18.6.15
El viejo y olvidado Blücher
Hoy, 18 de junio, es el 200 aniversario de la batalla de Waterloo. Los fastos en los que están inmersos diversos organismos y países (algunos con más orgullo que otros, lógicamente...baste recordar el veto francés a una moneda conmemorativa belga) y por la cual desde las más variopintas publicaciones se bombardea al público con reportajes sobre la famosa batalla de dos días, la confrontación apocalíptica entre Napoleón y Wellington, Francia contra Inglaterra, el nacimiento de la Europa contemporánea, etc, me sirven para romper una lanza hoy por alguien que, si bien no ha quedado tan oscurecido como el papel de los españoles en las Guerras Napoleónicas (que da para otra entrada, otro día será) sí ha visto relegado su nombre ante la mayor popularidad y gloria tanto del emperador francés como del duque inglés, mucho mejor vistos, sobre todo el segundo. Y ello teniendo en cuenta que hasta el orgulloso y relamido Wellington sabía que gran parte de su épica victoria en Waterloo fue posible gracias a otro hombre, por quien confieso tener cierta debilidad.
Hablo del mariscal prusiano Blücher. Del conde y luego príncipe Gebhard Leberecht von Blücher.
Éste nació el 16 de diciembre de 1742 en Rostock, en el norte de la actual Alemania y por aquel entonces ciudad integrante del ducado de Mecklemburgo, uno de tantos territorios semi-independientes en los que el país germano estaba divivido. Rostock era un importante puerto en el Báltico, pero Blücher dio la espalda al mar; era hijo de un terrateniente que había servido como oficial en la caballería, y a ella se encaminaría él también.
Curiosamente su primer contacto con la guerra se produciría en las filas del ejército sueco y contra Prusia, en el marco de la Guerra de los Siete Años (1756-1763), siendo un adolescente. En 1760 fue capturado por los prusianos, aunque un coronel le cogió afecto y Blücher se cambiaría de bando (algo no extraño en los alemanes de su tiempo) ya de manera definitiva y como húsar. Pronto se haría uno de los jefes dado su rancio abolengo (su linaje se remontaba al siglo XIII). Sería un húsar toda su vida a lo largo de las muchas batallas donde cabalgó, entre el barro, el humo y la destrucción.
Inteligente pero excesivo e impulsivo, valiente y temerario, colérico y calavera, partidario de lo directo y de sangre caliente, parecía más mediterráneo que teutón. Idolatrado por sus tropas por su disposición a colocarse en primera línea sable en mano, no era tan bien visto por sus compañeros de mando y por los superiores, que le consideraban demasiado vanguardista y algo obcecado. Además, era amante de la vida disoluta y fueron frecuentes las riñas y juergas que no se entendían sin aguardiente, mujeres y juego, lo que le hizo aún más impopular entre los generales, retrasando su carrera militar y provocando la inquina del rey Federico II el Grande, tan recto, ilustrado y distinguido, como sabemos.
El monarca prusiano aprovechó las polémicas actuaciones de Blücher contra los rebeldes polacos (las cuales incluyeron una ejecución simulada de un cura) en 1771 para alejarle de la Corte y fue invitado a exiliarse (le mandó "al diablo" en una carta). El capitán de húsares quedó establecido en Silesia, donde se dedicó a administrar su finca, a la ganadería y a la agricultura, y también a sus licenciosas aficiones noctámbulas, por más que se casara en 1773 con Carolina Amalia von Mehling (1756-1791), con quien tuvo siete hijos.
Fueron pasando los años y en 1786, el rey Federico fallece y su sucesor, Federico Guillermo III, le acoge de nuevo bajo el manto teutónico. Blücher es readmitido en el servicio y es nombrado mayor del cuerpo de los Húsares Rojos. Toma parte en la guerra con Holanda y en 1789 recibe la alta condecoración militar de Prusia, la Pour le Mérite, Pronto iba a estallar en Francia una revolución cuyos efectos acabarían alcanzando al resto de Europa, incluida la rígida Prusia. Y allí iba a estar el temerario conde Gebhard.
En 1793 y 1794 sale victorioso en varios encuentros contra los franceses en la Guerra de la Primera Coalición frente a los revolucionarios, y así, el impulsivo Blücher es nombrado coronel y posteriormente general. Viudo, se casa en 1795 de nuevo, ahora con una mujer sensiblemente más joven, Amalia von Colomb (1772-1850).
Ascendido a teniente general en 1801, con 58 años, ya es un anciano, aunque bravo y vigoroso, cuando Napoleón Bonaparte se proclama emperador en 1804. Soplan vientos de guerra como hacía mucho no se sentían en el continente, y en ésas iba a estar de nuevo nuestro Blücher, como uno de los primeros espadas de una Prusia que se encontraba entre Francia, Rusia y Austria.
En 1805 comenzó otra campaña, esta vez la de la Cuarta Coalición contra el Imperio francés, y el prusiano tomó parte el 14 de octubre de 1806 en la decisiva batalla simultánea de Jena-Auerstädt; en el primer lugar se enfrentó Napoleón contra el rey Federico Guillermo III, mientras que a Blücher le tocó batirse en Auerstädt bajo las órdenes del duque de Brunswick contra el francés Davout. El veterano húsar hizo gala una vez más de su insensato ímpetu y lanzó varias y valerosas cargas de caballería de manera infructuosa. De todas formas, Jena-Auerstädt supuso una derrota humillante para Prusia y el fin de su prestigio militar. Berlín fue ocupada por Napoleón, la familia real prusiana hubo de huir y el propio Blücher fue hecho prisionero por los franceses después de haber sido arrinconado cerca de Dinamarca por un ejército imperial exageradamente superior en número.
Pese a que el cautiverio fue breve, el orgulloso y experimentado jinete odiaría el resto de su vida a los franceses y se marcará como objetivo ineludible enfrentarse a Napoleón y capturarle para matarle con sus propias manos. Con Prusia invadida y dominada por Francia, a Blücher no le queda más remedio que retirarse como soldado, si bien se constituyó como un importante activo del "Partido Patriótico" que abogaba por levantarse en armas contra Bonaparte. Con todo, sus intentos de una alianza con Austria y/o Rusia fueron estériles, pese a que con 67 años, en 1809, es ascendido a general de caballería.
Pero, una vez más, las circunstancias cambiaron el rumbo del viento de la guerra, y Napoleón fracasa en su campaña rusa, derrotado por el "General Invierno". En su retirada en 1812, las potencias que habían sido despachadas por Bonaparte ven ahora su oportunidad y por fin se unen contra el tirano corso. La llamada Sexta Coalición (Reino Unido, Austria, Suecia, Rusia, Prusia) sale a cerrarle el paso a la Grande Armée.
Mas no fue fácil, ni limpio. Napoleón seguía siendo un genio militar aun en inferioridad y obtuvo importantes victorias, como Dresde, y otras más pírricas, como Lützen y Baützen, en mayo de 1813. En ambas participó el viejo Blücher, quien a sus más de 70 años seguía colocándose en primera fila, como siempre, sable en alto, exaltando la moral de la tropa, pero exponiéndose a la furia enemiga y cabalgando en busca del destino, y, por qué no, de la muerte. Las dos supusieron nuevas derrotas, pero el alocado prusiano acrecentaría su fama, haciendo honor a su apodo, Marschall Vorwärts ("Mariscal Siempre-Adelante").
Efectivamente ya era mariscal de campo, y en octubre de ese año tuvo lugar en Leipzig la verdadera madre de todas las batallas de las Guerras Napoleónicas, un enfrentamiento colosal entre los aliados y los franceses, con cientos de miles de hombres por cada bando. Según no pocos historiadores, ésta fue la batalla decisiva y de mayor importancia que Waterloo. También se acusa a los clásicos autores británicos de concederle mayor relieve a ésta última; al fin y al cabo, en el campo belga intervino Wellington y en Leipzig no tomó parte ningún inglés.
Lo cierto es que Leipzig supuso el principio del fin de Bonaparte y Blücher, enfrentado por cuarta vez a él, sí pudo ganarle esta vez, arrasando con todo a su paso y hostigándole hasta el mismo París. Aunque no pudo atraparle, pues el Ogro de Córcega fue recluido en la isla de Elba. Ya en la capital francesa el mariscal intentó saquearla y cumplir otra de sus promesas, dinamitar el puente de Jena (levantado para conmemorar la victoria sobre Prusia), mas los generales aliados, más diplomáticos, intervinieron en ambos casos y lo evitaron. Aún así, el Imperio francés era historia.
Su rey le honró nombrándole Príncipe de Wahlstatt y concediéndole más tierras en Silesia. Además le condecoró con la Gran Cruz de la Cruz de Hierro, la más alta distinción prusiana y luego alemana (Blücher y el mariscal Hindenburg en 1918 son sus únicos portadores). En el marco de las celebraciones por la derrota de Napoleón, fue invitado a Inglaterra, donde fue recibido con los máximos honores. Ese viaje le resultó muy gratificante al ajado húsar. A su vuelta en 1814 se retiró a su hacienda, en lo que parecía una jubilación definitiva...
Pero poco duraría apagado el incendio de la guerra. La culpa, de nuevo por la imprudencia, esta vez no suya, sino de los ganadores, quienes de manera benévola confinaron a Bonaparte en la isla de Elba, próxima a su Córcega natal y desde donde seguía con interés los acontecimientos (como la falta de acuerdo y las divisiones patentes en el Congreso de Viena) , sin perderse ni un detalle ni los contactos y antiguas influencias.
Así, el Monstruo no tuvo muchos problemas para desembarcar en una inestable Francia que le aclamó en marzo de 1815, derrocando a Luis XVIII e inaugurando el llamado período de los Cien Días.
Wellington se encontraba por entonces en un baile en Viena y acudió presto en pos de otro tipo de danza a Bélgica, a la cual pretendía invadir Napoleón, por tener allí numerosos partidarios. Los rusos también se movilizaron desde su lejanía esteparia, así como los austríacos, desde el Rin. Por supuesto, también los prusianos, con su mariscal Von Blücher al frente. Una vez más.
El peculiar jinete iba a cumplir 73 años en diciembre, una edad respetable que superaba en mucho la esperanza de vida media de aquella época. Podría haberse dedicado a administrar sus rentas, a sus tierras, a sus partidas de cartas y a sus melopeas, o a escribir algunas memorias. O a jugar con sus nietos frente a la chimenea. Pero él mismo sabía que sólo sabía hacer una cosa. Quería oler de nuevo a guerra. Y picó espuelas.
Como comandante en jefe de la Armada del Rin, esta vez iba a contar con la colaboración del general prusiano August von Gneisenau (1760-1831), más joven y también más pausado y calculador, y bastante más anglófobo que él. Pero formaron buen equipo, ya que con sus diferencias se complementaban óptimamente. Bonaparte pensaba tomar Bruselas, así que debían de unirse a las tropas de Wellington como fuera.
Mientras éste último se enfrentaba fieramente contra el mariscal Ney en Quatre Bras, el 16 de junio, en Ligny el ejército de Blücher sufrió una severa derrota a manos del propio Napoleón. El viejo mariscal resultó herido y estuvo a punto de ser capturado e incluso muerto, pues quedó paralizado un par de horas bajo el cadáver de su caballo. Tocaba retirada.
