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27.7.16

"El sabio español"



Siempre es buen momento para reivindicar figuras olvidadas o, cuanto menos, poco conocidas, especialmente por el gran público.  Hoy quería ocuparme  de un personaje que, si fuera inglés, francés o alemán sería honrado mediante universidades, cenotafios y verdaderos monumentos a su nombre (y no únicamente con un par de pequeñas estatuas), a un nivel más popular y mundano, con películas y series,  y, si hubiera nacido a finales del XIX, tendría en su haber varios premios Nobel; pero, para su honra y desgracia, fue español. Rindámosle tributo a Jorge Juan, marino, intelectual ilustrado y uno de los puntales de nuestro poco valorado siglo XVIII.

Jorge Ramiro Juan y Santacilia nació el 5 de enero de 1713 en El Hondón, una finca situada entre las localidades de Monforte del Cid y Novelda. Hijo del alicantino don Bernardo Juan y la ilicitana doña Violante Santacilia, ambos viudos y casados en segundas nupcias, siempre se considerará monfortino, en cuya iglesia fue bautizado, aunque no será en la hacienda de su padre donde empezará a vivir sino en la casa familiar de la capital, Alicante.  Por tanto, sus primeros pasos,  sueños y proyectos los realiza a la sombra del castillo de Santa Bárbara y frente al viejo mar Mediterráneo; el líquido elemento marcaría su fecunda vida. 
  

Queda huérfano muy pronto pero es bien educado por su tío don Antonio Juan, canónigo de la colegiata alicantina, y posteriormente por otro de sus tíos, don Cipriano Juan, caballero de la Orden de San Juan de Jerusalén, un hombre culto y bien relacionado, bailío en Caspe, quien se lo lleva  a Zaragoza para continuar sus estudios. Siendo adolescente ya siente la llamada del mar y es enviado a Malta como paje del Gran Maestre de la Orden; en la isla permanece varios años participando en las "caravanas" que persiguen a los piratas moros, obligatorias para ingresar en la organización. Es nombrado caballero de la Orden y de vuelta a España, en 1730 ingresa en la escuela de Guardias Marinas de Cádiz (la escuela naval militar fundada por Patiño) y se emplea en diversas acciones victoriosas por el Mediterráneo, en las cuales tuvo como superiores, entre otros, a un tal Blas de Lezo. 

En la academia pronto ganó fama de alumno aplicado, recibiendo de sus compañeros el apodo de Euclides. Con sólo 21 años es elegido, junto a otro joven de impecable expediente,  Antonio de Ulloa (1716-1795),  como integrante de la expedición hispano-francesa (patrocinada por la Academia de Ciencias de París, y que necesitaba del lógico permiso de la Corona española para transitar por sus dominios) que mediría un grado terrestre por debajo del ecuador, es decir, la longitud del meridiano, demostrando el lugar exacto por donde discurre y, además, que la Tierra está achatada por los polos. Es ascendido a teniente de navío y permanece en Quito  9 años, donde realiza, aparte de importantes estudios científicos, labores de defensa del Virreinato del Perú, todo ello influenciado por las duras condiciones andinas, con largas caminatas  a más de 5.000 metros, que causaron la muerte de varios compañeros y la locura del médico de la expedición.  Los españoles tenían instrucciones muy precisas: cálculos de longitud y latitud, levantamiento de planos y cartas, descripción de puertos y fortificaciones, análisis de costumbres, estudios de botánica y mineralogía, además de la elaboración de un informe secreto sobre la situación política y social de los virreinatos, sin olvidarse del  cierto control sobre los académicos franceses, dado que su paso por las colonias suponía obtener datos que caerían en manos de los ministros del rey Luis XV. Con todo, la empresa , una de las primeras científicas modernas de ámbito internacional de la historia, constituyó todo un éxito y es una muestra más de que pocos periodos de la historia de España han visto tantas ansias de progreso y modernización como los 55 años que van desde los mediados del reinado de Felipe V al comienzo del de Carlos IV.  



En 1745 regresa a Europa vía Francia y es nombrado miembro de la Academia de las Ciencias de París. Un año después vuelve a España, recibe la noticia de la muerte de Felipe V y publica junto a Ulloa los notables resultados de su empresa americana, que incluyen varias obras de distinto calado, entre otras, una de tema político  referente al meridiano de demarcación entre España y Portugal, en torno al Tratado de Límites  (asunto tratado en la película La misión, de 1986); pese a su ascenso a capitán de fragata,  no es tan aclamado como se debiera, pero  llama la atención de importantes personalidades.  Por su excelente educación y su dominio de la lengua anglosajona, el Secretario de Estado, el  marqués de la Ensenada (1707-1781), a la sazón hombre de confianza del nuevo rey, Fernando VI,  le envía a Inglaterra donde actuará como espía en lo referente a la organización y el funcionamiento de la Marina Británica; su mimetización con los ingleses es tal que logra ser admitido como miembro de la hermética Royal Society de Londres, bajo la identidad de "Mister Josues". Con instrucciones secretas muy precisas, se comunicaba con Madrid mediante un código cifrado para enviar mensajes, y  obtuvo importante información técnica acerca del funcionamiento de las llamadas máquinas de fuego (máquinas de vapor), del trabajo en las fábricas de velas y jarcias, de todo lo referente a los arsenales ingleses y de los progresos contemplados en el diseño y construcción de barcos. Hizo llegar a Ensenada planos completos de todas las piezas de los buques así como los de una máquina para blanquear cera y otra para la draga de los puertos, compró matrices para elaborar tipos de imprenta, tuvo en sus manos la fórmula del lacre y detalles técnicos de la fabricación de los paños ingleses, entre otros asuntos nada baladíes. Por último, adquirió libros e instrumental científico con destino al Colegio Imperial de Madrid, a la Academia de Guardias Marinas y al Colegio de Cirujanos  de Cádiz, y a otras instituciones españolas.

