21.5.12

A mucha honra, sí, pero...¿por qué, exactamente?

En una revista gratuita, repartida por la calle, Nova Almariyya, un folletín de muy variados temas (historia, actualidad, cultura, gastronomía) pude leer un tema muy interesante,  polémico  y siempre de actualidad en mi tierra: la pertenencia a Andalucía o a Levante. Así, mediante una tabla, mostraban razones por una u otra región o zona; transcribo literalmente:


Levantina

-Razones históricas, por la repoblación que tuvo la provincia de Almería después de la conquista cristiana y la expulsión de los moriscos. Dicha repoblación se hizo en su mayor parte por personas procedentes de Murcia, Valencia y Aragón. De ahí que persistan algunas costumbres, algunas expresiones (como el sufijo -ico), la toponimia e incluso el carácter de la gente.
-Razones jurídicas, ya que Almería no logró superar la barrera del 50% de participación en el referéndum por la autonomía de Andalucía el 28 de febrero de 1980, lo que supone una vulneración del derecho.
-Razones geográficas, ya que las sierras de la provincia parece que la separaron del resto de Andalucía y dejaron el camino y, por tanto, la salida natural, hacia el Levante.
-También tendríamos que decir que, climatológicamente,  forma parte del Sureste (Almería, Murcia, Alicante)


Andaluza

-Razones históricas, ya que Almería sería parte irrenunciable de la Andalucía que postulaba Blas Infante. Almería forma parte del Reino de Granada, que junto a los demás reinos del sur es lo que hoy forma la Andalucía que conocemos.
-En el referéndum del 28-F de 1980 el porcentaje del sí fue del 92,07 % mientras que el del no, del 4,02%, lo que deja claro la voluntad de pertenencia a Andalucía.
La clave de la poca participación se pudo deber al papel de la UCD con el lema "andaluz, este no es tu referéndum", a la falta de comunicación por carretera y aire con Sevilla y a que en la zona norte de la provincia se veía la desconexión con Murcia (esto es, la televisión que daba la señal en Murcia) en vez del Telesur andaluz.
-La mayoría de los personajes públicos almerienses se sienten andaluces y así lo expresan. 


Bueno. Dejando a un lado las razones esgrimidas, algunas más peregrinas que otras,  la forma de redactarlas y las faltas de ortografía (corregidas al escribirlas yo aquí), lo cierto es que determinados argumentos son verdaderamente poderosos, estoy de acuerdo con ellos,   y  los datos del referéndum están ahí, son oficiales, para poder consultarlos, me refiero. Ya escribí cuando las elecciones autonómicas que en Almería el sentimiento andaluz no era especialmente fuerte. Por lo visto, éramos así y lo seguimos siendo. Mentiría si me afirmase en mi fuerte sentimiento andaluz. Diría la verdad si considero a Almería más levantina que andaluza, aun reconociendo la innegable pertenencia al Reino de Granada, si bien desechando las sandeces de aquel majadero llamado Blas Infante.  Por otra parte, básica y fundamentalmente me siento almeriense.
Aunque no quería hacer una entrada de eso, otra vez. Ya la hice, y me parece ya he hecho varias en ese sentido. 

Hoy , y desde hace un tiempo, quería escribir de un modo más crítico y negativo. Como sólo puede hacerlo un hijo suyo.

Porque sí. Almería es maravillosa. Es un estupendo lugar para vivir y tiene numerosas ventajas, contrarrestadas por otros tantos inconvenientes.  Ningún lugar es perfecto, como nadie es perfecto.

También hice una entrada sobre mi amor/odio a España. Es hora de escribir  sobre mi historia de amor/odio con Almería.

Almería es una ciudad pequeña y poco sobresaliente, a priori. Con todo, tiene lugares con un innegable encanto modesto, como la Catedral, la iglesia de la Virgen del Mar,  la  iglesia renacentista de Santiago, la Almedina, el Paseo o La Chanca. Extramuros, el barrio de El Zapillo sigue constituyendo un polo de atracción turística, pese a sus desvencijados edificios o la escasa limpieza de sus calles y de sus playas. Ya escribí también acerca de este  en otros tiempos barrio de pescadores.

Con todo, siendo Almería una población sin demasiados puntos destacables, podría estar en un lugar más preeminente en vez de donde lleva ya décadas y décadas, siglos, se podría decir. Sus propias características funcionales, su clima, su entorno natural o su largo historial como escenario de rodaje de multitud de largometrajes desde hace más de 50 años, por no hablar de su riqueza arqueológica, podrían situar a esta provincia en una posición más notoria en el sureste español, o en el oriente andaluz, lo que sea. Todo ello si no contase con el sistemático desprecio, en ciertas ocasiones menos notoriamente que otras veces,  tanto de España, como de la Junta de Andalucía y de buena parte de los andaluces.

Pero , aun siendo importante,  sería injusto achacar del todo la situación de Almería a factores externos. Voy a ser atrevido, señalando también entre los culpables, a los propios almerienses, entre los que me incluyo, por supuesto. 

La ciudad de Almería es sucia, descarnada, maloliente. Puedes pasear por calles céntricas y la zona más antigua del casco histórico, y se te cae el alma a los pies (a mí se me cae). Vías y callejones llenas de desperdicios, manchurrones en el suelo, pegotes de mejor no saber qué,  cuando no directamente charcos y olor a orín.  Siempre me sorprendo de la presencia de turistas a determinados lugares, conociendo su estado. Y no hablo de otras zonas más depauperadas y marginales de la ciudad, no.
El tema de la suciedad de las calles no es exclusivo de Almería, por supuesto. España en sí es un país de calles sucias y poco cuidadas, desde luego. Aunque hace ya mucho tiempo se dejó de usar la calle para derramar en ella los detritus, desperdicios y aguas fecales, no tenemos ejemplos abundantes de ciudades con vías dignas de postal, donde prácticamente se puede comer en la acera, como en buena parte de Europa. Por otra parte, luego un buen número de turistas europeos se dejan su urbanidad y civismo en las calles de Gante, Berna, Dusseldörf  o Birmingham cuando llegan a España, pero ése es otro tema. Los españoles no cuidamos nuestras propias ciudades, calles y espacios públicos. Si ya en el siglo XVI los embajadores extranjeros se asombraban de las calles llenas de mierda (lo decían así, literalmente)  al venir a España, qué vamos a añadir.

La ciudad de Almería es vandálica. El patrimonio y el mobiliario urbano tienen fecha de caducidad. Cualquier intento por embellecer la ciudad, rememorar significativamente algo, salir de la monotonía edilicia, sobresalir...puede quedar abortado al poco tiempo. El otro día, cuando tomaba café con un amigo, vimos en las noticias locales del periódico, cómo un monolito conmemorativo del rodaje de Conan, el Bárbaro (1982) había sido derribado y sustraído en apenas un día y medio. ¡Día y medio!. Aun siendo únicamente un pilar de plástico duro con unas cuantas frases y un fotograma de la película, era algo poco habitual; no todas las ciudades pueden alardear en sus calles con el historial de rodajes de Almería. El monolito se había erigido junto con otros, colocados por el Ayuntamiento para recordar una serie de largometrajes donde, al menos un poco, salía Almería. Bah, para qué. En poco más de un día los vándalos ya lo habían molido a golpes.

El ejemplo del monolito de Conan, es sólo una pequeña parte de la muestra de  ese vandalismo. En Almería se queman 21 contenedores al mes. Ya sé que tampoco es ésta una costumbre exclusiva de mi ciudad, pero clama al cielo. Si hablásemos de una gran ciudad de más de 3 millones de habitantes, o de una megalópolis con 25 millones de personas, compuesta de innumerables suburbios y problemas diarios, con la policía usando helicópteros por la peligrosidad y el atasco de las calles, pues... tampoco se justificaría plenamente, pero sí sería más fácilmente explicable. Una veintena de contenedores calcinados al mes es demasiado para una ciudad de menos de 200.000 vecinos, y explica el miedo de mucha gente y su resistencia a aparcar su automóvil al lado de uno. Y vuelvo a repetir, no estoy hablando de los barrios marginales de la ciudad. Me refiero a zonas cuasi céntricas. 
Así, por la acción de esa gentuza vandálica uno teme cuando inauguran algo, abren un parque nuevo (de entre las escasas zonas verdes de la ciudad) o restauran algún edificio o palacete. Por eso sorprende sobremanera que continúe intacta la blanquísima Casa de los Puche, contigua a la catedral,  y a la vez se espera lo peor sobre qué le pasará al remozado Mercado Central, impecablemente inmaculado (aún no ha sido inaugurado).

Vandálica, maleducada. Los niños y niñatos, no tan pequeños, juegan al fútbol en la plaza de la catedral. Usan como  palos de portería los enormes contrafuertes de la iglesia-fortaleza, y cuando uno pasea por dicha plaza, la quietud del espacio se ve interrumpida por el ruido de los balonazos golpeando la piedra renacentista, testigo de tantas vicisitudes y adversidades. También juegan al baloncesto en las ventanas del palacio episcopal, situado justo enfrente. 
Las pintadas, garabatos y mensajes imbéciles en paredes y bancos se ven aquí y allá.
 El griterío y las malas maneras son otra constante. Otro ejemplo, o un par, referentes a la Semana Santa. Difícilmente una procesión no será interrumpida por el paso constante  de gente, cruzando por en medio de la misma, y si es necesario, casi empujar a quien sea.  El silencio y sobriedad de cualquier procesión, si bien algunas son más tristes y silenciosas que otras, se ve roto por el sonido de las cáscaras de pipa, mordidas implacablemente por los almerienses mientras esperan el paso. Comer pipas y otros frutos secos, pero fundamentalmente pipas, es el pasatiempo favorito de mis paisanos mientras aguardan,  aburridos, a la procesión. Si quieres contemplar en silencio la misma, no puedes. Por no hablar del panorama del suelo, inmediatamente y después; grandes montones de cáscara asquerosamente chupada, por aceras y calzadas. Tras el paso de una procesión, cualquiera diría que los penitentes, e incluso el Cristo, han ido comiendo pipas. 

Cáscaras de pipa, papeles, hojas secas, plásticos, excrementos, chicles, cigarrillos...hay calles donde las papeleras brillan por su ausencia o por su soledad, si bien luego te preguntas si servirían de mucho tales papeleras, conociendo la querencia de mucha gente por acabar pronto y mal, tirándolo directamente al suelo. Por añadidura, el viento en ocasiones perenne (cuando se mete el poniente, se mete de verdad) esparce la suciedad a lo largo de las calles y por otras vías; así, contamos con la ayuda de la gente y del propio Eolo, el puñetero dios del viento que colabora a ensuciar más aún las calles de Almería, dando a la ciudad un aspecto de ciudad llena de papeles y desechos en movimiento, digna de una película policíaca de tema decadente o de ciencia ficción distópica. La fuerte presencia de vagabundos (nacionales y extranjeros) , de alcóholicos echados a perder y de inmigrantes desocupados no mejoran esta imagen.

Almería es una ciudad de extremos. Barrios degradados coexisten con otros dignos de la alta sociedad. No están contiguos, pero sin duda se puede pasar de un mundo a otro en un espacio no muy grande.   Algo similar ocurre con bares, cafeterías  y restaurantes, por ejemplo. Lo mismo vas a un tugurio de esos de barra de chapa frecuentado por parroquianos con aliento de carajillo,  cuya única alegría es la música de la máquina tragaperras o el gol en la televisión, que entras a otro donde te cobran hasta por mirar, todo muy cool y de cocina creativa. Por eso a veces me pregunto dónde se mete la auténtica clase media de la ciudad, la cual realmente existe (al igual que existen los lugares intermedios, y muy buenos)  pero en ocasiones no se ve por ningún lado; esa clase media que no necesita hacer ostentaciones ni demostraciones de pijerío imbécil y rimbombante. 

Ciertamente,  estoy despotricando hoy de mala manera contra mi ciudad, pero, por otra parte, como en su momento le dediqué entradas laudatorias, sería justo tocar también el otro palo de ella, puesto que no es bueno idealizar, ni tan siquiera a tu propia tierra. Seamos honestos.

Yo la comparo con Nápoles, salvando algunas distancias. Ambas ciudades son de honda tradición mediterránea y cuentan con vestigios de temprana presencia colonizadora (fenicios, griegos) de civilizaciones antiguas.  Ambas están rodeadas por un notable y/o peculiar entorno natural; el Vesubio y la costa amalfitana en el caso napolitano, el desierto de Tabernas y el espacio terrestre y marino prácticamente virgen de la zona de Cabo de Gata, en el almeriense. Ambas vivieron períodos de más o menos esplendor en épocas pasadas (evidentemente Nápoles ha sido más notorio e importante para la historia europea y española) y, en la actualidad y desde hace más de cincuenta años, conocen un franco declive. Podría decirse que en Almería no tenemos Camorra, pero también cabe preguntarse si,  siendo negativa y deleznable una organización extorsionadora y criminal, se puede ser positivo con un régimen político anquilosado, caciquil y perdedor desde hace 34 años (por si alguien no lo sabe, me refiero al PSOE,  desde 1978).  También podría argumentarse que la situación de Nápoles y la Campania no es comparable a la de la provincia de Almería, puesto que en el caso almeriense, ha conocido un notable desarrollo en estos últimos 50 años, fundamentalmente a la agricultura bajo plástico y al turismo (si bien actualmente es una de las provincias con más paro de España) ,  mientras que el sur de Italia continúa siendo una rémora para el resto del país. Bueno, algo cierto es. Como también es cierto, y aquí vuelven a ser comunes Almería y Nápoles, que ambas ciudades/zonas cuentan con el desprecio o la indiferencia del resto de sus compatriotas. Se me debe estar notando demasiada simpatía por los napolitanos. Es más que posible; no en vano, los españoles tenemos más motivos que ningún otro país para demostrar afinidad por un territorio español en otros tiempos, y al cual la humanidad le debe más de lo que reconoce.
Continúo. Ambas, Nápoles y Almería, cuentan con un rico patrimonio (más evidente en la primera) pero en la actualidad se muestran degradadas, destruidas, sucias, ordinarias,  poco cívicas, depauperadas. En un programa pude ver la preponderancia de la conducción en ruidosa y peligrosa motocicleta por las vías y cuestas napolitanas, así como el desorden y el caos en la conducción en automóvil;  más o menos la tónica almeriense. Y al contemplar sus maltrechas calles me sentí bastante identificado, además. Así, podría decirse que adoro Nápoles tanto como desprecio aspectos suyos, del mismo modo que amo Almería tanto como la odio conociendo ciertas características de mi tierra. Supongo que debe ser así, y es lo normal.

