24.7.12

Al sur de Granada...y por Almería



Ya escribí una vez de mi biblioteca y de mi pasión por la lectura. Me considero un buen lector, pero realmente tengo pocos libros leídos más de una o dos veces. Hay  bastantes libros que sólo me he leído una vez, y otro buen número con un par de lecturas, sean mis favoritos o no.  Pocos son los releídos más de esa cifra, no sé realmente si por falta de tiempo, ganas o simplemente por olvido.

Entre ese selecto grupo de obras releídas una y otra vez, o al menos con una ligera frecuencia, se encuentra Al sur de Granada (South from Granada: Seven Years in an Andalusian village) de Gerald Brenan, en principio, un curioso libro de viajes, aunque como se verá, es bastante más complejo que eso.

Como tantos otros libros llegados a mis manos, el del peculiar hispanista inglés me viene heredado de mi abuelo materno. Los años pasan rápido y cada vez hace más tiempo de su fallecimiento -13 ya- , y por eso, además de por la evidente ausencia afectiva y emocional, me entristezco por no tenerle aún conmigo, no sólo por todo lo que se ha perdido de mí y del resto de la familia, sino porque cuando nos dejó yo no había cumplido los 14 años, y aunque tenía conversaciones interesantes con él (ya dije que mi amor por la historia y la geografía me viene de mi abuelo), sin duda hubieran sido mucho más fecundas e interesantes a lo largo de todos estos años, paralelamente a mis lecturas y mis estudios de historia.

Al sur de Granada es un libro que trata fundamentalmente de La Alpujarra, esa bella y particular región montañosa situada entre Granada y Almería, aunque,  como veremos también, la obra no se ciñe sólo a las descripciones y vivencias alpujarreñas, ya que habla extensamente de dichas capitales de provincia, las más próximas, y  de otras como Málaga o  de otras poblaciones como Guadix.

Si gracias a mi abuelo tengo este libro y lo he disfrutado ampliamente, también gracias a él he podido pasar unos cuantos veranos en Lanjarón, bonito pueblo de La Alpujarra. En este lugar buena parte de mi familia ha pasado felices épocas veraniegas, al ser Lanjarón un centro turístico a donde iban gentes amigas y conocidas de nuestra tierra, Almería, y también de Granada. Conociéndole como le conocía, es de suponer que mi abuelo adquiriese tal libro a causa de sus años en Lanjarón, y sin duda, como yo, se sorprendería y disfrutaría con el buen número de páginas dedicadas a Almería y su provincia; de eso también hablaré luego.

Para no extenderme más con mis recuerdos familiares, diré que Lanjarón es un pueblo situado en la parte de La Alpujarra más cercana a la ciudad de Granada, y por tanto la más accesible y menos abrupta y remota, y menos aún desde la construcción de la autovía. Conocido desde hace mucho tiempo por sus aguas medicinales, el turismo siempre ha sido importante y eso se nota, puesto que en ocasiones es más una pequeña ciudad, más que un pueblo alpujarreño. Pese a todo, es un lugar muy agradable y su sola mención me evoca días de piscina, largos paseos al mirador del Cañón, agua corriendo por las fuentes y maritoñis (un dulce granadino, en realidad bollería industrial, pero delicioso). Cuando volvimos a él hace unos nueve años, lo encontramos algo cambiado, naturalmente,  pero seguía siendo ese pueblecillo de noches frescas donde pasar unos días en la tranquilidad de la montaña.

Empecemos ya con la obra, y con Brenan. Edward Fitzgerald "Gerald"  Brenan había nacido en Malta en 1894, en el seno de una familia anglo-irlandesa de clase media, más alta que media. Experimentó una infancia muy viajera, como una especie de preludio de lo que iba a ser su  extraordinariamente inquieta vida. Y no del todo agradable, como demuestra la difícil relación que siempre tuvo con su padre, un militar.  Participó en la Primera Guerra Mundial, y se lució en las más famosas batallas de dicha guerra, como el Somme o Yprés, tan abundantes de barro y sangre. Condecorado por ello, al acabar el conflicto  y valiéndose de una herencia y de su paga como militar, abandona Inglaterra. Según nos cuenta, quería huir de la vida característica entre la clase media inglesa; para él era una existencia sofocante, hermética, sin salidas (no le satisface ligarse a ninguna profesión)  y "petrificada por sentimientos de clase y convencionalismos rígidos". 

Así que recién licenciado del ejército, en septiembre de 1919 parte de Inglaterra y elige España en vez de Grecia o Italia, según parece por su neutralidad en la guerra, situación que él imaginaba hubiera motivado una vida barata en nuestro país. 
Con el único equipaje de una buena cantidad de libros,  y con el propósito de leer y dedicarse a la vida contemplativa, estudiando y viviendo tranquilamente, un Brenan de veinticinco años comienza a autoeducarse (no había ido a la universidad),  a buscarse a sí mismo.

El inglés llega, tras vagar unos meses por España, a La Alpujarra y elige una aldea pequeña y algo pobre, bastante remota, acentuado este aspecto por la falta de carreteras en la época. El lugar se llama Yegen y aquí vivirá Brenan unos 7 años, a intervalos entre 1920 y 1934 (1920-1924, 1929 y 1932-1934). Si bien encuentra agradable y gratificante la vida en este pueblo, de vez en cuando Brenan visitará otros lugares, tanto alpujarreños como las ciudades de Granada y Almería, normalmente haciendo el viaje a pie;  en ocasiones, en autobús.

Desde luego, quien espere encontrarse con un libro de viajes al uso, donde el autor se limite a relatar lo que ve por la ventana o desde su medio de transporte, o a dejarnos una ligera relación de sus entrevistas con los lugareños, se llevará una gran sorpresa cuando se lea de cabo a rabo Al sur de Granada. Este magnífico libro es una peculiar y original mezcla de historia, etnología, folklore, arqueología, interpretaciones variopintas y  antropología. Resulta particularmente atractivo en cuanto nos resulta interesante a los españoles (y en particular a los granadinos y almerienses) por cómo era España y esa región hace 90 años, y además, por quien lo relata es un extranjero; así, resulta totalmente distinto a si quien viviera en Yegen y viajara por los alrededores fuera un español cualquiera. La interpretación de lo que ve y vive, muchas veces curiosa, otras veces algo errónea, pero siempre  fascinante. No es sólo que se disfrute con la ágil y perspicaz prosa de Brenan, es que también hace pensar, bastante profundamente en ocasiones.

Y todo ello considerando que la obra es fecunda en pasajes críticos y poco laudatorios, algo reconocido por el propio autor en el prólogo.  Son habituales las camas con insectos que huelen a enfermedad, comidas hechas en aceite rancio, suciedad, pobreza,  gentes estrafalarias o repugnantes...Aunque él mismo proclama lo mucho que disfrutó en nuestro país y la tranquilidad de espíritu que llegó a sentir, sin duda no pudo limitarse  a escribir alabanzas y poéticas descripciones de su nuevo destino.

Tengamos en cuenta que España era aún en gran parte ese miserable país que olía a alpargata, a gachas y a carga de guardia civil. Un país sumido en un atraso secular, con un sistema político (surgido de la Restauración monárquica de 1875) dando síntomas de agonía, y un rey, Alfonso XIII, con poco futuro en el trono, aunque aún duraría 12 años más en él.  Una España donde aún mandaban los caciques y los de siempre, una España muy del " Crimen de Cuenca".

Ciertamente, el libro comienza bastante deprimente. Brenan desembarca en Galicia, y la estepa mesetaria le aburre y entristece, con sus llanuras sin árboles y sus casas de adobe del mismo color de la tierra. En Madrid le llueve torrencialmente y la pensión resulta mucho peor que cualquier ambiente descrito por Galdós, y cuando llega a Granada, también le llovizna. La Alhambra no le agrada (bajo la lluvia le parece "vulgarmente presuntuosa") y los granadinos, no demasiado, en principio; él se esperaba "hombres envueltos en largas capas y con dagas al cinto -quizás porque se imaginaba  postales dignas de la Carmen de Merimée-  y mujeres en posturas goyescas".  Sale de la ciudad y emprende el deambular por la provincia a pie, muy andarín él. Recorre el  Valle de Lecrín, la Axarquía y la Sierra de Tejada, pasando por ventas,  durmiendo al lado de los animales de carga y comiendo de la misma olla que los muleros (al compartirla éstos con el extranjero)  introduciendo la cuchara, hasta que cae víctima de la disentería. Busca a duras penas la costa y,  pernoctando en las playas, alcanza la ciudad de Málaga, ya un importante y distinguido centro turístico, donde descansa.  Allí vaga por las calles, sin apenas dinero ni comida,  aguardando que llegasen sus libras inglesas.  Una vez recuperado, tanto física como monetariamente,  y tras un último deambular por La Alpujarra, se establece en Yegen, situada en un lugar remoto, próximo al límite con la provincia de Almería, pero a la vez, comunicado por carretera y con abundancia de agua. Y todo ello, con unas formidables vistas de las montañas  y las tierras circundantes, en lontananza.  Aquí es donde se establece Brenan, pagando 120 pesetas al año.

Establecido ante el  inicial asombro de sus vecinos, Brenan comienza a vivir, tranquilamente y sin prisas. Nunca le sobra el dinero y pronto su existencia se asimila a la de los habitantes de Yegen , salvando algunas distancias, por supuesto; aunque tenga poco dinero, eso es suficiente para tener más que sus humildes vecinos.  Pero Brenan  nos va contando aspectos de la cultura popular de su pueblo y de otros lugares, intercalados con relatos de sucesos, de historia, o de folklore. Costumbres, palabras, apodos, el matrimonio, los gitanos, los animales, la gastronomía... De sus relaciones con los lugareños y no sólo lugareños, como con la visita de algunos amigos ingleses de su mismo "círculo de Bloomsbury" como los  raritos escritores Lytton Strachey, Ralph Partridge, Leonard y Virginia Woolf o la pintora Dora Carrington. De cuando conoce a un enigmático y solitario escocés, quien vive desde hace más años que él en La Alpujarra, concretamente en el cercano pueblo de Murtas. De cuando visitó al insigne arqueólogo belga Louis Siret, otro de los personajes reales del libro, quien, en la época de la visita de Brenan, era ya anciano, pero llevaba viviendo 50 años en Herrerías, cerca de Cuevas del Almanzora.  O de cuando "le entraba la locura" y, por ejemplo, salía a pie desde Granada, subiendo al Mulhacén y bajando a su casa, o cruzó Sierra Nevada hasta llegar a la áspera estepa del Marquesado de Zenete, visitando Guadix y sus viviendas trogloditas,  "un pueblo sucio, ruidoso y multitudinario, con malas posadas y una gran población de gentes muy pobres (...), un lugar sórdido y duro (...). La tierra, seca, produce un polvo fino, por lo cual sus hombres tienen el aspecto de no lavarse nunca, escupen con frecuencia  y tienen una voz áspera y ronca".  Más allá de imprecisiones, conozco el lugar y  lo cierto es que mi opinión de Guadix siempre ha sido parecida a la de Brenan, tanto antes como después de leerle,  y  lo siento por los accitanos.