Otra derrota. Otra humillación más. Los prusianos huyeron no del todo unidos ante la teórica persecución del mariscal Grouchy, enviado por Napoleón para finiquitar a Blücher mientras él de ocupaba de Wellington. Pero el pobre e incapaz Grouchy nunca vio al experimentado húsar.
Por dónde se retiró éste es una de las claves de la batalla, pues si lo hubiera hecho hacia Namur en vez de hacia Wavre, como hizo, los británicos se hubieran quedado realmente solos, reunidos en el monte Saint-Jean después de replegarse tras el empate de Quatre Bras. Wellington esperaba a Blücher y así se lo hizo saber con cierta desesperación.
Maltrecho, cansado, Gebhard Leberecht von Blücher curó sus heridas con brandy y, más sereno (o no) se dispuso a calibrar la situación. Negro panorama se ceñía para los ingleses si no acudía en su auxilio, ese malnacido de Napoleón ganaría una vez más y todo volvería a empezar de nuevo. Y no pensaba en los rusos y los austríacos. Pensaba en el momento. Aquí y ahora. Ahora o nunca.
También pudo pensar que era el más anciano de todos los combatientes. Bonaparte, Ney, Wellington...cuando los tres habían nacido, todos en 1769, él ya llevaba 12 inviernos pisando barro. Más de cuatro décadas después, allí seguía él. Y allí seguiría estando. Pasó la noche, cogió su sable y un nuevo caballo y montó, en pos del destino. Bien podía ser la última cabalgada, pero a estas alturas de la vida le importaba una higa.
Mientras tanto, a unas 20 millas de distancia, Arthur Wellesley, duque de Wellington, también era fiel a sí mismo, pues si bien era un excelente estratega, no es menos cierto que se distinguía por sus tácticas defensivas y poco emprendedoras. Allí los británicos aguantaban lo mejor que podían desde las once de la mañana las descargas de la temible artillería francesa. Por su parte a Napoleón, cuyo estado físico no era el mejor, le faltó de manera imprevista algo de decisión y no envió en su momento a la Guardia Imperial, su tropa de élite. Los soldados de Wellington (no sólo ingleses, también escoceses, galeses, irlandeses, e incluso alemanes) se batieron con encomiable valor en la defensa de la granja de Hougoumont, y después se produjo la mítica y suicida carga de los Scots Greys a caballo contra los lanceros franceses.
Ante la cierta pasividad de Napoleón, el impetuoso Ney cree que los ingleses se retiran, toma la iniciativa y se lanza a lomos de su caballo dirigiendo otra carga, pero sin apoyo de la infantería. Cuando superan la colina, ven que los británicos se blindan con su formación en cuadros y disparan a los indefensos jinetes.
Ahora es cuando Bonaparte llama a la Vieja Guardia, lo más granado y veterano de la Guardia Imperial (casi nada), que se iba a lanzar contra las tropas de Wellington. Ahí estaba la batalla. Todo pendía de un hilo...
De repente, hacia las dos de la tarde, los franceses notan en su flanco derecho, entre la humareda, los disparos y los tambores, una agitación, un tumulto. ¿Es Grouchy victorioso? No, son los 30.000 prusianos de Blücher. Ahí está el viejo mariscal, con sus blancos cabellos, su mirada de acero y su sempiterno bigote plateado, alto, siempre vestido de negro, a caballo. El mismo Blücher que, consciente de que si no corría más que el viento para ayudar a Wellington, la tormenta se ceñía sobre Europa, y por ello aceleró la marcha desde Wavre. Una desquiciada marcha a contrarreloj, milla a milla, sobre caminos maltrechos y embarrados, con enormes lagunas y charcos, pues había llovido mucho la noche anterior. Los cañones se hundían en el fango y los prusianos llegaron empapados. Pero llegaron.
El desconcierto y el pavor cundió entre los franceses al ver aparecer a los hombres de Blücher, y, pese al inicial éxito de la Guardia Imperial, ésta acabó retrocediendo, algo que nunca habían hecho en su historia. Por vez primera en la jornada los británicos tomaron la iniciativa, y avanzaron, con la ayuda de los prusianos, quienes estaban más frescos. El signo de la batalla había cambiado, y el final se iba vislumbrando, pese al humo negro que oscurecía el sol. Los de Blücher persiguieron a los franceses hasta el anochecer.
El panorama era desolador tras concluir la misma. Hombres, caballos, miles y miles de cadáveres yacían sobre los bucólicos y húmedos prados belgas. Toda la sangre, toda la muerte y toda la aniquilación que fue necesaria para ganar una batalla que decidía el destino de todo un continente, o eso se consideró en su momento, pues, como se ha dicho, ciertos autores dan más importancia a Leipzig y consideran Waterloo como una especie de epílogo, el último coletazo desesperado de un Napoleón crepuscular y enfermo; mas aunque se hubieran abalanzado los lentos rusos y austríacos sobre él, es posible que, con ingleses y teutones derrotados y con Francia y Bélgica en sus manos partiese el bacalao de nuevo. Por otra parte la historiografía tradicional inglesa tampoco iba a reconocer que a Wellington le salvó un prusiano borrachín y pendenciero. Con todo, Waterloo fue una masacre gloriosa de la cual por fin surgiría la Europa contemporánea, después del verdadera derrota del hombre que, directa o indirectamente, consciente o inconscientemente, ayudó a construirla en su destrucción y aunque fuera un tirano absolutista. Napoleón fue desterrado a otra isla, pero esta vez mucho más lejana, húmeda e insalubre, en medio del Atlántico Sur: Santa Elena. Sería su tumba seis años después.
¿Y Blücher? En ese victorioso 1815 marchó de nuevo sobre París, entrando en ella el 7 de julio, y de nuevo intentó volar el puente de Jena. Esta vez fue el restaurado y obeso rey francés Luis XVIII quien le rogó que desistiera. Pocos meses después, ciertamente achacoso, volvía a sus tierras de Silesia, para retirarse definitivamente, como último superviviente de una época extinguida. Un descanso del guerrero que poco tuvo de reposo, pues el viejo prusiano jamás renunció a sus violentas partidas de naipes ni al vino, ni a las mujeres, disfrutando de la vida hasta el final. Falleció en su granja cerca de Wroclaw (actual Polonia), el 12 de septiembre de 1819, próximo a cumplir 77 años.
Tal fue la vida del Mariscal Siempre Adelante, un hombre duro e incorregible que siempre fue fiel a sí mismo, adorado por sus hombres aunque no tanto por sus colegas. Le faltaba frialdad para ser un genio militar, pero lo compensaba con su determinación, su arrojo y su capacidad para reponerse. Relegado a un segundo plano después de Napoleón y Wellington, nunca tuvo tanta buena prensa como ellos. En el fondo, no creo le importe mucho, pues el viejo Blücher ya habrá ajustado cuentas con Bonaparte en el infierno.
"Marschall Vorwärts", Emil Hünten, 1863.
4.6.15
Apodos muy...reales
La campana de Huesca, José Casado del Alisal, 1880. Ayuntamiento de Huesca.
Acaba de cumplirse un año de reinado en España de Felipe VI (y ayer mismo dio un discurso en la Asamblea Nacional de París), los duques de Cambridge han tenido a su segundo hijo bajo un gran revuelo mediático, en algún país escandinavo se ha producido otra importante noticia regia, y a mí, persona inquieta, me ha dado por pensar -divago bastante- para concluir que, primero, la monarquía sigue estando, pese a los siglos transcurridos, las inevitables transformaciones y el asombro y/o hastío de muchos, plenamente vigente (y no sólo en España) y segundo, que los reyes, y en general los nobles (quienes también siguen existiendo), ya no tienen los apodos y sobrenombres de otras épocas.
Insípidos tiempos los nuestros, pues ya no se estila motejar a un soberano con tal o cual coletilla, ya sea positiva, negativa, ensalzadora o denigratoria, cruel o pastelosa, para que los súdbitos tuvieran sus ídolos o sus dianas, y los cronistas material para sus tochos. Por eso, una vez más, vuelvo la vista atrás y ofrezco hoy una pequeña recopilación de apodos de reyes, aunque también hay de emperadores e incluso de algún conde...
He intentado no ceñirme a los más famosos (como el Católico, el Conquistador, el Grande, Corazón de León, etc) y he procurado fueran los sobrenombres "oficiales"; por tanto no está, por ejemplo, el Paquita Natillas con que parte del pueblo español tildó al marido de Isabel II, Francisco de Asís (1822-1902) quien al parecer era homosexual; de hecho se duda de su intervención en la mayor parte de la descendencia que tuvo con su mujer.
Veamos, por orden cronológico:
- Justiniano II, Rhinotmetos o Rinotmeta (669-711). Emperador bizantino durante dos períodos, el primero entre 685 y 695 y el segundo desde 705 hasta 711. Su sobrenombre quiere decir "Nariz Cortada", y se debe a que en la revuelta de sus generales que le depuso en 695 por déspota, se le amputó la nariz y se le desterró. Bizancio fue un mundo violento donde las conspiraciones, los crímenes y las mutilaciones estaban a la orden del día, siendo habituales los cegamientos y otros castigos, y a este Justiniano se le trató de un modo considerado más suave. Además, en 705, provisto de una prótesis dorada y con la ayuda de los búlgaros pudo recuperar el trono, para después torturar (como al patriarca de Constantinopla, a quien hizo sacar los ojos) y/o ejecutar sádicamente a los usurpadores, muy al bizantino modo. Él mismo acabaría siendo asesinado, como no pocos emperadores de Oriente.
-Pipino el Breve (715-768). El apodo no le viene porque su reinado fuera fugaz (pues fue rey de los francos entre 751 y 768) sino por su corta estatura, hasta para la época (en torno al metro y cuarenta centímetros). Hijo de Carlos Martel (quien frenara a los árabes en Poitiers en 732) su pequeña talla no fue obstáculo para llegar al trono y consolidar su reino o para procrear hasta siete vástagos, entre ellos uno que sería aún más grande que él, en todos los sentidos: Carlomagno.
- Constantino V, el Coprónimo o Copronomio (718-775). Emperador de Bizancio entre 741 y 775. Éstos fueron años de fuertes disputas entre iconoclastas e iconódulos, por lo cual a la muerte de Constantino, ferviente destructor de ídolos, sus enemigos partidarios de respetar las imágenes difundieron el rumor de que...se cagó en la pila bautismal, de ahí lo de coprónimo (vulgarmente, "el del nombre de mierda"). Por suerte para él nunca supo que pasaría a la historia con ese escatológico sobrenombre; por otra parte, gracias a sus detractores mis compañeros de carrera y yo pasamos buenos momentos en clase.
- Constantino VI, el Cegado (771-797). Emperador bizantino entre 780 y 797, en su caso tampoco se ganó el sobrenombre sino que le fue impuesto, pues una revuelta lo apartaría del trono, siendo privado también del sentido de la vista (ya hemos dicho que los bizantinos eran consumados oftalmólogos), aunque no se sabe si murió al poco tiempo a causa de las torturas (los usurpadores no solían contentarse con una mutilación) o recluido y ciego, pero a salvo.
- Carlos III, el Gordo (839-888). Bisnieto de Carlomagno y emperador de los francos entre 881 y 887, no heredó las cualidades de sus antepasados y su sobrenombre, bueno para un mafioso pero malo para un rey, en este caso no admite dobleces. Su reinado fue inestable y él, además de obeso, era tal vez epiléptico. Fue apartado del poder antes de morir. Hay otro rey francés posterior apodado también el Gordo, Luis VI (1080-1137), si bien distinguido por sus energías y buenas aptidudes militares.
