4.11.14

"Este país"





No es necesario ser un espectador habitual. Basta contemplar  10 minutos de uno de los -por desgracia- numerosos debates en TV para darse cuenta de cómo abusan  los/las tertulianos/as del "este país". "Este país" por aquí, "este país"  por allá, es su coletilla de sabio favorita. En muchos casos empleada como sustitutiva de la palabra  "España", el hablante suele emplearla para darle un toque más despectivo a su crítica pontificadora de la situación política, económica o social de la nación. Al ser  tan recurrida, ciertas personas la dicen ya de un tirón, "estepaís" . Sean de derecha, de izquierda o de centro, sean Eduardo Inda, Pablo Iglesias, Francisco Marhuenda, Esther Palomera, Tania Sánchez,  Ignacio Escolar, Jaime González , Juan Carlos Monedero, Alfonso Rojo o Íñigo Errejón.  "Lo que necesita este país es...", "En este país no se puede...",  "Nos sorprendemos porque en estepaís...", "Estepaís es tercermundista en...", "Las cosas de estepaís", "Cuando gobernemos en estepaís",  etc. Muy pocos se libran.

A este respecto resulta revelador  y muy interesante leer ya  en Mariano José de Larra, hace más de 180 años (1833), su protesta por el uso excesivo del palabro entre los  tertulianos y expertos -pues ya existían- de su tiempo:

(...) "En este país...esta es la frase que todos repetimos a porfía, frase que sirve de clave para toda clase de explicaciones, cualquiera que sea la cosa que a nuestros ojos choque en mal sentido.
-¿Qué quiere usted?- decimos- ¡en este país!
Cualquier acontecimiento desagradable que nos suceda, creemos explicarle perfectamente con la frasecilla: ¡Cosas de este país!, que con vanidad pronunciamos y sin pudor alguno repetimos.

¿Nace esta frase de un atraso reconocido en toda la nación? No creo que pueda ser éste su origen, porque sólo puede conocer la carencia de una cosa el que la misma cosa conoce: de donde se infiere que si todos los individuos de un pueblo conociesen su atraso, no estarían realmente atrasados. ¿Es la pereza de imaginación o de raciocinio que nos impide investigar la verdadera razón de cuanto nos sucede, y que se goza en tener una muletilla siempre a mano con que responderse  a sus propios argumentos , haciéndose cada uno la ilusión de no creerse cómplice de un mal, cuya responsabilidad descarga sobre el estado del país en general? Esto parece más ingenioso que cierto. 
(...)

Este es acaso nuestro estado, y éste, a nuestro entender, el origen de la fatuidad que en nuestra juventud se observa: el medio saber reina entre nosotros; no conocemos el bien, pero sabemos que existe y que podemos llegar a poseerle, si bien sin imaginar aún el cómo. Afectamos, pues, hacer ascos de lo que tenemos, para dar a entender a los que nos oyen que conocemos cosas mejores, y nos queremos engañar miserablemente unos a otros, estando todos en el mismo caso.
(...)
Don Periquito ((un supuesto amigo suyo)) es pretendiente, a pesar de su notoria inutilidad. Llevóme, pues, de ministerio en ministerio. De dos empleos, con los cuales contaba, habíase llevado el uno otro candidato que había tenido más empeños que él.
-¡Cosas de España!- me salió diciendo, al referirme su desgracia.
-Ciertamente- le respondí, sonriéndome de su injusticia- porque en Francia y en Inglaterra no hay intrigas; puede usted estar seguro de que allá todos son unos santos varones y los hombres no son hombres.
El segundo empleo que pretendía había sido dado a un hombre con más luces que él.
-¡Cosas de España!- me repitió.
-Sí, porque en otras partes colocan a los necios- dije yo para mí.
(...)
-Desengáñese usted: en este país no se lee- prosiguió diciendo.
-Y usted que de esto se queja, señor don Periquito, usted ¿qué lee?- le hubiera podido preguntar. Todos nos quejamos de que no se lee, y ninguno leemos.
-¿Lee usted los periódicos? - le pregunté, sin embargo.
-No, señor; en este país no se sabe escribir periódicos.
Es de advertir que don Periquito no sabe francés ni inglés, y que en cuanto a periódicos, buenos o malos, en fin, los hay, y muchos años no los ha habido.
Pasábamos al lado de una obra de esas que hermosean continuamente el país, y clamaba:
-¡Qué basura! en este país no hay policía.
En París, las casas que se destruyen o reedifican, no producen polvo.
Metió el pie torpemente en un charco.
-¡No hay limpieza en este país!- exclamaba.
En el extranjero no hay lodo. 
Se hablaba de un robo:
-¡Ah! ¡País de ladrones!- vociferaba indignado.
Porque en Londres no se roba; en Londres, donde en la calle acometen los malhechores a la mitad de un día de niebla a los transeúntes. 
Nos pedía  limosna un pobre:
-¡En este país no hay más que miseria!- exclamaba horripilado.
Porque en el extranjero no hay infeliz que no arrastre coche. 
Íbamos al teatro y:
-¡Oh, qué horror!- decía mi don Periquito con compasión, sin haberlos visto mejores en su vida- ¡Aquí no hay teatros!
Pasábamos por un café:
-No entremos. ¡Qué cafés los de este país!- gritaba.
Se hablaba de viajes:
-¡Oh, Dios me libre! ¡En España no se puede viajar! ¡Qué posadas, qué caminos!

¡Oh, infernal comezón de vilipendiar este país que adelanta y progresa de algunos años a esta parte más rápidamente que adelantaron esos países modelos, para llegar al punto de ventaja en que se han puesto!
(...)
Cuando oímos a un extranjero que tiene la fortuna de pertenecer a un país donde las ventajas de la ilustración se han hecho conocer con mucha anterioridad que en el nuestro, por causas que no es de nuestra impresión examinar, nada extrañamos en su boca, si no es la falta de consideración y aun de gratitud que reclama la hospitalidad de todo hombre que la recibe; pero cuando oímos la expresión despreciativa que hoy merece nuestra sátira en bocas de españoles, y de españoles, sobre todo, que no conocen más país que este mismo suyo, que tan injustamente dilaceran, apenas reconoce nuestra indignación límites que contenerse.
(...)
Borremos, pues, de nuestro lenguaje la humillante expresión que no nombra a este país sino para denigrarle; volvamos los ojos atrás, comparemos y nos creeremos felices. Si alguna vez miramos adelante y nos comparamos con el extranjero, sea para prepararnos un porvenir mejor que el presente y para rivalizar en nuestros adelantos con los de nuestros vecinos: sólo en este sentido opondremos nosotros en algunos de nuestros artículos el bien de fuera al mal de dentro.

Olvidemos,  lo repetimos, esa funesta expresión que contribuye  a aumentar la injusta desconfianza que de nuestras propias fuerzas tenemos . Hagamos más favor o justicia a nuestro país, y creámosle capaz de esfuerzos y felicidades. Cumpla cada español con sus deberes de buen patricio, y en vez de alimentar nuestra inacción con la expresión de desaliento ¡Cosas de España! contribuya cada cual a las mejoras posibles. Entonces este país dejará de ser tan maltratado de los extranjeros, a cuyo desprecio nada podemos oponer, si de él les damos nosotros mismos el vergonzoso ejemplo". 

("En este país", La Revista Española, abril de 1833)


Pese a algunas diferencias, de rabiosa actualidad están estos escritos, pues. Admito que en nuestros días es muy difícil sumarse al cierto optimismo que desprende Larra. Por no pensar en cómo reaccionaría ante la corrupción o el enchufismo, pero a grandes rasgos puede decirse que su crítica no está muy lejos de los  famosos mesías televisivos (y unos cuantos anónimos de la calle y de la red) quienes se recrean en la decadencia y en lo negativo de la nación. Desde luego, en numerosas ocasiones ya he declarado mi odio y mi amor por España, pues no soy un chovinista ciego y admito sus trabas y rémoras; por otra parte, conozco poco de primera mano el extranjero, pero tampoco considero que mi país sea lo peor de lo peor. 

También conviene aclarar que su  leve actitud positiva (pese a su habitual estilo irónico, agrio y certero) se explica porque, en el momento que publica,  Fernando VII ya estaba agonizando  y se venía ejerciendo un relajamiento de la censura y el poder absolutista, en la Regencia de María Cristina; posteriormente en 1834 parecía abrirse un nuevo e ilusionante período constitucionalista, aunque pronto iba a quedar inaugurada la época de los "espadones", los pronunciamientos militares y la pugna entre moderados y progresistas que caracterizaría buena parte del siglo.  Poco vivió el madrileño algo de todo esto pues una noche de febrero de 1837,  amargado  por un fracaso amoroso irreversible (su amante Dolores de Armijo cortó la relación, teniendo en cuenta que estaba separado de su mujer y con tres hijos) se volaría la tapa de los sesos de un pistoletazo. Aún no había cumplido los 28 años, tiempo suficiente para experimentar también contratiempos  y desilusiones políticas, según algunos estudiosos (entre ellos uno de sus descendientes) la verdadera causa del suicidio.

