Partiendo de la base que en cuanto a gustos musicales soy algo retro y reverencio especialmente el rock y el heavy metal de los 70 y 80 y ciertos estilos ochenteros (synth pop, new romantic wave), también, desde hace mucho tiempo, he considerado la década siguiente, los 90, como una época muy inferior y hasta decadente según mi muy particular consideración, aunque es cierto, como dijo mi vecina de blog Lalachan, que generalmente no tiene tanta buena imagen ni prestigio como las anteriores. No sé si por la popularidad del techno hardcore y el bakalao o por la proliferación de boybands,
o, especialmente, por acontecimientos trágicos como la muerte de Freddie Mercury a los 45 años en 1991 (el fin de toda una época y de entender la música de una determinada manera), el suicidio de Kurt Cobain en 1994 a los 27, o cuando Axl Rose y su ego se quedaron solos en Guns N´ Roses, -para muchos "la última gran banda"- un par de años después.
Pero de un tiempo a esta parte, he empezado a contemplar a los 90 con una óptica distinta, tal vez porque al filo de mis bastante incompletos 30 años,
vuelvo la vista atrás con nostalgia y cierta idealización a una época que sí viví, comprendida entre 1990 y 1999, es decir, entre mis 5 y mis 14,
un tiempo cuajado de recuerdos y evocaciones en el cual los buenos momentos prevalecen todavía sobre los malos, y aún era buen estudiante y chico modélico. Fueron sólo 10 años pero en su momento me parecieron 20 (ya sabemos que para un niño el tiempo transcurre más despacio; esta última década, 2004-2014, se me ha ido en un suspiro y medio).
A nivel externo los 90 se caracterizaron por profundos cambios en la sociedad, el avance de la globalización y las nuevas tecnologías (expansión y desarrollo del ordenador, de los videojuegos, del móvil...), aun cuando Internet no había pegado el salto definitivo, y estuvieron marcados primero por la reunificación alemana y el fin del comunismo desintegración de la Unión Soviética incluida y luego por guerras como la del Golfo, la de Somalia, la de Ruanda o la de los Balcanes, etc. En España, además de los habituales avatares, aciertos y desaciertos políticos, ocurrieron negros crímenes que marcaron la década como el de Alcàsser o el asesinato de Miguel Ángel Blanco por la banda terrorista ETA (que por desgracia no fue el único, pero sí uno de los más significativos de la historia, por las reacciones que suscitó).
A un nivel más mundano esta década se distinguió por una moda que ahora nos parece estrafalaria y desfasada, lógicamente, con esas camisas tan anchas, esos colores chillones y estampados y esos cortes de pelo tan...estilosos, y en música, entre otras cosas, por la importancia del videoclip, pero también por un particular modo de entender la televisión que en España dejó innumerables momentos entre históricos, cómicos y lamentables, los cuales hoy día son material habitual de nostálgicos zappings.
Con todo, hablábamos de música, y por eso, un setentero-ochentero convencido como yo (estas dos décadas siguen siendo superiores, ojo) quería romper hoy una lanza en favor de los sonidos de los 90, con piezas de cantantes o grupos tanto típicos de esa época como otros más veteranos que siguieron triunfando en estos años. Lógicamente unas las recuerdo mejor que otras, y en ciertos casos se trata de canciones que he descubierto años después, cuando mis gustos fueron madurando; supongo que aquella gente que ronden mi edad y mis preferencias se sentirá más identificada que la menor o mayor.
Y ahora, prepárense para una vuelta a los noventas:
(Por orden cronológico)
1- Personal Jesus (Depeche Mode, 1990)
Gran banda de largo recorrido que comenzó a ser escuchada a principios de los 80 y actualmente siguen publicando y dando conciertos, sobreponiéndose tanto a las modas como a los excesos con las drogas de su cantante y líder, Dave Gahan, todo un sex symbol en su momento, o de Martin Gore con el alcohol. La década de los 90 arrancaba y los ingleses sacaron el, para muchos, su mejor disco, Violator, que contiene, además de Enjoy the Silence, esta intensa canción, una especie de dark country, que cautivó con su habitual estilo electrónico, pero con mayor abundancia de guitarras que en otros trabajos (People are people, Strangelove, Never let me down again). El videoclip fue rodado en los escenarios de los spaghetti western, en Tabernas.
2- I´ve been thinking about you (Londonbeat, 1990)
Curioso cuarteto británico formado por tres alegres afrocaribeños con flow y un guitarrista blanco algo más hierático. Como muchos grupos de los 90, estaban muy influenciados por el dance y el house, pero éstos también mezclaban el pop, el reggae y el blues. Tanto el sonido como el videoclip resultan hoy noventeros a más no poder y fueron ampliamente radiados. De hecho emisoras como Kiss FM o M80 siguen poniéndola, para mi regocijo.
3- U can´t touch this (MC Hammer, 1990)
Muy representativa de principios de la década, arrasó en las radios y en las televisiones de todo el mundo y se escuchó hasta la saciedad. Como tantos y tantos éxitos de los últimos 40 años, estaba basada en otra canción anterior, pero pocas cosas son más noventeras que el rapero MC Hammer, su baile y su estilismo. "Can´t touch this!!!"
4- Wind of change (Scorpions, 1990)
Otro grupo de largo recorrido, en este caso más que Depeche Mode, pues los alemanes llevan desde 1966 dando guerra, aunque en los 80 alcanzaron el éxito total con el baladón rockero Still loving you, fundamentalmente, pero también con otras grandes canciones como Rock you like a hurricane o Big City nights.
Personalmente es una de mis bandas fetiche,
y a comienzos de 1990 arrasaron con una canción escrita meses antes, cuando cayó por fin el Muro de Berlín,
por lo que se convertiría en un símbolo, primero de la reunificación alemana, pero también de los nuevos tiempos y de la realidad de Europa y Occidente, con el principio del fin del comunismo. Sus detractores dicen que es la clásica balada perfecta para sacar el mechero o una vela a modo de luz (típica escena de concierto de masas; actualmente ese papel lo realizaría la pantalla del móvil), pero...¿y qué? Es una canción emocionante y que te empapa de todas esas sensaciones de cambio e ilusión.
5- Entre dos tierras (Héroes del Silencio, 1990)
A principios de los 90 en España Enrique Bunbury y sus héroes eran los dioses del rock; su fama trascendió nuestro país y, aunque se separaron en 1996, dejaron temas como Maldito duende, La sirena varada, Entre dos tierras...muestra de ello es esta última, una enorme y oscura canción que aún arrasa para cierto público cuando suena en la radio o en los pubs. Yo también me dejo llevar por el poderío que transmite al escucharla, aunque las sensaciones y reacciones son distintas a cuando lo hacía de pequeño, lógicamente.
"Déjame, que yo no tengo la culpa de verte caer..."
6- Innuendo (Queen, 1991)
Suele considerarse The show must go on como el "testamento" musical de Freddie Mercury, sobre todo por la intencionada y significativa letra y porque se lanzó pocas semanas antes de su muerte, aunque realmente el último vídeo que grabó fue el clip de la suave y emotiva These are the days of our lives, que se presentó en blanco y negro para disimular lo pálido de la piel de Freddie, consumido por el SIDA (mas no pudo camuflarse su extrema delgadez ni sus débiles fuerzas). Pero yo siempre he preferido otra canción de ese último disco de su vida: Innuendo, una épica composición que recuerda a la grandeza y contundencia de los viejos tiempos de la banda. Me sigue emocionando la infinita voz de Mercury y frases como "You can be anything you want to be/Just turn yourself into anything you think that you could ever be" o la final "Till the end of time" repitiéndose como un eco, toda una declaración. Eterno Freddie.
7- 20 de abril (Celtas Cortos, 1991)
Tal vez su canción más conocida (junto con Cuéntame un cuento y La senda del tiempo) y toda una carta-himno en su momento y ahora, pues sin duda sigue siendo una de esas composiciones que se aplican a los estados de ánimo, a los pensamientos, a las situaciones con los amigos y a los tiempos pasados. Normalmente todos tenemos alguien en nuestras pandillas (o en nuestras antiguas pandillas) que se perdió, o incluso somos nosotros mismos esa baja. O también evoca el peso de la edad y la pérdida de la juventud por un grupo de amistades.
Sin duda es una canción que ha ido ganando en trascendencia con los años.