Almería era la ciudad de más importancia cercana a su casa de Yegen, y Brenan dice que llegó a conocerla bien, por sus frecuentes visitas cuando quería cambiar un poco de su vida de aldea, o para comprar algunos artículos. El escritor inglés hace su primer viaje a mi ciudad cuando lleva un mes en Yegen, con el fin de adquirir muebles, y realiza otra larga peregrinación a pie (poco más de 90 kilómetros).  Pecaré de orgullo almeriense si digo que los pasajes y capítulos dedicados a Almería son los más gratos, interesantes y bonitos para mí, pero me es indiferente. A mi abuelo le ocurriría lo mismo, imagino,  y eso teniendo en cuenta lo negativo de algunos párrafos. Pero ahí está el gran atractivo para un almeriense. Además, siendo Almería un lugar poco alabado desde siempre, y en cierto modo olvidado por las personas y la literatura, son de agradecer libros como éste.

Brenan pues, desciende de las altas montañas hacia Ugíjar y Berja, territorio de la famosa uva de piel dura, y alcanza el mar Mediterráneo. Llega al campo de Dalías, cuando esa región era aún ese erial, sin invernadero alguno. Quedaba mucho tiempo para el mar de plástico blanco posterior.  A él le parece el desierto del Sinaí y la completamente recta carretera hacia Almería llega a desesperarle. No puedo resistirme a insertar de nuevo ese gran fragmento sobre su aproximación a ella que contiene esa concisa y  seca descripción de mi ciudad, otras veces recordada aquí:

"De repente, la llanura terminó: las montañas caían desnudas y a pico sobre el mar y la carretera se recortaba entre ellas. Pronto rodeé un escarpado y ví ante mí la ciudad blanca, de tejados planos, de Almería. Los barcos de pesca estaban saliendo para las faenas de la noche y el sonido de los remos y de una voz cantando me llegó a través del agua tranquila.
Almería es como un cubo de cal al pie de una desnuda  montaña gris . Un pequeño oasis -el delta del río Andarax-  se extiende más allá de ella, verde y plantado de boniatos y alfalfa, con palmeras de dátiles y caña, y más allá comienza el paisaje desnudo, pedregoso. A lo lejos se alzan las montañas, lila y ocre. Como la lluvia solamente cae una o dos veces el año, el riego es indispensable. 
El castillo árabe y sus fortificaciones exteriores se yerguen sobre una piedra desnuda que domina la ciudad, somo si fuera un guardián que la defendiera del desierto. En este país el enemigo es la sequía, no el hombre. Debajo del castillo se alzan la catedral y la plaza con los soportales, con que los conquistadores cristianos buscaban restaurar las glorias del pasado, y en torno a éstos las estrechas callejuelas que todavía siguen el trazado del barrio árabe. Pero el carácter oriental del lugar es más reciente y lo dan las calles de casas azules y blancas con tejados planos, construidas en el siglo pasado. La principal entre ellas es el Paseo, un bulevar amplio que baja lentamente hacia el mar entre los árboles de hojas oscuras y brillantes. En él están las tiendas y cafés principales. Una calle inquietante, cargada, como todo en ésta ciudad, de sugerencias peculiares, aunque para el observador superficial tenga simplemente un aspecto decimonónico y provinciano. (...) ".

Desde luego, pese a los 92 años transcurridos, las imágenes descritas y las sensaciones transcritas son prácticamente las mismas en la actualidad, exceptuando algunos lógicos cambios, y de esto puede dar buena cuenta tanto un almeriense como yo, como un forastero que conozca un poco la ciudad, e incluso alguien quien se aproxime por primera vez, desde luego. Ciertamente, por poner un ejemplo,  la panorámica cuando se llega a la capital de la provincia desde la antigua carretera de Málaga es incomparable.
Pero no todo fueron buenas sensaciones en Almería. Falto de dinero, Brenan se instala en una pensión barata, cerca del mercado. Resulta ser un lugar sórdido de habitaciones demasiado llenas con las sábanas de las camas manchadas de sangre y un acompañamiento musical  nada proclive al sueño,  con desagradables gargarismos, toses y arcadas de los compañeros, o uno que se rascaba "como si estuviera rascando una lona". Del patio viene además el olor nauseabundo de las heces y los orines, pero Brenan encuentra, con algo de masoquismo "un cierto placer en este descenso a la pobreza y en los contrastes que representaba", con la luna iluminando las paredes con su luz, "creando con su brillo una especie de silencio".  Curioso.
La descripción de ambientes sórdidos y lúgubres no acaba ahí. El hispanista inglés deambula por la ciudad y se percata de por dónde trajinan  pobres  y  mendigos, los cuales habitan incluso las antaño poderosas fortificaciones islámicas de la ciudad, entre chabolas, chumberas y excrementos secos. Y también cuando se hace amigo de un tal Agustín, un arruinado putero aquejado de impotencia sexual, quien lo lleva a conocer "el barrio de los burdeles" de la ciudad  (precisamente el capítulo lleva el poco poético título de "Almería y sus burdeles")  pero con un cometido estrictamente informativo, o eso dice Brenan. En uno de los locales el escritor relata una conversación con un oficial de policía "muy político", de ideas  teóricamente republicanas, la cual, como la mayoría de conversaciones y diálogos que transcribe el inglés en su libro, resultan muy interesantes en cuanto nos informan de cómo pensaba el pueblo en la época. Manolo, como así lo llaman una de las prostitutas, suelta un duro monólogo sobre Almería y España, tristemente bastante más actual de lo que parece:

"(...) Esta ciudad es una desgracia para España. He nacido aquí y quiero a mi ciudad, pero nadie me puede negar que no es una desgracia. ¿Sabe usted como la llaman los otros españoles? El culo de España, y aunque lo considere como un insulto personal, porque está dirigido a mi ciudad, tengo que admitir que no están demasiado equivocados. Porque, ¿sabe usted que el setenta por ciento de la población no sabe leer ni escribir? Puedo decirle que los almerienses que tenemos conciencia de la situación estamos profundamente avergonzados. (...) Sí, se podría decir también que España es hoy día una calamidad nacional. La que una vez fue gloria y orgullo del mundo es hoy uno de los países más atrasados. Nuestro suelo es el más rico de Europa (...). La gente es seria, valerosa, sana, noble, franca, honesta y trabajadora y, sin embargo, vivimos como usted ve. Yo digo que eso es una desgracia y los responsables deben responder por ello"

Demoledor.  Lo de  Almería como culo de España ya en 1920  me llegó al alma. Pero le gusta Almería a Brenan desde el primer momento. Más que Granada, incluso. Siente en Almería una "animación mayor" que la bella ciudad de la Alhambra nunca le dió. Aunque le dedica párrafos agradables a la última ciudad en ser reconquistada por los cristianos: "Su encanto radicaba, por supuesto, en su situación: la inmensa llanura verde, las montañas cubiertas de nieve, los olmos y cipreses de la colina de la Alhambra, los arroyos de aguas rápidas y ruidosas. Todos estos elementos conformaban un conjunto que nadie confiaba encontrar en otra parte. Pero la ciudad era también atractiva por sí misma. Sus calles, sus plazas, sus perspectivas y paseos públicos (...). El lugar tenía calidades líricas, una elegancia de situación y detalle, de tono y forma, que evocaba Toscana o Umbría más que la dura y leonada piel de España."
Con sagacidad y nitidez,  Brenan se percata, en contra de la tradición de los libros de viajes franceses e ingleses, inicialmente románticos, que Granada, más que representar la cima de lo oriental y lo exótico, un pedazo de Oriente en Europa, es en realidad "más norteña que Nápoles" por carácter y clima. Un clima condicionado por la alta sierra, con  "el toque frío del aire bajo el sol, las castañeras acurrucadas en las esquinas de las calles, las hojas amarillentas que yacen fosilizadas en los caminos y la neblina de la mañana, en ascenso desde la llanura". En cuanto al carácter de los granadinos, el inglés los ve, "al contrario que los sevillanos y los malagueños (también se dio cuenta Brenan de las diferencias entre la Andalucía Occidental y la Oriental) [como] gente sobria y convencional, más puritanos que la mayoría de los españoles, poco dados a la risa y que visten de negro en cuanto pueden. Son independientes y animosos, obstinados en la defensa de sus derechos y muy trabajadores (...). Fácilmente podrían pasar por castellanos, si no fuera por su amor a los jardines, a los tiestos y a otros refinamientos estéticos odiados por los habitantes de la Meseta, que viven de modo parecido a los campesinos de la Anatolia, en sus ciudades y pueblos de adobe". Como se ve, el escritor era poco "castellanófilo", por así decirlo. En cuanto a lo de Granada y los granadinos, no conoció el boom turístico y universitario de décadas más recientes, pero no iba nada desencaminado en sus sensaciones y consideraciones.

Pero sin duda Almería le parecía más estimulante y curiosa, tal vez por sus especiales características y la dureza de su clima, unida a la particularidad de su entorno natural. Entendió mejor que muchos que en ello reside uno de los atractivos de Almería, una especie de humildad consciente, en el sentido de que la ciudad y su provincia se dan cuenta de sus posibilidades y limitaciones, y por tanto no alardean de ello, pero a la vez saben donde están. Un lugar poco destacable en apariencia, pero a poco que se liberen los sentidos, la lírica y la belleza, una dura y rara belleza, van acudiendo. Con perspicacia, y al igual que en Granada, Brenan se da cuenta de infinidad de cosas, todas ciertas: la combinación de  animación y  monotonía ("encantadora en su animada inmovilidad")  la tranquilidad de sus horas y espacios ("todas las tardes son apacibles en Almería")  no exento de un cierto aburrimiento,  su clima disolvente y lo extraordinario de su naturaleza y entorno. Al inglés , el mar en Almería le parece aquí "doblemente mediterráneo, y la ciudad, extendida en la luz brillante y coloreada, llevaba en sí ecos de lejanas civilizaciones". Nada podría ser más acertado. Y cuarenta años antes de la llegada de los directores de cine y sus cámaras, ya Brenan apreció el paisaje de la provincia como "una de las regiones más bellas de la Península", con la dureza de sus montañas, como de cartón piedra, los profundos surcos de barrancos y ramblas entre pitas y esparto y las mil tonalidades que el sol y la luna reflejan en su desnuda superficie.
Por último, y como es natural, cuando el escritor inglés volvió a Almería en 1955 (el libro se publicó en 1957)  la encontró desagradablemente cambiada; además de la guerra civil, el desastroso nuevo urbanismo de los años de Franco comenzaba a hacer estragos.

