde que William,  y de hecho estuvo guerreando cerca de Escocia hasta sus últimos días, haciendo honor a su otro sobrenombre, "Martillo de los escoceses".

Si hiciéramos caso a la película, el hijo de Eduardo II e Isabel y futuro rey de Inglaterra no tendría sangre "inglesa" alguna sino "francesa"  y escocesa; lo entrecomillo porque, si simplificamos las cosas al estilo del largometraje, quedan ocultos nuevos datos históricos: dado que desde tiempos tempranamente medievales la nobleza europea se ha ido mezclando entre sí, entre mismas dinastías, pero también traspasando territorios y formando interesantes refritos,  nos encontramos con una Isabel de Francia quien en realidad no era tan "francesa" propiamente dicha, al ser descendiente, entre otros ilustres, de Jaime I de Aragón  el Conquistador  (rizando el rizo, Jaime era franco-bizantino por parte de madre) y  de Alfonso VIII de Castilla, y,  aunque más lejanos en el tiempo, también descendía  de Harold Godwinson, último rey anglosajón de Inglaterra, pero ¡también de Guillermo el Conquistador, vencedor de Harold en Hastings y primer rey normando de Inglaterra!  o de Enrique II de Inglaterra, primer Plantagenet. Vaya... ni el mismo Eduardo I era puramente "inglés", pues tenía, entre otros ancestros, a  Leonor de Aquitania, a  Alfonso II de Aragón y  a  Alfonso VII de Castilla. Pero si olvidamos una vez más cómo se hacían las cosas en Europa, y nos dejamos llevar por la película,  Wallace ha conseguido una faena digna de hacer levantarse al Zanquilargo  de su tumba; de hecho, cuando éste se entera de la vaina, casi emprende el viaje al otro mundo antes de tiempo. 

En cuanto al martirio, sufrimiento inhumano y muerte de Wallace Mel Gibson se deja poco por mostrar y no escatima en impactos visuales, tanto para demostrar la fortaleza física y mental del patriota escocés ni su extrema fidelidad a unos principios y a unos ideales, como para dejar clara una vez más la miserable actitud de los ingleses en Braveheart, por si no lo habíamos visto ya.
De todas formas, como padeció el Wallace fílmico padeció el Wallace real, y  tal y como se aplicó en Inglaterra desde comienzos del siglo XIII hasta bien entrado el XIX -sí, los ingleses han sido siempre muy civilizados-   a  los condenados  a  muerte por alta traición,  las ejecuciones estaban precedidas de terribles torturas, unas sádicas escenas contempladas por el pueblo; ésa era la televisión.

Así,  William Wallace, tras haber sido arrastrado por las calles  -aquí el público normalmente aprovechaba para lanzarle desperdicios al condenado- , fue ahorcado, pero con el sutil cuidado de no romperle el cuello; sus extremidades fueron estiradas hasta el paroxismo; se le abrió el vientre  y sus entrañas fueron arrancadas, siendo quemadas delante de sus ojos;  y por último, fue castrado por completo y calcinadas sus partes también. Si quedaba algo de hálito en él, poco sentiría ya la decapitación final. Una vez muerto, el cuerpo era descuartizado en cuatro partes, que se solían exponer en los extremos geográficos del país,  aunque en este caso se mandaron con intención cerca de Escocia, como medida aleccionadora.  La cabeza se conservaba en brea y también  se mostraba, clavada en una pica o colgada, durante días y días.  La de Wallace fue colocada en el Puente de Londres.

Como puede verse, Gibson fue tildado de sanguinario y morboso, pero realmente no mostró todo el proceso con imágenes, probablemente porque serían escenas demasiado fuertes para una película de este tipo, por muy sangrienta que hubiera sido el resto del metraje.  Así, en la parte más cruenta centró la cámara en el rostro del protagonista y sus gestos de  extremo dolor, especialmente en otro de los grandes momentos de Braveheart, cuando, y tras haber negado una y otra vez la clemencia que los ingleses le concedían miserablemente si se mostraba leal al rey de Inglaterra y abjuraba de su traición,   grita "¡¡¡¡LIBERTAD!!!!" con voz desgarrada pero suficientemente potente como para sobresaltar a Eduardo I en su sueño de ictus, mientras se le va la vida por las heridas abiertas de su cuerpo y de su alma. 