Excelente espía, se codea con el almirante Anson  (1697-1762) y el mismísimo primer ministro, John Russell (1710-1771), compartiendo mesa con ellos,  pero tras año y medio es finalmente descubierto por lo que huye a Francia escapando de milagro, disfrazado de marinero  (el mismo Russell que hace poco brindaba con él dictó furioso órdenes de prisión contra su persona) . De vuelta en España es ascendido a capitán de navío y Fernando VI, guiado por el ambicioso plan de modernización de Ensenada, le encarga la dirección de la construcción de arsenales y buques, aunque el alicantino no se ceñirá únicamente a la Marina;  es entonces cuando comienza su intensa y variada actividad, en un total de 24 viajes por toda la Península, que van del enorme trabajo en Ferrol, Santander, La Carraca de Cádiz y Cartagena (en cuyo arsenal construlos dos primeros diques de carenar en seco del Mediterráneo) ,   a los inventos del nuevo sistema de ventilación de las minas de mercurio y plomo de Almadén y Linares o a los proyectos del trasvase de agua de la sierra de Alcaraz a Lorca. Minucioso en extremo, supervisaba hasta la tala de árboles, pues había observado que los ingleses no gastaban tanta madera como los españoles.   

Visionario, supo darse cuenta que en el futuro Gran Bretaña gobernaría  las olas  y no Francia, y con lo aprendido en Inglaterra y con los obreros irlandeses , familias incluidas, provenientes de Londres, comienza la profunda renovación de la Marina española, desterrando el vetusto sistema Gaztañeta, de navíos lentos y pesados;  en 1751 es nombrado ximo jefe de la Compañía de Guardias Marinas de Cádiz, institución de la cual fue alumno en su juventud, y cuya academia modernizará sobremanera, incorporando a los mejores docentes en una enseñanza realmente completa.  En 1753 crea junto al astrónomo francés Louis Godin, compañero de la expedición a Ecuador, el Observatorio Astronómico gaditano, donde, con libros e instrumentos traídos de Inglaterra (lo que da una idea del cosmopolitismo de Jorge Juan) se dispone al adiestramiento e instrucción de los jóvenes. 

Por desgracia Ensenada cae en 1754 (por intrigas en las que tomaron parte los diplomáticos ingleses, aliados con rivales españoles del marqués, considerado curiosamente francófilo en política exterior) y se impone la doctrina francesa en lo referente a la construcción naval, que acarreará funestas consecuencias, como se verá en Trafalgar. Con todo, el buen trabajo de Jorge Juan, el Secretario de Estado y todas las personas que arrimaron el hombro (en los dos sentidos del término) era lo suficientemente sólido para no mandarlo todo al garete pidamente, así que hasta 176 no puede darse por implantado el sistema de Gautier, también llamado francés, que primaba la velocidad en detrimento de la estabilidad; así, fue esta lenta asimilación de las ideas francesas por lo que la marina española mantuvo el tipo de manera notable en el siglo XVIII (el XIX, por desgracia, sería otra historia).  Mientras tanto, el monfortino, ya sin Ensenada, exiliado, no pudo ver cumplido otro de sus sueños, la creación de la Real Academia de Ciencias de Madrid.  También se desechó su proyecto de mapa de España con modernas técnicas topográficas y geodésicas, y bastante relacionado con el Catastro;  hasta 1980 , ha leído bien, en el siglo XX no se concluirá correctamente el Mapa Topográfico Nacional. Con ello queda todo dicho.

Aún así, Jorge Juan siguió siendo un personaje destacable pese al triunfo de sus enemigos; es nombrado Jefe de Escuadra en 1760 y no dejó de publicar importantes obras y ensayos sobre la navegación, las matemáticas, la astronomía, la historia, la etnografía, la geografía o la arquitectura. Su sapiencia se extendía a campos como la numismática, pues estudió y mejoró el peso, la liga y la afinación de los metales empleados para la fabricación de monedas. Azares del destino, su efigie figuró, siglos después, en los billetes de 10.000 pesetas (año 1992):



Como caballero de la Orden de Malta era por tanto religioso (y como miembro no pudo contraer matrimonio ni tener descendencia), pero se negó a cerrar los ojos, como hacía la Iglesia, ante ciertas evidencias científicas que él pudo observar en el cielo y sobre el mar; convencido copernicano y newtoniano, tuvo lógicos problemas con la Inquisición, y algunas de sus obras apenas vieron la luz, mientras que en otras tuvo que maquillar un tanto su devoción por Copérnico. Sólo algún jesuita le mostró su apoyo, si bien su prestigio fuera de España seguía incólume, pues estaba en contacto con otros notables intelectuales europeos, quienes le conocían como "el sabio español".  No en vano el eminente astrónomo inglés John Bevis (1693-1771),  descubridor de la Nebulosa del Cangrejo y considerado el primer avistador del lejano planeta Urano, le dedicó una de sus obras. Tampoco era un extraño para el rey Federico II de Prusia, el mismísimo Federico el Grande (1712-1786), quien le honró como miembro de la Academia de Berlín. 