Dejando Almería y volviendo a La Alpujarra, los años treinta trajeron problemas con algunos de sus vecinos y Brenan ya no se sentirá tan cómodo. Cuando deja Yegen por primera vez, vuelve casado, con una poetisa estadounidense, Gamel Wolsey (1895-1968), y al poco tiempo abandona La Alpujarra y se traslada a Churriana, cerca de Málaga, un lugar más cómodo. La guerra civil le sorprende allí y se irá de España, no volviendo a su casa malagueña  hasta 1953. Sus viajes por Europa y África serán incesantes, hasta edad muy avanzada, mientras seguía residiendo en España, ahora en Alhaurín el Grande, Málaga. Paralelamente irán saliendo a la luz más publicaciones suyas; entre ellas destaca  El Laberinto Español, una muestra más de cómo se esforzó Brenan en comprender a España y los españoles.  En  1984 se halla en Londres, muy mermado económicamente, viviendo en una residencia de ancianos, y al parecer, amargado, ansiando volver al sol de Andalucía.  Los admiradores patrios de su obra empiezan a realizar gestiones y el gobierno español consigue traerlo de vuelta a nuestro país. Fallecerá en Alhaurín el Grande,  a comienzos de 1987, con casi 93 años, siendo enterrado junto a su mujer en el cementerio inglés de Málaga.

Respecto al inquieto escritor,  no voy a entrar en juicios sobre su persona y sus actividades. Sobre la cierta superioridad con la que el inglés habla a veces respecto los españoles, pese a sus hermosas y sinceras palabras. O quienes le recriminan que tampoco hiciera nada por mejorar la vida de sus vecinos, de los cuales tanto escribió.  Verdaderamente, gracias a sus libros se conocen más y mejor regiones y lugares anteriormente olvidados, o ignorados.   Hay quienes dicen que Brenan actuó como un cacique en Yegen, donde le llamaban Don Geraldo y donde  tuvo varios hijos ilegítimos con las vecinas del pueblo, vástagos no reconocidos por él.  Más escabrosa y verífica es su historia con  la desgraciada Juliana, su criada, proveniente de una de las familias más pobres del lugar,  quien tenía sólo 15 años cuando Brenan la sedujo, si esa es la palabra adecuada,   y con quien tuvo una hija, Elena, que fue arrebatada para siempre a su madre a los tres años, para, con el nombre de Miranda Helen, ser educada al "modo inglés" con su padre y la mujer de éste. Juliana, repudiada en el pueblo, marchó a Granada, donde se casó obligada,  y murió en 1979, anciana y ciega, deseando aún  ver a su hija.   Una historia triste y dura y que no deja en buen lugar a Brenan. Pero no seré chismoso, pese a que haya contado el drama; no me compete a mí juzgarle, ni me interesa. Prefiero quedarme con sus libros, en vez de su persona.
 En esa actitud  asaltadora de camastros parece que se recrea, de un modo festivo,   la película española de 2002  Al sur de Granada, pero no la he visto, porque suelo rehusar del cine español, y más si son adaptaciones literarias, aunque hay muy honrosas excepciones, como Los santos inocentes, La colmena, y, en menor medida, Alatriste.

Y nada más. Me lo vuelvo a leer siempre que puedo, especialmente en verano; su pequeño formato lo hace muy apto para viajes en tren o tardes en la playa, por ejemplo.  Un libro recomendable y muy interesante, por la punzante prosa de Brenan y sus sensaciones y apreciaciones, a veces lúcidas, a veces menos positivas, pero siempre certeras, y por todo lo que desliza, cuenta y describe. Te ríes, te indignas, te hace pensar y mucho,  y disfrutas, sin duda.  Unas páginas muy válidas para saber un poco más de esa España de entreguerras. Ahora parece lejano y superado, pero en ocasiones me pregunto si hemos dejado de ser por completo como Brenan nos veía en los años veinte.

Conozco de primera mano algunos de los lugares que él frecuentó. Me faltan otros muchos. Hace tiempo me dije a mí mismo que he de ir alguna vez, siguiendo sus pasos o buscando otros nuevos. Por esa fascinante región, sus cantarines nombres de pueblos y su naturaleza trepidante.  Buscándome a mí mismo, a mi manera. Solo o acompañado, pero he de ir. 


Último párrafo del libro, cuando Brenan vuelve en 1955: "Allí, frente a nosotros, en el primer hueco de la calle, se extendían las grandes llanuras de aire y, más allá, el inextricable laberinto de las montañas de color. El sonido del agua estaba en todas partes y había una sensación de verdor y de frescura. No, me dije a mí mismo, la idea que me había hecho de este lugar no era ninguna ilusión".

2.7.12

La Furia española ha vuelto...aunque sólo sea en el fútbol






Aunque no estuviera allí presente, cuando escuché "Paquito el Chocolatero" sonando en el Olímpico de Kiev, no pude evitar un estremecimiento, una franca emoción. Esa canción,  tan festiva y humilde a la vez, y tan popular en nuestro país desde siempre, pertenece para mí a ese tipo de composición tan española, popular y  emocional, como "En er mundo"  o "Suspiros de España". Sólo con escuchar cualquiera de las tres, y aunque no esté fuera de mi país,  me entra una sensación de añoranza, de cierta melancolía y de recuerdo, tanto a los seres más queridos y cercanos como a tantos y tantos españoles anónimos de nuestra hermosa, trágica y triste historia.


Como digo, no estaba allí. Pero de haberlo estado, la emoción me habría superado. Escuchar ese pasodoble fiestero, justo después del triunfo sobre Italia, en las remotas estepas ucranianas, tan lejos de España, hubiera sido para mí único. En Kiev, en plena Europa del Este. España va cada vez más allá; hace cuatro años ganó su segunda Eurocopa en Viena, la tradicional puerta de Europa si se viene desde el misterioso Este, la ciudad que los otomanos intentaban siempre conquistar. Y ha ganado su tercera en ese país tan nuevo situado a su vez en una tierra muy transitada desde antiguo. A la vez que superaba sus antiguos miedos y fracasos históricos en el fútbol, España iba más allá.

Sí, España ya tiene la llamada "Triple Corona" (Eurocopa-Mundial-Eurocopa), un logro por ninguna selección realizado antes. Durante estos 4 años gloriosos la Selección ha recuperado el tiempo perdido de una forma espectacular. En sólo 4 raquíticos años, España ha igualado a Francia e Inglaterra en Mundiales, ha superado a Francia e Italia en Eurocopas, ha dejado en ridículo a la citada Inglaterra respecto a este título europeo (3 a 0 en favor de España) y ha empatado a Alemania en Eurocopas, nuevamente. En sólo 4 años. Simplemente espectacular.

España ayer arrasó a una valiente Italia. Una valiente y elegante Italia que había llegado a enamorar con su juego atrevido, de ataque y toque, comandada por un gran Andrea Pirlo espléndido en su madurez. Todo ello bajo las directrices del Cavaliere Prandelli en el banquillo, quien ya de por sí merece un monumento por el profundo cambio realizado a la selección italiana. Tan fuerte llegaban los transalpinos, que en España cundió un cierto pesimismo, o un realismo modesto puesto que, aunque nuestra selección fuera campeona del mundo, Italia era un clásico titán y un rival muy a respetar. Pero anoche, en esa gran noche, Italia se difuminó ante los muchachos de Del Bosque, esa otra gran personalidad, tan discreta y humilde, y a la vez, uno de los entrenadores más exitosos de la historia.

Como humildes son la gran mayoría de este equipo, esta generación de futbolistas irrepetibles se han ganado el corazón de todos, no sólo por su gran fútbol, además, por su forma de ser. En una época donde los deportistas y especialmente los futbolistas se han convertido en personalidades banales, inaccesibles y ajenos a la dura realidad de la gente de clase media y baja, por sus millonarios sueldos, el carácter y personalidad de estrellas humildes, de chicos de pueblo o de barrio como Iniesta, Casillas, Xavi o Villa, ha provocado que la conexión de la gente, del pueblo, sea mayor aún.

Y eso teniendo en cuenta, como he dicho otras veces, que el fútbol no arregla los problemas ni resuelve la crisis económica. Ni va a reducir el paro. Los goles de la selección y sus triunfos no nos van a sacar del hoyo, pero sí existe gente a quien le alegran estos momentos, y desde luego sirven, primero para desconectar un tanto de la realidad, y segundo, para mejorar nuestra imagen tanto dentro como fuera de España, aunque sólo sea fútbol. Y sirvan como ejemplo de lo que los españoles pueden (podemos) hacer con esfuerzo y dedicación, si se lo proponen (nos lo proponemos).  En medio de la deprimente realidad, en medio de tantas dificultades económicas, laborales, políticas y asuntos escabrosos de variado signo, la hazaña de estos muchachos, como digo, no ayudará de forma efectiva en nuestra crisis global, pero demuestra que el español tiene iniciativa y puede ser competitivo y ganador, y  cosa también importante, puede hacerlo sin sus políticos.

Sí, ahora los politicos intentarán de nuevo apuntarse el tanto en su beneficio. Normal, suele pasar. Aunque sea injusto. Ojo, no hablo de desprendernos de los políticos, pero hemos de reconocer el indudable lastre que supone para España la casta política, empezando por ese ente enfermo y succionador que son las autonomías.O la administración. Por no hablar de la corrupción política, y judicial. Pero ahí estamos...

Al menos, se puede sacar pecho en algo. Aunque sea deporte. La "edad de oro" del deporte español comenzó hace algunos años con el tenis, el ciclismo o el baloncesto, pero, al ser el fútbol el deporte rey, el más global y el de más trascendencia, parece que es ahora, al ganarse dos Eurocopas seguidas y un Mundial, cuando se alcanza el cénit. Supone una cierta injusticia respecto a los otros deportes, pero de nuevo, las cosas son así.

Además, tanto triunfo ha reactivado (supongo) el patriotismo, algo tan depauperado en nuestro país. Con esto tengo ciertas reservas, ya que se ha vuelto a poner de moda sólo en el momento en el que la selección española era ganadora. Para todos aquellos que somos  patriotas convencidos y no tenemos inconveniente en alardear de bandera, de escudo, de himno y de colores en cualquier momento, sin importar  quién lo usó en el pasado, o si se gana o se pierde, o si no está relacionado en el deporte, esto nos mosquea un poco. Si además, muchos individuos, anónimos y mediáticos, te critican y te ponen al pie de los caballos tildándote de fascista para arriba cuando sacas los símbolos, y ahora los sacan porque ellos dicen que "sí se puede, porque lo digo yo", pues mosquea más aún. Sólo espero que, aunque me gustaría que fuese por otros motivos, este orgullo de bandera y de símbolos siga por este buen camino, y se respete por siempre.

