7.9.11

El verano del amor

Sí, soy yo. Vuelvo a aparecer por aquí. Tras prácticamente un mes. Buena parte de ese mes comprende un agosto inolvidable, el mejor de mi vida, de momento. Y cuán distintas -para bien. No pueden ser mejores- son las cosas para mí desde entonces.

El destino. El azar. Designios inescrutables. Alguien jugando a los dados. ¿Somos amos de nuestro destino?. Parezco Iker Jiménez, lo dejaré, tranquilos. Quién sabe. La maravillosa coincidencia de dos navegantes (gracias al oceáno virtual) en una calurosa noche de julio vino a unir los avatares de dos personas, alejadas en el tiempo y el espacio. O no tanto. De forma inesperada, como inesperada fue la inmediata conexión casi al instante, eso a lo que anglosajonamente denominamos feeling. Tantas cosas en común, además... Y vaya con el feeling. Curiosamente, entre dos paisanos. Ah, la vida pueder ser maravillosa en ocasiones.

Así tuve la inmensa suerte de encontrarte. Y como una especie de ciclón benigno, de repente hiciste desaparecer todos mis problemas, tristezas y preocupaciones, o al menos relegarlos a un segundo o tercer plano. Además, el verano se presentaba muy distinto y algo triste por ser el primero sin un familiar muy querido, y se convirtió en un verano único. No me olvidé de ese acontecimiento de primeros de mayo, evidentemente. Pero sí me lo hizo más llevadero. Y me alegraste la vida. Con tu sonrisa, tu simpatía y forma de ser y tu gracejo almeriense me cautivaste. Algo en teoría complicado, estando tan lejos en la distancia. Pero así ocurrió. No sé realmente qué te hice yo, pero nos pasábamos horas y horas, trasnochando como monjes o hackers, hablando, riendo, hablando y hablando, conectando. Mucho. Tanto que surgió algo más fuerte. Luego llegó el móvil, hablar por él y los mensajes por doquier. Más fuerte. Aún me pellizco, como si no me creyese todavía la realidad. Porque ni de lejos imaginaba lo que estaba por llegar. De lejos, lo mejor que me ha pasado.

Y aún faltaba lo mejor, desde luego. El verse. Encontrarse cara a cara. El ansia podía con nosotros, ¿recuerdas?. Al final llegó el momento. Puerta de Purchena. Plaza mítica de la ciudad donde las haya. Y preciosa. Ilusión. Nervios. Espectación. Dudas (por mí). Nervios. Llega el momento. Me acerco a la única estrella de la plaza. Y todo fue perfecto. Paseo de Almería abajo y tras unos quince minutos de rigor, dejamos hablar y actuar al corazón.
Y desde entonces fuimos los reyes de Almería esas noches, paseando de la mano, entrelazando los sentimientos por entre las oscuras calles del casco viejo, dándonos besos furtivos y robados (otros no tan robados) a cada poco, a cada recodo de antiguas calles las cuales, si antes ya estaban en mi corazón por ser de mi ciudad, ahora estaban más dentro aún y se me harían más inolvidables: Tiendas, Ricardos, Real, Mariana, Lope de Vega, Navarro Rodrigo, Reyes Católicos, el propio Paseo, Trajano, Plaza San Pedro. A cada recodo, escondiéndonos de la gente y de las miradas como colegiales. Andando atontados. Tomando granizados, como aquel glorioso, eterno e inolvidable de limón de la primera noche. Y dándonos besos con sabor a helado prebiótico. Pero no sólo tomamos helados. En la plaza Vieja del Ayuntamiento degustamos un combinado caribeño (Mojito le llaman) con la banda sonora de fondo, muy típica y estereotípica, de estampa cañí, de un cante flamenco. ¿O eran danzantes balcánicos aquel día? Me fijé más en tus ojos, desde luego. Situados enfrente uno del otro, la luz de las velas iluminaba aún más unos ojos ya de por sí brillantes. Subimos a la Alcazaba, soberbio castillo islámico símbolo de nuestra ciudad, cuando ya el sol se ocultaba tras la mole de la montaña, y nos sentimos reyes de nuevo, en nuestro interior. Reyes sin tesoro ni título alguno, por supuesto. Podría ser el de Reyes Felices, en cualquier caso. No nos hacía falta nadie más. La ciudad, negra y reluciente a nuestros pies, nos hacía enmudecer en su humilde ofrenda. Tú, yo y la ciudad. Nada más. Todo era posible. Al fondo, en su nuevo emplazamiento, la Feria brillaba como una supernova. Feria a donde fuimos y cumplimos con los rituales de rigor, como la degustación de vino de Cariñena. Vino dulce, grato al paladar . Aunque más dulce que tú conmigo no hay nada...

Con todo, siendo verano, llega un momento que la ciudad se te queda pequeña por lo cual la playa se convierte en la mejor opción. Y más si hablamos de Almería, señores (y señoras). Tras ir a las Salinas del Cabo, nos escapamos en un par de ocasiones, como en una película, en coche, a dos escenarios casi vírgenes, míticos, maravillosos. Los Genoveses y la Isleta del Moro, sin más pertrechos que la sombrilla y una toalla y más víveres que algo de picoteo, bebida y café frío. El resto lo pusimos nosotros. Esos días permanecen como un sueño en mí. Aún recuerdo los besos con sabor a sal, empapados de Mediterráneo, los prolongados baños en las cristalinas aguas agarrados como moluscos a la piedra, el aroma a piel tostada por el sol de agosto y rozada por el viento de levante, las "siestas" en la sombra y esos momentos que jamás se olvidan y que no tienen ni diálogo ni música. Sólo esa persona y el paisaje, la naturaleza, ausente, de fondo. Ya sea la inmensidad de la media luna de Genoveses, con su morrón pétreo y sus pinares o el peñasco con el pueblecito pesquero de la Isleta. Aunque el escenario ayude, lo importante es la persona. Yo nunca había tenido tantas ganas de cuidar y mimar a una persona. Ganas de esa persona. De estar con esa persona tan especial y única. Ensimismamiento al contemplarla. Enamorarse, lo llaman. Enamorarse. Quizá me haya enamorado alguna vez. Pero de esta forma, no. No de este modo y de esta fuerza. Sin ánimo de despertar compasión en nadie, sí he de reconocer mi desdicha en cuanto a amoríos se trata. Hasta ahora. Debía de llegar el momento. Encima, donde nací. Contigo. Sólo tú. Y que nada más importe.

La desdicha en cuanto a amores implica que, cuando llega el primero, el de verdad, las sensaciones experimentadas sean, en gran parte, nuevas y extraordinarias para mí. Y así ha sido. Ciertamente parecíamos quinceañeros, (¿y qué?) y lo cierto es que esta felicidad me ha rejuvenecido y me ha reconciliado con las personas. Los múltiples paseos, las conversaciones y las miradas bien pueden confirmarlo. Las noches en el coche también pueden hablar de eso. Noches de verano con el murmullo de las olas de fondo. Sólo el cielo sobre nosotros. Nada más. Vaya un verano, Fernandito. El verano del amor.

Así que se me avecina un otoño (y un año) extraordinario, lo nunca visto. Sólo faltan cuestiones de índole académica y comenzar proyectos de formación laboral para la felicidad completa o al menos en camino: en mi Almería, intentando ser algo por fin y con la compañía, la ayuda y el goce de una persona maravillosa que ha cambiado mi vida. Además, saca lo mejor de mí y me reconduce. Porque si, cuando nos íbamos conociendo los momentos y los sentimientos me hicieron pensar que, tras unas cuantas tormentas y naufragios, podía haber encontrado mi faro, al poco de nuestro primer encuentro me di cuenta realmente de que así era: eres mi faro, mi luz.

TAMNP.