Gibson, ferviente católico, añadió además cierta simbología cristiana en el sufrimiento de Wallace en lo referente a las posturas de brazos en forma de cruz y en la disposición del potro de tortura, además de los evidentes paralelismos entre Wallace y Jesucristo en cuanto al sacrificio final  -ya sea por tus convicciones, por tu pueblo, o por la humanidad- con todas las consecuencias y sin tratar de impedirlo.

Cuando ha expirado ese descomunal grito, Wallace cree ver a su gran amor entre el público; entonces aprieta el paño de Murron y la expresión de su rostro hasta sonríe; vemos el hacha caer hacia su cuello y luego  su mano, soltando ésta el ajado pañuelo, que va al suelo. Parece que todo ha terminado. 

 
Pero no. Estamos en otro campo de batalla. Vemos guerreros escoceses, y enfrente los ingleses con sus armaduras relucientes, como siempre. Una voz en off,  la del narrador y a la vez la misma de Robert I Bruce, nos cuenta lo que efectivamente se hizo con el cuerpo de Wallace y los acontecimientos posteriores a su ejecución.  Así, Robert, al frente de las tropas escocesas, parece haber alcanzado el trono mediante acuerdos poco honorables el trono de Escocia. Pero le debe pleitesía al rey inglés, quien no es otro que Eduardo II. Estamos en Bannockburn, en junio de 1314. 

Requerido por un repelente noble escocés, quien le apremia a acabar de una vez con la ceremonia, Robert titubea, mirando de reojo a sus súdbitos, y se detiene. Lleva en el antebrazo el viejo pañuelo de Murron del que Wallace nunca se separó. Lo saca y manosea, como intentando leer algo. Había admirado al Guardián de Escocia hasta el final, y se había odiado a sí mismo por traicionarlo.  Una vez liberado de la influencia de su pragmático y leproso padre, parece comprender, por fin. Y se arma del valor y de la convicción que hasta entonces le faltaban.   Vuelve a  mirar a  las huestes de Wallace. Desharrapados, maltrechos, pero dignos. Están Stephen el Irlandés, y Hamish, el leal y recio amigo de William, e incluso el padre de Murron. Ahí están, expectantes, con poco ánimo de rendición, observándolo de reojo.   Mientras, suena una flauta en el viento (Sons of Scotland) y unos tambores lejanos,  pero Robert se marcha con su caballo, en compañía de ese noble.  Vacila de nuevo,  se detiene, dice "alto"  y se vuelve hacia sus mesnadas, contemplándolas, y les ordena con voz trémula, como suplicando:



-"Habéis sangrado con Wallace...sangrad ahora conmigo".


Hamish aún conserva la gigantesca espada de su amigo y, eufórico,   la arroja con fuerza hacia el campo de batalla, recordándole una vez más. Ésta se clava decididamente en la tierra, mientras las gaitas suenan de forma atronadora.  los guerreros gritan "WALLACE, WALLACE" y Robert desenfunda su espada, poniendo los ojos en blanco, inyectándolos hacia el enemigo, y por su parte los escoceses cargan corriendo, una vez más, dispuestos a todo, ante el asombro de los petulantes ingleses. Una nueva voz en off, pero esta vez es la del propio Wallace:



-"En el año de Nuestro Señor, 1314, patriotas de Escocia, hambrientos y en inferioridad, cargaron sobre los campos de Bannockburn. Lucharon como poetas guerreros...lucharon como escoceses...y ganaron su libertad". 





A estas alturas del clímax final poco importa que, en la realidad histórica,  Bruce no vendiera  a  Wallace (éste fue traicionado por algún escocés de su entorno, al parecer, tras varios años de periplo intentando sin éxito una alianza de Escocia con  otros reinos, como Francia, Noruega o incluso el Papado, viajando William a la mismísima Roma),  ni que Bannockburn no fuera una batalla "espontánea", sino totalmente preparada y esperada. Y desde luego fue una victoria decisiva en las Guerras de Independencia escocesa, de tal calibre que Eduardo II hubo de embarcar a toda prisa en dirección a Londres ante el peligro se ser capturado. Y Escocia será libre e independiente, efectivamente, pero sólo hasta 1707, cuando mediante la Union Act pasó a formar parte de forma definitiva del Reino Unido, junto a Inglaterra, Gales e Irlanda. 

Pero poco importa. Ni tampoco que el enfrentamiento más decisivo no lo veamos. Mientras Robert y los escoceses arrasan a los ingleses, únicamente contemplamos la espada de William clavada en tierra escocesa. Así es como debe ser.