Recientemente, Arturo Pérez-Reverte (él mismo otro admirador de Nápoles y de otras destartaladas y antiguas urbes mediterráneas)  volvió a revolucionar la red con unas declaraciones en Twitter a vueltas con Sevilla, su realidad actual y de siempre, refiriéndose a una película policíaca estrenada hace poco. Con su claridad habitual, se congratulaba de que se representase a la ciudad tal y como era, con "chusma, yonquis y putas" o algo así, en vez de a la imagen habitual acostumbrada a mostrar en revistas y televisión, centrada especialmente en la Semana Santa y la Feria de Abril. El escritor cartagenero tiene otra historia de amor/odio con Sevilla (en mi caso es sólo de odio, como he dicho otras veces); le duele cómo una ciudad con tanta historia, cultura a priori, y tantas posibilidades, se quede ensimismada en la autocomplaciencia y se regodée en su Semana Santa y otros temas folclóricos, y así lo ha dejado por escrito innumerables ocasiones.
En nuestro caso almeriense, poco hay para que la ciudad se quede ensimismada. Tal vez porque sea más consciente de sus limitaciones, y más modesta y realista, pero tampoco se autopromociona con fuerza. Si acaso, el único ensimismamiento lo veo en su reverenciado y conocido tapeo, toda un arma de doble filo; pocas vías hay tan conducentes hacia el alcoholismo como el tapeo. Ciertamente, las terrazas y bares están siempre llenas de gente tapeando. Ojalá los almerienses fueran más emprendedores y tuvieran la misma iniciativa para trabajar, salir del hoyo, pujar por la ciudad y salir de la cutrez andaluza, y demostrasen más interés por la cultura,  que el que tienen al tapear, si bien, es justo señalar el ahínco y las ganas que un buen número de almerienses le han echado en estos últimos 50 años, para ir sacando la cabeza, poco a poco y sin la ayuda de prácticamente nadie, e ir adecentando el erial de nuestra provincia. 

Como tantas veces mencionado, no se entiende el progreso de Almería sin los invernaderos. Ha sido enormemente positivo, aunque tuviera costes paisajísticos irreversibles. Por mucho erial que fuera la provincia, y mucha tierra yerma y mucho matojo inútil,  sigue siendo preferible, para mí,  al océano de plástico blanco, el cual en ocasiones no  se alcanza a ver el fin, perdiéndose la vista en el paisaje borroso.  Únicamente las descarnadas montañas profundamente marrones continúan impecables, junto con las vegas repletas de naranjos y otros frutales surgidas al agua de los escasísimos y raquíticos ríos.  Es un paisaje duro, pero hermoso. Vacío, pero lírico. Sin duda la música de Morricone le queda ajustada como un guante, y eso teniendo en cuenta que el genio italiano no llegó a pisar Almería.  Un paisaje, por lunar, africano y espectacular, que ya atrajo a turistas y estudiosos, primero a extranjeros y luego a nacionales.  Primero extranjeros, sí. El primer gran turista  fue el austríaco Rodolfo Lussnigg  (1876-1950), empresario  y cónsul de Austria en España, quien acuñó el término "Costa del Sol"  para referirse al litoral almeriense; dicho término fue luego arrebatado a Almería  por la escasamente glamurosa costa de la provincia de Málaga. Lussnigg además, promocionó mi patria chica con el lema "Almería, donde el sol pasa el invierno", en fecha tan temprana como la década de 1920. 

Si bien no suficientemente desarrollada y promocionada, también es justo reconocer la importancia del cine en el despegue de la ciudad y de la provincia en la segunda mitad del siglo. En los años 50 comenzaron a usarse escenarios almerienses, aunque el boom llegaría en los sesenta, con El Cid o Los Siete Magníficos. Con todo,  la película más significativa y recordada rodada en parte en la provincia y la que iba a dar el auténtico campanazo, con un "efecto llamada"  para el resto de cineastas, fue Lawrence de Arabia, allá por 1961, cuando Almería era aún esa tierra despoblada, oscura y difícil, y a donde habían ido ya eruditos y escritores como Luis Siret, Gerald Brenan o Juan Goytisolo. Similar todavía  a la trágica tierra de cortijos de las Bodas de Sangre lorquianas. Desde entonces ha llovido mucho, demasiado. Prácticamente ninguno de esos pioneros viajeros reconocería a la provincia, y creo que tampoco a la ciudad.  Brenan, autor de Al sur de Granada, entre otros libros, escribió hace 90 años que Almería era "como un cubo de cal al pie de una montaña gris".  Actualizando el concepto y las medidas, hoy día sería como un volquete de cal

La ciudad ha cambiado mucho, y ha crecido desordenadamente, tan desordenadamente que es bastante habitual ver edificios feos y nuevos (de los años 60 y 70, se entiende) en el mismo lugar o contiguos a casas más antiguas y típicas de la arquitectura almeriense del siglo XIX. Prácticamente no queda ningún vestigio arquitectónico anterior al siglo XIX, exceptuando algunas mezquitas e iglesias. Unas cinco casas, como mucho. Lo que no han borrado del mapa algunos terremotos, lo han terminado de finiquitar la imparable acción del hombre, siempre inconsciente. Son frecuentes las torres de 8 o 10 pisos, vecinas de viviendas de dos plantas como mucho. Barrios en teoría antiguos, lucen hoy día con horribles edificios de la época de la expansión económica del franquismo. Así, si los monumentos y vestigios son escasos, y en algunos casos en maltrecho estado,  menos se ven aún cuando están rodeados o semi-ocultos por construcciones modernas con el gusto en el culo. 

Aún así,  Almería tiene un extraño encanto. No sólo lo digo yo, al fin y al cabo hijo orgulloso de su tierra,  o parte de mis paisanos. Deben decirlo, o al menos pensarlo, todos aquellos turistas llegados desde hace más de 50 años, los que han repetido y los que han venido aquí por su propia voluntad, buscando su clima benigno, su sol generoso y sus limpias aguas mediterráneas. O simplemente  tranquilidad, al ser Almería y su provincia un lugar relativamente aislado, con un aeropuerto pequeño y de poco tráfico, una deficiente comunicación por vía férrea ("Azorín" consideraba el avance del tren como signo claro de progreso. Prefiero no pensar qué diría de Almería hoy) y unas poblaciones pequeñas y tranquilas, como los pueblos alpujarreños con verdadero encanto,  además de sus reverenciadas playas y vírgenes fondos marinos, claro está.

Debe de haber una suerte de lirismo en su descarnada fisonomía, en su eventual suciedad y desprendimiento. Un gusto innegable por sus modestas características. Modestas y honestas, por otra parte. Aquí no se vende la moto como en otros sitios.

Hay, porque lo hay, una gran belleza en sus eternas puestas de sol.  Tanto desde la playa con las luces de la ciudad al fondo y la mole ocre de la sierra de Gádor sobre ella, y más alto aún el impoluto cielo, una bóveda perfecta. O mirando en otra dirección, con las gradas de las estribaciones montañosas de Sierra Alhamilla y los Filabres detrás, cuando delante sólo tienes los farallones de Cabo de Gata, a veces invisibles por la calima y la niebla, en ocasiones tan nítidos que parecen poder tocarse con la punta de los dedos.  O desde las estrechas calles de la Chanca o Pescadería, con las almenas y torreones de la Alcazaba mutando de color y  dominando la postal oriental. Ciertamente, aun a riesgo de caer en el tópico, Almería en ocasiones es mucho más africana y oriental que europea. Eso no es negativo; simplemente es así. Oriental es la ciudad antigua de Corfú, en la homónima isla griega, la cual a mí se me antojó perfectamente Almería. Me sentí como en casa.

Hay, ciertamente lo hay, otro extraño encanto en el poco cuidado barrio de El Zapillo. Como escribí aquí sobre ello, he pasado muchos años en él, y, para asombro mío, los turistas siguen afluyendo a esta apartada zona de la ciudad. Debe haber algo que se te mete en el alma, algo de sus larguísimas puestas de sol que te iluminan para siempre los ojos. Algo en su sereno y bravío, azul y verde, limpio y sucio a la vez mar Mediterráneo, milenario espacio por donde han pasado tantos pueblos desde los primeros pasos del hombre. Algo se te debe de iluminar cuando estás en las sucias playas de El Zapillo, tanto como alumbran las  intermitentes luces rojas del pequeño y blanco faro del puerto. Algo, algo debe de surgir  para siempre de esa mezcolanza de sonidos y aromas. Esa brisa marina  con deje de graznido de gaviota que te arrulla y golpea, dejándote sabor a pescado y civilizaciones antiguas. Algo debe tocarte esa suma  de vocerío, salitre, olor a humanidad, agua estancada de boquera  y fritura de marisco, y que va subiendo por entre las desconchadas torres de hormigón...

Almeriense. Y a mucha honra. No me preguntes por qué, pero lo soy.


5.5.12

Ya ha pasado un año, abuela

Y sigues tan vívida en mi recuerdo como tu chispeante risa.

Y parece que fue ayer cuando me estabas contando alguna historia.

O cuando te hacía los mandaos.

O cuando estabas, atareada y enfangada en la cocina, afanándote por hacer uno de tus insuperables platos. 


O cuando bajábamos a la playa.

O cuando...

Te quería dedicar una buena entrada, bonita e inmejorable, abuela, pero nada me sale. Sigue todo muy reciente y se me bloquea el corazón al escribir.

Aquí seguimos todos, recordándote, unos a su modo, otros al suyo. Pero sigues con nosotros, no te quepa duda. Estés donde estés, en tu merecido descanso eterno tras una vida larga y sufrida, sin muchas concesiones.

En mi caso, aquí sigo, recordándote tal y como eras. Algo desanimado porque sigo sin un futuro laboral claro, a corto y medio plazo. Y a la vez, alegre y triste porque al fin tuve la inmensa suerte de encontrar una pareja estable, y además de nuestra tierra, y de tu mismo barrio incluso, que ya es casualidad,   pero...no la has conocido. Mi alegría sería aún más superlativa. Sé que ella te hubiera gustado, abuela.

Puesto que ya no te podemos ver como no sea contemplando tu lápida blanca junto al abuelo, nos quedaremos, si no es  con las fotografías en color y en blanco y negro, con todos aquellos imborrables recuerdos  junto a todos nosotros. 

Y nada más. Todos nos sentimos un poco huérfanos sin tí. Especialmente mamá, claro está. Pero nos faltas a todos. Eras la parte esencial que mantenía a unida a la "gran familia", por así decirlo.

Hoy hace justo un año que nos dejaste, abuela. Allá donde estés, estoy seguro que nos observas a todos y  te preocupas, te desvelas, nos cuidas. Estoy seguro.

Por cierto, tu sillón del comedor, donde estabas siempre,  sigue intacto. Nadie se quiere sentar en él. 

Te echamos mucho de menos, abuela.


Siempre con nosotros.

20.4.12

El rey se va de safari

Su Majestad se disculpa. Nada más salir del hospital, ayudado por muletas, convaleciente de su reparación de cadera. Un par de frases, acompañadas de un gesto serio y solemne, prácticamente con cara de pena,  sin los habituales chascarrillos y guiños al pueblo tan propios de su habitual y cacareada campechanía.

La amplísimamente divulgada y, según algunos, histórica, disculpa del monarca supone un gesto honroso, debido a la importancia de una regia figura entonando el mea culpa, pero no arregla demasiado (aunque para muchos este pedir perdón del rey es perfectamente válido y zanja la cuestión)  la situación de crisis de la monarquía española en este auténtico annus horribilis, desde las escabrosas y perillanescas andanzas de su yerno al reciente accidente de caza de uno de sus nietos en Soria.

Accidente cuando cazaba ha sido el actual del rey, precisamente. Una de sus actividades predilectas. Tiene una amplia experiencia; ya finiquitó a un oso en Rusia en 2005, según unas declaraciones de un hombre influyente nunca verificadas  éste drogado con vodka y miel. La caza de animales como actividad recreativa, se extiende por nobles y plebeyos desde hace mucho, aunque es hobby de la realeza desde tiempos inmemoriales. Desde hace siglos, cuando no había viñetas de dibujantes para hacer chistes.  En ciertas ocasiones no había bromas de por medio, como cuando se pillaba a furtivos con las manos en la masa; si no eran azotados, eran multados con miles de maravedíes y desterrados seis meses, y si se resistían a la autoridad (guardas forestales) podían acabar en el otro barrio, como sabemos de casos con Felipe II.  Si te pillaban pescando en los estanques reales, a la segunda vez te mandaban a galeras, para curtirte la espalda. Hablamos del siglo XVI.