4.8.11

Mediterráneo


Siempre ha estado ahí. Lo he tenido muy presente desde el comienzo de mi vida. Pero últimamente me estoy reconciliando con él. Hablo de cierto mar. De nuestro mar. El Mediterráneo.

Pocos espacios naturales -¿ninguno?- están tan cargados de historia, literatura, mitología, simbología e importancia y tienen tanta trascendencia en la cultura e idiosincrasia de los países bañados por él. Desde los primeros pasos del hombre, cuando empezó a salir de las cuevas, pasando por la época antigua y clásica, con egipcios, fenicios, griegos y romanos, el Mare Nostrum, y continuando con las andanzas de los piratas, primero vikingos y luego berberiscos y turcos. El mar de los caballeros de Rodas y de Malta, de Lepanto, de Cartago, del Nilo y de Egipto, de Tierra Santa, de Tiro, de la Corona de Aragón, de Venecia, de Génova, de Marsella, de Ragusa, de Nápoles. Estambul, Alejandría, El Pireo, Ostia, Barcelona. Templos de mármol. Olivos, pinos y viñas. Las columnas de Hércules. Mar de múltiples dioses, casi tan antiguos como las mismas aguas. Mar preñado de mitos, leyendas y literatura. El mar de Ulises y la Odisea, de Jasón y los Argonautas, de la Eneida, del Minotauro, del Conde de Montecristo, de los Corsarios de Levante. Catalanes, sardos, almogávares, normandos y otomanos. En sus aguas han guerreado paganos, cristianos y musulmanes. Han pescado o navegado mil culturas. Siempre con la ayuda o bajo la ira del mistral, el levante, el lebeche, la tramontana, el siroco o el poniente. Ese mar al cual Fernand Braudel dedicó su monumental obra histórica. El mar "en el medio de las tierras", realmente una relativamente pequeña extensión de agua dentro del planeta, pero situada entre Europa, África y Asia, una de las zonas más importantes para la humanidad desde el comienzo de los tiempos, desde que el hombre es hombre (con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva).

¿Por qué me estoy reconciliando?. Bueno, nunca me he peleado con él. Yo nací en Almería capital (desde el mismo hospital donde abrí los ojos se contempla una preciosa vista de la bahía) y nunca he renegado de mi origen y de la cultura mediterránea. No es que me reconcilie, es que siempre lo estoy redescubriendo, siempre me sorprendo admirándolo de nuevo y sintiéndolo por los poros de la piel. Aun cuando me encante Castilla y lo castellano (algún día escribiré también sobre eso) y le tenga en muy alta consideración , es innegable que soy mediterráneo, me encanta el mar -o la mar-, nací en sus proximidades y lo llevo sintiendo desde mis primeros días, "quizá porque mi niñez / sigue jugando en tu playa...". Lo siento por Castilla, pero no tiene mar, "no puede ver el mar", como escribió otro catalán, Joan Maragall. Pero ésa es una de sus señas de identidad. Con mar Castilla no sería Castilla. En fin, el Mediterráneo.

¿Lugares en concreto? Infinitos, prácticamente. Centrándome en España, podría empezar por los de mi tierra, con sus atardeceres eternos, sus recodos rocosos y sus aguas limpias y vírgenes. Las Salinas del Cabo, Las Sirenas, San José, Mónsul, Genoveses, La Isleta del Moro (lugar simbólico de parte de mis recuerdos familiares. Cuando veas la Isleta, puedes morir tranquilo), Aguamarga, Los Muertos, Terreros, El Playazo, Mojácar. Incluso la de El Zapillo, con su arena sucia y sus desconchados edificios. Todas son especiales. Sobrepasa Adra y Castell de Ferro y alcanzarás Salobreña, Motril y Almuñécar, lugares subtropicales de caña de azúcar y chirimoyas y de ciertas evocaciones familiares para mí. Contempla las cuevas de Nerja y sus preciosas playas con las casas pegadas a los acantilados. Luego Málaga y la Costa del Sol, ya algo en sí, como concepto, más desvirtuado. Volvamos a Almería. Sigue más arriba, al norte, y detente en la cálida Murcia de mi corazón, en la bonita Águilas, las rocas y acantilados de Mazarrón, Cartagena (verdadero puerto antiquísimo, trimilenario), el airoso Cabo de Palos o el Mar Menor ( a mí me gusta más bañarme en el Mayor. Soy de agua fría). Aunque aquí ya empiece a masificarse la cosa, sigue siendo el Mediterráneo. Como más al norte, en la provincia de Alicante, donde, Santapolas y Torreviejas aparte, siguen quedando reductos casi vírgenes como la Isla de Tabarca, un lugar donde merece la pena detenerse un buen tiempo. Toda la vida . La ciudad de Alicante, hermosa si vienes desde el mar, con el Benacantil y su castillo de Santa Bárbara dominándola. Quitando los desmanes urbanísticos de la propia Alicante o Benidorm, siguen quedando lugares extraordinarios como la preciosa Altea y sus casas blancas encaramadas y calles estrechas, o Calpe y su Peñón de Ifach. Bañarse a la sombra de sus más de 300 metros de pura roca no se olvida fácilmente. Desde aquí se ve Ibiza. Las Baleares, islas que aún nos pertenecen, aunque los alemanes y los ingleses se las quieran anexionar. Normal que deseen esas cinco perlas llamadas Mallorca, Menorca, Ibiza, Formentera y Cabrera. Ya en tierra de naranjos y arrozales, tenemos tierras colonizadas desde muy pronto, con núcleos como Denia, Gandía, Cullera y Valencia, con sus ventosos arenales contiguos a la Albufera y esa luz irreal tan bien reflejada por Sorolla. En la Costa del Azahar se encuentra Peñíscola, otro de mis lugares favoritos. Subir al castillo del Papa Luna, contemplar el casco antiguo blanco en el espolón y el mar y luego bañarte en sus claras aguas, en esa linda y recta playa donde se rodó El Cid hace 50 años es otra experiencia impagable. Más aún si degustas una paella aireado con la brisa del mar y mirando al azul profundo de las aguas.

Pero no sólo de arroces bien hechos o no y restaurantes se vive. Mis mejores recuerdos playeros son los de bocadillo de sobrasada, melocotón o sandía enterrada en la orilla y la mejor de las compañías. Una barbacoa. Murmullo de gente. O ir cargado de arena hasta en el carné de identidad, tras bañarte con un poniente de narices. O cuando una maldita medusa te hacía una caricia, o un simpático erizo te dejaba un recuerdo bien dentro de la carne. Recorrer espigones y rocas por arriba andando y por abajo, buceando. Bañarte al atardecer, o en la noche serena. Hogueras. Recuerdos más íntimos. Olor a salitre, alga y pescado. Fritura de plancha flotando por las terrazas. Calles iluminadas de noche. Castillos en el aire, ya sean de fuegos artificiales o no. Reflejos en el agua. Recuerdos que se quedan pegados al corazón como la sal al cuerpo.

Pueblos pesqueros, turísticos o los dos a la vez, lugares de barcas, fuertes vientos, jabegotes y lonjas. Casitas blancas. Caldero de pescado y marisco a la plancha. Lugares antiquísimos y peculiares. De aquí y de allá. El sitio siempre parece el mismo. Ya sea La Isleta, Corfú, Rodas, Jávea, Orán, Cadaqués, Sorrento, Taormina o Castelnuovo. Que los españoles mediterráneos tenemos muchas más cosas en común con italianos, griegos, turcos o argelinos del mismo mar que, por ejemplo con ingleses o la mayoría de los franceses es bien sabido, pero es que si me apuras, también hay diferencia con vascos o gallegos. Se da uno cuenta nada más ver las casas, el modo de ser y de vida, la cultura popular y la luz o el paisaje, conformadores de un carácter y de una idiosincrasia peculiar. Aunque existan urbes mediterráneas feas y descuidadas, y a veces deteste ciertas cosas del carácter de sus gentes y su forma de ser, bien es cierto que todo va incluido en el paquete. Nada es perfecto. Pero bien lo vale . Y las cuatro estaciones del año, desde luego. Ay, el Mediterráneo.