Ese grupo tan unido de jóvenes futbolistas, donde ya hay algún treintañero, ha demostrado también, en medio de tantas rencillas con Europa y tantos conflictos relacionados con la clásica y cacareada superiodidad de los países, o del Norte del continente o protestantes, en oposición a los sureños y por añadidura católicos y meapilas, que los españoles no son ni tan gandules, ni tan poco competitivos, ni tan malos en todo. Vale, es sólo fútbol, repito de nuevo. Vale, está la ciencia, la educación o la economía, disciplinas a mejorar y muy mucho. Sí. Pero ya basta con la cantinela de franceses, alemanes o ingleses. Su chulería y altivez siempre ha sido notoria, pero ya es hora de bajarles los humos un poco.   Ojalá sirviera el ejemplo de la selección española para reactivar a toda una nación a todos los niveles, empezando por los mandamases de arriba. Ojalá.

Mi generación, incluso la de mi padre, la de mi abuelo...todos hemos vivido y padecido toda una serie de derrotas, de decepciones y de traumas respecto al fútbol, cada dos años. España jugaba como nunca y perdía como siempre. Cuando no era por sus propios deméritos, era en los penaltis o por el árbitro. Todo el mundo recuerda el fallo de Cardeñosa, la metedura de pata de Arconada, el codazo a Luis Enrique, las penas máximas falladas de Eloy Olalla o Raúl, el árbitro que barrió para casa en Corea del Sur...la únicas vías de escape eran el testarazo de Marcelino en 1964 y el 12-1 a Malta en 1983. Eso era lo único que nos salvaba de la mediocridad y de la depresión tras caer casi siempre en cuartos de final o mucho antes. Lo único que sacábamos a pasear para animarnos un poco. Todos, ante la falta de triunfos de nuestra selección, nos fijábamos con admiración y envidia en los festivos brasileños, en los fiables alemanes, los competitivos italianos...siempre había una selección a imitar, a recordar, como la Argentina de Maradona en 1986 o la Brasil de Pelé en 1970, la Alemania de Beckenbauer en 1974 o  la Holanda de Cruyff en ese mismo 1974. Ya no. Ahora la selección legendaria, la recordada por más de una generación, es y será la nuestra. España.

Así que ha vuelto la Furia española. No me disgusta lo de la Roja, aunque por otra parte se percibe un esfuerzo de cierta izquierda antiespañola  para eliminar en lo posible la palabra España,  pero yo, siempre más tradicional e histórico, sigo prefiriendo usar ese término, aunque en desuso,  más antiguo y de resonancias sin duda más fieles a la realidad histórica de nuestra nación. Furia española viene, en fútbol,  de los Juegos Olímpicos de Amberes en 1920, con aquella selección con muchos huevos por metro cuadrado donde ya estaba Ricardo Zamora y la base del equipo eran vascos recios y duros, de esos que fumaban y bebían en el descanso.   Pero, la expresión es más antigua aún y tiene orígenes más belicosos y sangrientos, en concreto el Saqueo de Amberes en noviembre de 1576, cuando cuatro millares de militares españoles encabronados porque no cobraban desde hace dos años arrasaron la ciudad de Amberes, defendida por unos 20.000 soldados rebeldes holandeses. Todo ello con unas bajas insignificantes para los españoles, de poco más de una docena. Aquello fue un nuevo golpe en la mesa europea por parte del Imperio Español y uno de los hechos que agrandaron nuestra Leyenda Negra.

Hoy día, son los jugadores de  la selección española quienes dan nuevos golpes en la mesa a base de buen fútbol, provocando la admiración de todo el mundo y el acongojamiento de europeos y americanos, como antiguamente nuestros hombres de armas tenían parte del planeta en su mano. Ayer fue contra Italia, una nación amiga, mediterránea y similar a España en muchos aspectos culturales y populares. Un baño a Italia y sus cuatro estrellas mundiales, cuatro goles a una selección tradicionalmente de defensa excelsa,  un baño a la Italia más elegante que se recuerda.  Pero que sigan viniendo y cayendo selecciones  y selecciones. Y saquemos pecho, aunque sea sólo fútbol. Yo si fuera brasileño estaría inquieto y me iría preparando  para el 2014...

Gracias, héroes de Kiev.






(Nota: Sí, son héroes. Pero no son los únicos. Existen otros héroes españoles, y bastante más anónimos y mucho menos reconocidos. Médicos, cirujanos, bomberos, misioneros, policías nacionales, militares, investigadores...la lista es tristemente larga. Toda esa gente, a su modo, también son "Furia española" y también son el orgullo de España. Y  unos héroes de campeonato)


28.6.12

Duelo de titanes





En medio de una situación económica cuanto menos calamitosa, y un panorama nacional ciertamente bochornoso, con corruptelas de variado tipo, esos reinos de taifas llamados autonomías  y legalizaciones de partidos pro-etarras o nada disimuladamente contemporizadores con los terroristas, viene de nuevo una competición deportiva, la Eurocopa de Naciones, otra vez, a distraernos un tanto y a darnos unas cuantas alegrías, aun ni cuando el fútbol  arregla nuestra situación ni a todo el mundo le gusta este deporte. Ni, desde luego, uno se pueda sentir cercano a buena parte de los futbolistas, la gran mayoría con ínfulas de semidiós, sueldo descomunal y con unas preocupaciones para nada parecidas al español medio. Claro que, eso también ocurre con los políticos.  Pero yo también creo,  como mi compañero de blog, el lúcido  hispano-serbio Klaiver, en la necesidad de desconectar de la realidad al menos unos instantes.  No todo iba a ser prima de riesgo, rescate o salida del euro.

Bien, ahí está de nuevo La Roja, La Furia, plantada ya en una nueva final, la tercera consecutiva. Iguala a ese rodillo llamado Alemania,   campeona de Europa en 1972, del Mundo en 1974 y finalista de la Eurocopa en 1976; queda por ver si la superará ganando la final del domingo en Kiev, contra precisamente la posible presencia de Alemania, como en 2008 en Viena. Eso si Alemania gana a Italia esta tarde en Varsovia, en un auténtico partidazo, un enfrentamiento de auténticos grandes, de históricos, un duelo de titanes, que si ya de por sí suena atractivo para el buen aficionado al fútbol, queda revestido de mayor interés si nos atenemos a cómo juegan alemanes e italianos, estos últimos, con el gran Cesare Prandelli, apostando en la Euro por un juego de mayor posesión del balón y una apuesta por el ataque directo, intentando cambiar un tanto la longeva tradición del rácano  y  especulador catenaccio de la Azzurra, el cual tantos éxitos les ha dado a nuestros amigos transalpinos. 

Sí, ciertamente. Éxitos. A ellos y a los alemanes. Me entra la risa cuando se habla de Inglaterra o Francia como potencias europeas y mundiales de fútbol. Reconociendo su importancia y éxitos eventuales, los auténticos gigantes del continente y luego del mundo no son ni galos ni anglosajones,  son Alemania e Italia, algo que no siempre se reconoce, contando además con la tendencia a magnificar cualquier hecho, cualquier hazañita,  tanto de franceses como de ingleses. Si hablamos de Suramérica son otras palabras; Brasil permanece inalcanzable y sigue siendo la reina sobre todos; en cuanto a Argentina o Uruguay, tampoco alcanzan la trascendencia mundial de alemanes e italianos.

Alemania cuenta con 3 mundiales (1954, 1974 y 1990), sólo ha faltado a dos y nunca ha bajado del décimo puesto (10ª posición en el lejano 1938). Ha estado presente en 7 finales y ha sido tercera  cuatro veces. Impresiona, ¿o no?. En cuanto a las Eurocopas, las ha ganado también tres veces (1972, 1980 y 1996) y ha sido subcampeona otras tres. Abrumador.

Si hablamos de Italia y los campeonatos mundiales, vemos que cuenta con 4 (1934, 1938, 1982 y 2006), uno más que Alemania, si bien no cuenta con el historial de regularidad de los germanos, aunque sólo haya faltado a dos.  Incluso, su último Mundial fue catastrófico, con una vergonzoso  vigésimosexto  puesto. Con todo, han sido segundos en dos ocasiones y terceros en una. Por otra parte, siempre estará el Mundial de 1934, jugado en Italia,  bajo la sospecha de favores arbitrales hacia el equipo anfitrión.  Los árbitros recibieron numerosas presiones y de hecho, como otros países,  España (capitaneada por Zamora) salió perjudicada. Todo ello bajo la atenta y peligrosa mirada de Benito Mussolini en el palco. Aquel Mundial sería utilizado para mayor gloria de El Duce y de la Italia fascista, todo ello en una Europa y un mundo radicalizándose progresivamente, donde pronto iba a estallar la II Guerra Mundial.
Volvamos a la Eurocopa. Italia la ha ganado una vez, en 1968, y ha sido subcampeona en otra cita, la de 2000. Aquí tampoco iguala  la insistente presencia alemana, ya que ha faltado hasta en seis ocasiones. Alemania es mucha Alemania, pero Italia no se queda muy atrás, como se puede ver.


Sobre todo comparándolos con Francia e Inglaterra, como decía. Francia ganó su Mundial, en 1998, ha sido subcampeona en una ocasión  y tercera en dos. En cuanto a las Eurocopas, tiene dos (1984 y 2000), por cierto las dos únicas veces que ha superado el cuarto puesto. Inglaterra es aún peor: ganó también su Mundial, en 1966, en circunstancias bastante dudosas (gol fantasma en Wembley), y nada más. Sólo un cuarto puesto, su otra mejor posición,  en 1990, no logra maquillar la sucesión de fracasos y gatillazos mundiales  de la orgullosa Inglaterra. Además ha faltado en seis ocasiones. Volviendo a las Eurocopas, menos triunfos aún: ningún título y sólo dos terceros puestos.


Cabe preguntarse entonces por qué se habla de Francia e Inglaterra como potencias futbolísticas, como colosos. A mi entender, confluyen varios motivos; 
El primero es la buena prensa desde siempre, incluso ahora,   y su permanencia en el grupo de países influyentes y amos del cotarro desde el siglo XVIII. Aunque el deporte sea ajeno a la política y a la historia, en teoría, se acaba empapando de tales disciplinas. Así, lo mismo que, inexplicablemente, se sigue idealizando a países como Francia, omitiendo escandalosamente sus numerosas barbaridades e insistiendo  petulantemente en su grandeur, ese falso concepto por el cual se debería preguntar a tantos individuos y pueblos afectados por el país galo en la historia, a ver qué les parece, se idealiza su deporte, también. 
El segundo motivo, es la importancia de Francia e Inglaterra en la concepción y desarrollo de varios deportes, desde finales del siglo XIX. Este aspecto es el que más me convence a mí y donde veo más justicia. Inglaterra posiblemente no inventara el deporte del fútbol en sí, pero fue vital en su implantación y en los primeros reglamentos y leyes, así como en su desarrollo. De hecho, el primer partido internacional fue un Inglaterra-Escocia, en el lejanísimo año de 1872. En cuanto a Francia, su importancia como desarrolladora de deportes no sólo cuenta con el fútbol, también con el rugby, el tenis o el ciclismo. Volviendo al balompié, organismos como la FIFA y la UEFA son casi franceses en su génesis, y el país mismo cuenta con un amplio historial de organización de eventos, no sólo futbolísticos. Pero si nos centramos en ese deporte, han organizado el Mundial dos veces y la Eurocopa, incluso tres; la tercera, es la próxima, en 2016, sólo 18 años después de su última ocasión como anfitriones,  lo que denota un cierto abuso de poder, por muy bien que lo organicen. Pero, oh, claro, son franceses
Así, tenemos a los franceses, cultos, educados, fiables y buenos organizadores de eventos, y además "triunfadores" en el fútbol,  y a los ingleses, que llevan viviendo toda la vida de ser los inventores del fútbol , dándose el mayor de los autobombos por ganar el Mundial de 1966 y vendiéndonos la mística de sus estadios (ciertamente sus campos son únicos, llevan razón; pero, como todo lo inglés y lo francés, está mitificado, demasiado idealizado)  la calidad de su fútbol, la gloria de los tres leones, ganar competiciones antes de jugar...luego está la realidad: fracaso tras fracaso, y el otro día contra Italia, caen en los penaltis tras un partido miserable e infame, donde no jugaron a nada.