8- Losing my religion (R.E.M, 1991)
Otra gran banda de rock alternativo que he descubierto muy al cabo de los años, conforme mis gustos musicales se iban expandiendo. Los estadounidenses vivieron su mejor momento en los 90, y tienen grandes canciones como Man on the moon, Shiny happy people, Everybody hurts o Imitation of life, pero su mayor éxito vino con Losing my religion (cuyo videoclip, casi tan conocido como la canción, tuvo lógicas polémicas con la Iglesia), una de esas composiciones con intención que, aparte de transmitir, expresan y plasman determinados momentos de ánimo. Enorme.
9- Smell like teen spirit (Nirvana, 1991)
No inventó Nirvana exactamente el grunge, pero sí fueron básicos en su auge y popularidad a comienzos de la década. Su cantante, Kurt Cobain, se convirtió a su pesar en inesperado líder de cierta juventud (la Generación X, una más de las generaciones perdidas) quienes, a la vez que asistían a profundos cambios políticos y sociales,
se veían cargados de pesimismo y sin muchas expectativas de futuro ni ilusiones, abrumados por el peso de sus padres y abuelos. Apenas 3 años después del enorme éxito de Nevermind, que contenía esta gran canción, Cobain, depresivo, consumidor de drogas y devorado por la fama, se volaba la tapa de los sesos de un escopetazo, con sólo 27 años.
10- En blanco y negro (Barricada, 1991)
La canción de los nocherniegos, de los canallas que se resisten a dejar el mundo de las juergas, de broncas, calles mojadas y resacas, cuando ya no se tienen precisamente 20 años. Rock urbano ibérico (navarro en concreto) en todo su poderío.
"Y un buen rato después saber llegar a casa /antes de que el sol me diga que es de día..."
11- Chiquilla (Seguridad Social, 1991)
Otra de las grandes bandas de rock españolas, en este caso valencianos, con su peculiar estilo reggae-mediterráneo, responsables de conocidos éxitos como Quiero tener tu presencia o este Chiquilla, todo un vigoroso tema de (des)amor, ideal para cantarlo de cerveceo con los colegas en un pub.
12- November rain (Guns N´ Roses, 1992)
La "última gran banda" dominó el hard rock en el cambio de década, pero entre los excesos con las drogas y el alcohol de la mayoría de sus componentes y el enorme y neurótico ego de su cantante Axl Rose, el grupo no duró ni 5 años con todos sus miembros originales. De 1992 es esta inmensa canción, épica y dramática, marcada por varios gloriosos y largos solos de guitarra de Slash, y por el muy comercial videoclip, que arrasó en la MTV, obviamente. Dos años después comenzó el principio del fin.
13- Otro día más sin verte (Jon Secada, 1992)
No es mi estilo, aunque sea bonita y pegadiza, pero la incluyo por motivos evocadores. Esta canción me retrotrae a cuando mi madre la escuchaba mientras limpiaba la casa, cuando yo era un mocoso de 7 años. La melodía ya me sumerge en los tiempos de Linares (por aquel entonces vivíamos allí), a esa atmósfera lejana y perdida, y me rejuvenece. A mi madre le sigue gustando, por cierto.
14- Nothing else matters (Metallica, 1992)
Tampoco son de mi estilo esta legendaria banda norteamericana de metal y hard rock, pero en 1992 se pusieron románticos y dejaron para la posteridad esta inmensa balada que define perfectamente lo que uno piensa, hace y dice cuando está enamorado.
15- Weather with you (Crowded House, 1992)
Banda de rock de las Antípodas (si hablamos desde España) bastante olvidada, que tuvieron cierto éxito entre finales de los 80 y mediados de los 90. Pertenece a mis recuerdos de radio, pero también de cassette, pues mis padres solían escucharlos en casa y en los viajes en coche. Rock sencillo y suave de melodías fácilmente asimilables, resultado: tarareo seguro.
16- What is love (Haddaway, 1993)
Haddaway, medio negro medio alemán especializado en el techno dance, arrasó en su momento, y por lo menos para mí lo sigue haciendo, pues escucho esta irresistible canción con frecuencia y cuando la ponen en fiestas y bodas la sigo cantando (es un decir) y supone un subidón. Indescriptible el videoclip (¿hace de musculado Drácula rodeado de vampiresas?) y atención a los bailes de poseso tanto de él como de las muchachas...
"Oh baby don´t hurt me...no more"
17- Whatever (Oasis, 1994)
Hablar de los 90 es hacerlo también del britpop, básicamente rock alternativo producido exclusivamente en el Reino Unido, influenciado por grandes como The Beatles, The Who, The Rolling Stones o David Bowie, y que a su vez impulsarían al indie. Blur, Oasis, The Verve, Radiohead, Suede...Solía tener "discusiones" con un amigo sobre qué grupo era mejor, Oasis (él, fan de ellos) o Queen (yo). Está bastante claro quiénes son más grandes...¡ejem! Pero también reconozco grandes canciones de ese grupo como Wonderwall, Don´t look back in anger, Fucking in the bushes o esta, la bonita y pegadiza Whatever, todo un símbolo para una generación (la letra habla de la libertad para poder hacer con su vida y su futuro lo que uno quiera)
18- Hip hop hooray (Naughty By Nature, 1994)
El lado festivo (no exento de letras intencionadas, certeras y dramáticas) del hip-hop, con una canción que se convirtió en otro himno, por supuesto, y bastante representativo de la década. Protagonista de las sintonías de varios videojuegos, es fácil imaginarse esta canción mientras te echas unas canastas en algún instituto chungo de Los Angeles mientras la pandilla rival te mira desafiante. "Heeeeey hoooo"...
19- Saturday night (Whigfield, 1994)
Temazo dance cantado por una rubia danesa que arrasó en América y buena parte de Europa (y por supuesto, España). Con un estribillo fácil y pegadizo, en ese verano del 94 era imposible no escucharla, y actualmente al hacerlo me transporto a cuando la escuchaba en las fiestas del colegio, cuando por supuesto estaba muy lejos de saber cómo sería un Sábado noche de verdad.
20- Gangsta´s paradise (Coolio, 1995)
Si la de Hip hop hooray era festiva hasta cierto punto, ésta es mucho más seria. Incluida en la B.S.O de Mentes peligrosas, película protagonizada por una Michelle Pfeiffer que interpretaba a una profesora de particulares métodos, es una gran canción acerca de las pandillas de colegios e institutos en EEUU, la precariedad de la vida y la cercanía de la muerte. Baste recordar cómo ardía Los Angeles a principios de los 90.
(En la próxima entrada, las 20 restantes)
Llevo 10 años siendo un hombre a una maleta pegado. Quienes me conocen saben los motivos. Siempre de aquí para allá, por el levante español (el otro día llegué a leer que emplear este término , aun sin decir "español", suena arcaico y es franquista...manda huevos), a caballo entre Valencia y Almería pasando por Murcia.
A caballo es un decir, claro. Desde hace mucho tiempo estos hermosos animales no se utilizan como medios de transporte en España, a no ser que seas un Alba o un Bertín Osborne de la vida. Pero, viendo el panorama actual de las comunicaciones por la zona donde me muevo,
pienso con frecuencia en la conveniencia de volver a utilizar las diligencias para recorrer medias distancias, especialmente en mi tierra de nacimiento, pues no hay mucha diferencia con nuestros días.
Sí, suena exagerado. Pero voy a explicarme. Hace una semana viajé de Almería a Murcia. En ocasiones ese trayecto se realiza en coche, pero las circunstancias no siempre lo permiten, así que ese día tocó en autocar, única alternativa posible ante la ausencia de tren entre estas dos ciudades. Dos ciudades y dos tierras tan próximas, tanto geográficamente como en muchos aspectos, sin comunicación por vía férrea, es una más de las contradiciones y desigualdades de España, donde hay autonomías con todas sus capitales disfrutando de AVEs (aunque sus provincias permanezcan yermas), mientras en otras existen regiones con añejas deficiencias, en las cuales puede hablarse de una situación similar a la de las primeras décadas del siglo XX. Es bien sabido, y si es necesario lo repito de nuevo, el atraso endémico de Almería en cuanto al transporte ferroviario: sin conexión directa con las vecinas Málaga y Murcia, no hay vía electrificada y para llegar a la cercana Granada se necesitan dos horas y veinte minutos; un simple viaje a Sevilla emplea 46 minutos más que hace 12 años. ¿Modernidad?