- Miguel III, el Borracho (840-867). Con este solemne y elegante apodo quedaría en el recuerdo el emperador bizantino (ungido desde los 2 años de edad) a causa de sus relajadas y dionisíacas costumbres y su escasa moral. Con todo, algunos historiadores han intentado ir más allá de su imagen de beodo y han recalcado sus iniciativas y su valor en la batalla, pese a su carácter oscilante. Fue, para variar, asesinado, con 27 años.
- Fruela II, el Leproso (874-925). El del reino de León es otro interesante y oscuro mundo, una época inestable con reyes de mala salud. Es el caso del desgraciado Fruela, enfermo de la mortífera lepra. De hecho fue rey sólo un año, aunque cumpliera los 50 y fuera soberano de Asturias desde los 35. Si uno ha visto El Reino de los Cielos puede relacionarlo con la bella máscara del rey Balduino, también leproso, aunque probablemente la realidad en ambos casos no fuera tan estilosa y se pareciera más al andrajoso padre de Robert Bruce en Braveheart.
- Enrique I, el Pajarero (876-936). Al duque de Sajonia y rey de la Francia Oriental (el germen de la futura Alemania) desde 919 hasta su muerte en 936, le encantaba cazar, tanto, que se le podía ver en multitud de ocasiones con sus halcones y otras rapaces; por ello, era conocido ya en vida como el pajarero. Un apodo en cierto modo simpático aunque en principio no deje en buen lugar al monarca, pues da la impresión de que viviera entre el estruendo de las jaulas de aves o, de aún peor, que fuera medio demente por tener muchos pájaros en la cabeza; mas no es el caso, y Enrique fue un rey muy válido en una época complicada, dejándole el camino allanado a su hijo y sucesor Otón I, futuro emperador germánico.
- Carlos III, el Simple (879-929). Rey de Francia de 898 a 923, en otras fuentes aparece con el apodo más ofensivo de el Tonto. Carlos no fue nada idiota, tan sólo una persona que, de tan honesta, parecía tonta para muchos (algo aún vigente hoy día; desde luego, si no quieres que te tomen por tonto, debes ser ladino). Consiguió frenar a los vikingos pero no a las revueltas de señores feudales (Francia fue durante mucho tiempo un lugar donde el rey controlaba poco más que París), quienes le derrocaron tras varias batallas, aunque al menos no estaba en Bizancio pues se le recluyó en un castillo, pero no se le tocó ni un pelo. Falleció en cautiverio seis años después.
- Sancho I, el Craso (935-966). Craso es la denominación fina y elegante para referirse a un obeso, y al parecer la circunferencia adiposa de Sancho era tan extrema que los nobles se rebelaron contra él a los dos años de iniciarse su reinado, en 958. Por una vez funcionó eso de "la convivencia" y el rey de León, a través de su abuela Toda de Pamplona recibió la ayuda del califa de Córdoba, el gran Abderramán III (de hecho, sobrino de Toda; todo quedó en familia). El rey moro recibió a Sancho, quien fue tratado por su médico personal. Éste puso a dieta al monarca leonés a cambio de territorios. Parece que en mejor forma, y con la ayuda del ejército musulmán, recuperó la ciudad de León y el trono en 960. Asentado en el poder, fallecería seis años después, envenenado, destino cruel, mientras comía.
- Edgar el Pacífico (943-975). Parece un personaje de Tarantino y es acaso uno de los sobrenombres más irónicos de la historia, pues este Edgar fue de todo menos pacífico. En una época ya de por sí convulsa, el monarca se distinguió por sus crueles maneras, y por si fuera poco, violó a una monja, dejándola encinta (la pobre luego sería santificada). Además, se casó dos veces, dejando problemas sucesorios y de facciones, como veremos.
- Bermudo II, el Gotoso (949-999). Otro monarca leonés que no parece fuera muy comedido con la gastronomía, pues su poco saludable apodo indica su enfermedad y sus malas costumbres; como es sabido, la gota, aunque sea genética, se desencadena por comer (especialmente carnes y mariscos) y beber (sobre todo alcohol) en grandes cantidades y moverse poco; por tanto ha sido una de las dolencias típicas de los soberanos. Bermudo fue rey desde 985 hasta que la gota se le agravó de tal manera que debía ser transportado en litera, falleciendo en un monasterio en el año 999.
- Basilio II, el Bulgaróctono (958-1025). Y acabamos con Bizancio. En este caso tampoco se trata de un emperador pacífico y virtuoso, pues el popular Basilio, quien reinó casi 50 años, se distinguió por sus belicosas campañas contra árabes, jázaros, lombardos y búlgaros. De ahí lo de bulgaróctono ("asesino" o "matador de búlgaros") pues contra este pueblo guerreó más de una década, causando miles y miles de bajas y cegando a buena parte de los supervivientes. Monótono y relajado mundo el bizantino.
- Svend I, Barba de Horquilla (960-1014). Rey de Dinamarca y Noruega entre 985 y 1014 y de Inglaterra en 1013-1014, fue apodado por los ingleses Forkbeard (Barba Partida o Barba de Horquilla) por su gran mostacho, algo raro en la época. En calidad de rey invasor no pudo disfrutar mucho tiempo de su trono en tierras ocupadas, como quedó patente.
- Eduardo el Mártir (961-978). Inglaterra, como es bien sabido, también es tierra de conspiraciones truculentas con reyes y nobles de por medio, y este monarca de la Casa de Wessex apenas duró 3 años en el trono: primogénito de Edgar el Pacífico, le sucedió, pero fue asesinado por su madrastra Elfrida, quien quería a su hijo Etelredo como rey. La buena mujer ofreció a Eduardo , quien iba a caballo, una copa de vino, y fue cuestión de segundos que un mandao le apuñalase por la espalda. Por su carácter apacible y su injusta muerte fue tratado como un mártir, y canonizado poco después (por lo visto en torno a su cuerpo ocurrieron milagros).
- Luis V, el Holgazán (967-987). Los franceses y sus chismosos apodos. Este Luis accedió al trono con apenas 19 años y murió sólo trece meses después, al caerse de su caballo, así que tan perezoso no era (o sí). Qué ocurrió para en tan poco tiempo ganarse tal sobrenombre, no está muy claro.
- Etelredo II el Indeciso (968-1016). El tal Etelredo mencionado antes, reinó entre 978 y 1016. Era hijo del rey Edgar y su segunda mujer, la bruja Elfrida. Ésta tuteló y manipuló a su antojo a Etelredo, así que el monarca pasó a la historia como el Indeciso, si bien la madre, consumida por los remordimientos, se marcharía antes de palacio haciéndose monja y recluyéndose en una abadía, por lo que la llegada de los daneses le pilló acogida a sagrado.
- Eduardo el Confesor (1002-1066). Uno de los más famosos. Hijo de el Indeciso, restauró la casa de Wessex tras la segunda invasión danesa en 1042 y es el penúltimo de los reyes anglosajones de Inglaterra. Fue un monarca popular y el apodo le viene, no porque actuara de confidente, sino por su religiosidad y vida recta; de hecho no consumó su matrimonio, por lo que a su muerte le sucedió su cuñado Haroldo. Eduardo fue canonizado en 1161 y sería patrón de Inglaterra hasta su sustitución por San Jorge.
- Ramón Berenguer II, Cabeza de Estopa (1053-1082). No hablamos de un boxeador, sino de un conde de Barcelona (de 1076 a 1082) apodado Cap d´estopes (Cabeza de estopa) por su melena de color similar a la paja. La Edad Media, como la mayoría de épocas históricas, no fue un oasis de convivencia y en las tumultuosas Españas menos, y , entre otros, Ramón se enfrentó (y perdió) con un tal Rodrigo Díaz de Vivar. El rubio conde luego sería asesinado en un bosque, al parecer por orden de su hermano Berenguer Ramón. Quién quiere enemigos, teniendo hermanos.
- Ramiro II, el Monje (1086-1157). Un calificativo muy justo, pues este rey de Aragón vivió en un monasterio desde la más tierna infancia, y de hecho era obispo cuando a los 48 años fue reclamado para el trono por los nobles aragoneses, descontentos con el testamento de su hermano Alfonso I. Una vez rey casó a su única hija Petronila con el conde de Barcelona, Ramón Berenguer IV, unificando las dinastías e iniciando la Corona de Aragón. También hubo de enfrentarse a revueltas señoriales, ejecutando a ciertos nobles (un acontecimiento entre la realidad y la ficción que dio pie a la leyenda de la Campana de Huesca, que a su vez sirvió de inspiración para novelas y obras pictóricas, como el soberbio lienzo del principio de esta entrada). Aunque curiosamente no pasó a la historia como (sugerencias mías) el Verdugo o el Decapitador, sino como el ya dicho de Monje. Ciertamente, en 1137, sólo tres años después de ser coronado, delegó el poder en Petronila y su yerno y regresó a la vida monacal, aunque oficialmente el rey siguiera siendo él durante dos décadas. Murió en paz en 1157.
- Alfonso II , el Casto (1157-1196). ¡Vaya, un monarca bueno! Conde de Barcelona y monarca de Aragón desde 1164 a 1196, su apelativo se explica porque, al parecer, no se le conocieron aventuras y escarceos amorosos fuera de su exitoso matrimonio. Rara avis este recto rey. Su padre Ramón Berenguer IV fue llamado el Santo, aunque éste fue más juguetón y no siempre estuvo al lado de su mujer, la citada más arriba Petronila.
- Teobaldo I, el Trovador (1200-1253). Rey de Navarra entre 1234 y 1253, era sobrino de Sancho VII el Fuerte (de importante papel en las Navas de Tolosa en 1212) y él, más que en lo militar, tenía más interés en la poesía y en la música, de ahí su apodo. Su fama fue notoria en vida a causa de sus composiciones y al parecer se asemejaba más a un trovatore seductor que a un tuno, pues se casó tres veces (un divorcio incluido) y tuvo varios hijos extramatrimoniales.
- Eduardo I, el Zanquilargo (1239-1307). El rey inglés de Braveheart (magnífico papel de Patrick McGoohan). Su sobrenombre de Zanquilargo o Piernas largas (Longshanks) viene dado por su talla física, cercana al 1.90 de altura. Monarca entre 1272 y 1307, lo cierto es que para los ingleses fue un gobernante competente (los galeses y escoceses no estuvieron ni están de acuerdo) y enérgico el cual, entre otras decisiones, expulsó a los judíos de su reino en 1290 (toma Leyenda Negra). Guerrero, no murió en combate pero estuvo hasta los últimos días de su larga vida en conflicto con Escocia, de ahí su otro apodo, Martillo de los escoceses.
- Juan I, el Póstumo (noviembre de 1316). Nació cuando su padre, el rey francés Luis X, había fallecido ya, de ahí su sobrenombre. Pero la criatura apenas viviría, pues sólo cinco días después dejaba este mundo. No tardaron en surgir novelescas historias de advenedizos e iluminados que aseguraban ser Juan el Póstumo, habiendo crecido en el campo, lejos de la Corte.
