7.7.15

La increíble odisea de Francisco de Cuéllar en Irlanda


          Costa norte de Irlanda.


 A finales de septiembre del año de Nuestro Señor de 1589 desembarcaba en Dunquerque un capitán español con una camisa por toda vestimenta y posesión. Medio cojo y maltrecho, se llamaba Francisco de Cuéllar y estaba vivo de puro milagro, después de haber superado toda clase de avatares tras el naufragio de la "Grande y Felicissima Armada" (la Armada Invencible) en las costas de Irlanda, siendo perseguido y apaleado como una alimaña por los ingleses en el norte de la verde isla.

Casi acaba sus días allí, pero estaba vivo y coleando y pardiez que iba a contar su historia, escribiendo un memorial a su rey,  Felipe II. La misiva ("Carta de uno que fue en la Armada de Ingalaterra y cuenta la jornada")  fechada en Amberes el 4 de octubre de 1589, no sólo es un extraordinario relato de primerísima mano acerca del heroísmo, la lucha por la vida, las  desgracias, las creencias religiosas  y la crueldad;  también es una valiosa fuente sobre las peculiaridades de Irlanda a finales del siglo XVI, e incluso sobre las relaciones entre seres humanos, que poco o nada han cambiado desde el amanecer del hombre. 

Mucho se ha escrito y debatido sobre cuál fue la mayor causa del desastre -que no derrota- de la Gran Armada que el tonante Felipe II enviara a Flandes para embarcar a los tercios con el objetivo último de invadir la hereje isla y derrocar a la reina Isabel: el tamaño de los navíos, los errores del comandante en jefe, el duque de Medina Sidonia,  la falta de pericia de los mandos castellanos (la misteriosa muerte del mítico Álvaro de Bazán unos meses antes supuso un duro golpe), la destreza (y la potra)  de los ingleses o, una de las más convincentes, la desigual calidad de los 120 barcos españoles junto al temporal que dispersó  a dichos galeones, urcas, naos y carabelas. Por mucho que se lamentara amargamente el rey ("yo envíe a mis naves a luchar contra los hombres, no contra  los elementos") bien es cierto que la responsabilidad de mandar la arriesgada expedición en verano fue en gran parte suya, aunque en su honor debe decirse, como afirma Geoffrey Parker, que demostró estoicismo y  no buscó chivos expiatorios. 

Teorías y confabulaciones aparte (cómo hubiera cambiado la historia de Europa de haber triunfado la empresa y etcétera, aunque poco se habla del vergonzoso gatillazo inglés de la Contraarmada en La Coruña y Lisboa al año siguiente, o de las nulas consecuencias para la Monarquía Hispánica de la "derrota" de 1588), lo cierto es que el fracaso de la Armada dejó a los miles de hombres embarcados abandonados a su suerte, en otra historia española tantas veces repetida. Además, bloqueados en el Canal de la Mancha por los ingleses, Medina Sidonia tomó la decisión de volver a la Península bordeando Escocia e Irlanda, con el plus de peligrosidad que ello suponía, primero por el largo viaje y segundo por la probabilidad de tormentas, con el añadido del tremendo frío del Atlántico Norte. Un tercio  de los navíos españoles  se perdieron o se hundieron en las procelosas aguas del océano y más de 15.000 hombres dejaron este mundo, ya fuera por el clima, las enfermedades, el hambre o la mar. Una reducida cifra de soldados sobrevivió a los naufragios frente a las costas de Irlanda. Entre ellos se encontraba Francisco de Cuéllar, capitán del San Pedro, de 24 cañones.



Poco se sabe de su origen y de su vida. Por los datos que se pueden leer en diversos documentos, habría nacido entre 1560 y 1564 en algún lugar de Castilla,  posiblemente en el triángulo entre Segovia, León y Extremadura,  a juzgar de ciertas expresiones  escritas suyas. En 1581 tiene su debut bélico en Portugal, y luego lo tenemos batiéndose el cobre en importantes batallas como la de la Isla Terceira (la Tercera) en 1583,  y en varios viajes a las Indias, llegando hasta Brasil y al remoto cabo de Hornos. En 1588 ya era pues, pese a su relativa juventud, un soldado no precisamente novato, tan abundante en estos tiempos fascinantes y violentos; también eran frecuentes los militares bravos, levantiscos, de lengua fácil y pendencieros,  y de Cuéllar no fue una excepción, pues de hecho estuvo a punto de ser ahorcado en el transcurso  de las operaciones de la Gran Armada, por, al parecer, desobedecer órdenes en medio de los combates en Calais, en una acusación contradictoria. La posterior desbandandada de los barcos y la intervención de un auditor le salvaron del patíbulo.

Como milagrosamente salvaría de nuevo la vida en el Atlántico. Un espantoso temporal, con "la mar por cielo" quebró su navíoterminó de hundirlo y lo encaminó a la vorágine marina en una turba de agua salada y  madera.  De pura intervención divina pudo pensar que salvó la vida, pues de Cuéllar, como la mayoría de embarcados, no sabía nadar, pero se agarró a un pedazo del galeón y alcanzó la orilla.  Nuestro capitán se encontraba maltrecho, ensangrentado  y ahíto de agua, pero vivo, besando la arena irlandesa. Apenas pudo reponerse, pues ingleses e irlandeses (a éstos se refiere de Cuéllar como "salvajes", tal vez porque le recordaban a los indígenas del Cono Sur) estaban al quite de los naufragados y se echan encima, a rematar a los heridos que conseguían salir del mar y a robarles los ropajes y  las alhajas. Al parecer, tan lleno de sangre y desnudo estaba Francisco, que lo tomaron por muerto, y por suerte para él, de nuevo, no le tocaron. 

Vomitado por la mar, el desdichado capitán había vuelto a la vida, pero comenzaban sus penalidades. Duro fue el panorama de ver a cientos y cientos de cadáveres de compatriotas tirados en la playa, en cueros y bañados por un agua rojiza.  Como duro era  sentir el intenso frío, en el cuerpo y en el corazón,  tanto por las bajas temperaturas como por  saberse abandonado en tierra hostil. Irlanda era por entonces una isla aún más bella que en la actualidad, pero también más inhóspita, pobre y rudimentaria, con la cruel añadidura de un ejército de ocupación: el inglés. 

Con los huesos entumecidos y el cuerpo hecho un escombro, de Cuéllar vio que anochecía y se cobijó en un cañaveral, cuando se le acercó otro castellano, también medio desnudo, incapaz de hablar por la impresión y las heridas. El temporal fue amainando, pero no así el dolor y el hambre de los dos infelices. En esto se acercaron un par de irlandeses armados, quienes,  en un detalle de humanidad "se dolieron de vernos, y sin hablarnos palabra cortaron muchos juncos y heno, nos cubrieron muy bien y luego se fueron á la marina á descorchar y romper arcas, y lo que hallaban, á lo cual acudieron más de 2.000 salvajes y ingleses que había en algunos presidios por allí cerca" . Poderoso caballero es Don Dinero y poderosa es la codicia del hombre, en general, pues si los ingleses se mostraron avariciosos e implacables con los naufragados enemigos españoles, los procederes de la guerra en gran parte de la historia del mundo indican que si en las costas de España hubieran encallado navíos anglosajones  los lugareños no les hubieran recibido precisamente con un azumbre de vino y una pierna de cordero.

Cuidadosamente ocultos, de Cuéllar y su compañero pasan media noche más mal que bien, cuando despierta al capitán un estruendo de ingleses a caballo terminando de destrozar los galeones. Francisco repara en que su pobre paisano ha muerto y decide abandonar la bahía, no sin pesadumbre al contemplar por última vez los cientos de cuerpos insepultos siendo pasto de lobos y cuervos. Nuestro sobreviviente corre tierra adentro en busca de algún monasterio, pues en tales circunstancias lo mejor era acogerse a sagrado. Cuando topa con una iglesia, la encuentra dañada y quemada, viendo  dentro de ella con horror a 12 españoles ahorcados, por los ingleses, presumiblemente, pues en su calidad de invasores y protestantes no distinguían entre irlandeses y castellanos, ambos católicos. Además, como pudo ver el capitán y así lo atestigua, los herejes fueron derribando las iglesias de los isleños,  convirtiéndolas en "abrevaderos de vacas y puercos". Sin rumbo, se refugia en un bosque donde se encuentra con una vieja pastora  (el capitán se refiere siempre a los irlandeses como "salvajes", aunque más bien el salvaje parecería él, a juzgar por las precarias vestimentas que llevaba) que le reconoce, diciéndole "tú España" (sic), y entendiéndose entre palabras sueltas y gestos, la anciana le conmina a huir de allí pues los ingleses andan cerca, ocupados en degollar españoles. 