El autocar. Siendo mi padre ferroviario, en mi familia estamos desde siempre habituados al tren, y yo no iba a ser menos, pues lo prefiero mil veces frente al autocar (medio respetable pero al que tengo poco aprecio), e incluso en ocasiones respecto al coche, si hablamos de desplazamientos no excesivamente largos (aunque para mí ir en tren es un placer). Comparando el tren con el autocar, en el primero aparte de una mayor seguridad y comodidad al viajar -no hay mareos-, al sentarte y con el pasajero que te toque de vecino, puedes levantarte perfectamente y estirar las piernas, por no hablar del encanto del paisaje contemplado desde la ventana, el cual aún tiene un ligero componente de romanticismo pese a las velocidades que se puedan alcanzar.
Así, un decidido trenófilo se veía obligado de nuevo a tomar un autocar para cubrir los 220 kilómetros. El viaje comenzó de madrugada y en principio iba a durar más de 4 horas, así que me preparé con estoica resignación para el auto crucis. Pronto comenzaron los volantazos, traqueteos y tránsitos por carreteras no precisamente inauguradas ayer; de hecho la ruta nos llevó por lugares como Benahadux, Rioja, Tabernas o Sorbas, pueblos muy bonitos pero alejados del camino de la huerta del Segura. La negrura de la noche junto a la tétrica luz del techo hacía imposible la lectura (si el mareo me hubiera permitido leer es otra cuestión), así que, como tampoco podía dormir, me encasqueté los auriculares y me dispuse a escuchar la vibrante y genial banda sonora de "Interstellar" y me dejé llevar por los acordes de Hans Zimmer.
Con la música a todo volumen, así sería el recorrido que, entre la contundente melodía, los bandazos del autobús y la oscuridad del panorama salpicado de luces rojas y amarillentas, por un momento me creí Matthew McConaughey en uno de sus emocionantes viajes por el espacio. Clavado al asiento, abrumado por la banda sonora y las naúseas, tuve un momento entre épico y crítico, al borde del desquiciamiento...
Un rato después, la noche llegaba a su fin y aparecieron las primeras luces del día, tímidas y difusas. Contemplé una playa y reconocí un cartel de Mojácar, aunque en un primer momento había pensado que me encontraba en otra dimensión. Pero no, seguía en la Tierra. Sensaciones que se fueron tranquilizando cuando cruzamos la frontera y llegamos a Puerto Lumbreras y Lorca y enfilamos la parte final del valle del Guadalentín. Cuatro horas y cuarto después de haber salido de Almería, llegaba a Murcia. Bocanada de aire fresco.
Lo grave no es la existencia de autocares. Por supuesto deben seguir circulando; son básicos para mucha gente, especialmente la de pueblos pequeños y remotos. Lo grave, y hasta indignante y vergonzoso, es que dos provincias vecinas que suman entre las dos más de 2.100.000 habitantes sólo tengan comunicación por carretera. No sólo entre ellas, tampoco entre dos capitales importantes como Murcia y Granada hay conexión directa por ferrocarril, a no ser que a usted no le importe aventurarse en un extenuante y rocambolesco viaje de más de ocho horas (si se estudian bien los horarios, si no, pueden ser más) con transbordos y paso por Madrid o Alcázar de San Juan incluidos. Basta contemplar un mapa del país y percatarse de la enorme zona en blanco existente en la mayor parte de las provincias de Granada, Jaén, Albacete, Murcia y Almería. Ese blanco, ese vacío, como otros de España, es una de nuestras vergüenzas nacionales.
Si algún o alguna almeriense, o foráneo o foránea, no se ha montado nunca en un tren en Almería con dirección a Madrid o a Valencia, hágalo, por favor, y dése cuenta del camelo de la presunta modernidad de nuestro país. Para llegar a la capital de España, a 564 kilómetros, necesitará en torno a siete horas, no del todo mal si uno es benévolo. Pero para acercarse a la ciudad del Turia, a sólo 446, se convertirá en un viaje al pasado, pues precisará ocho y media, si no ocurre algún imprevisto (la última vez rondamos las diez horas; recordemos que en coche se emplean unas cuatro). Todo ello saliendo de la preciosa y triste estación de Almería en un viejo Talgo, con apenas dos vagones y sin cafetería, pues posteriormente en lugares con más tráfico y en los transbordos se le van añadiendo coches, y recorriendo un territorio hermoso, pero con desesperantes tramos de 30 kilómetros por hora y con estaciones desiertas y desconcertantes donde, si bajara, en mi mente de western, me echarían la bolsa de equipaje al andén y saldría algún tipo con sombrero al son de la música de Morricone. Pero quedémonos con las ocho horas y media -como mínimo- entre las ciudades de Valencia y Almería.
Hubo un tiempo, durante un siglo, que Granada y Almería (a través de Guadix) tuvieron tren con Murcia y de allí a Valencia y Barcelona, el famoso ferrocarril del Almanzora, tomado por los emigrantes que, intentando huir de la pobreza de su tierra de ramblas, almendros y esparto llegaban a Cataluña, donde incluso otros saltaban a Europa. También se usaba para transportar mercancías de las comarcas canteras. Pero ese tren fue suprimido, en una sabia y maravillosa decisión, por el gobierno socialista de Felipe González en 1984. Los avatares políticos trajeron nuevos rostros a las presidencias pero, ninguno de los partidos de variado signo -a diestra, a siniestra, al centro- restauraron la vía férrea que conectaba parte del sureste, para vergüenza de esta España que presume de moderna y bien comunicada, donde tener AVE es la panacea y el hecho que te sube al carro. Ahora toda ciudad, incluso cualquier pueblo, importante o no, debe tener ese "tren del futuro" y por supuesto con una flipante y bien pagada estación más grande que la villa, y a la cual bautizar con el nombre de algún hijo ilustre de la tierra, preferentemente escritor o artista. Todo eso es lo que importa, lo de menos es el coste y la rentabilidad. Desde hace años es o alta velocidad o nada, y puede darse el caso de ciertas provincias con peculiares circunstancias, como el pasar de no tener ni un puñetero tren a disfrutar directamente de un AVE, como el que teóricamente está en construcción y unirá Almería con Murcia.
No es esa la cuestión tampoco. Por supuesto que las líneas de alta velocidad son necesarias y recomendables. Pero... ¿Por qué tenemos que seguir siendo ese país de contrastes, derroches y excesos? ¿No aprendemos de las lecciones? Nos hacemos los europeos aplicados, y luego países con economía superior a la nuestra como Alemania o Reino Unido no se empican en la alta velocidad ferroviaria, pues conocen sus contras. No creo que aquí sean mayoría quienes exijan los novísimos y caros trenes a más de 300 kilómetros por hora para trayectos pequeños y medios. Con un simple y moderno regional, más lento pero más barato, tanto para los constructores como los usuarios, y rentable, a nivel viajero y mercantil, quedaría todo solucionado, y no lo digo yo en plan tertuliano, lo dice mi padre, los ferroviarios y la gente que sí sabe. Pero verdaderamente un tren de este tipo cubriría los 220 kilómetros de marras en dos horas y media, quizá algo menos. Resultaría cómodo y sería muy utilizado por la población circundante, y también por los turistas que llegan a mesnadas en busca de las afamadas playas, la buena vida y los pueblos con encanto del interior, pues también volvería a unir la zona de Guadix-Baza con Murcia.
Pero no, somos españoles. Un país que siempre llega tarde a todo y donde pasamos del atraso a la modernidad como a impulsos eyaculadores, de repente y sin pensar en las consecuencias, creyéndonos los reyes del mambo cuando sí, somos maravillosos, pero bastante patéticos. Tanto los responsables y los políticos de sonrisita falsa y aplausos con las manos al cielo en los mitines como los que se creen y hacen suyas las palabras que los otros sueltan y las decisiones que toman. Luego, por supuesto, somos los primeros en pedir explicaciones por el derroche y en hacernos los inocentes sin mácula, manipulados como buenos salvajes por nuestros dirigentes. Lo cual es cierto, pero no del todo.
País de fantoches.