En 1767 es nombrado por Carlos III embajador en Marruecos, país enemigo,  y, después de viajar a Marrakech, obtiene  la firma de un importante Tratado de Paz y Comercio con notables ventajas para España.  Poco después se encuentra enfrascado en uno de sus últimos proyectos, la expedición que mediría la distancia de la Tierra al Sol, la cual recorrió California entre 1769 y 1770, y que fue un éxito, de la cual participó desde la distancia, en su casa de Madrid, por problemas de salud. Ese mismo año es nombrado director del Real Seminario de Nobles de la capital, un colegio para educar a los hijos de la nobleza. En 1771 publica su, para muchos autores,  obra cumbre, el Examen Maritimo Theórico Practico, ó Tratado de Mechanica aplicada á la Construccion, Conocimiento y Manejo de los Navios y demas Embarcaciones , conocido en su manera abreviada, Examen Marítimo, y considerado generalmente como el mejor trabajo europeo del XVIII sobre construcción naval. Unos severos cólicos biliares impidieron que el incansable marino  continuara con sus fértiles vida y obra, cortadas de manera algo temprana el 21 de junio de 1773, a los 60 años. Fue enterrado en la madrileña iglesia de San Martín, aunque sus restos serían exhumados durante la Guerra de la Independencia y ocultados para evitar daños. Finalmente, en 1860 fueron trasladados al Panteón de Marinos Ilustres de San Fernando, Cádiz, donde reposan desde entonces.
 

Así fue el peculiar y extraordinario Jorge Juan, caballero de una Orden religiosa de origen medieval, pero de mente e ideas más avanzadas que la mayoría de sus contemporáneos; una especie de cruzado-ilustrado, diríamos tomándonos una licencia. Estaríamos ante el clásico pensador que no goza demasiado de las bondades del oficialismo (aunque sirviera a tres reyes y se moviera siempre en las altas esferas), pero pese a ello, no dejó de idear, ni de estudiar ni de aprender en su vida. Si bien de carácter agradable, su trato con la gente, como no pocos genios en la historia, era distante y algo frío, que contrastaban irónicamente con su férreo humanismo.   

Marino, espía, científico, inventor, diplomático y sobre todo intelectual,  el alicantino es uno de esos personajes que te reconcilian con la historia de España, aunque, como por desgracia es habitual en estos casos, fue una víctima más y en el momento de su muerte sus grandes teorías y novedosos proyectos estaban ya en un cajón con llave, por no decir en la hoguera. Razón de más para considerarlo un héroe. Algo desdichado, pero héroe. 

Ilustre alicantino.

Orgullo del Mediterráneo. 

Sabio español.  


27.3.15

La historia del hombre que iba en busca de canela y descubrió el Amazonas (y II)

 (Viene de la entrada anterior)

Gonzalo Pizarro nunca supo qué pasó para que Orellana nunca regresara. Esperaron el tiempo convenido y más aún, hasta que faltó el alimento y desesperados, tuvieron que merendarse los caballos y los perros. Luego se decidieron a construir un barco y navegaron por el Napo hasta que encontraron un lugar donde pudieron comer y descansar. En esas desconcertantes soledades comprendieron que sus compañeros ya no volverían y, no atreviéndose a ir río abajo, emprendieron el camino, al menos más conocido, de Quito. 



Fue este uno de los más tristes viajes de la historia de los españoles en América. A la desazón de sentirse abandonados, se unió la perdición de avanzar por la espesura de la vegetación, sin guías ni caminos. Las lluvias tropicales hicieron su aparición con fuerza, estropeándoles los calzados y las ropas, que se pudrían, pues llovía mucho.  Tanto que el sol apenas se veía durante días, mientras se abrían paso por la selva a golpe de espada.  Los mosquitos, los reptiles y las fieras los atacaban continuamente en ese infernal regreso a los Andes.  Los tres millares de porteadores indios murieron, así como buena parte de los hombres de Pizarro. Unos ochenta españoles medio desnudos entraron en Quito después de casi dos años de su partida, descalzos y en lamentable estado físico y mental. 
Una vez descansó y se hubo restablecido, Gonzalo, lleno de amargura, protestó y reclamó ante la Corona (algo habitual en estas circunstancias) por el comportamiento de Orellana, aunque nunca más volvió a verlo; además tenía otras preocupaciones, pues al poco de llegar se enteró del asesinato de su hermano Francisco y de la guerra que había estallado entre conquistadores.


Mientras, el tuerto de Trujillo y  los 40 sobrevivientes, liberados y felices, viraron hacia el norte y atracaron 15 días después en la colonia española de Nueva Cádiz, en la isla de Cubagua, frente a las costas de Venezuela. Unos regresaron a Perú, pero Orellana no tenía tiempo que perder, así que éste y sus hombres más leales saltaron a Santo Domingo y luego a Castilla, previo paso por Portugal. Llegaron a Valladolid en mayo de 1543, trayendo buenas nuevas al rey.  Atención al mensaje del secretario del Consejo de Indias a  Cobos, supersecretario real, por su estilo simple y claro, tan característico de estos tiempos fascinantes:

"Uno ha venido del Perú, que ha salido por un río abajo, que ha navegado por mil ochocientas leguas y salió al cabo de Sant Agustín, y porque son términos los que ha traído en su viaje que sin cansancio no los entenderá V.S, no los digo, pues tan presto ha de ser su venida".


Fue recibido en la Corte, aunque no por Carlos V, de guerra en Francia, sino por su hijo, el futuro Felipe II, quien con 16 años ya asumía el papel de regente. El relato de Orellana, basado en las notas de fray Gaspar, se leyó ampliamente con asombro, y muchas veces con incredulidad. Gonzalo Pizarro había enviado emisarios que defiendesen su causa, pero el príncipe Felipe aceptó la versión de Orellana, primero por los testimonios favorables a él y por los escritos del capellán, y segundo porque se había descubierto un territorio enorme con muchas posibilidades de exploración, conquista y enriquecimiento, y no convenía pecar de lentos, pues franceses y portugueses ya merodeaban por el Brasil hace años.