Con su  tempranísima muerte se secaba la pluma de uno de los más grandes maestros españoles de periodistas  y articulistas, verdadero pionero de ese reformismo antiabsolutista que tanto tuvo que bregar  con las lacras hispánicas en todo el siglo XIX y parte del XX. Sus Artículos de costumbres (unos doscientos)  siguen siendo interesantísimos y altamente disfrutables, y en los cuales nos percatamos, pese al tiempo transcurrido,  que en ciertos aspectos poco o nada hemos cambiado en España. Tal vez el más famoso y uno de los que siguen teniendo plena vigencia es el titulado "Vuelva usted mañana".

Sería todo un lujo, con la que está cayendo en la actualidad y cómo seguimos siendo, contar con la acerada prosa de Larra, pues dispararía a todos los niveles, sin olvidarse de la sociedad.  Además, estoy seguro que don Mariano José tendría aún peor opinión que la mía acerca de los tertulianos; les acribillaría sin compasión, y más cuando se enterase de las vergonzosas cifras que se llevan  esta caterva de bienpagaos.

La mayoría de los políticos actuales no nos representarán, no. Pero los tertulianos tampoco. Más Larras y menos "expertos" cantamañanas  es lo necesario en nuestro tiempo.

17.10.14

Mejor la música. Doce bandas sonoras superiores a su película

Dentro de mis peculiares gustos cinematográficos, de los cuales ya he dado cuenta aquí en alguna que otra ocasión, me considero un buen aficionado a la "música de películas", esto es, a las bandas sonoras originales; raro es el día que no escucho varios soundtracks a todo volumen (para lamento de mi madre) o que no silbo insistente y aleatoriamente unos cuantos.   Me atrevería a afirmar que dicha obsesión arranca con dos maestros clave: Ennio Morricone y John Williams. Fueron estos dos compositores los que encendieron en mí esa llama, independientemente de mis gustos peliculeros. Posteriormente descubriría a otros grandes como Miklós Rózsa, Dimitri Tiomkin o Nino Rota (más antiguos), y  a  Basil Poledouris, James Horner  o  Hans Zimmer (más modernos estos). 

Una banda sonora de una película como tal, es importante y como es bien sabido, para potenciar las emociones de las imágenes expuestas, y es un complemento indispensable. Sin duda hay largometrajes que necesitan más una gran música que otras, y yo llego al extremo de no considerar del todo redonda a una película si no tiene una buena banda sonora. 

Y yo quería llegar más allá. Pues también hay casos, a mi modesto entender y siempre desde mi particular punto de vista, de películas que resultan inferiores a su banda sonora. Composiciones que llegan a trascender más que el propio largometraje y exceden el simple ámbito cinematográfico.  Así como tenemos ejemplos de banda sonora acorde con su película, al mismo nivel, como las de  Ben-Hur, Hasta que llegó su hora,  El Padrino,  Barry Lyndon, La Misión, La lista de Schindler o Braveheart, tenemos unos cuantos casos de música a la que, por desgracia o por suerte (o porque era imposible), su película se quedó atrás:

(Nota: quedan excluidas bandas sonoras formadas por una recopilación de canciones de variados estilos e incluso distintas épocas, tipo Pulp Fiction, y  aquellas donde la música de la película no es original, es  "clásica", por ejemplo  2001: Una odisea del espacio)



- El Álamo (The Alamo). Dimitri Tiomkin, 1960.  El mítico actor John Wayne dirigió algunas películas, como es el caso de ésta  sobre la épica resistencia de los texanos frente a los mexicanos en la misión española de  San Antonio de Béjar, en 1836; un relato repetido  machaconamente por los estadounidenses, al fin y al cabo una nación con una corta historia. Es El Álamo una correcta película,  entre el western, el cine bélico y el histórico, con secuencias impresionantes y un estupendo reparto, encabezado por el propio Wayne y  Richard Widmark como los archiconocidos héroes Davy Crockett y Jim Bowie, respectivamente. Pero, para mi gusto, tiende a ser irregular y se hace algo larga ( The Duke fue mucho mejor actor que director; además en sus películas tendía a mostrar su ideología, en su caso conservadora,  y  en esta no fue una excepción). En cuanto a la banda sonora, estuvo compuesta por el ruso-estadounidense Dimitri Tiomkin, y eso son palabras mayores.  Autor de la música de innumerables westerns y otras películas muy conocidas como Qué bello es vivir  o Gigante, para El Álamo aportaría sus características melodías y composiciones, tan enérgicas. Buena muestra es el fatalista  tema principal, parecido al que idease para Río Bravo un año antes,  con esas trompetas (que luego Morricone llevaría al paroxismo) y ese aire de "luchar hasta morir".    Aunque seguramente  la canción más famosa de la banda sonora de la película de Wayne sea la hermosa y evocadora The green leaves of summer, tan melancólica como trascendental. Poco más cabe añadir, ya sea en su versión instrumental o con letra, cantada


- Doctor Zhivago (Doctor Zhivago). Maurice Jarre, 1965.  Del peliculón de David Lean (adaptación de la novela de Boris Pasternak)   lo fácil es decir que se trata de una colosal producción de las de antes, cuando se gastaban no sólo ingentes cantidades de dinero, además se usaban enormes decorados y se empleaban miles y miles de extras humanos. Verdaderamente es una kilométrica película de más de tres horas,  en la línea del grandilocuente estilo del director británico, donde se suceden los minutos y no ocurre gran cosa. Ritmo pausado, lento. Poco diálogo. Trama extraña y difícil de seguir, si es que la hay.    El director se apoya en la intensa mirada de Omar Sharif y en la belleza de Julie Christie, y contiene imágenes inolvidables, pero, para mi gusto, la inmortalidad la alcanza la música que Jarre (quien repetía con Lean después de Lawrence de Arabia) compuso para la película. La melodía principal es una de esas canciones que  forman parte de la historia del cine y de las que te sumergen en una tierra y una época; la pieza llamada  At the student cafe  posiblemente se recuerde mejor en España por ser la del famoso anuncio de lotería,  y luego está...el muy conocido "tema de Lara" , una composición realmente eterna, en el mejor sentido de la palabra: a ver quién no ha estado enamorado y al escucharlo no le ha recordado a su amor, a esa sensación, o a la nostalgia por uno pasado...

- Agáchate, maldito (Giú la testa). Ennio Morricone, 1971. El último spaguetti western del inolvidable Sergio Leone y la penúltima colaboración del maestro romano con su paisano se acoge a división de opiniones; para unos es una película al mismo nivel de las grandes de Leone, para otros está un escalón (o dos) por debajo. Yo personalmente estoy en el segundo grupo, primero porque era imposible igualar a la "Trilogía del dólar", a  Hasta que llegó su hora y  a  Érase una vez en América, y segundo porque Agáchate maldito me parece confusa, irregular, con muchos detalles inexplicables y sin el gancho de otros "spaghettis". Leone además la hizo a regañadientes (no quería volver a dirigir westerns por el fracaso americano de Hasta que llegó su hora) y se nota bastante. La música es otro cantar, tratándose de Morricone. Aquí el genio italiano se aleja de las trompetas y los acordes metálicos de otras películas de Leone y realiza una composición más elegante, como más delicada. En el  tema principal  el maestro cuenta, como en muchas obras suyas, con la inestimable colaboración de la etérea voz de Edda Dell´Orso.   Verdaderamente uno se siente en otra realidad, como volando (a partir de 1:30).  

- Novecento (Novecento). Ennio Morricone, 1976. Conocida película de Bernardo Bertolucci, destacado miembro de la gauche divine (o izquierda caviar) tan típicamente europea. Film emblemático que pasará a la posteridad,  entre otras cosas, por ser uno de los mayores ejemplos de cine histórico en su versión más maniquea; aquí los ricos, los conservadores (quienes algunos abrazan el fascismo) y capitalistas,  son malvados y depravados por el mero hecho de ser "de derechas", mientras que "los de abajo", el pueblo, y por tanto los comunistas, son buenos, perfectos e irreprochables sólo por ser "de izquierdas". Supuestamente es una crónica de buena parte del siglo XX italiano (arranca en 1901 con la muerte de Verdi) centrada en la amistad de un terrateniente y un campesino  y  el director  aprovecha para homenajear al Partido Comunista Italiano y para ensalzar a unos y poner a caer de un burro a otros, sin explicar gran cosa y  simplificando de un modo infantil  las ideologías. No es mi intención quitar mérito a la Resistenza italiana, pero Bertolucci les hizo un flaco favor con este panfleto.  El montaje original es verdaderamente eterno (5 horas y cuarto) así que se comercializó otra, de todos modos larguísima (205 minutos), embrollada y confusa.  Con un reparto estelar al alcance de muy pocas películas, contiene personajes  desagradablemente  grotescos como el que interpreta el bueno de Donald Sutherland y escenas de dudoso gusto protagonizadas por él, o aquella que retrata al de un ya sesentón  Burt Lancaster (¡¡Burt Lancaster!!) como un pederasta,  o cuando una puta masturba simultáneamente a Depardieu y De Niro.  Una pena,  porque la fotografía es preciosa y los primeros 50 minutos son realmente bellos; pero a partir de ahí la cosa empieza a desmadrarse. Por fortuna, Morricone compuso otro de sus hitos en forma de banda sonora, y aunque Bertolucci no la emplee demasiado en su Novecento, podemos seguir alterándonos con su "Romanzo" (el tema principal) , auténtica elegía emocional in crescendo,  que por sí sola expresa mejor que la película  las ansias de resurgir de una parte de la sociedad, oprimida y pobre. 

