29.1.15

100 razones que hacen que la vida merezca la pena


 Por supuesto que la vida merece la pena, pese a todo lo canalla y cruel que es, pero hay que disfrutarla, pues es corta y puede acabarse en cualquier momento.  Aunque tal vez sería difícil explicarlo todo por escrito, pero hoy, a la manera de revistas digitales como Jot Down (desde luego, sin la carga y el postureo hipster de aquella),  me apetecía transmitir, a modo de curiosidad y aunque a nadie le interese, mis 1oo razones simbólicas por las que uno puede seguir teniendo ganas de vivir y le hacen la existencia más agradable o disfrutable; intento evitar las más evidentes y recurrentes, y  probablemente me deje unas cuantas en el tintero. Ahí van, y por supuesto el número no indica el orden o mayor y menor importancia:



1- El sol en invierno.

2- Leer cualquier clásico. 

3- El sabor de un buen café.

4- Poder desahogarse.

5- Las bravas del Bonillo.

6- Murcia en las calles entre la plaza de la Catedral y la de Santo Domingo. 



7- Una palmada en el hombro y/o un abrazo de un amigo.

8- La totalidad de la discografía de Led Zeppelin.

9-  Indiana Jones.

10- Las panorámicas y el aire que se respira en (y desde) la Isleta del Moro. 

11- Este final. La película entera. Y su banda sonora.

12- Ennio Morricone.

13- La elegancia decadente (o la decadencia elegante) de El Gatopardo, tanto la  del libro como la de la película.

14- Clint Eastwood. 

15- Las partes menos turísticas de los lugares muy turísticos.

16- Encontrarte en la romana Piazza della Rotonda con la mole del Panteón de Agripa. Y entrar en él.

17- Los doblajes de Constantino Romero.

18- Dejarte llevar por la voz de Dumas en El conde de Montecristo y la trilogía de Los mosqueteros.

19- El olor a tierra mojada que deja la lluvia.

20- La ópera.

21- Las dos Castillas. 

22- Hans Zimmer.

23- Al Pacino y Robert de Niro hasta hace 20 años. 

24-  El principio de una relación. 

25- El lametón de un perro.  Su amor inquebrantable. 

26- El Danubio Azul. Los vals. 

 27- Un baño en el Mediterráneo, ante un eterno atardecer.

28- Los Simpson, en su etapa gloriosa (temporadas 2-10).

29- La estampa señorial del Madrid del XIX.

30- Un tinto de verano bien hecho.  

31- La atmósfera, el ambiente,  de El Padrino I y II.

32- El olor y el tacto de las páginas de un libro.

33- Claudia Cardinale. 

Claudia Cardinale, 1965.



34-  Freddie Mercury.

35- El tacto y el aroma de la piel de una mujer.

36-  Andar sin prisas por la Plaza Nueva,  la Carrera del Darro y el Paseo de los Tristes, a la sombra de la Alhambra. 

37- Los pueblos perdidos. 

38- Una conversación con tu abuela o tu abuelo, mientras tengas la suerte de que sigan vivos, claro.

39-  300 años de música clásica.

40- La banda sonora compuesta por Basil Poledouris para Conan el bárbaro (1982). 

41- El chocolate, en sus múltiples formas , colores y estados.

42- El queso. De cualquier lugar, olor y sabor.

43- Las patatas, en cualquiera de sus preparaciones y presentaciones.

44- La sensación de satisfacción.

45-  Toledo.

46-  El tema de Lara.

47- El cine de Sergio Leone.

48- La leche. De vaca, de cabra, caliente o fría.  

49-  La gastronomía tradicional. Especialmente la de las madres y abuelas. 

50- Franco Battiato cantando con Alice esta canción. 

51-  Tener hermanos. Aunque con uno es suficiente. 

52- La música de los 80. 

53- El western. 

54- El Impresionismo y en general toda la pintura del siglo XIX. 

55- La comida italiana.

56- El Barroco. Ya sea pintado, construido o esculpido.

 "El rapto de Proserpina". Gian Lorenzo Bernini, 1621-1622, Roma.

 


57- Desayunar churros.

58- Los dos himnos de Irlanda cantados por su equipo de rugby y por el público de Dublín, ante Inglaterra.

59- El helado de turrón.

60- Always on my mind. La versión de Elvis Presley. 

61-  Himnos guerreros como La Marsellesa, el de México y el de Uruguay.

62- Mantenerse pegado a la butaca del cine. 

63- Las películas de Berlanga.


64- Los abrigos. Y  las bufandas.

65- Las manzanas. El zumo de naranja. Las mandarinas. Los higos. Y las uvas. 

66- La obra de Alfons Mucha. 






















"La luna y las estrellas". Alfons Mucha, 1902.

 

67- La fotografía y el vestuario de Barry Lyndon. En realidad, toda la película.

68-  El final de Excalibur (1981).

69-  La opiniones de Arturo Pérez-Reverte.

70-  More than a feeling, de Boston.

71-  El frío. 

72-  Burt Lancaster.

73- El pan. Comerlo solo o con algo. Y su olor.

74- Los artículos de David Gistau.

75- Un cielo limpio,  lleno de estrellas, lejos de la ciudad.

76- Los grillos en las noches de verano. 

77- Cuando John Wayne se va, y se cierra la puerta,  en Centauros del Desierto.

78- Jennifer Lawrence en El lado bueno de las cosas.

79- La niebla.

80- Los jardines y parques viejos, sin remodelar ni modernizar.

81- Percibir un perfume, un olor,  que te transporta a una persona o a un momento del pasado.

82- Hablar de todo y de nada con los amigos. 

83- Astérix y Obélix. Y  Tintín. Y  Mortadelo y Filemón.

84-  Saborear una cerveza, especialmente en compañía. 

85-  Los pasodobles. Sobre todo este . O este. O este otro.

86-  Contemplar (y tocar, si es posible) lugares y objetos  que son historia.

87-  Reírse con El hombre tranquilo.

88- Made in Japan, de Deep Purple. Entero.

89- Las conversaciones de El Nota y Walter en El gran Lebowski.

90- El torrente musical power-metalero de Rhapsody (of Fire).

91- El olor a azahar.

92- Tener una buena amiga con la que tener complicidad.

93- Reservoir Dogs  y  Pulp Fiction. 

94- Las fotografías en blanco y negro.

95- Ver nevar.

96- El cine "clásico", con escenas como ésta.  

97- Daniel Day-Lewis sobreactuando.

98-  Correr bajo la lluvia. 

99-  Las palabras antiguas que ya no se usan (o apenas) , como "pardiez", "antediluviano" , "alcoba", "prístino", "jícara" , "petimetre", "bellaco" o "acémila". 

100- El cielo de Almería.  

13.1.15

Bocairente la desconocida







Al sur de la provincia de Valencia, dejando atrás Játiva, Aielo de Malferit (cuna de Nino Bravo) y Onteniente, en el camino de Alcoy, se encuentra, rozando tierras alicantinas, la hermosa y peculiar villa de Bocairente (Bocairent), a la cual podríamos apodar como "la desconocida", pues, aunque desde luego no es tal, no suele figurar en las guías turísticas y libros de viajes, y si lo hace es de pasada. Se da también la particularidad que, al estar tan desarrollado en la Comunidad Valenciana el turismo de playa, paella y fiesta, suelen relegarse los pueblos,  monumentos y espacios naturales de su interior.

Una auténtica sorpresa, pues perfectamente puede ser el pueblo más bello de Valencia (ya que somos tan partidarios de elaborar listas en nuestros tiempos), uno de los cinco mejores de la Comunidad Valenciana, y de ahí a otro grupo mayor a nivel nacional, aunque de momento no forma parte de los oficialmente quince pueblos más bonitos de España. 