De Cuéllar decide volverse a la costa, en cuyas rocas se habían estrellado los galeones, en busca de algún compatriota y de comida, pues ya han pasado casi tres días desde el naufragio. Efectivamente encuentra a dos soldados, heridos y completamente desnudos, escapados de los ingleses. Éstos le cuentan al capitán las penurias y castigos que habían padecido cien compañeros suyos a manos de los enemigos. Francisco decide acercarse al cementerio de la playa para intentar conseguir algo de comida y bebida. Allí vuelve a contemplar los cuerpos inertes que el mar, incansable, sigue expulsando a la tierra. De Cuéllar, reconociendo a algunos amigos, determina enterrarlos y darle sepultura, aunque sea precaria.  Es difícil no conmoverse al imaginarse el panorama que los tres desgraciados, medio desnudos y medio muertos de hambre y frío, calados hasta los huesos y tan lejos de casa, vieron. 

En ello estaban cuando se les acercó un gran grupo de irlandeses, y con ellos se entendieron por gestos (si los españoles poco hablaban el inglés, aún menos el gaélico, y lo mismo puede decirse de los irlandeses respecto del castellano), diciéndoles que estaban protegiendo los cuerpos de sus compañeros de los cuervos, e intentando comer el bizcocho rescatado de los galeones. Algunos hiberneses trataron entonces de maltratar y desnudar (otra vez) a de Cuéllar, pero parece se impuso el buen corazón de uno de los líderes, y los tres españoles marcharon junto a los isleños. 

El supuesto cabecilla acompañó un trecho al trío de naúfragos  y les encomendó dirigirse a su población, a la cual él llegaría pronto, pero más tarde. Descalzos y doloridos, el capitán en particular tenía una herida en la pierna de larga curación, que muchas dificultades le trajo. No pudiendo seguir la marcha de sus dos compañeros, más desnudos y con más frío que él, se fue quedando atrás. Así vislumbró a lo lejos unas casillas de paja, pero en el bosque previo le salieron al paso un viejo irlandés acompañado de su hija, más un inglés y un francés. Extraña compañía esta. El inglés tomó la iniciativa y le lanzó cuchilladas  a nuestro capitán, quien, armado con un simple palo, fue herido en la pierna derecha. Hubiera muerto si no fuera porque al parecer intervinieron la hija y su padre el salvaje, quienes a pesar de todo volvieron a desvalijar al pobre Francisco. La joven irlandesa se apiadó del español y consiguió que los tres hombres le dejaran en paz, si bien robado y desangrado en el bosque. Con todo, la buena familia (dice el capitán que la hermosa joven era "amiga" del inglés)  envió a un muchacho para que le curase la herida de la pierna con un emplasto de hierbas y le diese algo de comida (manteca, leche y pan de avena). 

Algo más restablecido, informaron a de Cuéllar sobre la existencia de un "gran señor salvaje" con tierras y amigo del rey de España (por tanto rebelde y enemigo de los ingleses), quien estaba recogiendo y ayudando a los soldados naufragados; éstos eran ya ochenta. Ilusionado, con renovadas ganas de vender cara su vida y provisto y armado de su palo, el intrépido capitán tomó de nuevo el camino, en busca de ese gran señor, quien tal vez fuera el que le había socorrido en la playa. Se considera que de Cuéllar dio con su barco en la costa de Donegal, al septentrión de la hoy República de Irlanda, y su odisea le llevó por amplias zonas del Ulster, en la actual Irlanda del Norte. 

                       La playa donde se considera naufragó Francisco de Cuéllar. Donegal, Eire.


Esa misma noche y siguiendo las indicaciones de sus benefactores, de Cuéllar llegó a unas chozas donde fue bien recibido, y donde pudo interactuar más o menos bien, pues uno de los lugareños hablaba latín.  Francisco, sin ser culto, no era ningún patán iletrado; de hecho, en una frase reconoce que su increíble narración parece sacada de un libro de caballerías. Así pues, conversaron largamente y el capitán fue de nuevo curado y repuesto gracias a  la rústica gastronomía hibernesa. Al día siguiente y provisto de un caballo y de un joven guía, retoma el camino en busca del gran señor. Se entera que los irlandeses se refieren a los españoles como "España" y a los ingleses como "sasana" (¿tal vez una reminiscencia de  "saxon" ?). Estos sasanas se contaban por miles por toda la isla y buscaban sin cesar a los castellanos, y en su calidad de honorables ingleses venían hostigando a los irlandeses desde hace cientos de años. 

Como un presagio de lo que luego sería el dividido Ulster, la pareja se topó con un grupo de salvajes, pero luteranos, que intentaron por todos los medios matar a de Cuéllar. El buen muchacho les convenció que el español se trataba de un prisionero de su amo, pero a pesar de todo estos irlandeses protestantes le dieron una paliza y desnudaron (otra vez) al pobre capitán. Lo dejaron "en carnes, como nací", y el temeroso mozo decidió volverse a su choza. Una vez más, Francisco de Cuéllar hizo acoplo de su enorme valor y capacidad de supervivencia, y con la ayuda del muchacho se hizo un "traje" con helechos y una estera vieja. Una vez solo, en pos de la vida, que ahora era ese señor protector de españoles, y esquivando a los ingleses, la muerte, recorre los ventosos y solitarios senderos repletos de piedras y fango.

Poco a poco llegó a un lago a cuya orilla se esparcía una aldea de treinta chozas. Anochecía y el villorrio parecía despoblado, y se dispuso a buscar algún lugar donde tumbarse a descansar.  Unos sacos de avena le parecieron recomendables , e iba a acostarse cuando en la oscuridad se acercaron tres figuras medio desnudas que primero se le antojaron diablos, pero una vez disipado el miedo, comprobó con alegría que eran tan desgraciados y españoles  como él. Nuestro Francisco, tras escuchar sus penalidades y armado de más esperanzas que ellos, les informó de la cercanía de las tierras de ese deseado gran señor, de las cuales distaban sólo tres o cuatro leguas. Además los tres soldados se animaron doblemente pues se enteraron de que se encontraban ante el capitán Cuéllar, quien creían ahogado. Tras una frugal cena de moras y berros, el pequeño grupo se escondió, enterrándose en paja, con la intención de descansar. Al menos durante unas horas lo consiguieron, pero pasado ese tiempo, comprobaron que el poblacho no estaba deshabitado pues un buen número de irlandeses fueron llegando...

Con el lógico temor por la experiencia de tantos infortunios y palos recibidos, los españoles sospecharon que podían tratarse de luteranos (y si no lo eran, tampoco nadie les aseguraba su amistad) , no se movieron un ápice de su escondite vegetal y allí permanecieron, sin apenas respirar, mientras el pueblo trabajaba y hacía vida. Cuando llegó la noche se decidieron a salir, bien abrigados con paja y heno para protegerse de la fría luna hibernesa, y emprendieron una nueva huida apresuradamente. 

La suerte volvió a favorecer al afortunado capitán Cuéllar, pues tras superar los peñascos de la incertidumbre llegaron a otro poblacho de mejor gente donde los irlandeses les acogieron con hospitalidad, aunque quizá lo más correcto sería decir con misericordia. Los españoles bien pudieron sentir una euforia revestida de infinito agradecimiento cuando vieron a aquellos extraños y rudos campesinos reunidos en clanes (es fácil imaginárselos como los escoceses e irlandeses de Braveheart, especialmente Stephen el loco), movidos por la caridad cristiana, en particular católica, y hospedando a esos sucios  forasteros recién llegados; de Cuéllar reconoce con vergüenza que su propio aspecto, con el cuerpo rodeado por la miserable estera y lleno de paja, movía forzosamente a la lástima. Allí se encuentran con al menos, 70 compatriotas, también en regular estado.