- Carros de fuego (Chariots of fire). Vangelis, 1981. Posiblemente el ejemplo más famoso y el que admita menos discusiones, pues muy pocas películas están tan supeditadas a su banda sonora.  No toda, pero la gente tiende, en cuanto escucha la conocidísima melodía, a relacionarla con "Carros de fuego" (a veces como una canción propia) sin saber, o sin acordarse, que se trata de la música de una película. Y es hasta lógico, pues la del anglo-escocés Hugh Hudson sobre dos corredores británicos (uno judío y el otro cristiano)  que participaron en los JJOO de 1924 rivalizando entre sí, se caracterizó, aparte de por algo tendenciosa (en favor de los ingleses, por supuesto),   por una formalidad, una corrección y contención tan elevada, tan british,  que resultó fría y transmitió poco, desde mi punto de mi vista. Lo más memorable es prácticamente la famosa  escena inicial de los atletas corriendo por la playa mientras suena la melodía de Vangelis. El genio griego, amigo de los sintetizadores y modernizador de la música, compuso una  banda sonora  icónica de los 80  que no sólo se llevaría el Oscar, además perduraría en el tiempo y se convertiría en un símbolo del esfuerzo, del olimpismo y del deporte en general.  


- Conan el bárbaro (Conan the Barbarian). Basil Poledouris, 1982. La primera adaptación al cine de los relatos fantásticos de Robert E. Howard es una de esas películas que, sin llegar a ser de mis favoritas, la disfruto y  nunca me canso de ver. Dirigida por John Milius, se caracteriza por su brutalidad y crudeza, tanto por  las imágenes como por el guión, y actualmente nadie haría un largometraje así, a no ser que no le importe que le tilden de reaccionario o nazi. Con un meritorio diseño de producción y rodada íntegramente en España (Madrid, Segovia, Cuenca y Almería) resulta muy entretenida y espectacular,  aunque por otra parte tiene ciertos detalles horteras de los 80  y en cuanto al reparto, Schwarzenegger resulta un Conan perfecto, básicamente porque no tiene que hablar mucho; pero sólo participaron dos actores profesionales (los veteranos Max Von Sydow y James Earl Jones) y el resto es un circo de culturistas, jugadores de fútbol americano, surfistas y bailarinas, con lo que la "calidad" interpretativa se nota. En cuanto a la música, el encargado fue finalmente el greco-norteamericano Basil Poledouris, ese infravalorado genio  -autor, entre otras, de Los señores del acero,  la maravilla de La caza del Octubre Rojo o Robocop-  y que para Conan el bárbaro compondría una banda sonora de corte clásico,  sobrecogedora, épica, operística, y a la vez intimista, sugestionadora como pocas, casi onírica, zambulléndote de lleno en Aquilonia, la legendaria tierra imaginaria. No pocos expertos (los de verdad, no yo) suelen nominar a la música de Poledouris como una de las 10 mejores de toda la historia del cine. Ya el comienzo es extraordinario, Prologue/Anvil of Crom, con esa voz del otro mundo,  esos poderosos tambores y cuernos y la belleza de los violines; tenemos "música de batalla" con Riddle of Steel/Riders of Doom y Battle of the Mounds, absolutamente intimidatorias  y gloriosas,  pero también melodías sobre la amistad y la aventura, entrañables,  como  Theology/Civilization , alegres y rotundos himnos de desparrame como The Orgy,  hipnóticas y tremendas como  Gift of Fury, hermosas elegías de esperanza como  The Search , románticas como Love Theme o la desgarradora  The Funeral Pyre (a ver quién ha olvidado esa frase de "Él es Conan. No llorará. Yo lloro por él".), y espirituales finales que se proyectan hacia la eternidad como  Orphans of Doom/The Awakening Poledouris falleció en 2006, pero nunca caerá en el olvido.  


- Cinema Paradiso (Cinema Paradiso). Ennio Morricone, 1988. La película de Giuseppe Tornatore y su banda sonora es otro de esos ejemplos donde la segunda ha igualado e incluso superado la fama de la primera. Siendo Cinema Paradiso buena y recomendable, para decantarse, si hiciera falta, por la película o la banda sonora, basta contemplar unas imágenes o unos minutos de ella sin escuchar su música,  silenciándola o imaginándose otra; es un ejercicio difícil, pues en nuestra mente el concepto de Cinema Paradiso va unido a la melodía de Morricone, pero creo que haciendo un esfuerzo puede realizarse;  como también creo que sin su banda sonora, la cinta de Tornatore pasaría a ser una simpática y hasta entrañable película costumbrista sobre un pueblecito italiano.  Eso sí,  sin la carga emocional y sin las indescriptibles sensaciones que transmite la música de Morricone, con sus punzantes leitmotivs. Imposibles  de olvidar el  tema principal, el nostálgico Childhood and Manhood  o ese maravilloso Finale (Morricone y sus "finales" que te llegan al alma). Música que nos gustaría fuese la de nuestra vida, sin duda.

- 1492: La conquista del paraíso (1492: The Conquest of Paradise). Vangelis, 1992. Ese año, además de los numerosos fastos y acontecimientos por el V Centenario del Descubrimiento de América (o Encuentro para otros), se estrenó de manera oportuna una nueva película sobre Cristóbal Colón, esta vez dirigida por el británico Ridley Scott. Para variar, supuso un nuevo ejemplo de Leyenda Negra antiespañola, ya palpable en las escenas iniciales, con esas antorchas y hogueras  destacando sobre una tierra bárbara y oscura (es posible que Peter Jackson se inspirara en esta  Castilla para su Mordor de El Señor de los Anillos). De la película se desprende que Colón realizó su viaje y descubrió América a pesar de que los españoles eran unos animales de bellota.   Desde luego, no soy tan sectario como para desechar una película por su tendencia o ideología, pero con esta me pasa como con Novecento: se me hace larga, aburrida y confusa, añadiendo tramas sin ningún fundamento como el flirteo entre Isabel la Católica (Sigourney Weaver) y Cristóbal Colón (Gerard Depardieu), y etcétera. Una desgracia, porque el reparto es bueno (el francés es un gran actor, o Fernando Rey) y contiene algunas imágenes de gran belleza y emoción. Con todo, fue un desastre de crítica, taquilla y público. Vangelis, que repetía  con Ridley Scott tras Blade Runner, compuso otra enorme banda sonora, en su línea: sintetizadores, tono solemne, potentes y épicos coros y un vibrante piano, en el reconocible tema principal , extraordinario y que para mi gusto, casa bastante bien con las imágenes de las carabelas surcando el mar, por más que la vanguardista música del griego y su gusto por la electrónica parezca anacrónica en una película histórica, para muchos críticos. Siendo honesto, ciertamente otros temas, como éste, aunque hermosos, están en un tono más "Blade Runner" o incluso chill out, por así decirlo, y se ajustan peor a un largometraje como 1492. Personalmente prefiero al Vangelis de otros cortes como Hispañola


- La momia (The Mummy). Jerry Goldsmith, 1999. Vaya por delante que la de Stephen Sommers no me parece una mala película.  Entretenida, atractiva,  simpática y con un buen reparto (El  O´Connell de Brendan Fraser  pierde con Indiana Jones,  pero no se queda muy atrás en comparación con otros "imitadores"),  aunque en conjunto algo estereotipada y ligera, recuperó en parte a las películas de aventuras de siempre adornada esta vez de unos asombrosos efectos especiales (a los cuales lógicamente hoy día se les nota el paso del tiempo, si bien muy poco) y de una banda sonora superior. Compuesta por uno de los grandes, Jerry Goldsmith (El planeta de los simios, Patton, El viento y el león,  La profecía, Alien, Desafío Total), se trata de una obra extremadamente épica que se da pocos respiros; te sumerge en la arena, en las pirámides y en el Antiguo Egipto. El norteamericano, discípulo de Miklós Rózsa,  lo tenía complicado, pues si de aventuras y guerra en el desierto hablamos, la sombra de Jarre y su Lawrence de Arabia es tan alargada como legendaria; Goldsmith compuso una banda sonora con entidad propia caracterizada por su gran epicidad, ya palpable al  comienzo, y en temas frenéticos como Night Boarders, que dejan sin aliento; otros te transportan a  las arenas y también hay una hermosísima conclusión,  The Sand Volcano, con ese romántico cierre para la posteridad.

- Alejandro Magno (Alexander). Vangelis, 2004. Después de una década alejado de las grandes producciones cinematográficas, el peculiar compositor griego regresaba a los focos poniéndole la música a una nueva película sobre uno de los grandes mitos helenos y de la historia, Alejandro Magno. En este caso coproducción internacional,  dirigida por el estadounidense Oliver Stone y con un reparto repleto de  estrellas y caras conocidas, resultó un fracaso de taquilla (en contraste con la morterada de billetes que costó)  y de crítica. Larga, eterna (170 minutos en los cines, 214 el montaje completo...), insípida, quiere decir mucho y se queda en nada, adoleciendo además de flagrantes faltas a la historia...y con ciertas peculiaridades, como ver a un Alejandro con un cabello oxigenado algo hortera (Colin Farrell es bastante moreno), o esa desconcertante relación entre el protagonista y su madre (no sé si porque  Angelina Jolie sólo es un año mayor que Farrell). Me atrevería a decir que lo único que me gustó es el espectacular y emocionante fragmento de la batalla de Gaugamela. Así, Vangelis compuso una banda sonora muy superior al despropósito de Stone, una obra bastante variada de ritmos  y sonidos, con las características de su música, y con influencias balcánicas y orientales. La increíble fuerza y la grandiosidad mítica se encuentran en canciones como Titans  Drums of Gaugamela, o la emoción en breves cortes como  Young Alexander  y en otras  más poderosas y épicas como Across the mountains , pero también tenemos tonalidades relajantes y étnicas en composiciones como cuando la expedición de Alejandro permanece en Babilonia y otras más new age pero igualmente bellas y sugestivas como  Roxane´s Veil. Evangelos Odysseas  Papastanasiou, Vangelis,  nos regala  todo un "viaje musical" tan variado y grandioso como la epopeya alejandrina. 