Bocairente, en valenciano Bocairent, nace como tal en la Edad Media, aunque la zona ya estuviera habitada desde tiempos prerromanos. Pero son los musulmanes (Bekirén o Bukayrän, que puede interpretarse como "la piña")  quienes la fundan y la dotan de sus características y fisonomía, alrededor de una alcazaba. Al poco ya eran importantes la fabricación de paños y las tintorerías;  el reino de Aragón la conquistó menos de una década  después de Valencia, en el siglo XIII, y como en la guerra de las Germanías (1520-1522)  apoyó a Carlos I, recibió como recompensa sucesivos privilegios en las actividades textiles, especialmente mantas.

Después de una sinuosa carretera entre pétreas paredes y pinos caídos, el pueblo aparece detrás de un bosque, como en un cuento,  situado entre varios cortados y abismos, extendido con dificultad por entre las irregularidades del terreno, mostrando una amalgama de casas marrones y blancas, apretujadas una encima de otra, asemejándose cuando les da el sol a un cuadro cubista, por ejemplo de Braque,  o a una estructura de cartón aplastada y desperdigada.

El esbelto y airoso campanario de su iglesia principal surge desde el núcleo de la colmena, al modo de  una enorme vela coronando una defectuosa tarta de chocolate, apuntando al cielo desde hace siglos, anunciando y avisando al pueblo y quien viene desde lejos; es francamente difícil escapar de su presencia. Donde se percibe de manera más próxima es en la recoleta y triangular plaza del Ayuntamiento, la cual recuerda, por sus apartamentos medievales, a ciertas ciudades del centro de Italia. 




Bocairente es una población limpia y hospitalaria de unas 4.300 almas, acostumbrada a la presencia del viajero -no es un pueblo que cierre sus ventanas al verte pasar-  pese a su (por fortuna) situación algo remota y elevada (casi 700 metros), y sus rigurosos inviernos. Es toda una experiencia, especialmente para el urbanita, recorrer su laberinto de calles y escaleras medievales, empinadas, estrechas y precarias, y perderse en su denso conglomerado, o bordearlo por las riberas y los barrancos, sorteando precipicios gracias a los más que centenarios puentes, obteniendo magníficas vistas de postal, de pequeña Cuenca,  respirando un aire diáfano, puro, de monte, de naturaleza, de salud.

La mencionada iglesia principal (Nuestra Señora de la Asunción) está bien situada en la cima; no obstante ocupa el emplazamiento de la antigua fortaleza musulmana. Con estilos gótico y barroco, se trata de un hermoso templo que, aparte de su certera torre típicamente valenciana, contiene diversas obras de arte de pintores como Juan de Juanes, Benlliure o Sorolla. Desde su reducido campanario puede uno sentirse como un Quasimodo cualquiera, o como un vigía expectante ante la llegada de amigos...o  enemigos.

Para quien busque una experiencia más movida, tiene, al otro lado de un barranco, el conjunto conocido como Covetes dels Moros, un grupo de galerías excavadas en la roca vertical, a unos 40 metros de altura,   con varios niveles y  más de 50 ventanas.  Su origen sigue siendo incierto, y existen múltiples interpretaciones, desde nichos visigóticos a  habitáculos y almacenes bereberes, pasando por un convento de monjas. Parece que su uso fue simplemente el de despensa (especialmente para cereales), aunque desde luego estas cuevas son misteriosas y hasta cierto punto inquietantes, por su emplazamiento y  su sabor a tiempo muy antiguo; este viajero recorrió en soledad las angostas estancias y, poco acostumbrado a la espeleología,  en más de una ocasión echó en falta una cuerda, o una mano, pues se ha de gatear y de impulsarse, hacia arriba y hacia abajo.





















 Más relajadas son la visita a la Cava de Sant Blai, un enorme recinto horadado  bajo una parte del pueblo, usado desde tiempos medievales para la acumulación de nieve y hielo, toda una nevera natural, o a la Plaza de Toros, la más antigua de la Comunidad Valenciana (1843) y desde luego una de las más originales de España, pues está totalmente excavada en la montaña. Queda bastante clara la simbiosis en Bocairente entre la piedra y la vida, pues además muchas casas y otros templos están construidas en la roca. 

Siempre que vuelvo, o voy a otros pueblos con encanto, me pregunto si yo, un habitante de ciudad desde siempre y muy acostumbrado a la vida urbanita, sería feliz en una población así, donde los ritmos son distintos,  las preocupaciones no son siempre las mismas, y los ruidos y ajetreos son esporádicos y mucho menores. Realmente, pienso, teniendo para comer, para vestirse, un buen techo, libros  y unas caras conocidas (sean pocas o muchas), la felicidad llega sola, y más si se vive en un lugar tan pintoresco, tan distinto a todo lo experimentado, donde no se cuenta con las ventajas de la ciudad, pero se tienen muchas otras. 

Tras el exhausto paseo, una buena opción puede ser reponer fuerzas en los siempre interesantes restaurantes de pueblo, donde por módicos precios se degustan platos tradicionales, contundentes y especiados, sintiéndose como nunca la esencia de la tierra. En el caso bocairentino, los pimientos rellenos, la caldereta, el arroz al horno, el puchero,  o el gazpacho de Mariola (de la Sierra de Mariola), remedios de siempre para fortalecer el cuerpo y llenar la barriga. 

Y para aliviar  a ésta última y alegrar el espíritu, no hay nada mejor que unos sorbos del "herbero de Bocairent", un intenso y glorioso brebaje a base de anís y hierbas de los montes circundantes, que por sí solo merecería la visita a la población, si ésta fuera corriente y anodina. 








Mas no es el caso, y la villa sigue estando, desde hace siglos, para demostrarnos una vez más que el ser humano no sólo destruye, mata y trae la desgracia; también edifica y levanta monumentos y vive entre la roca, a base de ingenio, tesón y esfuerzo.

Bocairente la desconocida, maravilla en piedra. 





9.1.15

Almería y su milenio





Dentro de mis breves Navidades de vuelta en Almería, aunque por desgracia no pude ver a ciertas personas, tuve la suerte de regresar hasta su escondida Plaza Vieja, donde de manera inesperada me topé, aparte de  con una ruidosa carpa de juegos, con un nuevo espacio museístico en uno de los laterales, a la izquierda del vetusto (y en lamentable estado) Ayuntamiento original de  Cuartara Cassinello. 

Tras flanquear una moderna puerta, donde campea en letras grandes Centro de Interpretación Patrimonial, pronto caigo en la cuenta que se trata de un museo abierto oportunamente con la conmemoración de los mil años del Reino de Almería, esto es, el aniversario de la constitución de la taifa musulmana del mismo nombre en 1014, cuando España era Al-Andalus.

El Milenio del Reino de Almería. Claro. Ese acontecimiento destacable de la historia provincial, que en otras partes de nuestro país se usaría como reivindicación regionalista o incluso nacionalista, no iba a ser menos en mi tierra, si bien guardando lógicamente las distancias. Cuando Jayrán consolidó su gobierno en este excelente puerto del sur de la Península ya disfrutado por los romanos,  por supuesto no se imaginaba que, siglos después, sus descendientes  y paisanos iban a instituir unos fastos por su aniversario, y que incluso se pelearían, como se pelean siempre, de un lado los junteros filoarabistas, de otro los almeriensistas irredentos nada andaluces (como es mi caso),  y en medio,  los almerienses más o menos partidarios de la bandera blanca y verde. Pues, como he leído estos meses atrás, ciertos políticos y personalidades de la ciudad se han venido quejando del escaso apoyo de la Junta, de Sevilla, en este asunto del Milenio. La clásica historia, la mayor parte de las veces con razón, de que si la conmemoración fuera hispalense, cordobesa o incluso granadina, el empeño (en ánimo y en dinero)  y las ganas de los responsables autonómicos serían mucho mayores en vez de que, como en esta ocasión, tenga lugar en este olvidado lugar, montañoso y seco,  al sur de Murcia. Ciertamente, por más que la presidenta de Andalucía haya dado su discurso de fin de año en la Alcazaba, la presencia (a todos los niveles y sentidos)  de la Junta suele notarse en Almería con la misma frecuencia que las lluvias.