En fin. Volvamos al partido de Varsovia, esta noche.  Se van a enfrentar los auténticos mastodontes del fútbol europeo, dos selecciones de mucho recorrido, amplia experiencia ganadora (y perdedora) y una buena cantidad de oficio. Hablaba antes de la regularidad alemana en fases finales, sí. Pero cuando juega contra Italia, flaquea. Nunca ha ganado a los azzurri en los partidos decisivos. La vieja dama del fútbol siempre responde, en ocasiones con contundencia.  La última vez fue dolorosa para los germanos, en Dortmund en 2006. Italia echó a Alemania de su Mundial gracias al Pinturicchio Del Piero. Y el historial de partidos vibrantes, figuras doradas y choques de trenes es largo. Desde los años 30 hasta hoy día.


Dos equipazos que ya impresionan antes de jugar, no sólo por su currículum e historial, sino por sus himnos. Alemania con su sereno, potente, imperial  y ciertamente pangermánico "Das Deutschlandlied" , de resonancias diechiochescas, compuesto por Haydn. E  Italia con su "Canti degli Italiani", el famoso Fratelli d´Italia  de Mamelli, más decimonónico, el cual a mí siempre me ha parecido solemne y festivo a la vez y además me ha recordado a una ópera, pongamos que de Verdi. Las dos composiciones son bellas y profundas, y además cantadas, por lo que uno, español,  siente cada vez que los escucha,  una clara envidia.

Hoy se enfrentan la Alemania de siempre, aunque algo más artística por así decirlo, y aderezada además por una interracialidad impensable hace 50 o 70 años, pero al fin y al cabo el mismo rodillo granítico y ganador de cualquier época, contra una Italia más preciosista y más enemiga de la especulación tradicional de su fútbol. Hummels, Lahm, Özil, Khedira, Muller, Schweini  o Gómez contra el inmortal Gigi Buffon, Montolivo, De Rossi, Marchisio, Di Natale o Pirlo, el gran Andrea Pirlo. Ese discreto y frágil genio que juega fácil y hace fácil lo imposible. El elegante líder de una Italia más elegante que nunca y gustando como nadie recuerda.


Vaya partidazo. Y en la final, España. Esa España que ha dado algunos síntomas de no estar tan fuerte como en 2008 y 2010, apareciendo incluso cansada y apática, ya está en otra final. Algo imposible hace apenas 8 años. Una generación de futbolistas irrepetible liderada por el enorme Casillas, ya con 31 años, o Xavi, con 32.  Uno, que los ha visto debutar en todo cuando era niño, no puede evitar sentir simpatía y afinidad emocional con jugadores así; los has visto crecer, como tú crecías,  al fin y al cabo. Una generación histórica que ha roto todos los esquemas, ha finiquitado bestias negras como Francia  y ha desterrado, quién sabe por cuánto tiempo, con el historial de derrotas, merecidas e inmerecidas, y el estigma de equipo flojo y perdedor destinado a fracaso tras fracaso, donde cada vez quedaba más lejano ese campanazo de 1964.  Y todo ello, y vuelvo a sacar muy a mi pesar aunque involuntariamente la política y las coyunturas, en unos años realmente calamitosos para la economía española y su situación, tanto nacional como internacional. Paradojas.

Así que tras este partido de históricos, este duelo de titanes, aguarda otro, la final del domingo en Kiev. Aunque haya titulado esta entrada como "Duelo de titanes", lo cierto es que son dos, serán dos duelos.  Porque la final de la Eurocopa será otro. Ya sea España contra Alemania o contra Italia, serán nuevamente dos titanes; uno histórico, en el caso de las dos selecciones con 7 mundiales en total, y otro, más moderno, en el caso de nuestra España.

A disfrutar entonces esta semana, con estos dos partidazos. Me siento cada vez menos germanófilo y de un tiempo a esta parte, más italómano (si existe esa palabra) sobre cualquier otro país,  si bien es cierto que el historial de mis simpatías, desde bien pequeño,  hacia otras naciones,  da para más de una entrada. Pero, por tanto, hoy voy con Italia y tengo la corazonada de una nueva victoria transalpina sobre los alemanes,  por más que resultaría morbosa y atrayente otra final contra el gigante teutón, si bien es notoria nuestra vieja rivalidad futbolística con los italianos. Aunque si España no estuviese en la final, desearía que la Eurocopa fuera para Italia, desde luego. Pero...
En fin, a ver pues la batalla de Varsovia y a disfrutar de nuevo el domingo en la capital de Ucrania.  Aunque al día siguiente de la final sea un ordinario lunes, y volvamos a la cruda realidad. Pero ésa es otra historia.

26.5.12

Pitando al himno se entiende la gente

Aunque no la he visto, ya ha terminado la final de la Copa del Rey, con victoria azulgrana. Las calles de la capital catalana bullen de gente, muchos con estelada en mano, celebrando un título que representa algo que tanto odian y aborrecen, en apariencia. Una muestra más de la esquizofrenia periférica.

Sí. Una nueva ración de esquizofrenia hemos recibido hoy y los días anteriores. Pero no sólo de los mencionados radicales periféricos (vascos, catalanes). También de políticos y periodistas, no todos (en principio) pertenecientes a esa misma tendencia. Pero vayamos por partes.

Todo empezó, conviene recordarlo, con la propuesta de ciertos políticos, los muchachos de siempre, esos que odian estar en Madrit con el oprobioso cargo de político y cobrando del aborrecido Estado Español. Ésos, como Tardà,  Bosch, Errekondo y cía., salieron hace días proponiendo una monumental pitada contra el himno, rememorando alegremente lo ocurrido hace tres años, en otra final de Copa con los mismos equipos. Además, la propuesta venía acompañada de una foto con la pancarta acostumbrada ("Una nación, una selección") en los idiomas pertinentes, o sea, catalán, euskera y gallego. La fotografía de marras se tomó en la puerta del Congreso. Muy bien.


Estos nacionalistas ridículos que insultan continuamente a España pero luego alargan la mano exigiendo subvenciones, inversiones  y  pasta  a  mansalva contaron, claro está, con la simpatía y comprensión de los de siempre; esa izquierda nuestra tan antiespañola y contemporizadora con estos periféricos. Ésos que hacen un distingo entre patriotas españoles, quienes son tildados de fascistas como mínimo, y entre patriotas regionalistas, quienes son aclamados como respetables y honorables nacionalistas, imbuidos de una suma de progresismo y tolerancia y potente autolegitimación. Gandhi a su lado no es nadie. Gran parte de la derecha tampoco movió un dedo en contra de esta banda, cuyas reclamaciones son legítimas, por una parte (hoy día todo es legítimo)  pero  quienes sin embargo deberían de ser más consecuentes y coherentes con sus actos. Pero exígele algo y puedes ir preparando el camino del exilio.

Prácticamente se puede decir que la única personalidad  que opuso algo a esta iniciativa fue la presidenta de la Comunidad de Madrid, quien con su claridad habitual verdaderamente planteó su oposición a la deseada pitada, argumentando con razón que supone un ataque a España y a sus símbolos. Llegó a afirmar que, si se producía la pitada, se debería suspender el partido y reanudarse a puerta cerrada. Este planteamiento contaría con apoyos en todos aquellos países (aunque yo diría que todos los del planeta) que están y han estado un poco por encima de nosotros, los españoles,  siempre. En Francia no se juega con La Marsellesa y ya han tenido un par de historias en ese sentido, con los revoltosos corsos de por medio,  e incluso en la descocada Italia, con los descontentos sureños,  pero, una vez más, somos España.  Cómo vamos a volver a ser algún día algo si nos odiamos a nosotros mismos y no reconocemos nuestros propios símbolos e instituciones. Cómo. 

Sobra decir que, desde el primer momento, encima de Aguirre se echaron todos;  parte de la opinión pública y buena parte de los periodistas, por no hablar de los políticos, ya que la oposición encontró un verdadero filón para atacarla y entre los compañeros de su propio partido no puede decirse que se le apoyara un mínimo. El caso de los periodistas fue variado: unos la criticaban directamente y les bailaban el aurresku a los nacionalistas (como siempre), otros más soterradamente lo planteaban, y luego  un cierto número se hizo el sueco, adoptando una actitud de despegado nihilismo, prácticamente diciendo sin paños calientes que les importaba un pimiento que se pitara el himno. Algunos de esos periodistas son admirados, de mis favoritos y me han decepcionado un tanto. Un servidor, que tiene su propia conciencia.

De entre las huestes políticas, destacó la valiente acción del lehendakari de "los vascos y las vascas"  Patxi López (PSOE),  con menos futuro en el cargo que España en Eurovisión. El buen Patxi le mandó una carta a Aguirre , conminándola a desistir de su franca oposición a la pitada al himno y que desistiera de sus polémicas declaraciones, porque era una gran fiesta del fútbol, y había que respetar, etc, etc.  Típico bailado de agua socialista, vamos. El dinamismo de López respecto a  Aguirre contrasta con su pasividad contra otros políticos menos pacíficos y con una ideología ciertamente filoetarra, pero eso tampoco me sorprende ya.

Los periodistas, desde luego, encontraron toda una mina. En concreto los del ala ultraizquierdista surgida al calor de Zapaterovamos, el diario Público (el cual ya no se imprime, pero sigue suministrando ideología "revolucionaria" en la web) y La Sexta. Sus informativos, de los cuales ya hablé en su momento (http://anchascastilla.blogspot.com.es/2011/03/informativos.html)  son verdaderamente lamentables, poco rigurosos y partidistas al máximo; son una sucesión de chascarrillos comentando las noticias, opiniones sesgadas poco serias, vídeos de Youtube y recetas de cocina creativa. Ellos mismos se sienten muy orgullosos de sus informativos, pero no los ve ni Rubalcaba  -su audiencia es pésima-  así que ya serán malos para que ni los propios pijoprogres los vean en masa. 