- El rey Arturo (King Arthur). Hans Zimmer, 2004.  Los estadounidenses, siempre prestos a desmiticar leyendas y relatos siempre que no sean los suyos, abordaron la artúrica intentando darle una apariencia de solidez histórica, de peplum fiel a los acontecimientos reales. Peplum, porque situaron el origen de la leyenda del rey Arturo y sus caballeros en la Antigüedad Tardía, poco antes de la caída de Roma y cuando los sajones llegaron a Britania. El resultado, dirigido por Antoine Fuqua (un afroamericano especializado en videoclips y en cine policíaco...vaya), fue una película espectacular visualmente, pero completamente vacía de contenido, con unos garrafales patinazos históricos (¿El Papa de Roma dueño de Europa, que concede tierras en Britania y decide cuando regresan las tropas? y etc) unos personajes más planos que los de un videojuego y unas interpretaciones por parte de los actores tirando a deficiente. La emoción y la fuerza  inexistentes en la película las iba a aportar la banda sonora compuesta por el gran Hans Zimmer, reconocido por sus poderosas melodías fecundas en tambores, coros  y acordes graves. El alemán, quien ya se había acercado al "cine de romanos" en Gladiator, no decepcionó a sus incondicionales y entregó un disco con sólo seis canciones instrumentales, pero largas (en torno a 60 minutos de duración en total). Aunque hay muchos fragmentos emotivos y dulcemente celtas, epicidad exacerbada hay por todos lados, por lo que no a todos los oídos puede gustarle esta banda sonora. Aunque también tenemos una preciosa canción interpretada por Moya Brennan, que recuerda un tanto la que también compusiera Zimmer para  Gladiator (Now we are free). Pero la que nos zambulle de verdad (mejor no escuchar al narrador de la película)  en esa incierta y tremenda época  es el primer tema instrumental, Woad to ruin, una magnífica pieza en la línea más poderosa del alemán, repleta de leitmotivs grandiosos, subidas y bajadas musicales y potentes voces, que te hace sentir como cabalgando entre los hombres de Arturo. Del mismo tono son  Do you think I´m a saxon, pura batalla con atronadores tambores donde parece que tienes a los sajones encima, o Budget meeting, largas composiciones que dejan sin aliento; percusión, viento y coro al servicio de la épica made in Zimmer.  Pero también temas más intimistas y emocionales aunque igualmente grandiosos,  como Hold the ice o All of them, la canción que cierra la banda sonora y la película. En definitiva, otra enorme obra del maestro alemán, verdaderamente una delicia escuchar en casa a todo volumen.

- Piratas del Caribe: en el fin del mundo (Pirates of the Caribbean: at world´s end). Hans Zimmer, 2007. La tercera entrega de la saga de Piratas del Caribe decepcionó enormemente a quienes nos habíamos entusiasmado desde La maldición de la Perla Negra. A su director, Gore Verbinski, se le fue la olla por completo en este larguísimo (169 minutos) despropósito donde Jack Sparrow llega a cargar y aburrir y donde se suceden las secuencias con profusión de efectos especiales y personajes desaprovechados. Curiosamente, en esta primera trilogía de los piratas se ha dado, en relación con la banda sonora, el caso de que conforme han ido las películas a peor, la música ha subido de nivel; en La perla negra era la menos elaborada y poco original (además de autoría diversa y con sospechas de plagio), en El cofre del hombre muerto la espectacularidad y disfrute de la película iba parejo a su banda sonora, y  En el fin del mundo nos encontramos (para mi gusto) con la mejor música de la saga. El genio alemán, para la tercera, se dedicó a desarrollar temas de la primera y sobre todo de la segunda, e innovó creando nuevos. Ya el comienzo es vibrante con esos tonos orientales (la película empieza en Singapur); en  At Wit´s End el alemán nos regala uno de los maravillosos leitmotivs de En el fin del mundo, un precioso y variado tema romántico mientras la Perla se adentra por los mares helados. Luego, cortes magníficos como Up is Down, auténtica música de aventuras y de capa y espada al son de una jiga, o vibrantes homenajes de Zimmer al Morricone metálico de Hasta que llegó su hora, pasando por emocionantes  himnos épicos que hace que sientas como tuya la causa de los piratas.  Y aún más: los fans del alemán y los que nunca se contentan con las dosis de épica y heroísmo, tenemos otro largo momentazo , donde realmente te dan ganas de agarrar un sable y batirte con quien sea por tu vida y tu causa por entre las velas. Como conclusión, dos canciones extraordinarias cargadas de lirismo, emoción y romanticismo, lo más bello de la (por entonces) trilogía: One Day y Drink Up Me Hearties la segunda es un espectacular resumen de la música de las tres y supone un broche glorioso que debería haber sido el definitivo.

16.9.14

Los últimos de Castelnuovo







Hoy, simplemente me apetecía volver a escribir sobre mi amada Historia, y, para variar, pues en esto  puede acusárseme de repetitivo, "rescato" otro relato de hazañas militares de españoles, ésas tan abundantes en los siglos XVI y XVII y tan olvidadas en nuestros días, tan políticamente correctos y que tan habitualmente tienden a despreciar y a avergonzarse de épocas pasadas (por fortuna superadas, falta añadirles a estos biempensantes).

Se me puede criticar (si este humilde blog fuera importante)  el no salirme demasiado de la historia militar, pero verdaderamente es uno de los temas que más me apetece recordar, aunque  también me apasione y me admire de la historia de los pueblos, de la sociedad, de la mujer,  de la microhistoria y tantos otros relatos, menos ajetreados pero igual de válidos y cruciales para la humanidad. Simplemente la historia militar me parece más jugosa que la económica, por ejemplo; y desde luego, si de militares, soldados y tropas hablamos en España, es hablar de unos temas marginados desde hace décadas, simple y llanamente porque es políticamente incorrecto, como decía más arriba, pues se tiende a relacionarlo erróneamente con la dictadura franquista, como si la gente de siglos pasados tuviera la culpa de que este régimen insistiera machaconamente con esos tiempos donde nuestro país era tonante y triunfante. Por otra parte y como es bien sabido, el sol no se ponía en el Imperio, no, pero, como añade cierto periodista, "los manteles tampoco", en referencia a las dificultades económicas y en ocasiones pobreza de buena parte de la sociedad.

Como he dicho tantas otras veces, la historia de España está llena de derrotas y vergüenzas, pero también plagada de hazañas y victorias heroicas que ya quisieran para sí nuestros orgullosos vecinos franceses o los ingleses y estadounidenses. Si los hechos de esta entrada los hubieran protagonizado hombres de alguno de esos tres países, tendríamos estanterías repletas de libros sobre el tema y varias películas ensalzando a los protagonistas de esta derrota gloriosa. Pero somos españoles. 

 
Y ahora hablemos del sitio de Castelnuovo. Estamos en las primeras décadas del siglo XVI y hablar de esta época es hacerlo del peligro turco, de saqueos y razzias, de torres vigías por toda la costa,  de ataques piratas e inestabilidad en el Mediterráneo; en definitiva, de poder otomano enfrentado a la Cristiandad  en  mar y en tierra, aunque en esta última habían retrocedido un tanto, con la derrota en el asedio de Viena en 1529 (al cual acudiría el propio Carlos V) y con la cierta unión entre el emperador y los protestantes, los cuales aparcaron brevemente sus diferencias. Pero respecto al mar, aún faltan más de tres décadas para Lepanto y la amenaza turca era patente. El césar Carlos, como cabeza visible a modo de discutido líder  de la mayor parte de la Cristiandad -aún no se hablaba de Europa como tal-,  estuvo siempre muy  puteado por todos en general, aunque los más notorios fueron, aparte de los luteranos, los franceses y los otomanos (y en ocasiones aliados contra él estos dos últimos, para escándalo continental). 

Aunque ya era conocido, ahora aparece con mucha más fuerza otro actor principal, Barbarroja (del italiano Barbarossa, pues al parecer era pelirrojo), en realidad llamado Jeireddin, más correcto Jayr al-Din  (1475-1546), líder de los corsarios berberiscos. Nacido en la isla de Lesbos, junto a sus tres hermanos, especialmente el mayor,  Aruj -muerto en 1518- había iniciado actividades piratescas en contra del Imperio de Carlos V y de los cristianos en general, pues por ejemplo expulsó a los Caballeros de San Juan de la isla de Rodas (quienes se trasladaron a Malta) y se erigió como un constante incordio de italianos (arrebató territorios y plazas a los venecianos, saqueó las islas de Elba o Capri,  así como puertos de Sicilia o Cerdeña, bombardeó Nápoles y  llegó a atacar Ostia, el puerto romano, por lo que sonaron las campanas de las iglesias de Roma),  franceses (incursiones en Marsella y Tolón) y  españoles, pues controlaba todo el norte de África y amenazaba  y saqueaba tanto los presidios argelinos de la Monarquía como ciudades y tierras españolas propiamente dichas (campañas en Andalucía, Valencia y Baleares).

