9.9.15

25 canciones de los 2000 para salvar de la hoguera

                                         - ¡¡Eh, amigo!! ¿Nos echas un cable para poder bajar?


Hace unos meses, motivado por un sentimiento de nostalgia, rescataba aquí  y en  dos entregas, 40 canciones de los 90 que hacían que esta década valiera (musicalmente) la pena, pues en comparación con los 80 y los 70 palidecía en calidad y  trascendencia, aunque verdaderamente ha sido abundante en buenos grupos, cantantes y canciones. De hecho, escucho cada vez más música noventera...¿qué significará? Sin duda que me hago mayor y que progresivamente siento los 90 como mi época.

También me refería a la siguiente época, los 2000, como aún peor que su precedente; debe reconocerse, aunque habrá gente fan de esta década, pero la mayoría deben ser nacidos en los años 90. Cuando hice el peculiar ranking, dejé la puerta abierta a hacer otro de los 2000, y en principio hay poco que salvar, pues por un lado tenemos la profusión y expansión del reggaeton, el pachangueo y otros estilos destinados a la juerga, cuyas canciones serán recordadas con el paso del tiempo por eso y quizá alcancen valor nostálgico, pero no por su especial calidad ni belleza, pues no tienen vocación de perdurar; y por otro,  la proliferación de artistas tan "interesantes" como Pablo Alborán, Melendi, Andy y Lucas, Bustamante,  Auryn  o Los Gemeliers...hablamos de la Generación OT.  Claro que en el resto del mundo "disfrutan" de Justin Bieber, One Direction et alii, así que no sé qué es peor.

El siglo XX sigue teniendo mucho peso en estos primeros años del XXI. Pese a que ya estemos en 2015, resulta complicado, por quedar aún cercano,  encuadrar con su propia personalidad esta época. Tenemos los años 20, los 40, los 50, los 80, y los 90 del siglo XX, pero, ¿cómo definiríamos, qué diríamos de  lo comprendido entre 2000 y 2009? Actualmente estamos en la mitad de los años 10 del siglo XXI  (2010-2019), y, por tanto, hablaremos de la música de la primera década del 2000, la cual se puede tratar ya con cierta perspectiva. 

Podríamos hablar de los profundos cambios producidos en España y en el planeta desde el año 2000, tanto a nivel político, como cultural y social, pero dejémonos de mamandurrias innecesarias  y centrémonos en la música. Así, hoy traigo 25  canciones  para salvar de una hipotética hoguera que se hiciese para quemar toda la mierda   música que se ha venido haciendo desde entonces. Debo reconocer que, aunque hay mucha morralla, también hay unas cuantas canciones y más de un grupo totalmente estimables, y como he querido limitarme a 25, he debido dejar algunas fuera de esta peculiar lista,  si bien también admito que en otras piezas me he dejado llevar por la añoranza que siento desde hace un tiempo por la época de los primeros 2000, como me gusta llamar a los años comprendidos entre 2000 y 2004.


(Por orden cronológico. Subid el volumen y preparaos para una vuelta a los 2000)


 
1- When the morning comes  (La Luna, 2000)


Empezamos muy, muy  fuerte. Parece mentira, pero han pasado ya 15 años, ¡¡15!! desde el lanzamiento de este himno absoluto por el cual muchos supimos lo que era la música mákina, el dance y demás,   cuando ya nos faltaba muy poco para sumergirnos en las fiestas desaforadas; por cierto,  pese al nombre, La Luna, tanto la cantante como el DJ son belgas.  La canción se identifica totalmente con (y define muy bien a) su época y  hoy es plato fuerte de todo remember que se precie, pues sigue siendo un temazo.  Subidón increíble a partir del 1:08 y apoteosis en el 1:36.




2-  La danza del fuego  (Mägo de Oz, 2000)


Antes de que el éxito por Fiesta pagana les devorase y desvirtuase (tan de moda se puso la canción y en tantos ámbitos que hasta los canis se creyeron jevis), Mägo de Oz fue un magnífico grupo, reyes del folk metal español con  trabajadas canciones basadas en la literatura y  en  otros temas.  Tuve una época en la cual no dejaba de escucharlos y me sabía muchas letras; me gustaban -y me siguen gustando- bastantes canciones, y podría decir quince, pero he elegido La danza del fuego, una preciosa, melódica y algo tristona  composición que, cómo no, me trae muy particulares recuerdos. 




3-  Moi...Lolita (Alizée, 2001) 


Canción que incluyo no por su especial interés, más bien por el poder evocador que la música, sea buena, mala o regular, tiene en nuestra mente. Ciertamente veo muy lejano ya ese 2001, pero casi puedo transportarme allí al escuchar este pegadizo tema radiado ampliamente ese año. Vale, está bien, reconozco que la he puesto porque quería ver otra vez  lo bien que bailaba la francesa de Córcega... 

"Lo...li...ta"




4 -  King George  (Dover, 2001)


Sí, Dover ya apareció en la entrada sobre los 90, pero en los primeros años de los 2000 aún estaban en pleno apogeo, antes de su desconcertante nuevo rumbo que no llega a la suela de los zapatos en comparación con lo superlativos que fueron en sus comienzos.   Esta King George  tal vez no llegue  al nivel de las del Devil came to me, pero se queda muy, muy cerca, pues es una enorme canción, toda una tormenta de rock que además me carga de nostalgia y que, al igual que su otro mítico disco, se ha convertido en un símbolo de los tiempos pasados. 




5 - Imitation of life  (R.E.M,  2001)


Repite Dover y repite esta gran banda estadounidense, quienes a comienzos de los 2000 aún tenían éxito en todo el mundo antes de disolverse definitivamente en 2011. Recuerdo sobre todo esta canción de rico sonido (me evoca a un río) cuyo simpático y extraño videoclip alcanzó cierta fama; tiene además la particularidad que sólo se rodaron 2o segundos, todo lo demás es la misma imagen rebobinada hacia atrás, hacia adelante, etc. Por cierto, la letra es mucho más oscura que el vídeo. Hablamos de R.E.M., señores.

 



6 -  P´ aquí p´ allá  (La Fuga, 2001)


 La Fuga fue otro gran grupo español de rock (sigue existiendo, pero con otro cantante), básico para mucha gente y característico de una época muy concreta de nuestras vidas.  Aunque muchas de sus canciones tienen el mismo tono y tienden a una excesiva melancolía y un cierto encasillamiento (temas sobre la calle, el alcohol, la noche, el lamento y el dar penita),  indudablemente marcaron con todo merecimiento y sólo escucharles me trae imágenes de noches con amigos y los primeros calimochos, poco dinero pero mucha felicidad. Todo por hacer.



7-  Baila (Sexy thing)   (Zucchero, 2001)


El italiano Adelmo Fornaciari (verdadero nombre del veterano Zucchero) tuvo bastante éxito en su país y fuera de él  (se hicieron varias versiones, de hecho), en estos primeros compases de los 2000, con esta peculiar canción en tres idiomas de innegable ritmo y corazón rockero; es poderosa toda ella, pero la última parte es increíble. 




8-  Años 80  (Los Piratas, 2001)


Y empezamos con la cuota indie. Estupenda e icónica canción de un grupo disuelto en 2004 y vuelto a la fama en nuestros días por motivos más trágicos. Años 80 es una de esas canciones que definen a una época muy concreta, pero desde luego no se quedó allí pues durante todos estos años no ha perdido popularidad, con toda justicia. Gran letra. 




9-  Played-A-Live  (Safri Duo, 2002)


Safri Duo es un grupo danés cuyo nombre viene dado por los apellidos de sus integrantes, Uffe Savery y Morten Friis. Mezclando el dance con la percusión, lograron bastante éxito en la primera mitad de los 2000, aunque en pocos años dejaron de estar de moda. Con todo, sus canciones eran muy pegadizas y obviamente tenían mucho ritmo. Yo estaba entre sus fans  (siempre me han gustado tambores y timbales, además),  pues de hecho me compré su disco y  sólo contemplarlo me trae recuerdos. Ésta era su canción más famosa, sin olvidarse de Samb-Adagio,  aunque en 2005 pegaron fuerte con All the people in the world. 




10 - Are you gonna be my girl   (Jet, 2003)


Los 2000 también han sido abundantes en grupos y artistas de vocación retro que, en pleno siglo XXI, han hecho música sirviéndose de la de las décadas doradas del XX. Es el caso de los australianos Jet (activos justamente entre 2001 y 2012) con esta pegadiza  y potente canción que imita el rock de los 60. Alcanzó aún más difusión por su aparición en cierto anuncio en la televisión. 
  



11-  Hey ya!  (Outkast, 2003) 


Gran año aquel 2003, aunque no a nivel académico.  Las primeras salidas nocturnas de verdad tuvieron lugar en ese otoño, y en los garitos (y en las teles, y en los ordenadores) sonó hasta la saciedad esta estupenda canción de Outkast, con un endiablado ritmo, tan poderosa como optimista. Alabada por la crítica, suele estar en las listas de las mejores canciones del siglo XXI. El descacharrante videoclip (su cantante, André 3000, interpreta 8 personajes)  es casi tan conocido como la canción. Ah, qué pipiolo era uno...

"Shake it, shake it!!"




12-  I believe in a thing called love  (The Darkness, 2003) 


Al igual que Jet, The Darkness mostró un estilo que bebía de épocas pasadas; en el caso de los ingleses, del glam-rock de los 70...no en vano su cantante es devoto confeso de Queen. I believe in a thing called love es una gran canción, una composición muy hard con todos los excesos, viejos y nuevos. Magníficos guitarreos en toda una declaración de amor al metal.