Los informativos de La Sexta, como digo, desde ese momento liberaron de toda culpa a los políticos incitadores y atacaron también a Aguirre, dándole  la vuelta a la tortilla, echándole toda la culpa de la crispación, del ambiente incendiario, y del clima de violencia. La ultraderecha, ya sabéis. Ciertamente la Falange preparó una manifestación ese mismo día, pero, como siempre, metieron a todos los insensatos que osasen oponerse mínimamente a la pitada en el mismo saco.  Resulta llamativo que quien reaccionase a la acción que prendió la mecha sea la tildada de radical, pero así son las cosas. No puedes pedirle rigor, ni a La Sexta, ni a otros periodistas, ni a buena parte de la opinión pública. Ni mucho menos a los políticos.

Curiosamente, buena parte de los mismos (y aquí están todos; personajes públicos, periodistas y gente de la calle) que criticaron a Aguirre, son quienes en el Mundial de 2010 hicieron alarde de bandera española y de patriotismo, porque ahí sí convenía y estaba bien visto. El trozo de tela podía ondear y tu cara aparecer pintada, porque ahí no eras facha y te podías poner la bandera de España pulsando ciertos botones en el Tuenti, por ejemplo.     (http://anchascastilla.blogspot.com.es/2010/06/patriotismo-barato.html)   . Nada, nada. Ellos mandan y punto en boca.

Por si fuera poco, se sumó a la hoguera Santiago Segurola, periodista deportivo. Un hombre considerado por juicioso, neutral y sensato, se descolgó ayer con un artículo en  La Gazetta dello Sport, rotativo italiano. Un artículo ciertamente lamentable que no se puede coger por casi ningún lado, muy en la línea de ese entreguismo con los nacionalismos periféricos, de ese "tienen toda la razón. Los de Madrid y el resto de España no podemos decir ni hacer nada. Alabémosles", etc. En él se deslizaban afirmaciones escandalosas, como que bilbaínos y barceloneses iban con miedo a Madrid por temor a ser agredidos, o que la derecha más recalcitrante había impedido la final en el Bernabéu. Que Athletic y Barcelona iban a hacer una fiesta del fútbol, etc. Entonces pensé que dirían los madrileños y otros españoles que, cuando van a San Mamés o el Camp Nou, son recibidos al grito de "españoles de mierda" y "Puta España", entre otros. Pensé además, por qué se sigue idealizando a un club como el Athletic de Bilbao. Sin duda su filosofía es  única, su larga historia es grandiosa y su pervivencia es digna de admiración, pero ya basta con la cantinela aquella de "La Catedral" y la afición de San Mamés como una de las más señoriales, acaso la que más, de España. Hemos visto sobradas veces cómo se las gasta la mayoría del estadio y cómo actúa su directiva, bastante parecida a los procederes del PNV, especialistas en eufemismos, autolegitimaciones vacías y exigencias envueltas en honorabilidad . Ya basta.

La verdad, para una parte de los lectores de prensa y/ o aficionados deportivos, Segurola ha dejado de ser ese prestigioso periodista modelo de buen juicio. Me pregunto qué se le habrá pasado por la cabeza; igual le ha dado un ataque de corrección política exacerbado. Ciertamente, los nacionalistas catalanes y vascos cuentan siempre con apoyos tanto dentro como fuera de sus fronteras.  Cuándo dejaremos de ser tan contemporizadores y benevolentes con esta tropa de radicales periféricos que se creen con derecho a todo y no emiten una sola autocrítica ni realizan un solo acto consecuente, es otra pregunta que me hago.

El resto ya es historia. La cacareada pitada fue atronadora, pese a los  chapuceros esfuerzos de TVE por minimizar el impacto sonoro (ya lo intentó en 2009).  Pero sonó bien alto.  Una nueva falta de respeto, no sólo al himno y todo lo que significa, sino lo que representa; también a las instituciones y al concepto de España. No me vale que sea una pitada contra el Rey por su annus horribilis, ya que Juan Carlos no estaba presente (además, otras asonadas se realizaron cuando el monarca estaba aún de luna de miel con los españoles); estaba el vástago, ya talludito, Felipe. Yo, aunque sea muy anti-monárquico actualmente, no pitaría el himno.  Es toda una falta de educación y de respeto contra nuestra patria común, España. Puedo entender que haya compatriotas que no se sientan españoles, pero, si quieren respeto y lo exigen, no pueden pedirlo, mal y pronto, de mala manera, con una pitada poco valiente en un estadio de gran capacidad. Faltando además al respeto con otros espectadores, presentes en el estadio, que sí sientan España.

Es fácil imaginarse el revuelo que se habría montado si la pitada hubiera sido dirigida contra Els Segadors o el Eusko Abendaren Ereserkia. La mundial, se monta. Pero eso no fue mencionado por La Sexta ni por buena parte de los periodistas. Notoria es la bochornosa costumbre de los españoles de pitar otros himnos nacionales cuando juegan selecciones extranjeras, pero pondría la mano en el fuego por quienes han puesto el grito en el cielo por la pitada, esos respetuosos con todos los himnos (entre los cuales me incluyo;  nunca pitaríamos un himno) que desde luego no silbarían estos himnos regionales.

Tampoco me vale, como argumentan otros, que el rechazo al himno y la enseña se explica por el uso exagerado por Franco de tales símbolos y entes, cuando se "envolvió en la bandera", etc. Sí, es cierto que el dictador se sirvió de ellos. Pero no los creó él. Tanto himno como bandera son muy anteriores al militar de Ferrol. Del siglo XVIII, concretamente. Muy anteriores. Así que no simplifiquemos y nos quedemos con la idea de que, si pitas al himno y quemas la bandera, estás pitando y quemando a Franco o a los Reyes. Si pitas al himno, estás faltando al respeto a todos los españoles de la actualidad (incluso a tí mismo, aunque no lo reconozcas), y a tus ancestros y los antepasados de todos los españoles, incluidos por supuesto, y esto es lo más importante, por todos aquellos que se dejaron la vida defendiendo España bajo esos colores y esas notas musicales. Pero eso, una vez más, qué coño les va a importar a todos aquellos que han pitado, bien orgullosos. Además, en esta ocasión, se han añadido galantes versos dignos de trovadores como "Esperanza, hija de puta". Gran educación. Sin palabras. Vergüenza.

El Barcelona gana la Copa. Lo ansiaban. Buscaban ganar un título representativo de algo muy odiado por su afición catalana (la afición culé del resto de España es otra cosa) , así como por la directiva. Algo similar ocurre con la afición bilbaína del Athletic y su directiva.  Esquizofrenia latente.  El caso del Athletic cuenta con otro agravante, porque nunca han contado con extranjeros en su plantilla. Siempre han tenido españoles. Sí, españoles, porque el cuento ese de "sólo vascos" ya no se lo traga nadie; hace mucho tiempo se van nutriendo de jugadores de otras regiones. Bastan un par de ejemplos: el txingurri Valverde, jugador de los 80-90 y entrenador de éxito, es extremeño, y Fernando Llorente, su máxima figura actual, es riojano.

 Y es muy fácil dejarles en evidencia. Como periodistas y gente en general recuerdan ahora y recuerdan siempre, si tanto repudian España y su idea, así como la Copa, lo tienen muy fácil; que renuncien a ella, se salgan de la Federación e  implanten con su dinero sus propias ligas, donde tienen muy buenos y competitivos equipos como el Arenas de Guetxo, el Sestao, el Eibar, el Sant Andreu, el Terrassa o el Nástic. Así tendrían una liga como tienen sus admirados y ansiados escoceses o galeses, una competición de segunda o tercera que no puede rivalizar con la Premier inglesa. Pero, una vez más, no. Una vez más, se les permite despotricar y despreciar España, pero sin consecuencias. Insultar sale gratis. En esto también se parecen a sus dirigentes.

Sus dirigentes y representantes. Esos mismos de la pancarta "Una nación, una selección", quienes rajan de España y la odian, pero viven pomposamente a cuenta suya y trabajan como políticos en Madrid. Quieren independizarse, pero cuando llega el momento de recibir prebendas y dinero, son los primeros en ponerse a la cola y los primeros en alargar la mano y pegar el tirón, para que la Madre Patria les pague la restauración del Liceu, el chiringo del Fórum, infraestructuras y mil memeces más. En exigir por el agravio comparativo. Lo de "dame lo mío que es mío y lo tuyo, que es de los dos". En tapar los agujeros que deja el derroche. Ahí sí son españoles. Luego, cuando llega el momento de volver a casa con la bolsa llena, se vuelve a sacar la banderita independentista y el silbato para pitar el himno de tu país, el cual te da para comer. Insultar sale gratis, ya digo. Aunque se tiene una ligera certeza de que hay más partidarios de la independencia de Cataluña, Vascongadas o Galicia fuera de estas regiones que dentro de las mismas. Porque el hartazgo y  la inflamación de testículos es grande. O quizás no tanto. Debería de dejar de hablar por el resto de la gente.  En fin. Qué país. Ésta es de esas ocasiones de las que me avergüenzo de ser español y me gustaría ser francés, alemán, estadounidense o italiano. Pero sigo siendo español, aunque un número de mis compatriotas me dé vergüenza ajena. Qué se le va a hacer.

Qué país, qué país...


21.5.12

A mucha honra, sí, pero...¿por qué, exactamente?

En una revista gratuita, repartida por la calle, Nova Almariyya, un folletín de muy variados temas (historia, actualidad, cultura, gastronomía) pude leer un tema muy interesante,  polémico  y siempre de actualidad en mi tierra: la pertenencia a Andalucía o a Levante. Así, mediante una tabla, mostraban razones por una u otra región o zona; transcribo literalmente:


Levantina

-Razones históricas, por la repoblación que tuvo la provincia de Almería después de la conquista cristiana y la expulsión de los moriscos. Dicha repoblación se hizo en su mayor parte por personas procedentes de Murcia, Valencia y Aragón. De ahí que persistan algunas costumbres, algunas expresiones (como el sufijo -ico), la toponimia e incluso el carácter de la gente.
-Razones jurídicas, ya que Almería no logró superar la barrera del 50% de participación en el referéndum por la autonomía de Andalucía el 28 de febrero de 1980, lo que supone una vulneración del derecho.
-Razones geográficas, ya que las sierras de la provincia parece que la separaron del resto de Andalucía y dejaron el camino y, por tanto, la salida natural, hacia el Levante.
-También tendríamos que decir que, climatológicamente,  forma parte del Sureste (Almería, Murcia, Alicante)


Andaluza

-Razones históricas, ya que Almería sería parte irrenunciable de la Andalucía que postulaba Blas Infante. Almería forma parte del Reino de Granada, que junto a los demás reinos del sur es lo que hoy forma la Andalucía que conocemos.
-En el referéndum del 28-F de 1980 el porcentaje del sí fue del 92,07 % mientras que el del no, del 4,02%, lo que deja claro la voluntad de pertenencia a Andalucía.
La clave de la poca participación se pudo deber al papel de la UCD con el lema "andaluz, este no es tu referéndum", a la falta de comunicación por carretera y aire con Sevilla y a que en la zona norte de la provincia se veía la desconexión con Murcia (esto es, la televisión que daba la señal en Murcia) en vez del Telesur andaluz.
-La mayoría de los personajes públicos almerienses se sienten andaluces y así lo expresan. 