Ante este soberbio, impresionante y vibrante final, no cabe añadir nada más. Se me sigue erizando el cuello cuando lo veo y cuando escucho  el certero discurso de Bruce y la evocadora narración de Wallace/Gibson desde el más allá, y me sigue emocionando como desde la primera vez. Sí, en la historia del cine hay muchos finales, y algunos extraordinarios; comparados con éste, habrá finales más trágicos, más felices, más románticos, más profundos, más lacrimógenos, más aleccionadores...pero no hay finales como éste, donde te vuelves a sentir como entre los guerreros escoceses de  Sir William Wallace, y por quien te dan ganas de levantarte del sillón y correr contra el enemigo, a luchar por todo; por tu amor, por tu familia, por tus amigos, por tu tierra, por tus ideales y convicciones, por tu vida, por tu libertad




 Alba gu bràth (en gaélico, "Escocia por siempre")







4.10.12

"Braveheart". Escocia por siempre (I)




Ya escribí una vez en una entrada acerca de mi gusto por el cine y por determinados géneros y  películas concretas. También incluí, a modo de lista, de ranking (al estilo de las listas habituales de revistas y webs, cinematográficas o no,  de "algo", ya sea imprescindible, aborrecible,  recomendable, etc) las diez películas, no sólo favoritas para mí, además, también, las que más me han marcado, las que he visto y puedo ver innumerables veces y las que han dejado más poderosamente imágenes en mi retina y en mi corazón. Tarea difícil, siendo como soy un indeciso para algunas cosas y teniendo en cuenta además la cantidad existente de películas predilectas. Pero hice un esfuerzo y conseguí elaborar la lista de marras, y para ello me facilité la tarea descartando largometrajes recientes, de los últimos 10 o 15 años.  Dos razones me llevaron a ello: la primera, evidentemente porque al recortar cronología,  terminaba la lista de una vez por todas, como digo; y la segunda, y cosa importante, porque buena parte de las películas realizadas en los últimos 15 años han sido elaboradas o por lo menos han recibido ayuda de eso llamado informática, con todo lo positivo y con todo lo negativo que eso conlleva.  Jurassic Park (1993), una de las que más me marcaron en su momento, aunque no estuviera en esa lista, supuso pienso el pistoletazo de salida hacia la utilización masiva del ordenador.

En esa lista, la última película era Braveheart, de 1995.

Y debía escribir algún día sobre este largometraje. Era una obligación.  Por supuesto, desde un primer momento estaba dentro de esa lista, porque desde que la viera con unos 12 años de edad en televisión ha constituido una de mis preferidas (acaso la que más), una de las que más me ha marcado (acaso la que más) y,  especialmente y  junto a La lista de Schindler más la lectura de dos o tres libros, las principales razones por las que decidí estudiar Historia y dedicar mi vida a ello (aunque lo segundo está por ver, pero eso es otra historia, y nunca mejor dicho).

Todo ello teniendo en cuenta que Braveheart no es una película de profundo rigor histórico (además, no persigue eso) ni un largometraje con ínfulas de documental o una enciclopedia histórica fotograma a fotograma. No. Contiene un buen número de fallos, como se verá y como bien se ha sabido desde su proyección en las salas, y no es perfecta,  pero son tantos los aspectos positivos de la película, son tantas las virtudes y ha dejado tan profunda huella en una gran cantidad de gente, que debemos perdonárselo todo -yo, por lo menos, un defensor a ultranza del rigor histórico- a Mel Gibson, director, productor y protagonista de Braveheart.

Porque, verdaderamente, pocas películas, prácticamente ninguna, me han marcado de ese modo desde su perspectiva. Sí, también me dejaron señal, a su modo, las mencionadas La lista de Schindler, Excalibur, El bueno, el feo y el malo o Indiana Jones y la Última Cruzada, pero no a la manera de los casi 180 minutos sobre la vida, hazañas y muerte del patriota escocés William Wallace.  Cabe preguntarse si su impronta en mí sería la misma si la viera por primera vez  a mis 26 años; es más, probablemente Braveheart vaya perdiendo visionado a visionado (aunque de momento tras un buen número de veces no ha decaído un ápice, y es más, siempre que la veo, disfruto igual), pero eso no importa. Me marcó de niño y me sigue marcando ahora, como ha habido otras películas que me sorprendieron de niño, u  otras vistas -o "medio vistas"-  en la niñez y revisionadas con más interés años después, como La muerte tenía un precio Espartaco, y otras que ví más mayor y han entrado en esa lista, como El Padrino I y II  o Barry Lyndon. Incluso hay otras visionadas en mi  edad adulta y no están en la lista, pero constituyen auténticos peliculones que me han marcado,  como Hasta que llegó su horaEl precio del poder, El hombre que mató a Liberty Vallance o El crepúsculo de los dioses. 