Dejémonos de politiqueos y centrémonos en el Centro de Interpretación, pues me ha sorprendido muy gratamente, acostumbrado como estoy a que en Almería se valore poco o se desprecie el patrimonio.  Este nuevo museo es un esforzado y pulcro ejemplo de, cómo con sencillez y sin alharacas, puede mostrarse notablemente el nacimiento, el desarrollo, los condicionantes, el carácter y la personalidad de toda una ciudad, de todo un sentimiento. 

Ya el audiovisual es espectacular, muy bien realizado y con unas imágenes en alta definición realmente rotundas y emocionantes, mientras se escucha una adecuada voz de narrador, del pasado, lejano y reciente, de la ciudad. En las sucesivas plantas, dedicadas a la Almería musulmana, a la cristiana y a la contemporánea, se puede ver con cierta profundidad en qué consistió eso del Reino, aunque no superase los 80 años de vida, o  la definitiva reconquista cristiana por los Reyes Católicos en 1489, o el  fatídico terremoto de 1522,  o la ciudad en los siglos XIX y XX, con esa Almería burguesa de la uva y de la minería. Todo ello mediante la ayuda de cuidadas maquetas de monumentos como la Alcazaba,  la catedral-fortaleza o el Cable Inglés,  de vídeos y paneles explicativos, y  una galería de almerienses ilustres (no todo consiste en don Nicolás Salmerón), acompañado de una cuidada muestra de fotografías, de ayer y de hoy, especialmente emotiva  para el almeriense de a pie.

Aunque tal vez la mayor sorpresa venga arriba, con la apertura de una terraza sobre la misma Plaza Vieja, que permite unas estupendas panorámicas, ya sea de día o de noche (en cada momento su particularidad)  y, gracias a las cuales, se percibe, con mayor precisión aún que desde la Alcazaba o desde San Cristóbal, tanto la proximidad de ese mar  viejo y mítico, maravilloso y terrible, como los estragos urbanísticos que desde 1940  se cometieron en Almería, plantando feas torres de viviendas aquí y allá, aunque estuvieran al lado de un palacio, de una iglesia, o de la misma catedral.  Una ciudad modernizada a golpes de hormigón, hecha  jirones, donde es difícil apreciar la hermosura de su pasado. 

Pero, desde luego, este Centro de Interpretación Patrimonial inaugurado a cuentas del Milenio de Almería, permite conocer mejor la ciudad y su circunstancia a un amplio espectro de personas; tanto a los almerienses de bien que algo sabían, como aquellos (también de bien) que desgraciadamente nada intuyen y se quedan sólo en la cáscara del verano y del tapeo...pero también, a todos aquellos andaluces y españoles en general (y unos cuantos extranjeros) que aún piensan, o consideran, que Almería es un apartado desierto cuajado de  ramblas donde, aparte de rodarse películas en el pasado, sólo hay playas, invernaderos y moros. 

Así que, por favor, si tienen a bien acercarse a mi apartada y poco comunicada (con lo que ello tiene de positivo) tierra, recorran su casco antiguo sin prisa  y entren en la Plaza Vieja, donde mis paisanos le mostrarán qué es Almería y por qué es así. Discreta y ruidosa, olvidada y sobreviviente,  humilde y hermosa, somnolienta y crispada, sucia y luminosa, alegre y decadente, ignorante y orgullosa, maltratada e indestructible.

Almería, tierra de mi corazón, faro de mi alma.

26.12.14

Peter Jackson, ya no tienes poder aquí







Una vez vista la última película de la trilogía sobre El Hobbit perpetrada por el director neozelandés, y dado que ya escribí aquí sobre las dos anteriores,  Un viaje inesperado y  La desolación de Smaug , me siento obligado a cerrar el círculo y hablar también sobre ésta, e intentaré ser más conciso. Que me perdonen los que me puedan acusar de quedarme a gusto con estas entradas críticas, pero escribir me relaja. 

El Hobbit: la batalla de los cinco ejércitos, supone un, a ratos, espectacular, que no asombroso ni emocionante, monumento al ego de Peter Jackson; en general eso es la trilogía en sí.  Cuando hace unos seis años se hizo público que él iba a realizar la adaptación de El Hobbit, el alborozo invadió tanto a los tolkienianos de toda la vida como a los devotos de la trilogía de películas sobre El señor de los anillos (de ahora en adelante, ESDLA) dirigidas por Jackson, pues menos de una década después, parte de los inmortales personajes de Tolkien iban a aparecer de nuevo en pantalla, junto a otros que antes sólo conocían las páginas, como los de El Hobbit, relato predecesor a ESDLA, y a la vez, caracterizado por un tono menos solemne y señorial y más infantil a éste.

Que Peter Jackson y la mayoría de su equipo que maravillaron a los espectadores en las Navidades de  2001, 2002 y 2003 (qué recuerdos de esos estrenos) acometiesen ahora El Hobbit parecía ser suficiente garantía para un nuevo acontecimiento de categoría. Pero las expectativas se fueron rebajando, primero cuando se publicó que se harían, no una ni dos, sino tres películas (teniendo en cuenta que el libro apenas supera las 300 páginas), y segundo,  cuando fuimos viendo el resultado en pantalla. Como ya conté aquí, la primera la recibí con sentimientos encontrados, pero pese al incremento exagerado de efectos por ordenador y al estiramiento de la historia, en general es una buena y estimable película que mantiene más o menos el espíritu del libro, y se agradecen la recreación del pasado de los enanos o los escenarios naturales neozelandeses.  La segunda es mucho más desvirtuada,  caótica e inventada  y el exceso élfico se torna en intolerable. Y ahora la tercera...

(Por si alguien no la ha visto y quiere verla aún, y no desea que le destripen la película, deje de leer a partir de ahora)

La tercera ya es sospechosa en el título. Lógicamente Jackson, o su equipo, eligieron La batalla de los cinco ejércitos por su rotundidad, y porque la guerra vende , pero lo cierto es que en el libro apenas ocupa 7  páginas, por más que Tolkien escribiera que "fue una batalla terrible",  sangrienta y etc. Ciertamente no consistió en una escaramuza, pero entre eso y la madre de todas las batallas que aparece más de una hora en la película, en plan Kursk o Waterloo,  con el maldito orco blanco como Napoleón desde una torre dirigiendo al ejército, media un trecho. Aunque por fin se les ha hecho justicia a los enanos, después de la caricatura de Gimli en ESDLA, lo cierto es que la cantidad de extras humanos de la primera trilogía salen ganando, por veraces y naturales, frente a la enorme profusión de CGI de El Hobbit, por lo que ésta última se asemeja más a un videojuego donde el drama se acaba convirtiendo en pedir un mando para aporrear botones y pasar de pantalla. 

Las batallas, confusas e informatizadas, me han recordado a veces a las de 300, pues los enanos parecen hoplitas. Legolas, al menos, no tiene el excesivo protagonismo esperado (de todos es conocida la devoción de Jackson por él), pero aún así, interviene decisivamente en diversas escenas (recordemos que el elfo no aparece en ninguna página de El Hobbit) donde vuelve a protagonizar filigranas imposibles y momentos de francotirador de la II Guerra Mundial.

El guión, pese a que repiten los mismos que los de ESDLA  más la colaboración de Guillermo del Toro, es liviano y sorprendemente mediocre, sin prácticamente ningún enunciado de la trascendencia,  profundidad  y emoción de la otra trilogía. Se escuchan  enanos que hablan con menos propiedad que los orcos. Todo un Gandalf llega a decir, dudoso  y con la boca pastosa "A lo mejor salimos de ésta", y hay por ahí frases como  "se te ve el refajo", "Legolas, tu madre te quería", "si esto es amor, no lo quiero",  la simpsoniana  "Es que nadie va a pensar en los niños", la tan de moda "Se acerca el invierno" (!) o la machacona  "No tienes poder aquí", a la que se va a recurrir hasta el fin de los tiempos, supongo.

