10.12.15

El libro detrás de la película: "Qué verde era mi valle"



La relación entre la literatura y el cine comenzó prácticamente al poco de nacer el cinematógrafo (baste recordar Viaje a la luna, de Georges Méliès, en 1902) , y, con altibajos, ha llegado hasta hoy. Se necesitaría mucho espacio para enumerar todas las películas basadas en mayor o menor grado en obras literarias, pero ése no es el objeto de esta entrada. 

En más de un siglo de cine se han dado todas las circunstancias: desde la típica adaptación de un clásico universal, hasta un best-seller contemporáneo a la película, pasando por libros más desconocidos en su momento y que gracias al largometraje alcanzaron trascendencia,  o incluso obras famosas que nunca se han adaptado. También se ha dado el caso del cine ocultando las páginas,  como ha ocurrido con Frankenstein, y  especialmente con Drácula, la extraordinaria novela de Bram Stoker (1897),  que por culpa de las más de 100 películas (buenas, malas y horrorosas) realizadas desde los tiempos del cine mudo no tiene la fama que merece.

Por muy buena sea una película, suele admitirse de manera casi unánime la superioridad del libro, pues la maestría de un escritor y la magia de las páginas siguen ganando a la fuerza de las imágenes; además, siempre sea posible, es preferible leer antes el libro de ver la película sobre él, pues debe tenerse una fortaleza mental considerable para que en tu imaginación el fotograma no sustituya a la letra. Probablemente nunca se haga una película a la altura de El conde de Montecristo, Los tres mosqueteros  o La isla del tesoro, pese a la abundancia fílmica derivada de estos libros inmortales. Decíamos que suele ser mejor el libro, pero hay notables excepciones, como El padrino, una simple novela (Mario Puzo, 1969) sobre la mafia, que entre Coppola, Nino Rota, Gordon Willis, Marlon Brando y Al Pacino transformaron  en obra maestra, o Barry Lyndon, una satírica novelita picaresca (William M. Thackeray, 1844) que en manos de Kubrick fue elevada a la categoría de puro arte. 

Casos intermedios  serían El gatopardo (Giuseppe Tommasi di Lampedusa, 1958) una maravillosa obra que por suerte tuvo una adaptación cinematográfica digna de su calidad (Luchino Visconti, 1963), si bien el libro se sitúa por encima,  Doctor Zhivago (Boris Pasternak, 1957) , volcada al cine por David Lean en 1965, y de qué manera...ambas películas se convirtieron en míticas prácticamente desde su estreno.  También tenemos El nombre de la rosa, esa gran peli  (Jean Jacques Annaud, 1986) basada en el libro homónimo de Umberto Eco (1980) una fascinante novela aunque algo densa (para mi particular gusto). Los duelistas, otro deleite para los sentidos (Ridley Scott, 1977) basado en un magnífico relato de Joseph Conrad (El duelo, 1907). Sin olvidarnos de las meritorias producciones españolas sobre las mejores obras de nuestra literatura, como Don Quijote, Fortunata y Jacinta, La Regenta, La Colmena o Los santos inocentes.

No sé cómo ubicar el caso que nos ocupa, pues esta novela se convirtió en best-seller al poco de publicarse y en menos de dos años, en 1941,  el maestro John Ford realizaría una adaptación al cine que instantáneamente sería aclamada como clásico. Tuve ocasión de leerme antes el libro (por cierto, más difícil de conseguir que la película) y he de decir que el film es magnífico, enorme, pero, en este caso, me sigo quedando con la novela.  

Y ahora, parafraseando a Umbral, hablemos ya del libroQué verde era mi valle (How green was mi valley) es una novela, entre histórica y costumbrista, escrita por Richard Llewellyn (1906-1983), un galés medio inglés (o un inglés medio galés) nacido en Londres,  de vida viajera y agitada, y cuyo verdadero nombre era Richard Dafydd Vivian Lloyd. Publicada en 1939, se convirtió en un éxito de ventas y alcanzó aún mayor trascendencia por la película de Ford, tanto, que el resto de novelas de su autor quedaron eclipsadas. 

La historia de Qué verde era mi valle es bien sencilla, pero muy intensa: nos introduce en la vida de una familia de mineros en el Gales de finales del siglo XIX, los Morgan, a través de los ojos de Huw, un hombre ya adulto que abandona su casa y que comienza a relatar su pasado y el de su familia desde que era un niño. 

"Voy a envolver mis dos camisas, el otro par de calcetines y el mejor traje en el pañolón azul que se solía poner mi madre en la cabeza para hacer las labores de casa y me voy del Valle".

Así comienza esta estupenda novela, que supone todo un chapuzón en una tierra y una época muy concretas. La fuerza del relato radica en el estilo simple y llano que emplea Huw, quien con sus descripciones y emociones sinceras nos transporta a la infancia (pues todos hemos sido niños). El tiempo y el espacio han cambiado enormemente, sobre todo si eres mediterráneo, pero las sensaciones no han variado mucho. 

Pues Qué verde era mi valle es un viaje a la niñez y al entorno familiar. En sus más de 650 páginas asistimos a lo que supone un padre, una madre, lo que son los hermanos, las comidas en el hogar, el matrimonio, la fortaleza de la familia, las relaciones de parentesco, la educación, los descubrimientos de la vida, la búsqueda del sentido de la misma, la influencia de la religión, la presencia de la muerte, el trabajo, el amor, la tristeza, el futuro...la vida, en suma.

"Me vuelve otra vez aquel rotundo , generoso y vital olor a verdura fresca de tierra dejada en paz, a gente feliz. Si la felicidad huele realmente, conozco bien su olor, pues ha flotado siempre vagamente en nuestra cocina, y en aquellos tiempos llenaba la casa". 
  
El verismo y el vigor del relato radica en el modo de escribir de Llewellyn, bastante cercano y alejado de sesudas densidades y alegorías intelectuales; no estamos ante un Thomas Mann o un Marcel Proust, desde luego. Pero eso no quiere decir que se trate de un libro simplón donde un niño cuenta sus pueriles vivencias, pues también contiene interesantes reflexiones y pensamientos plenamente adultos; al fin y al cabo Huw relata cuando ya es mayor, desde la distancia que dan los años. 