Al fin habían llegado al pueblo de ese gran señor, que el capitán refiere como "Ruerque" o "Ruerge", un "muy buen cristiano y enemigo de herejes", quien no es otro que Brian O´Rourke, reconocido rebelde irlandés.  Tal señor se encontraba fuera de sus tierras,  Leitrim, pues en esos momentos guerreaba en otro territorio contra los ingleses. Los salvajes le dan a Cuéllar  "una mala manta vieja, llena de piojos", con la cual por lo menos pudo cubrirse. Estos irlandeses también le informan de que en la costa había una nao española que estaba recogiendo a los supervivientes, y el capitán y 20 compañeros se dirigen prestos en su busca. 

Pero una vez más de Cuéllar se muestra favorecido por una suerte increíble, o divina, pues a causa de la herida de su pierna no consigue alcanzar el barco, barco que zarpa y naufraga al poco de su partida, repitiéndose el drama de las semanas anteriores: los españoles que no murieron tragados por el mar, lo hicieron pasados a cuchillo por los ingleses. Pobres infelices. 

El capitán se encaminó nuevamente por las verdes praderas, cuando se encontró con un sacerdote católico que iba disfrazado para despistar a los ingleses. Cuéllar volvió a tirar de su limitado latín y el cura quedó tan complacido que incluso el español pudo comer de las provisiones que el irlandés traía. Éste también le habló de otro líder de clanes y enemigo declarado de la reina Isabel, quien acaudillaba un magnífico castillo; todo un señor feudal, orgulloso e independiente, de esta isla a caballo entre la Edad Media y la Moderna, el cual se aparecía a los ojos de Francisco como una nueva etapa en su frenética peripecia de acorralado. El capitán obedeció al cura, que se quedó atrás, y Cuéllar conoció más adelante a un recio herrero con quien trabajó a la fuerza, durante más de una semana,  como una especie de esclavo. Mas el sacerdote estuvo providencial y rescató al español de las manos del irlandés (ya se sabe el poder de los clérigos sobre el pueblo)  y le encaminó, esta vez sí, a las tierras de ese gran señor. 

Esta vez se trata de MacClancy/MacGlanahie ("Manglana"  para Cuéllar), quien al igual que O´Rourke se distingue por su rebeldía frente al invasor inglés y por su indulgencia respecto de los españoles. Allí el capitán se reencuentra con hasta 10 compatriotas rescatados del océano. Los irlandeses se compadecen del salvaje Francisco, con sus vestimentas pajizas y su salud mermada, y le procuran una especie de manta, al modo del traje típico de la isla. Entre ellos estuvo tres meses plácidamente, estando en buenos tratos con la hermosa mujer del tal MacGlanahie, y también hubo espacio para el humor, cuando las pelirrojas y pálidas isleñas tomaron al latino Cuéllar por un gitano y le pidieron que les leyese la mano. 

Sobre las afinidades entre irlandeses y españoles también se ha escrito mucho, y no sólo en relación con sus alianzas contra Inglaterra, en las cuales les unían especialmente su catolicisimo y su hostilidad al inglés. Pero algunos escritores viajeros han querido ver en el hibernés a un pueblo más similar en carácter al ibérico en comparación con el anglosajón, e incluso consideran al irlandés como el más mediterráneo del norte de Europa. Teorías y realidades aparte, lo cierto es que Francisco de Cuéllar disfrutó por vez primera de manera prolongada en su estancia en la Isla Esmeralda. Además, pudo conocer a sus habitantes con cierta profundidad, y en su carta deja interesantes observaciones sobre sus viviendas, siempre chozas de paja y barro; sobre su gastronomía, por ejemplo, que sólo comían una vez al día y era por la noche, y bebían leche agria en vez de agua, aunque a  él le parecía la mejor del mundo, o que la carne cocida la consumían sin salar; o sobre su sociedad, que da una imagen de un pueblo de melenudos pobre y sufridor acostumbrado a la dureza del clima y del suelo y al hostigamiento de los ingleses; también deja entrever que, pese a su catolicismo, no hay mucha presencia de la ley ("en este reino no hay justicia ni razón, y así hace cada uno lo que quiere")  y que los clanes suelen pelearse entre ellos. Arcaicos y  anárquicos, o no, lo cierto es, y así lo reconoce Cuéllar con gratitud,  que los irlandeses trataron a los españoles como si fueran de su familia. 

Pero tras estos meses de reposo, llegaron noticias de la inminente llegada del gobernador inglés de Dublín, ya bien enterado de la resistente presencia de los españoles en la isla. Con cerca de dos millares de soldados se encaminaba a las tierras de "Manglana". Éste, temeroso, decidió abandonar la fortaleza con su gente para huir a las montañas,  lugares más remotos y por tanto más seguros. El gran señor les invitó a irse con ellos, pero hablar de la soldadesca española en esta época es hacerlo de épica; Cuéllar estaba cansado de interpretar el papel de zorro perseguido por los ingleses, y decidió adoptar el de león.

Junto a nueve paisanos, pensó en  "todos los trabajos pasados, el que nos venía y que para no vernos en más era mejor acabar de una vez honradamente, y pues teníamos buena ocasión no habia que andar huyendo por montañas y bosques desnudos, descalzos y con tan grandes fríos como hacía, y pues el salvaje sentía tanto desmamparar su castillo",  determinó que  "alegremente nos metiésemos los nueve españoles que allí estábamos, en él, y le defendiésemos hasta, morir, lo cual podíamos hacer muy bien".  Puestos a morir, mejor haciéndolo matando ingleses que siendo degollado por éstos.    

La recia fortaleza se ha identificado como las ruinas del castillo de Rosclogher, al sur del lago Melvin, en Donegal, República de Irlanda. Efectivamente las pantanosas aguas del lago proporcionaban protección frente al invasor, y la construcción sólo era accesible por una lengua de tierra. Cuéllar pidió a MacGlanahie víveres, pólvora  y algunas armas, entre ellas, seis arcabuces y otros tantos mosquetes. Con todo, la desigualdad numérica era enorme (puede hacerse una idea quien haya visto la película Templario, la cual, aunque esté ambientada en la Edad Media, transmite lo que es un castillo acosado por una masa muy superior) y a poco que el ejército inglés quisiera mojarse y apretase con fuerza, la casa de "Manglana" no tardaría en caer. Llegados los soldados de la reina Isabel, no dudaron en poner en práctica la guerra psicológica, atronando con sus trompetas y  ahorcando delante de los sitiados a dos españoles, prisioneros desde hacía tiempo, además de lanzar proyectiles. Pero en ese noviembre de 1588 Cuéllar y sus compañeros aguantaron durante 17 días, hasta que un insistente temporal de lluvia y nieve hizo a todas luces imposible el asedio inglés. Derrotado el ejército hereje, tomó el camino de "Duplín". 

Victoriosos los españoles, regresó de las montañas MacGlanahie. Éste, muy contento con sus amigos llegados del mar, estaba tan encantado con ellos que les  colmó de regalos e  incluso ofreció a Cuéllar casarse con su propia hermana, pero nuestro español lo rechazó amablemente; estaba cansado de la vida a salto de mata y sólo deseaba regresar, vía Escocia, a casa.  El experimentado capitán desconfiaba de tanta amistad, y junto a la resistencia de "Manglana" a dejarles marchar, le motivaron a escaparse del castillo una mañana, temprano, junto a cuatro compañeros cuando casi comenzaba el Nuevo Año. De nuevo retoma Cuéllar la senda solitaria, ventosa e incierta, y tras veinte días encuentra otros poblados de chozas donde los lugareños ya no se sorprenden de su presencia, pues le cuentan y le muestran los restos de otros náufragos españoles. 