Volvamos a nuestros días, a nuestra rabiosa actualidad. Como decía anteriormente, es un gesto que le honra y más cuando no estamos acostumbrados a que primeras figuras pidan perdón por sus desatinos políticos. Actualmente,  como cuando un político corrupto desaparece inmune e impune, sin decir palabra, o cuando un fracasado como el Dimitido se va, con loas desproporcionadas de sus acólitos, y, en palabras suyas, se dispone a jubilarse para ser únicamente un "supervisor de nubes". Por otra parte, sería desproporcionado comparar estas mundanas personalidades con figuras de sangre azul. 
 Se disculpa, sí, aunque yo creo que ni él mismo sabía por qué se disculpaba exactamente. Pero, me temo, el daño a la Corona está ya hecho. Pocas veces ha podido autoinflingirse tanto daño un representante (el máximo) de una institución por sus propios medios. La requetevista foto del rey con otro cazador avezado (mi hermano y yo nos acordamos de aquella entretenida película con Michael Douglas y los leones devoradores de hombres, Los demonios de la noche)  y un elefante muerto detrás, aunque sea de hace seis años, es el más preclaro símbolo de esta imprudente e inoportuna  metedura de pata de Juan Carlos I.

Por muchos motivos. El Jefe de Estado, y como tal, el símbolo de la Nación y del sistema político, no puede aparecer con las escopetas calientes y un paquidermo abatido detrás, en una escena que nos retrotrae a la época colonial, cuando el mapa de África estaba aún por hacer y posteriormente, cuando era un gigantesco pastel a repartir por un cierto número de naciones europeas. Una época muy pasada, muy antigua; si se prefiere, se puede comparar a famosas películas de safaris de los años del Hollywood dorado, tipo Mogambo.

El Jefe de Estado de España, en una semana particularmente negra para la economía española y para el futuro del país, inmersa en una situación de profunda crisis, con seis millones de parados,  y con la peronista Kirchner poniendo su granito de arena, no puede dar esa imagen de despreocupamiento, de "me piro a África a pegar tiros que es mi hobby elitista y para eso soy el rey, que os den por culo, amados súdbitos". Horas antes, el monarca había dicho, por ejemplo, "el paro juvenil me quita el sueño" y había animado a esforzarse, en general, a todos para sacar adelante la desastrosa situación económica. Pues sí. Igual en Botsuana quería encontrar la solución.

Luego están otras cuestiones, como la de la caza de animales en sí. La violencia contra ellos. Soy siempre contrario a ello. Ya sean elefantes, osos, búfalos, antílopes, tigres, rinocerontes o guepardos. Y no sólo la caza. No soy partidario del maltrato animal. Ya escribí aquí sobre los perros. Y desde luego, tampoco defiendo la violencia contra un toro en una corrida, encierro, capea o carrera lanza en mano, como las del toro de la Vega de Tordesillas. Volvamos a los elefantes. Independientemente de que sea más o menos elitista, de lo caro que sea, no creo que esté el  ecosistema planetario como para dedicarse a volarle los sesos a estos animales. Aquí los defensores a ultranza del rey, casualmente los mismos amantes de la caza en general, argumentan que la busca y captura de elefantes "salva a la especie". No sé. Tampoco me ha gustado nunca la caza; no entiendo ese afán por parecer más hombre si apuntas y disparas a un animal, sea una perdiz o sea un rinoceronte.
¿Soy un hijo de Disney, como dicen los mayores al criticar nuestra sensibilidad hacia los animales?. ¿Ha cambiado nuestra percepción de los animales por el visionado de películas del gran Walt, como Bambi, Dumbo, La Dama y el Vagabundo, etc? Esa humanización del mundo animal, junto a la labor del naturalista Félix Rodríguez de la Fuente, es bastante posible que haya hecho cambiar a más de una generación en cuanto al cuidado de los animales, y su trato y consideración. Sí. Además,  España y en general el género humano del planeta siempre ha sido cruel con los animales. Pero, creo, los tiempos cambian, y no considero que nosotros, los hombres debamos seguir disfrutando de la muerte de animales como pasatiempo. Éste es un debate peligroso porque sale la cuestión animalista y vegetariana y se me puede acusar de hipócrita;  yo no soy vegetariano y por tanto, me gusta comer carne de animal y la defiendo. Pero, en mi humilde opinión, no es lo mismo alimentarse de especies asentadas y consolidadas desde hace siglos como el cerdo, la vaca o la gallina, que dedicarse a cazar animales en peligro de extinción y riesgo de desaparición como el oso, el zorro, el elefante o el rinoceronte. Comer carne o productos derivados de ella es necesario para sobrevivir y /o alimentarse bien. Matarlos porque sí,  por puro hobby, hobby extraordinariamente caro además,  perfectamente prescindible.

En fin. Dejando de lado estas cuestiones animalistas, volvámonos a centrar en el hecho en sí de las inoportunas vacaciones del monarca. Poco importa que la cacería fuera gratis en vez de irse hasta los 30.000 posibles euros que algunos medios de comunicación deslizaron. No importa que al rey lo invitase un magnate sirio, un millonario saudita o la supuesta amante del nieto de Alfonso XIII. Porque la realidad es que el rey, con la adversa situación tanto nacional como internacional de España, consideró mejor dedicarse unas minivacaciones en el sur del continente africano, sin prácticamente informar a nadie, al ser un "viaje privado".  De hecho si el público se ha enterado del safari, es por su traspiés y su fractura de cadera. Precisamente estaba en Botsuana, y no precisamente haciendo fotos de antílopes, cuando el desgraciado accidente del Cougar. Avisado el rey, pudo llegar justo a tiempo de los funerales militares.
Entonces sale aquí otra cuestión, la de la agenda real. Pese a lo que digan, y de nuevo los defensores a ultranza del rey saquen el tema de que "cazando se negocia", es decir, defendiendo la posibilidad de que Juan Carlos consiga beneficios para España de sus poderosos y misteriosos amigos,  lo cierto es que asuntos como las idas y venidas del monarca y otros miembros de la familia, sus cuentas corrientes, sus negocios, trampas y otras cuestiones son bastante poco conocidas.  Hablando de Familia Real, la impresión de que existe todo un universo de chupópteros alrededor de los Reyes empezando por ellos mismos es muy fuerte. Siglos hace que reyes y príncipes no van a la guerra o se curten en eventuales batallas y asedios, o reinas y princesas ejercen gobiernos y actividades administrativas. Últimamente ya sólo se pueden dedicar a practicar hobbies menos sangrientos y más elitistas, como la vela, el esquí o el polo. 
 Por otra parte, se critica mucho a toda la familia, pero luego los actos públicos arden de gente gritándoles emocionada y aclamándola. Somos todos muy republicanos, pero luego en sus bodas estamos esperando a las puertas de las catedrales o en las calles para demostrarles nuestra devoción, o cotillear cómo va vestido Fulano o Mengana. Somos España. En fin,  volvamos a asuntos más serios.  España, una vez más, no es como Inglaterra, por ejemplo; me refiero a que en la Gran Bretaña se respeta a los reyes (reina y duque consorte, el de Edimburgo,  en este caso) y a su familia, pero sin sacrosantismos ni murallas mediáticas ni vacíos legales. 
Además, existe desde 1975 un notorio silencio y un mutismo en lo referente a su persona, consistente en no realizar crítica alguna a su figura, por considerarla parte indisoluble de nuestro sistema y un  símbolo inviolable, como si España le debiera todo a este Borbón. Prácticamente, es como si aún estuviéramos en las épocas donde sólo el bufón real podía criticar o satirizar al monarca.  Todo esto cuenta con la complicidad de buena parte de la prensa y de los medios de comunicación de nuestro país. Ojo, no defiendo la quema de fotos de los reyes, desde luego, ni las pitadas a sus personas en estadios de fútbol o actos públicos.  Pero hace muchísimo tiempo que murió  la época y se fueron los siglos donde las monarquías eran de origen divino y la figura de un rey era quasi mítica, con personalidades por las que merecía la pena hasta morir.
Actualmente y desde hace bastantes años, ya no. Especialmente cuando ya los reyes "reinan, pero no gobiernan" y su papel es meramente simbólico y representativo, en recepciones, entregas de premios, inauguraciones, cumbres o encuentros internacionales. Precisamente se le ha criticado a Juan Carlos que, en vez de utilizar su jerarquía y su importancia en Hispanoamérica en lo referente a la polémica con Argentina, prefiriera largarse a Botsuana. Bien cierto. No puedo estar más de acuerdo. Suena a cobarde reproche de un súdbito anónimo, pero precisamente por ser un rey se le pueden achacar negativamente este tipo de cosas. A mayores dignidades, mayores perfecciones a exigir.

Desde luego, no es el primer escándalo del rey. Ha tenido otros, muchos dirían algunos, y posiblemente más graves y deplorables.  Curiosamente, ha habido un silencio más sepulcral en esos asuntos en comparación con este safari. Pero ésta en concreto ha coincidido con la situación de crisis económica por un lado, y con la era de la información y la informática, por otro, por lo que su trascendencia ha sido extraordinaria.
Ha servido además para emborronar notoriamente la hoja de servicios del rey, sustentada fundamentalmente en su papel de representante de España en tantos lugares y situaciones, pero, sobre todo, por su decisiva actuación el 23 de febrero de 1981, cuando según muchos autores, se ganó la corona definitivamente, al ser, conviene recordarlo, una figura impuesta por el dictador Franco.
Con todo, sería injusto dedicarle por mi parte toda una entrada de críticas y reclamaciones, reduciendo su papel en los años de la Transición democrática. Ciertamente, mucho le debemos los españoles. Don Juan Carlos tuvo un determinante cometido en la misma, en esos definitivos años, cuando hubo de hacer encaje de bolillos, pasando de una autocracia a una democracia. Cierto es que él mismo sabía que una especie de dictadura bajo su dirección no era viable ni deseable; pero algo había de hacer, ya fuera malo o bueno. Por otra parte, no realizó el papel él sólo; justo es reclamar asimismo el trabajo de otros grandes nombres y hombres como  Adolfo Suárez o el general Gutiérrez Mellado.

Viendo todo lo escrito hoy, se me podría interpretar como un republicano furibundo y/o un oportunista que aprovecha para pescar en río revuelto, cuando buena parte de la opinión se ha echado contra el Rey. No sería cierto.

Como dije, y podrían secundarme quienes me conocen, siempre he defendido al rey.  Siempre lo he visto con simpatía y he reconocido su eventual grandeza con algunos éxitos,  pese a unos cuantos desatinos y  al regular tirando a malo historial de su estirpe reciente. Mejor no hablemos de sus antepasados Alfonso XIII, Isabel II y Fernando VII, y quedémonos con Alfonso XII, un buen rey símbolo de la Restauración, una de mis épocas favoritas, quien murió con apenas 28 años. Pero volvamos a los siglos XX y XXI. 
 No soy monárquico apasionado, es más, no vería con malos ojos una república, pese al negativo historial presente en España si hablamos de esta forma de gobierno, y desde luego abomino de la II, ésa de 1931-1936,  pero tampoco rechazo  una monarquía.  Sería hipócrita, desde luego, si fuera de monárquico toda la vida, y ahora, por los elefantes de Botsuana, me volviera más republicano que Cayo Lara. Si interpretase estas desafortunadas vacaciones cinegéticas de Juan Carlos I como una oportuna y más conveniente que nunca abdicación. No.

Pero sí es cierto que para mí ha cambiado mi percepción del rey. No es por esto únicamente, desde luego. Ésto se suma a otras regias meteduras de pata, no sólo suyas sino de otros miembros de la Familia. Este asunto de la caza no ha sido tan definitivo como parece, pero sí ha sido importante y simbólico, sobre todo cuando uno se pone a pensar en el papel del rey, sus acciones, pensamientos y su importancia verdadera en nuestros días actuales, y su trascendencia. Uno piensa demasiado, y además cuando uno tiene ya unos años y piensa de otro modo, y llega a la conclusión de si es necesaria una monarquía. Ésta monarquía, además. Para qué queremos una monarquía que nos represente si el símbolo a exportar es una elitista postal con remembranzas del África colonial, con tamaña crisis de por medio, fuertes rumores de intervención europea y regreso a la peseta incluidas.
¿Tanta estabilidad nos da ésta monarquía?
Y además, cómo se representa a él mismo.  Lejos de parecer un rey preocupado y desvelado por su pueblo,  o dar una imagen austera o cuanto menos mínimamente solidaria, como sólo sabe y debe preocuparse una figura de su tamaño, por encima de políticos y politicastros, se nos aparece en el culo del mundo, matando elefantes y búfalos acompañados de quién demonios sabe.

No sé cómo acabará todo esto. Parece que las históricas disculpas han calado hondo en la opinión pública, la misma que antes pedía su cabeza. Por otra parte, tampoco conozco toda la vox populi; sólo me guío por la prensa, en la que por cierto me ha decepcionado un tanto la actitud del ABC. Siempre ha sido el periódico monárquico declarado, desde luego, pero su postura excesivamente postrada a sus pies y cortesana al máximo me ha hecho ver a este diario, mi segundo o tercer favorito, con otros ojos.
No sé cómo acabará todo esto, repito.  Tanto a corto, como a medio y largo plazo. Hablo de su teórico sucesor,  Felipe.  El rey tiene ya 74 años, y tanto su edad, como las circunstancias políticas, históricas y sociales son distintas a las de su abuelo, pero a mí se me vino a la memoria aquel momento de hace 81 años, cuando un amargado Alfonso XIII emprendió el camino de Cartagena, para tomar un barco y marcharse al destierro, cuando ni las elecciones las habían perdido los monárquicos ni él era el  principal culpable de la situación de España ni de la crisis de la institución. Pero era el símbolo.