Los personajes no tienen mucha alma, empezando por ese inventadísimo romance entre el enano Kili y la elfa Tauriel que le apagaría la pipa al bueno de Tolkien; a los guionistas les ha salido el tiro por la culata, si querían revivir la historia de Aragorn y Arwen de ESDLA. Realmente todo está a la sombra de la "trilogía mayor" también en los personajes, tanto al recurrir a algunos que apenas son aludidos o no salen en el libro de El Hobbit (aunque sí en otros relatos de Tolkien) como Saruman, Galadriel o Legolas, o Radagast el Pardo (a quien se vuelve a ridiculizar),   como en otros a los que se quiere convertir en algo más importante, es el caso de Bardo en una especie de Aragorn light (y además con su  familia en medio de toda la vaina), quien encima desaparece de escena sin más explicaciones.  Beorn, importante en el libro, apenas sale 10 segundos. Bilbo, aunque está algo perdido entre tanto CGI, cobra su importancia, pero Gandalf aparece poco y no pinta nada; Al menos Thorin resulta correcto e intenso  y en general el resto de los enanos, aunque monten en cabras.  Para quemar en los infiernos  la vodevilesca figura del gobernador de Esgaroth y sobre todo la de su consejero, de cuyo nombre no quiero acordarme,  para mí el peor personaje de las seis películas (y qué casualidad, inventado por los guionistas).

La duración es algo menos de la esperada, 144 minutos  ( las dos primeras superaron los 160  cada una), aunque debe considerarse que un chicle tiene un límite, y hasta para Peter Jackson es difícil estirar donde ya no hay más. Aún así se me ha hecho más larga que otras películas de superior metraje, y hay ciertas partes en las que el naufragio argumental se nota. Es lo que tiene filmar en total 475 minutos (las tres películas juntas)  adaptando un libro de apenas 307 páginas...no puede salir nada bueno. 

 En cuanto a otros aspectos que parecen secundarios pero no lo son, como la banda sonora y la fotografía, también se ha ido bajando el nivel. Howard Shore no ha creado otras eternas partituras como en la trilogía anterior y es más, en ocasiones se recurre a melodías y motivos  de ESDLA. La imagen es extraña, artificial, pues se nota la informática, en ciertas ocasiones es espectacular, aunque no asombre, y en otras se percibe la chapuza.  Otro de los puntos fuertes de ESDLA era la utilización de los maravillosos paisajes de Nueva Zelanda casi como un personaje más, algo que aquí brilla por su notable ausencia, sólo alguna esporádica imagen. 

Incluso haciendo el  enorme esfuerzo de no parecer purista e intentar aceptar la trilogía de El Hobbit como una versión libre de una fuente literaria, centrándome sólo en las virtudes cinematográficas (existen pocos casos de películas superiores a los libros en que se basan, pero ahí están, por ejemplo, El Padrino, Barry Lyndon o Blade Runner), incluso haciendo ese esfuerzo, digo, no le veo ni pies ni cabeza al caos narrativo, al pobre guión  y al desmesurado uso de los efectos digitales, y la sigo contemplando con desinterés y muchas  reservas. 

Y no quiero explayarme más. No lo merece. Me ha terminado de decepcionar, aunque para ésta tercera ya no esperaba que subiese el nivel.  Vistas las tres, en perspectiva me quedo con Un viaje inesperado, y desde luego hubiera sido mucho más correcto un par de películas de unas dos horas cada una, o incluso sólo una,  de 160-170 minutos.  Si tuviera que definir esta trilogía de El Hobbit,  diría, en comparación con la de El señor de los anillos, que Jackson hizo esta última hace ya 15  años cuando era un director poco conocido, prácticamente un freak habitual del cine gore, y la realizó, aunque fue una cara superproducción,  desde el respeto y la devoción hacia la obra del escritor británico, con un equilibrio admirable entre el CGI y los actores y decorados reales, y recreándose  en los paisajes naturales, y, pese a algunas licencias y tendencias grandilocuentes, conservó el espíritu y la raíz literaria; ahora, saturando y dilapidando su prestigio,  ha hecho nada menos que tres películas-videojuego sobre El Hobbit por ego, por dinero y por lo que le ha salido de sus oscarizados cojones, defecando en la memoria de John Ronald Reuel Tolkien.  



Lo mejor:


- Los primeros minutos: la destrucción de Esgaroth por Smaug. Espectacular, aunque breve. Sin duda encajaba mejor al final de la segunda. 

- Ciertos momentos de gloria y poderío de los enanos, si descartamos la imagen del pobre  Thorin como un caballero del zodíaco, y a Dáin a lomos de un cerdo vietnamita gigante. 

- Las interpretaciones de algunos actores, como Martin Freeman (Bilbo) y Richard Armitage (Thorin). Realmente es encomiable el trabajo de muchos actores en esta trilogía, pues las más de las veces han actuado frente al vacío, ya que la mayor parte era añadido digital. 

- Los minutos finales, con ese Bilbo ya  maduro, y ese toque emocional que lo relaciona de manera sencilla y natural con El señor de los anillos, para mí el mejor momento de toda esta trilogía.


Lo peor:


- El estrambótico relleno del argumento y la invención  o tergiversación de personajes. El consejero del gobernador, tal vez lo peor de las seis películas junto con el romance de la elfa y el enano. Ciertos detalles feministas y multirraciales, realmente innecesarios. Beorn, intrascendente.
  
-  El tono ligero y medio infantil del libro y presente en Un viaje inesperado se pierde definitivamente aquí al igual que en la segunda. No es negativo que se le dé un enfoque más adulto, pero tampoco es cuestión de convertir el relato de El Hobbit en otro enfrentamiento apocalíptico entre el Bien y el Mal. 


- El desastroso guión, repleto de perlas ya citadas, y con burdos  intentos  por unir a la película con La comunidad del anillo, cuando le dicen a Legolas que se vaya al norte a buscar "a uno que llaman Trancos".

- El caos narrativo, acentuado por el maremágnum de una batalla que además no vemos ni cómo acaba. ¿Qué pasa con Bardo?

- El abuso del CGI. Demonios, Legolas está tan retocado que no parece ya ni elfo, y  a  Gandalf  (aunque lógicamente se nota que Ian McKellen tiene 15 años más que en El señor de los anillos) se le ven las arrugas de la cara como pixeladas. La legión de orcos y trasgos digitales, que asemejan a la película a un vídeo del World of Warcraft. Escenas como la de Dol Guldur son las más videoconsoleras que he visto en mucho tiempo. 

- La  exacerbada magnitud de la batalla en sí, imitando el abismo de Helm de Las dos torres y  el asedio a Minas Tirith de El retorno de el rey.  

- La muerte de Thorin, a manos (o a cuchilla) del maldito orco blanco,  muy alterada respecto a la del libro.  

- Todo suena ya a visto. En ningún momento se tiene, al contrario que en El señor de los anillos, la sensación de que se esté asistiendo a un hito cinematográfico. 

23.12.14

Libros necesarios: "Viaje al fin de la noche"





 Notre vie est un voyage
Dans l´hiver et dans la Nuit, 
Nous cherchons notre passage
Dans le Ciel où rien ne luit.



Con esa evocadora estrofa de una canción de la Guardia Suiza advierte su autor al lector sobre lo que viene a continuación: un largo viaje, que es la vida,  en la oscuridad nocturna, buscando el camino bajo un cielo sin estrellas. 

Viaje al fin de la noche (Voyage au bout de la nuit), de Louis-Ferdinand Céline, publicada en 1932, es una de esas novelas que, por lo que significaron en su momento y mantuvieron su importancia después, conviene leerse, al menos una vez en la vida. El libro es famoso y no precisa mucha presentación; yo, de conocimientos limitados, sabía de su existencia, pero una vez leído me ha sorprendido para bien y veo totalmente justificada ese aura de "obra imprescindible, necesaria, innovadora". 

Ciertamente es innovadora y rompedora, pues Céline emplea un estilo acelerado, oral y quebrado, y también obsceno, poco sutil, abundante en tacos y sin medias tintas, nada académico como suele decirse. Sólo 10 años después de la muerte de Marcel Proust, la literatura francesa producía otro hito, si bien de distintas características. 