Más adelante llega a las tierras de un cierto príncipe Ocan ( O´ Cahan), otro salvaje que señoreaba un puerto importante, pero quien, para desgracia de Cuéllar, colaboraba con los ingleses. Mucho se guardó el capitán de la presencia del tal Ocan, y parece que prefirió las compañías femeninas, pues "había unas mozas muy hermosas, con las cuales yo tenía mucha amistad, y entraba en sus casas algunos ratos á conversación y parlar". Conquistador Cuéllar, que sin duda disfrutó de interesantes pláticas (¿en latín?)  con las Isoldas de turno. No todo en Irlanda consistió, para su suerte,  en ser perseguido como un pobre perro. Éste y otros hechos parecen estar relacionados con la historia de los "irlandeses negros", gentes de pelo moreno que serían descendientes de los españoles de la Armada. También otros cuentos relacionan el origen del cultivo de la patata, vital en la historia de Irlanda, al ser traída ésta por los naúfragos.

Volvamos a de Cuéllar, quien no pensaba en patatas precisamente en aquellos momentos, pues los ingleses también se amancebaban con sus amigas y a punto estuvieron de agarrarlo. Vemos de nuevo al capitán como un Rambo, saltando barrancos y metiéndose en espesos zarzales para despistar a los sabuesos de la reina. Tras varias vicisitudes y la ayuda de otra familia irlandesa, Francisco acaba bajo la protección de un benévolo y camuflado obispo católico, identificado como el obispo de Derry (Londonderry), quien había acogido a otros doce españoles con la intención de hacerlos pasar a Escocia, por aquel entonces  católica y aliada de Felipe II. 

Tras otro calamitoso y naufragado viaje en una barca (una pinaza) de varios días recorriendo Setelanda (las islas Shetland) y la costa escocesa, los maltrechos españoles llegaban a Edimburgo, donde estuvieron seis meses viviendo como mendigos, hasta que se hicieron notar y  por mediación del duque de Parma, avisado en Flandes, se pagó un rescate y un mercader escocés navegó hasta Dunquerque. Allí de Cuéllar y sus compañeros estuvieron de nuevo a punto de no contarlo, pues la flota holandesa no los recibió precisamente bien. Pero el capitán, maltrecho y en camisa, estaba a salvo, y por su vida iba a relatar su historia. 

Su famosa carta cayó en el olvido, en un largo olvido,  hasta que en 1884 un militar e  historiador, Cesáreo Fernández Duro, la rescató de las profundidades de la Biblioteca de la Real Academia de la Historia. Aún hoy sorprende por su viveza y por la fuerza del testimonio; aun si se es un incrédulo, es difícil no dejarse llevar por la admiración y el asombro, pero también por la pena,  la compasión o la reflexión acerca de la clásica historia española de unos hombres abandonados a su suerte por el orgullo de un rey enfrentado a una reina aún más maquiavélica. 

Con todo, siendo poco conocido de Cuéllar y su historia en España, no lo es en Irlanda donde incluso es posible seguir las huellas de sus  frenéticos pasos por el norte de la isla, como atestiguan las placas y carteles indicativos. Noble, admirable y agradecido pueblo el irlandés. 

 "De Cúellar Trail" en el norte de Irlanda.


No les salió gratis a los señores irlandeses la ayuda prestada al capitán y a sus desgraciados compatriotas. Brian O´Rourke fue ahorcado y descuartizado en Londres, en 1590, a los 50 años, por traición; entre sus delitos estaba el haber socorrido a los españoles, y se mostró altivo y digno en el cadalso.  MacGlanahie fue finalmente apresado por el lord gobernador de Irlanda, siendo decapitado (tal vez por su alta alcurnia)  en 1591. 

En cuanto al heroico e  intrépido Francisco de Cuéllar, una vez se hubo restablecido de las secuelas de su invierno irlandés, se dejó llevar de nuevo por los vientos de la guerra, y en 1590 ya correteaba por Flandes  y  el norte de Francia a las órdenes de Alejandro Farnesio, duque de Parma. Siempre capitán de infantería,  llegó hasta Saboya y Nápoles, donde se encontraba en 1600. Inquieto y misterioso, en los años siguientes lo tenemos de nuevo en las Indias, y por lo visto cruzó el océano un par de veces cuidando de los galeones cargados de plata. Ya cuarentón, aparece residiendo en Madrid en 1604, pero en 1607 se pierde su pista, pues presumiblemente quería volver al Nuevo Mundo.  Mas no se sabe cuándo y dónde murió y en qué lugar reposan sus restos. 

Es fácil dejarse llevar por el corazón e imaginar, o creer, aunque no tenga ninguna base,  que Cuéllar regresó, en mejores condiciones y guiado por vientos más benévolos, a las brumas de Irlanda, donde en compañía de los campesinos sin leyes  y las  hermosas, simpáticas y parlanchinas mujeres, vivió libremente, bebió en honor de San Patricio, trabajó la tierra y la defendió de los invasores herejes.  Por qué no...  




*******************

Para saber más y mejor:

- Cuéllar, Francisco de: "Carta de uno que fue en la Armada de Ingalaterra y cuenta la jornada", Real Academia de la Historia, Madrid.
- Fernández Duro, Cesáreo:  "Los náufragos de la armada española en Irlanda (1588)", Boletín de la RAH, Madrid, 1890.  
- Girón Pascual, Rafael: "El capitán Francisco de Cuéllar antes y después de la jornada de Inglaterra" (págs 1051-1059). Universidad de Granada. Actas de la XI Reunión Científica de la Fundación Española de Historia Moderna, 2010.  
- Parker, Geoffrey: Felipe II, la biografía definitiva,  Planeta, 2010.  

25.6.15

10 bandas sonoras para no olvidar a James Horner




 La trágica muerte de James Horner en accidente de avioneta supone un duro golpe para su familia y amistades, pero también para sus seguidores en todo el mundo y en general para todos los que amamos la "música de cine". Sin ser el compositor más grande (de entre los que quedan vivos, ese honor sería tal vez para Ennio Morricone y John Williams) ,  pese a su irregularidad y sus etapas de menor popularidad (los 90 fueron su gran época) ha sido un artista versátil y de enorme categoría que ha entregado algunas de las mejores bandas sonoras del cine reciente y que particularmente supusieron y suponen mucho para mí. Acusado por sus detractores (que también son legión) de facilón y comercial, de  autoplagiarse  y de recurrir a las mismas melodías y motivos (cómo olvidarse de su mítico parabará, que cuenta incluso con página de Facebook) también es cierto que su música forma parte de alguno de los mejores momentos del cine.

Una verdadera pena dejar este mundo a los 61 años, y cuando aún podía entregar  trabajos más maduros; baste recordar que los citados Morricone y Williams compusieron Cinema Paradiso y La lista de Schindler, respectivamente, a esa misma edad. Sólo queda ya seguir recordando su música e intentar que no caiga en el olvido, como ocurre con otros maestros tempranamente fallecidos como Basil Poledouris. 
36 años de carrera dan para mucha y memorable música, y para más de una entrada, pero haré un esfuerzo y elegiré sus -para mí- 10 mejores e inovidables obras. Disfrutemos, una vez más, gracias a él.

Que la tierra le sea leve, James (1953-2015).


10- Apocalypto (Apocalypto, 2006). Mel Gibson realizó otra película histórica (o pseudo-histórica) tras La Pasión de Cristo  y  contó con Horner para la banda sonora, una década después de Braveheart.  Aunque no llega al nivel de ésta, tiene momentos impresionantes, a la par con el largometraje de Gibson, con piezas muy en la línea característica de su compositor, en este caso con el añadido de los recurrentes instrumentos indígenas y con la particularidad de la música, casi más propia del cine de terror. Pero con Horner te zambulles de lleno en la fascinante y misteriosa civilización maya.  Frenesí y clímax final:





9El nombre de la rosa (Le nom de la rose, 1986). La gran película de Jean-Jacques Annaud basada en el libro homónimo de Umberto Eco contó con una estupenda banda sonora de Horner, tan inquietante y oscura como la abadía medieval que visita el personaje de Sean Connery. Eran los 80 y el uso de sintetizadores  y aparatos electrónicos parecía inevitable, y hoy quizá se nota desfasado, aunque personalmente me encanta.  Además, Horner lo mezcló con temas corales e instrumentos más tradicionales, entregando una música misteriosa, sí, pero realmente bonita. 