Por último, antes de entrar con la película en sí, Braveheart no sólo me fascinó como largometraje y confirmó mi adoración por el género épico. Encendió decisivamente en mí el gusto por la Historia y por la época medieval en particular, aunque luego en la carrera tomase otros itinerarios más modernos, post-caída de Constantinopla y demás. Pero, e insisto especialmente con esto, provocó mi querencia particular por esa tierra, tan  agreste y peculiar, llamada Escocia, en la medida que pueda apasionarse por ella un español convencido y orgulloso de ello, del sureste además y amante de lo mediterráneo.  Pero,  después de ver Braveheart me empapé a leer sobre Escocia, su cultura, su idiosincrasia y su historia,  a informarme como debía sobre William Wallace y su  patria. (Por cierto, unas pocas lecturas bastan para cerciorarse de cuán equivocados están gallegos, catalanes y vascos independentistas en compararse con escoceses, galeses e irlandeses). Y una vez enamorado de este antiguo y personalísimo país, el gusto por otras tierras celtas como Gales o Irlanda era cuestión de poco tiempo, teniendo en cuenta además que en la película de Gibson los irlandeses están muy presentes. Además, hablando de celtismo,  siempre he tenido una inexplicable simpatía e interés por esas viejas tierras, tan mistéricas, hermosas y de cierto sustrato celta, por así decirlo, como son Asturias (tengo desde niño pasión por esta región) y Galicia.  Como  he sido curioso, siempre he estado interesado en leer acerca de otros países y tierras, y, si bien en Europa he tenido ciertas predilecciones desde siempre (Inglaterra, Alemania, más recientemente Italia) mi adoración por lo céltico y por Escocia arranca de mi primer visionado de Braveheart.

Así, desde aquella noche en casa con mi padre  -siempre me he preguntado cómo debió ser esta película en el cine hace ya 17 años...un goce absoluto- , cuando contemplé por vez primera las descarnadas montañas de Escocia y su naturaleza entre brumas, y ví cómo se empleaban los recios escoceses en su vida, en el amor y en la guerra, me convertí en un decidido  apasionado del remoto país de Wallace. Desde entonces, he querido viajar a ella y seguir sus pasos, para verla in situ por fin, pero ese día no llega. Ver su fisonomía difícil, sus accidentados prados, sus cientos de islas,  sus innumerables y profundos lagos, sus castillos plagados de leyendas, visitar la populosa y moderna Glasgow, y por supuesto Edimburgo, la vieja, señorial, gris y bella Edimburgo...pero no. A día de hoy, 4 de octubre de 2012, ese momento aún no ha llegado. Mi visión de Escocia está muy influida por Braveheart , soy consciente de ello, y por tanto, puede ser románticamente errónea en ciertos aspectos, aunque las imágenes contempladas en fotografías y vídeos no han hecho sino confirmarme en mi pasión. 

He dicho leer, pero cuando un país se me metía en la cabeza, hacía algo más que leer simplemente. Amigo de mapas como he sido siempre, memorizaba lugares y accidentes geográficos e incluso los nombres en la lengua del lugar. O cómo eran los himnos, las banderas, los escudos y los blasones de los países y sus tierras y ciudades. Por supuesto, también la música, tanto tradicional, como popular, folk, o moderna. Esta cuestión de mis filias a determinados países o regiones según ciertas películas, cuentos u obras literarias puede que no lo entienda todo el mundo, pero es así.  Por ejemplo, y cambiando de territorio,  mi gusto y mi interés por lo  inglés  viene del mito del rey Arturo y de Robin Hood.