Sea como fuere, nunca había tenido tan clara una cosa. Como dijo el lúcido Ortega y Gasset, Delenda est Monarchia. 

3.4.12

No es una semana cualquiera

Otro año más, el tiempo fugaz nos trae una nueva Semana Santa. Una celebración católica profundamente intrincada en nuestra tradición.
Hoy no voy a hacer una entrada crítica, puntillosa o negativa. No, ni mucho menos.

Me encanta la Semana Santa, ya lo he dicho por aquí más de una vez. Pese a mi agnosticismo.

Mi total carencia de fe y devoción tiene su contrapunto en mi querencia por varios elementos: la música, con ese abuso de trompetas, cornetas y tambores, de una rotundidad extraordinaria; las imágenes, las cuales, aunque no sea creyente, reconozco su belleza, perfección de formas, cuidada elaboración y realismo, realmente loables al realizarse en fragmentos de madera; el interés por la historia y los personajes de la Pasión de Cristo según la Biblia; y los movimientos y ceremonial, con los acompasados vaivenes al son de la música, de los pasos, dotándolos de una elegancia y atractivo icónico innegable.
Por todo ello contemplo pues la Semana Santa no como un creyente devoto, sino como un admirador de todo lo expuesto antes. En este asunto vuelvo a ser tradicionalista, lo siento.

La Semana Santa es una de nuestras tradiciones , aunque no es de todos los españoles ni de todas las partes de España, pero sí es ciertamente representativa. Su antigüedad supera holgadamente los 500 años, por otra parte.
En contra de ciertas iniciativas en los últimos años, aunque algunas son bastante viejas, no considero se deba proceder a suprimirlas sistemáticamente, más que nada por el significado que conlleva para mucha gente. Entiendo que pueda molestar a algunas o bastantes personas, especialmente por cortar la calles, pero también se cortan las calles por memeces mucho menos decorosas e inmorales y aquí paz y después gloria. Además, tampoco se obliga al "antisemanasantero" a postrarse de rodillas frente a las figuras de madera, a rezarle o a darse de latigazos.
También, como ya señalé el año pasado, considero totalmente fuera de lugar la intención del colectivo ateo, o de quienes sean, de realizar una procesión atea (sic) justamente el Jueves Santo. Si quieren mostrar públicamente su ateísmo, algo totalmente legítimo, tienen muchos días el resto del año. Ese es un laicismo agresivo con pulsiones iconoclastas y que suele derivar en escenas de dudoso gusto sin producir nada bueno, ni práctico, ni útil. Y ha quedado sobradamente demostrado en ocasiones.

Maldita sea, ya empiezo a despotricar. En fin, como decía, yo no soy creyente y nunca he desfilado en ninguna procesión, ni mucho menos llevar un paso, pero respeto a la gente que sí lo es y para quien esta semana tan importante resulta, penitencias en las espaldas incluidas. Estos días nos permiten contemplar escenas de devoción sincera y emoción desbordada, a veces algo bochornosas para el espectador ateo o agnóstico, o simplemente poco o nada religioso, a causa de las imágenes y lo que todo ello supone. No voy a entrar ahí.


Me quedaré con mis sensaciones, algunas de las cuales las tengo desde pequeño:

- Redoble y retumbe de tambores, escuchándose desde lejos y cada vez más fuerte, anunciándote la inminente llegada, por detrás de las hileras de penitentes. A menos de un metro de tí ya es demencial. Sigo pestañeando en esos casos de golpe de tambor, como cuando era niño. También, los cornetazos desgarrados acompañando a un paso.

- Imágenes poderosas y representativas. Vale, son simples fragmentos de madera tallados. Pero diríase que tienen vida. Desde pequeño me han interesado las escenas de la vida de Jesucristo y de su pasión y muerte, todo ello a causa de ver la imaginería de Semana Santa. Entradas en Jerusalén, Santas Cenas, Oraciones en el Huerto, Flagelaciones, Coronaciones, Cautividades, Caídas con la Cruz, Crucifixiones, Agonías, Expiraciones, Buenas Muertes, Descendimientos y Resurreciones. Vaya semanita. Mucha sangre, sí. Dolor, sufrimiento y muerte, desde luego. Para mí no tienen el mismo significado que para un creyente, pero las contemplo con el mismo respeto desde siempre, y como amante del Arte, las admiro aún más.

- El vaivén de las figuras, meciéndose cuidadosamente por el proceder de los costaleros dirigidos por sus capataces. Penosos pero orgullosos y dignos ascensos por una calle empinada, o dificultades de circulación en un callejón o esquina complicada.

- Gloriosas entradas en los templos después de las eternas estaciones de penitencia. Algunas maravillosas y emocionantes, por la pericia exigida a causa de lo estrecho de la calle y las dimensiones del paso, como la contemplada hace unas horas en San Ildefonso de Almería, con el Jesús de la Sentencia y sus ocho figuras más (Pilatos incluido) y el paso de la Macarena unos instantes después.

- El olor a incienso se te mete casi en el alma. No me agrada demasiado ese olor, y mejor en pequeñas cantidades, pero es un aroma indisoluble de la Semana Santa. Impresiona ver una o varias imágenes avanzando entre humaredas y humaredas de incienso.

- Sombras en la noche, oscilantes figuras de imágenes dibujadas en las fachadas de los edificios. La luz de las velas y de las eventuales farolas eléctricas hace el resto.
Impresionante asimismo es un Crucificado iluminado solo por antorchas o velas, con el único acompañamiento sonoro de unos contundentes tamborazos.

- Silencio. Sí, relacionado con la última frase. No sólo de música vive la Semana Santa. Existen procesiones y via crucis sobrecogedoras, al constar de crucificados agonizantes alumbrados por antorchas, y acompañados, si no es por el silencio sepulcral más absoluto, por los contundentes y mistéricos golpes de tétricos tambores, aporreados éstos por nazarenos descalzos. En ciertos casos, la fúnebre procesión se ha de adentrar por estrechas callejas, pasando tanto la imagen como el ruido del tambor (que llega directamente al tímpano) a centímetros de tí. Hablo, por ejemplo, del Cristo del Perdón el Martes Santo en Almería. Realmente impresionante.

- Esos ruidos y sonidos en las levantás de los pasos, precedidas por el silencio previo. Una mezcla de chasquidos de madera, secos y contundentes golpes de llamador, gritos, demostraciones de esfuerzo físico y torsiones de músculos. La explosión de aplausos al escaso segundo. Realmente indescriptible.


Viva la Semana Santa. En Almería y en innumerables lugares. Por muchos años.

26.3.12

Andalucía quiere seguir siendo un cortijo

Por mucho que mire y repase los resultados de las recién finalizadas elecciones autonómicas en Andalucía, no acabo de creérmelo. Ciertamente se fueron confirmando mis peores y más negativos presentimientos, pero... No acabo de creerme que los andaluces, una sociedad madura, asentada y emprendedora, creo, no quieran una apuesta por unas caras nuevas, un golpe de timonel, un cambio de guardia, un nuevo rumbo...

No, no quieren. Después de 34 años. 34 años son muchos. O pocos, según consideran algunos. 34 años bajo un único signo político, una tendencia determinada, una tendencia por un lado perfectamente respetable, pero por otro con claros signos de desgaste y hastío, con un buen número de puntos negros y rémoras, y sin duda causa principal del atraso continuado y exasperado de Andalucía, mi región, mi comunidad autónoma.

¿Por qué la escribo en cursiva? Como digo en mi perfil y sabe quien lea mínimamente este espacio, es conocida y notoria mi identidad almeriense. Nací en Almería y, oficialmente, soy andaluz. Pero, como me ocurre a mí y a un notable número de almerienses, somos bastante poco apasionados en cuanto a nuestro "andalucismo", entendido éste no por la doctrina regionalista, sino por un sentimiento de orgullo referente a la pertenencia a Andalucía, una región verdaderamente maravillosa y crucial en la historia de España. Pero...
No se quiere a Andalucía en Almería. Los almerienses no se sienten andaluces. No odian a Andalucía, desde luego. No la desprecian abiertamente. Saben que son andaluces, pero reniegan de Sevilla. ¿Por qué? Ese califato, ese virreinato, ese cacicazgo, esa pandilla de señoritos socialistas que gobiernan la comunidad autónoma como si fuera un cortijo, después de 34 años -el PSOE controla Andalucía aun antes del estatuto de autonomía y de las primeras elecciones autonómicas, desde 1978-, con su política hispalicéntrica de "todo por Sevilla y para Sevilla", crea numerosos descontentos, amargados y agraviados por el sistemático desprecio de los capitalinos hacia el resto de la enorme (segunda de España) y poblada (la primera, con 8 millones y medio de habitantes) región.

No, no me salgo del tiesto. Los descontentos y despegados andaluces son legión, especialmente en el Oriente. Se odia a Sevilla, cuando los sevillanos no tienen la culpa desde luego (o no toda. Porque un buen número, no todos desde luego, son chulescos, ombliguistas y altivos un rato, y que me perdonen) sino sus políticos y mandamases. Hablo no sólo de Almería, también de Granada, Jaén, Málaga, Huelva...el caso de Almería es particularmente trágico, al ser una provincia tradicionalmente olvidada por todo el mundo y la cual ha ido saliendo de su ostracismo prácticamente por sí misma, a base de esfuerzo, tesón y autopromoción, aun cuando fuera afeando su extraordinario paisaje con el plástico del invernadero. Otras provincias como Córdoba, Granada o Málaga lo tenían más fácil al ser potentes receptoras de turismo, tanto cultural como del llamado "de sol y playa". Ellas no dependen tanto de Sevilla. Tampoco quiere decir que vayan por libre. Para que vaya bien las cosas debe ser una suma de todos para todos. Pero desde luego, aquí los de siempre precisan de los mandaos de los otros cuando se precisa. Cuando pasa ese momento, adiós y muy buenas. Cuando conviene, a cantar "Andaluces, levantaos, bla bla......la bandera blanca y verde, vuelve tras siglos de guerra"...sí, sí. Blas Infante es grande, eh. El padre de la patria. Vamos, andaluces. Qué andaluces somos todos. O andalusíes, más multicultural aún. Dejad ya esa farsa, rediós.

Si no me siento andaluz, y me siento infinitamente almeriense en vez de andaluz, no es por culpa de Andalucía; en cualquier caso, es de sus gobernantes. Eso me ocurre a mí , como a mucha gente.

En fin. Pero hablemos ya del Califato. O Cortijo, esa construcción rural tan típicamente andaluza y símbolo del poder de los ricos terratenientes sobre los campesinos. A este "régimen", con todo su significado peyorativo, le han dado muchos nombres, y todos son válidos. Mafia sin valores sería excesivo, siendo justos, porque no matan a nadie, pero prácticamente actúan como padrinos rurales. Cortijo sería lo más correcto y lo más profundamente andaluz, si nos ponemos andalucistas. Porque verdaderamente es éso. Más de 30 años en el poder, las mismas caras y unos cuantos escándalos, amén de un elevado número de taras. Y los andaluces hoy no han querido finiquitarlo. No han querido ver caras nuevas. Algo mal debe estar haciendo el PP para que la gente, directamente no vote o prefiera aumentar el poder de IU, el cual a su vez fortalece al ente mayor, el PSOE-A. Éste pierde por primera vez, se le van votos y escaños y el PP-A gana las elecciones, sí, pero se queda a cinco escaños de la mayoría absoluta; desde luego, vuelve a demostrarse el nulo valor real de encuestas y sondeos pre-electorales. Algunos, verdaderamente triunfalistas en exceso, daban al PP la ansiadísima mayoría absoluta. Pero Arenas vuelve a perder (y ya van...) y su confiado partido -porque a estas elecciones acudieron excesivamente confiados- vuelve a quedarse con un palmo de narices. Desde luego es tremendamente injusto, si se ha efectuado, un castigo al PP-A en relación al PP en el gobierno (gobierno existente sólo desde finales de diciembre, recordemos) y a su política ecónomica, en cuanto a unas medidas muy impopulares pero harto necesarias en una situación crítica como la española.

Desde luego, lo importante y notorio es que los del mismo chiringuito van a seguir chupando del bote y prolongarán, salvo adelanto electoral improbable (mi confianza en los andaluces ha vuelto a quedar por los suelos) otros cuatro años más este régimen cortijero, califal, de señoritos, de pegapases, de capillitas o como se quiera llamar. Y ya nos iremos hasta los 38 años. 38 años. Realmente increíble. Como una especie de dinastía, de dudosa legitimidad para perpetuarse, y perpetuarse, y perpetuarse...todo vale para ello.

Por lo pronto, llevamos ya 34, como decía antes. Y hoy no se ha querido acabar con eso.

-Acabar con las mismas viejas caras en el gobierno y en los puestos relevantes, con una Administración totalmente controlada y supeditada "al Partido". Un buen número de hombres, no siempre justos, no siempre capaces, plenamente conocedores de los entresijos de un aparato que consideran como plenamente suyo. Un establishment que esperan, no cambie, por su bien. Y por muchos años. Tiempo ha que les salieron canas no ya sólo en el pelo, sino en el corazón.