Con unas vívidas descripciones abundantes en olores y sensaciones ambientales, desde el primer momento el lector se siente, como pocas veces, sumergido en una tierra concreta, en este caso el admirable y hermoso País de Gales. Como sabemos, los galeses no tienen una historia tan vigorosamente bélica respecto a Inglaterra en comparación con Escocia o Irlanda, pero tampoco se dejaron doblegar sin rechistar. Celosos de sus tradiciones, su terruño y su lengua, en el valle de los Morgan y sus vecinos se habla en galés y se mira con recelo a todo lo inglés (es más, apenas entran policías en sus "dominios", quienes por lo demás tampoco se interesan mucho), si bien viven pacíficamente y sin molestar a nadie; además son buenos ciudadanos, pues cuando tienen que brindar por la reina Victoria, lo hacen, lanzando vivas y cantando: leales súdbitos de la Corona. 

Hay temas y motivos muy interesantes, como el auge del marxismo y el socialismo  (no en vano estamos en las cuencas mineras del carbón), el capitalismo del gobierno inglés, las huelgas, el paro forzoso, la importancia de la religión cristiana (ya sea anglicana o católica, pues hay inmigrantes irlandeses), con los ineludibles sermones de los sacerdotes y su excesiva influencia en las gentes, y otros aspectos no precisamente livianos, como cuando Huw va creciendo y ha de asistir a una Escuela Nacional donde los autoritarios profesores le obligan a emplear el inglés. Tampoco se dejan de lado otras cuestiones como el ecologismo, cuando poco a poco el valle de los protagonistas se va cubriendo de la escoria sobrante de las minas, anegando el río y ensuciando la impoluta naturaleza

La galería de personajes es bastante amplia Huw, el protagonista, está acompañado de sus padres, Gwilym y Beth, y de sus hermanos Ianto, Ivor, Owen, Davy,  Gwilym (chicos) y  Angharad y Ceridwen (chicas). Por si fuera poco con esta pléyade, también tenemos a los vecinos del valle, si bien en unos se detiene más que en otros; el señor Gruffydd, el predicador anglicano, es uno de los más importantes, por el ascendente que llega a tener sobre Huw y la importancia que alcanza en la historia del libro; por cierto, en la película de John Ford este personaje es bastante más intachable e inmaculado, pues hay un terrible pasaje en la novela, cuando una niña es violada y resulta muerta, se forma una "patrulla" de vecinos que no tarda en dar con el culpable y Gruffydd no duda en entregar al pederasta a la familia de la pequeña, para que se tome la justicia por su mano. Otros tiempos. Más felices según el parecer de algunos, pero también más primarios, duros y brutales, sin duda.

Y ése es otro de los rasgos definitorios de Qué verde era mi valle  y que John Ford suavizó y actualizó un poco para adecuarla al siglo XX y seguir transmitiendo el enérgico canto a la familia y a los valores tradicionales de la manera más positiva posible. El libro de Llewellyn, está ambientado, como dijimos, en las décadas finales del siglo XIX, y por tanto muchos aspectos se han superado ya; hoy día nos causaría rechazo el escaso y sufrido papel que tenía la mujer en aquellos tiempos...eran educadas para servir sólo en la casa y casarse lo antes posible. Matrimonios, por lo demás, que sólo se realizaban cuando los padres los permitían, o en muchos casos auspiciaban según la amistad o los intereses. También nos resulta escandaloso, y con razón, el maltrato físico a los niños, y en Qué verde era mi valle no es extraño que Gwilym, el progenitor de Huw, aun siendo un buen padre,  le atice a correazos para castigarlo. O la vara que emplean los profesores. Por no hablar de los chicos trabajando en las profundidades de la mina, entre la vida y la muerte. 

Pese a lo primitivo de los tiempos, es difícil no cogerle cariño a un buen número de personajes y no dejarse llevar por estos galeses que no paran de cantar, comer opíparamente,  beber (té y cerveza), pegarse, despotricar de los ingleses y aplicar la ley galesa en detrimento de la de Inglaterra.  Y  ¡ay, de quien intentara salir con una chica sin pedir permiso a los padres de ella (o a los hermanos)!:

"Cuando llegamos aquella tarde, quién había de estar a la puerta, sino Iestyn Evans, muy elegante y con una flor en el ojal. Eso, para empezar, estaba mal en domingo, pero a mí me pareció muy bien y desde entonces la he llevado yo muchas veces. Es agradable tener cerca una florecilla de colores lindos que huelen bien.
- Hola, Angharad- dijo el muy tonto sin tener en cuenta que detrás venían Owen, Ianto y Davy. 
- ¿A quién se lo dices?- le preguntó Ianto deteniéndose pálido y tranquilo, pero con un leve temblor en la voz. Para cualquiera que tuviera sentido común, su actitud expresaba muerte. 
-A Angharad- contestó Iestyn- ¿Es quizá hermana suya? 
Yo miré a Angharad a la cara, pero con el rabillo del ojo vi que el puño de Ianto brillaba al sol, y oí el ruido que hizo contra la mandíbula de Iestyn. Cuando volví la cabeza, Iestyn caía de espaldas, sin sentido.
- ¡Malvado! - gritó Angharad disponiéndose a arañar, pero Owen y Davy la agarraron de los brazos, la hicieron entrar a la fuerza en el vestíbulo y cerraron la puerta, dejándola dentro. 
- Ahí tienes un cerdo- dijo Ianto. 
-¿Qué hacemos con él?- preguntó Davy- ¿Tirarlo al río?
- Tretas de Londres- dijo Ianto mirándose los nudillos- hay que darle una lección. Vamos a dejarle ahí para que lo vea todo el mundo.
- Si papá se entera, va a echar la culpa a Angharad- replicó Owen. 
- No digas nada- contestó Ianto-. Ya sabe Angharad lo que va a suceder si se entiende con él.  
Nos abrimos paso entre la gente que miraba con ojos muy abiertos, y Owen abrió la puerta. Angharad lloraba bajo el tablero de avisos, y Ceridwen quería hacerla callar.  
- No voy a permitir que mi hermana sea tratada como una de las mujeres que rondan la mina- dijo Ianto a Angharad, pero en voz tan baja que sólo unos cuantos pudieron oírlo-. La próxima vez, si es que hay próxima vez, le mataré. Si quiere hablar contigo tiene que pedir permiso. Tenemos casa, y ya sabe dónde. Ahora, a la escuela".

Tratándose de Gales durante el paso del siglo XIX al XX, la mina en sí es como otro personaje del libro, y está presente en prácticamente todos los capítulos; siempre está ahí, imperturbable e insistente como una figura amenazante que es a la vez símbolo de muerte y de trabajo-dinero, y por tanto de vida. Los habitantes de los valles son conscientes de que, a no ser que uno sea especialmente válido para los estudios superiores (medicina, derecho, enseñanza), la mina siempre va a estar ahí para ofrecerle empleo, más malo que bueno, pero trabajo al fin y al cabo. Y la disyuntiva es o sacar carbón, o emigrar a Londres, a América, a África del Sur o a Australia.