13-  Que no  (Deluxe, 2004)


Otra canción que me retrotrae inmediatamente al del momento de su publicación, y más allá, pues sonó mucho en los años sucesivos en pubs y demás sitios (y lo sigue haciendo). Personalmente considero a esta obrita maestra  del indie gallego  Xoel López (auténtico nombre de Deluxe)  como una de las grandes canciones del pop-rock español. 

"No intentes hacerme cambiar 
no me pidas ese favor
siento decirte que no, que no, que no..." 




14-  Dragostea Din Tei  (O-Zone, 2004) 


En 2004 sopló en Europa viento del Este. O-Zone fueron tres eufóricos  rumanos   moldavos con una pinta entre chunga y amanerada, que arrasaron en la primavera-verano de aquel año con esta Dragostea Din Tei  ("El amor bajo los tilos"), otra canción más de eurodance, ese género que tantos temazos y tantas horteradas ha dado al continente. Tan pegadiza como intrascendente, el indescriptible videoclip es muy de 2004  y  los O-Zone, tan felizmente patéticos que resultan entrañables,  no duraron ni dos telediarios, pero sirven para recordarnos lo que fuimos algún día (y esperamos no volver a ser). 




15-  Obsesión  (Aventura, 2004)


El verano de 2004 fue el de Dragostea Din Tei y el de Obsesión. La "invasión latina", tímidamente vislumbrada en los 90, explotaría en los 2000 con el reggaeton y la bachata a la cabeza. Ello y otros subgéneros y degéneros han cambiado de una manera increíble a la música española y han instaurado el perreo, entre otras cosas, pero también piezas nada feas, como esta  (de 2002, pero famosa en España 2 años más tarde) que sonó hasta la saciedad durante bastantes meses. Me recuerda a ese junio y lo recuerdo con cariño, y por eso aparece aquí. Pero puestos a elegir casquería, me quedo con Obsesión antes que sonidos que dañan el oído como el  Papichulo la Gasolina




16  -  Marta, Sebas, Guille y los demás  (Amaral, 2005)


No creo que sea el único que conoce más a la canción como "Son mis amigos". Amaral ha sido otro grupo importante en toda la década del 2000 y dentro del pop-rock comercial español, para mí es de los que más personalidad e interesantes matices  han demostrado. Sólo cabría achacarles cierta excesiva melancolía, pues  tienen 3 o 4 canciones que  particularmente me hunden en la miseria. Es el caso de ésta, cuya letra y conocido estribillo hablan por sí solos:

"Son mis amigos, en la calle pasábamos las horas...
son mis amigos, por encima de todas las cosas".




17-   Fascinado  (Sidonie, 2005)


No le hagáis mucho caso al extrañísimo videoclip, pues la canción es otro himno indie tan habitual en estos años, esta vez por parte de los catalanes Sidonie, tan psicodélicos ellos.  Personalmente me trae muy buenos recuerdos y evocaciones muy particulares, pues comenzó a sonar en 2005-2006,  mi primer año de carrera (¡hace ya justo diez años!)  con todo lo que eso conlleva. Y la letra...difícilmente puede definir mejor el ambiente al final de una noche de juerga  y las sensaciones a las tantas de la madrugada (o al amanecer)...

"Es la última canción 
van a dar la luz
fin del hechizo. 
Salgo afuera y bajo el sol
hay cadáveres exquisitos y sé
que todos quieren llegar al Edén"... 




18-   Summer love  (David Tavaré, 2006) 


 Otra canción del verano, en este caso el del año 2006.  Summer love es una de tantas inofensivas piezas pseudo-románticas destinadas a arrasar en las pistas de baile, y a fe que lo hizo durante todo ese año y algo más allá. Medio inglés medio español (de Mallorca), Tavaré y su pinta de pijo mojabragas me traen muy buenos recuerdos, y me transportan inmediatamente a esos meses lozanos del 2006. Sí, no es una obra de arte, pero prefiero esto a lo que vino después, con la explosión del electrolatino. 




19-   When you were young (The Killers,  2006)


No todo van a ser sonatas de juergueteo. Aquí tenemos el rock gringo de The Killers, con esta gran canción, potente y evocadora. En 2008 sonaron bastante con Human o Spaceman, pero siempre me ha gustado más esta When you were young, cuyo videoclip se caracteriza por su ambiente mexicano y su melancolía, pareja a la de la letra.

 "He doesn't look a thing like Jesus
But he talks like a gentlemen
Like you imagined when you were young"






20-  Atrévete-te-te  (Calle 13, 2006)

 

Sí, es reggaeton, pero es difícil no reírse con algunas de las frases y expresiones que dice René; reconozco que aún me sé gran parte de la letra. Composición machista para unos y unas, feminista para otros y otras, una simple canción alegre que incita al perreo para una mayoría, sin duda los puertorriqueños estaban inspirados cuando la lanzaron. Además , pese a estrofas como la de abajo, no es tan ligera, pues ya deja entrever algunas de las características que darían luego a Calle 13 un tono más social y comprometido.

 "Cambia esa cara de seria,  esa cara de intelectual
  de enciclopedia que te voy a inyectar con la bacteria
  pa´ que des vueltas como machina de feria"






21 -  Oigo música   (M-Clan, 2006)


M-Clan ha sido otra banda española importante en estos primeros años del siglo XXI, pues aunque se formaron en 1993, no empezaron a ser conocidos por el público hasta el año 2000, con Llamando a tierra, Carolina y demás. Pero, sin saber exactamente por qué, le tengo más cariño a esta posterior Oigo música, con esos aires de rock americano y de road music, y ese leve aroma a brindar por el pasado. Tal vez me guste más por eso...



22-  Rehab  (Amy Winehouse, 2006)


Otro icono musical del siglo XXI, en particular de la segunda mitad de los 2000 (quién no recuerda su peinado, tan reproducido)  la autodestructiva Amy Winehouse se recreó con sinceridad ,  ironía y cierta crudeza en su adicción al alcohol y las drogas en este pegadizo tema de soul, su canción más conocida junto con Back to black. Sin duda una de las mejores voces de las últimas décadas, la inglesa murió en 2011, con sólo 27 años. Descanse con la paz que apenas tuvo en vida.



23-  Baby when the light   (David Guetta feat. Cozi, 2007)

 

Antes de que  se dedicase a vivir de las rentas y a destrozar canciones míticas (como el Bang Bang de Nancy Sinatra), David Guetta todavía realizaba temas bastante frescos, aunque ya fuera un DJ millonario y mundialmente famoso. Pero hubo ahí unos 2 o 3  años de temazos guettianos que son emblema de las fiestas de la época (Love is gone, Love don´t let me go, The world is mine...). Y por supuesto, esta Baby when the light, que me encantó en su momento y lo sigue haciendo, tal vez porque es muy de 2007.



 24-  Destination Calabria  (Alex Gaudino,  2007)


También conocida como "la canción de las trompetas", aunque realmente se escuche un saxofón, es una de esas canciones con la facultad de hacerme sentir como cuando la sacaron, en este caso, el invierno de 2007-2008. Es más, siempre que la escucho vuelve a invadirme la euforia, las ganas de dispersión y la despreocupación.  Toda una sinfonía pegadiza del DJ italiano Alex Gaudino, cuyo vídeo es una obra de orfebrería donde destaca la profesionalidad de las muchachas...¡ejem!

 



25-  Alta fidelidad  (Lori Meyers, 2008)


En el fondo debo tener un corazón indie, pues ya van unas cuantas en este ranking. Gran canción la de los granadinos, la cual, para variar, me trae de golpe imágenes y sensaciones estudiante-festivas. Qué cerca y qué lejos queda 2008...




Item más -  Bad Romance  (Lady Gaga,  2009)


La década agonizaba cuando esta artista medio loca (o loca por completo, que es lo mismo que decir perfectamente cuerda), que unas veces me gusta y otras veces me da asco, sacó esta pieza que arrasó en el año siguiente, 2010, acompañada de un videoclip tan espectacular como desconcertante y costoso.  No sé si es por mi vena disco-hortera, pero  sigue siendo un auténtico temazo, muy potente, vibrante  y además creo que es la canción por la cual  Lady Gaga será recordada dentro de mucho tiempo, pues de momento parece que su estrella ha decaído (aunque con esta gente nunca se sabe, si no, que se lo digan a Madonna). 


 

Podría decirse que en estos primeros años del siglo XXI poco más he hecho aparte de salir de juerga, que básicamente he presentado una lista hecha a golpe de recuerdos y que parte de mí sigue en más de un momento de la década anterior  pero...¡vaya!  parece que la música entre 2000 y 2009 no ha estado tan mal a pesar de todo. ¿Estaba muy equivocado, me he vuelto indulgente o simplemente me he dejado llevar por la nostalgia? Tal vez sea un poco de todo, como también es verdad que todo toma otro cariz al contemplarlo desde una distancia que sabes que no podrás tocar de nuevo...

1.9.15

Pan y toros

                                  

                                    Uno de los grabados de la  Tauromaquia,  de  Francisco de Goya (1816).


Hoy tocaremos un tema, como tantos otros, espinoso y con hondas raíces históricas, populares y costumbristas. Además, sigue de rabiosa actualidad, como quedó demostrado hace poco con la escalofriantes cogidas de Rivera y Jiménez Fortes, los inaceptables comentarios de ciertos ciudadanos deseando la muerte de aquellos  y las tensiones derivadas de las acciones de los llamados animalistas en diversos puntos de España. Hablemos del toreo, o, como pomposamente se refieren sus irreductibles defensores, la Fiesta Nacional (con mayúscula, sí), o simplemente la Fiesta.