(Viene de la entrada anterior)
Gonzalo Pizarro nunca
supo qué pasó para que Orellana nunca regresara. Esperaron el tiempo convenido y más aún,
hasta que faltó el alimento y desesperados, tuvieron que merendarse los
caballos y los perros. Luego se decidieron a construir un barco y
navegaron por el Napo hasta que encontraron un lugar donde pudieron
comer y descansar. En esas desconcertantes soledades comprendieron que
sus compañeros ya no volverían y, no atreviéndose a ir río abajo,
emprendieron el camino, al menos más conocido, de Quito.

Fue este
uno de los más tristes viajes de la historia de los españoles en
América. A la desazón de sentirse abandonados, se unió la perdición de
avanzar por la espesura de la vegetación, sin guías ni caminos. Las
lluvias tropicales hicieron su aparición con fuerza, estropeándoles los
calzados y las ropas, que se pudrían, pues llovía mucho. Tanto que el sol
apenas se veía durante días, mientras se abrían paso por la selva a
golpe de espada. Los mosquitos, los reptiles y las fieras los atacaban
continuamente en ese infernal regreso a los Andes. Los tres millares de
porteadores indios murieron, así como buena parte de los hombres de
Pizarro. Unos ochenta españoles medio desnudos entraron en Quito después de casi dos años de su partida, descalzos y en
lamentable estado físico y mental.
Una
vez descansó y se hubo restablecido, Gonzalo, lleno de amargura,
protestó y reclamó ante la Corona (algo habitual en estas circunstancias)
por el comportamiento de Orellana, aunque nunca más volvió a verlo;
además tenía otras preocupaciones, pues al poco de llegar se enteró del
asesinato de su hermano Francisco y de la guerra que había estallado entre conquistadores.
Mientras, el tuerto de Trujillo y los 40 sobrevivientes, liberados y felices, viraron hacia el
norte y atracaron 15 días después en la colonia española de Nueva
Cádiz, en la isla de Cubagua, frente a las costas de Venezuela. Unos
regresaron a Perú, pero Orellana no tenía tiempo que perder, así que éste y sus hombres más leales saltaron a Santo Domingo y luego a Castilla, previo paso
por Portugal. Llegaron a Valladolid en mayo de 1543, trayendo buenas
nuevas al rey. Atención al mensaje del secretario del Consejo de Indias
a Cobos, supersecretario real, por su estilo simple y claro, tan característico de
estos tiempos fascinantes:
"Uno ha
venido del Perú, que ha salido por un río abajo, que ha navegado por mil
ochocientas leguas y salió al cabo de Sant Agustín, y porque son
términos los que ha traído en su viaje que sin cansancio no los
entenderá V.S, no los digo, pues tan presto ha de ser su venida".
Fue
recibido en la Corte, aunque no por Carlos V, de guerra en Francia, sino
por su hijo, el futuro Felipe II, quien con 16 años ya asumía el papel de regente. El relato de Orellana, basado en las notas de fray Gaspar,
se leyó ampliamente con asombro, y muchas veces con incredulidad.
Gonzalo Pizarro había enviado emisarios que defiendesen su causa, pero
el príncipe Felipe aceptó la versión de Orellana, primero por los
testimonios favorables a él y por los escritos del capellán, y segundo porque se había descubierto un
territorio enorme con muchas posibilidades de exploración, conquista y
enriquecimiento, y no convenía pecar de lentos, pues franceses y
portugueses ya merodeaban por el Brasil hace años.
Así pues, en febrero de 1544 y tras largas deliberaciones, Orellana recibió al fin una capitulación de la Corona "para el descubrimiento y población de dicha tierra, que hemos mandado llamar Nueva Andaluçía". No
se sabe por qué y quién eligió tal nombre. Ésta comprendería los territorios desde el estuario
del Amazonas, donde se fundaría una ciudad, y muchos kilómetros adentro,
donde se asentaría otra. O se dejaron llevar por el optimismo, pues eso podía ser una quimera, o se querían quitar de en medio al extremeño.
Orellana marcharía como adelantado, gobernador
y capitán general e iría convenientemente acompañado, tanto de soldados
como de religiosos. Se debía de conquistar y colonizar tierras, mas
respetando los límites del Tratado de Tordesillas firmado con Portugal,
aunque el Amazonas se encontrase dentro de la zona española. Básicamente
se debía de avanzar hacia el oeste.
Por
último también se dejó claro, en virtud de las Leyes Nuevas de Indias
de 1542, que no se maltrataría ni esclavizaría a los indios ni se haría
guerra contra ellos, a no ser que fuera en defensa propia; el rey
enviaba a los castellanos únicamente a evangelizarlos y a enseñarles.
Orellana
pasó meses preparando la nueva expedición, descubriendo que en Sevilla
no había mucha gente dispuesta a ir al Amazonas. Tuvo que reclutar a
portugueses y, falto de dinero, también a genoveses, quienes normalmente
no tenían problemas con la banca. Parece que el extremeño veía
incompleta su vida y quería perpetuarse, así que en noviembre de 1544 se
casó, con la sevillana Ana de Ayala, quien aceptó ir con él a Nueva
Andalucía, no se sabe si de luna de miel, y "una o dos cuñadas" (!). Esto dio mala fama a Orellana.
Aunque
para aquel entonces, el de Trujillo estaba en boca de todos por
contratar a más marineros extranjeros, ahora alemanes y flamencos,
incluso ingleses, indignando a los castellanos, quienes por otra parte
no parecían implicarse demasiado con la empresa, empezando por la
Corona, que no consintió en dotar de cañones a los barcos, pese a las peticiones de Orellana, quien sabía que los indios guerreros no se amedrentaban ante las espadas y las ballestas, toda vez que los arcabuces eran lentos y no siempre respondían. De hecho
la expedición estuvo a punto de cancelarse. La polémica le rodeaba,
pues cuando por fin partieron los cuatro buques con más de 400 hombres a
bordo, en mayo de 1545, al parecer llevaban poca agua potable y la popa de su nave iba llena de mujeres. Orellana el libertino.
En Tenerife se demoraron dos meses y en las islas de Cabo Verde otro
tanto, donde, además de un barco, perdieron a un centenar de los
tripulantes por una epidemia, seguramente por el agua corrupta.
No
parecía un buen presagio, pero las órdenes del extremeño fueron
tajantes, y cuando por fin cruzaron el océano en noviembre, otro buque
con 70 almas se perdió, llegando ya sólo dos al estuario del Amazonas.
Orellana,
acaso alterado por el trópico y fascinado por el gran río y el paraíso selvático del interior, hizo caso omiso
de los ruegos de descanso y mandó remontar el Amazonas, ahora sí.
Pronto faltaron los alimentos y se hubo de recurrir a los caballos y
perros, muriendo medio centenar de marineros más. También se hundió otra
carabela a causa de las corrientes, por lo que tuvieron que refugiarse
en una isla donde fueron bien recibidos por los indios. Como en otros
tiempos, se construyó un bergantín donde marcharon río arriba
Orellana, su mujer y algunos hombres más, dejando al resto en la isla.
Este último grupo acabó haciéndose otro barco y fueron en busca de su
líder, en vano, pues no vieron ni rastro. Una noche quedaron atrapados en un manglar y enloquecieron a causa de los mosquitos, pero supieron sobreponerse,
encontraron alimentos y salieron al ancho océano, atracando
en las conocidas y tranquilas costas de Venezuela. Allí se les unieron
Ana de Ayala y 25 supervivientes.
La
mujer relató que Orellana, después de meses perdido en el marasmo
selvático y aquejado de una enfermedad, abandonó el proyecto de la Nueva
Andalucía y se puso a buscar oro y plata como un poseso. Pero había
labores más urgentes, pues el metal precioso no saciaba el hambre; en
esa empresa vital estaban cuando les cayeron encima contingentes de
indios, que les asaetearon como a tapires, perdiendo a buena parte de su gente.
Entre ellos, el propio Orellana, que moriría poco después, no se sabe si por las heridas, o aquejado de la fiebre del "infierno verde",
en noviembre de 1546, a los 35 años. Su fiel y valiente mujer lo
haría enterrar bajo un árbol, a la orilla de ese río de ríos al que su
marido dio a conocer a la Cristiandad, capitaneando el primer descenso
conocido desde las cercanías de los Andes. Así acabó sus días el tuerto de Trujillo y allí dormiría el sueño eterno. Sus huesos se fundirían pues con el lecho y las aguas del Amazonas, la corriente que le daría longeva fama, perpetuándose en la historia.