Tal era el aterrador panorama. Tras unos años de desconcierto por parte de Carlos, en 1528 se produce el fichaje estelar del gran almirante genovés Andrea Doria, hasta entonces al servicio de Francia,  quien con su  enorme flota ajusta la balanza del lado imperial. En 1535  se expulsa de Túnez  y  La Goleta  a Barbarroja, restableciéndose en su trono al Bey Muley Hassan, rey musulmán amigo de la Monarquía Hispánica,  y de nuevo con la presencia activa  del  emperador en primera línea de batalla, en una de las victorias más importantes del reinado de Juana "la Loca",  y que lleva al  de Gante  a pensar que puede enfrentarse de tú a tú con los turcos. 


 



 Jayr-al-Din Barbarroja.                       Andrea Doria como Neptuno (por  Il Bronzino, 1540).



Barbarroja había sido nombrado Almirante en jefe (Kapudán Bajá) del Imperio Otomano y Gobernador (Baba Oruç) del Norte de África y de Grecia  por  el sultán Solimán "el Magnífico" cuatro años antes, así que en esta coyuntura,  se forma la Liga Santa, llena en sus principios de buenas intenciones y que suponía una sagrada unión de cristianos en contra del enemigo común, es decir, los corsarios otomanos. A ella se adhirieron tanto el Imperio de Carlos V como su hermano Fernando de Austria, además de la Serenísima República de Venecia y el Papado (el cual mantuvo siempre una relación de altibajos con el emperador), en este caso el de Pablo III. Francia,  siempre desconfiada y sibilina, declinó la oferta. Aún así esta Liga Santa estaba formada por auténticos pesos pesados mundiales y se propuso destruir la flota otomana e  incluso la conquista de Constantinopla. 


Pero ¡ay! el dinero, siempre el dinero...únicamente se reunieron unas 130 naves, la mayoría italianas y con los almirantes genoveses, venecianos y romanos que rivalizaban entre sí (si bien el grueso de las tropas era español, y los mandos, causando  ésto el recelo transalpino),   y las Cortes castellanas, como ocurrió en muchos proyectos de Carlos V, no apoyaron finalmente al emperador, por considerarla una empresa lejana, cara y poco rentable.

Con este ambiente enrarecido no es de extrañar que se perdiese la batalla naval de La Prevesa (Préveza), en aguas griegas, en septiembre de 1538,  aun cuando la superioridad de la Liga Santa parecía evidente, al menos esta vez. Doria,  pese a sus más de 70 años, seguía reinando en los mares cual Poseidón, pero  estuvo poco fino y además pecó de conservador al negarse a perseguir a Barbarroja cuando estaba a tiro. 

Sin embargo, estamos en la época de los tercios españoles (justo es decir que no estaban formados únicamente por castellanos y aragoneses, pues también había buenas cantidades de italianos, alemanes y portugueses, entre otros; pero las misiones más duras y difíciles así como las proezas solían encomendarse a españoles, o directamente las emprendían ellos), el primer ejército moderno europeo.  De esos cuerpos de infantería herederos de las guerras del Gran Capitán en Italia.  Hablamos de los  invencibles tercios que ganaban batallas en flagrante inferioridad numérica. Cuando medio mundo temblaba al escuchar su nombre. Ésos que durante 150 años fueron las "murallas humanas" de las que se maravilló Bossuet en su canto de cisne en Rocroi.  Y los tercios españoles, veteranos, pendencieros e insaciables, no se quedaron con los brazos cruzados y  en ese otoño de 1538,  aprovechando el desconcierto después de La Prevesa y con el leve apoyo de los venecianos se apoderaron de la fortaleza de Castelnuovo, unos 30 kilómetros al sur de Ragusa (actual Dubrovnik). Una plaza con un protegido puerto y una excelente situación, próxima a Grecia y desde donde  se podía controlar el canal de Otranto, puerta del Adriático. 



 Sargento, arcabucero y piquero de los tercios en la época de Carlos V.


Esta ciudad conquistada en el corazón del Imperio Otomano, siendo una fortificación pequeña  se consideraba  útil para establecer una cabeza de puente desde donde emprender las acciones contra el ejército de Solimán, y teóricamente Fernando I debía avanzar con sus tropas austríacas y húngaras desde Viena.  Pero pronto quedó patente la desunión de la Liga Santa. Los venecianos, siempre codiciosos e interesados, querían la plaza como propia y deseaban tener un puerto más en su mar, pues la rivalidad con los genoveses era notoria. Pese a las protestas de Venecia, Carlos se negó en redondo a concedérsela, por más que estuviera lejos de sus dominios. Así, las más de 50 naves del almirante Capelo regresaron a la Serenísima, disolviendo la Liga y con la intención de establecer nuevos pactos con el turco; la escuadra papal imitó a los venecianos poco después. 

Cada vez más solos, los españoles, quienes aportaban casi la totalidad de las tropas pero ningún barco, contaron en un primer momento con la permanencia de las 49 naves de Andrea Doria; pero, viendo el  negro panorama que se cernía,  esta vez el  gran almirante  se portó como el clásico  veleta  italiano  y con viento fresco puso rumbo a Génova.  Estamos a mediados de julio de 1539 y Castelnuovo, completamente rodeada de territorio hostil,  queda defendida únicamente por los hombres del Tercio Viejo de Nápoles, al mando (como maestre de campo) de Francisco de Sarmiento, un burgalés veterano de las guerras comuneras y de Italia,  más duro que un clavo en un ataúd. 


 Bandera del Tercio Viejo de Nápoles, creado como tal , por ser uno de los tres primeros, con las reformas en 1534, aunque ya existía un  Tercio de Nápoles en 1513. Es uno de los de mayor recorrido y éxito de la historia militar española.




Este tercio lo componían una cantidad de soldados que varía según autores y fuentes; para Martínez Laínez o Lafuente no superarían los 3.000, y otros como Fernández Álvarez llegan hasta los 4.500. En cualquier caso por razones obvias -era un tercio-  seguro no fueron más de esa segunda cifra. Tropas experimentadas, soldadesca con años de barro y sangre, acostumbrada a las miserias de la guerra, que fueron abandonadas a su suerte ante la pasividad de sus soberanos y superiores. La clásica historia española, por otra parte.  Al parecer, Sarmiento y otros capitanes habían protagonizado varios motines en Lombardía el año anterior (los motines por impagos, tan habituales y legítimos como las victorias) y  Carlos V, además de profundamente triste por el fallecimiento de su mujer Isabel de Portugal,  andaba algo rencoroso. Vive Dios que iban a recibir un buen escarmiento. 

Pues a Castelnuovo navegan cerca de 200 naves otomanas (con unos 20.000 experimentados marineros dentro de ellas). Barbarroja se frota las manos. Por tierra, se acercan  desde las cercanas montañas una extensa tropa de 30.000 soldados (4.000 de ellos jenízaros, la tropa de élite otomana) acaudillados por el Ulema de Bosnia; además vienen provistos de la legendaria artillería de la Sublime Puerta.  Rodeados por todos lados, nunca mejor dicho.  

 Jenízaros, la  temible tropa de élite otomana. Fueron suprimidos en 1826.



Los españoles se retiran al interior de la población y comienza el desembarco y el asedio propiamente dicho. Pese a la infernal superioridad otomana, y para asombro iracundo de Barbarroja, lo que se suponía una bicoca se va a convertir en unas nuevas Termópilas. Los primeros asaltos fueron un fracaso, y en sólo dos días 6.000 iban a ser los muertos entre los turcos por apenas medio centenar de bajas hispánicas.  Ni los jenízaros, por su fama casi inmortales y que realizan incursiones por su cuenta, pueden con los españoles. Es más, éstos salen de las murallas y  llegan a realizar varias encamisadas (las encamisadas se hacían de noche y su nombre viene por la camisa blanca que las tropas usaban para distinguirse de los enemigos en la oscuridad)  destrozando el campamento otomano y amenazando al propio Barbarroja, quien ya en tierra  ha de volverse  con pavor a  su barco.
Éste, algo nervioso, decide ofrecer una rendición "honrosa" a los sitiados, permitiéndoles embarcarse hacia la cercana costa italiana. La respuesta de Sarmiento a los otomanos es tan concisa como soberbia, suprema: "que viniesen cuando quisiessen".

