13.6.13

La playa de mi vida






Sí, vuelvo a escribir sobre El Zapillo, unos tres años después de aquella entrada (y además vuelvo a incluir la misma fotografía). Aunque éste haya estado planeando siempre sobre este blog, como un águila lista e insistente.

Realmente es un tema muy presente en cualquier momento, y más ahora en el preludio del verano, pero no miento si digo que me acuerdo de él todo el año, y suelo frecuentarlo, por más que este barrio tenga dos caras, una veraniega y otra invernal. Además, el desarrollo de la universidad en Almería lo ha cambiado pues, repoblado por estudiantes y alternativos, ya no es ese lugar tan tétrico los meses de invierno.

El Zapillo es ese apartado barrio de pescadores de la ciudad de Almería, con unos límites muy concretos: entre Las Almadrabillas-San Miguel y La Térmica, y al sur de la más señorial Ciudad Jardín; una zona donde hasta hace apenas 40 años las calles eran de tierra, las boqueras con aguas fecales estaban descubiertas y las casas se enfrentaban sin ninguna contención a la furia del mar (y del viento, el implacable viento almeriense) ; aquí, por muy lejos que estuviera el resto del año,  he pasado los veranos desde siempre, en la casa de mis abuelos.

Uno, después de tantos años, experimenta ciertas sensaciones con sólo evocar su nombre:


El Zapillo es una pala, un  castillo de arena en la orilla y un temeroso baño con manguitos.

El Zapillo es el murmullo humano fundido con el ruido de los juegos  y la espuma de las olas del mar.

El Zapillo es el picor del agua salada en tus córneas cuando abres los ojos sumergido en ella. 

El Zapillo es el pincho para coger pulpos de mi padre; las ventosas pegándose al brazo,  y luego  los pulpos pendiendo, con la blanda cabeza puesta del revés.  

El Zapillo es una balsa de aceite las largas y reposadas tardes de agosto. Una tenue postal de quietud marina. 

El Zapillo es Amparito Roca minutos antes de la explosión de pólvora, ruido y humo denso y el río de gente corriendo bajo esa nube, en la “traca final” de la feria de agosto.

El Zapillo es el inconfundible olor del cigarrillo de mi madre mezclado con el de crema solar, algas  y  salitre.

El Zapillo es la silla de mi abuela, sus trabajosos andares por la arena y la orilla, sus baños y su risa contagiosa, tan imperecedera como su recuerdo.

El Zapillo es el reflejo de los coloridos fuegos artificiales pintando el calmado mar negro, en los castillos las noches de feria.

El Zapillo es un helado sentado en el poyete del paseo marítimo, en compañía de mi abuelo, fundamentalmente, aunque se trataba de veladas familiares.

El Zapillo es un sabroso melocotón de agosto, carnoso y maduro, en la bulliciosa merienda de la niñez.

El Zapillo es un cubo con cangrejos, pulpos o palometas, pescadas éstas con la “innovadora” técnica de la garrafa de agua llena de tierra y trozos de pan.

El Zapillo es una púa desde alguna de las rocas de los resbaladizos espigones que jalonan su playa.

El Zapillo son cabezazos  a  una pelota de plástico y paradas espectaculares en la orilla con mi hermano y mi primo. 

El Zapillo es caricias y besos con sabor a sal en ese verano del amor que, tristemente, ya es sólo un recuerdo. Un recuerdo precioso, sí, pero que parece habérselo llevado la resaca del mar.

El Zapillo es conversaciones y jolgorio en torno a una fogata familiar, de las de carne a la brasa, tortilla de patatas y sandía enfriada en la orilla. 

El Zapillo es el viento demencial de poniente, frío e insistente, azorando de forma inclemente la casa, aunque también es un revolcón en la orilla, en pelea desigual contra las olas.

El Zapillo,  últimamente, también  es  tardes de risas, charlas , paseos y palas con una amistad tan inesperada como querida.  

El Zapillo es el aroma a fritanga de marisco subiendo entre las desconchadas torres de cemento. 

El Zapillo es dormirte con el arrullo del mar y despertarte con él, como si hubieras salido de las aguas, cual ser mitológico o si fueras un náufrago.

El Zapillo es...

Todo esto y mucho más es El Zapillo. Siempre me vuelvo a preguntar una y otra vez qué es lo que tiene, qué hay en él para que sigamos prendados mi familia y yo. Porque, justo es decirlo, arquitectónicamente es un barrio feo y descuidado, lo parte en dos una ancha y ruidosa carretera, las calles son tremendamente sucias y la droga, la prostitución y la miseria están a la vuelta de la esquina, o quizás más cerca. Su playa dista mucho de estar limpia (creo que no conozco otra arena más sucia), la carne de cañón de ciertos barrios suele dejarse caer por allí y el agua no siempre es cristalina, pero, en definitiva, pocas cosas siguen mereciendo más la pena que un chapuzón en este mar tan antiguo y transitado. Y pocas cosas me serenan y alegran más.

Tal vez sea porque no he conocido apenas otro lugar de veraneo desde el comienzo de mi existencia. Porque nunca hemos tenido otra cosa, como a veces supongo ocurre con toda la gente que viene y sigue viniendo desde hace tantos años; aunque también creo, como le pasa a mi familia, que todos esos veraneantes regresan porque realmente les gusta El Zapillo.

Si lo seguiré teniendo tan presente que, la última vez que volví a ese rincón de la foto, allí donde siempre hemos bajado, tuve un momento de debilidad y me emocioné, pues era consciente no sólo de que ese tiempo y esos momentos ya no van a volver, pero tampoco vamos a regresar allí, al menos en bastante tiempo.

Para mí, y siento hablar tanto en primera persona, una de las cosas que no cambio por nada en el mundo es adentrarme poco a poco, en esas calmadas y limpias aguas un atardecer de agosto, mientras tienes a la vista el faro del puerto, las primeras luces de Aguadulce y Roquetas  y la mole de la sierra de Gádor, con el sol en preciosa retirada. Te sumerges hasta tocar la arena y sales de nuevo a la superficie, y es cuando contemplas el reposo de la playa, aún con gente que se resiste a volver a casa; detrás, dominando las palmeras,  las altas y oxidadas torres repletas de balcones y ventanas con reflejos de los últimos rayos de sol. La suave brisa y el olor a mar, a Mediterráneo, hacen el resto. La sensación de paz y tranquilidad, indescriptible.

Es la playa de mi vida.


6.5.13

El sucio y extraño encanto de Almería

Enésima entrada sobre Almería.
Realmente llevo ya unas cuantas,por no decir bastantes entradas  sobre ella. Temo repetirme, para lamento de los lectores de este blog, quienes, al cabo de tres años ya,  sean muchos, pocos o ninguno, pueden tomarme por un monotemático. 
Porque, además, se trata de otra combinación de amor y odio, de ilusión y desencanto, de buena fe y de mala leche, hacia y sobre ella.  

Pero me sentía con la necesidad de escribir de nuevo sobre mi tierra, especialmente a raíz de mis últimos paseos y descubrimientos. O re-descubrimientos.
En su momento comparé a Almería con Nápoles, salvando unas cuantas distancias. Pero, cuando hace unas semanas subí por primera vez al cerro de San Cristóbal, esta vez la ciudad se me antojó con mucha más fuerza Atenas, un caso que conozco de primera mano; pues no he estado en la urbe italiana pero sí en la capital de Grecia.

Bien, pues cuando contemplé Almería encaramado a  esas modestas alturas, tuve una sensación parecida a la panorámica desde la roca de la Acrópolis, en aquel viaje de estudios de 2010. Salvando ciertas distancias de nuevo (pues Atenas ronda en total los 4 millones de habitantes mientras que Almería no supera aún los 200.000, y el patrimonio de la capital griega, aunque maltrecho, es muy superior al almeriense) las impresiones eran las mismas:

Abajo estaba la misma ciudad sucia, ruidosa, caótica y canalla, hecha a jirones,  expandida rápidamente y de mala manera y donde a duras penas pueden distinguirse los escasos vestigios del pasado. Las mismas torres de hormigón blancas y de otros colores plantadas al lado de edificios mucho más antiguos, aquí y allá, salidas como de repente. 

Abajo estaba el mismo mar mítico, tan frecuentado desde hace  tres mil años, con esa brisa que contiene ecos de civilizaciones antiguas y ese azul tan particular. El mar está mucho más cercano en Almería que en Atenas -además el puerto es otra ciudad, la vieja El Pireo- pero las sensaciones son comparables.

A lo lejos, tras dejar con la vista el interminable blanco de los edificios (Atenas tiene un buen tamaño, pero en Almería, siendo pequeña,  el color se prolonga por  los invernaderos), las montañas, tan parecidas en ambos casos, por más que aquí sean mucho más ocres y desnudas, pero las cuales en las dos ciudades las rodean por todos lados. Y la nubecilla de tierra flotando en la atmósfera, pesada y ventosa. 


Una parte de Almería desde el cerro de San Cristóbal.


Atenas desde la Acrópolis. El monte Licabeto al fondo.

 
Seguramente más de uno me tome por exagerado al comparar dos ciudades en principio tan distintas como Almería y Atenas, pero yo les encuentro ciertas similitudes, inquietantes algunas. La capital griega, además, es una  metrópoli de casi 4 millones de habitantes, sí. Pero algunos de sus barrios más populares y bohemios, caso de Plaka, Monastiraki o Anafiótika, te pueden transportar a un pueblo, con sus casitas blancas e irregulares y otras de tejados rojos. Son como pequeños pueblos dentro de una gran capital. En el caso de Almería, quien se dé un paseo por la no del todo bien conocida Almedina de la ciudad, a los mismos pies de la Alcazaba, puede llevarse una sorpresa pues se encontrará un barrio de preciosas, estrechas y complicadas calles de inspiración musulmana con construcciones que para nada desentonan con el entorno (al contrario que las de otras partes de Almería) . 