El protagonista de nuestro Viaje es un héroe en cierta manera. Ferdinand Bardamu es un joven que participa en la Gran Guerra del 14 y la experiencia en el frente le cambia la vida; tras su larga convalecencia probará suerte en las pegajosas colonias francesas en África y luego en los vibrantes Estados Unidos con un trabajo alienante, para volver a Francia empleándose como médico en la periferia parisina. Pero eso no será lo último...

Bardamu es un individuo que está en permanente búsqueda, aunque ni él mismo sepa lo que está buscando, tal vez a sí mismo, pero está en eterna lucha, de aquí para allá, viajando para aprender de la vida y su verdadera realidad. Pese a que no es un misántropo  y le encanta conversar y relacionarse con la gente, en el fondo es alguien solitario reacio a comprometerse de verdad, y  va dejando a las personas por el camino, cuando no son éstas quienes le desprecian a él, como a veces ocurre. 

Uno de los aspectos más destacados del libro es que Céline construye las andanzas de Bardamu siguiendo sus propias experiencias reales, por lo que su novela es además  un libro sincero y muy valiente porque el autor se desnuda casi por completo poniendo en boca de su protagonista sus pensamientos y su filosofía. Valentía admirable porque Céline no se esfuerza, como hacen otros escritores con sus personajes, para que el suyo nos parezca estupendo y magnífico; lo pinta real, humano, con sus puntos flacos, quien a todos reparte estopa, sin casarse con nadie, por lo que deja al lector que lo juzgue si quiere, así pues,  a veces nos cae simpático, otras le compadecemos, en diversas ocasiones nos parece un pícaro impresentable, y en ciertos casos vemos que en el fondo tiene su corazoncito.  Aunque el personaje suele protestar, no es un lamento quejumbroso que nos lleve a la compasión sensiblera,  pero sí una queja seca y directa, verídica,  que nos lleva a ver en Bardamu a un antihéroe, a un perdedor, a un ser humano.



 Louis-Ferdinand Céline nació en Courveboie, cerca de París, en 1894, y murió en París en 1961. Su verdadero apellido era Destouches, pero en su carrera literaria empleó el nombre de su abuela, Céline.  Hijo único, en la adolescencia sus padres le enviaron a  Inglaterra y Alemania  para que aprendiera idiomas. En 1912 se enrola en el ejército francés en un acto de rebeldía contra sus progenitores  y  2  años después estalla  la I Guerra Mundial, de la cual regresa  con una medalla al valor, pero medio sordo y  con  otras secuelas que arrastrará toda su vida. Vive un año en Londres, llevando una vida bohemia, para marchar luego a Camerún donde enferma gravemente. Retornado a Francia, termina sus estudios de medicina. Trabaja para la Sociedad de Naciones en cuestiones sanitarias  y viaja constantemente a varios países de Europa,  África y América. En 1926 conoce a la mujer que más le marca  (pese a que ya se había casado dos veces), la norteamericana Elizabeth Craig, con quien tiene una relación intermitente durante 7 años  y en quien se basa para varios personajes de "Viaje al fin de la noche". Abrió como doctor un consultorio particular, sin éxito. En 1932  publica su  más famosa novela, que eclipsaría un tanto al resto de sus publicaciones. Se casa por tercera vez y en la II Guerra Mundial se produce la parte más polémica y denostada de su biografía, cuando escribe panfletos racistas y antisemitas y es acusado de colaborar con el régimen pronazi de Vichy, en la Francia ocupada. Es encarcelado y defenestrado, aunque en 1951 se le concede la amnistía y puede regresar a su país. Allí trabajaría hasta su muerte como médico en un suburbio, entre la admiración de amigos y escritores y el desprecio de otros que no le perdonaron su pasado.  La polémica dura hasta hoy, pues en 2011 el Gobierno de Francia tuvo que cancelar los homenajes por el 50 aniversario de su fallecimiento  a causa de las protestas de diversos grupos y colectivos.


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Primeramente vemos su participación en la guerra, en la cual se mete casi en un acto de enajenación patriótica, pues nos deja claro que contra los alemanes no tiene nada y guarda buen recuerdo de ellos. Pero Bardamu pronto se da de bruces con la sucia realidad,  el sinsentido y la locura de la guerra. En ella es herido y ya se empieza a ver al  individuo descreído e incendiario que domina toda la novela, tanto en la figura del protagonista como en otros secundarios: "Os lo aseguro, buenas y pobres gentes, gilipollas, infelices, baqueteados por la vida, desollados, siempre empapados en sudor, os aviso, cuando los grandes de este mundo les da por amaros, es que van a convertiros en carne de cañón...es la señal...Infalible."

Después de salvar la vida de milagro, decide abandonar el horror y deserta, fingiendo su locura, permaneciendo largo tiempo convaleciente entre heridos y enajenados mentales. El armisticio no frena su inquietud y sus ansias por moverse, y se marcha a la Guinea francesa con un trabajo dudoso, para intentar enriquecerse. Allí choca con la realidad deprimente del colonialismo, donde unos pocos blancos dominan sobre enormes masas de negros en un ambiente selvático, pegajoso y medio salvaje, repleto de fauna y flora, aparte de insectos y enfermedades. Lo peor sin duda son las noches:

"Los crepúsculos en aquel infierno africano eran espléndidos. No había modo de evitarlos. Trágicos todas las veces como tremendos asesinatos de sol. Una farolada inmensa. Sólo que era demasiada admiración para un solo hombre (...)
Y la noche con todos sus monstruos entraba entonces en danza, entre miles y miles de berridos de sapos. 
Ésa era la señal que esperaba la selva para ponerse a trepidar, silbar, bramar desde todas las profundidades. Una enorme estación del amor y sin luz, llena hasta reventar. Árboles enteros llenas de francachelas vivas, de erecciones mutiladas, de horror. Acabábamos no pudiendo oírnos en nuestra choza. Tenía que gritar, a mi vez, por encima de la mesa como un autillo para que el compañero me entendiera. Estaba listo, yo, que no apreciaba el campo". 


De tal manera lo describe Céline, haciéndote sentir como en una de esas negras y ruidosas noches, inquietas y desesperantes. Además, es crítico con el colonialismo europeo y pinta a buena parte de los hombres blancos como pederastas. Enfermo y harto de la vida en el trópico, dedice colarse en otro ruinoso barco, esta vez con destino a América, a los Estados Unidos, ese país en plena ebullición en los "locos años veinte" que crece en vertical como observa Bardamu. Allí encuentra un monótono trabajo, pero con el estilo de vida nortemericano no puede evitar sentirse muy solo. 
No tarda mucho el protagonista en querer moverse de nuevo por lo que regresa a Francia, donde ya como médico en la periferia parisina se emplea, aunque de manera poco gratificante (y trabajando prácticamente gratis) en medio de unos ambientes sórdidos y depauperados, un nuevo contacto con la condición humana:

"Porque, digan lo que digan, los hombres, verdad, cuando están sanos dan miedo...sobre todo desde la guerra...yo sé en qué piensan...no siempre se dan cuenta de ello...Pero yo sé ahora en qué piensan...cuando están de pie, piensan en matarte...mientras que, digan lo que digan, cuando están enfermos no dan tanto miedo...ya te digo, puedes esperarte cualquier cosa cuando están de pie. ¿No es verdad?
 <<¡Ya lo creo que es verdad!>>, no me quedó más remedio que decir.
<<¿Y tú? ¿No fue por eso también por lo que te hiciste médico?>>, me preguntó además.

Después de pensarlo, me di cuenta de que tal vez tuviera razón."