Así pues, en febrero de 1544 y tras largas deliberaciones, Orellana recibió al fin una capitulación de la Corona "para el descubrimiento y población de dicha tierra, que hemos mandado llamar Nueva Andaluçía". No se sabe por qué y quién eligió tal nombre.  Ésta comprendería los territorios desde el estuario del Amazonas, donde se fundaría una ciudad, y muchos kilómetros adentro, donde se asentaría otra. O se dejaron llevar por el optimismo, pues eso podía ser una quimera, o se querían quitar de en medio al extremeño. 
Orellana marcharía como adelantado, gobernador y capitán general e iría convenientemente acompañado, tanto de soldados como de religiosos. Se debía de conquistar y colonizar tierras, mas respetando los límites del Tratado de Tordesillas firmado con Portugal, aunque el Amazonas se encontrase dentro de la zona española. Básicamente se debía de avanzar hacia el oeste. 
Por último  también se dejó claro, en virtud de las Leyes Nuevas de Indias de 1542, que no se maltrataría ni esclavizaría a los indios ni se haría guerra contra ellos, a no ser que fuera en defensa propia; el rey enviaba a los castellanos únicamente a evangelizarlos y a enseñarles

Orellana pasó meses preparando la nueva expedición, descubriendo que en Sevilla no había mucha gente dispuesta a ir al Amazonas. Tuvo que reclutar a portugueses y, falto de dinero, también a genoveses, quienes normalmente no tenían problemas con la banca. Parece que el extremeño veía incompleta su vida y quería perpetuarse, así que en noviembre de 1544 se casó, con la sevillana Ana de Ayala, quien aceptó ir con él a Nueva Andalucía, no se sabe si de luna de miel, y "una o dos cuñadas" (!). Esto dio mala fama a Orellana. 

Aunque para aquel entonces, el de Trujillo estaba en boca de todos por contratar a más marineros extranjeros, ahora alemanes y flamencos, incluso ingleses, indignando a los castellanos, quienes por otra parte no parecían implicarse demasiado con la empresa, empezando por la Corona, que no consintió en dotar de cañones a los barcos, pese a las peticiones de Orellana, quien sabía que los indios guerreros no se amedrentaban ante las espadas y las ballestas, toda vez que los arcabuces eran lentos y no siempre respondían.   De hecho la expedición estuvo a punto de cancelarse.   La polémica le rodeaba, pues cuando por fin partieron los cuatro buques con más de 400 hombres a bordo, en mayo de 1545,  al parecer llevaban poca agua potable y la popa de su nave iba llena de mujeres. Orellana el libertino. 

En Tenerife se demoraron dos meses y en las islas de Cabo Verde otro tanto, donde,  además de un barco, perdieron a un centenar de los tripulantes por una epidemia, seguramente por el agua corrupta.
No parecía un buen presagio, pero las órdenes del extremeño fueron tajantes,  y cuando por fin cruzaron el océano en noviembre, otro buque con 70 almas se perdió, llegando ya sólo dos al estuario del Amazonas.   

Orellana, acaso alterado por el trópico y fascinado por el gran río y el paraíso selvático del interior, hizo caso omiso de los ruegos de descanso y mandó remontar el Amazonas, ahora sí. Pronto faltaron los alimentos y se hubo de recurrir a los caballos y perros, muriendo medio centenar de marineros más. También se hundió otra carabela a causa de las corrientes, por lo que tuvieron que refugiarse en una isla donde fueron bien recibidos por los indios. Como en otros tiempos, se construyó un bergantín donde marcharon río arriba Orellana, su mujer y algunos hombres más, dejando al resto en la isla. Este último grupo acabó haciéndose otro barco y fueron en busca de su líder, en vano, pues no vieron ni rastro.  Una noche quedaron atrapados en un manglar y  enloquecieron a causa de los mosquitos, pero  supieron sobreponerse,  encontraron alimentos  y  salieron al ancho océano, atracando en las conocidas y tranquilas costas de Venezuela. Allí se les unieron Ana de Ayala y 25 supervivientes. 

La mujer relató que Orellana, después de meses perdido en el marasmo selvático y aquejado de una enfermedad, abandonó el proyecto de la Nueva Andalucía y se puso a buscar oro y plata como un poseso. Pero había labores más urgentes, pues el metal precioso no saciaba el hambre; en esa empresa vital estaban cuando les cayeron encima contingentes de indios, que les asaetearon como a tapires, perdiendo a buena parte de su gente.

Entre ellos, el propio Orellana, que moriría poco después, no se sabe si por las heridas, o aquejado de la fiebre del  "infierno verde", en noviembre de 1546, a  los  35 años. Su fiel y valiente mujer lo haría enterrar bajo un árbol, a la orilla de ese río de ríos al que su marido dio a conocer a la Cristiandad, capitaneando el primer descenso conocido desde las cercanías de los Andes. Así acabó sus días el tuerto de Trujillo y allí dormiría el sueño eterno.  Sus huesos se fundirían pues con el lecho y las aguas del Amazonas, la corriente que le daría longeva fama, perpetuándose en la historia. 

Actualmente es fácil adoptar la postura indigenista y ecologista, y argumentar que de qué ha servido el "descubrimiento" del río y de la selva amazónica, cuando por todos son conocidos los pros y las contras, sobre todo las contras, de la expansión del "hombre blanco" y "mestizo"  y del "progreso", la cual ha dado al traste con un buen número de ecosistemas y espacios naturales, y ha integrado, no siempre con su consentimiento, a los indígenas en el mundo contemporáneo. Sí. Probablemente tenga razón esa postura, como también es cierto que, si ahondamos en esos supuestos donde todo es relativo y devaluable,  la historia de la humanidad no vale un pimiento, y deberemos poner fin a nuestra vida para acabar con esta farsa.

Farsa o acontecimiento del que renegar, o no, lo cierto es que el Amazonas siempre ha existido, desde el principio de los tiempos. Y en una época fascinante y excesiva, cuando el mundo era más amplio y todavía existían tierras  para buscar un nuevo horizonte y donde el habitante no conocía nada del visitante (y viceversa), Francisco de Orellana y un puñado de locos castellanos, tan valientes como codiciosos, se atrevieron a descender por un enorme  y voraz río luchando por su vida, empleando ocho meses en salir de un "infierno verde", en cruzar un reino paradisíaco e inhóspito donde los reyes eran aún los árboles  y sus siervos, hombres y animales desconocidos. Una odisea desde el corazón de las tinieblas.