Pero no todo es minería. También hay espacio para el deporte, , sobre todo rugby, fútbol y boxeo. Y desde luego hay amor. Si bien, como era lo habitual en aquellos tiempos, las relaciones entre los hombres y las mujeres están encaminadas únicamente al matrimonio con hijos; en cuanto un muchacho gana su jornal y puede ser más o menos independiente, se casa con otra joven, aunque la haya conocido la semana anterior. La vida no estaba para demorarse mucho....Y desde luego, quedaba bastante bastante  claro el papel destinado a la mujer, siempre en su casa y entregada a servir con abnegación a los suyos, sin más objetivos, preocupaciones o anhelos. Por eso resultan extraordinarios y doblemente admirables personajes como la señora Evans, cuyo marido quedó mutilado e inválido por un accidente en la mina y ella se dedica a dar primeras lecciones a niños del pueblo para sacar a su familia adelante.

Tiempos duros, y arcaicos, decíamos. Y también decíamos con lugar para el amor. En un mundo dominado por la cercanía de la muerte, el estoicismo y la brutalidad, los rústicos galeses de los valles también tienen su corazón.      Los mismos padres de Huw son un ejemplo de matrimonio sólido y donde los dos se respetan mutuamente, además de amarse sinceramente. Pero hay casos más jóvenes. Cómo no rendirse ante declaraciones como ésta:

 "Casi antes de que lo vieran mis ojos, Owen la estrechó entre sus brazos y la besó tanto tiempo que creí que se habían convertido en estatuas de sal.
 - Marged- exclamó Owen con una voz ronca y dolorida- ¡Oh, Marged!
 -¡Owen!- susurró Marged.
 -Te quiero- dijo Owen.
 -También yo.
 - No- exclamó Owen como asustado, sin poder creerlo. 
 - Te quiero- dijo Marged, y nunca oiréis una verdad tan grande-. Te quiero desde que te vi. 
 - No. ¿Como yo?
 - Sí. Como tú. Y cuando saliste en mi defensa por lo del pollo, te hubiera dado un beso.
 - ¡Marged!- exclamó Owen estrechándola entre sus brazos-.Qué linda eres. 
 - Ojalá lo fuera. 
 - No se te puede comparar con nadie. Te adoraré toda la vida. Serás feliz todos los minutos de la tuya. Me daré una cuchillada por cada lágrima tuya".


En definitiva, amor, trabajo, familia, éxitos, fracasos, envidias, tragedias, religión, muerte...y vida, desde luego. Todo rodeado de una evocadora bruma de recuerdos, flotando en un aire impregnado de aroma a cordero asado, cerveza casera, humo de pipa, huertos de patatas y puerros, setos de narcisos, riachuelos fríos y cristalinos, verdes prados hasta donde alcanza la vista y bosques de robles y fresnos ocultando el tímido sol. Un mar de páginas para sumergirse en ese Gales arcaico y mágico de finales del siglo XIX, un viaje en el tiempo que también es un trayecto hacia nuestra infancia, en mayor  o menor medida. 

"Cuán verde era entonces mi Valle, y el Valle de los que se han ido".

17.11.15

Francia


Con los recientes y sangrientos atentados de París, han sido muchas las voces que han mostrado su rechazo por la excesiva atención mediática y emotiva que han suscitado los asesinatos efectuados por el ISIS (o DAESH, o Estado Islámico), que contrasta con la indiferencia, más o menos relativa, con la que los europeos recibimos la escalada de barbarie y muerte perpetrada en el Creciente Fértil. 

Cierto es. Debe reconocerse nuestra ombliguista y algo hipócrita concepción del globalizado mundo, por la cual sólo nos alteramos cuando el odio nos golpea en casa o cerca de ella. Pero que no se malinterprete; no es que seamos unos insensibles ajenos al dolor en los países de Oriente Próximo, no. Lo sentimos, pero es lógico sentir como más cercano lo que ocurre en tus proximidades.  Como también es cierto que estamos hablando de Francia. He tenido debates con amigos sobre qué le debemos al país galo, por qué este sentimiento tan intenso de solidaridad hacia ellos, por qué si ocurre algo en Siria, Japón o Filipinas no alcanza esa trascendencia, máxime teniendo en cuenta que con Francia hemos tenido continuos roces y desencuentros. Intentaré explicarme. ¿Por qué Francia?

- En primer lugar, la proximidad geográfica. Esto es evidente. Vecindad terrestre que se traduce también en un cierto tutelaje de los galos sobre España, básicamente desde finales del siglo XVII, cuando en nuestro país comenzó a atardecer y en Francia a restallar el sol. Al caer España en la órbita francesa con la llegada de los Borbones,  se tradujo en vasallaje político y cultural. Desde que España es una entidad fuerte, es decir, desde el Renacimiento, sus alianzas, conflictos, éxitos y derrotas han ido siempre de la mano de, o Francia, o Inglaterra, habida cuenta de que las relaciones con Alemania, Italia o Austria han sido mucho más tenues y lejanas, y con Portugal siempre hemos tenido una relación extraña,  poco afectiva. Pero respecto a Francia y la proximidad geográfica, el país galo ha sido un vecino más o menos correcto en su rivalidad, con sus aspectos positivos (como el influjo cultural, el apoyo en algunas guerras o ese destino en el franquismo para gente que quería exiliarse o simplemente evadirse del régimen) y negativos (fue un santuario para los etarras, algo felizmente arreglado en los últimos años, o los conflictos con los agricultores). 