La lidia de toros, pese a su aparente carácter genuinamente ibérico y particularmente hispánico, no es exclusiva de España y Portugal (también está presente en el sur de Francia y en algunos países hispanoamericanos)  y hay quien quiere buscar su origen en ciertos rituales  practicados por los antiguos griegos, y en la influencia de las luchas con animales que tanto gustaban a los romanos.  Con todo, no es hasta la Edad Media y especialmente bien avanzada la Moderna cuando la tauromaquia adquiere unas características y peculiaridades más o menos similares a las de la actual. A finales del siglo XVIII destacó Pedro Romero (1754-1839), miembro de una dinastía taurina y considerado uno de los primeros grandes matadores de toros, y junto con Pepe-Hillo, muerto corneado en 1801, como dos de los diestros que instauraron el toreo moderno, pues la lidia pasó a ser practicada por plebeyos en vez de nobles; ambos fueron retratados en varias ocasiones por Goya. Desde entonces, pese a los intentos de algunos reyes borbónicos (Felipe V, Carlos III, Carlos IV) y  de ciertos intelectuales como Jovellanos o los de la Generación del 98 de acabar con las costumbres taurinas, se han seguido manteniendo frente a viento, marea, presiones interiores y exteriores, politiqueos  y decaimiento de la afición. 

Personalmente no me gustan los toros como fiesta; puedo decir que los he visto en directo al menos una vez, pues asistí a una corrida en Almería. Pero no me atraen. Más allá de la música, pues paradójicamente me encantan los pasodobles,  considero que disfrutar con el sufrimiento de un animal  es cuanto menos discutible. No sé si soy animalista, y seguramente sí sea un sensiblero marcado por Walt Disney y Félix Rodríguez de la Fuente (qué le voy a hacer), pero contemplar la agonía de un mamífero con un método no precisamente rápido y limpio no me parece plato de buen gusto. 

Examinemos ahora los habituales argumentos y las recurrentes excusas que los taurinos de pro suelen dar para defender su afición y la pervivencia de las corridas:

- Los toros son una tradición y como tal deben seguir existiendo. También era una tradición popular tirar a cabras desde el campanario o arrancar cabezas a gallos y patos vivos  (creo que se sigue haciendo, si bien con el ave ya muerta, aunque se siguen haciendo salvajadas) . También lo es el Toro de la Vega de Tordesillas, y poca gente fuera de dicho pueblo lo reivindica. También, ya puestos a desbarrar, fueron una tradición las ejecuciones públicas y ya no vamos a las plazas de la ciudad a ver cómo le dan garrote vil o ahorcan al delincuente de turno. 

- El toro no sufre.  Estamos de acuerdo en que es un magnífico y soberbio animal, muy fuerte,  vigoroso y resistente. Por supuesto no es tan frágil como un pequeño lechón, y es más incontrolable que una oveja.  Pero de ahí a convertir al bravo rumiante en una masa de carne insensible media un trecho. El desgarre de las banderillas (cuando se las clavan y brinca no debe ser porque le gusta, además),   el destrozo muscular a causa de la puya del picador (que asusta sólo de verla) o el estoque metido hasta las entrañas (el objetivo supremo es acertar en el corazón del toro)  no deben ser  nada agradables  para el  bóvido, se intuye (e intuye todo aquel con un mínimo de sensibilidad...¡carajo, es un mamífero, no estamos hablando de un dragón con las escamas de acero!). Y si aún así no se intuye, basta ver al toro con los lomos y los hocicos ensangrentados, gimiendo no precisamente de alegría,  respirando agonía y resistiéndose a morir entre espasmos, cuando el descabello falla y el punzón perfora varias veces  su nuca, toda una artística escena. 

- Si no te gusta, no vayas/no lo veas.  Ah, bonita excusa. Grandísimo argumento.  Como si el hecho de no asistir hiciera invisible el acto en nuestra conciencia, o como si al no ir no se torturase al toro.   Es como decir "vamos a violar a esta cabra, así que si no te gusta, mejor no vayas". Y quien dice cabra dice mujer, o muchacho. Pasémonos de frenada, venga.  

- Sin las corridas el toro bravo se extinguiría, y la dehesa, su medio natural, desaparecería.  Una de las más clásicas excusas. Pero no hace falta ser un experto en ecología para aventurar que el dinero destinado a los festejos taurinos podría emplearse en habilitar dichas tierras como una especie de parques naturales donde las reses vivieran a su aire como especies protegidas.  Aún queda campo y monte disponible en España que salvar de la especulación urbanística, además. 

- Al menos al toro se le da una oportunidad de luchar por su vida, al contrario que a los terneros, a los cerdos, etc. En esto sí hay algo de razón. De acuerdo. Pero un "de acuerdo" endeble.  Porque un solo animal en una plaza rodeado de ruidos extraños y hostiles y dañado de forma consecutiva (con el objetivo de ir limando su fuerza  para que el torero le domine, pues es ésa y no otra la finalidad de los picadores y los banderilleros) para acabar chorreando sangre y, exhausto y mareado, se enfrente al estoque y al descabello en última instancia,  no parece un combate demasiado igualitario, desde mi modesta opinión, y eso que no he tocado el siempre oscuro asunto del tratamiento al toro previo a la corrida.  Por más, debe reconocerse,  que sean frecuentes las cogidas de toreros, se hayan dado unas cuantas contundentes mutilaciones  e incluso muertes de diestros en la arena, la última en 1987.  

- Hay que considerar que el toro se pega una buena vida antes de morir. Ésta es para mear y no echar gota. Claro, como vive a cuerpo de rey en la dehesa unos años antes de ser toreado, démosle unos puyazos  y clavémosle la espada para resarcirnos de la envidia, maldito cornudo cabrón. Y olé. 

- Hay mucho dinero y muchos puestos de trabajo de por medio. Ciertamente sí, debe admitirse.  "Con un impacto económico superior a 3.500 millones al año, y unos 45 millones de recaudación en IVA solo por la venta de entradas, más que el cine español", como dice con retintín el periódico ABC. Pero me gustaría saber por dónde se va el dinero derivado de los toros, al igual que desaparecían misteriosamente el oro y la plata de las Indias. Además, no es un negocio tan pingüe pues necesita de las subvenciones estatales y de la Unión Europea, en torno a varios cientos de millones de euros.   Sin duda familias enteras viven de la tauromaquia y alrededor de esas familias gravitan muchas personas. Pero España, tan avanzada en algunos aspectos, sin duda es capaz de seguir dando de comer a los ganaderos, a los empresarios de las plazas y a sus subordinados, en un hipotético fin de los toros como tales.   

- No quieres que se mate a un animal, y sin embargo comes carne. Sí, se me puede acusar de hipócrita pues me gusta comer de todo y adoro la carne, aunque soy de los que le dan pena hasta los peces y moluscos que podemos ver moribundos en los mercados, y eso que tengo más afinidad sentimental con mamíferos y pájaros. Pero así es la cadena de la vida, y entre otras cosas, todos moriremos algún día.  No obstante,  convendremos en que no es lo mismo ejecutar de una manera humanitaria  y lo menos dolorosa posible (nuestras leyes obligan a ello, creo recordar) que después de haberlo finiquitado en un charco de sangre tras haber hundido la puntilla  en su cerebro para que deje de moverse (el llamado descabello, que consiste en seccionarle la médula,  el último y sádico remedio si falla la estocada final).  

- No quieres que torturen y maten al toro, y te da igual cómo se trata a otros animales. Otro argumento en el que el sabiondo taurófilo da por sentado que uno, por hablar mal de los toros, obvie la situación de la mayoría de los animales, nos los comamos o no. Desde luego, me parece una crueldad la matanza del cerdo al modo tradicional. Ciertamente me parece una desgracia el panorama de muchas granjas y centros de producción (pese a que la legislación ha ido evolucionando para bien) y particularmente nunca me han gustado ni la caza, ni la pesca, ni los circos y espectáculos con animales por el maltrato encubierto. Ni los zoológicos. Tampoco defiendo las masacres de focas y de ballenas o la elaboración de costosos abrigos de piel.  Como también me parece una infamia el maltrato y/o abandono de perros y otros animales de compañía, o la vergonzosa violencia contra los asnos, de la cual en España tenemos habituales y sádicas noticias; por cierto, en Santorini no quise subirme a los típicos burritos empleados como ascensor hacia el pueblo, pues me daban lástima. Yo soy así.  

- No quieres que se mate a un animal, y sin embargo te dan igual las cifras de abortos. Otra excusa demencial, según la cual, si te declaras contrario a la fiesta de los toros, automáticamente eres un ateo abortista.  ¿Qué tendrá que ver una cosa con la otra? Cuando hablemos de abortos de embarazadas, hablaremos de abortos de embarazadas, que es otro tema espinoso y de debate difícil.  Pero estamos haciéndolo de corridas de toros y de maltrato animal, menos salirse por la tangente y recurrir a los no nacidos y a las decisiones personales.  