Para saber más y mejor:

-  Carvajal, Gaspar de:  Descubrimiento del Río de las Amazonas, 1542.

-  Thomas, Hugh:  El imperio español de Carlos V, 2010. 

23.3.15

La historia del hombre que iba en busca de canela y descubrió el Amazonas (I)





El Amazonas. Paranaguazú,  Río Mar, Marañón o Solimôes para diversos pueblos indígenas.   Tradicionalmente se ha considerado como el segundo río más largo del mundo,  después del Nilo (6.700 km), aunque recientes investigaciones han averiguado una mayor longitud de la estimada, pues al parecer nace no muy lejos de Cuzco, Perú, en el Nevado Mismi, a  5.000 metros de altura; por tanto, pese a  discusiones y debates,  estaríamos hablando de más de 7.000 kilómetros de corriente hasta su desembocadura en el Océano Atlántico. 

Donde no hay dudas es en su caudal, el mayor del planeta (no en vano aporta la quinta parte de agua dulce de la Tierra)  y superior al de los doce ríos más largos del mundo...juntos (Nilo, Yangtsé, Mississippi-Missouri, Yenisei, Amarillo, Obi, Mekong, Congo, Amur, Lena, MacKenzie y Níger). Su enorme cuenca hidrográfica roza los 7  millones de kilómetros cuadrados, por lo cual toda Europa si exceptuamos Rusia, cabría dentro. 

De la magnitud del Amazonas también debe decirse que en su estuario, donde existe una isla tan grande como Suiza, hay una distancia de 350 kilómetros entre las riberas; que con las crecidas su cauce puede ensancharse hasta los 50 kilómetros;  que en algunos tramos alcanza los 300 metros de profundidad; que es posible llegar en barcos de más de 9.000 toneladas hasta la ciudad de Iquitos, a  3.300 kilómetros de distancia del Atlántico;   o que el agua es dulce hasta más de 400 kilómetros mar adentro, algo aún más impresionante si se tiene en cuenta que las corrientes en esta zona del océano se dirigen hacia la orilla. 

Sirva toda esta barahúnda de datos, fríos como son los números, pero muy elocuentes, para comprender las dimensiones legendarias del Amazonas, el "río de la humanidad" como se ha llamado alguna vez. Hablar del Amazonas es hacerlo también de la selva amazónica, uno de los últimos reductos de la naturaleza pura y virgen de nuestro planeta, acaso el más importante, pues aquello de "pulmón verde" queda totalmente justificado en este caso: la Amazonía actúa como un enorme limpiador de aire mundial, succionando más cantidad de CO2 del que emite, aunque recientes investigaciones revelan que absorbe la mitad que hace 25 años. Muy preocupantes datos acerca del gran y postrero paraíso natural de la Tierra, donde hay miles de especies animales y vegetales aún sin catalogar, y donde aún existen comunidades y tribus de humanos que han tenido y tienen poco o ningún contacto con el hombre moderno. Un lugar, pese a décadas y décadas de industrialización y contaminación, con regiones aún inhóspitas donde la naturaleza aún tiene la última palabra, y donde no basta ir con todos nuestros adelantos y comodidades; baste recordar que el televisivo Jesús Calleja, tan aventurero él, estuvo a punto de no contarlo hace un par de años en una de sus "expediciones". 

Debería ser labor de todos los gobiernos implicarse y poner cartas en el asunto para evitar que también el Amazonas se vaya al garete, pero ya se sabe que si no hay dinero de por medio, nada se hará. Únicamente cuando ya sea demasiado tarde. Así es el ser humano. 

Y ahora hagamos el esfuerzo y retrocedamos unos siglos, porque hablar del Amazonas, es hacerlo, desde la óptica occidental y española en particular, del hombre que lideró el primer descenso conocido por el inmenso río. Volvamos a esos tiempos fascinantes y excesivos de aventuras, exploraciones, codicia, descubrimientos, pasión, vida y muerte. Volvamos  a los tiempos de Francisco de Orellana. 

Orellana no era alguien sedentario que esperase sentado la llegada de la fortuna. Había nacido en torno a 1511 en Trujillo, y  era pariente no lejano de Francisco Pizarro y por tanto también de Hernán Cortés. Hidalgo empobrecido, su horizonte era tan prometedor como contemplar las piaras de cerdos y las encinas en lontananza, y eso para alguien tan ansioso como un conquistador de los primeros tiempos era desesperante. Con 16 años ya está en Sevilla con la intención de embarcar hacia las Indias. No sobraban en puerto hombres arrojados y poco después ya lo tenemos en Nicaragua. Luego se enroló en la empresa de su primo, el mayor de los Pizarro,  quien en su tercer viaje al Perú (1530)  acabaría disputándole el reino inca a Atahualpa. Fue en esa guerra de conquista donde Orellana perdería un ojo, y además se distinguió por su valor y fiereza, tanto en la batalla, como con sus propios compatriotas, pues hizo quemar a dos españoles acusados de sodomía, a quienes también confiscó sus bienes. 



También era famoso por ser uno de los conquistadores más exitosos en lo relativo a la economía y las tierras, y sus beneficios monetarios iban en constante alza. Pero siempre pueden ir a más, sobre todo si tenemos en cuenta que estamos en las tierras de El Dorado y de otros "reinos"  legendarios, donde el oro es tan abundante como las hojas de los árboles y los reyes se cubren el cuerpo con polvo áureo.  Durante cientos de años bastó una palabra, Dorado,  para encender el ánimo de hombres de diversas naciones en pos de un sueño, tan maravilloso como materialista. Muchos indígenas supieron darse cuenta  con picaresca  que, a poco que estimulasen la codicia de los españoles con unas piezas de metal precioso como cebo  junto a unos testimonios más o menos fantasiosos  que sonasen verídicos,  podían fascinar y  alejar a los conquistadores, por un tiempo al menos, de sus dominios, en busca del ansiado oro. 