Enfurecido, el corsario recurre a la artillería pesada y tanto desde la tierra como desde el mar, los españoles soportarán  durante una semana (con sus noches) varios millares de veloces balas de 50 kilos sobre sus cabezas, si es que las seguían teniendo pegadas al cuerpo.  Los días de ese julio infernal (y no a causa del sol) iban pasando y el bombardeo era constante; de los escombros de los muros surgían soldados para batirse acero en mano con los turcos, impidiendo el acceso a la fortaleza principal, pese a que las bajas comenzaban a afectar al Tercio Viejo de Nápoles, quienes, sin defensas especialmente eficaces, con poca pólvora  y sin alimentos frescos, sólo podían resistir entre el humo hasta la muerte, sin esperar ya unos refuerzos que no llegarán,  a muchas millas de casa  y por una causa perdida. Tan perdida que dos españoles y un portugués desertan y se pasan al enemigo, diciéndole a Barbarroja que apriete, que son pocos soldados y heridos aunque valerosos y esforzados. Pero los de Castelnuovo siguen luchando como titanes, pese a que desciendan a  800, 700, 600 que parecen 6.000 por su bravura a juzgar por los turcos...

Éstos hacen sonar sus  atronadoras trompetas una vez más y los jenízaros se lanzan en masa con el apoyo de la artillería turca, pero sólo consiguen apoderarse de una torre de la fortaleza. Agosto ya ha comenzado  y cae una intensa lluvia, para desgracia de los españoles, pues las mechas de sus arcabuces y cañones se mojan. Momento pues, otro más, de luchar cuerpo a cuerpo, con las espadas, las picas y los cuchillos frente a las cimitarras y las hachas turcas,  y todo aquel que no esté moribundo combate. El infierno sobre la tierra continúa. El 7 de agosto ya no hay ni muralla, por lo que Sarmiento ordena la retirada a un castillo más pequeño en la parte baja de la ciudad. Escuadrón a escuadrón. Pero la puerta de aquel  está tapiada por la población -fundamentalmente clérigos, mercaderes, mozos y mujeres-  que se ha refugiado dentro, y pese a que ofrece a Sarmiento cobijo, lo rehúsa, pues no abandonará a sus hombres. La última vez que se vio al burgalés iba muy herido, pero bien montado en su caballo; picó espuelas y se introdujo en una turba de jenízaros. 


Tras varias carnicerías con muchas bajas en ambos bandos y el suelo cubierto de cadáveres, unos 200 soldados españoles que aún estaban en pie, la inmensa mayoría heridos, se rinden, por fin. Tras casi un mes de asedio y más de 23.000 muertos otomanos, Castelnuovo, más bien lo que queda de él, estaba en manos de Barbarroja, quien a estas alturas debió pensar que más le hubiera valido quedarse pescando por el Egeo. 






 Castelnuovo es hoy Herzeg Novi  y es una preciosa ciudad perteneciente al joven país de Montenegro; una de tantas "perlas del Adriático" que con el final de la guerra de los Balcanes han conocido un nuevo auge turístico. Turca desde 1482 y española en 1538-1539, en 1687  pasó por fin a manos venecianas, en las que estuvo hasta 1797, cuando los austrohúngaros se hicieron con ella. Con las turbulencias de principios del siglo XX se integraría en el Reino de Montenegro y  más tarde en el convulso Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos (el posterior Reino de Yugoslavia, luego República Socialista). 
Aún pueden verse los restos de las fortificaciones que soportaron la ira otomana en el verano de 1539. Una de ellas, de hecho, se conoce como  Tvrdava Španjola (Fortaleza Española)  y es un testimonio más de la legendaria hazaña de Sarmiento y sus hombres

 



















Cuentan las crónicas que esa mañana llovió fuertemente y el agua parecía tener el color de la sangre, tal fue la escabechina. Con los supervivientes, últimos despojos de sus inmortales compañeros, se hicieron dos cosas: o bien se ejecutaban allí mismo,  degollados normalmente, como le ocurrió a la mitad de los soldados y a la totalidad de los religiosos,  o se les reservó un puesto de lujo como esclavos en Constantinopla. Unos ochocientos habitantes de Castelnuovo salvaron la vida; el Tercio Viejo de Nápoles no les abandonó a ellos.  Barbarroja, maravillado por el valor y la furia de los asediados, le ofrece al vasco Machín de Munguía,  el más notorio sobreviviente (también se había distinguido en La Prevesa),  pasar a ser uno de sus oficiales; tal vez pensó, iluso,  que el capitán era de su misma piratesca  e infiel condición, o que,  al menos,  se arrodillaría implorando clemencia. Pardiez que no. Tras su  arrogante respuesta  ("como valeroso vizcaíno" cuenta  Sandoval),   Machín fue degollado sobre el espolón de la galera almiranta. 

En el verano de 1545 entró en el puerto italiano de Messina una galeota con cautivos fugados de las prisiones otomanas. Entre ellos se encontraban 25  héroes. Los últimos de Castelnuovo. Pero no se tocó una marcha en su honor,  ni hubo medallas  en el pecho de estos desgraciados, ni reconocimientos,  como en general no los había a nadie que se jugase el pescuezo por las empresas del rey en esta época y en tantas otras.
  
El sitio de Castelnuovo causó honda impresión en su época y, por lo menos, se compusieron sonetos  en honor de los defensores. Con los siglos iría cayendo en el olvido, aunque por fortuna podemos seguir honrando la memoria de Sarmiento, Machín de Munguía, Miguel Formín, Sancho de Frías  y todos los demás  tanto recordando su épica historia como recitando los inmortales versos de uno de sus contemporáneos, el poeta y soldado Gutierre de Cetina (1520-1557):


A los huesos de los españoles muertos en Castinovo

Héroes gloriosos, pues el cielo
os dio más parte que os negó la tierra,
bien es que por trofeos de tanta guerra
se muestren vuestros huesos por el suelo.

Si justo es desear, si honesto celo
en valeroso corazón se encierra,
ya me paresce ver, o que se atierra
por vos la Hesperia vuestra, o se alce a vuelo:

No por vengaros, no, que no dejastes
a los vivos gozar de tanta gloria,
que envuelta en vuestra sangre la llevastes,
 

sino para probar que la memoria
de la dichosa muerte que alcanzastes
se debe envidiar más que la victoria.



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Para saber más y mejor:

- Braudel, Fernand: El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II, 1949 (varias reediciones).

- Fernández Álvarez, Manuel (coord.): El imperio de Carlos V, 2001.

- Martínez Laínez, Fernando y Sánchez de Toca Catalá, J.María: Tercios de España: la infantería legendaria, 2006. 

- Sandoval,  Prudencio de: Historia de la vida y hechos del Emperador Carlos V, 1634 (edición de Carlos Seco Serrano, 1956). 

9.9.14

El templo de las bravas





 En el centro de mi Almería, próximo a la Puerta de Purchena  y a pocos metros de la iglesia de San Sebastián, hay otro templo, si bien éste dedicado a las bondades del comer y del beber. Del tapeo, más correctamente. 

Debido a mi adoración por las patatas en cualquiera de sus formas y preparaciones  y a mi preferencia por el picante, allá en los lugares de España donde voy y tengo la oportunidad de tapear, suelo pedir las bravas, para comprobar con qué nivel de calidad se cocinan y presentan y si se acercan a la perfección. En ciertos sitios de cuyo nombre no quiero acordarme conciben las patatas bravas como unos simples gajos fritos con tomate frito (o ketchup, aún peor) y alioli (o incluso mayonesa, ¡mayonesa!) por encima. En otros, la salsa brava sí es notable y según el lugar y estilo el color va del rojo intenso al brillante pasando por el anaranjado. Aunque, ciertamente, en ningún bar o tasca he conseguido, pese a algunas aproximaciones, tener las sensaciones que experimento al comer las bravas de este templo  al que aludía al principio. 

Porque el bar Bonillo, en la calle Granada, lo es. Un local diminuto, que no creo supere los 10 metros cuadrados. Un local de los de toda la vida, bar de parroquiano, de los de barra de chapa metálica, sin silla o taburete alguno y por supuesto sin mesas afuera. Pero en donde uno puede degustar las mejores bravas posibles. Cocinadas y servidas como debe ser y según los puristas,  esto es, en trozos grandes, cocidas por dentro y  doradas y levemente crujientes por fuera, y con un chorreoncillo de salsa por encima, roja, brillante, potente.

Con  un luminoso letrero amarillo y con letras en verde en el exterior, dos pequeñas puertas de entrada, un exiguo cuarto de aseo (unisex, por supuesto)  y una decoración que parece haberse modificado poco o nada desde tiempos inmemoriales (creo que sólo las fotografías de equipos de fútbol se han modernizado) , el Bonillo está regentado desde hace 40 años por Antonio, en la barra,  de vuelta de todo en la vida y gracejo típicamente almeriense ("Pasen a la terraza, que hace fresquito", "¿Mucha sed esta noche o qué?"), y el pobre Joaquín,  en la estrecha cocina, entre sudores y aceites, sacando sus supremas bravas  (¿cuántas llevará en la vida?) y las demás tapas del local por el pequeño recuadro con repisa de la puerta. 

Antonio no sale jamás de detrás de la barra y como el bar suele llenarse (dentro y afuera, en la calle) muchas veces uno es su propio camarero, sobre todo cuando va con más gente. En ocasiones ha de cenar  haciendo equilibrios, con el plato en la mano y el vaso en cualquier sitio.  El ritual es sencillo y mecánico: comer, beber, comer, hablar, beber, comer. Distraerse. Holgar.  La ceremonia de la presentación, invariable. Joaquín le pasa a su compañero el plato, siempre con tres patatas,  por la puerta y éste te lo deja rápidamente sobre la barra, saca el tenedor y lo clava en una de ellas. Adelante. En el paladar, el tubérculo, blando y jugoso,  entra ardiente, tanto por la temperatura como por la salsa abrasadora. El picor, placentero, extraordinario. Esa tos casi obligada, como de homenaje.  La patata brava como cima de la tapa, como comienzo y fin de todo.