 
Hay más, pero no sigo destripando el argumento porque prefiero que cada uno descubra, si quiere, el libro; sólo he avanzado a grandes rasgos por  una parte del esqueleto de la novela. Además, no tendría mucho sentido que escribiese párrafos y párrafos desmenuzando la obra y copiando fragmentos memorables, pese a que hay en abundancia. Al principio choca la característica prosa de Céline, y el caos y los quiebros llegan  a  desconcertar, pero no se demora uno en acostumbrarse a su ritmo rápido, gráfico y descarnado, y eventualmente con frases de gran belleza, pero en general el estilo de su autor y sus punzantes sentencias te mantienen pegado a sus páginas, pasando una tras otra. Un ejemplo más:

"Entró el tren en la estación. Yo ya no estaba demasiado seguro de mi aventura, cuando vi a la máquina. Besé a Molly con todo el valor que me quedaba en el cuerpo. Me daba pena, pena de verdad , por una vez, todo el mundo, ella, todos los hombres.
Tal vez sea eso lo que busquemos a lo largo de la vida, nada más que eso, la mayor pena posible para llegar a ser uno mismo antes de morir.
(...)
Buena, admirable Molly, si aún puede leerme, desde un lugar que no conozco, quiero que sepa sin duda que yo no he cambiado para ella, que sigo amándola y siempre la amaré a mi modo, que puede venir aquí, cuando quiera compartir mi pan y mi furtivo destino. Si ya no es bella, ¡mala suerte! ¡Nos arreglaremos! He guardado tanta belleza de ella en mí, tan viva, tan cálida, que aún me queda para los dos y para por lo menos veinte años aún, el tiempo de llegar al fin.
Para dejarla, necesité, desde luego, mucha locura y un carácter chungo y frío. Aún así, he defendido mi alma hasta ahora y Molly me regaló tanto cariño y ensueño en aquellos meses de América que, si viniera mañana la muerte a buscarme, nunca llegaría a estar, estoy seguro, tan frío, ruin y grosero como los otros". 


Viaje al fin de la noche fue estupendamente acogida en su momento por crítica y público, y por su planteamiento rupturista y  poder evocador  influiría en más de una generación de escritores, unos coetáneos y otros posteriores, especialmente en la Generación Beat.  El prestigio de la novela sigue incólume, no así el de su autor a causa de las ya mencionadas actitudes antisemitas y su colaboracionismo con los alemanes (como tantos otros franceses, por otra parte). Entre los intelectuales hay dos facciones, unos que son partidarios de, como en tantos escritores y artistas, separar el creador del hombre en sí, y otros para quienes no se puede valorar la obra de un individuo si ese alguien tiene o tuvo ideas polémicas e infames.   El alcalde parisino llegó a decir, con la suspensión de los homenajes, que Céline "es un excelente creador, pero un perfecto cabrón". 

Personalmente me inclino, siempre que no se trate de asesinos y criminales, por no juzgar y  centrarse sólo en la obra literaria y disfrutar de ella, aunque el escritor tenga una ideología o unos pensamientos que rechace. Estoy en las antípodas de Céline, pues la cultura hebrea me fascina en cierto modo,   pero puedo leerle con deleite, y  a  Shakespeare, Quevedo, Baroja o Eliot, aunque todos ellos fueran notorios antisemitas. Puedo recrearme con la poesía de Rafael Alberti, por más que fuera un implicadísimo comunista partidario de la URSS y en la guerra civil española tuviera un papel oscuro.  Gerald Brenan es autor de uno de mis libros de cabecera, "Al sur de Granada", y no voy a dejar de leerlo aunque el inglés se comportase como un cacique en Yegen y despreciase a la lugareña con la que tuvo una niña, a quien crió con su mujer norteamericana. Creo que si sólo nos fijásemos en los escritores  que creemos de "ideas puras" y "vidas perfectas" , pocos serían los libros que  leeríamos y disfrutaríamos. Además, en ocasiones, para entender mejor la obra, se debe conocer al hombre. 

El título del libro, sacado de la canción de la Guardia Suiza del principio, planea en multitud de ocasiones en sus páginas, y la noche en sí es uno de los mayores activos de la historia, como escenario y como metáfora recurrente. Y, desde luego, Bardamu lo que podría estar buscando es un nuevo amanecer al final de la noche.

Viaje al fin de la noche es un libro recomendable para quien le gusten las historias marcadas por la guerra, o por el curso de los acontecimientos; o para quien se deleite con sórdidos relatos de bajos fondos, y prefiera un estilo directo y escatológico; o para quien quiera saber cómo era el mundo de entreguerras; o para quien anhele empaparse de cómo es la condición humana y los verdaderos motivos de las relaciones; o para quien sepa ver la belleza, hasta en lo aparentemente más asqueroso; pero es sobre todo, un libro dedicado especialmente a los que alguna vez, o siempre, creen que su existencia es una mierda, o podrían estar mejor, o es una queja constante.  Y si no te importa que Céline te desprecie porque en el fondo no sabes nada y no tienes ni idea de la vida, aún más lo apreciarás. 



"Me parecía haber llegado al momento, a la edad tal vez, en que sabes perfectamente  lo que pierdes cada hora que pasa. Pero aún no has adquirido la sabiduría necesaria para pararte en seco en el camino del tiempo, pero es que, si te detuvieras, no sabrías qué hacer tampoco, sin esa locura por avanzar que te embarga y que admiras durante toda la juventud. Ya te sientes menos orgulloso, de tu juventud, aún no te atreves a reconocerlo en público, que acaso no sea sino eso, tu juventud, el entusiasmo por envejecer.
Descubres en tu ridículo pasado tanta ridiculez, engaño y credulidad, que desearías acaso dejar de ser joven al instante, esperar a que se aparte, la juventud, esperar a que te adelante, verla irse, alejarse, contemplar toda su vanidad, llevarte la mano a tu vacío, verla pasar de nuevo ante tí y después marcharte tú, estar seguro de que se ha ido de una vez, tu juventud, y, tranquilo entonces, por tu parte, volver a pasar muy despacio al otro lado del Tiempo para ver, de verdad, cómo son la gente y las cosas". 

18.12.14

Incertidumbre

Sin duda ésta es una de mis épocas favoritas del año, desde siempre. Las semanas previas a la Navidad, cuando ya se notan,  se palpan las hermosas, nostálgicas  y consumistas fiestas, y todo está por llegar.  Cada año más tempranamente, se perciben en la calle, en los comercios e incluso en el ánimo y el carácter de la gente. 

Hace años, siendo niño y antes de cumplir los 18,  cuando todo prometía y  creía que el futuro iba a ser distinto, me gustaba aún más este tiempo de Navidad sin ser Navidad.  Maravillado por las luces y letras luminosas  o ilusionado  egoístamente como todo crío por los posibles regalos, ya fuera en Linares, en Murcia o en Almería, de la mano de mi madre o de mi abuela, con los amigos o simplemente en soledad,  la calle era un bullicioso teatro repleto de posibilidades. Salías a ella y tras respirar el ambiente, el aire, podías afirmar feliz "ya huele a Navidad".

Uno de los indicativos eran los villancicos en las tiendas, o incluso en clase o en casa.  Antes me encantaba escucharlos y disfrutaba con ellos. Posteriormente, siendo más mayor,  se convirtieron en un nostálgico leitmotiv que me transportaba a tiempos pasados; aún los aceptaba.  Actualmente me deprimen, acaso por recordarme a personas que ya no están o a épocas que ya no van a volver. Como los años 90, los cuales, vistos en perspectiva, no fueron tan malos como creía hasta hace poco. Todo lo contrario.

Hoy vivimos en unos tiempos extraños, independientemente de unas Navidades cada vez más distintas. Nuestros tiempos son raros. Hace no mucho leí en relación con la caída del Muro de Berlín, que desde entonces no sabemos en qué mundo vivimos, y posiblemente sea cierto. Desde ese 1989 y los años posteriores, época de mi niñez y adolescencia,  se produjeron muchos más cambios, y el mundo se fue globalizando más y más, y fue trastornándose, en unos casos para bien y en otros para mal. Pero, ¿qué podríamos decir, qué sabemos? ¿Cómo es nuestro mundo, nuestra realidad? ¿Seríamos capaces de definirla?  ¿A dónde va y a dónde vamos? Estamos en 2014, sí, pero creo que no soy el único que siente una enorme sensación de vacío, por más que tenga futuro o no.