- Los toreros, al igual que los aficionados, son los que más quieren al toro bravo y disfrutan cuando participan en el indulto a a uno. Permítaseme discrepar con esa primera frase. Yo adoro a mis perras (y a todos los perros) y ni por asomo se me ocurre atosigarles con cuchillos y hacerles sangre. Supongo que querrán al toro en el sentido de que son la base de su prestigio y su fortuna; más allá no puedo ver nada, a no ser que lo amen tanto como para querer matarlos ("lo maté porque es mío",  parafraseando a los maltratadores) . Respecto a lo del indulto, no puedo entrar en lo que piensa un torero cuando perdona la vida a uno, pero puedo entender que ese sentimiento debe ser de sincera admiración hacia un animal especialmente bravo que se resiste a entregarse a pesar de las heridas.   Con todo, los indultos no son nada abundantes. De hecho, las estadísticas muestran que cuanto más categoría tiene la plaza, menos toros se salvan. En Las Ventas de Madrid, verdadera catedral de la tauromaquia, donde sólo en la Feria de San Isidro se lidian 200 toros, el último amnistiado  fue en el lejano 1982.  Por poner un ejemplo más corriente,  en la plaza del Puerto de Santa María (Cádiz),  de segunda categoría, se han indultado a 9 toros en los últimos 30 años. 

- Son contrarios a los toros separatistas, y antiespañoles en general. Ciertamente entre los independentistas periféricos suele abundar la corriente antitaurina, pero no es una tendencia mayoritaria al 100%.  Tal vez uno de los casos más peculiares de España sea el de Azpeitia, a 40 km de San Sebastián, feudo abertzale y con alcaldía en manos de Bildu desde 2011, quienes no han impedido que se continúe con la gran tradición taurina de la localidad, de las mayores del País Vasco.  Además, como veremos más abajo, hay una notable hipocresía y doble vara de medir en este asunto. Por otra parte, yo, nada favorable a los toros, estoy en las antípodas del antiespañolismo y, es más, soy tan unitario y centralista que suprimiría las autonomías. Pero ese es un jardín para otro día.  

- Los toros forman parte indisoluble de la tradición cultural española, y de hecho son cultura, son arte.   Baste recordar a Goya, Benlliure, Lorca, Miguel Hernández, Bergamín, Dalí,   Alberti,  Picasso, Cela o Vargas Llosa,  entre otros,  y a foráneos como Hemingway y Orson Welles. Uno de mis argumentos favoritos, por machacón (es imposible que un plumilla partidario de los toros no recurra a él)  y pedante. Claro, como fueron taurinos importantes literatos y artistas nacionales e internacionales, e incluso en  algunas de sus obras la tauromaquia estuvo presente, ello concede un plus de prestigio, por "intelectual", a la lidia. Simplificando, como a  Federico García Lorca le encantaban, ergo los toros son cultura. Sin embargo sucede que, estos taurinos que pretenden que el toreo sea considerado Patrimonio de la Humanidad y que  van de culturetas  prefieren no saber, u omitir directamente, que intelectuales contrarios a la tauromaquia ha habido y de importante calado, tanto españoles como extranjeros. Pero centrémonos en los nacionales, quienes acuñaron la expresión "pan y toros" a imitación de la latina "panem et circenses" para aborrecer de las costumbres taurómacas y de su uso por los gobernantes para entretener al populacho, relacionado esto con el atraso de su país. 
Para empezar no está nada claro que el propio Goya  fuera taurino , cuyos magníficos y crudos grabados no son precisamente laudatorios . El citado e ilustrado Gaspar Melchor de Jovellanos fue uno de los primeros y más ardientes detractores, aunque antes ya se habían posicionado Lope de Vega o Tirso de Molina. Posteriormente tenemos al muy tradicionalista Jaime Balmes, a  Mariano José de Larra, al liberal y exiliado José María Blanco White, a  José Zorrilla o al regenerador  Joaquín Costa, y más adelante a nombres imprescindibles como Leopoldo Alas "Clarín", Santiago Ramón y Cajal, Miguel de Unamuno,  Jacinto Benavente, Pío Baroja,  Gregorio Marañón, Antonio Machado, "Azorín", Juan Ramón Jiménez...más recientemente, José Ferrater Mora, Francisco Umbral, Miguel Delibes, Eduard Punset, Rafael Sánchez Ferlosio, Manuel Vicent o Antonio Muñoz Molina. Vaya, todos estos ya no son tan intelectuales, entonces. Ramón y Cajal ha dejado ser esa gloria científica y todo un orgullo nacional.  Y, desde luego,  ¡eran antiespañoles  "Azorín", Unamuno y  Marañón!

- Los toros, de honda tradición,  forman parte de la historia de España, y no sólo al pueblo, le han gustado también a los reyes.  Cierto es. De hecho hace siglos eran los reyes los que "toreaban", como por ejemplo Felipe el Hermoso, que alanceó uno a su llegada a Castilla, o Carlos I, aficionado a rejonear toros desde un caballo. Y  los actuales defensores de la lidia, aunque no todos son monárquicos, suelen congratularse por los gustos taurinos de los reyes. No hay más que ver la implicación de Juan Carlos I, quien como sabemos para unos asuntos sí se moja y para otros no. 
Esto atrae especialmente a periódicos como ABC y La Razón, tan borbónicos ellos,  los cuales pasan, una vez más, de puntillas respecto a cuestiones tales como la existencia de reyes españoles que han querido acabar con el toreo, como también esquivan, pese a que habitualmente son más papistas que el Papa, que ha habido más de dos obispos de Roma contrarios a la lidia. Pero volviendo a los monarcas,  a la siempre augusta Isabel la Católica no le agradaban, aunque fueron más activos los ilustrados Borbones: Felipe V, despreciando la tauromaquia en varias ocasiones influido por su camarilla francesa; Fernando VI, más sensible, a quien tampoco le gustaban y estipuló que el dinero generado por las corridas se destinase a obras caritativas;  Carlos III, uno de los mejores reyes de nuestra historia, quien prohibió las corridas en 1772, aunque el pueblo no lo aceptó;  y Carlos IV, quien insistió en 1805. Sin embargo, la encomiable labor de los primeros Borbones  no supuso el triunfo redondo de sus medidas regeneradoras,  pues ya sabemos cómo acabó todo, con Fernando VII, quien además era taurino, cosa nada sorprendente. Ya  durante todo el siglo XIX diversos políticos insistieron en la conveniencia de suprimir el toreo, con áridos resultados vista la nula colaboración de los sucesivos reyes, no tan ilustrados como los del XVIII y mucho más castizos.

Vista la serie de argumentos, con unos mucho más peregrinos y endebles que otros, también hemos de ver la inmensa hipocresía y notable doble vara de medir que hay en este asunto, por parte del pueblo, taurófilo o no:

- Hipocresía y doble vara de medir, la de los taurinos, que trazan una enérgica línea para separar las corridas de toros de otros festejos populares como el citado Toro de la Vega, los encierros,  los correbous, los toros embolaos o ensogados, las infames corridas con vaquillas y novillos (animales mucho más jóvenes y endebles que los toros bravos, en cuyos cuerpos las banderillas parecen enormes),  etc. No sé con qué criterio una cosa sí es digna de admirar  y de mantener y la otra no. Ah, ya: Lorca y Hemingway marcan la diferencia.

- Hipocresía y doble vara de medir, la de los taurinos, quienes como ya se ha dicho encuadran a los contrarios a las corridas como separatistas y antiespañoles. Nunca es bueno generalizar y, ni todos los taurófilos son tradicionalistas de impoluta  chaqueta, misa y viva el rey, ni todos los antitaurinos son (somos)  extremistas de izquierdas próximos a la kale borroka. El conservadurismo mediático, que suele abuchear por temas políticos al PNV y a Bildu, calla discretamente y silencia su furor centralista cuando el primer partido mantiene la tradición taurina de Bilbao o restaura la de San Sebastián, o cuando el segundo, tan contemporizador con ETA, insiste con las corridas en Azpeitia. Pero si apoyan los toros, entonces los separatas filoetarras se vuelven respetables. Faltaría más.

- Hipocresía y doble vara de medir, la de la izquierda independentista, fundamentalmente la vasca,  la catalana, la gallega y últimamente la valenciana,  que hace suya la causa animalista renegando de las corridas de toros por fachas y cavernarias mientras sigue apoyando los mencionados correbous y embolats, o los Sanfermines; quien dice festejos con astados dice con otros animales.  Debe ser, en el caso pamplonica,  que la ikurriña y el ambiente abertzale  impregnan a los encierros de un aroma de prestigio, libertario,  por aquello del pueblo oprimido...o eso o que mientras corra el kalimotxo, nada más importa, como si los toros que corren por la calle Estafeta no fueran luego banderilleados y descabellados en la plaza.  El esperpento es mayor en otras autonomías,  como Cataluña, donde se prohibieron las corridas de toros en 2010 mientras se siguen protegiendo los correbous y luego está el caso de Canarias, sin lidia de astados desde los años 90, pero donde se siguen practicando las  tradicionales peleas de gallos, un  espectáculo "edificante",  como sabemos. 

- Hipocresía y doble vara de medir, la de cierta extrema izquierda política y mediática, que tilda de "asesinos" a los toreros, y sin embargo se muestra muy favorable al acercamiento, reinserción y rehabilitación de presos etarras, verdaderos ejecutores de personas.  Hay que ser pintor de brocha muy gorda para tener esa actitud, máxime si tenemos en cuenta que muchos de esos políticos han callado (o han estado directamente condescendientes) durante la época de mayor actividad criminal de la banda.