- Pedro IV, el Ceremonioso (1319-1387). Rey de Aragón, de Valencia, de Mallorca, conde de Barcelona y duque de Atenas y Neopatria, es uno de los grandes monarcas aragoneses de la historia. En ciertas ocasiones se alió con Castilla y tampoco fue ajeno a las guerras nobiliarias del vecino. Su sobrenombre se explica por su gusto por los actos solemnes, las leyes y las costumbres. No en vano, entre otras decisiones, bajo su reinado se implantaría la Generalidad (Generalitat) catalana.
- Pedro I, el Cruel y el Justiciero (1334-1369). El siglo XIV fue uno de los más convulsos de la Edad Media española, con guerras civiles entre monarcas y príncipes, y en este rey de Castilla entre 1350 y 1369 recae la particularidad de, según sus partidarios o detractores, tener un apodo u otro: para los primeros fue el Justiciero, y para los segundos el Cruel. En estos sobrenombres influyó la propaganda a favor o en contra , pero lo cierto es que fue una época violenta donde no fueron extraños los asesinatos entre familiares. El propio Pedro moriría a manos de su hermano bastardo Enrique (ver siguiente rey). Sangriento final para una figura peculiar que también se distinguió por su protección a la cultura y a las clases populares.
- Enrique II , el Fratricida o el Bastardo y el de las Mercedes (1334-1379). Al igual que Pedro era hijo del rey Alfonso XI, pero él era fruto de los amores extramatrimoniales de su padre con Leonor de Guzmán, por lo que siempre fue conocido como el bastardo, aunque es más famoso su apelativo de el fratricida, pues asesinó a su medio hermano Pedro I con la inestimable ayuda de su aliado el noble francés Bertrand Duguesclin, quien según la leyenda dijo en medio de la pelea "ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor", facilitando la puñalada (no precisamente por la espalda) de Enrique a Pedro. El Fratricida o, para sus fans, el de las Mercedes , reinó sólo diez años en Castilla, pero fundaría la dinastía Trastámara, tan importante en la historia española.
- Martín I, el Humano (1356-1410). No, no se trata de que su reino estuviera formado únicamente por bestias y plantas y él fuera el único "humano", no. El sobrenombre viene por su humanismo, es decir, por su nivel intelectual y favorecedor de la cultura, en una época de Renacimiento temprano. Rey de Aragón, lo fue también de Sicilia, y tuvo en el exterior la tranquilidad que no disfrutó en la Península.
- Juan sin Miedo (1371-1419). Parece sacado de un cuento de los hermanos Grimm, pero hay toda una tradición en ciertos duques de Borgoña que pasaron a la historia por su arrojo y chulería. Este Juan era hijo de Felipe el Atrevido y su nieto sería conocido como Carlos el Temerario. Juan se ganó su apodo porque desde muy joven destacó en las artes militares; luego participó en Agincourt (1415) y marchó sobre París ante la debilidad del rey de Francia, siendo luego asesinado por una facción de nobles. Por lo visto también fue arrojado en el amor, pues fue padre de varios vástagos ilegítimos.
- Enrique III, el Doliente (1379-1406). Nieto de Enrique II el Fratricida y de Pedro IV el Ceremonioso, a priori su apodo puede interpretarse de dos formas: o que fuera un romántico al que le afectasen las "cosas del corazón", o que se tratase de un quejica de mala salud. Se trató de lo segundo, y falleció joven; su sobrenombre encubre un tanto los éxitos, tanto en política interna como externa, de su reinado, que iniciara a los 14 años de edad.
- Enrique IV, el Impotente (1425-1474). Rey de Castilla 20 años, desde 1454 hasta su muerte, su sobrenombre es bastante conocido y uno de los más denigrantes de la historia. Su impotencia sexual no está del todo clara y puede que simplemente no le atrajeran las mujeres (ya en vida se le acusaba de ello, entre otros muchos ataques, pues fue un rey vilipendiado por otros reyes y nobles), aunque tampoco se descarta, en una época en la cual los cortesanos presenciaban la consumación del acto sexual, que básicamente el bueno de Enrique no pudiera concentrarse ante las apremiantes miradas de voyeurs (no todo el mundo tiene esa facultad de desinhibición).
- Felipe V, el Animoso (1683-1746). El primer Borbón que reinó en España se caracterizó por su largo reinado de 1700 a 1746, pero también por su carácter apático, con frecuentes cambios de humor y ratos de demencia, aunque supo elegir bien a sus ministros y colaboradores, quienes sin duda reactivaron al país. En 1724 abdicó en su hijo Luis, pero la muerte de éste a los siete meses le obligó a volver al trono de mala gana. Muchos historiadores han querido ver en esta renuncia un reconocimiento del propio Felipe de su incapacidad para reinar. Ciertamente a partir de 1724 las cosas irían a peor y el comportamiento del rey y sus escenitas fueron cada vez más desconcertantes, escatológicas y surrealistas hasta su muerte por un derrame cerebral. Por lo visto sólo la guerra (desde palacio, por supuesto) le rescataba de la depresión, de ahí lo de animoso. Nada espectacular; más realista y fidedigno hubiera sido Felipe el Loco.
- Alfonso XII, el Pacificador (1857-1885). No siempre se dice en voz alta el sobrenombre dado al Borbón por sus apologetas; lo cierto es que uno se lo imagina como un sheriff del Viejo Oeste o como el típico negociador con los atracadores de un banco. Bromas aparte, Alfonso, fruto, según no pocos historiadores , de los amores de la reina Isabel II con un capitán, vino a simbolizar , como primer rey tras la I República, la Restauración monárquica después del alocado Sexenio Revolucionario, y es la piedra de toque de uno de los más largos y estables periodos de la historia española (1875-1923) pese a la oligarquía, el caciquismo y el desastre colonial. Aunque realmente quien estuvo detrás de todo fue el gran político Cánovas del Castillo, quien era casi como un padre para él. Pero Alfonso supo cuál era su papel y fue un rey aceptable, aunque murió antes de cumplir los 28 años, de tuberculosis.
Como conclusión, puede decirse que los tiempos donde los reyes tenían un buen apodo quedan ya muy lejanos, y que en general, eran mucho más imaginativos y sabrosos en la Edad Media. ¡Volvamos al Medievo!
Acaba de cumplirse un año de reinado en España de Felipe VI (y ayer mismo dio un discurso en la Asamblea Nacional de París), los duques de Cambridge han tenido a su segundo hijo bajo un gran revuelo mediático, en algún país escandinavo se ha producido otra importante noticia regia, y a mí, persona inquieta, me ha dado por pensar -divago bastante- para concluir que, primero, la monarquía sigue estando, pese a los siglos transcurridos, las inevitables transformaciones y el asombro y/o hastío de muchos, plenamente vigente (y no sólo en España) y segundo, que los reyes, y en general los nobles (quienes también siguen existiendo), ya no tienen los apodos y sobrenombres de otras épocas.
Insípidos tiempos los nuestros, pues ya no se estila motejar a un soberano con tal o cual coletilla, ya sea positiva, negativa, ensalzadora o denigratoria, cruel o pastelosa, para que los súdbitos tuvieran sus ídolos o sus dianas, y los cronistas material para sus tochos. Por eso, una vez más, vuelvo la vista atrás y ofrezco hoy una pequeña recopilación de apodos de reyes, aunque también hay de emperadores e incluso de algún conde...
He intentado no ceñirme a los más famosos (como el Católico, el Conquistador, el Grande, Corazón de León, etc) y he procurado fueran los sobrenombres "oficiales"; por tanto no está, por ejemplo, el Paquita Natillas con que parte del pueblo español tildó al marido de Isabel II, Francisco de Asís (1822-1902) quien al parecer era homosexual; de hecho se duda de su intervención en la mayor parte de la descendencia que tuvo con su mujer.
Veamos, por orden cronológico:
- Justiniano II, Rhinotmetos o Rinotmeta (669-711). Emperador bizantino durante dos períodos, el primero entre 685 y 695 y el segundo desde 705 hasta 711. Su sobrenombre quiere decir "Nariz Cortada", y se debe a que en la revuelta de sus generales que le depuso en 695 por déspota, se le amputó la nariz y se le desterró. Bizancio fue un mundo violento donde las conspiraciones, los crímenes y las mutilaciones estaban a la orden del día, siendo habituales los cegamientos y otros castigos, y a este Justiniano se le trató de un modo considerado más suave. Además, en 705, provisto de una prótesis dorada y con la ayuda de los búlgaros pudo recuperar el trono, para después torturar (como al patriarca de Constantinopla, a quien hizo sacar los ojos) y/o ejecutar sádicamente a los usurpadores, muy al bizantino modo. Él mismo acabaría siendo asesinado, como no pocos emperadores de Oriente.
-Pipino el Breve (715-768). El apodo no le viene porque su reinado fuera fugaz (pues fue rey de los francos entre 751 y 768) sino por su corta estatura, hasta para la época (en torno al metro y cuarenta centímetros). Hijo de Carlos Martel (quien frenara a los árabes en Poitiers en 732) su pequeña talla no fue obstáculo para llegar al trono y consolidar su reino o para procrear hasta siete vástagos, entre ellos uno que sería aún más grande que él, en todos los sentidos: Carlomagno.
- Constantino V, el Coprónimo o Copronomio (718-775). Emperador de Bizancio entre 741 y 775. Éstos fueron años de fuertes disputas entre iconoclastas e iconódulos, por lo cual a la muerte de Constantino, ferviente destructor de ídolos, sus enemigos partidarios de respetar las imágenes difundieron el rumor de que...se cagó en la pila bautismal, de ahí lo de coprónimo (vulgarmente, "el del nombre de mierda"). Por suerte para él nunca supo que pasaría a la historia con ese escatológico sobrenombre; por otra parte, gracias a sus detractores mis compañeros de carrera y yo pasamos buenos momentos en clase.
- Constantino VI, el Cegado (771-797). Emperador bizantino entre 780 y 797, en su caso tampoco se ganó el sobrenombre sino que le fue impuesto, pues una revuelta lo apartaría del trono, siendo privado también del sentido de la vista (ya hemos dicho que los bizantinos eran consumados oftalmólogos), aunque no se sabe si murió al poco tiempo a causa de las torturas (los usurpadores no solían contentarse con una mutilación) o recluido y ciego, pero a salvo.
- Carlos III, el Gordo (839-888). Bisnieto de Carlomagno y emperador de los francos entre 881 y 887, no heredó las cualidades de sus antepasados y su sobrenombre, bueno para un mafioso pero malo para un rey, en este caso no admite dobleces. Su reinado fue inestable y él, además de obeso, era tal vez epiléptico. Fue apartado del poder antes de morir. Hay otro rey francés posterior apodado también el Gordo, Luis VI (1080-1137), si bien distinguido por sus energías y buenas aptidudes militares.
- Miguel III, el Borracho (840-867). Con este solemne y elegante apodo quedaría en el recuerdo el emperador bizantino (ungido desde los 2 años de edad) a causa de sus relajadas y dionisíacas costumbres y su escasa moral. Con todo, algunos historiadores han intentado ir más allá de su imagen de beodo y han recalcado sus iniciativas y su valor en la batalla, pese a su carácter oscilante. Fue, para variar, asesinado, con 27 años.
- Fruela II, el Leproso (874-925). El del reino de León es otro interesante y oscuro mundo, una época inestable con reyes de mala salud. Es el caso del desgraciado Fruela, enfermo de la mortífera lepra. De hecho fue rey sólo un año, aunque cumpliera los 50 y fuera soberano de Asturias desde los 35. Si uno ha visto El Reino de los Cielos puede relacionarlo con la bella máscara del rey Balduino, también leproso, aunque probablemente la realidad en ambos casos no fuera tan estilosa y se pareciera más al andrajoso padre de Robert Bruce en Braveheart.