8Willow  (Willow, 1988). Horner también compuso un buen número de bandas sonoras de películas infantiles, tales como Cariño, he encogido a los niños, Fievel, Rex, un dinosaurio en Nueva York, Jumanji, Casper, El Grinch... Aunque me quedo con la música de Willow, esa entrañable película de Ron Howard que tanto nos marcara a niños con tendencia por la fantasía, y cuya banda sonora es de las más conocidas de su autor.  Ya con sólo escuchar la mítica y hermosa fanfarria del tema principal, tan característica suya,  me transporto a la infancia. Gracias por todo, James Horner. 







7Leyendas de pasión (Legends of the fall, 1994).  Película dirigida por Edward Zwick y todo  un  culebrón ideal para ver en alguna tarde ociosa de invierno.  Pese a que tire de lo telenovelero y que Brad Pitt estuviera aún en su etapa de ídolo de carpetas , cuenta con un buen reparto, unas espectaculares escenas de exterior, una preciosa fotografía de John Toll y especialmente una bella e impresionante banda sonora de Horner, que ya desde el primer segundo te ambienta perfectamente en los años 10 del siglo XX. Pastelosa, romanticona y sobrecargada, sí; pero uno tiene su corazoncito. 





6- Tiempos de gloria  (Glory, 1989). Horner ya había colaborado antes de Leyendas de Pasión con Zwick. Se trata de esta muy correcta película basada en hechos reales, acerca de un regimiento de infantería de voluntarios de raza negra que lucharon en la Guerra Civil estadounidense (1861-1865) en las filas del ejército de la Unión. El emocionante tema principal es muy conocido, así como Charging Fort Wagner, un corte vibrante,  muy poderoso,  con claras influencias  del Carmina Burana. Epicidad máxima. 







5Avatar (Avatar, 2009). Estoy dentro del grupo de quienes consideran a la de James Cameron como una película pretenciosa, pastiche de varias y en general un tanto sobrevalorada pese a la belleza de sus imágenes. Más allá de esta muy particular consideración, la música compuesta por Horner es otra gloriosa banda sonora y uno de sus trabajos más grandes, nominado al Oscar.  Intensa, rotunda  y emocionante,  para mí supera a la película. Difícil no dejarse llevar por la enorme fuerza de esta canción, por ejemplo:






4- La máscara del Zorro (The mask of  Zorro, 1998). Una de esas películas (Martin Campbell) que, sin ser una maravilla, resultan muy entretenidas y con gancho. Puro cine de capa y espada,  en la cual hasta Banderas es creíble, aunque el mejor es el gran Anthony Hopkins. Cuestión aparte es su evocadora banda sonora repleta de influencias españolas y  criollas-latinas. Su  tema principal es una maravilla intensa, desgarrada,  con los habituales toques hornerianos, aunque personalmente tengo debilidad por esta pieza de la lección de esgrima:







3- Titanic (Titanic, 1997). Dejando a un lado la locura por Di Caprio (no he vuelto a sufrir en los cines esas bochornosas escenas de chavalas gritando con fervor...o las niñas de antes eran más impresionables o Jack fue realmente irrepetible),  o  la machacona canción de Celine Dion  (aún me recuerdo tocándola con la flauta en el colegio), o  la lluvia de premios, Titanic es un peliculón icónico de los 90 y marcó una época. Muchas de sus escenas aún impresionan, como la banda sonora del maestro James, caracterizada por su romanticismo , sus voces femeninas y sus tonos celtas. Por supuesto, se llevó también el Oscar (y la canción de Celine Dion, compuesta a medias por Horner, otro)  y es uno de los discos más vendidos de la historia. Indudablemente, no sólo es bella, también comunica y mucho. Aún emocionan canciones como ésta, que transmite toda la fuerza del transatlántico surcando el océano, o el precioso y evocador "himno al mar":





2- Krull (Krull, 1983). Uno de los primeros trabajos de Horner, y para muchos su obra maestra, el principio de todo.  Aquí puso música a una de esas aventuras,  tan habituales en los 80, basadas en una mezcla de fantasía y (por influencia de Star Wars)  epopeya espacial. La película tuvo escaso éxito, pero la banda sonora es espectacular, un poderoso vals verdaderamente glorioso, con notas a lo Strauss y desde luego anticipa lo que va a ser su compositor en las próximas décadas Escuchando Krull se entienden muchos temas de su carrera.

 




1- Braveheart  (Braveheart, 1995). Poco más puedo decir de esta película, a la cual le dedicara ya dos tochos hace tiempo. Mención muy especial para su música, con total sinceridad una de las bandas sonoras de mi vida, pues significa mucho para mí  y fue una de las más gratas compañías en las difíciles tardes y noches de la adolescencia.  Parte indisoluble de la excelencia de Braveheart, sin duda el largometraje de Mel Gibson no hubiera llegado tan lejos sin las piezas de Horner, que se fusionan perfectamente con las imágenes. Se quedó sin Oscar, que fue a parar a El cartero y Pablo Neruda.  Sus críticos, aunque reconocen su poder y belleza, la tildan de repetitiva y sobrecargada...¿y qué? Todas, todas sus canciones son apreciables, valen su peso y transmiten toda la emoción, la determinación y  la épica necesarias, desde el muy conocido tema principal, a los de las batallas, o a otros más intimistas como otra de mis debilidades, The princess pleads for Wallace´s lifeO ésta, indescriptible y que me sigue erizando la piel y humedeciendo los ojos como la primera vez:

-"Habéis sangrado con Wallace. Sangrad ahora conmigo."






 Gracias por tanto, eterno James Horner.

22.6.15

"Jurassic World": un digno entretenimiento entre la nostalgia y los píxeles



Mea culpa. Por una vez he pecado de bocazas (aunque no es mi primer patinazo) y hace unas semanas juzgué como "innecesaria" a la cuarta entrega (¡cuarta ya!) de Jurassic Park / Parque Jurásico...

Una vez vista, puede decirse que aunque queda lejos de la vieja e insuperable primera parte, es un entretenimiento muy digno, el cual por supuesto machaca (algo bastante fácil)  a esa desgraciada mierda llamada Jurassic Park III  (2001),   y que incluso -según mi particular opinión, por supuesto-  mejora a la segunda parte (1997), pues con los años he ido viendo con mayor ojo crítico a ese The lost world/ El mundo perdido. 

Siendo sinceros, acudí al cine sin pretensiones y no esperaba ninguna maravilla de este Jurassic World, más que nada por el tipo de películas que se hacen actualmente en nuestra posmodernidad (blockbusters más próximos al videojuego que al cine)  y porque Spielberg ya no es el que era, ni dirigiendo ni produciendo. Pero el resultado, recalco, está por encima de lo que mi pesimismo imaginaba: una nueva aniquilación del espíritu de 1993. Felizmente, no ha sido así y me atrevería a decir que de las cuatro películas, es la segunda que más me ha gustado.

Jurassic World es una película realizada clara y expresamente para arrasar en taquilla (como efectivamente está haciendo)  y por tanto entretiene, y mucho, y maravilla hasta cierto punto, pues a estas alturas de la vida ya no nos vamos a impresionar  demasiado por algunas imágenes, ni adultos ni tampoco los niños de 2015, menos propensos incluso a sobrecogerse, tan tecnologizados como están ya.  También es una secuela o una cuarta parte desde una especie de reinicio, en la que los personajes de las tres primeras ya no aparecen, pero siguen estando muy presentes en la trama y en las bocas de los protagonistas; al fin y al cabo la historia se desarrolla 20 años después y  en el mismo lugar que Jurassic Park: la ya mítica isla Nublar. 

Y ahí radica una de sus mayores virtudes, pues la película está trufada de referencias y homenajes a la de 1993, pese a que esto lastre un poco su originalidad. En este sentido, aunque sea un largometraje destinado a un chaval o un niño actual, que en ese año aún no era ni un proyecto para sus padres, por otra parte está hecha por y para los mismos que se maravillaron con Jurassic Park hace ya más de dos décadas. Se nota, por ejemplo, que el joven director, Colin Trevorrow (nacido en 1976, leo por ahí) quedó fascinado en su momento y  ama de verdad a esa obrita maestra de Steven Spielberg, quien, aunque sólo produce, se deduce que ha tenido sintonía con el director, el cual ha demostrado respeto y devoción  hacia ella en su mayor parte. De hecho podría decirse que buena parte de la película es también un homenaje a todos los que nos emocionamos  (y lo seguimos haciendo) con Parque Jurásico.