De la composición del condumio del Bonillo, pues por supuesto la elaboran sus dueños,  apenas se conoce nada; además, se ofrece la posibilidad de una "brava moderada" para los más suspicaces, y de una "extra" para los más incendiarios. La primera es sabrosa igualmente, pero no es mi opción. Suelo ser moderado para todo en la vida, excepto para la comida y bebida.

Me hago muchas preguntas, y una de ellas es cuántas bravas habrá pinchado el bueno de Antonio en su vida. Camarero competente, de los veteranos, de los que lo fía todo a la cabeza para hacer la cuenta, sin tablets o agendas electrónicas; pero ni calculadora. La especialidad de la casa, como pone en varios sitios del local y sabe toda Almería, es "las patatas a la brava", aunque del cartel de la pared, que sólo parece haber sido editado con la llegada del euro, uno puede elegir otras opciones interesantes y recomendables, como la morcilla, la jibia, el pincho, la hamburguesa, los champiñones a la plancha  o los chopitos. Huelga decir que aquí, palabras como "emulsión", "tosta", "aroma", "foie" o "mini" ni se conocen ni se conocerán. 

Dos euros es el precio de una consumición con su tapa. Ya sea combinado con una  cerveza (con o sin), con  vino  fresquico de La Contraviesa, con tinto de verano, con un mosto o con un simple refresco, y acompañado de la familia, de la pareja o de los amigos, y siempre para un público muy concreto,  el Bonillo y su tapeo es una experiencia para no olvidar. Muy corriente, muy mundana; pero uno es así.

Cuando sales a la calle, algo aturullado por el gentío, la bebida y especialmente por el volcán que ha causado la salsa, la noche es tranquila y la calle solitaria, clandestina. El regusto del picante sigue en tu garganta hasta un buen rato después, pero no se va de tu mente ni de tu corazón. Ése es el mayor triunfo del Bonillo.  

6.8.14

Un libro inmortal





      Hace poco saldé  otra de mis cuentas literarias. Tras demasiado tiempo buscando un ejemplar asequible (lo que mi insuficiente economía me permite) de la obra que nos ocupa hoy, lo encontré, al fin, en una cuidada edición y por un precio espectacular (2,95) en París-Valencia, estupenda librería de la capital levantina donde es posible comprar un buen número de clásicos (y no tan clásicos) por cantidades irrisorias , salvando del olvido a ejemplares descatalogados o de segunda mano y gracias a la cual precisamente estoy ampliando mi colección en estos tiempos difíciles. 

     Una vez comprada, por diversos motivos no pude acometerla hasta hace poco más de una semana, y en apenas cuatro días de lectura, la he devorado. De hecho, ha entrado de forma fulgurante en mi particular Olimpo de libros favoritos, confirmándose de nuevo que me faltan miles de páginas por leer.  Hablamos de la obra maestra ( su única novela) del italiano Giuseppe Tomasi di Lampedusa, El Gatopardo (Il Gattopardo).

     La obra como tal no necesita presentación ni análisis alguno, y sería totalmente pretencioso por mi parte añadir (o intentarlo siquiera) algo en ese sentido, aunque nunca está de más rendirle homenaje.  Publicada póstumamente en 1958 (Lampedusa había muerto en julio de 1957 a los 60 años), pronto sería reconocida como la obra maestra absoluta que es, y en 1963 Luchino Visconti realizaría una  notable adaptación al cine que sería tanto o más conocida que el libro; creo que es inevitable, cuando se menciona al protagonista del mismo, no verlo como el gran Burt Lancaster.

     La trama es sencilla: en la Sicilia de 1860, Fabrizio Corbera, Príncipe de Salina, observa, impotente, pesimista y escéptico, como su mundo se desmorona y la Italia unificada "avanza" hacia un Estado unitario y liberal. Él, un representante de la monarquía borbónica y del viejo orden, debe dejar paso a una nueva clase social en su ascenso. Sólo Tancredi, su astuto sobrino, parece darse cuenta de que lo conveniente es ser pragmático y adaptarse a los nuevos tiempos con oportunismo (resumido en la frase, repetida hasta la saciedad,  de "cambiarlo todo para que nada cambie") para no perder la privilegiada posición; es decir, una revolución sólo en apariencia, como bien se sabe, pues en política es habitual hablar de "gatopardismo" o "lampedusianismo". 

     La novela de Lampedusa está impregnada, toda ella, de una maravillosa elegancia decadente, introducida por su delicada y detallista forma de escribir. Las evocaciones de la sociedad, los ambientes y el paisaje son constantes, y Sicilia y lo siciliano puede palparse perfectamente,  por más que casi siempre contemplemos todo a través de los ojos de Salina.  El autor era, él mismo,  un noble miembro de una rancia dinastía siciliana; no obstante, el protagonista está inspirado fuertemente en su bisabuelo y otros personajes importantes son trasuntos de ciertos familiares (como Tancredi)  y personas de su entorno (caso del jesuita Pirrone).

     Don Fabrizio es un hombre enérgico (el gatopardo, emblema de la familia,  es una especie de ágil felino, y en el escudo aparece rampante), mujeriego, pasional y a la vez intelectual, casado con una mujer demasiado religiosa a la que pronto había dejado de amar,  aunque le hubiera dado siete hijos, pero en aquellos momentos eso ya era lo de menos, pues los varones están desperdigados o son ineptos, mientras que las hijas no parecían salir de su indolencia, pese al valor de Concetta. Por ello, en un mundo en el que se siente cada vez más desfasado, símbolo de una época que finaliza, sólo se ilusiona con Tancredi, más despierto. De hecho, una de las claves de la trama es cuando asume su fracaso como aristócrata al abortar el lógico matrimonio de Concetta con su sobrino, ya que éste había quedado prendado de Angelica, la bella hija del incipiente Calogero Sèdara. Al dar su consentimiento al casamiento  de Tancredi con ésta última, estaba emparentando  su estirpe con la de alguien que hasta hace bien poco había sido un "Don Nadie", un burgués de oscura procedencia pero que se había enriquecido y había hecho carrera política con la Unificación Italiana. Los tiempos están cambiando. 

      Novela de silencios e  insinuaciones, en la que los acontecimientos históricos se muestran muy de refilón y el drama se centra sólo en los personajes del libro,  es en gran parte una sucesión de imágenes, algunas casi oníricas, sobre Sicilia, su geografía, sus habitantes y su carácter y peculiaridades. Desembarco de Garibaldi en Marsala, ambientes palermitanos, el agresivo sol siciliano y la dureza de su tierra, violentos bandoleros,   el rey Borbón en Nápoles en su desconchado palacio abrumado de papeles, sicilianos fatalistas, olor a gastronomía,  naranjas y perfumes que se perciben perfectamente,   nobles  que llegan tarde a las fiestas a propósito por eso, porque son nobles, mientras suena música de Verdi o Donizetti...con la maestra pluma de Lampedusa, nos adentramos tanto en la Sicilia y en la Italia de 1860 como en la reflexión de lo que fueron antes y de lo que vendrá después. Es un libro recomendable para cualquiera,  seas de derecha, izquierda  o apolítico,  joven o viejo,  monárquico, republicano o indiferente, aunque desde luego si como yo eres italófilo y tienes cierta debilidad por Sicilia (aunque aún no hayas pisado la isla, como es mi caso) te apasionará aún más. 

     Aunque es un libro plagado de pasajes y frases magistrales que perduran en la memoria, como  " Nosotros hemos sido los Gatopardos, los leones; quienes ocupen nuestro lugar serán los pequeños chacales, las hienas; y todos, Gatopardos, chacales y ovejas, seguiremos creyéndonos la sal de la tierra", o  "Ah, el amor. Un año de ardor y llamas, y treinta de cenizas", o "Un hombre de cuarenta y cinco años puede creerse aún joven, hasta que cae en la cuenta de que tiene hijos en edad de amar", o "Habló de Bellini y de Verdi, sempiternas pomadas curativas para las llagas nacionales", "Han venido a enseñarnos buenos modales, pero fracasarán, porque somos dioses"... o  las secuencias del baile (donde vemos que Salina sigue siendo un león mujeriego, celoso de su sobrino) o  de la muerte del viejo don Fabrizio, y tantas otras, me impresionó sobremanera los párrafos donde Salina justifica su negativa a ser nombrado senador en el nuevo sistema político de la Italia unificada bajo la monarquía de los Saboya. En unas poderosas líneas, Lampedusa, en boca del Príncipe, hace un profundo análisis del carácter, los porqués , las causas, las tragedias  y de la idiosincrasia de Sicilia y de los sicilianos:

(...)
     "Durante demasiado tiempo los sicilianos tuvimos gobernantes que no eran de nuestra religión ni hablaban nuestro idioma, así que por fuerza hemos debido aprender a hilar fino. De otro modo no hubiéramos podido librarnos de los recaudadores bizantinos, los emires berberiscos, los virreyes españoles. Ahora lo llevamos dentro, forma parte de nuestra naturaleza. He hablado de  'adhesión', no de 'participación'. En los seis meses transcurridos desde que vuestro Garibaldi puso el pie en Marsala se han hecho demasiadas cosas sin consultarnos como para que ahora pueda pedírsele a un miembro de la vieja clase dirigente que se sume a la empresa y la lleve a feliz término (...).