Una de las cosas por las que sigue mereciendo la pena vivir (y aún se puede hacer, pese a que nos estemos cargando el ecosistema) para mí, es sumergirme en el agua, abrir los ojos sintiendo el picor de la sal en las córneas y volver a salir tras ese bautismo. Darme la vuelta y contemplar las cortinas rocosas, los pinos, las casitas blancas o alguna torre de cemento incluso; aún así, en esos cristales y edificios se refleja la luz de la mañana o del atardecer, y sigue siendo bello y único. O adentrarse poco a poco en sus tranquilas aguas. Y notando el olor a salitre, a mar, a más de seis mil años de avatares. No hay palabras.

Nací en el Mediterráneo.

24.7.11

Miscelánea (II)

- Ya ha dimitido Camps. Partiendo de la base de no poner la mano en el fuego por ningún político, no deja de ser algo injusto que el president se vaya (apenas dos meses después de volver a arrasar en la Comunidad) por aceptar unos regalos de gente poco recomendable, sin que se haya demostrado nada sobre los supuestos favores a cambio de esos trajes. Vale, estoy de acuerdo en lo inapropiado de aceptar los presentes. El mayor error de Camps fue no reconocer los regalos desde el principio. Ya está fuera, algo deseado hasta la naúsea por los socialistas y que no han podido conseguir mediante las urnas. Por lo demás, tienen razón los políticos del PP y algunos periodistas cuando comparan este caso con los de Griñán, Camacho, Chaves o Bono. De eso no hablan, entre risas y con latiguillos, las chicas noticieras de La Sexta o el presentador de La Noria telebasurera.

- Brutales imágenes y escalofriantes sensaciones viendo el atentado de Noruega. Noruega, un país pacífico y poco dado a meterse en fregaos internacionales, pese a ser miembro de la OTAN. Lo digo porque un asunto de este calibre suele vincularse siempre a organizaciones terroristas. Y al parecer, ha sido un cabrón perturbado (o dos). Vuelve a quedar claro que locos malvados hay en todos lados, y que, si bien en ciertos países la incidencia del peligro del terrorismo puede ser mayor, cualquier día en cualquier país puede llegar uno y montar la de Dios es Cristo, sin motivo aparente.

- No me cansaré de alabar a Los Tudor. Pese a no ser una serie perfecta, es muy disfrutable por interpretación de actores, personajes, argumento, imágenes, vestuario...Como tampoco me canso de insistir por qué en España no hacemos producciones de este tipo, cuando tenemos una Historia bastante rica y prolija, con incluso algunas partes poco necesitadas de magnificar y engrandecer un poco como hacen los ingleses de la serie con Enrique VIII (un rey de segunda fila en su época, como de segunda fila era su Inglaterra), útil tanto para chulearse un poco como para despertar el interés de la gente por su pasado. Ah, espera. Que la audiencia de Supervivientes triplica a la de Los Tudor. País. El público siempre tiene la razón. Y prefiere eso. Nada, perdón. Me voy a mi rincón de cultureta a leer.

- Resulta increíble cómo pueden cambiar tanto las cosas en tan relativo poco tiempo. Para lo bueno y para lo malo.

- Ilusión, alegría y ganas. Es como mejor puedo definir al nuevo comienzo en el comienzo que me espera en breve tiempo.

18.7.11

18-VII-1936

No estoy descubriendo América, desde luego , pero hoy es 18 de julio. Un día normal, por lo general muy caluroso en casi toda la Península, pero que en España dista un trecho de ser completamente de ordinario. Desde hace ya 75 años, ahí es nada.

Hablaba en la anterior entrada de los héroes de Igueriben y del destino reservado para algunos de ellos años después, en 1936. Hoy escribo sobre el día tomado como simbólico del inicio de la rebelión de una parte de los militares contra el gobierno de la República. Un alzamiento, un golpe de Estado (tan característicamente españoles, una de las cosas exportadas a América) para derrocar mediante las armas y no por las urnas a ese gobierno. El desencadenante de la Guerra Civil. Para mí, como dije, el momento más vergonzoso de nuestra Historia, y desde luego hay varios. Pero éste se lleva la palma.

Españoles contra españoles. Vecinos contra vecinos. Hermanos contra hermanos. No hubo buenos y malos. Sólo barbarie y maldad. Y España, profanada e indefensa, sin saber a dónde dirigirse. Como esa vaquilla de la película de Berlanga. Ganara quien ganara, perdía España.

Porque ganara quien ganara, su victoria estaría sustentada en el odio y en la muerte. En el asesinato, justificado o no, de compatriotas. Guerra incivil.

Quién sabe si no se hubiera producido el alzamiento de Sanjurjo, Mola, Franco y cia. , si no hubiera estallado la guerra. Eso es historia-ficción y las posibilidades son varias, muchas. Con todo, la situación en esa primavera y verano de 1936 distaba mucho de ser una balsa de aceite. El país estaba ya dividido en dos frentes irreconciliables y las posiciones centristas, apaciguadoras, fueron las grandes marginadas. Además, las muertes de policías y hombres armados de distintos signos políticos se había convertido en habitual. En vísperas del alzamiento se produjo el asesinato de Calvo Sotelo, importante político conservador, alterando aún más los ánimos. La suerte estaba echada. En realidad, estaba echada desde antes de 1931. Aunque la II República tampoco fue ese régimen perfecto que ciertos historiadores, periodistas e hintelectuales (con h. Nótese la ironía) quieren hacernos creer, lo cierto es que vino en mal momento internacional y nacional, porque España seguía sin estar completamente regenerada, con teóricos, espadones y cirujanos de hierro incluidos. La rémora viene de muy atrás. ¿1909? ¿1898? ¿1868-1874? ¿1833? ¿En concreto, el reinado de Fernando VII y su hija la de los tristes destinos? Puede que tras echar a los gabachos en 1814, la mejor solución hubiera sido expulsar también al rey felón y a buena parte de los curas y señores feudales. O no. Somos España.

No hubo buenos y malos. No hay buenos y malos. Desechando toda la propaganda, toda la papelería y toda la historiografía oficial y no oficial, revolucionaria o contrarrevolucionaria, no hay por dónde coger ciertas cosas. Quitemos o añadamos muertos miserablemente, no deja de ser una barbarie indefendible. Llámese Guernica, Paracuellos, Badajoz, Barcelona, Cárcel Modelo, Alcázar, Virgen de la Cabeza, Alicante, carretera de Málaga a Almería, Ebro, Belchite. Checas. Revolución o Cruzada. Sacas y paseos. Tiros en la nuca. Fusilamientos sin juicio.
La verdad sobre la guerra no está en los pomposos, escandalosos y sectarios libros de cifras, sino en algunas novelas e historias verdaderamente neutrales, trágicamente desengañadas donde se expresa la iniquinidad del conflicto. Réquiem por un campesino español, de Ramón Sender, o A sangre y fuego, de Manuel Chaves Nogales , bien valen como enormes ejemplos. Hay otros títulos españoles, menos apolíticos, más posicionados o no, y un buen número de obras de autores extranjeros, tipo Orwell, Malraux o Hemingway. Es entonces cuando te preguntas quién les dio vela en este entierro a los de fuera, Brigadas Internacionales y ayudas concretas de algunos países aparte. Muchos sólo vinieron a hacerse fotos y recabar material para sus novelitas, por no decir otras cosas menos decorosas.