  
Llevaba ya tiempo deseoso de subir a este cerro de San Cristóbal, pese a que los alrededores sean poco halagüeños (me acordé de Gerald Brenan, cuando se acercó en los años 20 y había más miseria aún), pero la panorámica merece de verdad la pena. La contemplada desde la Alcazaba es también apreciable, pero está mucho más vista y desde luego desde la fortaleza árabe se pierden algunos matices que sí se notan desde este mirador a los pies de la estatua blanca de Cristo.

Siempre que subo, ya sea a la Alcazaba o a San Cristóbal, me maravillo por las estupendas imágenes y por la panorámica, pero a la vez me invade la tristeza y el pesimismo. Y me hago preguntas. Por ejemplo, cómo sería esta ciudad si en las décadas de 1950, 1960 y 1970 no se hubieran dedicado a plantar torreones por doquier del peor estilo funcional, me pregunto. Por poner un ejemplo, la catedral es pequeña (y además apenas tiene torre, pero esto se debe a que cuando se construyó, no era recomendable levantarlas por el acoso de los piratas berberiscos, quienes desde el mar podían ver dónde se encontraban las iglesias)  pero más insignificante parece aún al tener varios horribles bloques de viviendas a un solo palmo de sus achacosos pero firmes muros.

Me pregunto también cómo sería esta ciudad si de verdad se tuviera conciencia del buen patrimonio existente. No sé si se debe al crónico complejo histórico (estar situada tan cerca de ciudades extraordinarias como Granada se nota, y mucho), al simple desinterés, a la desgana o porque de verdad aún no se ha concienciado a la gente. ¿Cómo se explica si no, el hecho de la existencia de edificios y monumentos  poco publicitados cuando no directamente cerrados de forma indefinida más de una década? ¿Cuántas ciudades cuentan con una estación de tren de notables formas y estilo francés con más telarañas que el castillo de Drácula y ni siquiera iluminada? ¿O un cargadero de mineral que “ya quisieran para sí muchas ciudades inglesas”? (Le escuché ésto a un profesor). Por no hablar de la Alcazaba, la mayor fortaleza musulmana de la Península Ibérica; no en vano ahí está el dicho “Alcazaba tenía Almería cuando Granada era sólo alquería”. O de su catedral-fortaleza, ejemplar único , si bien, aunque pequeña y modesta, no merece tener sus recios muros pintarrajeados desde hace años y no precisamente por piratas berberiscos, sino por gentuza de la ciudad. Tampoco creo que haya muchas ciudades en las que el edificio de siempre, de mediados del XIX, de su Ayuntamiento lleve cerrado y en estado lamentable años y años, con fragancia a orines, mientras el alcalde parezca feliz en el emplazamiento provisional, el cual tiene pinta de ser ya definitivo. Eso sí, a llenar la maltrecha Plaza Vieja de gastrobares y restaurantes para puretas y pijos. Eso sí importa.

Me pregunto cómo sería esta ciudad y dónde llegaría si no estuviera siempre tan sucia y degradada. Ya lo dije también una vez, de acuerdo. Pero se me cae el alma a los pies sin remedio. España es un país sucio, sí. O por lo menos buena parte de él. Pero no son de recibo las calles llenas de desperdicios e inmundicias, los destrozos aquí y allá y la sensación de abandono general.

Aunque es curioso, pues por una parte odio y me entristece que Almería sea tan sucia y degradada, pero por otra, diríase que me gusta regodearme en esa sensación de abandono y falta de pulcritud, como si en el fondo la amase tanto que lo hago con todas las consecuencias. O porque verdaderamente mi tierra ha sido siempre así, es así y será así, como todas las viejas ciudades mediterráneas. Si fuese una urbe al estilo de las de Suiza, por ejemplo, ni sería Almería ni sería mediterránea. Como todos sabemos, la cultura mediterránea tiene tantos aspectos maravillosos como otros no tanto; pero eso forma parte del paquete.

Con todo, la cuestión de lo remota que sigue estando Almería del resto de España y el “oasis de tranquilidad” que en el fondo es aún no es un aspecto típicamente mediterráneo. En este caso es particular de mi provincia, y dura, más que años, siglos. Pero, sinceramente y por más que me duela este tema, en el fondo prefiero que siga más o menos así; puestos a que nos degraden las costas y espacios naturales, ya lo hacemos los propios almerienses. Y puestos a que nos invadan legiones de madrileños y extranjeros, mejor seguir teniendo las playas poco frecuentadas (aunque esto cada vez sea menos habitual, todo sea dicho) y ciertos rincones sin trillar. 

Aún así,  Almería tiene un extraño encanto. No sólo lo digo yo, al fin y al cabo hijo orgulloso de ella,  o parte de mis paisanos. Deben decirlo, o al menos pensarlo, todos aquellos turistas llegados desde hace más de 50 años, los que han repetido y los que han venido aquí por su propia voluntad, buscando su clima benigno, su sol generoso y sus limpias aguas mediterráneas. O simplemente  tranquilidad, al ser Almería y su provincia un lugar relativamente aislado, con un aeropuerto pequeño y de poco tráfico, una deficiente comunicación por vía férrea (el escritor "Azorín" consideraba el avance del tren como signo claro de progreso. Prefiero no pensar qué diría de Almería hoy) y unas poblaciones pequeñas y tranquilas, como los pueblos alpujarreños con verdadero encanto,  además de sus reverenciadas playas y vírgenes fondos marinos, claro está, o sus paisajes cinematográficos cientos de veces filmados.

Volviendo a la ciudad, debe de haber una suerte de lirismo en su descarnada fisonomía, en su eventual suciedad y desprendimiento. Esa sensación de abandono debe relajar y tranquilizar, supongo. Por más que los vientos huracanados puedan ser perpetuos en ocasiones y por más que Almería no sea una ciudad silenciosa. También debe de haber un gusto innegable por sus modestas características. Modestas y honestas, por otra parte. Aquí no se vende la moto como en otros sitios.

Hay, porque lo hay, una gran belleza en sus eternas puestas de sol.  Tanto desde la playa con las luces de la ciudad al fondo y la mole ocre de la sierra de Gádor sobre ella, y más alto aún el impoluto cielo, una bóveda perfecta. O mirando en otra dirección, con las gradas de las estribaciones montañosas de Sierra Alhamilla y los Filabres detrás ,  cuando delante sólo tienes los farallones de Cabo de Gata, a veces invisibles por la calima y la niebla, en ocasiones tan nítidos que parecen poder tocarse con la punta de los dedos.  O desde las estrechas calles de la Chanca o Pescadería, con las almenas y torreones de la Alcazaba mutando de color y  dominando la postal oriental. Ciertamente, aun a riesgo de caer en el tópico, Almería en ocasiones es mucho más africana y oriental que europea. Eso no es negativo; simplemente es así. Oriental, y volviendo a Grecia y al viaje de estudios, es la ciudad de Corfú, capital de la isla del mismo nombre, la cual a mí me pareció perfectamente Almería. En sus desconchadas calles cercanas al puerto me sentí como en casa.

Pero, desde luego, no deja de asombrarme el hecho de que la gente venga, de fuera quiero decir, a visitar la ciudad. No porque Almería no lo merezca, por supuesto, me refiero a la gran cantidad de lugares para admirar cerrados, de difícil acceso o complicada visita. ¿Qué se le ofrece al viajero, cuando ya ha subido a la Alcazaba, ha pasado si acaso por la catedral y se ha dado una vuelta al sol de la Rambla y en el ajetreo del Paseo? Pues a tapear. No queda otra. En eso sí somos punteros. En mantener limpias y presentables las calles y lugares públicos, no. En eso el turista ha de tener cuidado, en sortear mierdas de perro y manchurrones de vete a saber qué. Tampoco somos líderes en respetar el patrimonio de la ciudad y el mobiliario urbano.

Ojo, el turismo de restauración atrae a mucha gente, como el de sol y playa, y no me parece mal si eso beneficia a Almería, por supuesto. Pero me vuelvo a preguntar cómo sería esta ciudad y esta tierra si no estuviera por tres veces abandonada. Sí, tres. Tanto por la Junta de Andalucía, como por el Gobierno de España, pero también por ella misma. Almería no se aprecia ni a sí misma.

17.4.13

Cine: diez grandes momentos

Una nueva entrada de listas, aunque esta vez de mi propia cosecha y de cine.  Ahora se trata de diez escenas, de diez grandes momentos cinematográficos, ésos que suponen un estremecimiento, algo inolvidable y que permanece hasta mucho después de verlo. Como se dice vulgarmente, poner los pelos como escarpias. Prácticamente todas son de mis películas favoritas y un cierto número pertenecen a finales. Además, he apartado voluntariamente y en lo posible tanto las grandes escenas archiconocidas de películas tipo El Padrino Casablanca, por estar mucho más manidas, como aquellas en las que el diálogo predomina sobre la imagen. Probablemente me deje más de uno y más de dos momentazos, pero la tarea no es fácil, la verdad. 


1- Los ojos azules de Henry Fonda.