- Hipocresía y doble vara de medir, la que durante décadas han ejercido ingleses y franceses (por decir dos países tradicionalmente próximos a España)  respecto a los toros, tildando a los españoles de bárbaros e insensibles, mientras los primeros ejercieron la caza del zorro 300 años, y los segundos, aparte de mantener las corridas en el sur de su territorio,  han hecho (y siguen haciendo)  verdaderas masacres con gansos y patos para la elaboración del foie.  No por nada la sobrealimentación forzada de estas aves está prohibida en un buen número de países y sólo se permite ya en la honorable Francia y en el variopinto grupo formado por Bélgica, Hungría, Bulgaria y...España. Respecto a Inglaterra y el zorro, en 2005 por fin se prohibió su caza con perros, así como la del reno y la de la liebre, en medio de fuertes polémicas pues su práctica estaba muy arraigada dentro de la alta sociedad (¿a alguien le suena?). Los ingleses han sido históricamente los que más se han horrorizado con la tauromaquia española, especialmente por el trato dispensado a los caballos, y ciertamente pese a lo del zorro nos llevan ventaja pues ya en 1835  habían puesto fin a los combates entre toros y perros, a la lucha de osos (normalmente con las uñas limadas)  contra  perros, y a las peleas de perros propiamente dichas (si bien éstas últimas, más fáciles de disimular, entraron en la clandestinidad) mientras en España la tauromaquia estaba en pleno apogeo (si la Inquisición pervivió hasta 1834, ¿no iban a existir las corridas de toros?). 


Conclusión: puede afirmarse sin miedo que en general el español es un pueblo hipócrita y que ha sido y es  un pueblo cruel con los animales. No hay más que darse una vuelta por los pueblos de la geografía nacional para empaparse de las entrañables  tradiciones que aún perduran, o para, y esto es extendible a las ciudades, percatarse de los casos de maltrato; además España tiene el dudoso honor de ser uno de los líderes europeos en abandono animal.  
Por tanto,  decíamos que el español es cruel. Antes y ahora, aunque hayamos cambiado al menos algo para bien, pues todavía en 1898  se realizaban espectáculos de muy discutible gusto,  como este "combate" entre un toro y un pequeño elefante. Respecto a  los caballos de los picadores, tan cruciales en las corridas, estuvieron totalmente desprotegidos hasta 1928, cuando comenzaron a salir con esos petos almohadillados en medio de fuertes protestas del público, pues durante un tiempo no aceptó que no se destripase al hermoso animal; recordemos que era habitual que unos 10 caballos muriesen desangrados en una sola corrida. Bárbara España.

Así, recalco que  como historiador y respetuoso por el pasado soy amante de las tradiciones, siempre que éstas no incluyan sangre y/o muerte porque sí, por placer, por espectáculo, por arte, por devoción. Ni me gustan las corridas de toros, ni los encierros, ni los embolaos, ni el Toro de la Vega, ni los espectáculos con animales, pero tampoco las procesiones de Semana Santa que incluyen dolor y heridas, como aquellas de la comarca cacereña de la Vera, por poner un ejemplo muy conocido, ni esos padres poniendo en peligro la integridad física de sus hijos para que toquen a la Virgen. 

Me gustan las tradiciones y soy un amante de lo español y de la cultura española, pero no estoy particularmente orgulloso de la tradición taurina de mi país. No es algo de lo que personalmente pueda sacar pecho, ni lo incluyo como parte indisoluble  e irrenunciable del ser español. Tampoco considero que podamos mirar a otros países y a otras culturas a los ojos y hablar de progreso y modernidad frente al barbarismo de, por ejemplo, ciertos pueblos asiáticos o africanos. 

Volvamos al ABC.  Uno de los grandes periódicos españoles y de los más antiguos, que me gusta por la calidad literaria de algunos de sus colaboradores, más allá de su particular línea editorial; pero suelo decir que ciertos periodistas de este periódico parecen seguir anclados en, por ejemplo,  1910, dicho sin faltar al respeto, pero lo cierto es que  siguen siendo fervorosos católicos,  monárquicos irredentos  y amantes  apasionados de los toros y de la caza. Es una opción legítima y respetable, por supuesto, pero no estaría de más, por ejemplo,  una mayor separación entre Iglesia y Estado en nuestros laicos tiempos,  y una mayor sensibilidad y toma de conciencia respecto de la realidad, pues recuerdan a los tradicionalistas recalcitrantes de la primera mitad del siglo XIX. Con todo, esta defensa a ultranza de la tauromaquia no es exclusiva de los medios de comunicación conservadores y es habitual que las noticias de la lidia tengan su sitio en las páginas o en la sección de cultura de un diario progresista.

Para culminar, no me gustan los toros, repito,  pero tampoco soy nadie, somos nadie, para imponer nuestro criterio y suprimir las corridas por narices, pues lo cierto es que aunque menos que antaño, siguen teniendo público (y aunque se considere a los asistentes como de "cierta edad", no es difícil ver gente joven en las plazas) y acabar con la tauromaquia de un plumazo, pese a que no nos guste,  tiene cierto tufillo autoritario, de la manera que se hizo en Cataluña o se ha hecho recientemente en La Coruña, pues por desgracia es una actividad legal. Para estos casos existen las consultas populares y los referéndums. 
Ahora bien, si no se suprimieran, pero... ¿por qué no cambiar ciertos aspectos para adaptar la tauromaquia a nuestra época? En Portugal no se mata al animal desde 1836 y los conflictos políticos no se han producido en el país vecino por este asunto.  Los taurinos suelen decir que sin banderillas y puyazos, sin sangre en suma, la lidia pierde su sentido, pero, ¿por qué no un toreo sin hacerle daño al mamífero? ¿Por qué no un heroico torero enfrentado a un toro sólo con su capote, por qué no un toreo más acorde a nuestros tiempos? Debemos añadir que antes  (basta ver la Tauromaquia de Goya) la lidia de toros era bastante más bárbara y sádica, tanto para las reses, como para los indefensos caballos  y los mismos hombres, e incluso para los perros, los cuales también peleaban en la arena.  El toreo, por así decirlo, evolucionó, por suerte, aunque quizá lo más correcto sería decir que se reglamentó.

Muchos simplifican al máximo el toreo y lo describen como un morboso espectáculo de sangre, agonía y muerte, sin más, y no les falta del todo razón.  Pero sin duda hay algo más allá, pues hay mucho de ritual antiguo de iniciación,  de hombre frente a la "bestia", de acto de virilidad, aunque tampoco nos pasemos de antropólogos como hacen ciertos intelectuales partidarios de las corridas quienes vinculan el toreo con los juegos cretenses y etcétera.  Con todo, no se puede negar el gran valor que demuestran estos hombres al ponerse delante de un recio astado, en ese acto que, por otra parte, nos retrotrae a tiempos ni mejores ni peores, pero sin duda más primarios, con la añadidura de ese poso de chulería y altivez que todo torero tiene y muestra, y que muchos hombres y mujeres admiran, envidian y desean.

También hay cuestiones más positivas:  no puede negarse que el vocabulario taurino ha calado en la voz española de una potente manera; hasta los más antitoreo se sorprenderán viéndose emplear con frecuencia ciertas expresiones, ya sea hablando o escribiendo.  Eso, al igual que los emocionantes pasodobles, aunque no fueran taurinos en su origen,  sí enriquecen , y desde mi punto de vista sí son aportaciones positivas de la tauromaquia a la cultura española.

Pues, desde luego, no hay arte en el toreo, sólo un recuerdo de esas antiguas ceremonias de tiempos primitivos, que en su momento tuvieron su significado y trascendencia, pero hoy rechinan por anacrónicas en una época, la nuestra, donde cada vez menos gente quiere ver cómo se maltrata a un animal y en la cual los únicos viejos rituales que perviven, exceptuando la liturgia cristiana, son las hogueras de San Juan y poco más. 
No, por mucho barniz intelectual que quieran darle sus partidarios, no hay arte en el toreo, a no ser que se considere arte el contemplar cómo un chulo se empalma mientras capotea y estoquea hasta matar a un rumiante al ritmo de la música y los aplausos del respetable público.

Y finalizo. No soy ningún relativista que menosprecie a las tradiciones y costumbres de mi pueblo y su herencia cultural, es más, estos teóricos tan despegados y ciudadanos del mundo  me producen urticaria, pero en particular el debate de la tauromaquia es necesario en esta España nuestra de 2015 que lleva desde el siglo XVIII en permanente conflicto entre tradición y modernidad, entre atraso y evolución, entre inmovilidad  y  avance con la Monarquía y la Iglesia en medio, mientras el pueblo aplaude y vitorea en la plaza. 

7.7.15

La increíble odisea de Francisco de Cuéllar en Irlanda


          Costa norte de Irlanda.


 A finales de septiembre del año de Nuestro Señor de 1589 desembarcaba en Dunquerque un capitán español con una camisa por toda vestimenta y posesión. Medio cojo y maltrecho, se llamaba Francisco de Cuéllar y estaba vivo de puro milagro, después de haber superado toda clase de avatares tras el naufragio de la "Grande y Felicissima Armada" (la Armada Invencible) en las costas de Irlanda, siendo perseguido y apaleado como una alimaña por los ingleses en el norte de la verde isla.

Casi acaba sus días allí, pero estaba vivo y coleando y pardiez que iba a contar su historia, escribiendo un memorial a su rey,  Felipe II. La misiva ("Carta de uno que fue en la Armada de Ingalaterra y cuenta la jornada")  fechada en Amberes el 4 de octubre de 1589, no sólo es un extraordinario relato de primerísima mano acerca del heroísmo, la lucha por la vida, las  desgracias, las creencias religiosas  y la crueldad;  también es una valiosa fuente sobre las peculiaridades de Irlanda a finales del siglo XVI, e incluso sobre las relaciones entre seres humanos, que poco o nada han cambiado desde el amanecer del hombre. 