- En segundo lugar, la historia. Más allá de que Francia sea efectivamente Europa y sólo por ese aspecto ya seamos más cercanos histórica y culturalmente a los países asiáticos o africanos, la historia no sólo europea, sino mundial, le debe mucho a Francia. Fue allí donde, después de prender en 1776 en los futuros Estados Unidos,  se encendió la mecha de la revolución en 1789, esa revuelta que con sus aciertos y sus excesos, propició el fin del Antiguo Régimen y el paso de la Edad Moderna a la Contemporánea (en combinación con otra Revolución, la Industrial, ésta mayormente debida a ingleses). Pero ciertamente, si los franceses no se hubieran levantado en sucesivos movimientos antiabsolutistas entre 1789 y 1848, secundados entonces por otras naciones, quién sabe cómo hubiera sido la historia de Europa. Como también cabe preguntarse, si no se hubiera producido la Ilustración precedente (ésa Ilustración que muchos abogan debe experimentar el mundo islámico) que abrió las ventanas,  qué hubiera pasado. Por lo pronto, mientras en Francia ya tenían cierta experiencia en cuanto a revoluciones, políticas y culturales, aquí en España el rey Fernando VII fue recibido como un Dios, con un populacho que desenganchó los caballos del coche real para tirar de él (1814). Ya se sabe lo que hizo el Rey Felón con la Constitución y las libertades.  ¿Y de Napoleón, no se dice nada? Sí, Bonaparte llevó al continente a una guerra atroz,  tuvo sus excesos represores  y sus delirios de grandeza y colocó a su familia en los tronos de media Europa, pero además de ser un gestor eficaz  introdujo una serie de reformas legislativas, administrativas y políticas, copiadas en las décadas sucesivas, cuyo objetivo no era otro que acabar de una vez con el absolutismo y el desaforado poder de la aristocracia y de la Iglesia. Hablar sobre qué hubiera pasado si Napoleón no pierde en Waterloo es jugar demasiado a la historia-ficción, pero sin duda el devenir europeo hubiera sido distinto, seguramente para bien. Más recientemente, ya a finales de siglo y en el XX, Francia es ese país donde se abogó por cuestiones como los derechos de los trabajadores el laicismo o la libertad sexual.

- En tercer lugar, la cultura. Que Francia es un país crucial para la literatura no es nada nuevo. De Montaigne a Voltaire, de Balzac a Stendhal, de Hugo a Verne, de Dumas a Zola, de Proust a Céline, de Baudelaire a Verlaine, de Molière a Flaubert, de Sand a Camus. La fuerza e influencia de todos estos (y más) autores, y  lo que la simple mención de su nombre supone para el imaginario de los amantes de sus obras (entre los que me incluyo),  por la trascendencia que han alcanzado en sus vidas, sin duda emociona. Hasta el más "anti-francés" (y he solido serlo) acaba adorando Francia si lee a Alexandre Dumas. 
Hemos hablado de literatura, hablemos de pintura. Qué decir de Ingres, de David, de Delacroix, de Géricault. Cómo no amar a los Impresionistas del siglo XIX, capitaneados por Monet, por Degas y por Manet, qué decir de Cezanne, de Toulouse-Lautrec, qué decir de escultores como Rodin. No quiero abrumar con autores y obras, así que me limitaré a subrayar que el siglo XIX es francés, en cuanto a arte se refiere, en sus muchas vertientes. También encontramos notables personalidades en cuanto a la Filosofía, la Historia, la Ciencia, la Música o la Sociología. ¿Y qué es el cine, sino un invento francés de los hermanos Lumière, perfeccionado por Méliès?  Otra cuestión es la de la ciudad París como polo cultural pero también turístico e imperecedero, esa Ciudad de la Luz (los franceses saben venderse muy bien) tan calada en el imaginario colectivo de mucha gente.  Y paro. Lo que intento decir con todo esto, es que, por muy relativista cultural que se ponga uno, siendo europeo, la importancia e influencia de Francia (y de Italia, o de Grecia, pero estamos hablando de los galos) no es la misma, ni mucho menos, que la de otros países más lejanos en ciertos aspectos, como Pakistán, Japón, Arabia Saudí Guinea o Finlandia,  es más,  incluso potencias como Rusia y los Estados Unidos. Dicho con todos los respetos, lógicamente, pero humildemente creo que no se puede comparar. Y si no lo cree, examínese un día y párese a pensarlo.


Para concluir, nadie es perfecto y Francia tampoco. Su historia no es tan ejemplar como nos quieren vender,  y desde luego ocultan, como los ingleses,  unas cuantas vergüenzas, en especial en África, y con los españoles no siempre se han portado bien. Además, adolecen de un ombliguismo superlativo y por si no tuvieran bastante con su legión de personalidades, suelen apropiarse de extranjeros que han trabajado en Francia, como por ejemplo Pablo Picasso, Marie Curie o Samuel Beckett.  
Pero uno está dispuesto a perdonárselo todo, y a apoyarles firmemente cuando les atacan. Observo con envidia, ante una tragedia, ese sentimiento patriótico que les lleva a  unirse, sean de derechas o izquierdas, y firmes y prestos se disponen a cantar su maravilloso himno, "La marseillaise", un belicoso canto de guerra que hace tiempo se convirtió en un símbolo de la libertad:

 "Allons enfants de la Patrie,
Le jour de gloire est arrivé !
Contre nous de la tyrannie
L'étendard sanglant est levé 

L' étendard sanglant est levé
Entendez-vous dans les campagnes
Mugir ces féroces soldats ?
Ils viennent jusque dans vos bras
Égorger vos fils, vos compagnes
!


 Aux armes, citoyens!
Formez vos bataillons!
Marchons, marchons!
Qu'un sang impur
Abreuve nos sillons!"



Son franceses y pueden permitirse cantar su himno siempre que quieran, y además mantener la polémica letra a viento y marea  (en otro país ya se habría cambiado), en nuestros tiempos, tan políticamente correctos. 
Así, repito, se lo perdono todo. Siempre es un placer verles perder en los deportes (probablemente porque es una de las pocas situaciones en que los españoles son superiores a los franceses) , pero en estas circunstancias me "hago" francés.  Primero porque en una Europa que es cada vez menos Europa, son casi los únicos que demuestran tener firmeza e identidad frente a las agresiones, y no es la primera vez que destacan en este aspecto. Y segundo, por todo lo que debemos a Francia, sin la cual no seríamos exactamente lo que somos hoy, para lo bueno y para lo malo. 

Vive la France. 

11.11.15

El señor de la lupa



Un lugar. Aunque es indiferente, se trata de una de esas cafeterías veteranas y distinguidas, con sabor antiguo, de barra añeja, clientes fieles y un trato más que correcto, como el café servido. Un establecimiento de los de toda la vida 

Entre el leve rumor de la gente y el ajetreo de los camareros, el rechinar de cucharillas y el golpeo de vasos, el  tintineo de las monedas y el fondo musical, una figura anónima me llama poderosamente la atención. 

Se trata de un anciano. Un vejete cualquiera, podría decirse. Sentado, con un café y una tostada en la mesa.  Mas una ojeada rápida induce a error, y no basta. Pues no estamos ante uno de esos abuelos vigorosos con zapatillas deportivas y gafas de sol; se trata de un hombre vetusto pero mucho peor tratado por el paso del tiempo, los achaques y las circunstancias. 