Braveheart. A grandes rasgos se trata de una película histórica, con amplias gotas de epicidad, romanticismo y aventuras, todo ello alrededor de la vida de William Wallace, personaje real y uno de los principales protagonistas de las guerras entre Escocia e Inglaterra en la Edad Media. Ésa es la base usada por Mel Gibson (estadounidense con antepasados australianos e irlandeses)  ayudado por el guionista yanqui  Randall Wallace (de ancestros escoceses, aunque no descendiente de William) quien reconoció la utilización de poemas épicos del siglo XV sobre el héroe en cuestión para elaborar la historia del film; por ello debe entenderse Braveheart como una narración legendaria, mítica, en vez de como una reconstrucción históricamente fidedigna -de hecho una voz comienza a relatarnos la historia de William Wallace-.  Así es esta maravillosa película,  donde el amor a una tierra y a unos ideales, el honor, el romanticisimo, la violencia, la injusticia y el fatalismo se dan la mano de una forma espectacular, marcando un verdadero hito. 

El actor no era un novato en la dirección pues ya había debutado en El hombre sin rostro dos años antes, pero con su versión del mito escocés sorprendió muy gratamente a propios y extraños. Ya desde las primeras imágenes Gibson nos introduce en la neblinosa Escocia, mientras suenan las gaitas y vemos sus características montañas. Típico y efectista, sin duda. Y desde el mismo preludio prácticamente empiezan las licencias históricas, que Gibson se toma abiertamente y en beneficio de la película.  Precisamente una de las primeras lecciones que aprendí en la carrera de Historia fue la inadecuada visión de la Edad Media presentada en Braveheart, según nos hizo ver un joven profesor de Medieval, en primer curso. 

 
 (Estatua de William Wallace en Aberdeen)


Ciertamente, del  Wallace real se tienen pocos datos verídicos y la mayor parte de la información sobre él procede de narraciones y leyendas posteriores a su muerte, como ocurre con otros personajes históricos,  pero parece probable su nacimiento en Elderslie o Ellerslie -las dos poblaciones se disputan el honor- en una fecha inconcreta entre los años 1270 y 1274. Sea una u otra ciudad, se trata de pequeños burgos  próximos a Glasgow, en las Tierras Bajas de Escocia.  Lo digo porque por mucho que en el siglo XIII aquella no fuera aún la gran ciudad de siglos recientes -en el XIX llegó a ser conocida como "la segunda urbe del Imperio Británico", después de Londres- Wallace no nació en una remota aldea de chozas en las Highlands, como se hace ver en la película. Segundo hijo  -dato significativo-  de un tal Malcolm o Allan Wallace (un terrateniente de cierto nivel con ancestros galeses, un señor con propiedades), pertenecía a la baja nobleza del país.   Así, por muy baja fuera ésta, y por muy segundón fuese William,  nuestro héroe era más parecido, en  estatus y aspecto, a los nobles escoceses satirizados por Gibson que al harapiento lanzador de piedras de la película. 

Sí, en ésta el actor luce melenón castaño tirando a pelirrojo, se viste con cualquier trapillo y nunca parece tener frío -prácticamente duerme al raso en las heladas noches serranas escocesas-  ni aparenta ser un campeón de la higiene. Pronto queda claro quién es el director de la peli porque la abundancia de primeros planos del  protagonista/director es notoria. Siendo Braveheart una de mis favoritas, no puedo decir lo mismo de Gibson, quien nunca me ha entusiasmado,  aunque su interpretación en dicha película es bastante intensa y apasionada. Puestos a elegir otros actores de su generación, desde pequeño he preferido a Tom Hanks o a Liam Neeson,  aunque con el tiempo he ido reverenciando como se merece a ese extraordinario actor llamado Daniel Day-Lewis.

Cuando se rodó Braveheart Mel Gibson tenía 38 años y estaba aún en la cima de su carrera. Aunque ya no era ese lozano aussie de conocidas películas como Mad Max, Gallipoli  o Rebelión a bordo, la edad y el alcohol aún no habían hecho mella en él y  todavía podía hacerle frente  al sargento Riggs, su papel de poli macarra en la exitosa Arma Letal y  secuelas. Así pues, estaba en condiciones de  interpretar correctamente al patriota escocés, puesto que el Wallace real murió ejecutado el 23 de agosto de 1305,  cuando contaba  35 años como mucho.