Ya escribí en su momento  sobre la adaptación de la novela de Michael Crichton que Spielberg llevó más allá  y  todo lo que supuso, todo lo que me marcó, todo lo que sentí y todo lo que me cautivó, pero, ay amigo, qué sensaciones volví a experimentar el otro día, cuando ya creía que con casi 30 años sería incapaz de emocionarme con ciertas películas...fue volver a ver la isla Nublar (ya sólo leer en pantalla isla Nublar estremece) y ciertas estancias  y volver a escuchar las eternas notas de la música compuesta por John Williams, y en mi cuello comenzó a correr un cosquilleo indescriptible mientras se humedecían mis ojos.  En esas escenas me sentí como si volviera a tener 8 años. 

Otra de las virtudes de este Jurassic World es que, pese a realizarse en 2015, bajo la dictadura de lo digital y de los apabullantes efectos especiales generados con  ayuda  informática, se ha intentado darle un cierto sabor añejo, a cine de antes, y, aunque los dinosaurios artificiales son realmente impresionantes (si bien los de Jurassic Park parecían más reales) también se nota la cantidad de decorados y estructuras que se han construido expresamente para la película; por tanto, no estamos ante un videojuego donde los actores de carne y hueso aparecen incrustados, que es en lo que se han convertido la inmensa mayoría de largometrajes de aventuras/ciencia ficción/ fantasía/ acción. Y el veterano Spielberg no ha sido inmune a esta moda, por desgracia, aunque parece que por lo menos para  Jurassic World ha recapacitado. O eso o se ha impuesto el criterio del director.

Visto en perspectiva, puede decirse que en ese sentido la añeja Parque Jurásico tiene parte de culpa pues  fue el principio del fin de todo: sus extraordinarios efectos especiales anunciaban el nuevo tipo de cine que iba a imponerse; aunque como fue una de las primeras ( tempranos años 90), el equilibrio entre CGI y realidad se daba correctamente, además de que los enormes dinosaurios  animatrónicos del fallecido Stan Winston, tan verídicos,  aparecían bastante,  y los actores tenían su importancia. Pocos directores han seguido ese camino sugerido (baste recordar el infame Peter Jackson de El Hobbit), senda que parece haber escogido este Colin Trevorrow. Hay esperanza, quiero pensar. 



Lo mejor:

- El respeto y devoción por Jurassic Park,  las referencias, homenajes y motivos recurrentes, como la música, y el esfuerzo por restaurar la decadencia de la tercera parte. Lógicamente quien quedase marcado para siempre en 1993 apreciará mejor  lo que quiero decir, y me entenderá perfectamente. Hay alguna sorpresa, e  incluso más de un personaje en el cual quien era un niño hace 22 años, se sentirá identificado.

- El cierto equilibrio entre lo real y lo virtual, entre la nostalgia y la modernidad, por así decirlo. Los efectos generados por ordenador son de vital importancia en la película, sí,  pero también  lo son los apreciables decorados construidos pieza a pieza y algunos actores. Además, el parque de atracciones en sí, el sueño del viejo Hammond por fin cumplido, es una gozada, con todo lo que contiene,  todo lo que insinúa y todo lo que se deduce. 

- Los dinosaurios, de entre los muchos que aparecen,  impresionan, aunque puestos a elegir prefiero los de Parque Jurásico con su apariencia más pesada, más real.  Cierto híbrido es  espectacular y acojonante. También se notan algunos muñecos (animatronics) rugosos y más lentos, detalle entrañable del Spielberg de antaño, aunque ya no esté el gran Winston. 

- Cierto tono de autocrítica acerca del consumismo, el mercadeo, el marketing  y la dictadura del dinero.

- La película, además de un muy buen ritmo,  tiene mucho humor y sabe reírse incluso de sí misma. 

- Actuaciones destacables de ciertos actores y actrices, especialmente Chris Pratt, con un personaje, pese a su simpleza, un punto carismático y atractivo, y Bryce Dallas Howard,  quien también me acabó gustando. 

- Agradecida combinación de "película taquillera para la chavalería" y "entretenimiento sangriento  y una pizca de complejo para adultos". 



Lo peor: 


- Pese a su poder evocador, estamos en 2015 y  tanto el público como  las productoras demandan espectáculo. Quiero decir que el ruido y el píxel tienen su peso, y donde en Parque Jurásico bastaba con un vaso de agua temblando o una puerta de la cocina abriéndose, aquí se tira de CGI. 

- El nuevo rol de los velocirraptores. 

- Los niños, las familias y sus tramas. ¿Qué sería de Spielberg sin infantes con problemas en casa? Por otra parte, en las tres entregas anteriores de la saga también había niños exasperantes; sólo con recordar a la niña negra de El mundo perdido me estreso. 

- Aunque no puede exigirse mucho,  dominan los clichés, la mayoría de personajes son ciertamente planos y se echa de menos a Hammond, al doctor Grant o a Ian Malcolm. Incluso a Dennis Nedry. 

-  Puede que estemos ante una nueva trilogía, y una vez que se ha mejorado el nivel tras el estropicio de la tercera, cuatro películas parece más que suficiente.  Aunque la dirigiera el mismo director y Spielberg siguiera estando detrás, no suele salir nada bueno de nuevas y taquilleras sagas, especialmente si se hacen  versiones de grandes largometrajes de los 70 y 80, tan en boga actualmente. 

- (Ésta es muy personal, por mi nostalgia característica) El paso del tiempo y la pérdida de la capacidad para asombrarse, y los ojos, que no son los mismos que hace 22 años.  Cuando piensas que nunca vas a volver a ser ese niño que soñó con dinosaurios, o por lo menos desenterrarlos, que se sabía más nombres que el Triceratops, el Diplodocus y el T-Rex. 

18.6.15

El viejo y olvidado Blücher


 Hoy, 18 de junio,  es el 200 aniversario de la batalla de Waterloo. Los fastos en los que están inmersos diversos organismos y países (algunos con más orgullo que otros, lógicamente...baste recordar el veto francés a una moneda conmemorativa belga) y por la cual desde las más variopintas publicaciones se bombardea al público con reportajes sobre la famosa batalla de dos días, la confrontación apocalíptica entre Napoleón y Wellington, Francia contra Inglaterra, el nacimiento de la Europa contemporánea, etc, me sirven para romper una lanza hoy por alguien que, si bien no ha quedado tan oscurecido como el papel de los españoles en las Guerras Napoleónicas (que da para otra entrada, otro día será)  sí ha visto relegado su nombre ante la mayor popularidad y gloria tanto del emperador francés como del duque inglés, mucho mejor vistos, sobre todo el segundo. Y ello teniendo en cuenta que hasta el orgulloso y relamido Wellington sabía que gran parte de su épica victoria en Waterloo fue posible gracias a otro hombre, por quien confieso tener cierta debilidad. 

Hablo del mariscal prusiano Blücher. Del conde y luego príncipe Gebhard Leberecht von Blücher.

Éste nació el 16 de diciembre de 1742 en Rostock, en el norte de la actual Alemania y por aquel entonces ciudad integrante del ducado de Mecklemburgo, uno de tantos territorios semi-independientes en los que el país germano estaba divivido.  Rostock era un importante puerto en el Báltico, pero Blücher  dio la espalda al mar; era hijo de un terrateniente que había servido como oficial en la caballería, y a ella se encaminaría él también. 

Curiosamente su primer contacto con la guerra  se produciría en las filas del ejército sueco y contra Prusia, en el marco de la Guerra de los Siete Años (1756-1763), siendo un adolescente. En 1760 fue capturado por los prusianos, aunque un coronel le cogió afecto y Blücher se cambiaría de bando (algo no extraño en los alemanes de su tiempo) ya de manera definitiva y como húsar. Pronto se haría uno de los jefes dado su rancio abolengo (su linaje se remontaba al siglo XIII).   Sería un húsar toda su vida a lo largo de las muchas batallas donde cabalgó, entre el barro, el humo y la destrucción.