Éste es un factor importante en el éxito de las asombrosas empresas españolas de exploración y conquista en las Indias y en los océanos; al elemento "por cojones", tan ibérico, se une el propio afán de superación, tanto personal como nacional (pues franceses, ingleses y portugueses ya estaban reclamando su porción de pastel en la carrera americana) , pero también la codicia y el ansia de riqueza para salir de la miseria. La búsqueda de oro, fundamentalmente, y  también de plata, piedras preciosas y joyas, supuso un acicate considerable, en ocasiones el principal, y a la vez la mayor causa de perdición. Si los castellanos hubieran tenido la certeza, o hubieran recibido abundantes noticias de, por ejemplo, un Reino Dorado en la Antártida, por supuesto más de una expedición se habría lanzado hacia allá, y probablemente la cruz y la bandera castellana se hubiera plantado en el Polo Sur, aunque fuera sólo un viaje de ida. 

Y así, en cuanto Orellana escuchó historias  sobre el País de la Canela, conocido tanto por el árbol canelo de donde se extrae la especia como por el oro contante y sonante, se puso manos a la obra para acudir presto a esa interesante tierra, aunque en lo que menos pensase sería en el condimento que le echamos a las natillas. 

Con todo, la iniciativa correspondió a Gonzalo Pizarro, nombrado gobernador de Quito  por su hermano mayor, Francisco, el conquistador de Perú. En febrero de 1541 se marchó de  la hoy capital ecuatoriana con casi dos centenares de españoles y más de un millar de porteadores indígenas, además de un buen número de bestias de carga, perros de guerra y cerdos. Cruzaron las altas cimas andinas, por encima de los 5.000 metros, muriéndose de frío más de 100 indios, y descendieron camino de la llanura.  La expedición había abandonado la seguridad y el aire limpio de la cordillera, internándose en la  agobiante y densa selva amazónica.

Pizarro se encaminó hacia el este, dando con un caudaloso y zigzagueante río, el Napo (afluente del Amazonas, pero eso aún no se sabía), por aquel entonces Río de la Canela, pues téoricamente se encontraban ya en tierras de ese árbol, y allí se establecieron tranquilamente y sin problemas  unas semanas, en el lugar de Quema, a centenares de kilómetros  de los Andes.  Fue a finales de marzo cuando se unió Orellana, alcanzando la posición de Gonzalo. En principio se había asociado para este viaje con el menor de los Pizarro (casi de su misma edad e igual o más ambicioso que él), pero Orellana, como capitán general, había sido requerido por Francisco para pacificar y reconstruir ciudades como Puerto Viejo y Santiago de Guayaquil (actual Guayaquil). En relación con todo esto se daba la circunstancia que, en esta época, en virtud de los descubrimientos y conquistas precedentes, ya se comenzaba a querer averiguar la distancia entre el Perú y el "mar del norte" (el Océano Atlántico).

Orellana entró en Quema con menos de 25 castellanos, medio muertos de hambre y pobremente equipados. Dado que este lugar se encontraba en una apacible sabana, los recién llegados se quedaron descansando mientras Pizarro marchó a buscar tierras fértiles y alimentos,  que empezaban a escasear. Tras unas entrevistas poco diplomáticas con los caciques indios de las tierras vecinas, Gonzalo averiguó que más hacia el este existían pueblos de "gente vestida". En el camino encontró algunos canelos y, en efecto, asentamientos de indios tapados con ropajes, a quienes quitó cierto número de canoas, toda vez que parecía claro que lo más conveniente era adentrarse en el río en busca de nuevas tierras. 

Pizarro mandó construir un bergantín que acompañase a las canoas donde irían los pertrechos, armas y víveres. Aunque Orellana no estaba de acuerdo, era el segundo de a bordo y enseguida se puso a cooperar en la construcción del barco, para el cual, en plena selva, se usaron buenas maderas, lianas (para las cuerdas), resina y hierro.
El nuevo bergantín San Pedro fue botado y comenzó a navegar, llegando a la confluencia del Napo con el Coca. Una parte de la expedición, así como los enfermos y la mayoría de los víveres quedaron en la embarcación, mientras Pizarro, Orellana, el resto de españoles  e indios y los caballos siguieron por tierra sin perder de vista el turbulento Napo. La maleza era espesa e inquietante y se encontraban pocos víveres.  40 días de escaso éxito y cientos de kilómetros de camino después, apenas quedaban alimentos. 



Orellana,  que tenía ya un buen dominio del quechua, informó a Gonzalo Pizarro acerca de que los guías indios le habían dicho que la siguiente región era realmente extensa además de deshabitada, y sin víveres hasta llegar hasta un "gran río", el Marañón, que no quedaba demasiado lejos. 
El de Trujillo se ofreció al menor de los Pizarro para ir en el bergantín para buscar esos alimentos de los que hablaban los indígenas, mientras el resto de la expedición se quedaría en la confluencia del Napo y el Coca. Gonzalo confiaba en Orellana, pues aparte de pariente y amigo se había mostrado leal tanto con él como con sus hermanos Francisco y Hernando en la empresa peruana.  Así pues, Pizarro se quedaría en dicha confluencia, mientras Orellana  y unos 60 hombres (capellán incluido)  marcharían en el San Pedro más diez canoas amarradas, con la condición de regresar en dos semanas. Pero nunca lo harían.