Y por supuesto, más verdad aún contienen las innumerables experiencias de los españoles de a pie. De los campesinos, de los clérigos inocentes, de los trabajadores urbanos, de las clases medias y bajas de los pueblos y ciudades. Vivencias de miedo, terror, escasa felicidad e incertidumbre. Sirenas. Ruido de bombas por encima del techo. Sacas a las tantas de la noche. Denunciar al vecino porque no te vendió aquel terreno. Porque no te saludaba. O simplemente porque le odiabas. Hacer colas kilométricas, no para comprarte el i-phone, sino para conseguir un poco de comida. Experiencias como la de mi abuelo, que con 14 o 15 años trabajaba de panadero por la noche y pisoteaba el pan para poder llevárselo a casa, al quedar inservible para la venta. O en los bombardeos de la flota alemana a Almería, donde en las avalanchas de gente, perdió a algún familiar. Bombardeos de los que se resguardaba mi abuela, a toda prisa y con pocas esperanzas de volver a salir, en los refugios antiaéreos construidos en el centro. (Visitar esas catacumbas, recientemente rehabilitadas, es toda una experiencia).

Y tras tres años de conflicto y más de medio millón de muertos, la paz. Aunque el régimen triunfante (de cualquier signo) hubiera instaurado una democracia, difícilmente hubiera cerrado las heridas en un corto plazo de tiempo. Demasiadas canalladas se cometieron. Aunque Franco y sus compañeros de armas distaron mucho de ser lo que se dice unos apaciguadores. Pero eso da para otra entrada.

En fin. 18 de julio, comenzaba la Guerra Civil. Esa guerra va a estar siempre ahí, para nuestra desgracia. Se puede perdonar. Se puede mirar para adelante. Olvidar es más difícil.

Perdió España.

8.7.11

Igueriben



Formamos parte de un país avergonzado de sus victorias y gestas heroicas y/o trágicas, por lo cual no resulta fácil conocer tales acontecimientos. La mayoría de estos hechos permanecen en el olvido y el ostracismo y sólo son recordados por una minoría, a veces reprendida y seguidamente tildada de reaccionaria o facha. A mí mismo me ha resultado difícil conocer la historia que voy a relatar a continuación (coincidiendo con su aniversario, ya que ocurrió en junio-julio) , una de tantas historias desgraciadas que jalonan el archivo de putadas a españoles.

¿Qué se puede decir de la Guerra de Marruecos? Aquel conflicto a donde España se hubo de meter, prácticamente por fuerza patética, a recoger las migajas del reparto colonial de África por parte de Europa, cuando ingleses, franceses, alemanes y otros se merendaron el continente. Estamos a principios del siglo XX, en plena Paz Armada y cuando España acaba de perder los últimos vestigios de su Imperio de las Indias. A nuestro país le toca la zona marroquí de El Rif,fronteriza con Ceuta y Melilla, al norte de la zona de influencia francesa, un territorio montañoso, aislado y hostil (hasta para el propio rey de Marruecos, con mucho menos poder que actualmente) plagado de tribus pastoriles bereberes acaudilladas por Abd-El Krim. El conflicto estalla enseguida y se extiende desde 1911 a 1927, cuando el general Primo de Rivera, en operación conjunta con los franceses, pacifica el Protectorado.

Bien es cierto que España no estaba preparada para esa guerra. Que muchos soldados iban a Marruecos engañados, o por la fuerza al no poder pagarse la cantidad establecida para evadirse, por lo que cruzaban el Estrecho los más humildes. Que hasta en el cielo de la boca le dieron a nuestros soldados las cábilas de moros contrarios al Protectorado, armados con escopetas y palos, como también es verdad que los pastores conocían perfectamente sus montañas, que el territorio era difícil y desconocido para los soldados, que el ejército español iba pobremente pertrechado y con demasiada abundancia de oficiales, y mal dirigido para más inri, y que la Guerra de Marruecos (amenazas a Ceuta y Melilla aparte) no fue otra cosa que un frustrado intento por dar lustre a la decadente monarquía de Alfonso XIII, preludio de la II República. Al narigudo Borbón le saldría por la culata la jugada, y el rey perdió la mayor parte del apoyo del pueblo por su insistencia en el Rif y su papel en el Desastre de Annual (más de 10.000 muertos en menos de quince días).

Por otra parte, sean más patéticas o cutres nuestras batallitas de los últimos 120 años, no deja de ser triste que, gracias a la literatura y al cine -especialmente a éste- conozcamos al dedillo las heroicas hazañas de ingleses contra franceses, contra nativos americanos y en la India o en África (ya sabéis, afectados casacas rojas tomando té mientras masacran a zulús o sijs) , las de franceses contra todo Cristo en la época napoléonica, o las de norteamericanos en la II Guerra Mundial, o incluso de griegos o rusos en otras épocas, por decir unos pocos ejemplos. España (nunca me cansaré de repetirlo), con su historia de más de 2.000 años, cuenta con innumerables proezas y hazañas en muy variadas épocas, siendo tremendamente injusto que, por ejemplo, las merendolas a puro huevo de todo un continente como América o de media Europa, o el buen número de victorias navales contra ingleses y franceses en el siglo XVIII, o auténticas batallas colosales como Las Navas de Tolosa no merezcan una triste novela o una peliculita, o por lo menos una serie. Quizá tenga algo que ver que saliésemos del top desde 1665 o 1700, pese a que aguantásemos como Imperio hasta 1830 o 1898. O por nuestro crónico complejo de inferioridad. O tal vez porque nuestras cabezas pensantes gozan más recreándose con el camelo de las Tres Culturas, con la expulsión de los judíos, la pérdida de Granada, la Inquisición, la Confederación Catalano-Aragonesa o la II República.

Igueriben bien podría ser una especie de Termópilas a la ibérica (o a la moruna). Es el nombre de una especie de monte pelado, cerca de Annual y de la costa de Alhucemas, no muy lejos de Melilla. Los sufrimientos allí padecidos fueron el terrible preludio del anteriormente citado Desastre de Annual.
El promontorio rocoso fue ocupado por las tropas españolas el 7 de junio de 1921. Estando el grueso del ejército en Annual, dispersos por el Rif se hallaban toda una serie de blocaos dispuestos en las elevaciones del terreno. Igueriben constaba de unos 350 hombres metidos en una especie de fortín patéticamente defendido, una suerte de montón de sacos de tierra y una frágil alambrada como única defensa frente a los sitiadores. Ubicado el fuerte en esta zona plagada de colinas y cortados, el suministro de agua dependía de una aguada (ir con la mula y los cubos u odres) a más de 4 km, y eso si el pozo no estaba seco ya o el río era rambla. Tal movimiento temerario se debe a la anticuada guerra de posiciones practicada por los generales españoles y a las propias deficiencias del ejército.

Al poco de establecerse en Igueriben, comenzaron los ataques de las cábilas de Abd- El Krim, antiguo funcionario de la administración española, quien estaba unificando a toda una serie de tribus de la zona, incluidos pueblos supuestamente aliados de España, contra el invasor. Su número era muy superior al insignificante contingente español, por más que los bereberes fueran únicamente armados con rifles y lanzas, junto con algunos cañoñes tomados en días pretéritos. Las cifras oscilan, pero su número al comienzo del ataque era de 3.000. y fue incrementándose (en Annual eran ya más de 15.000).

Día a día, el hostigamiento era constante. El mero hecho de salir a por agua era un suplicio, ya que había que descender del promontorio y alcanzar el río por una serie de pendientes y barrancos, fácilmente controlados por los rifeños. A todo esto, ataques repelidos prácticamente cada hora, con la única defensa de tres o cuatro ametralladoras de posición, del saco de arena y sin médico titulado, encima. ¿El panorama? Hambre, sed, piojos, calor y el cadáver del compañero al lado, ya que, al ser una roca pura y dura, no era posible el enterramiento. La situación se iba haciendo desesperada, y los hombres de Igueriben, liderados por el comandante Benítez, aguantaban esperando en vano la ayuda desde Annual.