Actualmente es fácil adoptar la postura indigenista y ecologista, y argumentar que de qué ha servido el "descubrimiento" del río y de la selva amazónica, cuando por todos son conocidos los pros y las contras, sobre todo las contras, de la expansión del "hombre blanco" y "mestizo" y del "progreso", la cual ha dado al traste con un buen número de ecosistemas y espacios naturales, y ha integrado, no siempre con su consentimiento, a los indígenas en el mundo contemporáneo. Sí. Probablemente tenga razón esa postura, como también es cierto que, si ahondamos en esos supuestos donde todo es relativo y devaluable, la historia de la humanidad no vale un pimiento, y deberemos poner fin a nuestra vida para acabar con esta farsa.
Farsa o acontecimiento del que renegar, o no, lo cierto es que el Amazonas siempre ha existido, desde el principio de los tiempos. Y en una época fascinante y excesiva, cuando el mundo era más amplio y todavía existían tierras para buscar un nuevo horizonte y donde el habitante no conocía nada del visitante (y viceversa), Francisco de Orellana y un puñado de locos castellanos, tan valientes como codiciosos, se atrevieron a descender por un enorme y voraz río luchando por su vida, empleando ocho meses en salir de un "infierno verde", en cruzar un reino paradisíaco e inhóspito donde los reyes eran aún los árboles y sus siervos, hombres y animales desconocidos. Una odisea desde el corazón de las tinieblas.
Para saber más y mejor:
- Carvajal, Gaspar de: Descubrimiento del Río de las Amazonas, 1542.
- Thomas, Hugh: El imperio español de Carlos V, 2010.
El Amazonas. Paranaguazú, Río Mar, Marañón o Solimôes para diversos pueblos indígenas. Tradicionalmente se ha considerado como el segundo río más largo del mundo, después del Nilo (6.700 km), aunque recientes investigaciones han averiguado una mayor longitud de la estimada, pues al parecer nace no muy lejos de Cuzco, Perú, en el Nevado Mismi, a 5.000 metros de altura; por tanto, pese a discusiones y debates, estaríamos hablando de más de 7.000 kilómetros de corriente hasta su desembocadura en el Océano Atlántico.
Donde no hay dudas es en su caudal, el mayor del planeta (no en vano aporta la quinta parte de agua dulce de la Tierra) y superior al de los doce ríos más largos del mundo...juntos (Nilo, Yangtsé, Mississippi-Missouri, Yenisei, Amarillo, Obi, Mekong, Congo, Amur, Lena, MacKenzie y Níger). Su enorme cuenca hidrográfica roza los 7 millones de kilómetros cuadrados, por lo cual toda Europa si exceptuamos Rusia, cabría dentro.
De la magnitud del Amazonas también debe decirse que en su estuario, donde existe una isla tan grande como Suiza, hay una distancia de 350 kilómetros entre las riberas; que con las crecidas su cauce puede ensancharse hasta los 50 kilómetros; que en algunos tramos alcanza los 300 metros de profundidad; que es posible llegar en barcos de más de 9.000 toneladas hasta la ciudad de Iquitos, a 3.300 kilómetros de distancia del Atlántico; o que el agua es dulce hasta más de 400 kilómetros mar adentro, algo aún más impresionante si se tiene en cuenta que las corrientes en esta zona del océano se dirigen hacia la orilla.
Sirva toda esta barahúnda de datos, fríos como son los números, pero muy elocuentes, para comprender las dimensiones legendarias del Amazonas, el "río de la humanidad" como se ha llamado alguna vez. Hablar del Amazonas es hacerlo también de la selva amazónica, uno de los últimos reductos de la naturaleza pura y virgen de nuestro planeta, acaso el más importante, pues aquello de "pulmón verde" queda totalmente justificado en este caso: la Amazonía actúa como un enorme limpiador de aire mundial, succionando más cantidad de CO2 del que emite, aunque recientes investigaciones revelan que absorbe la mitad que hace 25 años. Muy preocupantes datos acerca del gran y postrero paraíso natural de la Tierra, donde hay miles de especies animales y vegetales aún sin catalogar, y donde aún existen comunidades y tribus de humanos que han tenido y tienen poco o ningún contacto con el hombre moderno. Un lugar, pese a décadas y décadas de industrialización y contaminación, con regiones aún inhóspitas donde la naturaleza aún tiene la última palabra, y donde no basta ir con todos nuestros adelantos y comodidades; baste recordar que el televisivo Jesús Calleja, tan aventurero él, estuvo a punto de no contarlo hace un par de años en una de sus "expediciones".
Debería ser labor de todos los gobiernos implicarse y poner cartas en el asunto para evitar que también el Amazonas se vaya al garete, pero ya se sabe que si no hay dinero de por medio, nada se hará. Únicamente cuando ya sea demasiado tarde. Así es el ser humano.
Y ahora hagamos el esfuerzo y retrocedamos unos siglos, porque hablar del Amazonas, es hacerlo, desde la óptica occidental y española en particular, del hombre que lideró el primer descenso conocido por el inmenso río. Volvamos a esos tiempos fascinantes y excesivos de aventuras, exploraciones, codicia, descubrimientos, pasión, vida y muerte. Volvamos a los tiempos de Francisco de Orellana.
Orellana no era alguien sedentario que esperase sentado la llegada de la fortuna. Había nacido en torno a 1511 en Trujillo, y era pariente no lejano de Francisco Pizarro y por tanto también de Hernán Cortés. Hidalgo empobrecido, su horizonte era tan prometedor como contemplar las piaras de cerdos y las encinas en lontananza, y eso para alguien tan ansioso como un conquistador de los primeros tiempos era desesperante. Con 16 años ya está en Sevilla con la intención de embarcar hacia las Indias. No sobraban en puerto hombres arrojados y poco después ya lo tenemos en Nicaragua. Luego se enroló en la empresa de su primo, el mayor de los Pizarro, quien en su tercer viaje al Perú (1530) acabaría disputándole el reino inca a Atahualpa. Fue en esa guerra de conquista donde Orellana perdería un ojo, y además se distinguió por su valor y fiereza, tanto en la batalla, como con sus propios compatriotas, pues hizo quemar a dos españoles acusados de sodomía, a quienes también confiscó sus bienes.

También era famoso por ser uno de los conquistadores más exitosos en lo relativo a la economía y las tierras, y sus beneficios monetarios iban en constante alza. Pero siempre pueden ir a más, sobre todo si tenemos en cuenta que estamos en las tierras de El Dorado y de otros "reinos" legendarios, donde el oro es tan abundante como las hojas de los árboles y los reyes se cubren el cuerpo con polvo áureo. Durante cientos de años bastó una palabra, Dorado, para encender el ánimo de hombres de diversas naciones en pos de un sueño, tan maravilloso como materialista. Muchos indígenas supieron darse cuenta con picaresca que, a poco que estimulasen la codicia de los españoles con unas piezas de metal precioso como cebo junto a unos testimonios más o menos fantasiosos que sonasen verídicos, podían fascinar y alejar a los conquistadores, por un tiempo al menos, de sus dominios, en busca del ansiado oro.
Éste es un factor importante en el éxito de las asombrosas empresas españolas de exploración y conquista en las Indias y en los océanos; al elemento "por cojones", tan ibérico, se une el propio afán de superación, tanto personal como nacional (pues franceses, ingleses y portugueses ya estaban reclamando su porción de pastel en la carrera americana) , pero también la codicia y el ansia de riqueza para salir de la miseria. La búsqueda de oro, fundamentalmente, y también de plata, piedras preciosas y joyas, supuso un acicate considerable, en ocasiones el principal, y a la vez la mayor causa de perdición. Si los castellanos hubieran tenido la certeza, o hubieran recibido abundantes noticias de, por ejemplo, un Reino Dorado en la Antártida, por supuesto más de una expedición se habría lanzado hacia allá, y probablemente la cruz y la bandera castellana se hubiera plantado en el Polo Sur, aunque fuera sólo un viaje de ida.
Y así, en cuanto Orellana escuchó historias sobre el País de la Canela, conocido
tanto por el árbol canelo de donde se extrae la especia como por el oro
contante y sonante, se puso manos a la obra para acudir presto a esa
interesante tierra, aunque en lo que menos pensase sería en el
condimento que le echamos a las natillas.