Inteligente pero excesivo e impulsivo, valiente y temerario, colérico y calavera, partidario de lo directo y de sangre caliente, parecía más mediterráneo que teutón. Idolatrado por sus tropas por su disposición a colocarse en primera línea sable en mano, no era tan bien visto por sus compañeros de mando y por los superiores, que le consideraban demasiado vanguardista  y algo  obcecado. Además, era amante de la vida disoluta y fueron frecuentes las riñas y juergas que no se entendían sin aguardiente, mujeres y juego, lo que le hizo aún más impopular entre los generales, retrasando su carrera militar y provocando la inquina del rey Federico II el Grande, tan recto, ilustrado y distinguido, como sabemos. 

El monarca prusiano aprovechó las polémicas actuaciones de Blücher contra los rebeldes  polacos  (las cuales incluyeron una ejecución simulada de un cura) en 1771 para alejarle de la Corte y fue invitado a exiliarse (le mandó "al diablo" en una carta).  El capitán de húsares quedó establecido en Silesia, donde se dedicó a administrar su finca, a  la ganadería y a la agricultura, y también a sus licenciosas aficiones noctámbulas, por más que se casara en 1773 con Carolina Amalia von Mehling (1756-1791), con quien tuvo siete hijos.

Fueron pasando los años y en 1786, el rey Federico fallece y su sucesor, Federico Guillermo III, le acoge de nuevo bajo el manto teutónico. Blücher es readmitido en el servicio y es nombrado mayor del cuerpo de los Húsares Rojos.  Toma parte en la guerra con Holanda y en 1789 recibe la alta condecoración militar de Prusia, la Pour le Mérite,  Pronto iba a estallar en Francia una revolución cuyos efectos acabarían alcanzando al resto de Europa, incluida la rígida Prusia. Y allí iba a estar el temerario conde Gebhard. 

En 1793 y 1794 sale victorioso en varios encuentros contra los franceses en la Guerra de la Primera Coalición frente a los revolucionarios, y así, el impulsivo Blücher es nombrado coronel y posteriormente general. Viudo, se casa en 1795 de nuevo, ahora con una mujer sensiblemente más joven,  Amalia  von Colomb (1772-1850).

Ascendido a teniente general en 1801, con 58 años, ya es un anciano, aunque bravo y vigoroso, cuando Napoleón Bonaparte se proclama emperador en 1804.  Soplan vientos de guerra como hacía mucho no se sentían en el continente, y en ésas iba a estar de nuevo nuestro Blücher, como uno de los primeros espadas de una Prusia que se encontraba entre Francia, Rusia y Austria. 

En 1805 comenzó otra campaña, esta vez la de la Cuarta Coalición contra el Imperio francés, y el prusiano tomó parte el 14 de octubre de 1806 en la decisiva batalla simultánea de Jena-Auerstädt; en el primer lugar se enfrentó Napoleón contra el rey Federico Guillermo III, mientras que a Blücher le tocó batirse en Auerstädt bajo las órdenes del duque de Brunswick contra el francés Davout. El veterano húsar hizo gala una vez más de su insensato ímpetu y lanzó varias y valerosas cargas de caballería de manera infructuosa. De todas formas, Jena-Auerstädt supuso una derrota humillante para Prusia y el fin de su prestigio militar. Berlín fue ocupada por Napoleón, la familia real prusiana hubo de huir y el propio Blücher fue hecho prisionero por los franceses después de haber sido arrinconado cerca de Dinamarca por un ejército imperial exageradamente superior en número.

Pese a que el cautiverio fue breve, el orgulloso y experimentado jinete odiaría el resto de su vida a los franceses y se marcará como objetivo ineludible enfrentarse a Napoleón y capturarle para matarle con sus propias manos.  Con Prusia invadida y dominada por Francia, a Blücher no le queda más remedio que retirarse como soldado, si bien se constituyó como un importante activo del "Partido Patriótico" que abogaba por levantarse en armas contra Bonaparte. Con todo, sus intentos de una alianza con Austria y/o Rusia fueron estériles, pese a que con 67 años, en 1809, es ascendido a general de caballería. 

Pero, una vez más, las circunstancias cambiaron el rumbo del viento de la guerra, y Napoleón fracasa en su campaña rusa, derrotado por el "General Invierno". En su retirada en 1812, las potencias que habían sido despachadas por Bonaparte ven ahora su oportunidad y por fin se unen contra el  tirano corso. La llamada Sexta Coalición (Reino Unido, Austria, Suecia, Rusia, Prusia) sale a cerrarle el paso a la Grande Armée. 

Mas no fue fácil, ni limpio.  Napoleón seguía siendo un genio militar aun en inferioridad y obtuvo importantes victorias, como Dresde, y otras más pírricas, como Lützen y Baützen, en mayo de 1813. En ambas participó el viejo Blücher, quien a sus más de 70 años seguía colocándose en primera fila, como siempre, sable en alto,  exaltando la moral de la tropa, pero exponiéndose a la furia enemiga y cabalgando en busca del destino, y, por qué no, de la muerte.  Las dos supusieron nuevas derrotas, pero el alocado prusiano acrecentaría su fama, haciendo honor a su apodo, Marschall Vorwärts ("Mariscal Siempre-Adelante").

Efectivamente ya era mariscal de campo, y en octubre de ese año tuvo lugar en Leipzig la verdadera madre de todas las batallas de las Guerras Napoleónicas, un enfrentamiento colosal entre los aliados y los franceses, con cientos de miles de hombres por cada bando. Según no pocos historiadores, ésta fue la batalla decisiva y de mayor importancia que Waterloo. También se acusa a los clásicos autores británicos de concederle mayor relieve a ésta última; al fin y al cabo, en el campo belga intervino Wellington y en Leipzig no tomó parte ningún inglés. 

Lo cierto es que Leipzig supuso el principio del fin de Bonaparte y Blücher, enfrentado por cuarta vez a él, sí pudo ganarle esta vez, arrasando con todo a su paso y  hostigándole hasta el mismo París. Aunque no pudo atraparle, pues el Ogro de Córcega fue recluido en la isla de Elba. Ya en la capital francesa el mariscal intentó saquearla  y cumplir otra de sus promesas, dinamitar el puente de Jena (levantado para conmemorar la victoria sobre Prusia), mas los generales aliados, más diplomáticos, intervinieron en ambos casos y lo evitaron. Aún así, el Imperio francés era historia.

Su rey le honró nombrándole Príncipe de Wahlstatt y concediéndole más tierras en Silesia. Además le condecoró con la Gran Cruz de la Cruz de Hierro, la más alta distinción prusiana y luego alemana (Blücher y el mariscal Hindenburg en 1918 son sus únicos portadores). En el marco de las celebraciones por la derrota de Napoleón, fue invitado a Inglaterra, donde fue recibido con los máximos honores. Ese viaje le resultó muy gratificante al ajado húsar. A su vuelta en 1814 se retiró a su hacienda, en lo que parecía una jubilación definitiva...

Pero poco duraría apagado el incendio de la guerra. La culpa, de nuevo por la imprudencia, esta vez no suya, sino de los ganadores, quienes de manera benévola confinaron a Bonaparte en la isla de Elba, próxima a su Córcega natal y desde donde seguía con interés los acontecimientos (como la falta de acuerdo y las divisiones patentes en el Congreso de Viena) , sin perderse ni un detalle ni los contactos y antiguas influencias.
Así, el Monstruo no tuvo muchos problemas para desembarcar en una inestable Francia que le aclamó en marzo de 1815, derrocando a Luis XVIII e inaugurando el llamado período de los Cien Días. 

Wellington se encontraba por entonces en un baile en Viena y acudió presto en pos de otro tipo de danza a Bélgica, a la cual pretendía invadir Napoleón, por tener allí numerosos partidarios. Los rusos también se movilizaron desde su lejanía esteparia, así como los austríacos, desde el Rin. Por supuesto, también los prusianos, con su mariscal Von Blücher al frente. Una vez más.