Bueno. Dejando a un lado las razones esgrimidas, algunas más peregrinas que otras,  la forma de redactarlas y las faltas de ortografía (corregidas al escribirlas yo aquí), lo cierto es que determinados argumentos son verdaderamente poderosos, estoy de acuerdo con ellos,   y  los datos del referéndum están ahí, son oficiales, para poder consultarlos, me refiero. Ya escribí cuando las elecciones autonómicas que en Almería el sentimiento andaluz no era especialmente fuerte. Por lo visto, éramos así y lo seguimos siendo. Mentiría si me afirmase en mi fuerte sentimiento andaluz. Diría la verdad si considero a Almería más levantina que andaluza, aun reconociendo la innegable pertenencia al Reino de Granada, si bien desechando las sandeces de aquel majadero llamado Blas Infante.  Por otra parte, básica y fundamentalmente me siento almeriense.
Aunque no quería hacer una entrada de eso, otra vez. Ya la hice, y me parece ya he hecho varias en ese sentido. 

Hoy , y desde hace un tiempo, quería escribir de un modo más crítico y negativo. Como sólo puede hacerlo un hijo suyo.

Porque sí. Almería es maravillosa. Es un estupendo lugar para vivir y tiene numerosas ventajas, contrarrestadas por otros tantos inconvenientes.  Ningún lugar es perfecto, como nadie es perfecto.

También hice una entrada sobre mi amor/odio a España. Es hora de escribir  sobre mi historia de amor/odio con Almería.

Almería es una ciudad pequeña y poco sobresaliente, a priori. Con todo, tiene lugares con un innegable encanto modesto, como la Catedral, la iglesia de la Virgen del Mar,  la  iglesia renacentista de Santiago, la Almedina, el Paseo o La Chanca. Extramuros, el barrio de El Zapillo sigue constituyendo un polo de atracción turística, pese a sus desvencijados edificios o la escasa limpieza de sus calles y de sus playas. Ya escribí también acerca de este  en otros tiempos barrio de pescadores.

Con todo, siendo Almería una población sin demasiados puntos destacables, podría estar en un lugar más preeminente en vez de donde lleva ya décadas y décadas, siglos, se podría decir. Sus propias características funcionales, su clima, su entorno natural o su largo historial como escenario de rodaje de multitud de largometrajes desde hace más de 50 años, por no hablar de su riqueza arqueológica, podrían situar a esta provincia en una posición más notoria en el sureste español, o en el oriente andaluz, lo que sea. Todo ello si no contase con el sistemático desprecio, en ciertas ocasiones menos notoriamente que otras veces,  tanto de España, como de la Junta de Andalucía y de buena parte de los andaluces.

Pero , aun siendo importante,  sería injusto achacar del todo la situación de Almería a factores externos. Voy a ser atrevido, señalando también entre los culpables, a los propios almerienses, entre los que me incluyo, por supuesto. 

La ciudad de Almería es sucia, descarnada, maloliente. Puedes pasear por calles céntricas y la zona más antigua del casco histórico, y se te cae el alma a los pies (a mí se me cae). Vías y callejones llenas de desperdicios, manchurrones en el suelo, pegotes de mejor no saber qué,  cuando no directamente charcos y olor a orín.  Siempre me sorprendo de la presencia de turistas a determinados lugares, conociendo su estado. Y no hablo de otras zonas más depauperadas y marginales de la ciudad, no.
El tema de la suciedad de las calles no es exclusivo de Almería, por supuesto. España en sí es un país de calles sucias y poco cuidadas, desde luego. Aunque hace ya mucho tiempo se dejó de usar la calle para derramar en ella los detritus, desperdicios y aguas fecales, no tenemos ejemplos abundantes de ciudades con vías dignas de postal, donde prácticamente se puede comer en la acera, como en buena parte de Europa. Por otra parte, luego un buen número de turistas europeos se dejan su urbanidad y civismo en las calles de Gante, Berna, Dusseldörf  o Birmingham cuando llegan a España, pero ése es otro tema. Los españoles no cuidamos nuestras propias ciudades, calles y espacios públicos. Si ya en el siglo XVI los embajadores extranjeros se asombraban de las calles llenas de mierda (lo decían así, literalmente)  al venir a España, qué vamos a añadir.

La ciudad de Almería es vandálica. El patrimonio y el mobiliario urbano tienen fecha de caducidad. Cualquier intento por embellecer la ciudad, rememorar significativamente algo, salir de la monotonía edilicia, sobresalir...puede quedar abortado al poco tiempo. El otro día, cuando tomaba café con un amigo, vimos en las noticias locales del periódico, cómo un monolito conmemorativo del rodaje de Conan, el Bárbaro (1982) había sido derribado y sustraído en apenas un día y medio. ¡Día y medio!. Aun siendo únicamente un pilar de plástico duro con unas cuantas frases y un fotograma de la película, era algo poco habitual; no todas las ciudades pueden alardear en sus calles con el historial de rodajes de Almería. El monolito se había erigido junto con otros, colocados por el Ayuntamiento para recordar una serie de largometrajes donde, al menos un poco, salía Almería. Bah, para qué. En poco más de un día los vándalos ya lo habían molido a golpes.

El ejemplo del monolito de Conan, es sólo una pequeña parte de la muestra de  ese vandalismo. En Almería se queman 21 contenedores al mes. Ya sé que tampoco es ésta una costumbre exclusiva de mi ciudad, pero clama al cielo. Si hablásemos de una gran ciudad de más de 3 millones de habitantes, o de una megalópolis con 25 millones de personas, compuesta de innumerables suburbios y problemas diarios, con la policía usando helicópteros por la peligrosidad y el atasco de las calles, pues... tampoco se justificaría plenamente, pero sí sería más fácilmente explicable. Una veintena de contenedores calcinados al mes es demasiado para una ciudad de menos de 200.000 vecinos, y explica el miedo de mucha gente y su resistencia a aparcar su automóvil al lado de uno. Y vuelvo a repetir, no estoy hablando de los barrios marginales de la ciudad. Me refiero a zonas cuasi céntricas. 
Así, por la acción de esa gentuza vandálica uno teme cuando inauguran algo, abren un parque nuevo (de entre las escasas zonas verdes de la ciudad) o restauran algún edificio o palacete. Por eso sorprende sobremanera que continúe intacta la blanquísima Casa de los Puche, contigua a la catedral,  y a la vez se espera lo peor sobre qué le pasará al remozado Mercado Central, impecablemente inmaculado (aún no ha sido inaugurado).

Vandálica, maleducada. Los niños y niñatos, no tan pequeños, juegan al fútbol en la plaza de la catedral. Usan como  palos de portería los enormes contrafuertes de la iglesia-fortaleza, y cuando uno pasea por dicha plaza, la quietud del espacio se ve interrumpida por el ruido de los balonazos golpeando la piedra renacentista, testigo de tantas vicisitudes y adversidades. También juegan al baloncesto en las ventanas del palacio episcopal, situado justo enfrente. 
Las pintadas, garabatos y mensajes imbéciles en paredes y bancos se ven aquí y allá.
 El griterío y las malas maneras son otra constante. Otro ejemplo, o un par, referentes a la Semana Santa. Difícilmente una procesión no será interrumpida por el paso constante  de gente, cruzando por en medio de la misma, y si es necesario, casi empujar a quien sea.  El silencio y sobriedad de cualquier procesión, si bien algunas son más tristes y silenciosas que otras, se ve roto por el sonido de las cáscaras de pipa, mordidas implacablemente por los almerienses mientras esperan el paso. Comer pipas y otros frutos secos, pero fundamentalmente pipas, es el pasatiempo favorito de mis paisanos mientras aguardan,  aburridos, a la procesión. Si quieres contemplar en silencio la misma, no puedes. Por no hablar del panorama del suelo, inmediatamente y después; grandes montones de cáscara asquerosamente chupada, por aceras y calzadas. Tras el paso de una procesión, cualquiera diría que los penitentes, e incluso el Cristo, han ido comiendo pipas. 

Cáscaras de pipa, papeles, hojas secas, plásticos, excrementos, chicles, cigarrillos...hay calles donde las papeleras brillan por su ausencia o por su soledad, si bien luego te preguntas si servirían de mucho tales papeleras, conociendo la querencia de mucha gente por acabar pronto y mal, tirándolo directamente al suelo. Por añadidura, el viento en ocasiones perenne (cuando se mete el poniente, se mete de verdad) esparce la suciedad a lo largo de las calles y por otras vías; así, contamos con la ayuda de la gente y del propio Eolo, el puñetero dios del viento que colabora a ensuciar más aún las calles de Almería, dando a la ciudad un aspecto de ciudad llena de papeles y desechos en movimiento, digna de una película policíaca de tema decadente o de ciencia ficción distópica. La fuerte presencia de vagabundos (nacionales y extranjeros) , de alcóholicos echados a perder y de inmigrantes desocupados no mejoran esta imagen.

Almería es una ciudad de extremos. Barrios degradados coexisten con otros dignos de la alta sociedad. No están contiguos, pero sin duda se puede pasar de un mundo a otro en un espacio no muy grande.   Algo similar ocurre con bares, cafeterías  y restaurantes, por ejemplo. Lo mismo vas a un tugurio de esos de barra de chapa frecuentado por parroquianos con aliento de carajillo,  cuya única alegría es la música de la máquina tragaperras o el gol en la televisión, que entras a otro donde te cobran hasta por mirar, todo muy cool y de cocina creativa. Por eso a veces me pregunto dónde se mete la auténtica clase media de la ciudad, la cual realmente existe (al igual que existen los lugares intermedios, y muy buenos)  pero en ocasiones no se ve por ningún lado; esa clase media que no necesita hacer ostentaciones ni demostraciones de pijerío imbécil y rimbombante. 

Ciertamente,  estoy despotricando hoy de mala manera contra mi ciudad, pero, por otra parte, como en su momento le dediqué entradas laudatorias, sería justo tocar también el otro palo de ella, puesto que no es bueno idealizar, ni tan siquiera a tu propia tierra. Seamos honestos.