Con todo, la iniciativa correspondió a Gonzalo Pizarro, nombrado gobernador de Quito por su hermano mayor, Francisco, el conquistador de Perú. En febrero de 1541 se marchó de la hoy capital ecuatoriana con casi dos centenares de españoles y más de un millar de porteadores indígenas, además de un buen número de bestias de carga, perros de guerra y cerdos. Cruzaron las altas cimas andinas, por encima de los 5.000 metros, muriéndose de frío más de 100 indios, y descendieron camino de la llanura. La expedición había abandonado la seguridad y el aire limpio de la cordillera, internándose en la agobiante y densa selva amazónica.
Pizarro se encaminó hacia el este, dando con un caudaloso y zigzagueante río, el Napo (afluente del Amazonas, pero eso aún no se sabía), por aquel entonces Río de la Canela, pues téoricamente se encontraban ya en tierras de ese árbol, y allí se establecieron tranquilamente y sin problemas unas semanas, en el lugar de Quema, a centenares de kilómetros de los Andes. Fue a finales de marzo cuando se unió Orellana, alcanzando la posición de Gonzalo. En principio se había asociado para este viaje con el menor de los Pizarro (casi de su misma edad e igual o más ambicioso que él), pero Orellana, como capitán general, había sido requerido por Francisco para pacificar y reconstruir ciudades como Puerto Viejo y Santiago de Guayaquil (actual Guayaquil). En relación con todo esto se daba la circunstancia que, en esta época, en virtud de los descubrimientos y conquistas precedentes, ya se comenzaba a querer averiguar la distancia entre el Perú y el "mar del norte" (el Océano Atlántico).
Orellana entró en Quema con menos de 25 castellanos, medio muertos de hambre y pobremente equipados. Dado que este lugar se encontraba en una apacible sabana, los recién llegados se quedaron descansando mientras Pizarro marchó a buscar tierras fértiles y alimentos, que empezaban a escasear. Tras unas entrevistas poco diplomáticas con los caciques indios de las tierras vecinas, Gonzalo averiguó que más hacia el este existían pueblos de "gente vestida". En el camino encontró algunos canelos y, en efecto, asentamientos de indios tapados con ropajes, a quienes quitó cierto número de canoas, toda vez que parecía claro que lo más conveniente era adentrarse en el río en busca de nuevas tierras.
Pizarro mandó construir un bergantín que acompañase a las canoas donde irían los pertrechos, armas y víveres. Aunque Orellana no estaba de acuerdo, era el segundo de a bordo y enseguida se puso a cooperar en la construcción del barco, para el cual, en plena selva, se usaron buenas maderas, lianas (para las cuerdas), resina y hierro.
El nuevo bergantín San Pedro fue botado y comenzó a navegar, llegando a la confluencia del Napo con el Coca. Una parte de la expedición, así como los enfermos y la mayoría de los víveres quedaron en la embarcación, mientras Pizarro, Orellana, el resto de españoles e indios y los caballos siguieron por tierra sin perder de vista el turbulento Napo. La maleza era espesa e inquietante y se encontraban pocos víveres. 40 días de escaso éxito y cientos de kilómetros de camino después, apenas quedaban alimentos.
Orellana, que tenía ya un buen dominio del quechua, informó a Gonzalo Pizarro acerca de que los guías indios le habían dicho que la siguiente región era realmente extensa además de deshabitada, y sin víveres hasta llegar hasta un "gran río", el Marañón, que no quedaba demasiado lejos.
El de Trujillo se ofreció al menor de los Pizarro para ir en el bergantín para buscar esos alimentos de los que hablaban los indígenas, mientras el resto de la expedición se quedaría en la confluencia del Napo y el Coca. Gonzalo confiaba en Orellana, pues aparte de pariente y amigo se había mostrado leal tanto con él como con sus hermanos Francisco y Hernando en la empresa peruana. Así pues, Pizarro se quedaría en dicha confluencia, mientras Orellana y unos 60 hombres (capellán incluido) marcharían en el San Pedro más diez canoas amarradas, con la condición de regresar en dos semanas. Pero nunca lo harían.
Cargados con los ropajes, los jergones, las armas, las municiones y algo de alimentos, la emprendieron río abajo a finales de año y al segundo día todo estuvo a punto de irse al garete cuando el bergantín chocó contra un enorme tronco caído en el río, aunque por suerte la ribera estaba cerca y pudo arreglarse. El Napo era ya a estas alturas un poderoso cauce de más de mil metros de ancho, cuyas rápidas aguas llevaban a Orellana y compañía mediante etapas de 100-120 kilómetros diarios; un primitivo rafting por territorios completamente desconocidos. Pasados tres días, no vieron ningún asentamiento y la comida empezaba a escasear, cayendo además en la cuenta que debían estar ya muy alejados de la posición de Gonzalo Pizarro, por lo cual la preocupación pasó a ser cómo remontar la tremenda corriente contra la que habían de remar.
Fray Gaspar de Carvajal, el capellán y cronista de la expedición, dejó escrito que desde el primer momento estaba clara la disyuntiva de elegir entre dos opciones: una, al parecer la mayoritaria, era continuar dejándose llevar por el río, y la otra era tratar de ir contra el Napo en busca de Pizarro, algo que se consideraba una muerte segura pues el San Pedro no era ningún galeón construido en los astilleros. Volver por tierra parecía otro suicidio, dada la densidad de la selva y el desconocimiento del terreno.
Por tanto, continuaron, sin tener ni idea de lo que se encontrarían en el siguiente meandro. Imaginaban que el río acabaría llegando al mar, pero nadie sabía cuándo ni dónde. Lo maravilloso y lo terrible de estos tiempos de mapas precarios y con zonas en blanco, cuando aún faltaban siglos para el satélite y el GPS, y la naturaleza conservaba todo su poder.
Pronto no quedó nada más que un poco de maíz, y llegó el momento de cocer cuero, el cual, para darle más sabor, se sazonó con hierbas de la zona, pero nadie sabía cuáles eran comestibles, y algunos sufrieron intoxicaciones y alucinaciones, quedando "sin seso" , como se decía entonces. La precaria dieta al menos contaba con cantidades ilimitadas de agua, ya fuera del río o de la lluvia. El vino era celosamente guardado por el capellán para poder celebrar misa.
Poco después del día de Año Nuevo de 1542, los españoles escucharon a lo lejos el tam-tam de unos tambores, algo bueno o malo, según se mirase. Después de varias semanas sin ver nada, por fin toparon con cuatro canoas llenas de indios, y poco después pararon en un poblado. Orellana se dirigió en quechua al consejo de ancianos, para tranquilizarlos a todos y mostrar sus buenas y pacíficas intenciones. El jefe quiso saber de qué tenían necesidad, y el extremeño sólo pidió comida.
Por una vez fue un feliz encuentro entre culturas, y los castellanos disfrutaron de todo un banquete en medio de la selva; el menú consistió en un surtido de carnes, bastantes clases de pescado, maíz, yuca y batatas.
Después de la sobremesa tocaba hablar de temas más serios, y Orellana, fiel a Pizarro hasta el final, dejó claro que pretendía remontar la corriente para reunirse con Gonzalo, aunque fuera difícil. Pero la mayoría de los 50 españoles se negaron, pues lo contemplaban como una muerte segura, viendo, por un lado, la endiablada fuerza del Napo, las lluvias y las características del San Pedro, y por otro, la oscuridad de la jungla. Tampoco querían parecer unos traidores, y se mostraron dispuestos a obedecer a su capitán, siempre que fuera una alternativa donde la vida fuera una opción. Por último, muchos dejaron sus ideas por escrito, que consistían en declarar que estaban realmente lejos del lugar del gobernador Pizarro y hacia él no podía llegarse ni por tierra ni por agua.
Firmaron el documento y el 5 de enero de 1542, un acorralado Orellana llamó al escribano Isásaga para declarar que, en contra de su voluntad, la expedición seguiría río abajo, sin olvidarse de Pizarro y los demás, por si aún los alcanzaban, pues tampoco era del todo descartable que éstos construyesen otro navío. Esta escena ante notario, en medio de las soledades de la selva, a miles de kilómetros de la civilización europea, bien puede ser una de las más peculiares y sorprendentes de la aventura española en América.