Sus movimientos, pausados en extremo, provocan que tarde una eternidad en coger el periódico. Pero lo agarra, y aquí llega lo conmovedor. Pues el anciano, pálido y débil, se acerca las hojas hacia su ajado rostro, de pajarico, donde apenas resaltan unos ojos vidriosos; en un último gesto, coloca una lupa entre su deteriorada vista y las páginas. ¡Una lupa!

Entonces dejo la taza, pasmado de admiración, y, siempre con respeto y discreción, lo observo de reojo, maravillado, y pienso. Ese admirable viejo, no precisamente ágil ni pletórico  de salud, partícipe de un viaje que está llegando al final del camino, no renuncia a sus aficiones. A mantenerse informado y despierto, para no convertirse en un jarrón inerte como querrían otros. 

¿Cuál será la historia de este anciano? Su aspecto denota cierta cultura y altura intelectual; no sólo por su vestimenta, o su expresión inteligente,  sino por el  revelador detalle de la lupa, a escasos centímetros del papel y a la vez de sus ojos, muy abiertos ahora, interesados. Prácticamente tiene su rostro sobre el periódico. Un trabajo de chinos, leer así. ¿Quién será? ¿Acaso uno de tantos abuelos cuyos ingratos familiares lo consideran un mueble, siempre en medio y creando problemas, y a modo de evasión se da su pequeño paseo matutino, desayuno y periódico incluidos? ¿Tal vez un nonagenario trabajado y cansado de vivir, que enviudó  hace años y para quien leer a ese columnista tan bueno es una de las pocas cosas que le queda? ¿Por qué no un periodista ya jubilado, que no se quiere despegar de su antiguo trabajo, aunque su vista no sea la de antaño?  O simplemente un señor con inquietudes, y uno más, de los muchos viejos, sobrevivientes de los lejanos y lozanos tiempos, solos cual coyotes en el último tramo de su vida, acompañados de una reducida pensión. 

Pero ahí siguen, resistiendo la cuchilla de la edad, haciéndole frente al reloj, implacable, cuyas agujas no tardarán en marcar la hora señalada. Y ahí continúa este anciano admirable, tembloroso y medio ciego, quien en principio induce a lástima, pero que en vez de hundirse derrotado en un sillón, mirando sin ver la tele mientras espera  a la Parca, sale en busca de información, de cultura, armado con su lupa y su intelecto, desafiando a todo y a todos, dando batalla hasta el final y burlándose del reloj en su momento crepuscular.  Si ya no puede hacer gimnasia física, será mental. Pues, desde luego, nadie le ha dicho que su hora haya llegado ya. 


Dedicado a usted, señor, con todo mi respeto y admiración. 

7.10.15

Veinte y seis horas en la ciudad de los caballeros


 Si uno deja atrás Madrid y se dirige hacia el oeste, dejando a la derecha la impresionante mole de El Escorial y cruza la sierra de Guadarrama, aparece en esa inmensa y desolada estepa alta llamada Submeseta Norte. La antigua Castilla en toda su magnificiencia.

No demasiado lejos de las montañas, el viajero se topa, incrustada entre las rocas, con Ávila.

"Ávila de los Leales, "Ávila del Rey", "Ávila de los Caballeros" (su denominación oficial hasta 1877 fue ésta última), la insigne ciudad de Ávila, recibe al viajero en la soledad mesetaria bien protegida por sus extraordinarias y universales murallas. Una breve vista basta para comprender al momento el carácter y la historia de sus habitantes y de los castellanos en general. 

Dura, austera, recogida, fría...son los recurrentes adjetivos que se usan para hablar de ella. Aun a riesgo de parecer poco original, sin duda se ajustan como un guante a ella. Y no son negativos; para nada. Simplemente es la pura verdad, y lo que la hace única. 

Situada a unos respetables 1.134 metros de altura (la capital de provincia más elevada de España) lo primero que llama la atención es el aire, lógicamente más fresco que el de la costa o la llanura, pero también más puro. Sin duda, el frío, no por esperado deja de sorprender, pues estamos a  comienzos del otoño y cuando el viajero aún lleva el verano en la piel; pero de golpe se siente casi como en un invierno mediterráneo; entonces se pregunta a qué niveles de helada puede llegar un enero abulense, y lo difícil que debe haber sido la vida  desde tiempos prerromanos.  Después, una vez ha alcanzado algún punto elevado, percibe lo vacío, lo desangelado del paisaje. A él,  un hijo del sureste acostumbrado a las feraces huertas, a las alquerías,  a las pedanías  y a las naves industriales que rodean a las ciudades y a los pueblos de cierta importancia, le parece impresionante que, más allá de Ávila, de la ciudad vieja y de la nueva, no haya nada. Páramos, algún pequeño bosque, como mucho una casa grande, el surco de un río. Pero todo es ocre, indiferente, rotundo, sin demasiadas florituras. Como es esta vetusta y pequeña capital; pequeña, verdaderamente, pues, para hacerse una idea, sus 58.900 habitantes la sitúan no sólo a notable distancia de importantes ciudades más o menos antiguas y carentes de capitalidad, como Vigo (295.000), Elche (228.600) o Cartagena (216.400); también queda por debajo de notorios "pueblos grandes" como El Ejido (85.000) , Orihuela (83.000), Gandía (76.500) o Linares (60.300). Peculiaridades de España y de su historia y su evolución.  


Cuando se franquea alguna de las monumentales puertas de acceso a la muralla, algunas transitadas por automóviles,  se entra en el recoleto y delicioso casco histórico, bastante cuidado y de limpias calles, muchas peatonales.  "Azorín" dijo que Ávila era la ciudad  "más siglo XVI de España", y no le faltaba razón al ilustre alicantino. Pavimento empedrado, casas y palacetes del Quinientos, iglesias, conventos y ermitas aquí y allá, todo dominado por el denso caparazón de las murallas y sus casi 90 torres. Ciertamente, si no fuera por los letreros luminosos y el molesto ruido de los coches, el viajero podría imaginarse el tintineo de unos aceros esperándole en la siguiente esquina, o sorprenderse con algún hidalgo, pobre y orgulloso, con el coleto lleno de migas para hacer creer a la gente que come bien, como el amo de Lázaro.

O toparse incluso con algún monarca. La ciudad entró en decadencia conforme fue finalizando la Edad Moderna, pero durante toda la Edad Media, cuando en Ávila se escuchaban palabras como "mesnadas", "juros", "almogavarías" o "razias", la villa tenía una trascendencia pareja a la de Castilla, y era una plaza destacable para los reyes, que solían recurrir a ella en momentos difíciles (de ahí lo de "los Leales", "los Caballeros", "del Rey"). Además por su importancia era una ciudad de obligada visita para los monarcas, tanto en el Medievo como buena parte de la Edad Moderna.  No es raro encontrarse una placa en tal iglesia acerca de la primera misa de Felipe II como rey en Ávila, u otra en una casona aprovechada por Carlos V,  y etcétera. 