- Enrique I, el Pajarero (876-936). Al duque de Sajonia y rey de la Francia Oriental (el germen de la futura Alemania) desde 919 hasta su muerte en 936, le encantaba cazar, tanto, que se le podía ver en multitud de ocasiones con sus halcones y otras rapaces; por ello, era conocido ya en vida como el pajarero. Un apodo en cierto modo simpático aunque en principio no deje en buen lugar al monarca, pues da la impresión de que viviera entre el estruendo de las jaulas de aves o, de aún peor, que fuera medio demente por tener muchos pájaros en la cabeza; mas no es el caso, y Enrique fue un rey muy válido en una época complicada, dejándole el camino allanado a su hijo y sucesor Otón I, futuro emperador germánico.
- Carlos III, el Simple (879-929). Rey de Francia de 898 a 923, en otras fuentes aparece con el apodo más ofensivo de el Tonto. Carlos no fue nada idiota, tan sólo una persona que, de tan honesta, parecía tonta para muchos (algo aún vigente hoy día; desde luego, si no quieres que te tomen por tonto, debes ser ladino). Consiguió frenar a los vikingos pero no a las revueltas de señores feudales (Francia fue durante mucho tiempo un lugar donde el rey controlaba poco más que París), quienes le derrocaron tras varias batallas, aunque al menos no estaba en Bizancio pues se le recluyó en un castillo, pero no se le tocó ni un pelo. Falleció en cautiverio seis años después.
- Sancho I, el Craso (935-966). Craso es la denominación fina y elegante para referirse a un obeso, y al parecer la circunferencia adiposa de Sancho era tan extrema que los nobles se rebelaron contra él a los dos años de iniciarse su reinado, en 958. Por una vez funcionó eso de "la convivencia" y el rey de León, a través de su abuela Toda de Pamplona recibió la ayuda del califa de Córdoba, el gran Abderramán III (de hecho, sobrino de Toda; todo quedó en familia). El rey moro recibió a Sancho, quien fue tratado por su médico personal. Éste puso a dieta al monarca leonés a cambio de territorios. Parece que en mejor forma, y con la ayuda del ejército musulmán, recuperó la ciudad de León y el trono en 960. Asentado en el poder, fallecería seis años después, envenenado, destino cruel, mientras comía.
- Edgar el Pacífico (943-975). Parece un personaje de Tarantino y es acaso uno de los sobrenombres más irónicos de la historia, pues este Edgar fue de todo menos pacífico. En una época ya de por sí convulsa, el monarca se distinguió por sus crueles maneras, y por si fuera poco, violó a una monja, dejándola encinta (la pobre luego sería santificada). Además, se casó dos veces, dejando problemas sucesorios y de facciones, como veremos.
- Bermudo II, el Gotoso (949-999). Otro monarca leonés que no parece fuera muy comedido con la gastronomía, pues su poco saludable apodo indica su enfermedad y sus malas costumbres; como es sabido, la gota, aunque sea genética, se desencadena por comer (especialmente carnes y mariscos) y beber (sobre todo alcohol) en grandes cantidades y moverse poco; por tanto ha sido una de las dolencias típicas de los soberanos. Bermudo fue rey desde 985 hasta que la gota se le agravó de tal manera que debía ser transportado en litera, falleciendo en un monasterio en el año 999.
- Basilio II, el Bulgaróctono (958-1025). Y acabamos con Bizancio. En este caso tampoco se trata de un emperador pacífico y virtuoso, pues el popular Basilio, quien reinó casi 50 años, se distinguió por sus belicosas campañas contra árabes, jázaros, lombardos y búlgaros. De ahí lo de bulgaróctono ("asesino" o "matador de búlgaros") pues contra este pueblo guerreó más de una década, causando miles y miles de bajas y cegando a buena parte de los supervivientes. Monótono y relajado mundo el bizantino.
- Svend I, Barba de Horquilla (960-1014). Rey de Dinamarca y Noruega entre 985 y 1014 y de Inglaterra en 1013-1014, fue apodado por los ingleses Forkbeard (Barba Partida o Barba de Horquilla) por su gran mostacho, algo raro en la época. En calidad de rey invasor no pudo disfrutar mucho tiempo de su trono en tierras ocupadas, como quedó patente.
- Eduardo el Mártir (961-978). Inglaterra, como es bien sabido, también es tierra de conspiraciones truculentas con reyes y nobles de por medio, y este monarca de la Casa de Wessex apenas duró 3 años en el trono: primogénito de Edgar el Pacífico, le sucedió, pero fue asesinado por su madrastra Elfrida, quien quería a su hijo Etelredo como rey. La buena mujer ofreció a Eduardo , quien iba a caballo, una copa de vino, y fue cuestión de segundos que un mandao le apuñalase por la espalda. Por su carácter apacible y su injusta muerte fue tratado como un mártir, y canonizado poco después (por lo visto en torno a su cuerpo ocurrieron milagros).
- Luis V, el Holgazán (967-987). Los franceses y sus chismosos apodos. Este Luis accedió al trono con apenas 19 años y murió sólo trece meses después, al caerse de su caballo, así que tan perezoso no era (o sí). Qué ocurrió para en tan poco tiempo ganarse tal sobrenombre, no está muy claro.
- Etelredo II el Indeciso (968-1016). El tal Etelredo mencionado antes, reinó entre 978 y 1016. Era hijo del rey Edgar y su segunda mujer, la bruja Elfrida. Ésta tuteló y manipuló a su antojo a Etelredo, así que el monarca pasó a la historia como el Indeciso, si bien la madre, consumida por los remordimientos, se marcharía antes de palacio haciéndose monja y recluyéndose en una abadía, por lo que la llegada de los daneses le pilló acogida a sagrado.
- Eduardo el Confesor (1002-1066). Uno de los más famosos. Hijo de el Indeciso, restauró la casa de Wessex tras la segunda invasión danesa en 1042 y es el penúltimo de los reyes anglosajones de Inglaterra. Fue un monarca popular y el apodo le viene, no porque actuara de confidente, sino por su religiosidad y vida recta; de hecho no consumó su matrimonio, por lo que a su muerte le sucedió su cuñado Haroldo. Eduardo fue canonizado en 1161 y sería patrón de Inglaterra hasta su sustitución por San Jorge.
- Ramón Berenguer II, Cabeza de Estopa (1053-1082). No hablamos de un boxeador, sino de un conde de Barcelona (de 1076 a 1082) apodado Cap d´estopes (Cabeza de estopa) por su melena de color similar a la paja. La Edad Media, como la mayoría de épocas históricas, no fue un oasis de convivencia y en las tumultuosas Españas menos, y , entre otros, Ramón se enfrentó (y perdió) con un tal Rodrigo Díaz de Vivar. El rubio conde luego sería asesinado en un bosque, al parecer por orden de su hermano Berenguer Ramón. Quién quiere enemigos, teniendo hermanos.
- Ramiro II, el Monje (1086-1157). Un calificativo muy justo, pues este rey de Aragón vivió en un monasterio desde la más tierna infancia, y de hecho era obispo cuando a los 48 años fue reclamado para el trono por los nobles aragoneses, descontentos con el testamento de su hermano Alfonso I. Una vez rey casó a su única hija Petronila con el conde de Barcelona, Ramón Berenguer IV, unificando las dinastías e iniciando la Corona de Aragón. También hubo de enfrentarse a revueltas señoriales, ejecutando a ciertos nobles (un acontecimiento entre la realidad y la ficción que dio pie a la leyenda de la Campana de Huesca, que a su vez sirvió de inspiración para novelas y obras pictóricas, como el soberbio lienzo del principio de esta entrada). Aunque curiosamente no pasó a la historia como (sugerencias mías) el Verdugo o el Decapitador, sino como el ya dicho de Monje. Ciertamente, en 1137, sólo tres años después de ser coronado, delegó el poder en Petronila y su yerno y regresó a la vida monacal, aunque oficialmente el rey siguiera siendo él durante dos décadas. Murió en paz en 1157.
- Alfonso II , el Casto (1157-1196). ¡Vaya, un monarca bueno! Conde de Barcelona y monarca de Aragón desde 1164 a 1196, su apelativo se explica porque, al parecer, no se le conocieron aventuras y escarceos amorosos fuera de su exitoso matrimonio. Rara avis este recto rey. Su padre Ramón Berenguer IV fue llamado el Santo, aunque éste fue más juguetón y no siempre estuvo al lado de su mujer, la citada más arriba Petronila.
- Teobaldo I, el Trovador (1200-1253). Rey de Navarra entre 1234 y 1253, era sobrino de Sancho VII el Fuerte (de importante papel en las Navas de Tolosa en 1212) y él, más que en lo militar, tenía más interés en la poesía y en la música, de ahí su apodo. Su fama fue notoria en vida a causa de sus composiciones y al parecer se asemejaba más a un trovatore seductor que a un tuno, pues se casó tres veces (un divorcio incluido) y tuvo varios hijos extramatrimoniales.
- Eduardo I, el Zanquilargo (1239-1307). El rey inglés de Braveheart (magnífico papel de Patrick McGoohan). Su sobrenombre de Zanquilargo o Piernas largas (Longshanks) viene dado por su talla física, cercana al 1.90 de altura. Monarca entre 1272 y 1307, lo cierto es que para los ingleses fue un gobernante competente (los galeses y escoceses no estuvieron ni están de acuerdo) y enérgico el cual, entre otras decisiones, expulsó a los judíos de su reino en 1290 (toma Leyenda Negra). Guerrero, no murió en combate pero estuvo hasta los últimos días de su larga vida en conflicto con Escocia, de ahí su otro apodo, Martillo de los escoceses.
- Juan I, el Póstumo (noviembre de 1316). Nació cuando su padre, el rey francés Luis X, había fallecido ya, de ahí su sobrenombre. Pero la criatura apenas viviría, pues sólo cinco días después dejaba este mundo. No tardaron en surgir novelescas historias de advenedizos e iluminados que aseguraban ser Juan el Póstumo, habiendo crecido en el campo, lejos de la Corte.
- Pedro IV, el Ceremonioso (1319-1387). Rey de Aragón, de Valencia, de Mallorca, conde de Barcelona y duque de Atenas y Neopatria, es uno de los grandes monarcas aragoneses de la historia. En ciertas ocasiones se alió con Castilla y tampoco fue ajeno a las guerras nobiliarias del vecino. Su sobrenombre se explica por su gusto por los actos solemnes, las leyes y las costumbres. No en vano, entre otras decisiones, bajo su reinado se implantaría la Generalidad (Generalitat) catalana.
- Pedro I, el Cruel y el Justiciero (1334-1369). El siglo XIV fue uno de los más convulsos de la Edad Media española, con guerras civiles entre monarcas y príncipes, y en este rey de Castilla entre 1350 y 1369 recae la particularidad de, según sus partidarios o detractores, tener un apodo u otro: para los primeros fue el Justiciero, y para los segundos el Cruel. En estos sobrenombres influyó la propaganda a favor o en contra , pero lo cierto es que fue una época violenta donde no fueron extraños los asesinatos entre familiares. El propio Pedro moriría a manos de su hermano bastardo Enrique (ver siguiente rey). Sangriento final para una figura peculiar que también se distinguió por su protección a la cultura y a las clases populares.