Mucho se ha escrito y debatido sobre cuál fue la mayor causa del desastre -que no derrota- de la Gran Armada que el tonante Felipe II enviara a Flandes para embarcar a los tercios con el objetivo último de invadir la hereje isla y derrocar a la reina Isabel: el tamaño de los navíos, los errores del comandante en jefe, el duque de Medina Sidonia,  la falta de pericia de los mandos castellanos (la misteriosa muerte del mítico Álvaro de Bazán unos meses antes supuso un duro golpe), la destreza (y la potra)  de los ingleses o, una de las más convincentes, la desigual calidad de los 120 barcos españoles junto al temporal que dispersó  a dichos galeones, urcas, naos y carabelas. Por mucho que se lamentara amargamente el rey ("yo envíe a mis naves a luchar contra los hombres, no contra  los elementos") bien es cierto que la responsabilidad de mandar la arriesgada expedición en verano fue en gran parte suya, aunque en su honor debe decirse, como afirma Geoffrey Parker, que demostró estoicismo y  no buscó chivos expiatorios. 

Teorías y confabulaciones aparte (cómo hubiera cambiado la historia de Europa de haber triunfado la empresa y etcétera, aunque poco se habla del vergonzoso gatillazo inglés de la Contraarmada en La Coruña y Lisboa al año siguiente, o de las nulas consecuencias para la Monarquía Hispánica de la "derrota" de 1588), lo cierto es que el fracaso de la Armada dejó a los miles de hombres embarcados abandonados a su suerte, en otra historia española tantas veces repetida. Además, bloqueados en el Canal de la Mancha por los ingleses, Medina Sidonia tomó la decisión de volver a la Península bordeando Escocia e Irlanda, con el plus de peligrosidad que ello suponía, primero por el largo viaje y segundo por la probabilidad de tormentas, con el añadido del tremendo frío del Atlántico Norte. Un tercio  de los navíos españoles  se perdieron o se hundieron en las procelosas aguas del océano y más de 15.000 hombres dejaron este mundo, ya fuera por el clima, las enfermedades, el hambre o la mar. Una reducida cifra de soldados sobrevivió a los naufragios frente a las costas de Irlanda. Entre ellos se encontraba Francisco de Cuéllar, capitán del San Pedro, de 24 cañones.



Poco se sabe de su origen y de su vida. Por los datos que se pueden leer en diversos documentos, habría nacido entre 1560 y 1564 en algún lugar de Castilla,  posiblemente en el triángulo entre Segovia, León y Extremadura,  a juzgar de ciertas expresiones  escritas suyas. En 1581 tiene su debut bélico en Portugal, y luego lo tenemos batiéndose el cobre en importantes batallas como la de la Isla Terceira (la Tercera) en 1583,  y en varios viajes a las Indias, llegando hasta Brasil y al remoto cabo de Hornos. En 1588 ya era pues, pese a su relativa juventud, un soldado no precisamente novato, tan abundante en estos tiempos fascinantes y violentos; también eran frecuentes los militares bravos, levantiscos, de lengua fácil y pendencieros,  y de Cuéllar no fue una excepción, pues de hecho estuvo a punto de ser ahorcado en el transcurso  de las operaciones de la Gran Armada, por, al parecer, desobedecer órdenes en medio de los combates en Calais, en una acusación contradictoria. La posterior desbandandada de los barcos y la intervención de un auditor le salvaron del patíbulo.

Como milagrosamente salvaría de nuevo la vida en el Atlántico. Un espantoso temporal, con "la mar por cielo" quebró su navíoterminó de hundirlo y lo encaminó a la vorágine marina en una turba de agua salada y  madera.  De pura intervención divina pudo pensar que salvó la vida, pues de Cuéllar, como la mayoría de embarcados, no sabía nadar, pero se agarró a un pedazo del galeón y alcanzó la orilla.  Nuestro capitán se encontraba maltrecho, ensangrentado  y ahíto de agua, pero vivo, besando la arena irlandesa. Apenas pudo reponerse, pues ingleses e irlandeses (a éstos se refiere de Cuéllar como "salvajes", tal vez porque le recordaban a los indígenas del Cono Sur) estaban al quite de los naufragados y se echan encima, a rematar a los heridos que conseguían salir del mar y a robarles los ropajes y  las alhajas. Al parecer, tan lleno de sangre y desnudo estaba Francisco, que lo tomaron por muerto, y por suerte para él, de nuevo, no le tocaron. 

Vomitado por la mar, el desdichado capitán había vuelto a la vida, pero comenzaban sus penalidades. Duro fue el panorama de ver a cientos y cientos de cadáveres de compatriotas tirados en la playa, en cueros y bañados por un agua rojiza.  Como duro era  sentir el intenso frío, en el cuerpo y en el corazón,  tanto por las bajas temperaturas como por  saberse abandonado en tierra hostil. Irlanda era por entonces una isla aún más bella que en la actualidad, pero también más inhóspita, pobre y rudimentaria, con la cruel añadidura de un ejército de ocupación: el inglés. 

Con los huesos entumecidos y el cuerpo hecho un escombro, de Cuéllar vio que anochecía y se cobijó en un cañaveral, cuando se le acercó otro castellano, también medio desnudo, incapaz de hablar por la impresión y las heridas. El temporal fue amainando, pero no así el dolor y el hambre de los dos infelices. En esto se acercaron un par de irlandeses armados, quienes,  en un detalle de humanidad "se dolieron de vernos, y sin hablarnos palabra cortaron muchos juncos y heno, nos cubrieron muy bien y luego se fueron á la marina á descorchar y romper arcas, y lo que hallaban, á lo cual acudieron más de 2.000 salvajes y ingleses que había en algunos presidios por allí cerca" . Poderoso caballero es Don Dinero y poderosa es la codicia del hombre, en general, pues si los ingleses se mostraron avariciosos e implacables con los naufragados enemigos españoles, los procederes de la guerra en gran parte de la historia del mundo indican que si en las costas de España hubieran encallado navíos anglosajones  los lugareños no les hubieran recibido precisamente con un azumbre de vino y una pierna de cordero.

Cuidadosamente ocultos, de Cuéllar y su compañero pasan media noche más mal que bien, cuando despierta al capitán un estruendo de ingleses a caballo terminando de destrozar los galeones. Francisco repara en que su pobre paisano ha muerto y decide abandonar la bahía, no sin pesadumbre al contemplar por última vez los cientos de cuerpos insepultos siendo pasto de lobos y cuervos. Nuestro sobreviviente corre tierra adentro en busca de algún monasterio, pues en tales circunstancias lo mejor era acogerse a sagrado. Cuando topa con una iglesia, la encuentra dañada y quemada, viendo  dentro de ella con horror a 12 españoles ahorcados, por los ingleses, presumiblemente, pues en su calidad de invasores y protestantes no distinguían entre irlandeses y castellanos, ambos católicos. Además, como pudo ver el capitán y así lo atestigua, los herejes fueron derribando las iglesias de los isleños,  convirtiéndolas en "abrevaderos de vacas y puercos". Sin rumbo, se refugia en un bosque donde se encuentra con una vieja pastora  (el capitán se refiere siempre a los irlandeses como "salvajes", aunque más bien el salvaje parecería él, a juzgar por las precarias vestimentas que llevaba) que le reconoce, diciéndole "tú España" (sic), y entendiéndose entre palabras sueltas y gestos, la anciana le conmina a huir de allí pues los ingleses andan cerca, ocupados en degollar españoles. 

De Cuéllar decide volverse a la costa, en cuyas rocas se habían estrellado los galeones, en busca de algún compatriota y de comida, pues ya han pasado casi tres días desde el naufragio. Efectivamente encuentra a dos soldados, heridos y completamente desnudos, escapados de los ingleses. Éstos le cuentan al capitán las penurias y castigos que habían padecido cien compañeros suyos a manos de los enemigos. Francisco decide acercarse al cementerio de la playa para intentar conseguir algo de comida y bebida. Allí vuelve a contemplar los cuerpos inertes que el mar, incansable, sigue expulsando a la tierra. De Cuéllar, reconociendo a algunos amigos, determina enterrarlos y darle sepultura, aunque sea precaria.  Es difícil no conmoverse al imaginarse el panorama que los tres desgraciados, medio desnudos y medio muertos de hambre y frío, calados hasta los huesos y tan lejos de casa, vieron. 

En ello estaban cuando se les acercó un gran grupo de irlandeses, y con ellos se entendieron por gestos (si los españoles poco hablaban el inglés, aún menos el gaélico, y lo mismo puede decirse de los irlandeses respecto del castellano), diciéndoles que estaban protegiendo los cuerpos de sus compañeros de los cuervos, e intentando comer el bizcocho rescatado de los galeones. Algunos hiberneses trataron entonces de maltratar y desnudar (otra vez) a de Cuéllar, pero parece se impuso el buen corazón de uno de los líderes, y los tres españoles marcharon junto a los isleños. 