Así, tras la bucólica e idealizada presentación de la aldea escocesa, vamos asistiendo a la tragedia familiar de Wallace y vamos comprendiéndole, en la medida que puede un hombre del siglo XX entender a los escoceses del siglo XIII, puesto que no tenían exactamente las mismas prioridades y conceptos de las cosas. 
Cuando William regresa a casa después de sus viajes, lo hace renegando del pasado guerrero de su padre y su hermano y con la intención de vivir honradamente y en paz, cultivando la tierra sin mayores aspiraciones.
Pero los ingleses iban a aparecer pronto.  Gibson, quien resulta un fantástico contador de historias, nos presenta a éstos de tal manera (tomándose de nuevo ciertas licencias. Por ejemplo, esa especie de derecho de pernada en la "prima nocte"  mostrado en el largometraje no es históricamente probable; de hecho más parece ser un acto simbólico de superioridad del señor feudal,  sin consecuencias) que llegas a odiarles del mismo modo que los odian los rudos escoceses, con quienes empatizas, en contraposición.  Y a los ingleses llegas a odiarles mucho antes de la primera batalla de la película; para cuando ésta llega, el efecto ya está hecho.

Fue éste un aspecto polémico. Polémica primero por la notable violencia y truculencia de la película, realmente novedosa.  Como también fue ciertamente novedosa la imagen negativa de Inglaterra y los ingleses en la película. Éstos, tan mal acostumbrados a ser siempre en la historia del cine los gallardos bienhechores de Europa y la humanidad, veían con sorpresa herido su british pride  por verse representados como unos soberbios y sádicos hijos de puta. Sí, reconozcamos el maniqueísmo de Gibson y de Braveheart respecto los ingleses,  pero también hemos de reconocer la injusticia del cine con otros pueblos en relación con Inglaterra. Desde luego, el mundo le debe mucho a los ingleses, como también es verdad que canalladas y malas acciones han cometido y en grandes cantidades. Preguntadle, no sólo a los escoceses o galeses; por ejemplo, a los irlandeses, a los zulúes, a los hindúes o a los indios americanos. Así, por una película conocida, una,  que contradiga la poco realista versión de los procederes de los hijos de la Gran Bretaña según el cine, no va a abdicar la Reina. No. No hay anglofobia como llegaron a afirmar bastantes ingleses Y si hubiera algún conato de ello, no va a ser precisamente culpa de los escoceses. Soy un admirador de ciertos aspectos de la cultura, de la idiosincrasia y de la historia inglesa, pero también se harta uno de ellos a veces. En los Juegos Olímpicos de Londres acabé saturado, entre las ceremonias de Apertura y de Clausura, de tanto autobombo y tanta autorreverencia (y ello según las partes que los ingleses quieran, claro, dejándose cositas en el tintero) donde el deporte y el olimpismo era lo de menos.  Qué saturación.

Pero antes de que se desencadene la guerra abierta de unos contra otros, asistimos al enamoramiento de Wallace. El romántico Gibson relaciona a éste con Murron, una joven de su misma humilde aldea, quien se había fijado en el pequeño William durante el sobrecogedor entierro de su padre y su hermano, cuando le entrega un cardo (símbolo de Escocia. Qué hábil)  envuelto en un paño. Cuando años después Wallace regresa a casa, tras haber sido educado competentemente -hecho todo un políglota-  por su tío Argyle en un monasterio (como el Wallace real, quien, como buen segundón, estuvo a punto de hacer carrera eclesiástica)   vuelve a ver a su Murron, le enseña el pañuelito con el cardo ya seco y el amor termina por surgir. Se le ha achacado también a Braveheart un  tono de "cuento de hadas" y de ñoñería en sus escenas románticas, pero, aunque fuera así...¿y qué?. Luego, su mágica boda secreta en el bosque, para no ser vistos por los ingleses, es realmente preciosa. Casados por un monje/eremita ante una vieja cruz de piedra de los tiempos antiguos,  la postal vuelve a darle unas gotas de romanticismo céltico-legendario a la narración.
 También hay momentos de cierta vergüenza ajena, como cuando Wallace, contándole sus viajes,  le dice a su amada "París es preciosa", etc.   Baste recordar que la catedral de Nôtre-Dame no se terminó hasta 1350, por ejemplo, y la capital francesa a finales del siglo XIII ya era una gran ciudad, pero de ahí recurrir a ella como recurso turístico, media un trecho. No sé, igual ya había una torre Eiffel, un Louvre,  un Versalles y unos elegantes bulevares  hacia 1290 y lo desconocemos. Igual...