- Enrique II , el Fratricida o el Bastardo y el de las Mercedes (1334-1379). Al igual que Pedro era hijo del rey Alfonso XI, pero él era fruto de los amores extramatrimoniales de su padre con Leonor de Guzmán, por lo que siempre fue conocido como el bastardo, aunque es más famoso su apelativo de el fratricida, pues asesinó a su medio hermano Pedro I con la inestimable ayuda de su aliado el noble francés Bertrand Duguesclin, quien según la leyenda dijo en medio de la pelea "ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor", facilitando la puñalada (no precisamente por la espalda) de Enrique a Pedro. El Fratricida o, para sus fans, el de las Mercedes , reinó sólo diez años en Castilla, pero fundaría la dinastía Trastámara, tan importante en la historia española.
- Martín I, el Humano (1356-1410). No, no se trata de que su reino estuviera formado únicamente por bestias y plantas y él fuera el único "humano", no. El sobrenombre viene por su humanismo, es decir, por su nivel intelectual y favorecedor de la cultura, en una época de Renacimiento temprano. Rey de Aragón, lo fue también de Sicilia, y tuvo en el exterior la tranquilidad que no disfrutó en la Península.
- Juan sin Miedo (1371-1419). Parece sacado de un cuento de los hermanos Grimm, pero hay toda una tradición en ciertos duques de Borgoña que pasaron a la historia por su arrojo y chulería. Este Juan era hijo de Felipe el Atrevido y su nieto sería conocido como Carlos el Temerario. Juan se ganó su apodo porque desde muy joven destacó en las artes militares; luego participó en Agincourt (1415) y marchó sobre París ante la debilidad del rey de Francia, siendo luego asesinado por una facción de nobles. Por lo visto también fue arrojado en el amor, pues fue padre de varios vástagos ilegítimos.
- Enrique III, el Doliente (1379-1406). Nieto de Enrique II el Fratricida y de Pedro IV el Ceremonioso, a priori su apodo puede interpretarse de dos formas: o que fuera un romántico al que le afectasen las "cosas del corazón", o que se tratase de un quejica de mala salud. Se trató de lo segundo, y falleció joven; su sobrenombre encubre un tanto los éxitos, tanto en política interna como externa, de su reinado, que iniciara a los 14 años de edad.
- Enrique IV, el Impotente (1425-1474). Rey de Castilla 20 años, desde 1454 hasta su muerte, su sobrenombre es bastante conocido y uno de los más denigrantes de la historia. Su impotencia sexual no está del todo clara y puede que simplemente no le atrajeran las mujeres (ya en vida se le acusaba de ello, entre otros muchos ataques, pues fue un rey vilipendiado por otros reyes y nobles), aunque tampoco se descarta, en una época en la cual los cortesanos presenciaban la consumación del acto sexual, que básicamente el bueno de Enrique no pudiera concentrarse ante las apremiantes miradas de voyeurs (no todo el mundo tiene esa facultad de desinhibición).
- Felipe V, el Animoso (1683-1746). El primer Borbón que reinó en España se caracterizó por su largo reinado de 1700 a 1746, pero también por su carácter apático, con frecuentes cambios de humor y ratos de demencia, aunque supo elegir bien a sus ministros y colaboradores, quienes sin duda reactivaron al país. En 1724 abdicó en su hijo Luis, pero la muerte de éste a los siete meses le obligó a volver al trono de mala gana. Muchos historiadores han querido ver en esta renuncia un reconocimiento del propio Felipe de su incapacidad para reinar. Ciertamente a partir de 1724 las cosas irían a peor y el comportamiento del rey y sus escenitas fueron cada vez más desconcertantes, escatológicas y surrealistas hasta su muerte por un derrame cerebral. Por lo visto sólo la guerra (desde palacio, por supuesto) le rescataba de la depresión, de ahí lo de animoso. Nada espectacular; más realista y fidedigno hubiera sido Felipe el Loco.
- Alfonso XII, el Pacificador (1857-1885). No siempre se dice en voz alta el sobrenombre dado al Borbón por sus apologetas; lo cierto es que uno se lo imagina como un sheriff del Viejo Oeste o como el típico negociador con los atracadores de un banco. Bromas aparte, Alfonso, fruto, según no pocos historiadores , de los amores de la reina Isabel II con un capitán, vino a simbolizar , como primer rey tras la I República, la Restauración monárquica después del alocado Sexenio Revolucionario, y es la piedra de toque de uno de los más largos y estables periodos de la historia española (1875-1923) pese a la oligarquía, el caciquismo y el desastre colonial. Aunque realmente quien estuvo detrás de todo fue el gran político Cánovas del Castillo, quien era casi como un padre para él. Pero Alfonso supo cuál era su papel y fue un rey aceptable, aunque murió antes de cumplir los 28 años, de tuberculosis.
Como conclusión, puede decirse que los tiempos donde los reyes tenían un buen apodo quedan ya muy lejanos, y que en general, eran mucho más imaginativos y sabrosos en la Edad Media. ¡Volvamos al Medievo!
11.5.15
El corazón de las tinieblas según Coppola
Con la reciente concesión del Premio Princesa de Asturias (los primeros de la heredera Leonor) de las Artes a Francis Ford Coppola, supongo es buen momento para recordar al gran director norteamericano, con toda justicia uno de los mejores y más importantes de los últimos 45 años y desde luego uno de los pocos genios vivos representantes y simbólicos del inolvidable cine que se hacía en los 70, por más que a sus 76 años lleve demasiado tiempo sin entregar una película verdaderamente grande (la última podría ser, con reservas, Drácula de Bram Stoker, de 1992) y esté más implicado en sus vinos de Napa Valley.
Mas en concreto, hoy quería realizar mi aportación-homenaje centrado en su otro gran largometraje aparte de las dos primeras partes de El Padrino (la tercera es una extraordinaria película, pero no llega a romper el techo como sus hermanas mayores). Hablo, desde luego, de Apocalypse Now (1979), desde su rodaje un film mítico y de culto y el cual, con el estreno en 2001 de una versión con 50 minutos de escenas descartadas en su momento (Apocalypse Now Redux) para hacerla más accesible, adquirió mayores dimensiones a todos los niveles, aunque hay opiniones encontradas entre la crítica y el público.
Debo confesar que cuando la vi por primera vez se me hizo algo pesada y desconcertante de más; de ese tipo que dices "vaya rayada pretenciosa...". Pero ciertas películas, como los libros, precisan de una o varias revisiones, ya sea en determinado momento o bajo peculiares circunstancias, o con el transcurso del tiempo. Y, en efecto, eso me ocurrió con Apocalypse Now. Habré visto ya unas cinco veces los 202 minutos de Redux y me sigue maravillando y fascinando tanto como desde que, ignorante de mí, empecé a mirarla con otros ojos.
El film de Coppola tiene su génesis en la gran novela corta de Joseph Conrad El corazón de las tinieblas (Heart of Darkness, 1899), un libro que por su trasfondo y sus connotaciones (colonialismo, salvajismo, un blanco que es adorado como un dios por las tribus en las profundidades de la selva africana, etc) ya había intentado ser adaptado al cine por otro genio, Orson Welles. Pero tras varios años de indecisiones e imposibilidades, hacia 1975 y aprovechándose de un guión escrito entre él y su amigo, el belicoso John Milius (luego director de El león del desierto o Conan el bárbaro) , de ingentes cantidades de dinero por los éxitos precedentes, y del prestigio de los Padrinos, se procedió a la recreación de El corazón de las tinieblas, si bien, siguiendo a Milius, el Congo era ahora Vietnam y el momento no es 1900, sino finales de la década de los 60.
"Mi película no trata sobre la guerra de Vietnam...es Vietnam".
Con esta lapidaria frase presentó Coppola Apocalypse Now en el Festival de Cannes de 1979. Puede parecer pretenciosa y en efecto lo era, pero también era rigurosamente cierta. Pues si la película es poderosamente fascinante, tenebrosa , exagerada y sórdida, las circunstancias bajo las que se rodó y finalizó fueron similares.
El rodaje comenzó en marzo de 1976, en las islas Filipinas, cuando hacía apenas un año que el conflicto de Vietnam había finalizado. Inicialmente se habían programado 15 o 16 semanas para grabar; esos 100 días se acabaron convirtiendo en año y pico. ¿La causa? Más bien causas...
Tifones que destrozaban los decorados y las infraestructuras. Clima pegajoso y opresivo que inundaba de fiebre al equipo. Colaboración del ejército filipino, pero sujeta a la guerra civil que por entonces afectaba al país (los militares se llevaban los helicópteros sin previo aviso, pues eran necesarios para combatir). Dinero a espuertas que permitía que el alcohol y la droga rulase por actores, directores y operarios. Renuncias (ni Steve McQueen, ni Jack Nicholson ni Robert Redford estaban dispuestos a ir a rodar a la jungla) y descartes de reparto con caras nuevas, como el papel del protagonista, el capitán Willard (el Marlow del libro de Conrad), que pasó de Harvey Keitel al más desconocido Martin Sheen. Egos inmensos, como el de Marlon Brando, quien se presentó rapado y tremendamente obeso, provocando cambios en la película pese a su breve pero estelar aparición, y que entre otras cosas exigió, aparte de un desaforado sueldo, no compartir plano con Dennis Hopper...
La tónica era el desquiciamento general y un día a día dionisíaco en medio de las profundidades de la selva, las más de las veces marcado por los excesos: al comienzo de la película aparece el capitán Willard en estado de embriaguez, rompiendo un espejo y cortándose la mano; una escena poderosa y lisérgica (la música ayuda) en la cual Martin Sheen resulta muy creíble...básicamente porque Coppola le emborrachó a propósito; además, la sangre que se ve es la del propio Sheen. Días después, no se sabe si por las drogas , el clima asfixiante o el ambiente, al actor le dio un infarto, tan grave que recibió la extremaunción (por suerte se recuperó, desde luego en EEUU, para luego regresar a Asia). La marihuana y el ácido no eran un problema para el ya fallecido Dennis Hopper (conocido por sus excesos), quien interpreta a un pirado y salía puesto de todo a escena. Otras veces Brando, ebrio, era incapaz de recordar sus frases. Puestos a desbarrar, también se incluyó el salvaje sacrificio real de una vaca. Luego, el propio Coppola poniendo en peligro su matrimonio al liarse con una de las "conejitas" Playboy que salen en la película, pese a que su mujer (y sus hijos) estaban por allí...
Con todas estas anécdotas (junto a otras que quizá nunca se sepan) parecía imposible que se llevara a buen puerto la película; de hecho se antojaba más factible que todo el equipo volviera trastornado del rodaje, como si de verdad hubieran ido al Vietnam (si es que no se quedaba alguno allí, claro). Supuso toda una pesadillesca prueba al límite para todos los que pasaron 400 días en Filipinas, como también fue larga la labor de retoque y post-producción, de casi dos años. Pero lo cierto es que el producto por fin vio la luz, está ahí y entró en la historia del cine desde su estreno; tuvo una buena recaudación, que compensó en parte la ruina del presupuesto del rodaje, disparado; en cuanto a premios, entre otros, recibió la Palma de Oro de Cannes y dos Oscar (de ocho nominaciones).