Pero lo peor estaba por llegar. Aunque los últimos días de junio fueron de calma absoluta, el 2 de julio se reanudan los ataques y ya resulta imposible realizar la aguada. Los refuerzos que no llegan y el aumento del hostigamiento de las cábilas. Un día tras otro. 5, 7, 9, 11, 12....repeliendo ataques, padeciendo bajas y más bajas. Y sin poder salir del miserable fortín. Necesitados de pertrechos nuevos, municiones y víveres, la desmoralización es notoria entre los defensores. Es a partir del día 14 cuando Abd-El Krim decide realizar el ataque total, asediando Igueriben. La suerte está totalmente echada, y el día 17 se acaba la última gota de agua. La primera solución fue aplastar patatas y chuparlas, cuando se acabaron se recurrió al líquido de las latas de tomate, y a la desesperada, por último al agua de colonia, la tinta, el masticar arenilla (por si producía saliva) y al final: la propia orina endulzada (si se puede denominar así) con azúcar. No es fácil imaginarse el panorama de estos imposibles días, desde luego. Pero siguieron adelante. Increíble.

El día 21, por fin, se intentó socorrer Igueriben desde Annual con una columna de cerca de 3.000 hombres, operación fracasada, cómo no, al caerles encima los rifeños. Por la tarde estaba ya todo dispuesto. Los escasos hombres que quedaban se repartieron las últimas municiones e inutilizaron el fortín, preparándose para huir de aquel infierno pedregoso. La mañana del 22 se procedió a la misma, siendo prácticamente exterminados nada más salir los últimos defensores. Sólo sobrevivieron un oficial y once soldados. De un total de 354.
Se le concedieron, a título póstumo, la Cruz Laureada de San Fernando al comandante Benítez y al capitán Orduña. A buenas horas, como siempre.
El oficial, el teniente Luis Casado, superviviente de tantos penosos avatares en Marruecos, sería, ironías de la vida, fusilado por el bando Nacional el 23 de julio de 1936 en la misma Melilla, por no sublevarse y ser acusado de repartir propaganda comunista. Tiene bemoles la cosa. Dejarse los huevos en el Rif por tu Rey, por tu país y por tus compatriotas, para que te acaben dando el boleto tus mismos paisanos. Somos la ostia, desde luego.

Sirva este modesto escrito como humilde homenaje a los Héroes de Igueriben. En su memoria.

2.7.11

Miscelánea

- El colectivo homosexual normalizará su situación y será considerado igual al resto del mundo, cuando deje de hacer ostentación chabacana en el Día del Orgullo Gay. Hasta ese entonces, nada nuevo bajo el sol. Reinas, osos peludos y copias de Cristiano Ronaldo bailando, cantando y desfasando con dinero público por donde ellos (y ellas) quieran, a la hora que sea, porque ellos (y ellas) lo valen, y porque sí. Todo en un país, España, que no es Irán o Cuba, en lo relativo a los homosexuales, pero objeta algo (ojo, yo no estoy en contra de ellos. Cada uno es como es. Estoy en contra de esa ostentación) y te pasarán por la quilla.

- Buenos capítulos anoche en Los Tudor. Enorme serie. Los británicos, bien lo valen. Aquí en España no sólo es que nos avergoncemos de nuestra Historia, la despreciemos y optemos por otras vías, no. Encima, un programa tan apropiado como Supervivientes le superó holgadamente en audiencia. Y la noche anterior, el especial necrófago de Ylenia arrasó. En fin. España se merece su televisión.

- ¿De qué sirven ahora los lamentos de los políticos socialistas respecto a Bildu y sus procederes? No se mostraban tan contrariados cuando actuaron de mamporreros de la causa de la izquierda abertzale, preparándolo todo para la penetración y dar al traste con todo el trabajo de la Policía. Así nos va.

- Bueno. Si todo va según lo previsto, más pronto que tarde estaré volviendo al sur. Un nuevo comienzo en el comienzo, por así decirlo. Hay ganas e ilusión.

- Es duro, pero cada vez me doy más cuenta de lo cándido que he sido en múltiples ocasiones durante mucho tiempo. A ver si me percato y aprendo de una vez.

26.6.11

Radicalidades

Me encanta la prensa. Como fiel lector de periódicos en versión impresa, al recurrir también a la web, una de mis páginas habituales, hojeada cada día un buen número de veces es Libertad Digital, desde 2004. Uno de sus mayores responsables es el polémico Federico Jiménez Losantos, con quien tengo algunas opiniones en común y otras tantas en desacuerdo. El número de lectores de este periódico virtual es casi igual o mayor que el de detractores. Se caracteriza por informar de las noticias acontecidas, las sabidas y las no sabidas, es decir, las que no suelen decir los medios adictos al régimen del presidente de la Paz. Y por sus artículos de opinión sin pelos en la lengua, posicionándose claramente. Hay quien considera que LD no es imparcial, pero lo cierto es que puede dar estopa a ambos lados, si bien es cierta la inclinación declarada hacia el conservadurismo. Por otra parte, otros medios de distinto cariz como El País, Público, La Sexta, el Avui o el Gara tienen una línea editorial bien definida y nadie se rasga las vestiduras. La eterna buena imagen de la izquierda, en España. Que sea considerado más demócrata y tenga mejor cartel defender y apoyar a Otegui y Bildu en vez de Aznar (por ejemplo; o a la Cuba de Castro en vez de a Israel) es para hacérselo mirar. En fin.

Estos últimos días anda latente un debate entre varios colaboradores de la web, relacionado con el franquismo y sobre su defensa o no desde posiciones liberales, democráticas. En LD publica desde hace un tiempo Pío Moa, historiador sin formación conocido por sus peculiares opiniones sobre la II República, la Guerra Civil y el Franquismo. Moa, quien en su juventud integró las filas del GRAPO y ahora parece Blas Piñar, es alabado por una buena parte del público y abiertamente vilipendiado por la otra buena parte del respetable. Sus libros gozan de una considerable cifra de ventas, desde luego. Siempre ha dicho las cosas sin pelos en la lengua, pero últimamente sus opiniones están cada vez más fuera de lugar, más salidas del tiesto. Tanto que desde el propio periódico han surgido voces discordantes contra sus personales opiniones. Ahora uno de los hombres fuertes de LD, César Vidal, otro a quien he abandonado desde hace un tiempo, se suma a darle una colleja a Moa. Menos mal, porque hacía falta. Me explicaré.

Yo, he de reconocerlo, tengo dos libros suyos. Adquiridos, eso sí, hace ya siete años. Tampoco reniego de ello, porque también considero que el mejor sitio de un libro (sea cual sea) es en la estantería, no muerto de polvo o en la basura. Los libros (sobre la Guerra Civil) me gustaron y, consecuentemente, he seguido a Moa desde entonces en la web. Desde hace unos dos años, menos. También opina de otras épocas como la Edad Moderna o el siglo XIX. Pero estoy cada vez más alejado de sus posiciones.

Es normal que mi pensamiento no sea actualmente el mismo de hace seis o siete años. Respecto de muchos temas. Si antes me identificaba claramente con una posición, muy definida, las lecturas variadas, la contemplación de los hechos y el desarrollo de una propia conciencia y mentalidad, crítica o no, me hacen ir, cada vez más, a una equidistancia de todas las posiciones. Un maverick. Estoy como entre Pinto y Valdemoro, y, aunque tenga una opinión definida y de una cuerda concreta (las personas que me conocen lo saben), no soy como los bueyes que asienten y comulgan con todo. No.