-Acabar con el excesivo peso de Sevilla, la preponderante capital, abogando por una mayor equitatividad respecto a las demás provincias. Una cooperación de entre todos para todos, por el bien de todos los andaluces, no de dejar abandonados al 80% de la región y sólo acordarse de ellos en los discursitos, libros de texto y de vez en cuando en los medios de comunicación. "Y ahora conectamos con Almería...", sí, sí, estamos aquí, en el desierto, entre ramblas y esparto.

-Acabar con una galería de personajillos manchados hasta el hombro por numerosos escándalos: EREs, informes falsos, coca, mangoneo de diputaciones, caciquismo moderno, nepotismo...corrupción trilera en grado sumo. No digo que los del otro partido no mangoneasen, que seguramente lo hicieran; pero basta ya, por favor. Basta ya con tanto hastío y tanta mierda. Tantos tipejos representantes de esa triste España que creímos dejar de ser hace tiempo. Como esa Andalucía, buena parte de la cual sigue siendo rural y latifundista, y vota claramente a la izquierda porque la considera lo natural y recomendable, y aún relaciona al partido de derecha como herederos de los señores terratenientes de antaño, aun cuando sus señores hace tiempo dejaron de ser ricos monárquicos de derechas que llamaban a la guardia civil para zurrarles por desobediencia. Hoy día y desde hace unas décadas, ya se sabe el signo y la tendencia política de los máximos dirigentes.

-Acabar con una televisión autonómica tan favorable a los gentileshombres del gobierno, por lo demás también hispalicéntrica, y tan empeñada en perpetuar y seguir explotando y exportando los estereotipos clásicos del andaluz, cuando nunca, ni históricamente ni nada de eso, no todos los andaluces (es que ni un número próximo a la mitad) han sido, son ni serán así: salaos, con gusto por el flamenquito, la copla, el tapeo y el juergueteo, los toros y el bailoteo imbécil, cuya mayor habilidad es beber Cruzcampo, fino o rebujito mientras cuentan chistes y reniegan del trabajo. O a la vez, van de anticlericales y avanzados para luego darse emocionados golpes de pecho y cantar saetas en las grandiosas Semanas Santas de cada ciudad y pueblo. Por otra parte, se pone mucho empeño en seguir mostrando las estampas clásicas del romanticismo del XIX, y en perpetuar esa imagen idílica de Al-Andalus, tan falsa y endeble; ya saben, estanques y juegos de agua, una mora se lava el cabello, el califa escribe poemas en la noche, hay libertad, progreso y cultura... y vienen los sucios y burdos castellanos cristianos a fastidiarlo todo. Puta Reconquista. Un rápido repaso por la programación de Canal Sur muestra todo esto.

-Acabar con una serie de escándalos. Vamos, no acabar con ellos porque están ahí, pero al menos darle un escarmiento a toda esa recua que monta juergas con drogas, putas, alcohol y coches de lujo, pagando todo con tarjetas repletas de dinero público, de dinero de trabajadores. Poniéndose en primera fila del palco en importantes partidos de fútbol, eventos de todo tipo o corridas de toros. Ahí, una suerte de derecho de pernada moderna, unos procederes de república bananera. O de nuevo, la alusión al señorito del cortijo mientras los desgraciados currelas apechugan. O esa tupida red de clientelismo que creíamos erradicada hace décadas. Bien es cierto que es injusto achacarle todos estos conocidos escándalos a la totalidad de la Junta, pero, vuelvo a insistir, más de 30 años en el poder no pueden pasar en balde.

-Acabar con el paro; Andalucía ha venido liderando año tras año los índices de desempleo nacional. Liderando año tras año, si a eso se le puede llamar liderar. Un 34% de paro tampoco debería de pasar en balde para un partido en el gobierno autonómico desde 1979 y por tanto, casi único responsable de ello, dada la descentralización patente en España desde hace mucho. Es cierta la crisis en nuestro país desde hace algunos años; pero en Andalucía, tanto en época de vacas gordas como de vacas flacas a nivel nacional, el desempleo siempre ha sido desgraciadamente alto. Como alta es la preponderancia de la querencia por el subsidio del desempleo y el inmovilismo. Me gustaría saber de economía para poder hablar de ello, y por tanto no puedo asegurar que el PP fuera a ser la solución, esa panacea esperada. Pero desde luego, e independientemente de cual sea tu tendencia política, sí se merecerían una oportunidad, una salida desde el banquillo, un voto de confianza para poder levantar este mulo varado en el barro.

Nada de eso.


Estas elecciones han demostrado varias cosas: una, la miserable sagacidad del PSOE-A al reubicar las autonómicas para no hacerlas coincidir con las generales, y dar un tiempo a los votantes para que se olvidasen del desgobierno zapateril y de sus propios desmanes en Sevilla, centrando sus iras en el aún joven gobierno rajoyista. Dos, la preferencia del electorado por continuar con la deprimente actualidad, y más que castigar al longevo gobierno de la Junta, principal responsable del tinglado, se castiga a un joven gobierno nacional que ha de acometer urgentes y necesarias reformas; en vez de preferir la probabilidad de un gobierno de centro-derecha, se siguen inclinando por uno inmovilista de izquierda, o supuesta izquierda, autolegitimada para erigirse como principal defensora del pueblo. Un pueblo, acostumbrado después de tres décadas, a la cultura del subsidio por desempleo y del servilismo. Y tres, las elecciones han venido a confirmar una vez más la clara fractura existente en la comunidad autónoma entre un norte claramente rojo, y un sur decididamente azul. La Baja y la Alta Andalucía. Las cordilleras Béticas separan más cosas de las imaginadas. El PSOE se ha impuesto en el Guadalquivir y su entorno, tierras tradicionalmente socialistas y latifundistas como Sevilla (faltaría más, miarma), Huelva, Córdoba y Jaén. El PP, por contra, sigue controlando sólidamente Cádiz, Málaga, Granada y Almería. Como almeriense es lo lógico y lo esperado. Mentiría si dijese que no me alegra.

En fin, así son las cosas. Andalucía quiere seguir siendo un cortijo, lo ha dejado claro. No ha tenido bastante con casi 34 años de régimen de un único signo, un régimen negativo en general, si bien siendo justos tiene ciertos puntos positivos, como su desarrollo de la Ley de Dependencia y sus ayudas sociales (que tampoco llegan a todo el mundo, por otra parte). Este gobierno de veteranos curtidos en mil tejemanejes sabe granjearse el apoyo de una población envejecida, reconociendo el voto senil como capital en sus triunfos y en su poderío. Por lo demás, hojarasca para quemar. El Cortijo hace ya tiempo comenzó a emitir quejidos de agonía, a surgirle telarañas y a oler a podrido. Con todo, no está herido de muerte, como se ha visto. Más mierda, más decadencia y más ser el hazmerreír del resto de España. Tanto por el paro lacerante como por la pobreza, la incultura y el fracaso escolar. Todo eso no importa, desde luego; siempre nos quedarán nuestras tapas, nuestro resplandeciente sol, nuestros palmoteos y nuestra Virgen, ya sea la Macarena, la del Rocío o la de Regla. Y nuestro arte, niño. Para eso estamos los andaluces, claro. Para hacer reír a los españoles con nuestro buen rollito, nuestro arsa-quillo, nuestra campechanía y nuestro acento. Tenemos papeles estelares en películas, series y anuncios de televisión como sirvientas, o como personajes harto populares y graciosos y en ocasiones gandules. Luego uno se acuerda de quienes emigraron a Valencia, Madrid o Cataluña, o a Europa, y quienes se dejaron las espaldas y las manos trabajando en tiempos difíciles, y se le va el humor. Todo eso ya no importa. El gobierno juntero con sede en el palacio de San Telmo, y de tan largo recorrido, tampoco ayuda a mejorar o restaurar esa imagen. Está en su salsa.

Los tiempos no traen un cambio. No, no lo traen...Andalucía, una vez más y por desgracia para ella, is different.

16.3.12

Unas cuantas cosillas sobre mí. (Egoentrada)

I- Taciturno, en el diccionario de la RAE: (del latín taciturnus) . Adj: Callado, silencioso, que le molesta hablar. Pues sí, soy un taciturno. Decididamente. A primera vista parezco serio y callado. Es una errónea impresión, al menos en lo de serio. No siempre soy serio. Es más, en ocasiones no soy para nada serio. Y en cuanto a lo de callado, puedo disfrutar de una buena conversación...un rato. Y me encanta hablar con algunas personas. Pero ciertamente no me gusta demasiado hablar. O hablar por hablar. Algo que me ha acarreado más de un quebranto. Pero, pienso, la verdadera confianza entre una persona y otra permite un tranquilo silencio, mutuo y respetado. Soy de los que consideran que una persona no tiene por qué escuchar mis ideas o pensamientos, así porque sí. No tiene por qué ser molestada (un inciso: respecto a molestar, tampoco tengo esa costumbre tan española de hablar a gritos, se esté donde se esté). Yo hablo cuando hay que hablar. Menos que muchas personas y más que los mudos. No siempre tengo algo importante para decir. Y no por hablar más se demuestra más. Siendo sincero, soy feliz sin gastar saliva, pensando para mis adentros y reflexionando sólo conmigo mismo de infinidad de cosas. Disfrutando del silencio.

Como muestra, una parte de una frase extraordinaria de Platón, utilizada por una persona muy especial, ella, quién si no:
"El hombre que siente mucho, habla poco".


II- Si tengo virtudes, no soy quien para enumerarlas. Eso se deja para que la gente me las diga, si quiere decírmelas o las merezco. Pero podría atreverme y decir una: saber escuchar.



III- En cuanto a los defectos, algunas personas considerarían como uno de ellos el primer punto. No me opongo. Cada uno es como es, verdaderamente. Yo no lo considero un defecto. Tengo bastantes, por cierto. Como el no valorar las cosas a veces, la dejadez, la inconsciencia, la pasividad, la indecisión y la brusquedad. Mi modo de hablar rápido y atropellado. Mis nervios mal disimulados en multitud de ocasiones. Y mi tendencia a perdonar pero no a olvidar.



IV- Me encanta la soledad. Si disfruto del silencio, disfruto también de la soledad. Ocasional, eso sí. Quiero decir que no siempre me gusta la soledad. No siempre soy así de solitario. Muchas veces necesito a alguien, y más ahora que tengo pareja. Pero, siendo sincero de nuevo, no me desespero si he de pasar un tiempo solo. Verdaderamente, dos cosas necesarias para mí en ocasiones son el ensimismamiento y la independencia.



V- Leer. Ya he hablado en varias entradas sobre ello. Una en concreto, dedicada por entero a libros, y a mis libros. Adoro leer desde bien pequeño y no concibo la vida sin lectura. Tengo varios libros predilectos, pero si tuviera que quedarme con uno (y hablamos de literatura propiamente dicha) sería con El conde de Montecristo. Lo tiene todo. Aventuras, amor, amistad, odio, venganza, drama...y es infantil y adulta a la vez. Soy un clásico, también para esto. Y este clásico es imperecedero.



VI- No soy un ciudadano del mundo, como dicen algunos progrecillos y comunistas de salón. No soy ciudadano del mundo para unas cosas y español cuando convenga, o europeo antes que ello. Ni siquiera mediterráneo, con todo su significado (ya escribí en otra entrada de eso también) , como dicen otros (y otras), aun reconociendo mis posibles similitudes con un argelino de la costa, por ejemplo (exceptuando la religión), un siciliano o un napolitano antes que con un vasco o gallego. Desde luego que soy profundamente almeriense, la adoro y la detesto, la alabo y la critico, como todo buen hijo de su tierra. Pero por encima está lo de ser español. Soy español en todas las situaciones, buenas y malas. Y ello va antes de mis posiciones políticas. Me siento profundamente español, por los cuatro costados. Amo a mi patria, aunque frases como estas ya no se digan y le suene retrógrado y "facha" a mucha gente. Soy un apasionado de España y de su historia, su cultura, sus pueblos y buena parte de su idiosincrasia y tradiciones. Reverencio a Castilla como su alma y a la ciudad de Toledo como su símbolo, aun cuando no toda España es como Castilla ni todas las ciudades son como Toledo. Esa variedad es otro de los puntos fuertes de nuestro país. Como historiador soy un enamorado de la historia en general, y con la de España no podía ser menos, si bien reconozco sus muchas vergüenzas y puntos negros. Pero es lo que hay, sin duda. Soy, en puridad, un patriota en el sentido del término. En oposición al nacionalista, quien considera su país (o región o incluso provincia o ciudad, que esa persona considera nación) mejor que todos los demás únicamente por ser el suyo, y es por tanto más agresivo y excluyente, el patriota ama a su país, la tierra de sus ancestros o de adopción, simplemente y sin radicalidades. La unión a una patria puede venir por diversos supuestos y conceptos, en ocasiones verdaderamente abstractos. La historia, la cultura, los valores, la antropología o las tradiciones, etc. Me considero español y patriota, pero no nacionalista. Ni mucho menos chovinista. Si amo a mi país, también reconozco sus flaquezas y sé percibir las virtudes de otros países. En muchas ocasiones me habría gustado ser alemán, italiano (podrá comprobarse que soy bastante italiano en mis gustos y preferencias. Ciertamente me encanta Italia. No sé si es además por mis antepasados del país en forma de bota), noruego, inglés, austríaco, irlandés, estadounidense o incluso francés. Pero eso no pasa de bravata. Nunca he dado la espalda a mi país.
Para mí las entidades e instituciones tienen un enorme valor; y conceptos físicos y abstractos como bandera, escudo, himno, constitución y otros símbolos son profundamente respetables y no considero se deban tratar a la ligera y mucho menos con desprecio. No contemplo a las banderas, por ejemplo, como "simples trozos de tela sin valor" como dicen los pretendidos apátridas (ni que se deban quemar, como hacen con la de España ciertos españoles) , ni a los escudos y blasones como blanco de pintadas y violencias, o a los himnos como pitables. Una bandera o un himno me transmiten sensaciones indescriptibles. Tienen todos ellos profundos significados y una honda trascendencia, fruto de un largo recorrido. Los actuales, los pretéritos y los antiguos. Tanto los de mi país como los de los demás, incluidos regiones y pueblos.