Después de tomar posesión de ese pueblo en nombre del rey Carlos, de bautizarlo como Victoria, y de descansar holgada y tranquilamente (demasiado al parecer de Carvajal) la expedición partió el 2 de febrero, Napo abajo. Las aguas, turbulentas y oscuras, dejaban poco margen para la maniobra, y cayeron en una zona infestada de mosquitos; si el aire picaba, el río estaba infestado de caimanes y pirañas. Poco después, un simpático cacique les visitó, trayendo algunos manjares como tortugas y papagayos. El 11 de febrero los españoles desembocaban en el Amazonas propiamente dicho, ese "gran río" o "Marañón" del que hablaban los indios; en aquel momento era sólo el río grande. No se encontraban muy lejos de la actual ciudad peruana de Iquitos.
Las siguientes paradas fueron igualmente pacíficas, y en un lugar recibieron de nuevo tortugas, también perdices, y platos nuevos como manatí o gato asado. Orellana, en calidad de capitán versado en quechua, soltó un parlamento a los indios, tan habitual en estas circunstancias, en el cual les dijo que los españoles eran cristianos y vasallos del "emperador de los cristianos, gran rey de España, y se llamaba Don Carlos, nuestro señor", y añadió que "éramos hijos del Sol". Esto último pareció agradar a los indígenas, mientras se preguntaban quién sería el tal Carlos.
A estas alturas el San Pedro estaba maltrecho y el extremeño mandó construir otra embarcación. Materia prima no faltaba, y en algo más de un mes estuvo terminado el bergantín, con todo el mundo manos a la obra, dirigidos por el carpintero Diego Mexía.
Ya era mayo cuando los dos barcos de la expedición navegaban prestos por el río, cada vez más enorme. Se ensanchó de tal manera que no hubo manera de atracar, pues además las riberas o eran muy inestables o demasiado altas, y se durmió muy poco. Como las paradas eran imposibles, comenzó a faltar comida que manducar. Cierto día se pudo abatir un buitre con la ballesta y pescar en el agua un enorme pez, que supo a gloria. Pero a partir de ese momento sólo se comió maíz tostado con hierbas.
El 12 de ese mes, en cierto punto apareció de repente una escuadra de canoas repletas de guerreros indígenas. Por desgracia no toda la expedición consistió en españoles e indios tocándose el rostro al son de la música de La misión, y Orellana hizo preparar los arcabuces, pero con tanta humedad éstos habían quedado inutilizados; así, se recurrió a las ballestas y las espadas, produciéndose un confuso enfrentamiento donde más de 20 castellanos cayeron al agua en una lluvia de lanzas y flechas. Orellana y su segundo Alonso de Robles reaccionaron, y junto a otro grupo asaltaron un poblado al borde del río para llevarse víveres, contraatacaron y pudieron embarcar de nuevo, pese al acoso constante de los guerreros.
Algo más abajo llegaron a la región de Omagua, donde fueron bien recibidos pese a que ya la lengua quechua, un seguro de vida, no les sirviese de nada pues se trataba de otras etnias y culturas. La expedición pudo contemplar ídolos gigantes y excelentes piezas de alfarería. Además, los indios acogieron a los extranjeros en sus casas, como si fuera lo habitual, pese a que nunca habían visto a un hombre "occidental"; el ser humano puede ser maravilloso.
Pero debían continuar dejándose llevar por la contundente melodía del río, y vieron asombrados grandes poblados donde la gente vivía en cabañas en los árboles, a salvo del agua. No siempre se detenían, y unas veces eran recibidos a flechazos, otras conseguían comida de buen grado , y en algunas ocasiones los indígenas simplemente huían de su vista. Así llegaron a lo que hoy es la ciudad brasileña de Manaos, donde el Amazonas recibe a uno de sus principales afluentes, un enorme río de aguas oscuras, "negras como tinta", que asombró y desconcertó a los expedicionarios. Lo bautizaron como Negro, el nombre que aún lleva una de las corrientes más caudalosas del planeta (para hacerse una idea, contiene más líquido que el Mississippi y el Nilo juntos).
El llamado "Encuentro de las Aguas", de los ríos Negro y Amazonas.
El viaje continuaba tras el aporte del río Negro, y esta vez dieron con poblados variopintos, uno donde había torreones y templos dedicados al Sol , y otro donde, por señas, supuestamente entendieron de los indios que los hombres eran tributarios de las mujeres y que una "gran señora" mandaba sobre toda la región. No tardaron en comprobar si era verdad o mentira, porque en otra gran confluencia, en este caso la del Amazonas juntándose con el Madeira (un "arroyo" de 3.000 kilómetros), los españoles fueron atacados sin cuartel con flechas y dardos, en ambos casos envenenados, que dejaban seco a un infeliz en pocos minutos. Fue en esta batalla donde también se vieron frente a diez mujeres desnudas, altas, de piel blanca y cabeza grande, el origen de que el "río grande" acabara conociéndose como "de las amazonas" (aunque durante un tiempo se llamó "de Orellana" o "Marañón"), pues el capitán y otros testigos afirmaron que se habían enfrentado a guerreras féminas, como las del mito griego, y al igual que Colón o Cortés décadas atrás.
Más allá del típico recurso a los clásicos grecolatinos, nunca se supo, y tal vez nunca sabremos, si realmente los españoles se enfrentaron a mujeres guerreras o simplemente se trató de hombres con el cabello largo.
Más adelante Orellana y sus amigos supervivientes se dieron cuenta que el río empezaba a tener corrientes y comprendieron que ya no estaban lejos del mar. Además la vegetación fue aligerándose y ante la abundancia de islas, estaba claro que ya se encontraban en el enorme estuario del Amazonas; la inmensa corriente volvía inútiles las anclas, arrastrándolos, despertándose en otro recodo distinto al del descanso. Así, un bergantín quedó dañado por un tronco mientras el otro quedó varado, donde fueron atacados por más indios. Tras rechazarlos, arribaron a una playa donde repararon los barcos, usando las mantas como velas. En cuanto a la comida, sólo pudieron echarse al estómago las pocas caracolas y cangrejos que pudieron recoger, aquejados de dolores, cansancio, hambre y fiebres.
Y al fin, el mar. No es fácil imaginarse la sensación de euforia que debieron experimentar los españoles, después de meses y meses navegando por un río de aguas procelosas y traicioneras, en medio de una selva tan maravillosa como oscura y demencial, donde por las noches sentían clavados en ellos los ojos, los alaridos y los cantos de miles de animales desconocidos, como desconocida era la tierra circundante. Sí, en no pocas ocasiones disfrutaron de la hospitalidad de las tribus indígenas, pero en otras hubieron de luchar por su vida a bordo de ese desquiciado crucero, cuando no era el agua misma la que los engullía, donde no se sabía qué deparaba el próximo meandro del río.
Pero al fin, el mar. 244 días después de separarse del campamento de Pizarro, un 26 de agosto de 1542, Orellana y sus hombres sintieron en el rostro la brisa marina, con el vapor selvático impregnado en cada poro de su piel desde enero. Ya estaban saliendo de ese "infierno verde" al que se refirieron otros viajeros y cronistas. Habían perdido a 14 hombres, pero el mar del norte (el Atlántico) se abría ante ellos, saliendo por las bocas de la Mar Dulce que ya hubiera descubierto Vicente Yáñez Pinzón en el año 1500.
Por cierto, ¿qué había sido de Gonzalo Pizarro, a casi 4.000 kilómetros de distancia?
(Continuará)
¿Poder contemplar la construcción del acueducto de Segovia, el 2 de mayo de 1808 en Madrid, los preparativos de la Felicísima Armada (la Armada Invencible) en Lisboa en 1588 o la entrevista de Franco y Hitler en Hendaya en 1940? Ver y tocar la historia de España como espectadores más o menos activos y...¿ todo a través de unas misteriosas puertas existentes desde los tiempos de los Reyes Católicos?
Parece demencial y así es, pero no deja de ser maravilloso, un sueño maravilloso. Se trata de "El ministerio del tiempo", la nueva serie de TVE que está asombrando a propios y extraños, y aunque no esté arrasando en audiencia (como debería y se merece), está no sólo manteniendo a su público, también ha puesto de acuerdo a la mayor parte de la crítica como hacía mucho no se veía.