     En Sicilia no importa obrar mal o bien; el pecado que los sicilianos jamás perdonaremos es sencillamente el de 'obrar'. Somos viejos, Chevalley, viejísimos. Hace por lo menos veinticinco siglos que llevamos sobre los hombros el peso de unas civilizaciones tan magníficas como heterogéneas: todas ellas nos llegaron desde fuera, ya completas y perfeccionadas, ninguna germinó entre nosotros, a ninguna le marcamos el tono; somos blancos como usted, Chevalley, como la reina de Inglaterra, y sin embargo hace mil quinientos años que somos colonia. No lo digo por quejarme, pues en gran parte es culpa nuestra; pero no por ellos nos sentimos menos despojados y exhaustos.
(...)
    El sueño, querido Chevalley, es lo que más anhelan los sicilianos, y siempre odiarán al que pretenda despertarlos, aunque sea para traerles los mejores regalos; dicho sea entre nosotros, personalmente dudo mucho de que el nuevo reino tenga demasiados regalos para nosotros en su equipaje. Todas las expresiones sicilianas son expresiones oníricas, hasta las más violentas: nuestra sensualidad es objeto de olvido, nuestros escopetazos y nuestras cuchilladas son deseo de muerte; deseo de voluptuosa inmovilidad, o sea también de muerte, son nuestra pereza, nuestros sorbetes de escorzonera o de canela; cuando nos ponemos pensativos, se diría que es nada queriendo escrutar los enigmas del nirvana. Así se explica el poder desmedido que ejercen aquí ciertas personas: son aquellas que están semidespiertas; como también el famoso siglo de retraso en las manifestaciones artísticas e intelectuales de Sicilia: las novedades sólo nos atraen cuando sentimos que están muertas, que ya no pueden producir corrientes vitales" (...).

    Debido a la insistencia del emisario de Saboya, procedente de la lejana Turín, nada menos,   Don Fabrizio reacciona enérgicamente:

    "Por lo demás, veo que no he sabido explicarme: he dicho 'los sicilianos', pero hubiese debido añadir 'Sicilia, el ambiente, el clima, el paisaje'. Éstas son las fuerzas que junto con las dominaciones extranjeras, y quizás en mayor medida que ellas, y las violaciones de toda clase a que ha estado sometida, han configurado el alma siciliana: este paisaje que no conoce un término medio entre la delicadeza lasciva y el rigor infernal; que jamás es un poco avaro, mediocre, manso, clemente, como convendría a toda tierra que ha de albergar a seres racionales; esta tierra que a pocas millas de distancia tiene paisajes infernales como los que rodean a Randazzo y otros tan bellos como la bahía de Taormina: unos y otros desmedidos, y por tanto, peligrosos; este clima que nos inflige seis meses de fiebre de cuarenta grados...cuéntelos, Chevalley, cuéntelos: mayo, junio, julio, agosto, septiembre, octubre; seis veces treinta días de sol a plomo sobre las cabezas; este verano nuestro, largo y funesto como el invierno ruso, pero aún más difícil de combatir; usted todavía no lo sabe, pero aquí puede decirse que nieva fuego, como sobre las ciudades malditas de la Biblia; el siciliano que se propusiera trabajar en serio durante esos seis meses, gastaría en uno solo toda la energía con que cuenta para pasar tres; además, la falta de agua, o las distancias enormes que hay que recorrer hasta llegar a ella: cada gota obtenida se paga con una gota de sudor, y también las lluvias, siempre tempestuosas,  a cuyo paso enloquecen los resecos torrentes y se ahogan los animales y los hombres que una semana antes se morían de sed.
     Esta violencia del paisaje, esta crueldad del clima, esta crispación permanente de todo lo que nos rodea, e incluso estos monumentos del pasado, magníficos pero incomprensibles, porque no los hemos edificado nosotros, que nos asedian como bellísimos fantasmas mudos; todos estos gobiernos que llegaron con sus armas desde lugares desconocidos para encontrarse con nuestro sometimiento un día, nuestro odio al siguiente y nuestra incomprensión todo el tiempo, y que  sólo se expresaron a través de unas obras de arte cuyo sentido se nos escapa y de unos recaudadores de impuestos bien palpables cuyos esfuerzos jamás beneficiaron esta tierra; todas estas cosas han influido en nuestro carácter, amén de nuestro temperamento tremendamente insular (...).

     Los sicilianos jamás querrán mejorar por la sencilla razón de que se creen perfectos; en ellos la vanidad es más fuerte que la miseria. Toda intromisión de extraños, ya sea por el origen, o -si se trata de sicilianos- por la libertad de las ideas, es un ataque contra el sueño de perfección en que se hallan sumidos, una amenaza contra la calma satisfecha con que guardan la nada; aunque una docena de pueblos de diversa índole hayan venido a pisotearlos, están convencidos de tener un pasado imperial que les garantiza el derecho a un entierro fastuoso. ¿De verdad cree usted, Chevalley, que es el primero que pretende encauzar a Sicilia en la corriente de la historia universal? ¡Quién sabe cuántos imanes mahometanos, cuántos caballeros del rey Roger, cuántos escribas normandos, cuántos barones de Anjou, cuántos legistas del Católico concibieron también esta hermosa locura! ¡Y cuántos virreyes españoles, cuántos funcionarios reformadores del reino de Carlos III! ¿Quién recuerda ahora sus nombres? Pero su insistencia fue en vano: Sicilia prefirió seguir durmiendo, por qué hubiese tenido que escucharlos, si es rica, sabia, honesta, si todos la admiran y la envidian, si, para decirlo en una palabra, es perfecta?

     Ahora también  aquí andan diciendo, para acatar lo que han escrito Proudhon y un judío alemán cuyo nombre no recuerdo, que la culpa de que todo vaya tan mal, aquí y en todas partes, la tiene el feudalismo; es decir, yo, para el caso. Así será. Sin embargo, feudalismo ha habido en todas partes, y también invasiones extranjeras. Personalmente, Chevalley, no creo que sus antepasados, o los squires  ingleses o los señores franceses hayan gobernado mejor que los Salina. Pero los resultados han sido diferentes. La razón de esa diferencia debe buscarse en el sentimiento de superioridad que brilla en la mirada de cualquier siciliano, y que nosotros llamamos orgullo pero en realidad es ceguera". 
(...)

    Con su incendiaria respuesta  (en la cual, curiosamente, como español del sureste  me he sentido identificado en varios aspectos),  Salina desarma totalmente al enviado piamontés, pero, por supuesto, sin perder la educación  ni las formas, como el perfecto caballero que era, y sin dejar de agradecer la consideración para con él.

     También pienso que las características del libro y sus virtudes vienen dadas tanto como por cómo era el propio Lampedusa (un aristócrata si bien secreto admirador de todas las revoluciones) como por el hecho de que escribiera la obra envejecido y enfermo. La novela es como una aceptación de la muerte y  a la vez un canto a la dignidad  y de que las cosas no desaparecen así como así; que todo, incluso el orden, se toma su tiempo, pero que la muerte llegará, llega a todos, pese a que ciertas cosas nunca cambien. Por ello considero que, si con 28 años me ha impresionado y la interpreto de aquel modo, con más de 60  la contemplaré de otro, como cuando el Príncipe de Salina, próximo a su muerte, intenta recordar las pocas veces que fue realmente feliz en su existencia.

     Novela de la vida, novela de la muerte, novela del paso del tiempo,  novela de la familia,  evocadora, melancólica, desgarrada y cargada de ese lirismo similiar al de las óperas, la obra finaliza en el año 1910, cuando sólo sabemos ya de tres de las hijas del Príncipe (ancianas y comandadas por Concetta, pero todas solteronas  y recluidas con sus reliquias) y de la viuda Angelica (Tancredi hizo carrera política, evidentemente)  y su descendencia. En un emotivo párrafo final, la hija de Salina, cansada y derrotada,  por fin se decide a deshacerse de Bendicò, el perro favorito de su padre,  muerto y  disecado desde hacía décadas, y el gatopardo reaparece fugazmente después de mucho tiempo:


      "Mientras se llevaban a rastras el guiñapo, los ojos de vidrio la miraron con la humilde expresión de reproche que aflora en las cosas a punto de ser eliminadas, anuladas. Unos minutos después, lo que quedaba de Bendicò fue arrojado en el rincón del patio que el basurero visitaba cada día: mientras caía desde la ventana, recobró por un instante su forma: hubiera podido verse danzar en el aire a un cuadrúpedo de largos bigotes, que con la pata anterior derecha levantada parecía imprecar. Luego todo se apaciguó en un montoncito de polvo líquido". 


     Ya hemos dicho que Tomasi di Lampedusa, irónica y tristemente, no pudo ver publicado su inmortal libro. Pero El Gatopardo y todo su significado es y seguirá siendo superior a todos nosotros y seguirá existiendo  cuando ya no estemos. En cierto fragmento de la obra  podemos leer  "sólo tenemos derecho a odiar lo que es eterno", y, como ha escrito Javier Marías, puede que lo tengamos ya para hacer lo propio con  El Gatopardo. Debemos, pienso yo.