Y con esta polémica no puedo ser menos. Yo sí, soy liberal, de derechas, conservador o como demonios sea -no en todo, ciertamente- , pero desde luego no puedo justificar o defender el franquismo desde una posición democrática o liberal. No. Aún reconociéndole algunos méritos, como la estabilidad del país durante los difíciles años de la Guerra Fría o la creación (directa o indirectamente) de una clase media la cual despolarizó a la sociedad española, no se puede apoyar una dictadura (sea dictadura o régimen autoritario) impulsada al poder desde las armas, sostenida mediante el autoritarismo y la represión, por mucho que la situación fuera peculiar tras una Guerra Civil, y la cual sólo los años y los tiempos van suavizando y aperturizando; desde luego, no es lo mismo el franquismo de los 40 y 50 que el de los finales de los 60 y 70. Entre 1946 y 1973 media un abismo, por poner un ejemplo. Decir como dice Moa que, gracias a Franco hay democracia, que en las cárceles había pocos presos políticos o que desde el liberalismo se puede defender una dictadura que dé estabilidad al país, es descabellado, pienso yo desde mis 25 años. Una dictadura no es defendible, sea de derechas, izquierdas o de centro, si eres demócrata y partidario de la libertad. No.

Posiblemente Franco hubiera pasado de mejor modo a la Historia, dentro de lo posible, si, al concluir la guerra, se hubiera apartado del poder y hubiera hecho posible una vuelta a la democracia, tras los años locos de la República. Porque ni una cosa ni la otra; desde luego la II República no fue una época dorada donde la gente mejoró sus condiciones de vida, ni todos los campesinos recuperaron las tierras, ni las mujeres eran respetadas y alcanzaron cotas nunca vistas, ni las clases populares recitaban a Machado y Hernández, ni los curas eran tiránicos y pedófilos (sin generalizar, por favor) como tampoco las izquierdas fueron pacíficas, la panacea y la única solución , y desde luego no fue la primera democracia de la historia española ni un régimen demasiado loable, porque las posiciones estaban muy polarizadas. La II República vino en mal momento internacional (con la crisis económica y el auge de los autoritarismos y totalitarismos de diverso signo) y desde luego se agravó por la peculiar situación de España arrastrada durante años y años, situación incluso retrotraíble a los años negros de Fernando VII e Isabel II. La España de la II República era, en muchas partes de nuestro país, todavía la España del cacique y el señorito, del magnate monárquico y del campesino y obrero inculto, donde el pistolerismo y el anarquismo radical había calado hondo y no había habido una verdadera regeneración a pesar de la buena época de la Restauración.

Así, pienso, ni la II República fue uno de los mejores momentos de la Historia de España y como tal debió ser salvada a toda costa , vaciando el Banco de España y desvalijando el Museo del Prado, si hiciera falta, y transformando el país en una pequeña Rusia, como defienden unos historiadores; ni considero que Azaña, Negrín o Largo Caballero fueran grandes políticos;
Y desde luego, creo , en la Guerra Civil no hubo buenos y malos. Sólo malos. Personalmente la considero como el momento más vergonzoso de nuestra Historia, donde todo el mundo se llenó de mierda hasta el cuello. Como tampoco pienso que Franco es o fuera ese gran hombre como cantó en otro tiempo Víctor Manuel y suscriben otros autores, pero no por ello creo que se deba volar por los aires el Valle de los Caídos, como desean otros.

Perdonar, sí. Olvidar, nunca. Para lo bueno y para lo malo.

He dicho.

17.6.11

La bóveda eterna


Me encanta viajar. Visitar lugares, pueblos y ciudades. Tengo todavía pendiente una gran ruta por España, desde luego, cuando el dinero sea mi amigo. Aunque fuera de nuestro país, existe una urbe que tengo muy presente. Y más desde que fui en 2005, cuando incluso nos pilló encima todo el fregao del fallecimiento y las exequias del Papa, que ya es casualidad. Hablo, claro está, de la ciudad de Roma, la cual la tengo siempre muy presente como digo, pero que ahora, con el visionado de Los Borgia en Cuatro y un par de asuntos más ha vuelto con fuerza a mi pensamiento y mi corazón. Quién viviera allí...

Desde luego Roma no necesita presentación. Todo lo que dijera aquí de poco serviría. Es una de esas ciudades inmortales (la auténtica Ciudad Eterna, desde luego) mediante las cuales te sientes un poco más orgulloso de ser humano, por así decirlo. Roma es antigüedad, arte, humanidad, historia, todo a toneladas, vida y frenesí, plazas y calles repletas de gente y vías atestadas de tráfico, donde para cruzar de un lado a otro has de tirarte realmente a los coches. Más de tres millones de personas, no siempre del todo civilizadas. Roma es caótica y puede llegar a ser bastante sucia y desordenada. Al fin y al cabo, es la ciudad del Anfiteatro Flavio y del Circo. Pan y circo. El circo de hoy es el fútbol. No soy demasiado futbolero, pero uno de mis equipos del alma es la Roma (Associazione Sportiva Roma) , un club con escasos títulos en su octogenaria historia, un claro ejemplo de una institución con más sentimiento que éxitos. Desde luego no todos los equipos tienen en el escudo a la loba capitolina y visten los colores de la ciudad, el rojo granate y el naranja dorado.
En fin. Roma siempre ha estado ahí. Desde Rómulo y Remo, los Césares, las catacumbas paleocristianas, las invasiones bárbaras, las brumas altomedievales, Miguel Ángel , los Papas pomposos y a veces lascivos del XVI y XVII, el refinamiento neoclasicista y la Unificación de Italia. Los famosos y ajados adoquines de sus calles simbolizan a la perfección el corrido de la urbe. Aunque actualmente se parezca poco a esa ciudad de película italiana de los 50 y 60, tipo La dolce vita; la globalización hace que actualmente Roma sea, curas, cardenales, madamas depredadoras y trattorias aparte, también pakistaníes que te intentan vender un paraguas cuando caen cuatro gotas, puestos de negros vendiendo baratijas en las cercanías de la columnata de Bernini en el Vaticano o chinos quienes, fieles a su carácter, te hacen de todo, como regentar restaurantes supuestamente italianos donde te sirven una pizza bastante discutible. Al menos los propios italianos se siguen ocupando de sus insuperables gelati...qué mejor lugar para tomarte uno de stracciatella que la Fontana di Trevi.

Es francamente imposible quedarse con un solo lugar de Roma. Si hay ciudades con un monumento que justifica casi por sí solo su visita, Roma tiene varios. Muchos. ¿Con cuál me quedaría? ¿Las ruinas del Foro, preñado de historia y política? ¿El maltrecho Coliseo, símbolo de la crueldad humana, con sus gladiadores de charol haciéndose fotos con los turistas? ¿El monte del Capitolio, antiquísimo y renacentista, con su escalinata de Miguel Ángel y su Marco Aurelio de bronce a caballo? ¿Las iglesias barrocamente barrocas, como Il Gesù , Sant´Ignazio o San Luigi dei Francesi, cuando Roma era Caput mundi? ¿La espectacularidad gigantesca de la basílica del Vaticano, o la más pequeñas y coquetas de Santa Maria Maggiore y San Juan de Letrán? (San Giovanni in Laterano, qué bonito es el idioma italiano, desde luego) ¿La Piazza Navona y sus fuentes de Bernini? Pues no. Me quedo con el Panteón. El Panteón de Agripa. Por cierto, siempre me ha gustado nominarlo de esa forma, en vez de "de Roma", por ejemplo, acaso por más sonora (aunque Agripa no moviese un dedo por él) y para diferenciarlo de otros como el de París, aunque el romano fuera el primero de todos y desde luego no necesite otro nombre en su título para hacerlo peculiar.