Los periodistas y expertos en series hablaban maravillas de la serie y afirmaban
que era lo mejor que había hecho TVE desde hace mucho tiempo, por lo
que las expectativas fueron subiendo pese a que fuera una producción
nacional. Una vez visto el primer capítulo, y luego los dos siguientes, para mí está justificada esa
euforia, pues "El ministerio del tiempo" es la mejor serie española en
años, junto con "Crematorio" y alguna otra más como "Isabel" (no vi "El tiempo entre costuras", pero leí y escuché muy buenas críticas) , muy por encima de toda
la morralla televisiva a la que estamos acostumbrados.
Aunque TVE saca alguna castaña de vez en cuando, sus producciones
tienen su toque característico y suelen tener cierto nivel y más o menos calidad, aunque eso no
signifique que coseche toneladas de audiencia; Antena 3-Atresmedia está a medio
camino entre las buenas series y las chufas, con habitualmente buenos
porcentajes de share (y algún que otro fracaso) y Telecinco-Mediaset se
sitúa en lo más bajo, con producciones de calidad regular-mala en su mayoría,
pero repletas de carnaza y cebos fáciles para un público de un nivel
social e intelectual muy concreto, que en consecuencia tienen rotundos
éxitos de audiencia.
Ojo, no es mi intención menospreciar a toda aquella gente que vea ese tipo de series; tan respetable es adorar productos de Telecinco y Atresmedia como preferir algo más elaborado y con perspectivas más amplias que la típica comedieta de ex-parejas, cuñados y cuernos, o la clásica telecincada como la actual "Los nuestros", donde una pléyade de guapos y guapas de la televisión nacional (Hugo Silva, Blanca Suárez, Antonio Velázquez...) cuya belleza es inversamente proporcional a su talento interpretativo sirve como excusa para mostrar un ejército español bastante improbable, y donde la trama se centra en los romances entre tronistas, perdón, compañeros. Otras series habituales de Mediaset y de escaso relieve son aquellas que recrean la vida de personajes famosos aún vivos o recientemente fallecidos, como el rey Juan Carlos, Carmina Ordóñez o la Pantoja; cuando se mete en otros fregaos más trascendentales entrega truños como ese desgraciado "Alatriste" estrenado hace poco que eleva a la película de 2006 a la categoría de obra maestra. En ocasiones Antena 3 quiere demostrar que sabe hacer algo más que "Con el culo al aire" o "Física o Química" y se pone más seria, y a veces le sale bien ("El tiempo entre costuras") y otras no tanto (como "Hispania", con sus tramas fantasiosas y repletas de tópicos y fallos y sus lusitanos e iberos de nombres griegos, romanos, judíos e italianos).
En cuanto a la serie de La 1, ciencia-ficción, historia, humor, drama y actualidad es un cóctel
explosivo y muy original que puede salir mal, pero si se hace
correctamente, puede producir un bombazo de calidad. Con una trama
inexplicable (por algo es ciencia-ficción), un buen ritmo y un guión jugoso y repleto de referencias culturales, unos
ambientes conseguidos, una fotografía de película (alejada de la excesiva luz de las series españolas) unas
interpretaciones convincentes y unas situaciones y evocaciones
fascinantes (con unos apreciables efectos especiales) , más los toques didácticos (con algunas licencias),
dramáticos y de comedia, tenemos "El ministerio del tiempo".
Que bien podría ser el "de los sueños" porque a ver quién no ha soñado
nunca con volver o viajar al pasado, tanto el inmediato como el lejano,
algo especialmente atrayente y maravilloso si eres historiador como es
mi caso.
El reparto es una combinación de veteranos habituales del cine, el teatro y la televisión como Jaime Blanch (¿quién no recuerda "La gran familia"?) Juan Gea, Nacho Fresneda (el Aimé de "Hospital Central"), Cayetana Guillén Cuervo o Rodolfo Fernando el Católico Sancho y otros rostros más jóvenes como la bella Aura Garrido, por delante de toda una galería de secundarios encarnando a personajes históricos como Velázquez o El Empecinado, aunque el protagonismo recae en el trío elegido para formar un equipo que mantenga la historia tal y como está escrita:
- Julián Martínez (Rodolfo Sancho), enfermero del Samur en la actualidad. Un madrileño de barrio (no sé si Vallecas o Carabanchel) con algún trauma personal; al ser contemporáneo al espectador es la conexión con él y por tanto el que suele tener las reacciones y comentarios más humorísticos aparte de una visión más amplia de los acontecimientos, aunque su sabiduría sea básicamente popular.
- Amelia Folch (Aura Garrido), joven e inteligente estudiante de 1880, perteneciente a una buena familia de la burguesía catalana. Asiste a la universidad y por tanto es una especie de Concepción Arenal, rompiendo con los convencionalismos de su tiempo. La cultureta del equipo.
- Alonso de Entrerríos (Nacho Fresneda), hombre de honor y veterano de los tercios que combatía en Flandes en 1569 cuando el Ministerio le encuentra. Cronológicamente es unas décadas anterior a espadachines de ficción como el capitán Alatriste o reales como Alonso de Contreras, pero está basado claramente en ellos. En el fondo es como el inmortal personaje de Pérez-Reverte pero con más toques de simpatía y comedia (no en vano se le compara con él en el primer capítulo), y es la fuerza bruta del trío.
Atención a las reacciones de los personajes de épocas antiguas cuando
están en nuestros días, o viceversa, y sobre todo al guión repleto de ironía y fino humor, con referencias a la situación actual, a la cultura popular (música, deporte, cine, televisión) y a la política. En este sentido es una serie para españoles en el sentido de que muchos chistes serán mejor entendidos y más valorados por uno de ellos antes que por un extranjero.
También hay espacio para el drama y la seriedad, cuando un trabajador del Ministerio desliza de manera interesante la teoría de para qué sirve mantener la historia intacta (si como según ellos podría cambiarse) , pues sabemos que muchas veces acabó de manera funesta, por ejemplo en referencia a la Guerra de la Indepencia (1808-1814), cuando los españoles lucharon juntos para expulsar al francés y por el rey Fernando VII, para que éste luego cortara las libertades e inundara el país de represión, ahorcando a héroes como si fueran un miserable perro, caso de El Empecinado, y retrasase la salida de España del Antiguo Régimen. Pero lo cierto es que, como concluyen otros personajes y es la pura y perfecta verdad, la historia, para bien y para mal, no se puede cambiar.
Aunque la serie huye cuidadosamente de parecer demasiado reaccionaria (nuestros tiempos son muy políticamente correctos) e intenta no pisar otros jardines, sí se aprecia un sincero orgullo por la historia nacional, algo muy de agradecer, teniendo en cuenta el pasado español, ya sea glorioso, trágico, vergonzoso, maravilloso o triste, pero "nuestro pasado" al fin y al cabo. También es loable ese afán didáctico en estos tiempos donde la enseñanza está tan devaluada y la cultura tan maltratada. No pocos espectadores resaltan que gracias a la serie se están interesando por la historia o descubriendo personajes nuevos, como el olvidado marqués de la Ensenada (1707-1781). Por otra parte tampoco soy el único quien afirma que la serie gana enteros cuando se centra en el Siglo de Oro.
La otra noche contemplé con alegría como, tras su aparición estelar, Ambrosio de Spínola (1569-1630), militar genovés al servicio de la Monarquía Hispánica, se convirtió en uno de los temas más comentados en Twitter, al igual que en otro capítulo le correspondió a Lope de Vega, etc. No todo van a ser belenesesteban, rosabenitos, deluxes, fútbol y política, por suerte.
Por supuesto, "El ministerio del tiempo" no es perfecta y tampoco voy a entrar en si no es tan original por si se han basado en otras producciones extranjeras (la clásica obsesión de que fuera de España se rueda y se produce mejor) pero dice mucho que a poco que una serie se eleve aunque sólo sea un poco por encima del nivel habitual de la televisión patria, y que con inteligencia no desprecie al espectador, se obtiene además cierto consenso entre el público y la crítica. De momento sólo consta de 8 capítulos, y ya hay una plataforma en Internet para que se realicen más entregas, pues las posibilidades pueden ser infinitas. Todo un inesperado triunfo para TVE, la cual suele estar más en el punto de mira por sus bajos índices de audiencia, las decisiones polémicas o la imparcialidad (o no) de sus informativos, aunque también se le recompensa como con la multipremiada "Isabel" o ahora el éxito de "El ministerio del tiempo".
Bravo por sus creadores, los hermanos Pablo y Javier Olivares. Y bravo por Televisión Española.