La trama es conocida, pero no desvelo nada importante por si alguien aún no la ha visto: en plena guerra de Vietnam (1969) se le encarga al capitán Benjamin Willard (Sheen), un hombre ya de por sí con problemas, la misión de remontar el río Mekong desde Saigón a bordo de una pequeña embarcación con la ayuda de 4 hombres, y entrar en las profundidades de Camboya, donde su compatriota el coronel Walter E. Kurtz (Brando), una antigua gloria, ha renegado de todo y de todos, y ha perdido aparentemente el juicio, con sus actuaciones y "métodos" . Willard debe eliminarlo, aunque progresivamente, entre el ambiente circundante, las experiencias de la guerra y las lecturas sobre el coronel se denota cada vez más fascinado por (y comprensivo con) Kurtz, pese a que tarde bastante en llegar a él. Mientras, cada estación, cada parada en el estrambótico viaje río arriba es más dantesca que la anterior...Varios actores tienen papeles menos importantes, como el ya citado Dennis Hopper, Harrison Ford o un chaval de 15 años llamado Larry Fishburne (luego Laurence Fishburne, el Morfeo de Matrix). Robert Duvall aparece poco y al principio, pero su genial interpretación (para mí superior a la de Brando) del excéntrico y surfista teniente coronel Kilgore, con, entre otros momentos, el famoso "monólogo" del napalm, es uno de los aspectos que perduran de la película:
Como también son icónicas y eternas multitud de escenas, caso de la primera aparición de Kurtz entre tinieblas; la plantación francesa, una reliquia que parece vivir en otro tiempo; la mítica secuencia de los helicópteros de Kilgore (la 9ª de Caballería) arrasando a los charlies mientras suena Wagner en sus cintas a todo volumen, y otras escenas que omito para no destripar la película. Ya el comienzo es magnífico, con el ataque químico sobre la selva mientras suena The Doors (The end) y el consiguiente plano de las hélices fundiéndose con el ventilador de la habitación donde languidece Willard:
Pero, fundamentalmente, si Apocalypse Now fascina y maravilla, es por varios motivos: tanto por la opresiva atmósfera que transmite la certeza de que esa maldita y alegórica selva es la perdición absoluta, y a esto ayuda tanto los sublimes planos del barco remontando en soledad el río, como la extraordinaria fotografía de Vittorio Storaro (ganadora del Oscar) que te sumergen en el crepúsculo paradisíaco y alienante de la jungla, o cuando juega de manera soberbia con la luz y la oscuridad; maravilla, además, por cuestiones auditivas, pues es justo señalar el envolvente y contundente sonido, editado por Walter Murch (también obsequiado con el Oscar) , y la música que compusieron entre Francis y su padre Carmine, unas melodías oníricas que abstraen aún más en el corazón de las tinieblas. Desde luego, también es destacable el magnífico guión que no deja de incidir en el escaso sentido de la guerra, en el militarismo y el intervencionismo de EEUU, en la pérdida de la juventud, en el tormento y el descenso a los infiernos, lo que está bien y lo que está mal, el deber y el honor, y la carga del colonialismo tanto en el caso de los franceses en Indochina como con el propio paralelismo de los yanquis en Vietnam, una de las guerras más justamente impopulares de la historia (desde luego, hasta los más acérrimos anti-americanos reconocen, o deberían hacerlo, la capacidad de los estadounidenses para dispararse a su propio pie y criticar y entonar mil veces el mea culpa...en esto poco se parecen a ingleses y franceses). Por último y por supuesto, también son muy meritorias las actuaciones de todo el plantel de actores, muy creíbles en su delirio, aunque es difícil distinguir cuándo estaban bajo la influencia de las sustancias ingeridas y cuándo no.
El Apocalipsis, el infierno de Coppola, o, para ser más original, el corazón de las tinieblas según Coppola, es por méritos propios una de las obras más personales, peculiares e inquietamente atractivas de toda la historia del cine. Verla, escucharla y sentirla supone toda una experiencia desconcertante, hipnótica, alucinante, que te zambulle en las profundidades de lo peor del ser humano. Casi con total seguridad, nunca se volverá a hacer una película de estas características y bajo esas particulares circunstancias. Una maldita obra maestra que, verdaderamente, fue Vietnam. Es Vietnam.
-"El horror...el horror"...
29.4.15
Clásicos recomendables: "El árbol de la ciencia"
Pío Baroja y Nessi nació en San Sebastián el 28 de diciembre de 1872. Miembro de una destacada familia de intelectuales, ejerció durante un tiempo la medicina, aunque alcanzaría fama imperecedera como escritor. Miembro de la llamada "Generación del 98" (por más que él siempre lo negase) publicó sus mejores obras antes de la Guerra Civil y especialmente en las dos primeras décadas del siglo XX. Agnóstico y de ideas anticlericales, pero también antidemocráticas y antisemitas, se fue quedando solo, aunque fue reconocido como un gran escritor a su muerte en Madrid el 30 de octubre de 1956, a los 83 años.
Mucha gente tendrá todavía a El árbol de la ciencia entre sus recuerdos de EGB y LOGSE. Uno de tantos libros que nos obligaban a leer, procedimiento éste motivo de alborozo de algunos y fastidio de muchos (leer, por desgracia, ya empezaba a dejar de ser popular en mi época), y, como tal, positiva o negativamente evocado, según se haya revisitado con el tiempo, o no, como ocurre con otros libros.
Una de los deberes necesarios en la vida, pienso, debería ser la de volver a leer novelas, cuentos y poesías, años después de haberlo hecho en la infancia o en la adolescencia. Por todo lo que aporta y hace reflexionar, pues ahora sí puedes volver la vista atrás desde la experiencia o vislumbrar un hipotético futuro, sea negro, esclarecido o dudoso, y por todos los matices que antes se te escapaban por entre tus dedos de niño.
Y El árbol de la ciencia, del vasco Pío Baroja, no es una excepción. Considerada generalmente como la mejor obra del gran escritor español, fue publicada en 1911, aunque la acción se desarrolle en la última década del siglo XIX.
En gran parte autobiográfica y cuajada de recuerdos y vivencias personales, cuenta las peripecias de un estudiante de Medicina, Andrés Hurtado, sus proyectos de vida, desilusiones e ideas y teorías filosóficas.
Hurtado es un joven pesimista asfixiado por el clima de su época, y también alguien que busca constantemente el sentido de la vida, o por lo menos algún motivo que justifique algo de felicidad o por lo menos de satisfacción, primero en su época de estudios en Madrid y luego en su trabajo como médico en provincias y de vuelta a la capital, en una constante huida pues no se lleva nada bien con su padre (de ideas conservadoras), desprecia a los ricos, no prefiere exactamente a los pobres y sus amistades no son duraderas.
A través del protagonista Baroja realiza todo un retrato de esos años (1890-1900), de su sociedad y de las características de España en ese último tramo del siglo. Retrato implacable y sin piedad, despachándose, por ejemplo, sobre la atmósfera universitaria y española:
"Esa tendencia natural a la mentira, a la ilusión del país pobre que se aísla, contribuía al estancamiento, a la fosilización de las ideas.
Aquel ambiente de inmovilidad, de falsedad, se reflejaba en las cátedras. Andrés Hurtado pudo comprobarlo al comenzar a estudiar Medicina. Los profesores del año preparatorio eran viejísimos: había algunos que llevaban cerca de cincuenta años explicando.
Sin duda no los jubilaban por sus influencias y por esa simpatía y respeto que ha habido siempre en España por lo inútil".
¡Ah! ¡Don Pío dando en el clavo hace más de un siglo!
Por supuesto, también sobre la política, reflejo de ese bipartidismo imperante desde la Restauración:
"Respondía perfectamente al estado de inercia y desconfianza del pueblo. Era una política de caciquismo, una lucha entre dos bandos contrarios, que se llamaban el de los Ratones y el de los Mochuelos; los Ratones eran liberales, y los Mochuelos, conservadores.
En aquel momento dominaban los Mochuelos. El mochuelo principal era el alcalde, un hombre delgado, vestido de negro, muy clerical, cacique de formas suaves que suavemente iba llevándose todo lo que podía del Municipio.
El cacique liberal del partido de los Ratones era don Juan, un tipo bárbaro y despótico, corpulento y forzudo, con manos de gigante. Este gran Ratón no disimulaba como el Mochuelo, se quedaba con todo lo que podía, sin tomarse el trabajo de ocultar decorosamente sus robos".
Desde luego, sobre el clásico chauvinismo en relación a la guerra de Cuba:
"En todas partes no se hablaba más que del éxito o del fracaso. El padre de Hurtado creía en la victoria española; pero en una victoria sin esfuerzo. Los yanquis, que eran todos vendedores de tocino, al ver a los primeros soldados españoles dejarían las armas y echarían a correr. (...) Los periódicos no decían más que necedades y bravuconadas: los yanquis no estaban preparados para la guerra; no tenían ni uniformes para los soldados. En el país de las máquinas de coser, el hacer unos cuantos uniformes era un conflicto enorme, según se decía en Madrid. (...) Los periódicos traían cálculos completamente falsos. Andrés llegó a creer que había alguna razón para los optimismos".
O sobre la idiosincrasia nacional:
"Las costumbres de Alcolea eran españolas puras, es decir, de un absurdo completo.
El pueblo no tenía el menor sentido social; las familias se metían en sus casas, como los trogloditas en su cueva. No había solidaridad; nadie sabía ni podía utilizar la fuerza de la asociación. Los hombres iban al trabajo y a veces al casino. Las mujeres no salían más que los domingos a misa".
Baroja, como destacado miembro de la "Generación del 98" y al igual que el resto de dichos escritores (Unamuno, Maeztu, Azorín...), reaccionó ante la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas con ese sentimiento de doler España, mediante el cual, aunque reconocieran las virtudes, historia y cultura del país, por otra parte reclamaban con urgencia un regeneracionismo y un cosmopolitismo que conectasen de una vez a la nación con Europa y desterrasen su vertiente miserable y decadente. Esta ideología puede verse en el interesante personaje de Iturrioz, tío de Andrés.
También resulta notoria la carga filosófica de la novela, con constantes alusiones a Schopenhauer (Baroja era, como él y como Hurtado, un gran pesimista) o Kant, y con una larga conversación entre Andrés y su tío a mediados del libro sobre pensamiento, existencialismo, árbol de la vida y árbol de la ciencia (motivo que da título al libro). Para muestra, el atrapado protagonista:
"¿Y qué? - replicó Andrés-. Uno tiene la angustia, la desesperación, de no saber qué hacer con la vida, de no tener un plan, de encontrarse perdido, sin brújula, sin luz adonde dirigirse. ¿Qué se hace con la vida? ¿Qué dirección se le da? Si la vida fuera tan fuerte que le arrastrara a uno, el pensar sería una maravilla, algo como para el caminante detenerse y sentarse a la sombra de un árbol, algo como penetrar en un oasis de paz; pero la vida es estúpida, y creo que en todas partes, y el pensamiento se llena de terrores, como compensación a la esterilidad emocional de la existencia".