Yo la comparo con Nápoles, salvando algunas distancias. Ambas ciudades son de honda tradición mediterránea y cuentan con vestigios de temprana presencia colonizadora (fenicios, griegos) de civilizaciones antiguas.  Ambas están rodeadas por un notable y/o peculiar entorno natural; el Vesubio y la costa amalfitana en el caso napolitano, el desierto de Tabernas y el espacio terrestre y marino prácticamente virgen de la zona de Cabo de Gata, en el almeriense. Ambas vivieron períodos de más o menos esplendor en épocas pasadas (evidentemente Nápoles ha sido más notorio e importante para la historia europea y española) y, en la actualidad y desde hace más de cincuenta años, conocen un franco declive. Podría decirse que en Almería no tenemos Camorra, pero también cabe preguntarse si,  siendo negativa y deleznable una organización extorsionadora y criminal, se puede ser positivo con un régimen político anquilosado, caciquil y perdedor desde hace 34 años (por si alguien no lo sabe, me refiero al PSOE,  desde 1978).  También podría argumentarse que la situación de Nápoles y la Campania no es comparable a la de la provincia de Almería, puesto que en el caso almeriense, ha conocido un notable desarrollo en estos últimos 50 años, fundamentalmente a la agricultura bajo plástico y al turismo (si bien actualmente es una de las provincias con más paro de España) ,  mientras que el sur de Italia continúa siendo una rémora para el resto del país. Bueno, algo cierto es. Como también es cierto, y aquí vuelven a ser comunes Almería y Nápoles, que ambas ciudades/zonas cuentan con el desprecio o la indiferencia del resto de sus compatriotas. Se me debe estar notando demasiada simpatía por los napolitanos. Es más que posible; no en vano, los españoles tenemos más motivos que ningún otro país para demostrar afinidad por un territorio español en otros tiempos, y al cual la humanidad le debe más de lo que reconoce.
Continúo. Ambas, Nápoles y Almería, cuentan con un rico patrimonio (más evidente en la primera) pero en la actualidad se muestran degradadas, destruidas, sucias, ordinarias,  poco cívicas, depauperadas. En un programa pude ver la preponderancia de la conducción en ruidosa y peligrosa motocicleta por las vías y cuestas napolitanas, así como el desorden y el caos en la conducción en automóvil;  más o menos la tónica almeriense. Y al contemplar sus maltrechas calles me sentí bastante identificado, además. Así, podría decirse que adoro Nápoles tanto como desprecio aspectos suyos, del mismo modo que amo Almería tanto como la odio conociendo ciertas características de mi tierra. Supongo que debe ser así, y es lo normal.

Recientemente, Arturo Pérez-Reverte (él mismo otro admirador de Nápoles y de otras destartaladas y antiguas urbes mediterráneas)  volvió a revolucionar la red con unas declaraciones en Twitter a vueltas con Sevilla, su realidad actual y de siempre, refiriéndose a una película policíaca estrenada hace poco. Con su claridad habitual, se congratulaba de que se representase a la ciudad tal y como era, con "chusma, yonquis y putas" o algo así, en vez de a la imagen habitual acostumbrada a mostrar en revistas y televisión, centrada especialmente en la Semana Santa y la Feria de Abril. El escritor cartagenero tiene otra historia de amor/odio con Sevilla (en mi caso es sólo de odio, como he dicho otras veces); le duele cómo una ciudad con tanta historia, cultura a priori, y tantas posibilidades, se quede ensimismada en la autocomplaciencia y se regodée en su Semana Santa y otros temas folclóricos, y así lo ha dejado por escrito innumerables ocasiones.
En nuestro caso almeriense, poco hay para que la ciudad se quede ensimismada. Tal vez porque sea más consciente de sus limitaciones, y más modesta y realista, pero tampoco se autopromociona con fuerza. Si acaso, el único ensimismamiento lo veo en su reverenciado y conocido tapeo, toda un arma de doble filo; pocas vías hay tan conducentes hacia el alcoholismo como el tapeo. Ciertamente, las terrazas y bares están siempre llenas de gente tapeando. Ojalá los almerienses fueran más emprendedores y tuvieran la misma iniciativa para trabajar, salir del hoyo, pujar por la ciudad y salir de la cutrez andaluza, y demostrasen más interés por la cultura,  que el que tienen al tapear, si bien, es justo señalar el ahínco y las ganas que un buen número de almerienses le han echado en estos últimos 50 años, para ir sacando la cabeza, poco a poco y sin la ayuda de prácticamente nadie, e ir adecentando el erial de nuestra provincia. 

Como tantas veces mencionado, no se entiende el progreso de Almería sin los invernaderos. Ha sido enormemente positivo, aunque tuviera costes paisajísticos irreversibles. Por mucho erial que fuera la provincia, y mucha tierra yerma y mucho matojo inútil,  sigue siendo preferible, para mí,  al océano de plástico blanco, el cual en ocasiones no  se alcanza a ver el fin, perdiéndose la vista en el paisaje borroso.  Únicamente las descarnadas montañas profundamente marrones continúan impecables, junto con las vegas repletas de naranjos y otros frutales surgidas al agua de los escasísimos y raquíticos ríos.  Es un paisaje duro, pero hermoso. Vacío, pero lírico. Sin duda la música de Morricone le queda ajustada como un guante, y eso teniendo en cuenta que el genio italiano no llegó a pisar Almería.  Un paisaje, por lunar, africano y espectacular, que ya atrajo a turistas y estudiosos, primero a extranjeros y luego a nacionales.  Primero extranjeros, sí. El primer gran turista  fue el austríaco Rodolfo Lussnigg  (1876-1950), empresario  y cónsul de Austria en España, quien acuñó el término "Costa del Sol"  para referirse al litoral almeriense; dicho término fue luego arrebatado a Almería  por la escasamente glamurosa costa de la provincia de Málaga. Lussnigg además, promocionó mi patria chica con el lema "Almería, donde el sol pasa el invierno", en fecha tan temprana como la década de 1920. 

Si bien no suficientemente desarrollada y promocionada, también es justo reconocer la importancia del cine en el despegue de la ciudad y de la provincia en la segunda mitad del siglo. En los años 50 comenzaron a usarse escenarios almerienses, aunque el boom llegaría en los sesenta, con El Cid o Los Siete Magníficos. Con todo,  la película más significativa y recordada rodada en parte en la provincia y la que iba a dar el auténtico campanazo, con un "efecto llamada"  para el resto de cineastas, fue Lawrence de Arabia, allá por 1961, cuando Almería era aún esa tierra despoblada, oscura y difícil, y a donde habían ido ya eruditos y escritores como Luis Siret, Gerald Brenan o Juan Goytisolo. Similar todavía  a la trágica tierra de cortijos de las Bodas de Sangre lorquianas. Desde entonces ha llovido mucho, demasiado. Prácticamente ninguno de esos pioneros viajeros reconocería a la provincia, y creo que tampoco a la ciudad.  Brenan, autor de Al sur de Granada, entre otros libros, escribió hace 90 años que Almería era "como un cubo de cal al pie de una montaña gris".  Actualizando el concepto y las medidas, hoy día sería como un volquete de cal

La ciudad ha cambiado mucho, y ha crecido desordenadamente, tan desordenadamente que es bastante habitual ver edificios feos y nuevos (de los años 60 y 70, se entiende) en el mismo lugar o contiguos a casas más antiguas y típicas de la arquitectura almeriense del siglo XIX. Prácticamente no queda ningún vestigio arquitectónico anterior al siglo XIX, exceptuando algunas mezquitas e iglesias. Unas cinco casas, como mucho. Lo que no han borrado del mapa algunos terremotos, lo han terminado de finiquitar la imparable acción del hombre, siempre inconsciente. Son frecuentes las torres de 8 o 10 pisos, vecinas de viviendas de dos plantas como mucho. Barrios en teoría antiguos, lucen hoy día con horribles edificios de la época de la expansión económica del franquismo. Así, si los monumentos y vestigios son escasos, y en algunos casos en maltrecho estado,  menos se ven aún cuando están rodeados o semi-ocultos por construcciones modernas con el gusto en el culo. 

Aún así,  Almería tiene un extraño encanto. No sólo lo digo yo, al fin y al cabo hijo orgulloso de su tierra,  o parte de mis paisanos. Deben decirlo, o al menos pensarlo, todos aquellos turistas llegados desde hace más de 50 años, los que han repetido y los que han venido aquí por su propia voluntad, buscando su clima benigno, su sol generoso y sus limpias aguas mediterráneas. O simplemente  tranquilidad, al ser Almería y su provincia un lugar relativamente aislado, con un aeropuerto pequeño y de poco tráfico, una deficiente comunicación por vía férrea ("Azorín" consideraba el avance del tren como signo claro de progreso. Prefiero no pensar qué diría de Almería hoy) y unas poblaciones pequeñas y tranquilas, como los pueblos alpujarreños con verdadero encanto,  además de sus reverenciadas playas y vírgenes fondos marinos, claro está.

Debe de haber una suerte de lirismo en su descarnada fisonomía, en su eventual suciedad y desprendimiento. Un gusto innegable por sus modestas características. Modestas y honestas, por otra parte. Aquí no se vende la moto como en otros sitios.

Hay, porque lo hay, una gran belleza en sus eternas puestas de sol.  Tanto desde la playa con las luces de la ciudad al fondo y la mole ocre de la sierra de Gádor sobre ella, y más alto aún el impoluto cielo, una bóveda perfecta. O mirando en otra dirección, con las gradas de las estribaciones montañosas de Sierra Alhamilla y los Filabres detrás, cuando delante sólo tienes los farallones de Cabo de Gata, a veces invisibles por la calima y la niebla, en ocasiones tan nítidos que parecen poder tocarse con la punta de los dedos.  O desde las estrechas calles de la Chanca o Pescadería, con las almenas y torreones de la Alcazaba mutando de color y  dominando la postal oriental. Ciertamente, aun a riesgo de caer en el tópico, Almería en ocasiones es mucho más africana y oriental que europea. Eso no es negativo; simplemente es así. Oriental es la ciudad antigua de Corfú, en la homónima isla griega, la cual a mí se me antojó perfectamente Almería. Me sentí como en casa.

Hay, ciertamente lo hay, otro extraño encanto en el poco cuidado barrio de El Zapillo. Como escribí aquí sobre ello, he pasado muchos años en él, y, para asombro mío, los turistas siguen afluyendo a esta apartada zona de la ciudad. Debe haber algo que se te mete en el alma, algo de sus larguísimas puestas de sol que te iluminan para siempre los ojos. Algo en su sereno y bravío, azul y verde, limpio y sucio a la vez mar Mediterráneo, milenario espacio por donde han pasado tantos pueblos desde los primeros pasos del hombre. Algo se te debe de iluminar cuando estás en las sucias playas de El Zapillo, tanto como alumbran las  intermitentes luces rojas del pequeño y blanco faro del puerto. Algo, algo debe de surgir  para siempre de esa mezcolanza de sonidos y aromas. Esa brisa marina  con deje de graznido de gaviota que te arrulla y golpea, dejándote sabor a pescado y civilizaciones antiguas. Algo debe tocarte esa suma  de vocerío, salitre, olor a humanidad, agua estancada de boquera  y fritura de marisco, y que va subiendo por entre las desconchadas torres de hormigón...

Almeriense. Y a mucha honra. No me preguntes por qué, pero lo soy.