VII- Sí, también he hablado en multitud de ocasiones de ese amor a España. Como también del cierto odio que puedo llegar a sentir. Muchas veces llego a sentir desprecio, hastío o indignación ante algunos valores profundamente instalados entre nosotros, los españoles. Como la falta de civismo (respecto a la suciedad de las calles, el maltrecho estado del patrimonio y de otros espacios o la mala educación) y la tendencia al chismorreo y al fariseísmo.



VIII-Música. Tampoco concibo la vida sin ella. Escucho prácticamente de todo y tengo un gusto realmente muy variado. Verdaderamente, desde rock, heavy metal, synth pop y new romantic (tengo auténtica debilidad por la música de los años 80, esas melodías de amor y desamor, y en ocasiones tristes y melancólicas, otras veces alegres y positivas; una década irrepetible) , innumerables bandas sonoras de películas ( entre varios autores predilectos, como Hans Zimmer o Basil Poledouris, Ennio Morricone es el rey para mí. Lo considero uno de los mejores compositores musicales del siglo, acaso el mejor), ópera (especialmente Giuseppe Verdi y Richard Wagner) , pasodobles, power metal, cantantes melódicos italianos...Me pierdo. Mi grupo favorito y absoluto, sobre todos, es Led Zeppelin. Me resultaría imposible quedarme con cinco canciones suyas. Así, a bote pronto, como más favoritas se me vienen a la mente The battle of evermore, The rover, Tangerine, In my time of dying y Dazed and Confused. Respecto a quedarme con una sola canción fuera de la inmortal banda inglesa, el que me guste tanto tipo de música dificulta enormemente la labor. Toda una miscelánea.
Tengo algunas predilectas. Lo mismo me emocionan, alteran, animan o hacen decaer las muy nuestras En er mundo o Suspiros de España, o unas cuantas composiciones de Ennio Morricone para spaghetti-westerns, o ese baladón de Los Scorpions Still loving you, o algún temazo ochentero como You´re my heart, you´re my soul de Modern Talking , Dance with me de Alphaville o Dancing with tears in my eyes, de Ultravox. El italoamericano Mario Lanza cantando O sole mio o Una furtiva lagrima. La tristona balada de película Who wants to live forever, de Queen. La hermosa italiana I treni di Tozeur , de Franco Battiato y Alice. O esa preciosa y profunda Always on my mind, compuesta para Elvis Presley. Esa y la versión de los Pet Shop Boys en los 80 son de mis canciones favoritas, también. La setentera More than a feeling, de Boston, también estaría entre ellas, como siempre ha estado.



IX- Soy, en bastantes aspectos, un joven de mi época. Incorporado algo más tardíamente que otros, además de por ser un hijo de mediados de los 80, la verdad es que no tuve ordenador hasta los 16 años. El teléfono móvil vino casi por imposición materna. Recuerdo con nitidez el viaje de estudios del colegio (a mis 14 años) llamando a la lejana casa desde una cabina de teléfono. Qué tiempos. Compárese con ahora, con nuestra época.
Manejo ordenadores aunque mis conocimientos informáticos son lamentables, y uso móvil, mp3 y otros aparatos. Y me conecto con frecuencia a internet, entre otras cosas, para las redes sociales, amén de las ediciones digitales de los periódicos, o mismamente para escribir aquí. Aparatitos. Ciertamente nos ayudan a hacernos la vida mejor. Pero de ahí a hacernos por completo dependientes de ellos, media un trecho. Cada vez se está pasando más y más a la conversación por escrito, al chateo y mensajeo lejano vía móvil y portátil, obviando el cara a cara, el contacto humano. Y lo dice alguien poco hablador en teoría como yo. Por no hablar de la progresiva pérdida de intimidad al volcar mucha gente sus fotografías, vídeos y demás, o describir minuciosamente su día a día, llegando prácticamente al extremo de tuitear cuando se está ocupado (u ocupada) con las aguas mayores en el cuarto de baño. Me niego a hacer depender de mi vida de un i-phone o similares con internet. Lo digo yo, para quien internet ha intervenido tan decisivamente en su vida. Y si bien me conecto con frecuencia a las redes sociales o para escribir aquí, mi mundo no se acabaría si tuviera que prescindir de todo ello. Y desde luego aún no he llegado al extremo de hacer de un teléfono móvil algo para absolutamente todo, fardar de ello y estar totalmente dependiente de él, como el otro día unos cosmopolitas modernillos maduritos en el tren. Mientras escuchaba a medias su estúpida conversación, yo seguía con mi libro (de papel, por supuesto). Me verían como atrasado y poco moderno, pero me importa tres cojones. Aún quedamos gente así, para su asombro. Poca, pero hay.
No me gusta nada el que el ser humano esté delegando tanto en las máquinas. No me voy a poner apocalíptico de ciencia-ficción, pero no me gusta nada de nada.



X- Cinéfilo digo en el perfil. Exactamente no sé el significado exacto de eso, y si me puedo considerar uno. Pero sí. Adoro el cine. Especialmente el histórico, el épico, el western, el spaguetti-western y el drama. Considero al cine como otra vía de evasión, un disfrute por el cual abstraerse durante la visión del largometraje, con sus imágenes, su música, sus diálogos y todo lo que pueda transmitirte. Una película puede ser capaz de trasladarte a una época en concreto, o hacerte meter en la óptica de tal o cual personaje, sentir lo que sienten, enaltecerte, alterarte, entristecerte, alegrarte, enamorarte, ilusionarte, divertirte, incluso incitar en tí el gusto por la historia...Simplemente disfrutar. Aunque me faltan muchos largometrajes por ver, he visto unas cuantas y tengo películas favoritas. Aquí puedo ser más concreto que con la música. Si pudiera elegir 10 supremas para mí, aquellas vistas más de 5 veces y las cuales sin duda quiero ver de nuevo siempre, en cualquier momento, aquellas que me más me han marcado, y se han quedado más en mi memoria, serían desde luego éstas, por orden cronológico y excluyendo a mi pesar algunas y otras pocas más recientes, que precisamente por eso serán de nuevo valoradas dentro de 10 o 15 años. Es una lista muy personal donde no todas las películas serían consideradas como obras maestras absolutas, pero son sin duda todas las que más me han tocado la fibra, han pervivido más en mi mente y en mi corazón, me han hecho reír o llorar, han despertado mi imaginación o mi pasión por la historia o cierta leyenda, o simplemente me han hecho caer rendido ante el arte del cine : Espartaco (1960), La muerte tenía un precio (1965), El bueno, el feo y el malo (1966), El Padrino (1972), El Padrino, parte II (1974, para mí mejor y superior que la primera), Barry Lyndon (1975), Excalibur (1981), Indiana Jones y la Última Cruzada (1989), La Lista de Schindler (1993), y Braveheart (1995).



XI- Fatalismo y pesimismo. Algunas personas encuadrarían esto en los defectos. Yo no lo creo así. Ya hablé de esto también. El pesimismo no debe equipararse con el negativismo. Alguien pesimista está preparado siempre para lo peor, debido a su óptica de las situaciones, y a su disposición sobre las cosas. No implica ver todo con sentido negativo, ni a estar siempre triste ni nunca alegre, sino a esperar cualquier cosa. Tanto de la gente como de las experiencias, los proyectos o el día a día. El exceso de optimismo es poco recomendable, pienso. Conviene perder la inocencia, añado. Además, el pesimista, de recibir algo, triunfar, salir bien parado o algo por el estilo, lo tomará como algo inesperado y la sorpresa será mucho mayor que para el optimista. Por contra, si recibe un mazazo, contrariedad o disgusto, estará mejor preparado para ello y lo afrontará mejor que el ingenuo.
Así que soy pesimista porque, además de considerarlo mejor modo de vida, no puedo ser otra cosa, me parece.



XII- La buena mesa. Ah, la comida. El alimento. La pitanza. Las viandas. Qué ineludibles tentaciones. Más aún para un metabolismo tan engordante como el mío. Siempre me ha encantado comer y mi habitual tendencia al sedentarismo durante años hicieron el resto, hasta que la dinámica cambió hace tres años al empezar a correr. Pero vayamos al grano. Adoro comer y todos los alimentos me son gratos, toda clase de carnes, verduras, frutas y pescados, y otros artículos, a excepción de dos: los mejillones y los caracoles. No puedo con ellos. Ambos me parecen particularmente repulsivos. Uno no acaba de entender la querencia del español por el caracol, verdaderamente un gusano baboso. En fin.
Como digo, soy un tragaldabas. Tampoco sabría quedarme con una comida predilecta, pero sí es cierto que tengo favoritismos y tendencias por algunas en concreto. Comenzando por el más básico, el bocadillo o bocata. Ya sea de jamón serrano con tomate, de calamares, de queso, de sobrasada con queso... Pero sigamos. Hablemos de platos. Como la pasta en su buen número de formas, tipos y presentaciones, destacando la lasagna, los macarrones en varios estilos y los spaghettis y tallarines igualmente de muy variados estilos; la tortilla de patatas; las patatas fritas con huevos; las patatas bravas; las patatas en ajillo; el arroz (tanto en paella, como al horno, como negro, chino o risotto); las migas; el cocido; las habichuelas con chorizo; el estofado; las berenjenas rellenas de carne; los boquerones fritos con pan (sí, comida simple donde las haya) o la carne con tomate. En cuanto a artículos en concreto, reconozco mi absoluta adoración y adicción por el queso.
Y en cuanto a postres y dulces, para qué seguir. Nunca dejaré de darle las gracias a los aztecas por el chocolate, y a los conquistadores y/o a los religiosos españoles por traerlo a Europa. En cuanto a la tarta de queso, no sé exactamente a quién o quiénes he de agradecérselo; por lo visto es un postre milenario. Pero mil gracias, humanidad. Y a los italianos, por traer desde China los helados, o por esa creación sublime llamada tiramisù.



XIII- Me encanta el Arte, con mayúsculas. Es una de las cumbres del ser humano en toda su historia. Ahora bien, soy muy tradicionalista respecto al arte, en el sentido de aborrecer por completo el moderno, el contemporáneo. Lo considero una total tomadura de pelo. Para mí Salvador Dalí, con todas sus idas de pinza, es el último gran artista conocido de la historia. Contemporáneos suyos como Miró ya me parecen más "vendedores de motos". En fin, como decía el arte en todas sus vertientes me apasiona. Tengo predilección por las esculturas griegas y romanas, el Panteón de Agripa en Roma, las iglesias y catedrales tanto renacentistas como barrocas españolas e italianas y la arquitectura empleada en los ensanches de las ciudades en el siglo XIX. En cuanto a la historia de la pintura, me encantan los artistas flamencos de los siglos XV y XVI, los retratos renacentistas de grandes personalidades, la pintura tenebrista de Caravaggio o Ribera, los impresionistas franceses, los historicistas españoles y ya en nuestro siglo, Sorolla.



XIV- Antes de tener novia, me preguntaba muchas veces qué fémina tendría el valor suficiente de aguantarme y quererme, con todos mis inconvenientes. Dudaba de su existencia. Pero la encontré. ¿Se ve o no? El pesimismo aludido antes. Y la encontré, para mi asombro. Ella es mi mejor regalo recibido nunca. Un premio inmerecido. Mi sol está en su rostro y aún me pellizco por si sigo en la realidad. Tenemos bastantes cosas en común y otras no tanto, algo por otra parte recomendable en una relación de pareja. Pero no me vanaglorio si digo que saltan chispas entre nosotros.
Así que así estoy, más feliz que una perdiz, sentimentalmente hablando. Ella es mi mayor pasión, mi sol por las mañanas, mi luna por las noches y mi faro todos los días.
Decir que es lo mejor que me ha pasado nunca es decir poco...