Como también es fácil toparse con motivos, recuadros  y recuerdos de Teresa de Jesús, Santa Teresa (1515-1582), no sólo por el 500 aniversario de su nacimiento (algo en lo cual se ha volcado la ciudad), sino porque su huella es reconocible en Ávila, dada la cantidad de conventos e instituciones que fundó la abulense más ilustre de todas, por encima de otros célebres hijos de la villa como "El Tostado" o  Sancho Dávila, el Rayo de la Guerra. 

Con el Siglo de las Luces entró Ávila en progresiva decandencia y ensimismamiento, como Castilla en sí. Pero esta ciudad posiblemente más que otras, pues resulta difícil encontrar vestigios y construcciones del 1700 en adelante. Levemente se planteó en el muy práctico XIX , que tantas murallas europeas se llevó por delante, derribar sus antiguas fortificaciones de base romana,  pero por suerte para la humanidad, ahí siguen, y ciertamente decir "son impresionantes" es poco. La decadencia que trajo el paso del tiempo a la villa no afectó a su recinto defensivo. Sólo se da cuenta de su magnitud y rotundidad amarillenta quien se acerca por fin a ellas y tiene la suerte de subir las empinadas escaleras y recorrer casi tres kilómetros por las alturas, sintiéndose un abulense de otros tiempos, espada en la mano o el cinto y ojo avizor al horizonte, mientras siente el frío estepario y grandioso en el rostro. 

Evidentemente, no todo son murallas en la "ciudad de las murallas", valga la redundancia. Eficazmente adosada a ellas se encuentra la oscura mole de la catedral, entre románica y gótica, uno de esos edificios que resultan ser más grandes por dentro que lo que uno cree por fuera. El sobrio y maravilloso interior le transporta al viajero a tiempos de antiguas misas, coronaciones y rezos por el triunfo en la batalla. También puede encontrarse fastuosos altares  y sepulcros platerescos, entre otras obras de arte, y en el claustro,  las lápidas de dos personalidades verdaderamente ilustres enterradas allí, y a quienes el viajero presenta sus respetos: don Claudio Sánchez Albornoz, intelectual con todas las letras, maestro de historiadores y político republicano, y don Adolfo Suárez, presidente del Gobierno y uno de los artífices de la Transición a la democracia (1975-1982). Una vez fuera de la catedral, pueden vislumbrarse y  visitarse un buen número de iglesias, monasterios y conventos, en un número bastante alto y sorprendente para una ciudad pequeña, cuyos campanarios resaltan aquí y allá; no en vano Ávila siempre ha sido "ciudad de cantos y de santos".  

Si uno consigue librarse de las tentaciones del chuletón, de las yemas de las monjas o del habitual merchandising turístico (más importante para Ávila que otras ciudades menos aisladas y más visitadas), y se adentra por los vericuetos del casco medieval-moderno, se sentirá en verdadera paz y alcanzará una tranquilidad que sólo se consigue al transitar por ciertos pueblos. Y es que Ávila, para ser una capital de provincia, es en ciertos rincones de solitarias calles como un pueblo; y esto no es una crítica o una burla, justo lo contrario: es un elogio.

Tras superar otra de las grandes puertas, esta vez en dirección extramuros, el incansable viajero cruzó la escueta vega del río Adaja y se acercó, obstinado, hasta Los Cuatro Postes. Es éste un antiguo humilladero con posible origen de culto celta o romano, que en época cristiana continuó siendo lugar de oraciones; así,  fue frecuentado por Santa Teresa. Construido sobre unos dificultosos peñascos, las cuatro columnas dóricas con sus arquitrabes formando un cuadrado sin techo rodean una gran cruz de granito. Desde el promontorio se obtiene una magnífica vista de la ciudad, compacta y bucólica en lontananza. Una vez se ha largado el autocar de los japoneses, el viajero contempla tranquilo y ensimismado el panorama. Pese a lo austero y desolado del paraje, o tal vez por ello, Los Cuatro Postes tienen un extraño poder de atracción, una magia algo oscura indescriptible y maravillosa. 


"Yo nací en Ávila, la vieja ciudad de las murallas, y creo que el silencio y el recogimiento casi místico de esta ciudad se me metieron en el alma nada más nacer".

 Así comienza Miguel Delibes La sombra del ciprés es alargada. Certero estuvo el gran escritor de Valladolid. El viajero no ha nacido en Ávila y, por contra, abrió los ojos muy al sur. Siempre se ha sentido muy almeriense y posteriormente, Murcia dividió su corazón, como bien sabe todo el que lo conoce. Pero también tiene desde hace bastante tiempo una querencia, una admiración, un gusto,  por Castilla y por todo lo castellano, por lo que en cierto modo se considera heredero de "Azorín", ese levantino mesetario.  No sabe si llega a tener el alma castellana, pero para él Ávila sin duda representa, con mayor rotundidad y dureza que otras, esta esencia, tan triste,  solemne y evocadora a la vez. ¡Si hasta las campanas suenan distintas a las del Sur o el Levante!

Llega el momento de partir y presuroso y nervioso como mediterráneo, aunque obligado por el horario,  debe marcharse por el camino de hierro en dirección a la bulliciosa Madrid. Ha sido una estancia breve pero intensa, y desea regresar pronto y volver a sentir esa atracción de difícil explicación por la helada estepa, por la piedra de larga memoria, por los páramos desolados, por los horizontes interminables. 


Allí, entre las frías y desnudas  rocas se quedan sus calles vacías, sus rotundas murallas, su bella catedral y  sus enigmáticos Cuatro Postes. Allí,  permanece todo azotado por la ventisca castellana. Así pasen quince siglos más. En la vetusta Ávila, en Ávila de los Caballeros, en la austera ciudad de los leales, el tiempo se ha detenido. Y no sólo eso. Transcurre más despacio. 


1.10.15

13 villanos de película




¿Qué tendrá la maldad que tanto atrae? ¿Por qué, aunque despreciemos a un ser diabólico, no dejamos de comprenderle/admirarle/envidiarle? No hablo de los políticos, de ciertos periodistas o del vecino del quinto. Me estoy refiriendo, por supuesto,  a los malos , desde el principio de los tiempos, tanto en la literatura como en el cine. Pero hoy nos centraremos en los del segundo. 