Esta escena pertenece a ésas vistas de niño, pero que, revisionadas años después se revelan como auténticos momentazos imborrables . En este caso, se trata de la llegada de Frank (Henry Fonda)  a  Sweet Water, el rancho del  irlandés McBain. Estamos hablando de C'era una volta il west  / Once upon a time in the west (1968) , una de tantas obras maestras del irrepetible e inimitable  Sergio Leone, traducida en España , en vez del lógico  "Érase una vez en el Oeste", con el dramático título de Hasta que llegó su hora. Para muchos el mejor western de todos los tiempos, es sin duda una obra muy personal y aunque es larga, lenta, densa y con poca acción, tiene un buen puñado de escenas antológicas e inolvidables, como los largos títulos de crédito iniciales (10 minutos) en la estación de La Calahorra  o la explicación de por qué el personaje de Charles Bronson toca la armónica. Todo ello acompañado y ayudado por los paisajes de Utah, de Almería y de Granada y de la mítica música del siempre mítico Ennio Morricone.  La película merece por sí sola una entrada, pero ahora me centraré en uno de sus grandes momentos.

Leone  ambientó el rancho en un punto entre Gérgal y Tabernas, poco resguardado de chicharras, matojos e implacables sol y viento almerienses. En él caza una especie de pájaros McBain junto a su hijo. Luego acude a la mesa delante de la casa, donde su hija prepara la comida de gala para recibir a su nueva mujer (Claudia Cardinale). Regaña a otro de sus hijos (tiene tres) por llegar tarde a recoger a su madrastra.  De repente las chicharras dejan de escucharse, las aves huyen asustadas mientras nos martillean  unos contundentes disparos  y van cayendo, uno a uno y rápidamente, McBain y todos sus hijos, tan pelirrojos como él. Pero el momento cumbre es cuando el hijo menor, Timmy,  hasta entonces en la casa, sale afuera al escuchar el estruendo...entonces, mediante unos magistrales movimientos de cámara, asistimos primero a cómo -desde los ojos del niño- saldríamos corriendo de la casa y veríamos el panorama, y luego al lento acercamiento de Frank y sus secuaces a la puerta del rancho. Andando poco a poco, saliendo de los matorrales, con sus guardapolvos moviéndose al sucio viento, mientras suenan los acordes de guitarra metálica de  Morricone. Luego vemos los ojos extraordinariamente azules de Frank  (Fonda, hasta entonces un habitual en los papeles de "bueno", nunca fue tan malvado), que se muestran fríos e implacables ante el pobre niño, quien no espera piedad ante la falsa sonrisa del asaltante. Interpelado por uno de sus hombres sobre qué harán con el pequeño, sólo escupe de mala gana y murmura "Ya que has pronunciado mi nombre..."  sacando el arma.  Suenan unas campanas de muerte y el pistolón de Frank aniquila a Timmy.  Muy, muy  pocas escenas me han marcado más, la verdad.


2- Arturo volverá...

El rey Arturo, Ginebra, Excalibur, Perceval, Merlín, Camelot, Morgana, Gallahad, Lancelot, el Grial...la leyenda artúrica me ha fascinado y hasta obsesionado desde pequeño, y no sé si se debe a  Merlín el Encantador (Disney), a alguna lectura, o  a  Excalibur, o quizá  a todo junto. Excalibur (1981), de John Boorman, ha sido considerada casi unánimemente desde siempre como la adaptación cinematográfica más fiel al mito artúrico, y la vez una de las más personales.  Verdaderamente ya el comienzo de la película del director británico es impresionante, cuando  lo poderoso de las imágenes se une a la música de Richard Wagner, metiéndote de lleno en The Dark Ages, es decir, cuando de Inglaterra se fueron los romanos , desembarcaron los bárbaros y comenzó el tránsito a la Edad Media.  Boorman se basó principalmente en La muerte de Arturo de Mallory (1485)  para su obra, aunque eliminó prácticamente el significado cristiano del Grial y de casi toda la película, quizá para darle un tono más céltico-pagano-legendario en vez de literario o histórico.  Eso, unido a las relucientes armaduras renacentistas, los paisajes de Irlanda, algunos detalles  horteras ochenteros y la música de Wagner y Orff  (el famoso Carmina Burana) hacen de Excalibur una película difícil de olvidar, por lo menos para mí. Tiene varios "momentos cumbre", pero la gloria definitiva está reservada en su grandioso final.

En la última batalla y ante un atardecer rojo como la sangre, Arturo consigue matar a su hijo  Mordred (fruto de un hechizado incesto con su hermana Morgana), pero queda herido de muerte. Ya sólo acompañado del fiel Perceval, y para asegurar el futuro de los hombres, ordena a aquel que tire su espada Excalibur  a las aguas, devolviéndosela a la Dama del Lago. Perceval duda una vez y regresa junto a Arturo, y tras la insistencia moribunda de éste,  desciende de nuevo al lago y la arroja por fin, saliendo y desapareciendo mágica y decisivamente la mano de la dama mientras suena la contundente música de Wagner (El funeral de Sigfrido). Cuando Perceval regresa junto  a donde está Arturo, éste ya no se encuentra allí. Grita desesperadamente su nombre, y al fin lo ve, a bordo de un navío y acompañado de las reinas hadas, rumbo a Avalon. Según la leyenda, allí sería curado y estaría en guardia para cuando Inglaterra necesitara su ayuda...Arturo parte a la "isla de las manzanas" en un nuevo amanecer; de hecho lo último que vemos es el barco inundado por el sol. Imágenes y música, contundentes por igual en un grandioso final que forma parte de ese cine que ya no se hace y que estremece de una forma indescriptible el cuello.



3- "Habéis sangrado con Wallace...sangrad ahora conmigo".

  No puedo resistirme a no poner otra vez este momentazo de esta mítica película. Como ya hablé largo y tendido sobre ella en dos entradas, únicamente copiaré y pegaré lo de su final, cuando ya han ejecutado a William Wallace y todo parece haber terminado. Pero no, porque una voz en off nos dice lo que efectivamente se hizo con el cuerpo del héroe y los acontecimientos posteriores. Luego vemos otro campo de batalla, donde en teoría el rey de Escocia iba a rendir pleitesía al inglés.  Estamos en Bannockburn, en junio de 1314. 

Requerido por un repelente noble escocés, quien le apremia a acabar de una vez con la ceremonia, Robert titubea, mirando de reojo a sus súdbitos, y se detiene. Lleva en el antebrazo el viejo pañuelo de Murron del que Wallace nunca se separó. Lo saca y manosea, como intentando leer algo. Había admirado al Guardián de Escocia hasta el final, y se había odiado a sí mismo por traicionarlo.  Una vez liberado de la influencia de su pragmático y leproso padre, parece comprender, por fin. Y se arma del valor y de la convicción que hasta entonces le faltaban.   Vuelve a  mirar a  las huestes de Wallace. Desharrapados, maltrechos, pero dignos. Están Stephen el Irlandés, y Hamish, el leal y recio amigo de William, e incluso el padre de Murron. Ahí están, expectantes, con poco ánimo de rendición, observándolo de reojo.   Mientras, suena una flauta en el viento (
Sons of Scotland) y unos tambores lejanos,  pero Robert se marcha con su caballo, en compañía de ese noble.  Vacila de nuevo,  se detiene, dice "alto"  y se vuelve hacia sus mesnadas, contemplándolas, y les ordena con voz trémula, como suplicando:

-"Habéis sangrado con Wallace...sangrad ahora conmigo".
 

Hamish aún conserva la gigantesca espada de su amigo y, eufórico,   la arroja con fuerza hacia el campo de batalla, recordándole una vez más. Ésta se clava decididamente en la tierra, mientras las gaitas suenan de forma atronadora.  los guerreros gritan "WALLACE, WALLACE" y Robert desenfunda su espada, poniendo los ojos en blanco, inyectándolos hacia el enemigo, y por su parte los escoceses cargan corriendo, una vez más, dispuestos a todo, ante el asombro de los petulantes ingleses. Una nueva voz en off, pero esta vez es la del propio Wallace:

-"En el año de Nuestro Señor, 1314, patriotas de Escocia, hambrientos y en inferioridad, cargaron sobre los campos de Bannockburn. Lucharon como poetas guerreros...lucharon como escoceses...y ganaron su libertad". 

(...)

Ante este soberbio, impresionante y vibrante final, no cabe añadir nada más. Se me sigue erizando el cuello cuando lo veo y cuando escucho  el certero discurso de Bruce y la evocadora narración de Wallace/Gibson desde el más allá, y me sigue emocionando como desde la primera vez. Sí, en la historia del cine hay muchos finales, y algunos extraordinarios; comparados con éste, habrá finales más trágicos, más felices, más románticos, más profundos, más lacrimógenos, más aleccionadores...pero no hay finales como éste, donde te vuelves a sentir como entre los guerreros escoceses de  Sir William Wallace, y por quien te dan ganas de levantarte del sillón y correr contra el enemigo, a luchar por todo; por tu amor, por tu familia, por tus amigos, por tu tierra, por tus ideales y convicciones, por tu vida, por tu libertad


4-¡Indio, tú ya conoces el juego! ”

De nuevo una película de Sergio Leone. En este caso se trata de La muerte tenía un precio (Per qualche dollaro in più, 1965), la segunda de la llamada “Trilogía del dólar”, es decir, entre Por un puñado de dólares (1964) y El bueno, el feo y el malo (1966) . Siendo ésta última la que me inclinó en el gusto por el spaghetti western, con los años he ido apreciando incluso más La muerte tenía un precio, no sé si por sus historias tan tormentosas , el atractivo de sus actores (Lee Van Cleef aquí es un personaje más benévolo y a la vez desgraciado, y siempre he tenido debilidad por Gian María Volontè) o la calidad de su banda sonora (Ennio Morricone siempre es una garantía, pero aquí se vuelve a salir). Y por supuesto, de sus decorados y escenarios de Almería, toda una constante de Leone y del spaghetti western.