El supuesto cabecilla acompañó un trecho al trío de naúfragos  y les encomendó dirigirse a su población, a la cual él llegaría pronto, pero más tarde. Descalzos y doloridos, el capitán en particular tenía una herida en la pierna de larga curación, que muchas dificultades le trajo. No pudiendo seguir la marcha de sus dos compañeros, más desnudos y con más frío que él, se fue quedando atrás. Así vislumbró a lo lejos unas casillas de paja, pero en el bosque previo le salieron al paso un viejo irlandés acompañado de su hija, más un inglés y un francés. Extraña compañía esta. El inglés tomó la iniciativa y le lanzó cuchilladas  a nuestro capitán, quien, armado con un simple palo, fue herido en la pierna derecha. Hubiera muerto si no fuera porque al parecer intervinieron la hija y su padre el salvaje, quienes a pesar de todo volvieron a desvalijar al pobre Francisco. La joven irlandesa se apiadó del español y consiguió que los tres hombres le dejaran en paz, si bien robado y desangrado en el bosque. Con todo, la buena familia (dice el capitán que la hermosa joven era "amiga" del inglés)  envió a un muchacho para que le curase la herida de la pierna con un emplasto de hierbas y le diese algo de comida (manteca, leche y pan de avena). 

Algo más restablecido, informaron a de Cuéllar sobre la existencia de un "gran señor salvaje" con tierras y amigo del rey de España (por tanto rebelde y enemigo de los ingleses), quien estaba recogiendo y ayudando a los soldados naufragados; éstos eran ya ochenta. Ilusionado, con renovadas ganas de vender cara su vida y provisto y armado de su palo, el intrépido capitán tomó de nuevo el camino, en busca de ese gran señor, quien tal vez fuera el que le había socorrido en la playa. Se considera que de Cuéllar dio con su barco en la costa de Donegal, al septentrión de la hoy República de Irlanda, y su odisea le llevó por amplias zonas del Ulster, en la actual Irlanda del Norte. 

                       La playa donde se considera naufragó Francisco de Cuéllar. Donegal, Eire.


Esa misma noche y siguiendo las indicaciones de sus benefactores, de Cuéllar llegó a unas chozas donde fue bien recibido, y donde pudo interactuar más o menos bien, pues uno de los lugareños hablaba latín.  Francisco, sin ser culto, no era ningún patán iletrado; de hecho, en una frase reconoce que su increíble narración parece sacada de un libro de caballerías. Así pues, conversaron largamente y el capitán fue de nuevo curado y repuesto gracias a  la rústica gastronomía hibernesa. Al día siguiente y provisto de un caballo y de un joven guía, retoma el camino en busca del gran señor. Se entera que los irlandeses se refieren a los españoles como "España" y a los ingleses como "sasana" (¿tal vez una reminiscencia de  "saxon" ?). Estos sasanas se contaban por miles por toda la isla y buscaban sin cesar a los castellanos, y en su calidad de honorables ingleses venían hostigando a los irlandeses desde hace cientos de años. 

Como un presagio de lo que luego sería el dividido Ulster, la pareja se topó con un grupo de salvajes, pero luteranos, que intentaron por todos los medios matar a de Cuéllar. El buen muchacho les convenció que el español se trataba de un prisionero de su amo, pero a pesar de todo estos irlandeses protestantes le dieron una paliza y desnudaron (otra vez) al pobre capitán. Lo dejaron "en carnes, como nací", y el temeroso mozo decidió volverse a su choza. Una vez más, Francisco de Cuéllar hizo acoplo de su enorme valor y capacidad de supervivencia, y con la ayuda del muchacho se hizo un "traje" con helechos y una estera vieja. Una vez solo, en pos de la vida, que ahora era ese señor protector de españoles, y esquivando a los ingleses, la muerte, recorre los ventosos y solitarios senderos repletos de piedras y fango.

Poco a poco llegó a un lago a cuya orilla se esparcía una aldea de treinta chozas. Anochecía y el villorrio parecía despoblado, y se dispuso a buscar algún lugar donde tumbarse a descansar.  Unos sacos de avena le parecieron recomendables , e iba a acostarse cuando en la oscuridad se acercaron tres figuras medio desnudas que primero se le antojaron diablos, pero una vez disipado el miedo, comprobó con alegría que eran tan desgraciados y españoles  como él. Nuestro Francisco, tras escuchar sus penalidades y armado de más esperanzas que ellos, les informó de la cercanía de las tierras de ese deseado gran señor, de las cuales distaban sólo tres o cuatro leguas. Además los tres soldados se animaron doblemente pues se enteraron de que se encontraban ante el capitán Cuéllar, quien creían ahogado. Tras una frugal cena de moras y berros, el pequeño grupo se escondió, enterrándose en paja, con la intención de descansar. Al menos durante unas horas lo consiguieron, pero pasado ese tiempo, comprobaron que el poblacho no estaba deshabitado pues un buen número de irlandeses fueron llegando...

Con el lógico temor por la experiencia de tantos infortunios y palos recibidos, los españoles sospecharon que podían tratarse de luteranos (y si no lo eran, tampoco nadie les aseguraba su amistad) , no se movieron un ápice de su escondite vegetal y allí permanecieron, sin apenas respirar, mientras el pueblo trabajaba y hacía vida. Cuando llegó la noche se decidieron a salir, bien abrigados con paja y heno para protegerse de la fría luna hibernesa, y emprendieron una nueva huida apresuradamente. 

La suerte volvió a favorecer al afortunado capitán Cuéllar, pues tras superar los peñascos de la incertidumbre llegaron a otro poblacho de mejor gente donde los irlandeses les acogieron con hospitalidad, aunque quizá lo más correcto sería decir con misericordia. Los españoles bien pudieron sentir una euforia revestida de infinito agradecimiento cuando vieron a aquellos extraños y rudos campesinos reunidos en clanes (es fácil imaginárselos como los escoceses e irlandeses de Braveheart, especialmente Stephen el loco), movidos por la caridad cristiana, en particular católica, y hospedando a esos sucios  forasteros recién llegados; de Cuéllar reconoce con vergüenza que su propio aspecto, con el cuerpo rodeado por la miserable estera y lleno de paja, movía forzosamente a la lástima. Allí se encuentran con al menos, 70 compatriotas, también en regular estado.

Al fin habían llegado al pueblo de ese gran señor, que el capitán refiere como "Ruerque" o "Ruerge", un "muy buen cristiano y enemigo de herejes", quien no es otro que Brian O´Rourke, reconocido rebelde irlandés.  Tal señor se encontraba fuera de sus tierras,  Leitrim, pues en esos momentos guerreaba en otro territorio contra los ingleses. Los salvajes le dan a Cuéllar  "una mala manta vieja, llena de piojos", con la cual por lo menos pudo cubrirse. Estos irlandeses también le informan de que en la costa había una nao española que estaba recogiendo a los supervivientes, y el capitán y 20 compañeros se dirigen prestos en su busca. 

Pero una vez más de Cuéllar se muestra favorecido por una suerte increíble, o divina, pues a causa de la herida de su pierna no consigue alcanzar el barco, barco que zarpa y naufraga al poco de su partida, repitiéndose el drama de las semanas anteriores: los españoles que no murieron tragados por el mar, lo hicieron pasados a cuchillo por los ingleses. Pobres infelices. 

El capitán se encaminó nuevamente por las verdes praderas, cuando se encontró con un sacerdote católico que iba disfrazado para despistar a los ingleses. Cuéllar volvió a tirar de su limitado latín y el cura quedó tan complacido que incluso el español pudo comer de las provisiones que el irlandés traía. Éste también le habló de otro líder de clanes y enemigo declarado de la reina Isabel, quien acaudillaba un magnífico castillo; todo un señor feudal, orgulloso e independiente, de esta isla a caballo entre la Edad Media y la Moderna, el cual se aparecía a los ojos de Francisco como una nueva etapa en su frenética peripecia de acorralado. El capitán obedeció al cura, que se quedó atrás, y Cuéllar conoció más adelante a un recio herrero con quien trabajó a la fuerza, durante más de una semana,  como una especie de esclavo. Mas el sacerdote estuvo providencial y rescató al español de las manos del irlandés (ya se sabe el poder de los clérigos sobre el pueblo)  y le encaminó, esta vez sí, a las tierras de ese gran señor. 

Esta vez se trata de MacClancy/MacGlanahie ("Manglana"  para Cuéllar), quien al igual que O´Rourke se distingue por su rebeldía frente al invasor inglés y por su indulgencia respecto de los españoles. Allí el capitán se reencuentra con hasta 10 compatriotas rescatados del océano. Los irlandeses se compadecen del salvaje Francisco, con sus vestimentas pajizas y su salud mermada, y le procuran una especie de manta, al modo del traje típico de la isla. Entre ellos estuvo tres meses plácidamente, estando en buenos tratos con la hermosa mujer del tal MacGlanahie, y también hubo espacio para el humor, cuando las pelirrojas y pálidas isleñas tomaron al latino Cuéllar por un gitano y le pidieron que les leyese la mano. 

Sobre las afinidades entre irlandeses y españoles también se ha escrito mucho, y no sólo en relación con sus alianzas contra Inglaterra, en las cuales les unían especialmente su catolicisimo y su hostilidad al inglés. Pero algunos escritores viajeros han querido ver en el hibernés a un pueblo más similar en carácter al ibérico en comparación con el anglosajón, e incluso consideran al irlandés como el más mediterráneo del norte de Europa. Teorías y realidades aparte, lo cierto es que Francisco de Cuéllar disfrutó por vez primera de manera prolongada en su estancia en la Isla Esmeralda. Además, pudo conocer a sus habitantes con cierta profundidad, y en su carta deja interesantes observaciones sobre sus viviendas, siempre chozas de paja y barro; sobre su gastronomía, por ejemplo, que sólo comían una vez al día y era por la noche, y bebían leche agria en vez de agua, aunque a  él le parecía la mejor del mundo, o que la carne cocida la consumían sin salar; o sobre su sociedad, que da una imagen de un pueblo de melenudos pobre y sufridor acostumbrado a la dureza del clima y del suelo y al hostigamiento de los ingleses; también deja entrever que, pese a su catolicismo, no hay mucha presencia de la ley ("en este reino no hay justicia ni razón, y así hace cada uno lo que quiere")  y que los clanes suelen pelearse entre ellos. Arcaicos y  anárquicos, o no, lo cierto es, y así lo reconoce Cuéllar con gratitud,  que los irlandeses trataron a los españoles como si fueran de su familia. 