¿Y por qué nos gustan? Acaso sea porque en el fondo expresa lo que sentimos en ocasiones o lo que, dado nuestro reverso tenebroso, alguna vez quisimos ser. O porque simplemente el bueno nos parece tan perfecto, intachable e insípido como una cerveza sin alcohol, y buscamos emociones fuertes. Una por encima de los 7 grados. Porque somos malos. Somos humanos. 

No deja de ser curioso, además, que nos inclinemos por el lado del mal, cuando sabemos con toda certeza que, en la mayoría de ocasiones,  el protagonista/héroe se acabará imponiendo sobre el villano, pues el destino de éste es ser derrotado: el bien siempre debe triunfar.

Así, hoy traigo mis 13 (¿Por qué 13? ¿Y por qué no?)  villanos de cine predilectos, 12+1 apóstoles del mal.  Los que más me marcaron;  los que más me maravillaron; los que más me cautivaron; los que más me repugnaron; los que más odié; a quienes adoré y adoro. 

(Nota 1: no están notorios antihéroes representantes del criminal atormentado, como Tony Montana, Michael o Vito Corleone, quienes por lo demás son más protagonistas que antagonistas) 

(Nota 2: dada la dificultad de clasificarlos de "peor" a "mejor", van dispuestos por orden cronológico según el año de la película)




I - "Sentencia". El bueno, el feo y el malo (Sergio Leone, 1966). En la tercera película de la llamada "Trilogía del dólar" el italiano volvió a contar con Clint Eastwood y Lee Van Cleef, aunque éste último pasaría de bueno a malvado. En La muerte tenía un precio (para mí superior en ciertos aspectos) el siempre intenso Gian Maria Volonté encarnaba a un estupendo y atormentado villano, "El Indio", pero el "Sentencia" de Van Cleef es aún más poderoso. Frente a las andanzas del "feo" Tuco (Eli Wallach) y  del "bueno" "Rubio" (Eastwood), cómicas a ratos, la negra figura del "malo" (con un nombre perfecto para un villano, a semejanza del Sentenza de la versión italiana; en la estadounidense es Angel Eyes) planea por toda la película y esporádicamente aparece ese hombre sin escrúpulos que asesina por dinero, ya sean hombres, mujeres o niños. De sádica sonrisa y mortífera puntería, como sargento del ejército también da muestras de su categoría al torturar mientras interroga a la vez que ordena a la banda de música que toque sin parar, para que no se escuchen los alaridos. Para la historia el mítico duelo final.  





II - Frank. Hasta que llegó su hora (Sergio Leone, 1968) En más de tres décadas de carrera, Fonda siempre interpretó a personajes rectos, honrados, más o menos positivos. Hasta que Leone se cruzó en su camino a los 63  años y le requirió  para encarnar a un despiadado pistolero que mata por los dólares, pero también por diversión y sadismo, como vemos al principio de la película asesinando a un niño indefenso o en otro fragmento y a través de un flashback cómo ahorcó a un hombre que se sostenía desesperado en su infeliz hermano. Un veterano cowboy andante y sin apellido con una vida repleta de infamias. Nunca los penetrantes ojos azules de Henry Fonda fueron sinónimo de tanta crueldad. La mítica música de Morricone tiene su importancia, pero Frank es el extraordinario villano de una película extraordinaria. 





 III- Darth Vader . Trilogía de la Guerra de las galaxias (George Lucas, 1977,  Irvin Kershner, 1980 y  Richard Marquand,  1983)  Tal vez el más manoseado y recurrente, pero sin duda es todo un símbolo, con una iconografía y sonido tan peculiares y  conocidos que su sola respiración basta para identificarlo. El actor que se esconde tras el negro traje es el inglés David Prowse, mas la voz que se escucha no es la suya;  si en la versión original contó con la peculiar  de James Earl Jones, en España tuvimos la suerte de que le doblase el recordado e insustituible Constantino Romero. Base ineludible para otros muchos villanos del cine, resulta inseparable de la mítica música de John Williams. Ejemplo de alguien que lo tuvo todo y fue cautivado por el lado oscuro de la fuerza, convirtiéndose en alguien malvado pero también tocado por la tragedia y por tanto, atormentado.  Podrá gustarte más o menos Star Wars,  pero es una leyenda del celuloide y uno de los malos por antonomasia.  




IV - Thulsa Doom. Conan el bárbaro (John Milius, 1982) También he hablado en otras ocasiones de esta contundente y poderosa película, que hoy día nadie haría a no ser que no le importe que le tilden de reaccionario. James Earl Jones, quien al igual que Fonda siempre se ha decantado por buenos (y por algún malvado como Darth Vader), interpretó esta vez a un cruel jefe guerrero obsesionado por el "secreto del acero" y el "culto a la serpiente".  Morador de una tierra y un tiempo bárbaros, aunque ficticios, domina toda la película con su reptiliana presencia y al principio de la misma no duda en echar a los perros de la guerra para que devoren al padre de Conan y luego decapitar a la madre mientras el pequeño (Jorge Sanz, por cierto)  se agarra a su mano. Brutal.  





V - Hannibal Lecter. El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991)  Modelo supremo de malo que no precisa realizar grandes demostraciones ruidosas o físicas (excepto algunos momentos puntuales) ; le basta con su inteligencia superior, su voz y en ocasiones sólo con su mirada. Y está al alcance de muy pocas personas saber hacerlo convincentemente; el gran Anthony Hopkins es una de ellas, pues para la eternidad está ya su morboso y terrorífico Hannibal Lecter, el psiquiatra caníbal (quién supondría que detrás de ese tipo caballeroso y culto se escondía un asesino)  y esas escenas donde cuenta sus fechorías, o donde aparece inmovilizado con esa máscara  o cuando simplemente dice "Hola, Clarice".  Merecidísimo Oscar para el galés. 




 VI - "Señor Rubio". Reservoir Dogs (Quentin Tarantino, 1992) ¿Quién podría imaginarse que detrás de la bonachona sonrisa de Vic Vega y sus bromas iniciales en el bar iba a esconderse un psicópata capaz de decir "me da igual lo que digas, te voy a torturar de todos modos" para acto seguido, cortarle la oreja al infeliz policía al ritmo de Stuck in the middle with you  y luego hablar con el apéndice cercenado? Reservoir Dogs no es una película sádica pese a sus dos o tres momentos sangrientos, pero sin duda el del verdugo Vega es su momento más impactante. En una película sobre criminales, parece hipócrita señalar sólo a uno como el malo, pero sin duda el personaje más negativo y verdaderamente sólo él es el psicópata.  Una de las últimas cosas que deseo en este mundo es quedarme encerrado y atado en un sitio con el Señor Rubio.  