La miserable muerte de Murron, degollada como un cerdo por resistirse a ser violada por el típico viejo baboso (e inglés en este caso) marca un punto de inflexión. Wallace monta en cólera tras unos eternos momentos de tensión silenciosa en una gran secuencia  y arma la de Dios es Cristo en la guarnición inglesa, abriéndole el cuello al responsable de la misma y quemando las fortificaciones -efectivamente, en la historia real Wallace saltó a la fama al  despachar al sheriff de Lanark-.  Entre llamaradas comienza la rebelión escocesa. 

Entonces, aunque ya había aparecido en escena, inunda definitivamente la película el rey inglés, Eduardo I  "Longshanks" , quien nació en 1239  y murió en 1307. Los reyes europeos, a lo largo de la historia,  han tenido muy variados apodos o sobrenombres,  desde los típicos y glorificadores "El Grande", "El Batallador", "El Conquistador",  "El Atrevido",  "Sin Miedo",  "Corazón de León"  o "Rey Sol", a otros más discretos o espirituales como "El Santo", "El Humano", "El Ceremonioso", "El Confesor" o  "El Monje",  pasando por otros más críticos o realistas, como  "Sin Tierra", "El Calvo", "El Ciego",  "El Tartamudo", "El Breve" o   "El Gordo" , también algunos inclasificables, como "El Pajarero", e  incluso otros más denigrantes como  "El Impotente". En el caso de este Eduardo, la longitud de sus piernas y su estatura, cercana al  1.90, inusual para la época,  le acarrearon uno similar al de un pirata: "El Zanquilargo".
El rey inglés nos es presentado como un viejo maquiavélico, calculador, severo y amargado, -desde luego un formidable monarca de armas tomar- y ya viudo, en la película. Efectivamente, en la historia real su mujer la reina había fallecido en 1290. Mujer, por cierto, española; Eduardo se había casado con Leonor de Castilla, duodécima hija (segunda del segundo matrimonio) de Fernando III el Santo. Europa era un pañuelo.

Así, tenemos a Eduardo I  Plantagenet de Inglaterra, un ambicioso y belicoso rey ansioso de posar sus garras sobre la revoltosa Escocia, la cual se está desangrando desde hace años a sí misma por las revueltas entre nobles, al estar el trono vacante, y para ello está dispuesto a  remover Roma con Santiago. El papel del rey fue interpretado brillantemente por Patrick McGoohan, veterano actor estadounidense ya fallecido. Éste realizó un gran  trabajo como el cruel monarca, entrando a formar parte -por lo menos para mí- de ese selecto grupo de los mejores villanos de la historia cinematográfica.



"El problema de Escocia...es que está llena de escoceses". Una verdad como un templo.



Por otra parte, el inicio de las acciones de represalia de Wallace supone la aparición de los mencionados nobles escoceses, quienes,  como se ha dicho, son constantemente criticados por su ansia de tierras al precio que sea y caricaturizados y criticados por sus remilgos,  las ínfulas de señor y  la descarnada ambición -rivalizan entre ellos mismos y "no se ponen de acuerdo ni en el color de la mierda", como dice Hamish, amigo de la infancia  y  mano derecha de William- en comparación con los llanos, campechanos y despegados hombres de Wallace.  Gibson y su guionista, para favorecer la espectacularidad y el efectismo de la revuelta del protagonista, lo hacen proveniente de un lugar más bajo del que realmente era, y con una cierta injusticia histórica hacia esos nobles, puesto que éstos y los clanes más poderosos, en la época de Wallace,  fueron de hecho bastante contrarios a los ingleses. Además, el  héroe real  no se rebeló para mejorar las condiciones de vida  y los derechos de los campesinos y otros desfavorecidos, sino simple y llanamente para restaurar en el trono de Escocia a un  escocés.

Pero en la película sus ideales son mucho más románticos, libertarios y acordes al pensamiento moderno, y claramente más atractivos. Esa humildad  y ese ascenso desde las profundidades provocan el lógico recelo de los nobles escoceses y una cierta envidia no exenta de admiración  por parte de otro de los personajes reales de la película, y  el único apodado históricamente "Braveheart",  Robert Bruce, descendiente del rey escocés David I y claro candidato a ocupar de nuevo el trono de Escocia, una vez se liberase ésta de Inglaterra, puesto que John Balliol-todavía vivo- había sido el último rey escocés, aliado con Eduardo I,   hasta que fue depuesto por Longshanks , quien además invadió Escocia. La libertad se había perdido y los escoceses sufrían bajo el yugo inglés. Por tanto, hacía falta una guerra. Una guerra justa, además, tal y como nos es presentada en la película. 


(Continuará