Tampoco voy a aburrir ahora con una entrada sobre Arte, primeramente porque hay gente que sabe mucho más que yo y segundo, porque me voy a centrar en las sensaciones e impresiones de este Monumento, con mayúsculas. Ya me quedé prendado de él cuando estudié Historia del Arte en mi último año de Bachillerato, por lo cual mis deseos de contemplarlo in situ eran infinitas. Y no me decepcionó, desde luego.



Una de las pocas cosas que hago muy bien es orientarme siempre en todos los sitios y no perderme nunca realizando las rutas. Supongo que tendrá algo que ver mi gusto por los mapas y planos. Y desde luego, para contemplar el Panteón la jugada me salió redonda; veníamos desde el Tíber y, aproximándonos a la Piazza della Rotonda, tuve a bien escoger una callejuela estrecha que desembocaba en el extremo norte de la plaza, así que nos encontramos de sopetón, y sorprendidos por la visión, entre el gentío, el calor y el murmullo humano, con la mole. Sus ocho enormes columnas mirándote descansadamente desde hace siglos y siglos, y la inscripción M.AGRIPPA.L.F.COS.TERTIVM.FECIT (básicamente que Agripa lo hizo, es decir, ni una palabra de Apolodoro de Damasco, probable arquitecto) campeando de forma rotunda como sólo los rótulos de los antiguos romanos saben imponerse. Agripa fue, por cierto, general y colaborador del emperador Augusto (27 a.C-14 d.C) y el templo actual data de la época de Adriano (117-138 d.C), cuando se reconstruyó el templo destruido, levantado en los años del tal Agripa.

Bueno. Ya de por sí impresiona ver el exterior, y es cuando se te vienen a la cabeza muchas preguntas, como cuántos siglos lleva ahí, qué demonios le echaban al hormigón los romanos, cómo levantaban más de cuarenta metros -encima hueco por dentro- y cómo ha aguantado (y sigue aguantando) el templo las inclemencias climáticas, los terremotos, los avatares históricos, varias invasiones y sacos y alguna guerra mundial de por medio. Impresiona también flanquear la sobriedad de la entrada y sus enormes puertas.

Y ya dentro...no hay palabras. En primer lugar porque te quedas sin habla, y en segundo porque, si hay palabras, ninguna es adecuada para el interior. Cualquiera se queda corta frente a la inmensidad. El Panteón es, en puridad, un templo dedicado a las siete divinidades de la mitología romana, es decir, el Sol, la Luna, y Júpiter, Saturno, Urano, Venus y Marte, por lo que la construcción del mismo edificio, su forma, quiere rememorar, simbolizar, el cielo. Una bóveda celestial. El espacio infinito, el Universo. Te sientes realmente pequeño e insignificante bajo los casetones y la ventana central de 9 metros de diámetro, arriba del todo, desprendiendo luz asemejándose al Sol. La máxima altura supera los 43 metros. Para hacernos una idea, es ligeramente mayor que la del Vaticano, si bien ésta queda acojonantemente suspendida en el aire, aunque fuera construida 1.500 años después del Panteón. Caminas por su pulido suelo y apenas reparas en las tumbas de Rafael Sanzio o los reyes Víctor Manuel II y Humberto I. O que fue transformada en iglesia en la Alta Edad Media y por eso, probablemente, se salvó. Cállate y contempla, necio.
Tus pasos retumban en el silencioso interior, como tantos millones y millones de pasos que han surcado su suelo desde su construcción. Cuando regresas a la plaza y te vuelves a bañar en el murmullo y en los gelati, es como si volvieras de otro lugar muy lejos de allí.

El Panteón de Agripa. No parece ni humano. Monumento inmortal de una ciudad eterna, por los siglos de los siglos.

1.6.11

Un poco de todo, de nuevo

- Extraordinaria, hasta el momento, la serie de Los Borgia. Aunque por una parte esté basada en la novela de Mario Puzo -el mismo que escribió El Padrino, - , un buen libro que recomiendo , pero por tanto con un tono muy mafioso, y por otra parte la serie sea de producción canadiense-irlandesa (vamos, que los ingleses parten el bacalao, por lo que el tufillo antiespañol es notorio), la serie es, como ya he dicho otras veces, un buen muestrario de calidad argumental, gran guión, correctas interpretaciones, imágenes y secuencias preciosas y poderosas, bellos y suntuosos interiores, hermosas vestimentas, correcta ambientación pese a algunas licencias y buen gusto, muy en general. La antítesis de Spartacus, sin ir más lejos. Y que me perdonen de nuevo sus fans, pero no hay color, para mí.

- Y sigo sin encontrar mi sitio. O quizá sí haya sitio, pero ahora más que nunca pienso que necesito una salida. ¿Al extranjero? No. Aquí nadie abandona el barco. Debería irme a la Villa y Corte, a empezar de verdad de nuevo. La cuestión no es cuando sino cómo.

- Me gusta estar siempre ahí. Eso es realmente lo que hace bonita, fuerte, verdadera y duradera una amistad. La alegría es inconmensurable.


-Malditos pepinos y malditos alemanes. Nosotros los españolitos siempre igual de canelos. Pero no pasa nada. A agachar la cabeza.

- Y ahora, un paréntesis. Dejo de publicar por un tiempo indefinido. Puede ser mucho o poco. Hasta más ver.

24.5.11

"La Novela"


"La heroica ciudad dormía la siesta. El viento Sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el Norte. En las calles no había más ruido que el rumor estridente de los remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles que iban de arroyo en arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina revolando y persiguiéndose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire envuelve en sus pliegues invisibles. Cual turbas de pilluelos, aquellas migajas de la basura, aquellas sobras de todo se juntaban en un montón, parábanse como dormidas un momento y brincaban de nuevo sobresaltadas, dispersándose, trepando unas por las paredes hasta los cristales temblorosos de los faroles, otras hasta los carteles de papel mal pegado a las esquinas, y había pluma que llegaba a un tercer piso, y arenilla que se incrustaba para días, o para años, en la vidriera de un escaparate, agarrada a un plomo.
Vetusta, la muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo, hacía la digestión del cocido y de la olla podrida, y descansaba oyendo entre sueños el monótono y familiar zumbido de la campana de coro, que retumbaba allá en lo alto de la esbelta torre en la Santa Basílica."
(...)


Éste es el comienzo de una novela, la cual podríamos poner en mayúscula, por su importancia en la literatura española y  europea. Del siglo XIX, cómo no.

El siglo XIX....en varias ocasiones he hablado ya aquí sobre mi especial querencia por este siglo. Aunque sea un amante del Renacimiento, del Dieciséis, del Diecisiete y aun del Dieciocho español y mundial, desde pequeño me ha atraído bastante este trágico, heroico, triste, revolucionario, novelesco y hermoso siglo. No sé si se debe a influencias lectoras (El conde de Montecristo, los libros de Julio Verne, los protagonizados por Sherlock Holmes), históricas (la época victoriana, las Guerras Napoleónicas, la Restauración Española, las unificaciones nacionales como la alemana o italiana), pictóricas (los impresionistas) o cinematográficas (el Salvaje Oeste, Jack el Destripador, y muchas más). O una suma de todo. Me encanta el ambiente descrito y mostrado de las ciudades (aunque fuera algo oscuro, con escasa luz), el estilo de la gente al vestir y actuar (elegantes damas y afectados caballeros), los carros de caballos, los viajes en tren, la pompa y circunstancia, el espíritu de las jóvenes naciones. Europa todavía a la cabeza. Si puede ser con música de Schubert, Chopin, Verdi o Strauss, mejor que mejor. Tenemos todo eso en la parte esplendorosa. En el reverso, la pobreza absoluta de la mayoría de la gente y mil enfermedades, aberraciones como el trabajo infantil en las minas y telares o la esclavitud de los negros africanos vinculada a la colonización europea, la escasa libertad política, la marginación de la mujer...En fin. Todo tiene su lado bueno y su lado malo, por desgracia. No todo iba a ser bailes de salón, té a las cinco, periódico y billar y cortejo de señoritas en el parque.