En el duelo final de esta película, el coronel Mortimer (Van Cleef) quien se ha aliado con “El Manco” (Clint Eastwood) para dar caza al bandido “El Indio” (Volontè) logra cercar a éste en un pequeño poblacho. Realmente Mortimer tiene cuentas más personales con el bandido porque “El Indio” provocó el suicidio de su hija al violarla después de matar al marido de ésta.
Despachados los demás secuaces de la banda y acorralado “El Indio” en una pequeña plazuela redonda (lugar que aún existe prácticamente intacto en Los Albaricoques, Níjar) , éste recurre a su reloj de cadena con música, método que suele usar para matar (cuando acaba la melodía dispara sin piedad) y que a Mortimer le recuerda a su hija pues era el de ella, aunque él mismo lleve otro con la misma foto. El bandido es verdaderamente un hombre cruel pero a la vez martirizado por los recuerdos, pues suele tener malos sueños con la chica que prefirió morir antes que yacer con él.
Aún así, parece en su salsa cuando abre el relojillo, suena la melodía y le dice a Mortimer que, cuando acabe la música, coja el revólver si puede (está en el suelo) y dispare. La cara del coronel es un poema pues su hija vuelve a estar muy presente y la impotencia y la amargura se unen a la dificultad del duelo (Si “El Indio” ya de por sí es un tremendo tirador, ¿cómo coger la pistola antes de que le dispare?).
La melodía se acaba, pero lo que no se espera ninguno de los dos es que “El Manco” aparezca de repente con otro reloj (el de Mortimer, quien cae en la cuenta) cuya música alarga la del de “El Indio”.
Apuntado el bandido por la escopeta de Clint Eastwood, éste dice al coronel “Te has descuidado, viejo” y le alcanza otro revólver. “El Manco” anuncia a los dos duelistas las reglas habituales de “El Indio” (“¡ Indio, tú ya conoces el juego!”) mientras suena uno de los temas más míticos de Morricone (La resa dei conti) y se sienta a esperar el desenlace.
Verdaderamente el bandido se ha visto superado como nunca, pues jamás nadie, cuando sacaba el reloj, le había contrarrestado con otro. Por eso se ve ahora bastante bloqueado, mientras en la mirada de Mortimer sólo hay tristeza vengativa. Venganza que consigue cuando acaba la música al disparar de muerte a “El Indio”.

Cuando el coronel arranca el reloj de la mano del bandido, comprende “El Manco” los motivos familiares de su socio. De hecho, éste rechaza por completo la gran cantidad de dinero de la recompensa por “El Indio” y su banda, pues en el fondo no eran los dólares el principal motivo.
Y así, se va, mientras suena una melancólica música, ante un atardecer de ésos tan habituales, tan de postal, en mi Almería. Una figura solitaria y triste, a caballo, emprendiendo otro camino.

(Así debiera haber finalizado la película, y ésta es una opinión personal. Pues aún no ha acabado, ya que queda vivo uno de la banda, aunque es despachado sin problemas por Clint Eastwood mientras éste contaba los muertos. El coronel se vuelve y le pregunta si todo va bien, y el joven dice “No me salía la cuenta, viejo”. Es un buen final, simpático, aunque según mi muy particular opinión hubiera quedado más bello el otro, más melancólico y evocador. Debe ser que soy un triste.)




5- Cerrar la puerta a John Wayne.

  John Wayne, John Ford, el Oeste, el cine...qué más cabe añadir de esa combinación. El director del parche en el ojo es uno de los “Grandes”, con máyusculas, de la historia del cine, y con verdadera razón. Principalmente debe su fama a westerns, género del cual es el mayor tótem desde siempre, aunque en su larga carrera de más de 50 años hay bastantes películas que no son del Oeste, como Las uvas de la ira, Qué verde era mi valle, El hombre tranquilo o Mogambo.
Junto a su gran amigo John Wayne realizarían una veintena de películas, tanto westerns como de otros géneros y subgéneros. En buena parte de estos largometrajes, el gran Duke solía interpretar individuos fronterizos, de dudoso pasado y poco recomendable presente, mal vistos por la sociedad o por el pueblo, prácticamente perdedores de la vida. La película a la cual pertenece este momentazo no es una excepción en este sentido. Se trata de Centauros del desierto (The Searchers, 1956).

En el final de la película, asistimos al retorno de estos centauros, quienes regresan victoriosos después de haber cumplido su misión (encontrar y recuperar a la sobrina de Ethan, el personaje de Wayne, raptada por los indios). Así, mientras éstos se acercan a caballo a la granja de la familia y suena una canción cantada a coro, Ethan trae en brazos a su sobrina. En principio nadie le agradece nada, prácticamente ni le miran. De hecho van entrando en la casa y la parejita oficial de la película, tan enamorados ellos, pasan al lado de Wayne como si no estuviera. Éste se queda parado cerca de la puerta, exhausto, y dudando si entrar o no. Sabe que sobra en la escena feliz, y, desamparado como siempre, se encamina (con los muy característicos andares del mítico Duke) hacia la soledad del ventoso desierto. Ford, tan maestro él, hace coincidir el final de la canción mientras la puerta se cierra y aparece el THE END y el logotipo de la Warner.
En el fondo todos le cerramos la puerta a John Wayne, como siempre. Y sin agradecerle nada, tampoco. Pero a él poco le importa, porque es un coloso.  Qué grande es el cine.

 

6- La madre de Conan.

  Aquí se trata, más que de un momento lírico o especialmente bello y delicado, de uno brutal, descarnado, de una fuerza distinta. Prácticamente como todos los de esta película (Conan el bárbaro/Conan the barbarian, 1982) de John Milius. Éste adaptó los relatos de R.E. Howard, y ayudado en el guión por Oliver Stone, alumbró un largometraje tan peculiar como duro y truculento, con escasos diálogos y que ya deja muy claras sus intenciones desde el prólogo, con la frase de Nietzsche “Todo lo que no te mata te hace más fuerte” y la advertencia del padre de Conan a su hijo de que no confíe en nadie, ni hombre, mujer o animal, sólo en su espada.
Es una película peculiar además porque combinó actores consagrados como James Earl Jones y Max von Sydow con otros que no eran ni intérpretes; una curiosa mezcla de bailarinas, surfistas, jugadores de fútbol americano y culturistas. Entre ellos, un Arnold Schwarzenegger de 34 primaveras, quien, aunque ya había participado en más de una película, sería en ésta donde alcanzaría la fama. Realmente, aunque fue nominado al Razzie de ese año como peor actor, resultó un bárbaro perfecto tanto por su físico como porque tuvo que hablar poco.
Conan , por cierto, fue rodada casi en su totalidad en España (Segovia, Cuenca, Almería). Especialmente en Almería: en Tabernas, las salinas de Cabo de Gata, la propia capital y la sierra de Gádor; además se aprovecharon decorados existentes de spaghetti westerns, pero esa es otra historia.
Mención aparte merece la legendaria banda sonora del tristemente fallecido Basil Poledouris. Una composición que para muchos (expertos y no expertos, grupo éste donde me incluyo) perfectamente forma parte de los 10 mejores soundtracks de la historia del cine. Muy pocas veces una banda sonora ha sonado tan poderosa, épica, mística y a la vez tan clásica como romántica y desgarradora a la vez. Y no mereció ni una triste nominación al Oscar.
En fin, pero vayamos ya con el momentazo pues se me nota demasiado lo que me encanta esta película.

Estamos al principio de la misma, cuando a la aldea del pequeño Conan (interpretado por un Jorge Sanz de 13 años) llegan los despiadados “señores del acero” a caballo por las montañas. Arrasan el poblado y el padre de Conan cae, tras luchar bravamente, despezado por los perros de la guerra. Ya sólo quedan vivos el niño y su madre (encarnada por la malograda Nadiuska), quienes son cercados por los jefes guerreros. Entre ellos, Tulsa Doom (Earl Jones). Sin una sola palabra, asistimos a largas miradas y lentos movimientos mientras suena la música de Poledouris. Conan, agarrado a su madre, temeroso lógicamente ante lo que puede pasar. Su madre, guerrera hasta el final, empuña una espada. Como cree ver en Tulsa Doom un atisbo de clemencia, pues le da la espalda, baja la guardia. Craso error, pues el temible “señor del acero” le decapita sin más contemplaciones. Esto no lo vemos, pero lo adivinamos al notar caer su cabello y la mirada del pobre Conan, aún agarrado a su madre. Brutal. Huérfano tan tempranamente y vendido como esclavo, así comienza el cimmerio su paso a la realidad de la dura vida, su pérdida de la inocencia y el definitivo convencimiento de que sólo habrá de confiar en la espada, como le dijera su padre.

 

7- Heather.

Si hay alguien que echa de menos en esta lista tan personal algún momentazo romántico, aquí llega. En este caso pertenece a esa joya ochentera llamada Highlander -en España Los inmortales- (1986). Película que, curiosamente, tuvo mucho más éxito en la por entonces poderosa y boyante industria del videoclub que en su estreno en los cines. Sin ser un largometraje verdaderamente genial y redondo, tiene diversos puntos destacables como su historia, la belleza de muchas de sus imágenes, algún secundario como Connery y desde luego, una banda sonora aderezada por las canciones de Queen, verdaderamente ellos unos auténticos inmortales. 