Vacío. El mundo actual es vacío, pura cáscara, simple apariencia,  y  a  ello no ayuda precisamente la decadencia de la cultura,  la pérdida de valores (a todos los niveles de la sociedad),  la importancia de la televisión o la excesiva relevancia concedida a la tecnología, la cual, con sus innegables y excelentes ventajas, también nos está lobotomizando.

No sé a dónde vamos, o  a  dónde va el mundo, la humanidad, pero nunca me había sentido tan extraño ni tan pesimista ni había tenido tanta incertidumbre, aunque tenga unas cuantas cosas claras. 

Y la Navidad...la Navidad, se sea o no creyente, se ponga el belén o no, se celebre más o menos, sólo es ya otra estación más, una parada repleta de  gastos y excesos monetarios, culinarios y emocionales, al fin y al cabo otra etapa en el incierto camino hacia lo desconocido. La vida, dicen. 

11.12.14

"Exodus": un pastor loco y sus borregos escapando del faraón Pitbull







 Con las películas bíblicas ocurre un poco como con algunas de temática histórica, o de ciencia ficción o visionarias...¿son realmente necesarios los remakes o las nuevas versiones?

Ciertamente no, por lo menos en mi siempre modesta opinión, y más en nuestros posmodernos tiempos, donde todo está cada vez más invadido, de un lado por la informática, y por otro por pensamientos filosóficos con la profundidad intelectual de una holoturia. Ojo, no me refiero a que el nivel mental se ponga en plan "La montaña mágica" de Thomas Mann, quiero decir que no puede dárselas uno de profundo y luego explicarlo como para escolares, simplificando y recortando aquí y allá. 

Que Ridley Scott, director británico nacido en 1937, entró hace tiempo en la decadencia no lo digo sólo yo, un don nadie, sino no pocos cinéfilos y expertos; decadencia que contrasta con la magnitud de obras suyas como Los duelistas, Alien, Blade Runner o Gladiator (la cual, por más fallos históricos e imperfecciones que tenga, es un entretenido e intenso drama épico), por lo que muchos, entre los que me incluyo, llegan a afirmar que Scott debería haberse jubilado después de Black Hawk derribado o, como mucho, American Gangster, aunque no he visto Prometheus.

Y con Exodus: Dioses y reyes vuelve a confirmarse, por desgracia. A los 77 años el británico incurre de nuevo en lo peor de su cine, esto es, visualmente un esqueleto deslumbrante pero falto de contenido, ritmo y profundidad. La nueva versión (si realmente era necesaria es otra pregunta de fácil respuesta) de la historia bíblica de Moisés es eso, resumiendo: 153 minutos (que parecen más) de ruido, furia y color, con profusión de efectos digitales, acompañados de un guión pobre, una química actoral deficiente, una acusada falta de ritmo e interés, unas lagunas y elipsis importantes en el argumento (que supongo se arreglarán, o no, en la versión extendida)  y un "me tomo en serio pero en el fondo no". 

La fascinación y enorme impresión que puedan causar (lo hacen) la  detallista recreación del Antiguo Egipto o las escenas de las plagas duran hasta cuando caes en la cuenta de que buena parte es digital y se te antoja un videojuego. El vestuario, siendo lujoso, está impregnado de un "brillantismo" y modernismo algo hortera.  En Los diez mandamientos, de 1956 (la de Charlton Heston, para aclararnos),  pese a todos sus anacronismos y su cartón piedra, los enormes decorados parecían más verídicos y desde luego eran más "palpables", por no hablar de las oleadas reales de gente. Una vez más se valora como se merece el cine de antes, teniendo en cuenta que han pasado ya casi 60 años de la película de DeMille, hasta el punto de preguntarte por qué se abusa tanto de la informática (es evidente, es mucho más rápido y barato y no se depende de las inclemencias del tiempo).  Al menos, pienso en mi vertiente animalista, sabes que no se van a maltratar o morir sádicamente  caballos, camellos, vacas y etc. Pero, ciertamente, tanta enorme imagen y ruido te dejan exhausto y no acabas de ver el contenido, si lo hubiera. 

Hay algunos detalles interesantes, como lo bien que muestra el nulo valor que tenía la vida de un esclavo (y en general, de un hombre) en aquellos tiempos, o la concepción de la ciudad egipcia, o la aproximación al vengativo y violento Dios del Antiguo Testamento, o ciertas escenas que Scott utiliza para comparar con otros periodos históricos más modernos e incluso del presente, pero todo ello se va difuminando con el "efecto videojuego" y lo que van diciendo. 

Pues el guión es tirando a pobre, y no pretendo se me tome por cultureta sabiondo, pero realmente se le podría haber dado un impulso más profundo a la historia y a la gravedad del relato. Apenas hay una frase trascendental (el faraón llega a decir "como pase una cosa más...")  y los personajes parecen sacados de un programa de televisión, de un reality.  La trama pierde pronto el interés y parece como si faltaran pedazos de metraje.

Y los actores...Christian Bale le echa ganas y demuestra otra vez que es un estupendo actor, pero en ciertos momentos se nota que tira la toalla y parece preguntarse qué hace allí con el pelo sucio escuchando a un supuesto Dios, y por otra parte su "revelación" es algo confusa y apenas notamos su repentino cambio de ateo a iluminado, asemejándose a un loco que se ha golpeado en la cabeza.  Joel Edgerton (el infame Galvan de la mediocre El rey Arturo) contaba con la alargada sombra de Yul Brynner, y ha perdido estrepitosamente, pues su Ramsés II es una mezcla del cantante Pitbull con los ojos pintados y un actor porno, que a veces parece que se meta coca a juzgar por sus espontáneos impulsos.  Las veteranas estrellas  Ben Kingsley (la tercera o cuarta vez que actúa de judío, creo) y Sigourney Weaver aparecen poco, así como John Turturro, de lo poco salvable como el faraón Seti, padre de Ramsés.  Aaron Paul resulta casi anecdótico y apenas ha de actuar (ahora me explico por qué estaba siempre de juerga por Almería) en su insignificante papel de Josué, como insignificante es el papel de los esclavos hebreos, tan planos que siguen como borregos a  un pastor sin cayado pero con una molona espadita egipcia. María Valverde como Séfora, la esposa madianita de Moisés, resulta correcta en su breve papel que introduce una especie de romanticismo en el Éxodo. Esto tampoco es extraño, pues en la película protagonizada por Charlton Heston había algunos elementos de culebrón, pero verdaderamente en esta de 2014  llega un momento que Christian Bale es un tarambana que tiene dos familias y apenas sabe a dónde va y su pobre y abnegada mujer entiende menos aún.  Por último, Dios aparece en una personificación algo inquietante...

Scott realiza un batiburrillo de pensamientos confusos sin mucha alma donde unas veces parece que juega al ateísmo, otras se pone creyente, otras trascendental, otras despegado  y muchas veces quiere ser grandioso sin ser grande, dando su muy particular visión del Antiguo Egipto, la Biblia, la Historia Antigua o qué se yo. Todo aderezado con sus ya típicas imágenes donde, cuando los efectos especiales dejan paso,  priman un color (por ejemplo, todo azul oscuro o negro si es de noche, tormentoso o trágico, anaranjado si es por la tarde, etc) y una melodía concreta. La banda sonora, siendo correcta aunque poco épica, me ha parecido que tiende demasiado (y esto es otra característica de Ridley Scott) a los cantos étnicos y a la música new age, resultando incongruente pues suena como muy árabe musulmana, en una época como sabemos muy anterior a los tiempos de Mahoma; aunque las melodías van ligadas a lo visto en la película, pues según ella en el Sinaí y el norte de Arabia ya había algo parecido al  Islam 1800 años antes del Profeta. Esto sólo es una más de sus imprecisiones históricas, qué se le va a hacer...los beduinos salvajes y madianitas semitas no venden tanto. 