Cargados con los ropajes, los jergones, las armas, las municiones y algo de alimentos, la emprendieron río abajo a finales de año  y al segundo día todo estuvo a punto de irse al garete cuando el bergantín chocó contra un enorme tronco caído en el río, aunque por suerte la ribera estaba cerca y pudo arreglarse. El Napo era ya a estas alturas un poderoso cauce de más de mil metros de ancho, cuyas rápidas aguas llevaban a Orellana y compañía mediante etapas de 100-120 kilómetros diarios; un primitivo rafting por territorios completamente desconocidos. Pasados tres días, no vieron ningún asentamiento y la comida empezaba a escasear, cayendo además en la cuenta que debían estar ya muy alejados de la posición de Gonzalo Pizarro, por lo cual la preocupación pasó a ser cómo remontar la tremenda corriente contra la que habían de remar. 

Fray Gaspar de Carvajal, el capellán y cronista de la expedición, dejó escrito que desde el primer momento estaba clara la disyuntiva de  elegir entre dos opciones: una, al parecer la mayoritaria,  era continuar dejándose llevar por el río, y la otra era tratar de ir contra el Napo en busca de Pizarro, algo que se consideraba una muerte segura pues el San Pedro no era ningún galeón construido en los astilleros.  Volver por tierra parecía otro suicidio, dada la densidad de la selva y el desconocimiento del terreno. 

Por tanto, continuaron, sin tener ni idea de lo que se encontrarían en el siguiente meandro. Imaginaban que el río acabaría llegando al mar, pero nadie sabía cuándo ni dónde. Lo maravilloso y lo terrible de estos tiempos de mapas precarios y con zonas en blanco,  cuando aún faltaban siglos para el satélite y el GPS, y la naturaleza conservaba todo su poder.

Pronto no quedó nada más que un poco de maíz, y llegó el momento de cocer cuero, el cual, para darle más sabor, se sazonó con hierbas de la zona, pero nadie sabía cuáles eran comestibles,  y algunos sufrieron intoxicaciones y alucinaciones, quedando "sin seso" , como se decía entonces. La precaria dieta al menos contaba con cantidades ilimitadas de agua, ya fuera del río o de la lluvia.  El vino era celosamente guardado por el capellán para poder celebrar misa.

Poco después del día de Año Nuevo de 1542, los españoles escucharon a lo lejos el tam-tam de unos tambores, algo bueno o malo, según se mirase. Después de varias semanas sin ver nada,  por fin toparon con cuatro canoas llenas de indios, y poco después pararon en un poblado.  Orellana se dirigió en quechua al consejo de ancianos, para tranquilizarlos a todos y mostrar sus buenas y pacíficas intenciones. El jefe quiso saber de qué tenían necesidad, y el extremeño sólo pidió comida. 

Por una vez fue un feliz encuentro entre culturas, y los castellanos disfrutaron de todo un banquete en medio de la selva; el menú consistió en un surtido de carnes, bastantes clases de pescado, maíz, yuca y batatas. 
Después de la sobremesa tocaba hablar de temas más serios, y  Orellana, fiel a Pizarro hasta el final, dejó claro que pretendía remontar la corriente para reunirse con Gonzalo, aunque fuera difícil. Pero la mayoría de los 50 españoles se negaron, pues lo contemplaban como una muerte segura, viendo, por un lado,  la endiablada fuerza del Napo, las lluvias y las características del San Pedro, y por otro, la oscuridad de la jungla. Tampoco querían parecer unos traidores, y se mostraron dispuestos a obedecer a su capitán, siempre que fuera una alternativa donde la vida fuera una opción. Por último, muchos dejaron sus ideas por escrito, que consistían en declarar que estaban realmente lejos del lugar del gobernador Pizarro y hacia él no podía llegarse ni por tierra ni por agua. 

Firmaron el documento y el 5 de enero de 1542, un acorralado Orellana llamó al escribano Isásaga para declarar que, en contra de su voluntad, la expedición seguiría río abajo, sin olvidarse de Pizarro y los demás, por si aún los alcanzaban, pues tampoco era del todo descartable que éstos construyesen otro navío. Esta escena ante notario, en medio de las soledades de la selva, a miles de kilómetros de la civilización europea, bien puede ser una de las más peculiares y sorprendentes de la aventura española en América. 

Después de tomar posesión de ese pueblo en nombre del rey Carlos, de bautizarlo como Victoria, y de descansar holgada y tranquilamente (demasiado al parecer de Carvajal) la expedición partió el 2 de febrero, Napo abajo. Las aguas, turbulentas y oscuras, dejaban poco margen para la maniobra, y cayeron en una zona infestada de mosquitos; si el aire picaba, el río estaba infestado de caimanes y pirañas.  Poco después, un simpático cacique les visitó, trayendo algunos manjares como tortugas y papagayos. El 11 de febrero los españoles desembocaban en el Amazonas propiamente dicho, ese "gran río" o "Marañón" del que hablaban los indios; en aquel momento era sólo el río grande. No se encontraban muy lejos de la actual ciudad peruana de Iquitos. 

Las siguientes paradas fueron igualmente pacíficas, y en un lugar recibieron de nuevo tortugas, también perdices, y  platos nuevos como manatí o gato asado. Orellana, en calidad  de capitán versado en quechua, soltó un parlamento a los indios, tan habitual en estas circunstancias, en el cual les dijo que los españoles eran cristianos y vasallos del "emperador de los cristianos, gran rey de España, y se llamaba Don Carlos, nuestro señor", y añadió que "éramos hijos del Sol". Esto último pareció agradar a los indígenas, mientras se preguntaban quién sería el tal Carlos. 

A estas alturas el San Pedro estaba maltrecho y el extremeño mandó construir otra embarcación. Materia prima no faltaba, y en algo más de un mes estuvo terminado el bergantín, con todo el mundo manos a la obra, dirigidos por el carpintero Diego Mexía.
Ya era mayo cuando los dos barcos de la expedición  navegaban prestos por el río, cada vez más enorme. Se ensanchó de tal manera que no hubo manera de atracar, pues además las riberas o eran muy inestables o demasiado altas, y se durmió muy poco. Como las paradas eran  imposibles, comenzó a faltar comida que manducar. Cierto día se pudo abatir un buitre con la  ballesta y pescar en el agua un enorme pez, que supo a gloria. Pero a partir de ese momento sólo se comió maíz tostado con hierbas. 