La escena en cuestión nos introduce de lleno en la relación del protagonista, Connor McLeod (Christopher Lambert, en uno de sus escasos buenos papeles) con Heather, escocesa como él y su primer y verdadero amor. McLeod, melancólico, evoca en la actualidad su romance en el lejano siglo XVI en las Tierras Altas de Escocia. No haciendo caso de los consejos de su mentor Ramírez sobre los sufrimientos que acarrea enamorarse de una mortal, el highlander se establece con ella en una cabaña.   Todo parece ir bien mientras la salud y los años son clementes con Heather, acompañada del feliz inmortal, pero el paso del tiempo afecta a los que no pueden vivir eternamente. Uno de los momentos cumbre es cuando Connor llama a su amada, y cuando parece que siguen los dos jóvenes, aparece una anciana con los cabellos de plata, subiendo trabajosamente por la hierba con una oveja en los brazos. Freddie Mercury, Brian May y compañía hacen el resto con su Who wants to live forever?, aunque el momento más sensible y estremecedor llega poco después, con la agonía de Heather en la cama. Ésta le pregunta a Connor por qué no ha envejecido, y el desdichado inmortal simplemente dice:

-"Porque te quiero tanto como el primer día que nos conocimos".

Poco después y tras hacerle prometer que de ahí en adelante, el día se su cumpleaños encendería una vela siempre, Heather pregunta a Connor dónde están, y mientras éste responde "En las montañas...en tu tierra...en tu querida tierra...pronto saldrá el sol...y no hace frío...llevas la zamarra de oveja, y las botas que yo te hice..." la mujer muere en los brazos de McLeod. El highlander emprende así el desgraciado caminar en su vida de inmortalidad, condenado a ver morir a todas las personas que amaba. No sé por qué me sigue tocando la fibra siempre que veo esta escena, pero es así. 
 



8- El funeral de Bryan. 
 
De nuevo saco otro gran momento de otra película a la cual le dediqué una entrada hace bastante tiempo. Como de Barry Lyndon (1975) de Stanley Kubrick ya hablé a fondo y me enrollo bastante, me centraré en uno de sus momentazos, en este caso el de la muerte y funeral de Bryan, el primer y único hijo de Redmond Barry con Lady Lyndon.

El pequeño yace en su lecho de muerte tras haberse caído de un caballo (regalo de su padre) montado a escondidas, y está acompañado de sus padres. Éstos, rotos, hace mucho tiempo dejaron de ser una pareja feliz por las infidelidades y las malas maneras de él, y verdaderamente Bryan era lo único que les hacía verdaderamente felices. El niño le pide a su padre que le cuente otra vez “la historia del fuerte” (típicos relatos de guerra, pues Barry estuvo en la de los Siete Años) y luego les hace prometer a sus progenitores que no se pelearán más, con voz moribunda y ante el llanto de ellos.

Acto seguido, vemos su cortejo fúnebre, un carrito tirado por ovejas (minutos antes se había visto en su cumpleaños) seguido por los afligidos padres y demás familia y amigos, mientras el reverendo va orando (“El señor es mi pastor...por verdes prados...” etc) y suena de forma atronadora la Sarabande de Haëndel, uno de los temas más utilizados en la película. Esta escena, por su fuerza y estilo, también forma parte de ese tipo de cine que ya no se hace, como repetitivamente digo una y otra vez.



9- Payaso hasta el final. 

 Roberto Benigni es un personaje peculiar. Para unos, el italiano es un genio de la comedia ligera y para otros un bufón sin puñetera gracia. En ese aspecto no puedo opinar porque la única película suya que he visto es la archiconocida La vida es bella (La vita è bella, 1997). Pero qué película. Todo un canto a la vida y al optimismo y a poner siempre buena cara ante las adversidades, por muy malas sean éstas (en este caso, el Holocausto judío).
He llegado a leer que su película supone una falta de respeto a las víctimas y a todo su sufrimiento inhumano (porque lo fue de verdad), pero no veo nada de eso; es más, admiraría la habilidad de Benigni para hacer humor de un asunto donde no se puede sacar prácticamente nada de risa o sonrisa.

El italiano encarnó a Guido, un judío bastante peculiar y pícaro en el buen sentido de la palabra, quien se casa después de enamorarse y tiene un hijo, Giosué. Todo ello en la bonita ciudad de Arezzo en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. Pronto sería enviado a un campo de concentración junto a su hijo y allí padecería como todo judío, gitano o deportado en esos terribles años. Aunque aquí no se esperan escenas duras y trágicas como las de La lista de Schindler, por ejemplo, pero se deja entrever. Al fin y al cabo, no deja de ser una comedia, como queda demostrado en la genial escena donde Guido se ofrece para traducir al italiano el discurso del oficial nazi sobre las reglas y normas del campo de trabajo. No tiene ni idea de alemán, pero lo hace, como todo a partir de esta parte, para disimularle al máximo a Giosué dónde están realmente.

Y así queda demostrado en el para mí gran momento: los aliados están cerca y los nazis ya se saben perdedores de la guerra, así que aceleran el exterminio de prisioneros. Un alemán encuentra a Guido con su hijo, y se dispone a ejecutarle, aunque el personaje de Benigni le suplica que lo haga en otro sitio, para que el pequeño no vea la tremenda escena. Giosué se dispone a esconderse, pues según su padre el premio final está cerca. Como ve a su hijo algo temeroso, Guido le guiña el ojo, tranquilizándole, aunque sabe que va al paredón. Desde siempre me he estremecido con ese gesto. Sea un bufonada o no, es un payaso hasta el final, con todas sus consecuencias, y así es como se despide para siempre de su hijo. Verdaderamente es una escena muy emotiva.
Cuando Giosué sale de su escondite, a la mañana siguiente, los soldados aliados ya han entrado en el campo de concentración, y de hecho lo primero que ve el niño es un tanque, tal y como le prometió su padre. Sólo muchos años después Giosué comprenderá dónde estuvo realmente y todo el sufrimiento padecido por su padre, quien le engañó con la mejor de las intenciones. La vida puede ser bella, sí.


10- "Agradecemos sus palabras, pero éste es un tercio español"

Sorprende que haya incluido en esta lista una película española, con lo enemigo que soy del cine patrio (aunque hay unas cuantas obras maestras, más de antes que actualmente, todo sea dicho), y además, de una película simplemente correcta pese a unas cuantas virtudes. La adaptación que de la serie de novelas de Pérez-Reverte sobre el capitán Alatriste se hizo en 2006 tuvo, quizás, como principal fallo condensar varios libros en una sola película, condenando a la misma a un ajetreo frenético por querer mostrar todo y a la vez dejarse cosas en el tintero. Con todo, en aspectos como vestuario, ambientación o diálogos resulta estupenda, y el  gringo Viggo Mortensen resulta un gran Alatriste pese a sus evidentes dificultades en hablar un correcto castellano aún esforzándose  bastante. Hubo gente que llegó a afirmar que parecía un Diego Alatriste salido de un derrame cerebral o algo así. Mala fe aparte, incluyo un momentazo de esta película no sólo porque los libros de Alatriste sean muy importantes para mí;  además porque las escenas finales de dicha película son realmente extraordinarias e inexistentes en el cine español. 
Estamos en Rocroi, Francia,  el 19 de mayo de 1643. Los despojos de los viejos tercios españoles languidecen tras más de cinco horas de combate frente a las tropas (y la artillería y la caballería) francesas del duque de Enghien. Éste cree conveniente, por la tenaz y empecinada resistencia de los tercios (un escritor francés les llamó "murallas humanas") negociar una rendición honrosa. 
Y  a eso va  un maltrecho Diego Alatriste, acompañado de otros viejos camaradas con mucha mili  como Sebastián Copons o el propio Íñigo Balboa. Así, tras escuchar el parlamento del reluciente emisario francés, los seis españoles se quedan callados hasta que, después de sostener a un moribundo Copons,  habla Alatriste:

"Decidle al señor duque de Enghien que agradecemos sus palabras... pero éste es un tercio español". 

Así, sin más. Aquí no se rinde ni Dios.  Resignados, andrajosos,  hastiados,  pero dignos y orgullosos hasta el final, como siempre se los imaginó Pérez-Reverte y como realmente fueron los tercios españoles, verdaderamente invencibles en un buen número de batallas entre 1495 y 1643. Historia gloriosa de España, sin más, pues también tenemos historia vergonzosa, y  descartemos estúpidas acusaciones de fascismo o radicalismo por enaltecer el pasado de tu país, como si Franco hubiera combatido en San Quintín, Nördlingen o Pavía. Considerando además, toda la parte trágica y desgraciada del asunto: la gran cantidad de muertos y damnificados por las campañas de la Monarquía Hispánica en Europa pese a las consecutivas victorias (aunque desde luego son espectaculares las mínimas bajas de los tercios en muchas batallas) , y las malas condiciones del ejército español, las cuales se fueron acentuando cuanto más lejos quedaba la época de los Austrias Mayores. 

Todo ello queda reflejado tanto en los desencantados libros de Pérez-Reverte como en la película de Díaz Yanes. A los segundos de decir "no" a la rendición, Copons, tras decirle a Balboa que cuente lo que fueron,  cae muerto y Alatriste se coloca en vanguardia, como veterano, para afrontar la última carga de su última batalla. Ordena a Íñigo que se coloque detrás, más a salvo, mientras ya suenan los bellos acordes fúnebres de "La madrugá" de la Semana Santa de Sevilla. Una parte del público criticó la utilización de la pieza para estos momentos, pero a mí realmente me gustó, y eso teniendo en cuenta lo poco amigo de lo sevillano que soy.  Verdaderamente son unos hermosos y trágicos minutos, el ver agonizar a los últimos tercios viejos, supervivientes de tantas victorias y tantas machadas, y al ver las imágenes uno tiene la certeza de que una época está acabando y viene otra mucho peor para España y los españoles. 