El peculiar jinete iba a cumplir 73 años en diciembre, una edad respetable que superaba en mucho la esperanza de vida media de aquella época. Podría haberse dedicado a administrar  sus rentas, a sus tierras, a sus partidas de cartas y a sus melopeas, o a escribir algunas memorias. O a jugar con sus nietos frente a la chimenea. Pero él mismo sabía que sólo sabía hacer una cosa. Quería oler de nuevo a guerra. Y picó espuelas. 

Como comandante en jefe de la Armada del Rin, esta vez iba a contar con la colaboración del general prusiano August von Gneisenau (1760-1831), más joven y también más pausado y calculador, y bastante más anglófobo que él. Pero formaron buen equipo, ya que con sus diferencias se complementaban óptimamente. Bonaparte pensaba tomar Bruselas, así que debían de unirse a las tropas de Wellington como fuera.

Mientras éste último se enfrentaba fieramente contra el mariscal Ney en Quatre Bras, el 16 de junio,  en Ligny el ejército de Blücher sufrió una severa derrota a manos del propio Napoleón. El viejo mariscal resultó herido y estuvo a punto de ser capturado e incluso muerto, pues quedó paralizado un par de horas bajo el cadáver de su caballo. Tocaba retirada. 

Otra derrota. Otra humillación más. Los prusianos huyeron no del todo unidos ante la teórica persecución del mariscal Grouchy, enviado por Napoleón para finiquitar a Blücher mientras él de ocupaba de Wellington. Pero el pobre e incapaz  Grouchy nunca vio al experimentado húsar. 
Por dónde se retiró éste es una de las claves de la batalla, pues si lo hubiera hecho hacia Namur en vez de hacia Wavre, como hizo, los británicos se hubieran quedado realmente solos, reunidos en el monte Saint-Jean después de replegarse tras el empate de Quatre Bras.  Wellington esperaba a Blücher y así se lo hizo saber con cierta desesperación. 

Maltrecho, cansado, Gebhard Leberecht von Blücher curó sus heridas con brandy y, más sereno (o no) se dispuso a calibrar la situación. Negro panorama se ceñía para los ingleses si no acudía en su auxilio, ese malnacido de Napoleón ganaría una vez más y todo volvería a empezar de nuevo. Y no pensaba en los rusos y los austríacos. Pensaba en el momento. Aquí y ahora. Ahora o nunca.
También pudo pensar que era el más anciano de todos los combatientes. Bonaparte, Ney, Wellington...cuando los tres habían nacido,  todos en 1769, él ya llevaba 12 inviernos pisando barro. Más de cuatro décadas después, allí seguía él. Y allí seguiría estando. Pasó la noche, cogió su sable y un nuevo caballo y montó, en pos del destino. Bien podía ser la última cabalgada, pero a estas alturas de la vida le importaba una higa. 

Mientras tanto, a unas 20 millas de distancia, Arthur Wellesley, duque de Wellington, también era fiel a sí mismo, pues si bien era un excelente estratega, no es menos cierto que se distinguía por sus tácticas defensivas y poco emprendedoras. Allí los británicos aguantaban lo mejor que podían desde las once de la mañana las descargas de la temible artillería francesa. Por su parte a  Napoleón, cuyo estado físico no era el mejor, le faltó de manera imprevista algo de decisión y no envió en su momento a la Guardia Imperial, su tropa de élite. Los soldados de Wellington (no sólo ingleses, también escoceses, galeses, irlandeses, e incluso alemanes)  se batieron con encomiable valor en la defensa de la granja de Hougoumont, y después se produjo la mítica y suicida carga de los Scots Greys a caballo contra los lanceros franceses. 

Ante la cierta pasividad de Napoleón, el impetuoso Ney cree que los ingleses se retiran,  toma la iniciativa y se lanza a lomos de su caballo dirigiendo otra carga, pero sin apoyo de la infantería. Cuando superan la colina, ven que los británicos se blindan con su formación en cuadros y disparan a los indefensos jinetes. 
Ahora es cuando Bonaparte llama a la Vieja Guardia, lo más granado y veterano de la Guardia Imperial (casi nada), que se iba a lanzar contra las tropas de Wellington. Ahí estaba la batalla. Todo pendía de un hilo...

De repente, hacia las dos de la tarde, los franceses notan en su flanco derecho, entre la humareda, los disparos y los tambores, una agitación, un tumulto. ¿Es Grouchy victorioso? No, son los 30.000 prusianos de Blücher. Ahí está el viejo mariscal, con sus blancos cabellos, su mirada de acero y su sempiterno bigote plateado, alto, siempre vestido de negro, a caballo. El mismo Blücher que, consciente de que si no corría más que el viento para ayudar a Wellington, la tormenta se ceñía sobre Europa, y por ello aceleró la marcha desde Wavre. Una desquiciada marcha  a contrarreloj, milla a milla,  sobre caminos maltrechos y embarrados, con enormes lagunas y charcos, pues había llovido mucho la noche anterior. Los cañones se hundían en el fango y los prusianos llegaron empapados. Pero llegaron. 

El desconcierto y el pavor cundió entre los franceses al ver aparecer a los hombres de Blücher, y, pese al inicial éxito de la Guardia Imperial, ésta acabó retrocediendo, algo que nunca habían hecho en su historia. Por vez primera en la jornada los británicos tomaron la iniciativa, y avanzaron, con la ayuda de los prusianos, quienes estaban más frescos. El signo de la batalla había cambiado, y el final se iba vislumbrando, pese al humo negro que oscurecía el sol. Los de Blücher persiguieron a los franceses hasta el anochecer.

El panorama era desolador tras concluir la misma. Hombres, caballos, miles y miles de cadáveres yacían sobre los bucólicos y húmedos prados belgas. Toda la sangre, toda la muerte y toda la aniquilación que fue necesaria para ganar una batalla que decidía el destino de todo un continente, o eso se consideró en su momento, pues, como se ha dicho, ciertos autores dan más importancia a Leipzig y consideran Waterloo como una especie de epílogo, el último coletazo desesperado de un Napoleón crepuscular y enfermo; mas aunque se hubieran abalanzado los lentos rusos y austríacos sobre él, es posible que, con ingleses y teutones derrotados y con Francia y Bélgica en sus manos partiese  el bacalao de nuevo.   Por otra parte la historiografía tradicional inglesa tampoco iba a reconocer que a Wellington le salvó un prusiano borrachín y pendenciero. Con todo, Waterloo fue una masacre gloriosa de la cual por fin surgiría la Europa contemporánea, después del verdadera derrota del hombre que, directa o indirectamente, consciente o inconscientemente,  ayudó a construirla en su destrucción y  aunque fuera un tirano absolutista. Napoleón fue desterrado a otra isla, pero esta vez mucho más lejana, húmeda e insalubre,  en medio del Atlántico Sur: Santa Elena. Sería su tumba seis años después. 

¿Y Blücher? En ese victorioso 1815  marchó de nuevo sobre París, entrando en ella el 7 de julio, y de nuevo intentó volar el puente de Jena. Esta vez fue el restaurado y obeso rey francés Luis XVIII quien le rogó que desistiera. Pocos meses después,  ciertamente achacoso, volvía a sus tierras de Silesia, para retirarse definitivamente, como último superviviente de una época extinguida. Un descanso del guerrero que poco tuvo de reposo, pues el viejo prusiano jamás renunció a  sus  violentas partidas de naipes ni al vino, ni a las mujeres,  disfrutando de la vida hasta el final. Falleció en su granja cerca de Wroclaw (actual Polonia), el 12 de septiembre de 1819, próximo a cumplir 77 años. 

Tal fue la vida del Mariscal Siempre Adelante, un hombre duro e incorregible que siempre fue fiel a sí mismo, adorado por sus hombres aunque no tanto por sus colegas. Le faltaba frialdad para ser un genio militar, pero lo compensaba con su determinación, su arrojo y su capacidad para reponerse. Relegado a un segundo plano después de Napoleón y Wellington, nunca tuvo tanta buena prensa como ellos. En el fondo,  no creo le importe mucho, pues el viejo Blücher ya habrá ajustado cuentas con Bonaparte en el infierno.



                                                              "Marschall Vorwärts", Emil Hünten, 1863.