XV- Ella precisamente conoce hace tiempo otras dos de mis grandes pasiones: el café y la prensa (leer el periódico, en general). Ciertamente resulta difícil separarme de estas dos cosas. Recuerdo que, más joven, el café no me gustaba nada de nada. Mis padres son grandes cafeteros pero hasta prácticamente mis 18 o 19 años no comencé a disfrutar de la degustación de esta ineludible bebida estimulante y relajante a la vez, ritualística y socializante. Tan intricada en nuestros hábitos desde hace tanto tiempo. Tomarse un café no se reduce únicamente a bebérselo en el desayuno, a media mañana, después de comer, a media tarde o por la noche incluso. El acto mismo implica la compañía (cuando no se está solo tomándoselo, que también es posible) de una o más personas, un rito obligado en casa, en la calle, de viaje o en un restaurante. Tomarse un café puede contener conversaciones trascendentales, dramáticas, cómicas, inolvidables o simplemente cotidianas. También puede ser un descanso, un oasis de relajación en el ajetreo y ruido de la vida de diario. Una obligación. Ya sea con mi madre, con mi novia, con mi tía, con alguna amistad o cada día con la familia después de comer, en la sobremesa. Es saltar de la cama y tras lavarme la cara ya tengo un café con leche frente a mí. El solo con azúcar de mediodía es inexcusable. Y desde luego el cortado con mi novia o con mi madre. Algún cappuccino en festivos o días especiales. Un día me resulta raro si no me tomo mis habituales 3 o 4 cafés.
Respecto a leer el periódico, es algo también indisoluble de mí. Es otra pasión facilitada por mi abuelo materno, si bien mi padre es otro gran lector de periódicos. Leer un periódico es otra de mis rutinas, y me refiero a leerlo en papel. El de toda la vida. No siempre puedo leerlo en versión impresa, como más me gusta, así que en ocasiones he de conformarme con las ediciones digitales. Desde hace bastante tiempo soy un asiduo lector de artículos de opinión, desde los últimos años del difunto Jaime Campmany. La opinión es prácticamente lo primero que miro de un periódico, casi antes que los titulares. Ese afán diario no siempre puedo hacerlo, pero me gustaría. Y leer el periódico en sí, por supuesto. Teniendo siempre cuidado de no dejarse aleccionar en una época en la que hasta los diarios deportivos han caído en un forofismo lamentable. Por eso mi diario favorito es El Mundo, ya que, aunque teniendo una línea editorial muchas veces acorde con mis propias ideas, a veces difiero de ellas, y su nómina de articulistas es variada e incluso hay disparidades entre ellos. Algunos son verdaderamente neutrales, como mi admirado David Gistau.
Leer un periódico (sea cual sea) en papel, si puede ser con un café al lado, es uno de los pocos placeres que nos van quedando en un mundo tan cambiante y pro-tecnológico, por así decirlo.



XVI- Acabo con las pasiones. Queda la Historia. Ahora por fin soy un licenciado y puedo sacar un poco más de pecho, pero aún es pronto para saber si la historia me dará de comer o no. Si será mi forma práctica de vida. Digo práctica porque, aunque no me produzca ningún rédito, la historia forma parte de mi existencia. Me ha interesado sobremanera desde que tuve unos 11 o 12 años. Ese afán por leer, investigar, saber, conocer, interesarse, analizar, criticar, subyugarse...empaparse de todo tiempo pasado (unas veces fue mejor, otras peor), ya sea de tu país o de cualquier otro. Y no sólo las grandes personalidades, como emperadores, reyes, generales, duques, nobles, líderes y cabezas pensantes. Lo dice un carlista (por Carlos I de España) exaltado, un juanista (por Juan de Austria) o un felipista (por Felipe II, aunque algo menos) como yo. O alguien para quien uno de sus personajes históricos predilectos es Fernando (Hernán) Cortés. Me apasiona la historia tanto por saber de humanos de recuerdo imperecedero e inmortal, como de gente anónima, desde soldados rasos, trabajadores gremiales, simples curas, investigadores, molineros, pícaros, exploradores, trotamundos...hasta el más humilde especimen del más miserable pueblo recóndito. Cierto es que la historia de los primeros es mucho más estimulante, pomposa y hasta cierto punto más interesante que la de los segundos. Y aunque a primera vista (así ha quedado a los ojos del mundo) la aportación de los grandes nombres a la Historia de la Humanidad ha resultado decisiva y trascendental frente a la de todos esos anónimos, una profundización en el estudio y en la óptica te lleva a valorar más correctamente a los "sin nombre", ya fueran inventores, simples soldados o marineros, arquitectos o labriegos. La historia no son sólo grandes reyes y emperadores. También cuentan, y mucho, ese grupo de soldados realizando una hazaña trascendental en un momento determinado, esos monjes copiando a mano la sabiduría de Occidente en la Alta Edad Media, los anónimos primeros "científicos", los también anónimos esclavos e intérpretes que tan valiosa y valerosamente sirvieron a los conquistadores españoles en América, o los primeros hombres que intentaron cultivar algo en la tierra, en los primeros compases de su historia.
La historia, pese a que no siempre sea bonita, ejemplar, aleccionadora o entretenida, es enormemente necesaria, desde siempre. La experiencia no es siempre una garantía, y hay innumerables ejemplos históricos, pero es válida. Es mucho más que una ciencia. Es una de las cosas más hermosas que existen, y nunca debe olvidarse. Viva la Historia.



XVII- Aunque, ingrato de mí, nunca se lo diga, admiro profundamente a mis padres. A los dos. Por todo lo que han pasado desde siempre, todo lo que han vivido, por su esfuerzo y dedicación inquebrantable en criar y facilitar mi entrada en el mundo , primero a mí y luego a mi hermano. Por sabernos educar de tan buena manera como siempre nos han educado, e inculcarnos tan loables valores desde pequeños. Y por quererme desde que nací y aguantarme tanto y tantas cosas.
Además, y me avergüenzo profundamente de ello, casi nunca les he dicho "te quiero" u "os quiero" y escasas veces se los he demostrado.
Sólo espero poder agradecérselo a los dos convenientemente algún día.

24.2.12

Cartagena de Indias, 1741. Cuando los ingleses se tragaron su orgullo (y sus medallitas)

Hoy hablaré de uno de mis temas predilectos. Y de uno de mis personajes favoritos de la historia española. Es además uno de los grandes olvidados de la misma, como la inmensa mayoría de los héroes anónimos de España. Gente sin nombre ni título que sirvió de carne de cañón en innumerables campos de batalla, asedios, batallas navales y escaramuzas a lo largo de la historia de España, cosechando un buen número de victorias y unas cuantas derrotas. Todo ello para prácticamente nada. El personaje de hoy no es anónimo, desde luego, pero no tiene el reconocimiento merecido. Algo por otra parte habitual en nuestra España.

Situémonos. Cuando he hablado de historia, siempre me he quedado en el siglo XVI, mi siglo predilecto, entre varios. Hoy me centro en el XVIII, que también me agrada. Una centuria empezada por España envuelta en una Guerra de Sucesión, dada la incapacidad manifiesta del último Austria, Carlos II El Hechizado y demás. La consecuencia fue la pérdida de independencia de España y su caída en la órbita de Francia, la cual introdujo a un monarca de su dinastía Borbón en nuestro país (Felipe V). Aunque este rey y los siguientes se esforzaron y obtuvieron unos cuantos logros, se fue acentuando la "decadencia" patente desde 1648.

Era una España más decadente que aúrea, cierto. Pero aún seguía siendo esa España altiva, fiera y sin cajas templadas, como desde 1492. Y en este siglo XVIII, que contemplaba el auge y el poderío de Inglaterra, Francia o Prusia, entre otros, no faltó alguna gesta heroica, que las hubo, y una machada como pocas en la historia, el tema de hoy.

¿Dónde? En el mar Caribe. Un mar muy literario y aventurero, plagado de historias reales y ficticias de piratas, bucaneros, corsarios, malandrines y demás buscavidas, de muy variadas patrias. Aunque existía el comercio legal y sin violencias, consecuencia de la pérdida de poder española, y el contrabando, la realidad más latente eran los ataques de corsarios fundamentalmente ingleses y holandeses a la que seguía siendo la principal potencia en las Indias, la Monarquía Hispánica. Los ingleses, como habían arrebatado Jamaica a España en 1655, contaban con una excelente plataforma para sus lucrativos y honrados propósitos. Entre ellos, el contrabando, realizado de forma exagerada. Además en ocasiones venía acompañado de algún asedio o intento de conquista de territorios españoles en las Indias. Los ingleses tenían éxitos momentáneos, porque se apoderaban de algún puerto o fortaleza, pero poco después los españoles recuperaban la plaza.

En los años 30 de este siglo XVIII la situación fue creciendo en cuanto a tensión y no se daba abasto en cuanto al apresamiento de buques y navíos. En 1731, un guardacostas español, el Isabela, apresa a un barco contrabandista inglés, el Rebecca. El capitán, Julio Fandiño, le perdona la vida a su homónimo anglosajón, Jenkins, pero no le iba a dejar marcharse de rositas. Le cortó una oreja mientras le dijo: "Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve". El humillado y desorejado capitán recogió su antiguo cartílago y lo depositó en un tarro con alcohol, volviendo a la madre patria con viento fresco.

Años más tarde, en 1738 y en medio de las estrategias de los comerciantes ingleses, ávidos de réditos, y de una situación en Inglaterra propicia a la guerra, Robert Jenkins mostró su oreja en el Parlamento. Sí, con todo lujo de detalles. Recordó además la altiva frase de Fandiño, por lo que el escándalo fue notorio en Londres, Inglaterra y la Gran Bretaña. El rey Jorge II se creyó ofendido y se declaró la guerra a España, triunfando el bando político belicista frente al apaciguamiento practicado por Walpole, el primer ministro británico, que inició el conflicto armado de mala gana. Comenzaba la Guerra del Asiento, también llamada De la Oreja de Jenkins (1739-1748).

A finales de ese mismo año de 1739, el 21 de noviembre, el almirante sir Edward Vernon (1684-1757) atacaba con una flotilla de 6 buques el importante puerto de Portobelo, fundado como San Felipe (en honor al rey Felipe II) de Portobelo en 1597, en lo que hoy es Panamá. Fue una de las más importantes plazas españolas durante su Imperio en las Indias, pero ya en esa época estaba pobremente defendida, por lo cual el triunfo inglés fue bastante cómodo. En apenas dos horas se tomó el puerto y se procedió a su destrucción hasta casi los cimientos. Los británicos, con su tendencia a magnificar cualquier escaramuza, lo tomaron como una hazaña, sobre todo porque no estaban acostumbrados a ganarles a España en su terreno. La famosa Portobello Road de Londres debe su nombre a esta acción.
La toma de Portobelo obedecía a la estrategia inglesa de cortar la comunicación entre los virreinatos de Nueva España (México, Guatemala, Nicaragua, etc) y Nueva Granada (Colombia, Panamá y Venezuela), así que mientras, otros navíos ingleses pululaban por el Pacífico.

El susodicho Vernon, provisto de buenas dosis de orgullo y fanfarronería, como buen inglés, y animado por la opinión pública de su país, se encaminó entonces un poco más al sur, y saliendo desde Jamaica, Port Royal concretamente (la de Piratas del Caribe) se dirigió a Cartagena de Indias, tal vez la ciudad más importante del mar Caribe, un puerto capital por donde pasaba toda clase de comercio, además de especias y el metal precioso peruano. No en vano era llamada la Llave del Imperio. Una ciudad de unos 20.000 habitantes, fundada por don Pedro de Heredia en 1533 y en donde destacaba su castillo de San Felipe de Barajas. Fortaleza que aún sigue en pie y remozada en varias ocasiones, se encuentra en perfecto estado de conservación. También debe decirse que las sucesivas ampliaciones fueron magnificándola; en 1741 era un castillo bastante más pequeño.
A Cartagena se dirigió Vernon, aunque esta primera visita fue más que nada de reconocimiento, para comprobar las escasas condiciones defensivas de la plaza (el castillo y poco más, básicamente unos cuantos fuertes y baterías situados en las islas y peñones, rodeados de lagunas y manglares). No pasó de unos cuantos tiros. Una simple escaramuza en la primavera de 1740.


A comienzos de marzo de 1741, Vernon regresó, esta vez al frente de una formidable y exagerada flota de 180 navíos (casi 60 más que la "Armada Invencible" de Felipe II, por ejemplo) -otras fuentes hablan de 185- donde iban unos 23.600 combatientes y con unas 3.000 piezas artilladas. El desglose de tamaña flota sería este:

- 8 navíos de 3 puentes y de 80 a 90 cañones.
-28 navíos de línea, de 2 puentes y de 50 a 70 cañones.
-12 fragatas de 40 cañones.
- 2 buques bombarda, con morteros.
-130 barcos de transporte.
-6.237 soldados ingleses.
-2.760 soldados angloamericanos de las 13 colonias, fundamentalmente Virginia, a las órdenes de Lawrence Washington, medio hermano de George, el primer presidente de los EEUU.
-1.000 jamaicanos.
-12.600 marineros.
-2.620 cañones navales.
-1.400 cañones terrestres.

Enfrente, la ciudad de Cartagena. Los números impresionan pero más aún debió impresionar sin duda a los habitantes en ese preciso momento. Si se tiene imaginación cinematográfica, puede ser fácil imaginarse tal armada en el mar afrontando un puerto. Es fácil y no lo es a la vez. Acojona, simplemente, evocar en la mente un implacable muro de velas como aquel fue.