Por desgracia, pese a que este enorme final, enaltecedor de la historia española aunque también cargado de pesimismo, crítica y desencanto, no suele ser para nada habitual en el cine español. Uno no está acostumbrado a estas maravillas.  Por eso me sorprendió y me encantó en su momento, y por eso he incluido este momentazo pese a ser de una película no del todo redonda. 


                                                                       +   +   +


Y nada más. Hubiera acompañado cada escena o escenas de su correspondiente enlace en Youtube, pero no todos están, por desgracia. Por último, compruebo que ciertos momentazos me han quedado bastante más largos que otros y que, pese a ser de cine,  aprovecho la mínima ocasión tanto para hablar de Almería como para polemizar sobre historia y política. Si es que no aprendo...

27.3.13

No es una semana cualquiera


Ya hasta me plagio a mí mismo. Aunque no es la primera vez. Esta entrada es de abril de 2012, y  aunque por una complicada y triste razón este año no sea lo mismo que el anterior, y que incluso no haya ganas de ella, mi pensamiento y mis sensaciones siguen siendo las mismas:


Otro año más, el tiempo fugaz nos trae una nueva Semana Santa. Una celebración católica profundamente intrincada en nuestra tradición.
Hoy no voy a hacer una entrada crítica, puntillosa o negativa. No, ni mucho menos.

Me encanta la Semana Santa, ya lo he dicho por aquí más de una vez. Pese a mi agnosticismo.

Mi total carencia de fe y devoción tiene su contrapunto en la querencia por varios elementos: la música, con ese abuso de trompetas, cornetas y tambores, de una rotundidad extraordinaria; las imágenes, las cuales, aunque no sea creyente, reconozco su belleza, perfección de formas, cuidada elaboración y realismo, realmente loables al realizarse en fragmentos de madera; el interés por la historia y los personajes de la Pasión de Cristo según la Biblia; y los movimientos y ceremonial, con los acompasados vaivenes al son de la música, de los pasos, dotándolos de una elegancia y atractivo icónico innegable.
Por todo ello contemplo pues la Semana Santa no como un creyente devoto, sino como un admirador de todo lo expuesto antes. En este asunto vuelvo a ser tradicionalista, lo siento. O un cristiano cultural, como me han dicho alguna vez.

La Semana Santa es una de nuestras tradiciones , aunque no es de todos los españoles ni de todas las partes de España, pero sí es ciertamente representativa. Su antigüedad supera holgadamente los 500 años, por otra parte.
En contra de ciertas iniciativas en los últimos años, aunque algunas son bastante viejas, no considero se deba proceder a suprimirlas sistemáticamente, más que nada por el significado que conlleva para mucha gente. Entiendo que pueda molestar a algunas o bastantes personas, especialmente por cortar la calles, pero también se cortan las calles por memeces mucho menos decorosas e inmorales y aquí paz y después gloria. Además, tampoco se obliga al "antisemanasantero" a postrarse de rodillas frente a las figuras de madera, a rezarle o a darse de latigazos.
También, como ya señalé el año pasado, considero totalmente fuera de lugar la intención del colectivo ateo, o de quienes sean, de realizar una procesión atea (sic) justamente el Jueves Santo. Si quieren mostrar públicamente su ateísmo, algo totalmente legítimo, tienen muchos días el resto del año. Ese es un laicismo agresivo con pulsiones iconoclastas y que suele derivar en escenas de dudoso gusto sin producir nada bueno, ni práctico, ni útil. Y que además va dirigido sólo al cristianismo.  Ya  ha quedado sobradamente demostrado en ocasiones.

Maldita sea, ya empiezo a despotricar. En fin, como decía, yo no soy creyente y nunca he desfilado en ninguna procesión, ni mucho menos llevar un paso, pero respeto a la gente que sí lo es y para quien esta semana tan importante resulta, penitencias en las espaldas incluidas. Estos días nos permiten contemplar escenas de devoción sincera y emoción desbordada, a veces algo bochornosas para el espectador ateo o agnóstico, o simplemente poco o nada religioso, a causa de las estampas y lo que todo ello supone.  Suele criticársele a los devotos que bien podrían demostrar tantas ganas, esfuerzo y dedicación para otros menesteres, o achacarse a las cofradías el exagerado uso de metales preciosos y caros tejidos en tronos, imágenes y vestimentas. No les quito la razón, pero no voy a entrar ahí.


Me quedaré con mis sensaciones, algunas de las cuales las tengo desde bien pequeño:

- Redoble y retumbe de tambores, escuchándose desde lejos y cada vez más fuerte, anunciándote la inminente llegada, por detrás de las hileras de penitentes. A menos de un metro de tí ya es demencial. Sigo pestañeando en esos casos de golpe de tambor, como cuando era niño. También, los cornetazos desgarrados acompañando a un paso.

- Imágenes poderosas y representativas. Vale, son simples fragmentos de madera tallados. Pero diríase que tienen vida. Desde pequeño, cuando vivía en Linares, Jaén (gran Semana Santa la de allí también, por cierto) ,  me han interesado las escenas de la vida de Jesucristo y de su pasión y muerte, todo ello a causa de ver la imaginería de Semana Santa. Entradas en Jerusalén, Santas Cenas, Oraciones en el Huerto, Flagelaciones, Coronaciones, Cautividades, Caídas con la Cruz, Crucifixiones, Agonías, Expiraciones, Buenas Muertes, Descendimientos y Resurreciones. Vaya semanita. Mucha sangre, sí. Dolor, sufrimiento y muerte, desde luego. Para mí no tienen el mismo significado que para un creyente, pero las contemplo con el mismo respeto desde siempre, y como amante del Arte, las admiro aún más.

- El vaivén de las figuras, meciéndose cuidadosamente por el proceder de los costaleros dirigidos por sus capataces. Penosos pero orgullosos y dignos ascensos por una calle empinada, o dificultades de circulación en un callejón o esquina complicada.

- Gloriosas entradas en los templos después de las eternas estaciones de penitencia. Algunas maravillosas y emocionantes, por la pericia exigida a causa de lo estrecho de la calle y las dimensiones del paso. En ocasiones hasta se hacen virguerías y se amaga una y otra vez con meterse en la iglesia o no.  Toda una demostración de maña, esfuerzo y devoción.

- El olor a incienso se te mete casi en el alma. No me agrada demasiado ese olor, y mejor en pequeñas cantidades, pero es un aroma indisoluble de la Semana Santa. Impresiona ver una o varias imágenes avanzando entre humaredas y humaredas de ese condumio.

- Sombras en la noche, oscilantes figuras de imágenes dibujadas en las fachadas de los edificios. La luz de las velas y de las eventuales farolas eléctricas hace el resto.
Impresionante también es un Crucificado iluminado solo por antorchas o velas, con el único acompañamiento sonoro de unos contundentes tamborazos.

- Silencio. Sí, relacionado con la última frase. No sólo de música vive la Semana Santa. Existen procesiones y via crucis sobrecogedoras, al constar de crucificados agonizantes alumbrados por antorchas, y acompañados, si no es por el silencio sepulcral más absoluto, por los contundentes y mistéricos golpes de tétricos tambores, aporreados éstos por nazarenos descalzos. En ciertos casos, la fúnebre procesión se ha de adentrar por estrechas callejas, pasando tanto la imagen como el ruido del tambor (que llega directamente al tímpano) a centímetros de tí. Hablo, por ejemplo, del Cristo del Perdón el Martes Santo en Almería. Realmente impresionante.

- Esos ruidos y sonidos en las levantás de los pasos, precedidas por el silencio previo. Una mezcla de chasquidos de madera, secos y contundentes golpes de llamador, gritos, demostraciones de esfuerzo físico y torsiones de músculos. La explosión de aplausos al escaso segundo. Realmente indescriptible.


Viva la Semana Santa. En Almería y en innumerables lugares de España. Por muchos años.

12.2.13

Dime qué libros te gustan y te diré quién eres

 Hoy, lunes por la noche y después de más de un mes sin publicar ,  toca una especie de test literario que le copié (las preguntas, sólo las preguntas) a la compañera bloguera (y de Filmaffinity) Lalachan hace tiempo.  Ahí va:



1. El último libro que he leído: no sé si las respuestas deben ser de literatura estrictamente o también valen otro tipo de libros, por ejemplo de historia. Realmente el último leído es  Felipe II: la biografía definitiva, de Geoffrey Parker. Gran obra, el trabajo de toda una vida, como suele decirse.  Puede ser un perfecto libro de cabecera, aunque su autor (realmente admirador de la figura del Rey prudente) sea a veces chismoso y tendencioso de más.
 
2. El libro que estoy leyendo ahora mismo: Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo...casi nada. 1.540 finísimas páginas de vivo relato de primerísima mano que te hacen sentir como entre los hombres de Cortés que llegaron a ese México fascinante y violento. Me lo regaló mi novia, la pobre,  quien hace lo que puede por comprender mis peculiares gustos. La verdad es que estoy disfrutando como un enano. Y todo gracias a tí.  

3. Un libro que cambió mi forma de pensar: No es que cambiara radicalmente mi pensamiento, pero sí me abrió los ojos en algunos temas, me desengañó de otros o propició mi gusto por ciertos aspectos de la cultura, de la historia o del periodismo. Y sí,  mi modo de pensar es muy parecido al de su autor, pero con el tiempo he ido desarrollando un pensamiento propio y que a veces difiere de dicho escritor (yo no soy tan equidistante de todo y de todos, por ejemplo): hablo de Arturo Pérez-Reverte y su  Patente de corso, 1993-1998, primera recopilación de sus peculiares artículos de opinión. 