VII - Amon Goeth. La lista de Schindler (Steven Spielberg, 1993) Otro personaje real trasladado a la pantalla, en este caso se trata del  Hauptsturmführer de las SS y comandante del campo de concentración de Plaszow (Polonia) Amon Goeth/Göth (1908-1946). Siendo nazi y contrapunto de Oskar Schindler (Liam Neeson), estaba claro que no iba a ser alguien positivo, pero Spielberg se dejó de rodeos y mostró la barbarie nazi con toda su crudeza, con esas duras imágenes que son ya iconos del cine, como cuando dispara desde su balcón a judíos indefensos como quien mata las moscas, o cuando perdona a su mozo de cuadras (un adolescente judío) con un gesto de sacerdote para luego asesinarle de un tiro por la espalda. Sin duda estupenda la actuación de Ralph Fiennes, nominado al Oscar, con esos ojos vacíos  de humanidad. Un personaje tan tremendo y necesario (en el sentido de que no debe olvidarse) como la propia película.  





VIII - Scar, El rey león ( Rob Minkoff y Roger Allers , 1994)  Uno de los malvados supremos de toda la historia de las películas de Disney, muy probablemente el más adulto y enrevesado y, por qué no, el mejor de todos, al menos de las de animación (el universo Disney es muy amplio).  Scar, "Cicatriz", es el hermano del rey Mufasa y por su ambición y maldad no duda en asesinarle e intentar hacer lo mismo con su sobrino, Simba, pero las hienas , sus esbirros, le fallan. Sin duda Scar es atractivo e interesante por sus matices, por su regusto literario e histórico  y por las comparaciones que el espectador puede hacer con el ser humano, aunque los de Disney desbarren un poco con la coreografía nazi. Pero sin duda, es un malo soberbio. 





IX  - John Doe.  Seven  (David Fincher, 1995) Otro malvado lunático, pero tremendamente inteligente y calculador. Cumbre del horror, es un tipo que está realmente mal de la cabeza, imbuido por un mensaje divino,  y  va dejando elaborados y escalofriantes crímenes aquí y allá relacionados con los 7 pecados capitales, para mayor desconcierto de la pareja de investigadores, Brad Pitt y Morgan Freeman. Kevin Spacey, especialista en personajes ambigüos y en los directamente malvados, aquí se salió como el sádico y perturbado John Doe; no todos los actores tienen (o no saben poner) esa expresión de pirado. El final de esta magnífica película te impacta como pocos. 





X - Rey Eduardo I  "El Zanquilargo". Braveheart (Mel Gibson, 1995)   Ejemplo de rey calculador, sagaz y maquiavélico y la otra estrella de la película de Gibson. Con una gran interpretación del veterano Patrick McGoohan, es un monarca duro y sibilino que restaura tradiciones infames como la prima nocte (derecho de pernada), que oculta sus verdaderas intenciones en los tratados y encuentros  o que no duda en masacrar a sus propios soldados. Tampoco le tiembla la mano al despeñar al consejero supremo/amante de su hijo y heredero por una ventana. Con todo, la realidad del rey fue mucho más prosaica  (y la de casi todo lo que cuenta la película) y Mel Gibson lo pinta más negativo y malvado intencionadamente, por ejemplo al representarlo siempre solo y amargado, cuando lo cierto es que se casó dos veces (la primera con Leonor de Castilla)  y tuvo abundante prole; y por lo demás Longshanks  fue un monarca de su tiempo, bastante competente, aunque escoceses, galeses y judíos no pensarán lo mismo...





XI - Archibald Cunningham.  Rob Roy (Michael Caton Jones, 1995) Otro inglés taimado y cruel, Cunningham es un amanerado petimetre y habilidoso duelista al servicio del marqués de Montrose. Todo iba bien hasta que se cruza en el camino de Rob Roy MacGregor (Liam Neeson) , de quien se convertirá en enemigo mortal. Alevoso y escéptico, se guía por los instintos más bajos, como cuando viola sobre una mesa a la mujer de Rob.  Lo que hace a Archie aún más interesante es la soberbia interpretación de Tim Roth (nominado al Oscar) con su repertorio de expresiones llenas de falsedad y sarcasmo. Un magnífico villano de una gran película, bastante infravalorada. 





XII  - Coronel William Tavington. El patriota (Roland Emmerich, 2000) Para completar la  trilogía de villanos ingleses, aquí tenemos a este casaca roja encargado de aguarle la fiesta a los independentistas yanquis en la guerra de 1776-1783. La película es un poco "americanada" para mayor gloria de Mel Gibson, quien encuentra su odioso enemigo en este Tavington (Jason Isaacs) basado levemente en Banastre Tarleton (1754-1833), brigada mayor de caballería distinguido por su dureza y su escasa clemencia. Aquí Tavington es el prototipo del inglés atildado y cabrón que recorrió medio mundo en los siglos XVIII y XIX, y se nos presenta como un tipo poco honorable y  ávido de riquezas y de  sangre, como cuando quema una iglesia con los aldeanos dentro. Los ingleses, como con otras películas como Braveheart o El último mohicano, protestaron por la negativa imagen que se da de ellos. Ciertamente es algo maniquea, pero a estas alturas de la historia los británicos no pueden  seguir convenciéndonos  de que sus soldados iban repartiendo flores y tomando té por las tierras de su Imperio. Volviendo a Tavington, es un magnífico villano de tono clásico, buscando incesamente enfrentarse a vida o muerte con el personaje de Gibson; sin la estupenda actuación de Isaacs y su gélida mirada  no hubiera sido lo mismo.  





XIII - Bill Cutting. Gangs of New York (Martin Scorsese, 2002) Daniel Day Lewis se distingue por sus sobreactuaciones (aunque hay que saber hacerlo, y él es uno de ellos) y su capacidad de transformarse, y en Gangs of New York no fue menos. Metido en el papel de Bill el Carnicero (personaje real, como verídica fue esa ciudad violenta de bandas,  aunque el Bill de la película esté formado por una suma de varios delincuentes de la época) se comió todo el largometraje, Di Caprio incluido. Radical, xenófobo y sanguinario, en ocasiones parece cuerdo y en otras un lunático, como cuando confiesa que se sacó un ojo y se lo envió al enemigo que le había derrotado estrepitosamente en un acto de honor. También tiene sus peculiares ideas  filosóficas y políticas y un particular código de lo que debe respetarse y lo que no. Pese a su carácter excesivo y desquiciado, es un personaje fascinante. 







¿Y usted, amable lector, qué diablos tiene en su Olimpo?