La defensa de Cartagena de Indias estaba en ese instante a cargo de todo un hombre de mar, un duro marino guipuzcoano nacido en el bonito puerto de Pasajes de San Pedro (actualmente Pasai San Pedro) en 1689. Un tal Blas de Lezo y Olavarrieta. Éste es el héroe olvidado aludido antes. Miembro de una familia con larga tradición marinera, con 12 años era guardiamarina y pronto se probó en la Guerra de Sucesión. En un combate frente a las costas malagueñas un cañonazo le destroza la pierna izquierda, extremidad amputada por debajo de la rodilla y como entonces se hacía, mordiendo un palo o lo que hubiera y generalmente sin anestesia o algo parecido. Y sin quejarse. Un niño marino ya mutilado. Con sólo 15 años ya era alférez de bajel y fue destacando sucesivamente en la guerra por su arrojo, valentía y efectividad. Recorre el Mediterráneo incesantemente, y en Toulon, en otra refriega, en 1707, le explota el ojo izquierdo a causa de una esquirla traicionera, que además le deja una mueca permanente en el rostro. En Rochefort en 1710 rinde 12 barcos enemigos, todos de más de 20 cañones, y es ascendido a Capitán de fragata, convirtiéndose en Capitán de navío en 1713. El 11 de septiembre de 1714, casi acabando la guerra, en el cerco a Barcelona , un mosquetazo le inutiliza el brazo izquierdo. Con sólo 25 años era cojo, manco y tuerto. Quien en la actualidad sería considerado un inválido, en su época era todavía alguien competente y perfectamente hábil para el ejercicio de las armas y de la navegación. Con una prótesis de palo, como si fuera un pirata, sus compañeros y hombres le llamaban Mediohombre, por sus evidentes secuelas, "pero los cojones siempre los tuvo intactos y en su sitio". (Pérez -Reverte).
En la década de los años 20 se empleó en el Caribe y en Perú limpiando de piratas la zona, regresando a España en 1730. Ahora en el Mediterráneo, fue reconocido como jefe de la escuadra naval en este mar. Tomó importante parte en la gran victoria de Orán en 1732 y patrulló durante meses por el Mare Nostrum, escarmentando a los piratas berberiscos. Retorna a las Indias y en 1734 es ascendido a teniente general de la Armada. En 1737 , con 48 años, lo tenemos como Comandante General de Cartagena de Indias, a donde llegó Vernon en 1741. Ambos ya se conocían, no directamente, pero existía una gran rivalidad casi obsesiva entre ellos, patente en la correspondencia de cartas y misivas, llenas de bravatas.

Así pues, llega Vernon al frente de esos 180 barcos y 23.600 hombres. Blas de Lezo, además de encontrar San Felipe en estado calamitoso, únicamente dispone de 6 navíos, 2.800 hombres y 990 piezas artilladas:

-6 navíos de línea, ninguno de más de 70 cañones. El Galicia, el Dragón, el San Felipe, el San Carlos, el África y el Conquistador.
-2.230 soldados españoles.
-600 indios y negros.
-900 marineros.
-80 artilleros.
-360 cañones navales.
-320 cañones terrestres.
-310 cañones de las murallas.


La espectacular desproporción queda patente. Como quedó patente la proverbial chulería y fanfarronería de los ingleses. Éstos, aunque sabían quién era de Lezo, estaban confiados en la derrota total de los españoles, por la enorme diferencia de fuerzas y por el regular estado del Castillo de San Felipe. La confianza exacerbada por esto y por la toma de Portobelo les iba a resultar contraproducente.

Pronto se daría cuenta el relamido Vernon que no iba a ser un Veni, vidi, vici ni nada por el estilo. Aunque empezaron bien, cosa esperada, desde luego, con un cañoneo constante desde el mar del castillo de Bocachica. Por otra parte, de Lezo no podía dirigir él sólo el cotarro. El mismo virrey de Nueva Granada, Sebastián de Eslava, estaba presente como mando supremo, además del intendente real y gobernador provincial Melchor de Navarrete, del coronel Carlos Desnaux como castellano de San Felipe y el capitán Lorenzo de Alderete en las baterías. Hubieron de coordinarse, en ocasiones a regañadientes y con fricciones y pendencias, típicamente españolas, y cada uno tuvo su importante papel. Aunque fue de Lezo quien tomó las decisiones más acertadas y quien se pasó por cada lugar, cada rincón, supervisando y animando.

Superadas las fortalezas más alejadas del núcleo urbano, la enorme flota británica entra en la bahía, resguardeciéndose entonces todos los defensores en el castillo de San Felipe de Barajas. Vernon, dando lecciones una vez más de modestia, envía un mensaje a Inglaterra avisando de su victoria. Por ello, se mandaron fabricar y se pusieron en circulación en Inglaterra más de una decena de tipos de monedas conmemorativas y medallitas celebrando la "toma" de Cartagena. En ellas sale un altivo Vernon frente a un arrodillado Blas de Lezo,llamado Don Blass en el metal, con dos ojos, dos brazos y dos piernas para hacerlo más capaz y más meritoria la victoria inglesa. Humillado y ofreciéndole su sable, con la leyenda "El orgullo de España humillado por el almirante Vernon", y cosas por el estilo. Ahí, siendo fieles a la realidad, como siempre, los amigos ingleses.

Acto seguido, comienza el bombardeo incesante, el 17 de marzo. Todo el día, con una media de 62 disparos cada hora , atacando constantemente ocho barcos que se renovaban de cuatro en cuatro. Un infierno que no supuso el acobardamiento de Blas de Lezo ni de los defensores de Cartagena. El vasco colocó sus 6 barcos en la entrada de la bahía para apoyar el fuego de las fortificaciones, escogiendo además sobre todo desmembrar los barcos enemigos, mediante el lanzamiento de balas encadenadas que quebraban mástiles, rajaban velas y decapitaban o mutilaban ingleses, por añadidura. Por ejemplo, en un solo día, el escuadrón de Vernon perdió 5 navíos.
Y así pasaban las jornadas.

Mientras, de Lezo mandaba reforzar los muros con costales repletos de tierra. La orgía de fuego y ruido desencadenada por los ingleses debió ser más que un infierno, pero los españoles defensores de Cartagena se batieron como verdaderos leones. Al no lograr nada con los navíos, Vernon decide rodear la ciudad e intentar asaltarla por la retaguardia, sacando los soldados a tierra. Cruzando la selva y pillando unas cuantas enfermedades tropicales, los ingleses consiguen llegar a las puertas, pero los defensores vuelven a dar muestras de su valía, bloqueando la puerta principal con una pequeña fuerza de hombres armados únicamente con dagas, sables y flechas y causando numerosísimas bajas a los anglosajones.

Vernon empezaba a perder la calma y a tragarse mínimamente su orgullo, porque, ¡oh sorpresa!, no esperaba tal reacción de los inútiles de los españoles. Al fin, en la famosa noche del 19 al 20 de abril, se decidieron a construir escalas y subir a puro huevo las inexpugnables murallas. Pero de Lezo, una vez más adelantándose, había ordenado cavar un foso en torno a ellas, por lo que los casacas rojas y los jamaicanos macheteros poco pudieron hacer frente a los disparos de rifle, las flechas y los cañonazos, con una cuerda corta. Un nuevo infierno, esta vez nocturno.

La mañana siguiente fue todo un cuadro de muerte, pura y dura. Los españoles debían estar hasta la coronilla del asedio, pero ver al enemigo cada vez más diezmado y completamente tirado en las tierras de alrededor tuvo que ser una inyección de adrenalina. Así que se procedió a la salida de los defensores, bayoneta en ristre para ensartarles el culo a los orgullosos ingleses; éstos huyeron despavoridos. No todos, porque nuevas bajas fueron causadas. Una nueva masacre británica, con los españoles persiguiéndolos hasta muy fuera del castillo, para apoderarse de las piezas de artillería enemigas. Qué escena.

Los ingleses, con sir Edward Vernon a la cabeza, se cobijaron en sus barcos, y durante casi un mes se empeñarían en no reconocer la derrota mediante el bombardeo cobarde, desde la distancia, nuevamente del castillo de San Felipe. Pero las bajas, los heridos, las ostias dadas , las epidemias y su maltrecho estado psicológico fue demasiado para ellos. El 8 de mayo comienzan a marcharse de verdad, aunque lentamente y sin dejar de disparar, muy honrosamente al modo inglés. Dando por culo hasta el final. Hasta el día 20 no se va la última nave inglesa. Vernon y sus barcos-hospital desaparecen del horizonte, entre maldiciones. Al carajo.

Lezo además le mandó una última carta, con esta maravillosa respuesta: "Para venir a Cartagena es necesario que el rey de Inglaterra construya otra escuadra mayor, porque ésta sólo ha quedado para conducir carbón de Irlanda a Londres, lo cual les hubiera convenido más que emprender una conquista que no pueden conseguir".

Si las cifras de antes del asedio impresionan, también lo hacen las de después, las de las bajas y pérdidas. Para no abrumar con más cifras, resumiremos en que fue una derrota total y vergonzosa de los ingleses. Altas cifras de bajas (unas 12.000) e innumerables pérdidas de artillería, armamento y navieras (más de 50 naves, por ejemplo). Una derrota humillante; el cómo una armada superior a la Invencible de Felipe II había fracasado no en una invasión de un país, sino en la simple toma de una ciudad, era desgraciadamente (para ellos) extraordinario. Los ingleses también sufrían derrotas. Derrota cara para los españoles que llegaron prácticamente al límite humano. Fue un asedio de 67 días. El número de bajas fue alto por la escasez de medios, pero en proporción a los ingleses pudieron sacar pecho. Una victoria incontestable. El panorama era dantesco, con miles y miles de cuerpos mutilados de muertos insepultos. Sangre, vísceras, aves carroñeras, ratas y legiones de insectos. Aquello acarreó epidemias de peste y otras enfermedades; es difícil imaginarse las condiciones sanitarias de los sitiados los días después a la huida inglesa.

Sí, huida. Vernon no tuvo la suerte de perder la vida en el envite. Hacía ya tiempo se había tragado sus palabras y sus bravatas, pero ahora tenía el papelón de volver a Inglaterra como un completo perdedor. Recordemos que en su país se lanzaron salvas y el júbilo estalló cuando se recibió la arrogante carta del almirante mandada al principio del asedio, y se habían fabricado monedas y medallas alusivas a la toma de Cartagena de Indias. Sabiéndose un fracasado, aún intentó atacar Santiago de Cuba hasta que regresó a Inglaterra en 1742. Allí sus compatriotas se preguntaban hace tiempo dónde estaban los barcos y las muestras del triunfo. Cuando el rey Jorge II se enteró de la cruda realidad, quedó avergonzado de tal manera que prohibió a historiadores y cronistas escribir sobre tal hecho. Una damnatio memoriae en toda regla. En cuanto a las monedas y medallitas, Vernon comenzó a proceder, hasta el final de su vida, a tragárselas, cuando no a introducirlas por otros orificios menos decorosos. Aunque lo expulsaron de la Marina en 1746 y su reputación estaba por los suelos, a su muerte en 1757 fue enterrado en la Abadía de Westminster, como si fuera un héroe. Ya les vale. Tanto se diferencian de nosotros que no les importa mentir históricamente y ocultar sus vergüenzas enterrando honorablemente a un farsante.


En cuanto a nuestro Mediohombre, o Almirante Una Pierna como fue nombrado por los ingleses, su contundente éxito en la defensa de Cartagena no significaría la gloria. Aquí vuelven a salir los dramas y penurias típicamente españolas. Nadie le agradecerá su papel en la heroica victoria. El virrey Eslava, resentido por las diferencias durante el asedio, escribió al rey Felipe V criticando a de Lezo y pidiendo castigo contra él. Se portó como un miserable, intentando desprestigiarlo y marginarlo, social y económicamente.
Cosa que conseguirá, pese a los intentos del valedor de Lezo, el ministro Patiño, en lo poco que le quedaba de vida al de Pasajes. El gran marino vasco, después de 40 años de mar y guerra, moriría desacreditado el 7 de septiembre de ese mismo año de 1741, a causa de la peste, del tifus, o de las heridas padecidas (o tal vez una suma de todo). Su viuda carecía de dinero para el funeral y ni siquiera recibió sepultura conocida. Qué España tan miserable. Vernon sepultado en Westminster y su vencedor, quién sabe dónde. Joder.

Unos cuantos años después de muerto, recibió a título póstumo el marquesado de Ovieco (a buenas horas). Pero, con todo, ni en su época, ni después de ella, ni en la actualidad Lezo recibe el trato que se merece. De ser inglés, francés o estadounidense, hubiera recibido unas exequias memorables, y en los decenios siguientes se hubiera honrado su memoria y se hubieran escrito novelas históricas; más recientemente, innumerables largometrajes actualizarían su efigie y sus hazañas, con Errol Flynn, John Wayne, Richard Burton o Clive Owen, etc. Pero Blas de Lezo fue un desgraciado y nunca fue honrado. Especialmente en España, donde, exceptuando en la Marina, resulta peligroso realzar figuras como la suya porque despertaría el sentimiento nacionalista. Claro, es perfectamente comprensible. Para qué demonios vamos a rendirle homenajes a un mutilado sanguinario que salvó Cartagena y el Virreinato de Nueva Granada de la mayor escuadra vista en el mundo hasta el desembarco de Normandía de 1944, dándole un nuevo golpe a Inglaterra en las Indias, y manteniendo el poderío de España en el mar durante más de 60 años, hasta la fatídica fecha de Trafalgar en 1805. Para qué coño. Encima es vasco, así que menos todavía. Es harto dudoso que en las ikastolas de los vascos y las vascas se mencione su figura.

Al menos, y para mayor sonrojo nuestro, en la ciudad sitiada en 1741 y en Colombia se le respeta y homenajea como se merece, con barrios, calles y avenidas. Además, desde 2009 una estatua está plantada frente a San Felipe. Una figura con pata de palo y sin brazo, con postura digna y altiva, con la leyenda: "Aquí España derrotó a Inglaterra y sus colonias".

A riesgo de parecer repetitivo, historias como ésta son las que me gusta recordar cuando los ingleses se ponen chulitos, o alguien saca la manida coletilla de que los españoles son un pueblo perdedor, y más desde el siglo XVII. Aunque por desgracia tengan (casi) siempre ese reverso miserable y cainita, tan típicamente nuestro.




A la memoria de don Blas de Lezo y Olavarrieta.




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Muy recomendable el libro del colombiano Pablo Victoria, "El día que España derrotó a Inglaterra" (2005). Así como el del español Julio Albi de la Cuesta, "La defensa de las Indias" (1987).