4. El último libro que me hizo llorar: sinceramente, no he llegado a tal punto con ningún libro, o ahora no me acuerdo.  He sentido cierta emoción y tristeza  cuando iba asistiendo al final de los eternos mosqueteros de Dumas, por ejemplo.

5. El último libro que me hizo reír: no sabría decir. Puedo hablar de uno que siempre que leo (y ya llevo bastantes veces) me parto como el primer día: La sombra del águila, del maestro Pérez-Reverte. Un libro corto y conciso, pero intenso. Con las inconfundibles gotas de humor de su autor y también con las características de drama.  

6. Un libro prestado que no me han devuelto: soy muy mío para mis libros y no me agrada demasiado dejarlos, a la vez que tampoco me gusta que me los presten a mí; tengo mucho cuidado siempre en tratarlos bien y no estropearlos, ya sabéis. Aunque he de decir que las veces que he dejado no ha pasado nada. En este caso, no es un libro prestado que no me han devuelto, sino un libro que me dejé en el piso en el último año de carrera. Como perdí el contacto con la única persona que podía recuperármelo, ignoro su destino. Era  El Buscón de Quevedo, por cierto.
 
7. Un libro prestado que no he devuelto: ninguno. Las pocas veces que me han dejado libros, siempre los he devuelto, e intactos. El trato que pregono para mis libros lo aplico también a los ajenos.  Además, me sentiría incómodo con un libro que sé que no es mío.

8. Un libro que volvería a leer: es difícil, porque considero muchos así, pero suelo decir Al sur de Granada, de Gerald Brenan. Verdaderamente siempre tengo ganas de empezarlo de nuevo o leer capítulos sueltos.  

9. Un libro que cambió mi vida: difícil pregunta. Podría decir el primero de Alatriste o  el inevitable  Los tres mosqueteros  (no sólo por su valor literario y por su encanto; como dijo alguien,  Dumas, sin ser historiador, ha enseñado más historia y estimulado a la gente para que la amase que muchos historiadores), pero por intentar no ser repetitivo,  hablaré de otra novela histórica mucho más reciente que la de los mosqueteros,   leída también de niño y que me inclinó a edad temprana  al  amor por la  Historia; hablo de La pirámide asesinada, primera de la vibrante trilogía de Christian Jacq (El juez de Egipto) sobre las peligrosas investigaciones  del jurista  Pazair en tiempos de Ramsés II.

10. Un libro para regalar a ciegas: cualquiera de los protagonizados por Sherlock Holmes, creado como es sabido por sir Arthur Conan Doyle. Pero especialmente aquellos que contienen series de relatos cortos donde el peculiar detective y  Watson se enfrentan a un caso en cada uno, como Las aventuras de Sherlock Holmes, Las memorias de Sherlock Holmes  El regreso de Sherlock Holmes.  Relatos que sorprenden por su interés, por las increíbles dotes de Holmes, por la cantidad de intrahistorias y por esa "atmósfera victoriana" que a mí me encanta; cuando ya llevas unos pocos casos ya estás tan familiarizado que te parece estar entre ellos en su apartamento de Baker Street,  viajando en tren, etc.   Muy recomendable incluso para quien no lea literatura policíaca o detestivesca.  

11. Un libro que me sorprendió para bien:  Juego de Tronos,  (George R.R.Martin) mi primer y único contacto con la saga  de Canción de Hielo y Fuego. Me lo regalaron y por fin me lo leí aunque tenía ciertas resistencias porque durante un tiempo estuve tan saturado por parte de cierta gente a mi alrededor sobre las virtudes y maravillas de dichos libros que llegué a aborrecerlos; los fanáticos, es lo que hay. Pero, desde luego, la obra merece la pena. Más adulta, sórdida (y soez) que El Señor de los Anillos, sorprende por sus golpes de efecto y la profunda caracterización de los personajes principales.

12. Un libro que me decepcionó: sin lugar a dudas, Un mundo sin fin, del folletinesco Follett. Ya me despaché con él hace tiempo.

13. Un libro que robé:  como haciendo honor a la mala reputación del protagonista, tomé prestado el truculento La familia de Pascual Duarte, de C.J. Cela, de la pequeña biblioteca de la residencia de estudiantes donde estuve los dos primeros años de carrera. Lo cogí uno de los últimos días, para sacar algo de provecho de la hospitalidad del director de la residencia, un tipo vulgar aficionado a la botella y presuntamente, al polvo de ángel. 

14. Un libro que encontré perdido: nunca me he encontrado un libro perdido por ahí.
 
15. El autor del que tengo más libros: Arturo Pérez-Reverte, sin duda. Hace un tiempo tenía casi todas sus obras, pero en los últimos 7  u  8  años el cartagenero ha ido publicando y publicando y me he quedado algo atrás, por tal o cual motivo. Habrá que remediarlo.  

16. Un libro valioso: para mí todos los libros que tengo son valiosos, aunque sea una frágil o mala edición de bolsillo. Pero  se puede considerar especialmente valioso (por precio, tamaño, calidad y valor real) ese libro de las maravillas del cual  ya hablé en otra entrada.  

17. Un libro que llevo tiempo queriendo leer: Guerra y paz, supongo. Vaya ganas, dirán algunos.  Una falta imperdonable, dirán otros.  Verdaderamente hace bastante deseo sumergirme en la obrita  de Tólstoi. 

18. Un libro que prohibiría: como el cuestionario es de libros leídos, no puedo decir entonces un par que estarían desde luego en primera fila por las desgracias y penalidades que, directa o indirectamente, causaron a millones de personas. Estarían claro, si me los hubiera terminado, pero como sólo me he leído fragmentos sueltos cuando estudiaba, no cuentan. 
   
19. El próximo libro que voy a leer: Pues...cuando acabe el "librito" de Díaz del Castillo, si me deja el dichoso máster del profesorado, voy a meterme de lleno con otro libro pequeño y que llevaba bastante tiempo con ganas de leer, y no por la película reciente (que no he visto):  Los miserables, de Victor Hugo, recién regalado. Soy un tipo con suerte, como véis.



Y nada más. A la vista de las respuestas, podría deducirse que sigo anclado en los clásicos de la literatura y que tengo fijación por cierto escritor antiguo reportero de guerra. Respecto a lo  segundo ya lo sé y lo primero, puede ser, no me molesta en absoluto y de hecho  ya lo dije por aquí hace tiempo. Si algo me gusta leer, son clásicos de todos los tiempos. No soy de ese tipo de gente (dicho con todos los respetos)  que lee a Paul Auster, Murakami o Roberto Bolaño, por poner tres ejemplos de moda en la actualidad.  Soy un gran amante de los libros de siempre. Y me queda aún toda una vida para conocerlos a fondo, pues me siguen faltando muchos.  

Pues como ya dije hace tiempo, leer es vivir. 

28.12.12

"El Hobbit": un exceso esperado

El miércoles pude ver, por fin, la primera entrega de la nueva trilogía cinematográfica tolkieniana pergeñada por el neozelandés Peter Jackson, esta vez basándose en el primer libro conocido del  británico sobre la Tierra Media. Por supuesto, hablo de El Hobbit,  cuento ideado por J.R.R. Tolkien (1892-1973)  para entretener a sus hijos y publicado en 1937.  El éxito de dicha obra provocó que los editores empujaran al profesor universitario para que escribiera una especie de secuela, más adulta y ambiciosa; lo que sería El Señor de los Anillos. 

No es mi intención hacer una entrada sobre la obra de Tolkien pues, aunque me haya leído, releído y disfrutado  El Hobbit,  los tres libros de El Señor de los Anillos y El Silmarillion, no soy ni de lejos un experto o por lo menos competentemente versado en el vasto, peculiar, original y maravilloso  legendarium del filólogo y escritor nacido en África del Sur, más allá del conocimiento más o menos profundo de las obras mencionadas más arriba y del gusto por la épica, titánica y desaforada trilogía de películas sobre el Anillo Único dirigidas por Jackson (La comunidad del Anillo, Las dos torres y El retorno del Rey). 

Desde luego no soy un experto en el tema, repito,  e innumerables personas saben mucho más de ello y además son más fanáticos -en el buen sentido de la palabra- que yo de dichas obras, tanto de las más conocidas como de las menos. No sé hablar ni escribir en lengua élfica o en la de los enanos, ni juego al rol ni tampoco tengo una gran colección de merchandising rondando el frikismo, ya sea de antes o después de las películas del director neozelandés; únicamente un mapa de la Tierra Media en póster, unas figuritas de "plomo" (o eso pretendían quienes las comercializaron) de algunos personajes, los cd´s originales de la magnífica banda sonora de Howard Shore -desde su nacimiento un clásico de la música del cine moderno- y una pequeña réplica de Andúril, la espada de Aragorn. No afirmo, por supuesto, que ser un lector devoto de Tolkien implique ser un friki, (desde luego según qué personas este adjetivo es positivo o negativo), pero mis lecturas de fantasía épica acaban con las obras del eminente profesor -mi única añadidura es el primer tomo de Canción de Hielo y Fuego, regalado por una buena amiga- , por tanto, tampoco soy un experto en literatura fantástica épica-medieval.
 
Pero tampoco comencé a leerme los libros ayer, como quien dice. En mi caso, el primer contacto con la obra de Tolkien fue precisamente con El Hobbit, y como ya dije hace tiempo aquí, me lo leí estando convaleciente de apendicitis, allá por marzo de 1998. Fue entonces cuando el maravilloso mundo mitológico-legendario de la Tierra Media se apareció ante mis ojos, se introdujo en mi mente y en mi corazón y ya no me abandonaría desde esos días de convalecencia. Creo que, como a tantos otros niños y adultos con imaginación (y ciertos pájaros en la cabeza, dicho sin malicia) entusiasmados en mayor o menor grado desde su publicación en los años 50, no me resultó difícil sumergirme en el ocre mapa de "Middle-Earth" debido a mi natural predisposición por la fantasía. 