Pero tras estos meses de reposo, llegaron noticias de la inminente llegada del gobernador inglés de Dublín, ya bien enterado de la resistente presencia de los españoles en la isla. Con cerca de dos millares de soldados se encaminaba a las tierras de "Manglana". Éste, temeroso, decidió abandonar la fortaleza con su gente para huir a las montañas,  lugares más remotos y por tanto más seguros. El gran señor les invitó a irse con ellos, pero hablar de la soldadesca española en esta época es hacerlo de épica; Cuéllar estaba cansado de interpretar el papel de zorro perseguido por los ingleses, y decidió adoptar el de león.

Junto a nueve paisanos, pensó en  "todos los trabajos pasados, el que nos venía y que para no vernos en más era mejor acabar de una vez honradamente, y pues teníamos buena ocasión no habia que andar huyendo por montañas y bosques desnudos, descalzos y con tan grandes fríos como hacía, y pues el salvaje sentía tanto desmamparar su castillo",  determinó que  "alegremente nos metiésemos los nueve españoles que allí estábamos, en él, y le defendiésemos hasta, morir, lo cual podíamos hacer muy bien".  Puestos a morir, mejor haciéndolo matando ingleses que siendo degollado por éstos.    

La recia fortaleza se ha identificado como las ruinas del castillo de Rosclogher, al sur del lago Melvin, en Donegal, República de Irlanda. Efectivamente las pantanosas aguas del lago proporcionaban protección frente al invasor, y la construcción sólo era accesible por una lengua de tierra. Cuéllar pidió a MacGlanahie víveres, pólvora  y algunas armas, entre ellas, seis arcabuces y otros tantos mosquetes. Con todo, la desigualdad numérica era enorme (puede hacerse una idea quien haya visto la película Templario, la cual, aunque esté ambientada en la Edad Media, transmite lo que es un castillo acosado por una masa muy superior) y a poco que el ejército inglés quisiera mojarse y apretase con fuerza, la casa de "Manglana" no tardaría en caer. Llegados los soldados de la reina Isabel, no dudaron en poner en práctica la guerra psicológica, atronando con sus trompetas y  ahorcando delante de los sitiados a dos españoles, prisioneros desde hacía tiempo, además de lanzar proyectiles. Pero en ese noviembre de 1588 Cuéllar y sus compañeros aguantaron durante 17 días, hasta que un insistente temporal de lluvia y nieve hizo a todas luces imposible el asedio inglés. Derrotado el ejército hereje, tomó el camino de "Duplín". 

Victoriosos los españoles, regresó de las montañas MacGlanahie. Éste, muy contento con sus amigos llegados del mar, estaba tan encantado con ellos que les  colmó de regalos e  incluso ofreció a Cuéllar casarse con su propia hermana, pero nuestro español lo rechazó amablemente; estaba cansado de la vida a salto de mata y sólo deseaba regresar, vía Escocia, a casa.  El experimentado capitán desconfiaba de tanta amistad, y junto a la resistencia de "Manglana" a dejarles marchar, le motivaron a escaparse del castillo una mañana, temprano, junto a cuatro compañeros cuando casi comenzaba el Nuevo Año. De nuevo retoma Cuéllar la senda solitaria, ventosa e incierta, y tras veinte días encuentra otros poblados de chozas donde los lugareños ya no se sorprenden de su presencia, pues le cuentan y le muestran los restos de otros náufragos españoles. 

Más adelante llega a las tierras de un cierto príncipe Ocan ( O´ Cahan), otro salvaje que señoreaba un puerto importante, pero quien, para desgracia de Cuéllar, colaboraba con los ingleses. Mucho se guardó el capitán de la presencia del tal Ocan, y parece que prefirió las compañías femeninas, pues "había unas mozas muy hermosas, con las cuales yo tenía mucha amistad, y entraba en sus casas algunos ratos á conversación y parlar". Conquistador Cuéllar, que sin duda disfrutó de interesantes pláticas (¿en latín?)  con las Isoldas de turno. No todo en Irlanda consistió, para su suerte,  en ser perseguido como un pobre perro. Éste y otros hechos parecen estar relacionados con la historia de los "irlandeses negros", gentes de pelo moreno que serían descendientes de los españoles de la Armada. También otros cuentos relacionan el origen del cultivo de la patata, vital en la historia de Irlanda, al ser traída ésta por los naúfragos.

Volvamos a de Cuéllar, quien no pensaba en patatas precisamente en aquellos momentos, pues los ingleses también se amancebaban con sus amigas y a punto estuvieron de agarrarlo. Vemos de nuevo al capitán como un Rambo, saltando barrancos y metiéndose en espesos zarzales para despistar a los sabuesos de la reina. Tras varias vicisitudes y la ayuda de otra familia irlandesa, Francisco acaba bajo la protección de un benévolo y camuflado obispo católico, identificado como el obispo de Derry (Londonderry), quien había acogido a otros doce españoles con la intención de hacerlos pasar a Escocia, por aquel entonces  católica y aliada de Felipe II. 

Tras otro calamitoso y naufragado viaje en una barca (una pinaza) de varios días recorriendo Setelanda (las islas Shetland) y la costa escocesa, los maltrechos españoles llegaban a Edimburgo, donde estuvieron seis meses viviendo como mendigos, hasta que se hicieron notar y  por mediación del duque de Parma, avisado en Flandes, se pagó un rescate y un mercader escocés navegó hasta Dunquerque. Allí de Cuéllar y sus compañeros estuvieron de nuevo a punto de no contarlo, pues la flota holandesa no los recibió precisamente bien. Pero el capitán, maltrecho y en camisa, estaba a salvo, y por su vida iba a relatar su historia. 

Su famosa carta cayó en el olvido, en un largo olvido,  hasta que en 1884 un militar e  historiador, Cesáreo Fernández Duro, la rescató de las profundidades de la Biblioteca de la Real Academia de la Historia. Aún hoy sorprende por su viveza y por la fuerza del testimonio; aun si se es un incrédulo, es difícil no dejarse llevar por la admiración y el asombro, pero también por la pena,  la compasión o la reflexión acerca de la clásica historia española de unos hombres abandonados a su suerte por el orgullo de un rey enfrentado a una reina aún más maquiavélica. 

Con todo, siendo poco conocido de Cuéllar y su historia en España, no lo es en Irlanda donde incluso es posible seguir las huellas de sus  frenéticos pasos por el norte de la isla, como atestiguan las placas y carteles indicativos. Noble, admirable y agradecido pueblo el irlandés. 

 "De Cúellar Trail" en el norte de Irlanda.


No les salió gratis a los señores irlandeses la ayuda prestada al capitán y a sus desgraciados compatriotas. Brian O´Rourke fue ahorcado y descuartizado en Londres, en 1590, a los 50 años, por traición; entre sus delitos estaba el haber socorrido a los españoles, y se mostró altivo y digno en el cadalso.  MacGlanahie fue finalmente apresado por el lord gobernador de Irlanda, siendo decapitado (tal vez por su alta alcurnia)  en 1591. 

En cuanto al heroico e  intrépido Francisco de Cuéllar, una vez se hubo restablecido de las secuelas de su invierno irlandés, se dejó llevar de nuevo por los vientos de la guerra, y en 1590 ya correteaba por Flandes  y  el norte de Francia a las órdenes de Alejandro Farnesio, duque de Parma. Siempre capitán de infantería,  llegó hasta Saboya y Nápoles, donde se encontraba en 1600. Inquieto y misterioso, en los años siguientes lo tenemos de nuevo en las Indias, y por lo visto cruzó el océano un par de veces cuidando de los galeones cargados de plata. Ya cuarentón, aparece residiendo en Madrid en 1604, pero en 1607 se pierde su pista, pues presumiblemente quería volver al Nuevo Mundo.  Mas no se sabe cuándo y dónde murió y en qué lugar reposan sus restos. 

Es fácil dejarse llevar por el corazón e imaginar, o creer, aunque no tenga ninguna base,  que Cuéllar regresó, en mejores condiciones y guiado por vientos más benévolos, a las brumas de Irlanda, donde en compañía de los campesinos sin leyes  y las  hermosas, simpáticas y parlanchinas mujeres, vivió libremente, bebió en honor de San Patricio, trabajó la tierra y la defendió de los invasores herejes.  Por qué no...  




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Para saber más y mejor:

- Cuéllar, Francisco de: "Carta de uno que fue en la Armada de Ingalaterra y cuenta la jornada", Real Academia de la Historia, Madrid.
- Fernández Duro, Cesáreo:  "Los náufragos de la armada española en Irlanda (1588)", Boletín de la RAH, Madrid, 1890.  
- Girón Pascual, Rafael: "El capitán Francisco de Cuéllar antes y después de la jornada de Inglaterra" (págs 1051-1059). Universidad de Granada. Actas de la XI Reunión Científica de la Fundación Española de Historia Moderna, 2010.  
- Parker, Geoffrey: Felipe II, la biografía definitiva,  Planeta, 2010.