Al menos (y aquí demuestro particularmente mi orgullo almeriense) en la mayor parte de escenas de exteriores y de paisajes se muestra en toda su magnificiencia la tierra de Almería (y también otras espectaculares muestras de las islas Canarias) con su inconfundible aspecto pedregoso, profundas ramblas, pitas,  matojos  y suaves montañas doradas al sol. Habrá que agradecerle al director británico (encantado con los almerienses y su papel como extras, al parecer)  que haya puesto los focos en mi olvidada provincia, pues ciertamente se están volviendo a filmar y a planear películas en ella. 

Pero, para ir concluyendo,  visto lo visto, a grandes rasgos no parecía muy necesario emplear otra morterada de dinero en intentar deslumbrar con los  la esclavitud de los hebreos y Egipto, o una "Nueva Historia Antigua" según  Ridley Scott, o una versión posmoderna de la Biblia hecha por escépticos. Como no creyente me es indiferente lo que se haga, como historiador no tanto,  pero como aficionado al cine me sigo quedando, pese a sus 220 minutos de duración,  sus licencias históricas y su cierto sionismo,  con la mítica película de 1956  y  su technicolor, su Egipto acartonado y kitsch pero real,  su convincente reparto, su pueblo judío ruidoso e ingobernable , su inolvidable y épica banda sonora (Elmer Bernstein), sus certeros y literarios  diálogos  y sobre todo Charlton Heston, que siempre va a ser ese Moisés homérico y granítico, quien con la ayuda de Yavé abrió el Mar Rojo con su báculo en esa escena única que aún asombra, presentó las leyes escritas con fuego para luego romper encolerizado las tablas al ver la adoración del Becerro de Oro,  y ya con barba nevada condujo a su pueblo a la Tierra Prometida.  


3.12.14

"Surcos": dura y realista cumbre del cine español







Cayetana Guillén Cuervo sigue tan encantada de conocerse como siempre y su apariencia y conversación es tan artificial y posturera como sus artículos periodísticos, pero su Versión española sigue siendo el único programa de todas las cadenas de nuestra televisión (que ya es triste) donde puede verse cine español, en ocasiones, gran cine español, de verdad.

Es el caso de anoche, con la programación de Surcos, una indiscutible obra maestra en blanco y negro algo olvidada, del lejano 1951. 

La película cuenta el drama de una familia de pueblo, los Pérez,  quienes en la posguerra emigran a Madrid, donde se dan de bruces con la realidad de la capital y han de aprender de golpe a desenvolverse en esa despiadada jungla urbana para sobrevivir, contando desde el primer momento con el desprecio de sus habitantes, pues la vida es una competición en busca de trabajo para poder comer. 

Allí contemplarán cómo se ha de burlar a la ley o incluso delinquir para ello y experimentan el desarraigo,  una considerable pérdida de valores éticos y morales  y un notable sentimiento de vacío existencial.

Dirigida estupendamente  por José Antonio Nieves Conde y con guión de éste, Eugenio Montes, Natividad Zaro  y el dramaturgo y novelista Gonzalo Torrente Ballester, Surcos  sorprende por su dureza, sequedad  y fuerza en una época durante la cual el cine español estaba aún domesticado por el régimen franquista, y predominaban películas ligeras y alegres, ya fueran folklóricas, costumbristas o históricas, cuando no directamente  propagandísticas,  pero siempre idealizadas y moralizantes. En Surcos no hay idealismo, sólo veracidad descarnada. 

Aunque está escrita por falangistas (tal vez por ello pasó el corte)  y  se realizó apenas 12 años después de la Guerra Civil, no hay en ella un ápice de triunfalismo de la dictadura o exaltación del nacional-catolicismo, pero tampoco se tocan cuestiones políticas, por supuesto, al menos directamente; la película se detiene minuciosamente en las penalidades de gran parte del pueblo, el drama del éxodo rural y las características de la implacable colmena madrileña, llena de corruptos, corrompidos y corruptibles.

Surcos es la respuesta española al neorrealismo italiano imperante en algunos ámbitos de aquel tiempo, con obras maestras como Roma, ciudad abierta, Ladrón de bicicletas, El limpiabotas  o Milagro en Milán. La influencia de, por ejemplo la segunda,  es intensa en cuestiones como ciertos temas,  los planos generales y panorámicos o la música, pero debe decirse que la película de Nieves Conde tiene sus propias características. 

Por ejemplo, en el tratamiento más verídico y directo del machismo,  la violencia de género y la sumisión de la mujer al hombre, de la delincuencia o de la decadencia ética. Además, pese a ciertos y obligados detalles para satisfacer a los moralistas católicos,  el largometraje fue mal recibido por la Iglesia y lógicamente por su retrato pesimista del panorama nacional tuvo problemas con la censura, aunque verdaderamente son sorprendentes un buen número de escenas y diálogos por su contundencia y sordidez, más teniendo en cuenta que hablamos de principios de los 50. 

El largometraje destaca especialmente, aparte de las imágenes mostradas en ese áspero blanco y negro,  por un tremendo guión repleto de frases rotundas y otras con doble sentido, prestas a interpretarse de diversas maneras. En otras ocasiones no son necesarias las palabras y los personajes lo expresan todo con las miradas, o las manos. El humor está casi ausente, así como el optimismo o la alegría. El sonido es directo, seco, pues se rodó en las calles, casas y tierras de Madrid, con casi ningún decorado. La música es melancólica e insistente, recordando como se ha dicho a las italianas, y está tan presente a ratos como intencionadamente muda en otros. 

La España de Surcos , pese a la incipiente transformación económica, es ese país de nuestros abuelos de la miseria y el hambre, del estraperlo, el contrabando  y la cartilla de racionamiento, de los trenes llenos de campesinos y de los oscuros vagones de metro, de las castañas, la cebolla y el pan negro,   de las corralas donde se hacinan familias, de la falsa apariencia con abrigos, sombreros y  madamas de compañía,  de las cárceles y la ubicuidad de los militares, de los ambientes de coñac y cigarrillo en los cafés-lugares de reunión, de los hermosos y decadentes  teatros de variedades donde se cantaba cuplé,  de los pocos adinerados frente a los muchos pobres e itinerantes, de esa veda donde triunfan los listos y los chacales;  es esa realidad de mercado negro,  brasero, leche en polvo  y  caras  angulosas de niños cetrinos y avispados vagabundeando por parques y ruinas. 
Ya se sabe que hasta los albores de los años 60 España no empieza a despegar, y ni siquiera  a todos los niveles de la sociedad y de la población. Surcos muestra gran parte de cómo eran las cosas antes de ese empujón, además de mostrar el camino de hacer otro tipo de cine a toda una generación. 

En cierto modo similar  en algunos aspectos  a grandes obras literarias de la época como Nada,  Los olvidados o La Colmena, la película supone todo un viaje hacia atrás en el túnel del tiempo, para nada feliz o fascinante, pero sí aleccionador, interesantísimo y poderoso, pues la maldad  y la mezquindad del ser humano son poderosas, y te golpean. Cómo olvidarse de  terribles personajes como  "Chamberlain"  o  "El Mellao".

Qué tristeza y sentimiento entra ante esa España de la posguerra, hambrienta, humillada  y miserable que nunca ha dejado de ser, en el fondo.  Pues hoy  seguimos siendo miserables, pero en otros aspectos y ámbitos.  Surcos, recibida con ánimos dispares en su tiempo, pese a que fue etiquetada de "Interés Nacional" (por lo que esos censores benévolos fueron presionados a dimitir)  y posteriormente poco conocida  (el primero que no sabía nada, quien escribe), tal vez porque el mensaje deslizado es crítico y reaccionario a la vez,  y no del todo valorada en la actualidad como su notable valor y calidad se merece,  sigue estando ahí para recordarnos, en nuestro esclarecido 2014, con una dosis de valiente realidad lo que fuimos y lo que era la vida, las penalidades, la mugre,  la tragedia y la injusticia de un complicado 1950.  Y por si la película no fuera suficientemente áspera y descarnada en su conjunto, están los durísimos minutos finales, pese a que la censura obligó a modificar el final en sí.

Surcos, historia del cine español... y de España.