El Hobbit fue un regalo de Reyes (no que los reyes, pongamos de Gondor,  me lo regalasen, sino que me lo trajeron los Reyes Magos) junto con los dos primeros libros de El Señor de los Anillos, los cuales acometí al poco de terminar la historia del viaje de Bilbo Bolsón, y poco a poco fui completando mi pequeña e incompleta colección de obras de Tolkien. Un año después, en la Navidad de 2001, fue estrenada la primera entrega de la trilogía cinematográfica de Peter Jackson,  la cual asombraría a propios y extraños, arrasando entre el público y buena parte de la crítica, cambiando definitivamente el cine y desatando el enorme, depredador y excesivo merchandising de ESDLA. En las dos Navidades siguientes se repetirían en los cines las mismas colas kilométricas para entrar a las salas, los mismos aplausos, gritos y excesos de los fans (y de algún que otro imbécil) y la misma desaforada inundación de productos derivados de la inmensa maquinaria de hacer dinero que supusieron las tres películas, y que, por desvirtuar su obra literaria,  muy probablemente hubieran llenado de horror al bueno de John Ronald Reuel en caso de haberlo presenciado.

Por fin una saga del calibre de El Señor de los Anillos y tan propensa al cine tenía una adaptación para la gran pantalla digna de ella, tras los aceptables e innovadores dibujos animados -pero un fracaso en taquilla- de la película homónima de 1978. Además, se hizo en una época bastante "tecnologizada", con todo lo bueno y malo que eso conlleva para el cine. 

Bueno porque con el desarrollo de la informática y de los llamados efectos especiales en los últimos años, un mundo de las características y de las peculiaridades de la Tierra Media puede ser desarrollado con más eficiencia, calidad y vistosidad que con medios meramente artesanales (por no hablar de la historia y de los personajes)...Malo, porque como hemos visto sobradamente en un elevado número de largometrajes desde hace un tiempo, ese mismo uso de "la tecnología", si deriva en abuso, provoca la elaboración de películas-videojuego, donde apenas se distingue lo real  y donde se notan las costuras informáticas, causando un cierto rechazo, por lo menos de quienes nos siguen gustando las películas con cine de verdad, del de siempre, del que siempre se ha entendido, donde los actores y las actrices tienen mucho que decir todavía y donde sigue contando, y mucho, el paisaje natural, el decorado o los interiores, y la fotografía currada, aunque para todo ello se tenga que contar con la ayuda  no abusiva de los efectos especiales, los cuales han dado, como sabemos, verdaderas obras maestras.

Volviendo por última vez a la primera trilogía de Jackson, puede decirse que sus efectos especiales fueron sincera y totalmente extraordinarios y aún siguen asombrando, por ejemplo en personajes como Gollum o  en sus tremendas escenas de batalla; sus tres películas rompieron moldes e hicieron historia, si bien no está de más añadir que su excesivo uso y abuso de la informática y de la pantalla verde le resta emotividad y la hace menos entrañable que otras grandes superproducciones, por lo menos para mi gusto. 
Precisamente, aunque reverencie  y me entusiasme la impresionante fuerza de escenas como varias cargas de los rohirrim o la batalla por Minas Tirith,  la élfica belleza de Lothlórien o Rivendel  y  la tétrica presencia de Minas Morgul o los Nâzgul, para mí sus verdaderos puntos fuertes están en otros aspectos más artesanos, humanos y cinematográficos (del cine entendido desde siempre, claro está) como la interpretación de algunos actores -caso del inmortal Gandalf del ya eterno McKellen-, las escenas del interior de edificios -aquellos que sabes que sí son decorado, construidos, palpables,  y para los cuales el equipo de Peter Jackson se basó tanto en la obra de Tolkien como en el arte europeo- , el uso del maravilloso y majestuoso paisaje natural de Nueva Zelanda, con amplia proliferación de planos aéreos, y, unido en ocasiones a ésto último, la ya mencionada banda sonora original de Howard Shore, una extraordinaria composición musical con temas ya clásicos que casi siempre se ajustan como un guante a las imágenes o a la historia y que a veces va más allá de la propia película. 
En definitiva, Peter Jackson y toda la gente detrás suya insuflaron nueva vida a la principal obra de Tolkien, respetando su legado en ocasiones, enriqueciéndola muy mucho en ciertos aspectos y desvirtuándola un poco en otros, estando caracterizada además por la abundancia de escenitas new age,  aunque es justo reconocer el acierto , a grandes rasgos y ante la dificultad de adaptar tamaña saga,  del neozelandés, verdadero conocedor, admirador y fan del  legendarium tolkieniano. Hoy día, en perspectiva, es difícil, por no decir imposible, pensar en otro director que no sea él, tanto por la persona en sí como por los medios que tuvo a su alcance.

 
Bien, pues tras ver esta extensa primera película (172 minutos de nada), llamada  El Hobbit: Un viaje inesperado,  se confirman algunas o bastantes sospechas, se tiene la certeza de ciertos aspectos y se emiten otras consideraciones, a saber:

- Si ya es indefendible la duración del primer largometraje, queda claro también que no era necesaria una nueva trilogía. El libro supera apenas las 300 páginas y bastaría con dos películas, algo largas si se quiere, pero compactas y bien estructuradas. Se intuye el interés comercial, el de expandir el invento al máximo,  desde luego. Jackson se va a seguir enriqueciendo a costa de Tolkien, está claro.

-Quizá Peter Jackson, para esto, ha querido contentar tanto a los fans más acérrimos de Tolkien como a los simplemente palomiteros, y para ello introduce (en ésta primera película, veremos las otras) tanto personajes nuevos y otras tramas como otros personajes  en el libro original someramente aludidos o simplemente no mencionados, pero que sí aparecen en otras obras de Tolkien. Ésto también sirve para un mayor lucimiento y un mayor engorde de la historia de la película, además de para profundizar en el conocimiento de la Tierra Media (más que en El Señor de los Anillos) pero también provoca que se haga como forzadamente a veces, en algunos casos con guiños a la audiencia (como la breve aparición de un tontísimo Frodo)  y  que Jackson caiga en la grandilocuencia, pese a lo poderoso y lo bello de algunas imágenes. 

-Sí, El Hobbit es un libro más infantil e intrascendente, por así decirlo, que El Señor de los Anillos, aunque algunos acontecimientos de la aventura de Bilbo y los enanos no sean precisamente moco de pavo.  Yo pienso que el libro es más infantil que la película de 2012, más aún, aunque en la película las gotas de humor muy ligero sean en ocasiones excesivas y demasiado irreverentes. Por una parte, sirve un poco para dejar claro que El Hobbit nunca fue como El Señor de los Anillos, por si hay gente que no lo sepa, que es posible.  Por otra, puede ser más para niños, sí (aunque Jackson a veces se pasa de rosca con ciertas escenas gore, lo que hace a la película un tanto peculiar) pero ello no implica que se deba ridiculizar a personajes serios, respetables y respetados como Radagast el Pardo. 

-El abuso de "la tecnología" antes dicho. En El Hobbit  Peter Jackson se sigue sirviendo de los magníficos entornos naturales de su país, aunque no demasiado. Por contra, usa bastante más los efectos especiales por ordenador en comparación con las tres de El Señor de los Anillos, que ya es decir. Si en ésta se emplearon kilos y kilos de maquillaje e indumentaria  para caracterizar a los actores y extras que actuaron como uruk-hai, orcos  y  otros, en El Hobbit el director tira de informática y sólo hobbits, enanos, elfos y Gandalf actúan; el resto de criaturas de la película, bastantes por cierto, virtuales son, por lo cual en innumerables ocasiones uno parece estar en un videojuego...muy chulo, eso sí, pero un videojuego.

-La música. No podía ser otro. Howard Shore no podía faltar y, al menos en esta primera película, repite algunos temas de la anterior trilogía como el del Anillo, el de la Comarca o el de los elfos e introduce una nueva marcha, con ecos de aventura de Tierra Media, que parece ser la específica de El Hobbit. Promete. 

-En cuanto a los personajes e interpretaciones, puesto que ya sabemos lo bien que se las gasta sir Ian McKellen de Gandalf, y puesto que también varios actores de ESDLA repiten en pequeñas colaboraciones,  centrémonos en los nuevos; Martin Freeman (gran doctor Watson en esa no menos grande serie televisiva de un moderno Sherlock Holmes)  conforma un joven Bilbo idóneo y perfecto, diría yo, muy hobbit,  y  el gran enano Thorin Escudo de Roble, mi personaje favorito del libro desde pequeño (supongo que como para buena parte de los lectores) y  en la película más grave y serio que en el cuento  -un acierto- , está notablemente interpretado por el tal Richard Armitage. El resto de la tropa de enanos está más desdibujada, naturalmente, aunque también es un acierto expandirse en cuanto a los enanos, pues fueron una raza muy poco tratada en las tres anteriores películas.  Veremos a ver cómo evolucionan en las dos siguientes y cómo serán los restantes personajes que han de salir a escena.


Y nada más. No me ha decepcionado, porque sabía a lo que venía, más o menos, pero tampoco me ha entusiasmado, porque mis expectativas eran medianas. De antemano suponía que no sería como la trilogía de El Señor de los Anillos, aunque eso lo sabe todo el mundo,  pero con excesos -y no sólo de metraje-, grandilocuencias y cierta morralla tecnológica aparte, es una película disfrutable. Esperemos que a Peter Jackson no se le vaya demasiado la olla con Smaug y demás...