El 12 de ese mes, en cierto punto apareció de repente una escuadra de canoas repletas de guerreros indígenas. Por desgracia no toda la expedición consistió en españoles e indios tocándose el rostro al son de la música de La misión, y Orellana hizo preparar los arcabuces, pero con tanta humedad éstos habían quedado inutilizados; así, se recurrió a las ballestas y las espadas, produciéndose un confuso enfrentamiento donde más de 20 castellanos cayeron al agua en una lluvia de lanzas y flechas. Orellana y  su segundo Alonso de Robles reaccionaron, y junto a otro grupo asaltaron un poblado al borde del río para llevarse víveres, contraatacaron y pudieron embarcar de nuevo, pese al acoso constante de los guerreros. 

Algo más abajo llegaron a la región de Omagua, donde fueron bien recibidos pese a que ya  la lengua quechua, un seguro de vida, no les sirviese de nada pues se trataba de otras etnias y culturas. La expedición pudo contemplar ídolos gigantes y excelentes piezas de alfarería. Además, los indios acogieron a los extranjeros en sus casas, como si fuera lo habitual, pese a que nunca habían visto a un hombre "occidental"; el ser humano puede ser maravilloso. 

Pero debían continuar dejándose llevar por la contundente melodía del río, y vieron asombrados grandes poblados donde la gente vivía en cabañas en los árboles, a salvo del agua. No siempre se detenían, y unas veces eran recibidos a flechazos, otras conseguían comida de buen grado , y en algunas ocasiones los indígenas simplemente huían de su vista. Así llegaron a lo que hoy es la ciudad brasileña de Manaos, donde el Amazonas recibe a uno de sus principales afluentes, un enorme río de aguas oscuras, "negras como tinta", que asombró y desconcertó a los expedicionarios. Lo bautizaron como Negro, el nombre que aún lleva una de las corrientes más caudalosas del planeta (para hacerse una idea, contiene más líquido  que el Mississippi y el Nilo juntos). 

                           El  llamado "Encuentro de las Aguas", de los ríos Negro y Amazonas.


El viaje continuaba tras el aporte del río Negro, y esta vez dieron con poblados variopintos, uno donde había  torreones  y templos dedicados al Sol , y otro donde, por señas, supuestamente entendieron de los indios que los hombres eran tributarios de las mujeres y que una "gran señora"  mandaba sobre toda la región. No tardaron  en comprobar si era verdad o mentira, porque en otra gran confluencia, en este caso la del Amazonas juntándose con el Madeira (un "arroyo" de 3.000 kilómetros), los españoles fueron atacados sin cuartel con flechas y dardos, en ambos casos envenenados, que dejaban seco a un infeliz  en pocos minutos. Fue en esta batalla donde también se vieron frente a diez mujeres desnudas, altas, de piel blanca y cabeza grande, el origen de que el  "río grande" acabara conociéndose como "de las amazonas" (aunque durante un tiempo se llamó "de Orellana" o "Marañón"),  pues el capitán y otros testigos afirmaron que se habían enfrentado a guerreras féminas, como las del mito griego, y al igual que Colón o Cortés décadas atrás. 
Más allá del típico recurso a los clásicos grecolatinos, nunca se supo, y tal vez nunca sabremos, si realmente los españoles se enfrentaron a mujeres guerreras o simplemente se trató de hombres con el cabello largo. 


Más adelante Orellana y sus amigos supervivientes se dieron cuenta que el río empezaba a tener corrientes y comprendieron que ya no estaban lejos del mar. Además la vegetación fue aligerándose y ante la abundancia de islas, estaba claro que ya se encontraban en el enorme estuario del Amazonas; la inmensa corriente volvía inútiles las anclas, arrastrándolos,  despertándose en otro recodo distinto al del descanso. Así, un bergantín quedó dañado por un tronco mientras el otro quedó varado, donde fueron atacados por más indios. Tras rechazarlos, arribaron a una playa donde repararon los barcos, usando las mantas como velas. En cuanto a la comida, sólo pudieron echarse al estómago las pocas caracolas y cangrejos que pudieron recoger, aquejados de dolores, cansancio, hambre y fiebres. 


Y al fin, el mar. No es fácil imaginarse la sensación de euforia que debieron experimentar los españoles, después de meses y meses navegando por un río de aguas procelosas y traicioneras, en medio de una selva tan maravillosa como oscura y demencial, donde por las noches sentían clavados en ellos  los ojos, los alaridos y los cantos de miles de animales desconocidos, como desconocida era la tierra circundante. Sí, en no pocas ocasiones disfrutaron de la hospitalidad de las tribus indígenas, pero en otras hubieron de luchar por su vida a bordo de ese desquiciado crucero,  cuando no era el agua misma la que los engullía, donde no se  sabía qué deparaba el próximo meandro del río.

Pero al fin, el mar. 244 días después de separarse del campamento de Pizarro, un 26 de agosto de 1542, Orellana y sus hombres sintieron en el rostro la brisa marina,  con el vapor selvático impregnado en cada poro de su piel desde enero.  Ya estaban saliendo de ese "infierno verde" al que se refirieron otros viajeros y cronistas. Habían perdido a 14 hombres, pero el mar del norte (el Atlántico) se abría ante ellos, saliendo por las bocas de  la Mar Dulce que ya  hubiera descubierto Vicente Yáñez Pinzón en el año 1500.


Por cierto, ¿qué había sido de Gonzalo Pizarro, a casi 4.000 kilómetros de distancia? 

(Continuará)