El siglo XIX. Precisamente de la época de la Restauración Monárquica española (uno de mis periodos favoritos) data esta insuperable novela realista. Hablo por supuesto de La Regenta, de Leopoldo Alas, más conocido como Clarín (1852-1901). En ella el autor -con claras influencias de Flaubert aunque como veremos  realiza sus propias aportaciones-  compone un fresco no sólo de la ciudad (Vetusta, es decir, Oviedo) a tratar, una ciudad de provincias extrapolable a las de toda España, sino también un gran retrato de sus habitantes, esto es de la sociedad, de sus miserias, traumas, ideologías, modo de actuar, etc. Desde luego el autor se despacha totalmente de ambos entes, y sin piedad.

Me compré el libro cuando contaba con 15 años y mi única referencia consistía en la serie de televisión  de 1995  protagonizada por una lozana Aitana Sánchez Gijón, que vi a medias. Bien, he de reconocer me lo leí más mal que bien. Apenas capté la esencia. Denso era el libro y denso sigue siendo ahora, muy al modo decimonónico, y es ahora, diez años después, cuando me lo he leído totalmente y más lo he disfrutado, entrando, rápidamente, en ese selecto club de las obras favoritas del que escribe. Coincidiendo, (y esto me ha pasado ya más de una vez. Cuando programan en la televisión una película que desee o recuerde. Qué cosas), cuando estaba concluyéndolo, con la emisión en la 1 de la serie. Y la verdad que ésta forma parte de esa rara y honrosa excepción de producciones españolas dignas de elogio, la mayor parte de las cuales son realizadas siempre por TVE y relacionadas con obras literarias como Don Quijote, Fortunata y Jacinta, Los Pazos de Ulloa, Los Gozos y las Sombras, Cañas y Barro, etc, etc. Todo eso ya no se hace, por desgracia, y se estilan más chapuzas como Hispania, Piratas, Éboli o la que está en preparación de Isabel la Católica, de la cual tengo dudas. En fin. Se puede decir que la mencionada serie está a la altura prácticamente del libro.

El argumento de la novela es sencillo. Ana Ozores es una mujer de 27 años, hermosa y débil a partes iguales, casada con un hombre mucho mayor que ella, Víctor Quintanar, ex regente (presidente) de la Audiencia de la ciudad. La vacuidad del matrimonio de conveniencia, más paternalista que pasional, lleva a la regenta a estimular su vida planteándose una disyuntiva entre dos pretendientes: don Álvaro Mesía, veterano y altivo galán local, y don Fermín de Pas, un clérigo, provisor de la Diócesis de Vetusta y Magistral de la Catedral, un hombre atractivo y ambicioso a partes iguales. Los dos hombres poderosos en su ámbito respectivo. Dos hombres en pugna por la conquista de Ana. La frágil regenta es la presa, mientras la ciudad entera aguarda espectante el resultado de la lucha.

Ése es el trío protagonista, aunque dos de ellos tienen más fuerza: Ana Ozores es neurótica, frágil, nerviosa, insegura, depresiva, con anhelos y sueños nunca cumplidos, con crisis de espiritualidad y utilizada por todos y todas. Desprovista bien temprano de su madre, no del todo bien atendida por el padre y mal tratada por sus tías, desde entonces se verá falta de afectividad y cariño. Pronto cae, como una parte de la ciudad lo desea, en las redes del Magistral. De Pas, el todopoderoso y manipulador hombre de Dios, quien controla hasta al mismísimo Obispo y sólo teme a su madre, la cual le ha labrado el destino al hijo. El Magistral, hombre atrayente, atlético y objeto de toda clase de habladurías, vive subyugado a su madre, aunque la pasión que sentirá por la Regenta hará que se vaya desligando de ella y prácticamente estalle. Fermín de Pas (interpretado muy bien en la serie por Carmelo Gómez) es un personaje bastante interesante y complejo. Nunca llega a tener verdadera vocación de religioso. Se va viendo su evolución, sus objetivos, sus miedos y pensamientos conforme avance el libro. Al principio ve a la regenta como una más de sus presas (en una época en la que los confesores todavía tenían mucha influencia sobre la gente pudiente), luego pasarán a ser "amigos del alma" y el Magistral querrá convertirla en una especie de beata para que nadie la toque y así poder amarla castamente, hasta que el clérigo no podrá disimular más su amor. Es uno de los grandes personajes de la literatura española y personalmente, uno de mis favoritos de todos los tiempos. En cuanto a Mesía, es un tipo de personaje más visto, ya que es un Tenorio, un Donjuán, un dandy jefe del Partido Liberal, cuyo único objetivo es embaucar y seducir. En cuanto a cómo piensa, es más plano y menos complejo que los otros dos. Sólo ve a la regenta como un triunfo más en su hoja de servicios, y no llegamos a saber si llega a enamorarse de la protagonista.

Detrás de este triunvirato, tenemos toda una galería (unos 150) de personajes secundarios, unos más testimoniales, otros más importantes para la trama. De todos ellos se sirve Clarín para realizar su implacable sátira de una sociedad anquilosada y aburrida, hipócrita y con falta de principios. No ya sólo que critique a la Iglesia, es que reparte a todos los niveles; el marido de Ana es un cincuentón cándido y relajado, no se entera de nada y ama el teatro y la caza. Los notables de la ciudad se pasan el día en el Casino hablando de política o despotricando de los vetustenses, como el mismo Mesía, Vegallana, Orgaz, Foja, Guimarán o Ronzal. La nobleza es un grupo aburrido y ávido de nuevas sensaciones, como los marqueses. Las mujeres, si no son ya ancianas, en cuyo caso suelen ser respetables y piadosas como doña Petronila , son descocadas, manipuladoras y provocativas, como Obdulia Fandiño o Visitación Olías; la una saltando de cama en cama y la otra tiranizando a su marido, además de incitar a Mesía a que conquiste a Ana. Los clérigos rivalizan entre sí y hay dos bandos enfrentados, uno el de los pro-Magistral y otro el de los anti-Magistral. La propia madre de De Pas tiene un negocio de cirios que ha arruinado a otros vecinos, como Barinaga. Las criadas forman parte del juego de sus amos. Hay pocos personajes realmente positivos. Una de las excepciones, aparte del Obispo, es Tomás Crespo, amigo del matrimonio protagonista, por cuyas ideas sobre la naturaleza y el evolucionismo es tildado de tipo extraño, un freak. Sin embargo demostrará más humanidad que el resto de vetustenses en el trágico final.

Me ha encantado La Regenta, repito de nuevo. No ya sólo por esta gran galería de personajes, y el retrato de una ciudad ya atacada desde la primera frase del libro, sino por la mordacidad de las frases y pensamientos; las situaciones provocativas (la escena del Magistral y su criada Teresina en relación con un bizcocho mojado en chocolate me sorprendió realmente, por su carga erótica en el puritano siglo XIX) que le acarrearon numerosos problemas al autor; el profundo estudio psicológico de los personajes principales, especialmente Ana y el Magistral (vemos cómo se alegran, consumen, ambicionan, desesperan,etc) el realismo y el naturalismo de las situaciones; la crítica a la sociedad y a la falsedad e hipocresía de sus gentes, hacen que, de no ser por algunos pasajes verdaderamente más densos, la obra pudiera pasar por una actual.

La Novela, sin duda.