El escritor vasco desarrolla su particular modo de escribir, con frases secas, concisas y poco jugosas desde el punto de vista estilístico, pero no por ello desprovistas de emoción, trascendencia o significado. Muy imbuido por algún tipo de economía de letra, tanto las descripciones como los diálogos son parcos, directos, hasta sosos diría alguno, pues poca alegría hay. Desde luego encajan perfectamente con esa icónica imagen del Pío Baroja hosco y tremendo, con el gesto serio y expresión antisocial, con su boina negra calada. Aunque algunos pasajes son tronchantes pese a su fiereza (o tal vez por ello):
"La hija de la señora Venancia era una vaca sin cencerro, holgazana, borracha, que se pasaba la vida disputando con las comadres de la vecindad. Como a Manolo, su hombre, no le gustaba trabajar, toda la familia vivía a costa de la señora Venancia, y el dinero de taller de planchado no bastaba, naturalmente, para subvenir a las necesidades de la casa".
Pero sin duda, es esa casi total ausencia de personajes positivos y ese seco, directo, desencantado y pesimista estilo el que le da uno de sus mayores atractivos y puntos fuertes, pues desde los primeros párrafos te sumerge en esa España decadente, miserable, anquilosada, clerical, proxeneta y prostituida, oligarca, trágica, chauvinista, reprimida, cerrada, negra, orgullosa, de caciquismo... de lienzos de Ramón Casas, Zuloaga o Darío de Regoyos. Esa España en sepia de la cual, pese a los más de cien años transcurridos, en ciertos aspectos seguimos siendo iguales.
En definitiva, un libro conciso, de capítulos breves y apenas 250 páginas, que personalmente he devorado en escasos días en los descansos de estudio. Si por todo lo anterior es destacable, también marca como en una punzada el breve y emocionante final que encaja perfectamente.
El árbol de la ciencia es todo un clásico recomendable (ya sabemos que otros no lo son tanto...) desde mi humilde punto de vista, para dejarse llevar por la voz de Baroja y empaparse de un tiempo y de un país y para, esté uno perdido o no, reflexionar acerca del sentido de la vida, simple y llanamente.
20.4.15
40 canciones para demostrar que los 90 no fueron tan malos (y II)
(Viene de la entrada anterior)
21- Mortal Kombat (The Immortals, 1995)
Una locura techno hardcore incluida en la banda sonora de la película basada en el videojuego homónimo. La película fue mala, pero la machacona canción (todo un reto escucharla a todo volumen y conservar los tímpanos... y la cordura) sigue levantando pasiones entre los nostálgicos, y entre aquellos que bailaban dando volteretas en el aire, si el
22- Mucho mejor (Los Rodríguez, 1995)
Otra de las canciones fetiche de mi infancia; la tengo muy nítida a pesar de los 20 años transcurridos, se me pegó considerablemente y recuerdo que desde mi bisoñez la veía hasta transgresora con ese "hagamos el amor en el balcón". Los Rodríguez, liderados por Andrés Calamaro y Ariel Rot y para esta canción con la ayuda de Coque Malla, regalaron todo un himno canalla que además tiene todo el sabor del pegajoso calor del verano.
23- Scatman (Scatman John, 1995)
Otro gran campanazo de los 90, ahora el peculiar caso de un pianista tartamudo (de nombre real John Larkin) que tuvo un enorme éxito, ya con 52 años, con esta canción (también conocida como Ski Ba Bop Ba Dop Bop), una repetitiva y original mezcla entre scat de jazz y dance que se escuchó millones de veces y que hoy es reliquia de Remember. Si no te suena, no viviste los 90. Aunque Scatman volvería pronto al anonimato y paradójicamente, no sobrevivió a la década, pues falleció en 1999, de cáncer. Descanse en paz.
24- El Tiburón (Proyecto Uno, 1996)
Algo menos de diez años antes de que
25- Song two (Blur, 1997)
Blur, otro de los "grupos insignia" del britpop, lograron mucha más popularidad en España y gracias de nuevo como otras bandas a la publicidad con esta canción, breve y más simple que el mecanismo de un sonajero, pero efectiva y pegadiza a más no poder.
26- Devil came to me (Dover, 1997)
Enorme e icónica canción de un igualmente gran grupo que abrió el camino a mucha gente, además de marcar toda una época y a más de una generación; no sólo por esta canción, también por Serenade, Rain of the times, La monja mellada o Loli Jackson. Justamente estos días se cumplen 18 años de su publicación (Dios...). Tengo muy nítido cómo estaban de moda en el 98 y el 99 (Cherry Lee, por ejemplo) y aunque hayan tenido una evolución errática y desconcertante, no impide que Devil came to me siga siendo un himno cargado de nostalgia que para mí se ha convertido en todo un símbolo de los viejos tiempos y de las reuniones con los amigos que conozco desde hace mucho.
"I lied for you, I lied for you..."
27- Bitter sweet symphony (The Verve, 1997)
Curiosamente la canción que me motivó a hacer esta entrada. Me gusta desde hace mucho tiempo, y en España se hizo especialmente popular a raíz de su aparición en un anuncio del Opel Astra. Potente britpop del bueno, transmitiendo ese desencanto y ese apático pesimismo de la juventud (¿a alguien le suena esto?) de la época.
28- Smack my bitch up (The Prodigy, 1997)
Potentísimo tema de uno de los grupos punteros del hardcore con gotas de big beat punk. Los británicos, emblema de los 90 y responsables de otras bestialidades geniales como Firestarter, Breathe o Mindfields, pegaron con ésta un buen aldabonazo, marcando a la juventud (y más allá) de la época, tanto a la alucinógena como a la "sana" (y a la que nunca se metería ninguna
29- Barbie girl (Aqua, 1997)
Sí, no tiene precisamente la profundidad de una canción de Bob Dylan, es repetitiva, la estiraron como un chicle, la cantante aunque es muy guapa chirría ahora con esa voz modificada y los de Aqua están más perdidos que un pulpo en un garaje (por lo menos fuera de su patria danesa), pero a la gente de mi generación es muy difícil no arrancarle una sonrisa escuchándola, pues retrotrae a esos tiempos de colegio en los que ya no eras tan, tan niño y a la vez faltaba aún mucho para tener verdaderas preocupaciones y problemas.
30- Wisdom of the kings (Rhapsody, 1998)
No descubrí el power metal hasta los 17 años, y cuando lo hice también averigüé que muchos de estos grupos comenzaron en los 90, y en ciertos casos vivieron su mejor momento, desde finales de esta década a mediados de la siguiente. De hecho, con la intención de hacer esta lista variada y no repetitiva omito canciones de otros grupos clave para mí como Blind Guardian. Pero Wisdom of the kings sintetiza bastante bien lo que son los italianos Rhapsody (luego Rhapsody of Fire): música clásica con tendencias operísticas, guitarras poderosas, teclados, doble bombo y letras fantástico-legendarias. Aún me sigue fascinando.
31- Undrop (Train, 1998)
Recuerdo muy bien el verano de 1998. Un buen verano, como generalmente todos lo han sido. También me evoca esta canción que arrasó en chavales y jóvenes, pues sonaba en el anuncio de un refresco (Pepsi). La cantaba un trío hispano-sueco con ganas de comerse el mundo, que se evaporó poco tiempo después como la espuma de la bebida gaseosa; pero en aquel estío del noventayocho muchos nos sentimos indies aunque no teníamos ni idea qué era eso y aún faltaba mucho para entenderlo. Efímero y simple, sí. Pero sigue siendo un temazo.
32- Brimful of Asha (Cornershop, remix de Norman Cook, 1998)
El dj Norman Cook ( a.k.a. Fatboy Slim) realizaría una versión de la canción del grupo de indie rock Cornershop del año anterior (cuyo cantante no es Raj de The Big Bang Theory, pero poco le falta) agilizándola y transformándola en algo con más gancho, atractivo y bailable y en todo un emblema de finales de la década. Actualmente en los pubs la siguen pinchando.
33- Blue (Eiffel 65, 1999)
A finales de la década seguía de moda el Eurodance, o sea, grupos de maquineros continentales en chándal y cabello coloreado cantando con la voz distorsionada. En este caso, unos italianos de Turín (por cierto, en mi ignorancia, por el nombre creí durante años que eran franceses) que se escucharon hasta la saciedad, siendo número 1, y que por donde vinieron se fueron tomando viento fresco, en un par de años.
34- Stop the rock (Apollo 440, 1999)
Otra pegadiza canción electrónica que en España se hizo bastante conocida por ser utilizada para la sintonía de un programa de televisión (si no recuerdo mal, Más que coches, en Telecinco). Rápida y potente, pero con ésta me ocurre como con la de Eiffel 65, la he elegido por su valor nostálgico, más que por otra cosa.
35- Promises (The Cranberries, 1999)
Grupo irlandés de rock entre alternativo y celta que vivieron su mejor época en esta década. Ya mis primos me dieron bastante la tabarra en su momento con Zombie, y por otra parte siempre me ha gustado más esta, la potente y agridulce Promises. Además, es escucharla y me vuelvo a ver en chándal, con 14 años y empezando el instituto con más miedo nervioso (o nervios miedosos) no exento de ilusión. Arrancaba la segunda parte de la adolescencia, para bien y para mal.
36- Boom, boom, boom (Vengaboys, 1999)
Mil perdones, pues al final se ha colado un truño noventero de magnitud. Porque es más mala que pegarle a un padre con un calcetín sudao, y el videoclip roza el porno (si los del grupo hicieron o hacen cine X es una pregunta pertinente e inquietante) , pero es pegadiza como pocas, al menos, en el contexto maquinero de fiesta (bajo el cual todos nos hemos dejado llevar alguna vez). En su momento lo petaron, aunque un par de años después ya estaban disueltos y arrepentidos, lógicamente.
37- The Riddle (Gigi D´Agostino, 1999)
Del dj italiano mucha gente recordará mejor tal vez L´amour toujours, pero yo siempre he preferido ésta, que me pasara un viejo amigo hace ya décadas. Ya comienza por todo lo alto y el cuerpo y el estribillo de la canción es igualmente pegadizo y silbable. Bastante significativa para mostrar a algún pipiolo que no viviera estos años cómo era una de las músicas que se llevaban.
38- Torquemada (Avalanch, 1999)
Verdaderamente el final de los 90 y los primeros años de los 2000 supusieron una grandísima época para el heavy metal hispano en todas sus variantes. Mägo de Oz, Tierra Santa, Hamlet, Saratoga... Una de las bandas más destacadas fue Avalanch, para mí cuando contaban con su formación original, destacando sobre todo la inimitable voz de su cantante, Víctor García, pero también la guitarra de Rionda y la batería de Ardines. Esta Torquemada es sobrecogedora a la par que épica. Ponme un calimocho...
39- 19 días y 500 noches (Joaquín Sabina, 1999)
Agonizaba la década y Sabina, ese pájaro incorregible sobreviviente de tantos años y quebrantos, estaba en estado de gracia y alcanzó gran éxito de crítica y público con este disco pero sobre todo con esta canción del mismo nombre que al instante se convirtió en otro clásico atemporal. Corría el otoño de 1999, aunque parece fuera ayer.
40- Right here right now (Fatboy Slim, 1999)
Fatboy Slim seguía estando bastante de moda por aquel entonces, al contrario que ahora (a ver quién no recuerda la machacona frase de Rockafeller Skank), y los 90 llegaban a su término; esta canción para mí tiene ese aire de llegada de un nuevo milenio como pocas, con ese temido "efecto 2000", el cual, como todo camelo, al final no fue nada.
Y los noventas se acabaron, arrancando otra década. Y todo fue a peor, musicalmente hablando. Pero ésa ya es otra historia que quizá algún día sea contada...
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